Ciudadana en zona de guerra

Publicado: 23 julio 2010 en Juan Luis Salinas
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En la radio comienzan las noticias del mediodía. Luego de tres titulares -el funeral de un niño que esperaba un trasplante de hígado, la gravedad de Mercedes Soza y algo sobre una reciente encuesta presidencial- el locutor dice “conflicto mapuche”. Melanie Urban -una mujer de figura rotunda, carácter fuerte, siempre de jeans y botas de gamuza- se levanta del sofá donde ha estado sentada durante los últimos quince minutos. Le bastan tres largas zancadas, que retumban sobre el piso de madera de su casa, para llegar a un antiguo equipo musical que suena con discreto volumen. Mueve una perilla y la voz electromagnética gana potencia en los parlantes que están en cada esquina de su living. Instintivamente esconde los mechones de su melena rubia que cubren sus orejas y se queda ahí, de pie, concentrada, escuchando el relato. A medida que la noticia avanza, toda expresión desaparece de su cara.

Su espalda, en cambio, se pone rígida. Su pierna derecha comienza moverse con ritmo inquieto.

“El informe llega desde la Novena Región… un menor de diez años fue herido en las inmediaciones del fundo La Romana… comuna de Ercilla… la zanja que René Urban cavó para proteger su terreno… el niño estaba buscando a sus animales… un balín de goma… Fuerzas Especiales de Carabineros… comprometió un ojo, pero está fuera de riesgo vital en el hospital de Victoria”.

—¿Por qué no cuentan las cosas tal como sucedieron? —pregunta Melanie con voz seca y acalorada apenas termina la noticia.

Y se responde sola.

—Las comunidades mapuches siempre se las arreglan para quedar como víctimas. Están exagerando porque los balines no pegan tan fuerte. Los carabineros son cautelosos y sólo actúan cuando los grupos de encapuchados se ponen violentos. Ayer tú viste que fueron los mapuches quienes empezaron con las piedras y los disparos. No debimos habernos venido tan temprano. Te habrías dado cuenta de que en la noche se ponen más peligrosos, los ataques son más cercanos —dice mientras vuelve al sofá y se queda en silencio. En sus facciones se dibuja una mezcla de frustración y disgusto.

En la radio continúa la revisión noticiosa, pero cuando comienza a informar sobre las declaraciones de un candidato presidencial, Melanie se levanta y apaga el aparato.

—Sólo promesas, nada de soluciones concretas —refunfuña con gesto que puede bien parecer sonrisa o resignación, y mira el reloj.

—A las cuatro de la tarde iremos nuevamente al campo. A esa hora comienzan a reunirse los encapuchados. En la mañana tiran piedras un rato y siempre hacen un receso para almorzar. Yo creo que hasta duermen siesta —anuncia con ironía y desaparece por uno de los pasillos de la casona del fundo Aguas Buenas.

En esta casa -antigua, de techos y puertas altas y que perteneció a su abuela-, Melanie y sus padres viven desde noviembre de 2002. Aquí se refugiaron luego que un grupo de comuneros mapuches quemara la casona que ocuparon durante 30 años en el fundo Montenegro. El fuego-voraz y clandestino- carbonizó una construcción que había sido levantada por sus abuelos, quemó sus recuerdos de infancia y, de paso, se llevó los regalos de matrimonio que su hermana mayor, quien se había casado unas semanas atrás, todavía guardaba ahí.

Ese fuego no sólo encendió la lucha entre Los Urban y los mapuches; también fue el inicio de una vida bajo amenazas y de la vigilancia policial constante, 24 horas del día. Fue la partida de una vida familiar sitiada.

*

Melanie tiene 32 años, es soltera y la menor de los tres hijos de René Urban, el empresario agrícola que hoy es el principal blanco de ataque de los comuneros mapuches de la provincia de Malleco. Aunque en el sector existen otros medianos y pequeños agricultores afectados por la revolución de Arauco, los ataques a los dominios del clan Urban se han convertido en la postal de furia que los medios reproducen de este conflicto.

Para los grupos más radicales de Temucuicui -la comunidad mapuche más combativa de la Araucanía- , “La Romana” y “Montenegro” (los fundos emblemáticos de esta familia) son parte de su herencia ancestral. En su defensa, el empresario agrícola -un hombre de 65 años, manchas rosadas en la cara y pelo totalmente cano- dice que todos estos predios han pertenecido a su familia desde 1903. Que estas más de 600 hectáreas conforman su patrimonio. Pero aclara que su riqueza ya no es la de antes: ningún banco se atreve a asegurarle sus siembras de avena o trigo y la mitad de los bosques de árboles nativos que había en sus campos se ha hecho cenizas. Del ganado de más de quinientas cabezas que tuvo hace diez años, hoy sólo quedan 47 vacas.

Ligeramente encorvado en su metro 96 de altura, este hombre ha sorteado setenta ataques a sus propiedades. Hace tres años terminó con quemaduras en sus manos y con un preinfarto en la Clínica Alemana de Temuco, después de repeler un atentado incendiario contra un camión que él conducía en su predio. Luego contempló con asombro cómo parte de los cerros de Montenegro quedaban carbonizados por un incendio que nadie supo cómo surgió y, al poco tiempo, ocurrió lo mismo con 35 hectáreas de trigo a punto de cosechar en su fundo Santa Melanie.

—Tanta pelea y malos ratos le han pasado la cuenta a mi papá. Ahora tiene un by pass, toma un arsenal de pastillas y, con suerte, duerme tres horas —contó Melanie ayer por la mañana cuando nos conocimos.

Ella y su hermano Héctor lo ayudan con todas las tareas: Melanie se encarga de las labores administrativas, maneja los papeleos legales que han ocasionado las revueltas de los comuneros y es la vocera oficial de la familia. Héctor -técnico agrícola y padre de una hija- es su mano derecha en los negocios y en las labores del campo.

—Yo soy joven, no me puedo dar por vencida y dejar todo lo que mi familia se ha ganado con años de trabajo. Por eso me da risa cuando me hablan de deuda histórica con el pueblo mapuche. Esa deuda tenemos que pagarla todos los chilenos, no sólo unos cuantos agricultores de Malleco —comentó también ayer en mañana, mientras revisaba los archivos que guarda en el computador de su escritorio.

En ese espacio -que está en una esquina del living, rodeado por papeles, adornado con fotos antiguas y coronado por una imagen de Pinochet sonriente- trabaja todas las mañanas anotando cada detalle de los enfrentamientos. A qué hora empezaron. Cuántos heridos hubo.

También tiene un archivo con fotos de cada asalto.

—Mira, ésta es de cuando nos mataron el ganado y lo tiraron en el camino —y en la pantalla apareció una imagen de una vaca con las vísceras al aire.

—Déjame buscar otra en la que aparece una que estaba a punto de parir y tiene su cría muerta al lado —avisó y abrió otra carpeta.

La foto no apareció.

En su cara se dibujó un gesto similar a la desilusión.

*

Ercilla es un pueblo opaco, de calles tristes y gente silenciosa. Aunque tiene 3 mil 500 habitantes, durante el día luce vacío. Las hospederías y los locales de venta de productos artesanales -queso, tortillas, adornos de mimbre- ya casi no funcionan. Antes abundaban en la carretera, a la entrada del pueblo. Hoy los camiones y los automovilistas no paran por temor a un repentino ataque mapuche.

En las cuadras centrales del pueblo la vida también es mustia. Por sus calles —que tienen nombres de líderes mapuches históricos como Lautaro, Caupolicán, Galvarino— se ven pocos transeúntes. Por la tarde, aunque pega el sol, nadie toma sombra bajo los frondosos y enmarañados árboles de la plaza. Lo único que rompe esa calma son las risas de unos cuantos niños con uniforme escolar que se agrupan frente al colegio básico que manejan las monjas del sector. En esta escuela, al igual que en el liceo, se mezclan niños mapuches con niños “huincas”.

—Aquí en Ercilla no pasa mucho. Antes había hasta un Festival de la Cereza y para los 18 se hacían ramadas, pero ahora por la inseguridad no se hace nada de eso —dice Juana Astete, la madre del clan Urban.

Es hora de almuerzo en la casa y ella preparó una cazuela. En la mesa de la cocina, Melanie y René Urban conversan de lo que han dicho las noticias y los diarios sobre la fosa que cavaron ayer para evitar el ingreso al predio “La Romana” de los mapuches. Juana casi no interviene.

Juana —pelo oscuro, cara sin maquillaje y mirada apagada— prácticamente no se mueve de su casa. Algunas veces acompaña a su marido a Temuco para ver al doctor y los fines de semana visita la casa de su hija mayor, Patricia, en las afuera de Ercilla. Su principal preocupación es mantener ordenada la casona. Se nota. En el living los trofeos de básquetbol y de rodeo —los principales pasatiempos de René y Melanie, quien es la presidenta de asociación comunal de corredores— lucen brillantes. La preocupación también la delatan los reflejos desempolvados de los vidrios de cuadros antiguos que cuelgan en las paredes; los gigantes helechos que adornan la ventana y los floreros llenos con ramas de ciruelo en flor.

La otra preocupación, la más fuerte, la que intranquiliza, es conocer el paradero de su marido y de sus hijos cuando cae la tarde. Especialmente en los días conflictivos. Apenas comienza a oscurecer y se da cuenta de que ni René ni Melanie ni Héctor han llegado, Juana comienza a llamarlos por teléfono.

Pese a las indicaciones de Carabineros, Melanie y Héctor se han resistido a dejar de visitar sus terrenos cuando los ataques se hacen más violentos. Incluso han participado en operativos más peligrosos como ingresar al sector de Alaska -dos mil hectáreas que la maderera Mininco vendió a la Conadi y que luego ésta traspasó a Temucuicui- para recuperar parte del ganado que habían robado unos cuatreros mapuches.

—Vivo con miedo. Especialmente por la Mela. Sé que mi hija es fuerte, que tiene carácter, que se sabe cuidar, pero eso no sirve para nada afuera en el campo, en medio de los ataques —dice y se levanta para pasarle las pastillas que René tiene que tomar después de almuerzo.

Padre e hija, siguen conversando.

*

Hace siete años Melanie Urban no tenía grandes preocupaciones. Su futuro parecía simple. Vivía en Santiago. Recién había terminado sus estudios de Turismo y Hotelería en un instituto de Temuco y luego de hacer su práctica profesional fue contratada por el hotel Leonardo da Vinci de Las Condes. Arrendaba un departamento en Plaza Italia y una vez al mes viajaba a visitar a sus padres a Ercilla. Entonces, la idea de radicarse en ese pueblo de casas antiguas y horizonte verde claro no tenía espacio en su cabeza.

La madrugada del 19 de agosto de 2002 recibió una llamada de su padre para decirle que habían quemado la casa donde ella y sus hermanos habían crecido. Al día siguiente fue al hotel y pidió permiso para viajar. Nunca más volvió a su trabajo. Quería rearmar lo perdido.

—Ahora sé que eso no sucederá. Con el tiempo, los daños y los ataques siguen aumentando. Mucha gente debe pensar que sería más sencillo vender todo y empezar en otro lugar, pero eso sería darle la tarea fácil al gobierno y a las comunidades mapuches. Es como un cuento que no tiene final, un problema que nadie quiere resolver —dice Melanie, mientras conduce su jeep por el mal cuidado camino de tierra a “Montenegro” y “La Romana”.

En el asiento del lado la acompaña Evelyn, una escolta PPI (Protección a Persona Importante) que lleva un casco y chaleco antibalas doblado en el regazo. Melanie cuenta con esta medida de protección desde hace casi dos años, al igual que el resto de su familia. Su padre fue el primero en tenerla, cuando hace ocho años las amenazas de atentados se hicieron tan numerosas como intimidantes.

Actualmente la familia Urban y sus dominios cuentan con un personal de 18 carabineros destinados a su protección. La mayoría se reparte en las tierras que quieren tomarse las comunidades mapuches, otros hacen guardia en su casa de Ercilla y el resto acompaña al agricultor y a sus hijos.

Melanie dice que ya se acostumbró a vivir vigilada. También a ver cómo los rayados en contra de su padre se multiplican por las murallas de su pueblo. Lo que sí le complica es tener que explicarles a sus sobrinos —los hijos de su hermana mayor y de su hermano— que su abuelo René no es un asesino. Que las consignas pintadas con spray frente a los juegos infantiles de la principal y única avenida de Ercilla están equivocadas.

—Hubo un momento en que la fiscalía nos mandó a todos, adultos y niños, al psicólogo a Temuco porque estábamos al borde del colapso. Ahora ya no voy, supongo que estoy acostumbrada a esta vida anormal —cuenta Melanie sin quitar la vista del camino.

Prefiere ser cauta, estar atenta. Los caminos internos, en Ercilla, a veces son ásperos y pedregosos.

*

El cielo de las 6 de la tarde está surcado por alargados nubarrones de un gris anaranjado, corre un viento frío y vuelan unos queltehues. Para la decena de carabineros que custodian el fundo “La Romana” -un terreno de 60 hectáreas que desde 2002 es custodiado día y noche por fuerzas especiales- empiezan las horas críticas del quinto día de una semana agitada. Aunque durante los últimos años y con distintos grados de violencia los atentados se han repetido insistentemente, el lunes el panorama empezó a complicarse. En los días siguientes los ánimos se enrarecieron. Y este viernes 2 de octubre de 2009, se cuentan víctimas a ambos lados de la colina que separa al predio de Urban de la comunidad mapuche.

En la planicie verdosa del fundo sembrado con avena, seis carabineros muestran heridas de perdigones de escopeta en distintas partes de su cuerpo. En las tierras más agrestes y resecas de Temucuicui, sus voceros han reportado un niño lesionado en un ojo por un balín de goma y otros cinco jóvenes heridos por el ataque policial.

—Sólo este año se han registrado casi treinta enfrentamientos. Empezaron el 6 de enero, se intensificaron en agosto, septiembre se detuvieron un rato, pero esta semana ha sido la más dura y, creo, se pondrá peor —advierte Melanie después de conversar largamente con los policías que están en la destartalada garita de guardia.

Los problemas partieron cuando un grupo de comuneros mapuches montó una carpa en medio del terreno para marcar su dominio. No pasó mucho tiempo antes de que fueran desalojados por los carros lanzagases. Al día siguiente los Urban contrataron una máquina excavadora para hacer una profunda zanja que reemplazara al alambrado y contrarrestara los nuevos intentos de toma del predio. Esa misma noche, los comuneros mapuches se atrincheraron en la loma y comenzaron insultar a los carabineros. Luego del sonido de un kull-kull (cuerno de vacuno utilizado por los mapuches como señal de alerta), prendieron fogatas y se abalanzaron con piedras sobre la caseta de vigilancia de carabineros. La casucha de latas oxidadas donde hay un equipo de radio, una estufa hecha con un tambor y una mesa que amenaza con derrumbarse con cada remezón, soportó estoica el ataque que llegó por todos los flancos y se extendió por varias horas. Al día siguiente se repitió la misma dinámica y uno de los automóviles policíacos exhibió más de 700 impactos tanto de escopetas como de balas de calibre 22.

Esta tarde la jornada se anuncia igual de turbulenta. La noticia del niño mapuche herido ya encendió los ánimos. Los comuneros se aburrieron de tratar de cubrir la zanja con tierra, palos y ramas que sacaron del bosque cercano. Ahora tomaron sus boleadoras y juegan a acertar sobre los escudos protectores de los carabineros. El humo de las bombas lacrimógenas para dispersar a los atacantes se esparce por toda la parte baja de La Romana y se cuela por entre el escuálido bosque de pinos que rodean a Temucuicui.

—Mira allá hay uno con una escopeta, está apuntado para acá —le dice Melanie repentinamente a un carabinero y le indica con la mano a un muchacho encapuchado de negro y con parka azul que se escabulle por el bosque, a unos 300 metros de distancia de la caseta de vigilancia.

Ya pasaron las ocho de la tarde. El teléfono de Melanie no ha parado de sonar, pero no contesta. Sabe que es su mamá. Agazapada contra los latones de la caseta de vigilancia, dice que cuando vuelva a sonar el teléfono nos iremos. Se escuchan disparos. La lluvia de piedras cae como un ruido seco sobre los brotes de avena que con la oscuridad se ven azules.

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