La raíz invisible

Publicado: 30 julio 2010 en Carlos Chávez
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Su imagen fue vendida como folclórica. Era la de una guapa indita envuelta en un refajo y con su cabellera separada en dos trenzas con chongos. Aparecía sentada a la sombra de una ruinosa iglesia colonial. El 18 de abril de 1982 ella se convirtió en la portada del dominical de diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Ahora, 28 años después, esta imagen sabe más a enigma que a folclor. ¿Cómo se llamaba esa joven de sonrisa gris? ¿Era del altiplano guatemalteco o era una de las últimas salvadoreñas aferradas a vestir a la usanza de una ancestral bisabuela? ¿En qué lugar fue fotografiada? ¿Era en realidad una indígena?

Una escueta nota de aquel periódico de 1982 explica: “Simpática lugareña de Tacuba vistiendo prendas propias de la región”.

Tacuba es la única pista para dar con ella, casi 30 años después.

***

Tacuba es un pueblo recogido y apartado. Para ascender hasta él, hay que dejar atrás a la cabecera departamental, Ahuachapán. Desde allí, una estrecha carretera —construida hace cinco años— trepa una sucesión de montañas pobladas por cafetales y naranjales. Un iridiscente bus que dice “Tacuba, ruta 264” renquea una cuesta recién mojada por una lluvia matinal, buscando alcanzar el poblado. Sus pasajeros, casi todos de piel morena como la de la muchacha a la que busco, miran a través de las ventanillas el verdoso paisaje, el mismo que a veces se torna un tanto selvático.

Un arco da la bienvenida a este poblado que sorprende por su tamaño, relativamente grande. Sobre sus onduladas calles adoquinadas nadie viste refajos indígenas, lo que hay es un puñado de champas y ruedas que sugieren que el pueblo vive sus festejos patronales.

Si existe algo que intenta desnudar la esencia indígena de este poblado son unos murales pintarrajeados en las fachadas de muchas de sus casas de adobe y cemento: musculosos dioses mayas, rostros de indios Cherokee y chozas pajizas ahora inexistentes.

Mi búsqueda empieza en el sitio más desorientador: el centro de Tacuba, debajo de una enorme veleta de hierro que siempre resulta errática. Sus puntos cardinales no solo están en inglés, sino que están alrevesados. No importa hacia donde vague el viento, en Tacuba el “west” es el “south”. Y el “north” es el “east”.

Cerca de la veleta hay una señora morena y canosa que fríe y vende pedazos de yuca. A ella le muestro la fotografía de la joven a la que busco.

—Esta fotografía es de hace 28 años, es una muchacha de Tacuba. ¿La reconoce? ¿Sabe quién es?

—Déjeme verla bien… ¡No, no la reconozco! Pero ya debe estar sazona esta cipota, segurito está bien cambiada… Déjeme verla otra vez ¡No, no! ¡Aquí, desde hace años solo las ancianas se quedaron usando refajos!

La misma fotografía pasa por las manos de una anciana dueña de una tienda, por las de dos señoras que van a misa y por las de otra señora que atiende un comedor. A pesar de que las mujeres tienen rasgos indígenas —piel morena, cabellos lisos, pómulos salientes— son un tanto despectivas al hablar sobre la imagen del periódico.

—¡No sé quién es ella! ¡Yo nunca he tenido amistades de esa clase!

—¡A saber quién es esa india!

—¡Huy! ¡Gente así, indita, ya solo en el campo hay!

Las mismas mujeres me sugieren visitar la Casa de la Cultura de Tacuba, unas tres cuadras más arriba del parque-veleta. En el trayecto, casi paso desapercibida la enorme iglesia colonial. Se trata de la ruinosa iglesia de la fotografía, destruida en 1773 por un megaterremoto que echó por los suelos a Santiago de Guatemala (Antigua), a Izalco y a Caluco. Varias champas y unos inmensos árboles tratan en mantenerla oculta, pero sus muros, con algunas decoraciones barrocas, resultan más altos.

Justo a un lado de la iglesia, sobre los adoquines, transita, en sentido contrario, la figura flaca y diminuta de un anciano con barbita de chivo, cebadera y una vara que usa como bordón. Una señora se me acerca y me pide no subestimarlo como aquí muchos hacen. Asegura que ese viejito es casi un cacique. Que tengo suerte: más o menos una vez al mes, él baja de la sierra al pueblo. Que a sus 103 años de edad, es el último tacubense que sabe hablar bien el nawat, la antigua lengua indígena. Y que ese anciano hasta colaboró en la elaboración de un libro que recopila la pronunciación del nawat tacubense. Que él debe saber sobre la joven.

Detengo al anciano que lleva sombrero de bombín. Con cierta dificultad, él levanta su mirada. Tiene ojitos negros, pero vivarachos. La requemada piel de su rostro, en cambio, tiene más surcos que la palma de una mano. Las palabras le salen casi silbando de sus pocos dientes. Así, con lucidez, cuenta que se llama Marcelino Galicia y que nació aquí en 1908. Le muestro la fotografía. La toma, se la acerca y aleja de sus ojos.

—La foto es de hace 28 años ¿Sabe quién es?

—¡Kualtsin siguapitsin!

—¿Qué significa eso?

—¡Que bien galán el rollo de la muchacha! ¡Que está bonita pues!

Marcelino se carcajea. Luego se aseria, dice que no la recuerda. Pero insiste en echarle ojo a la foto, “así no andaban vestidas las mujeres aquí. Aquí éramos pobres. ¡Y esta muchacha anda enjoyada como la santa patrona, Santa Magdalena!”. Dicho esto, se desploma sobre una banca del parque y parece reflexionar algo.

—¡Ta difícil que la halle! Aquí el que es indio no quiere ser indio. Desde hace tiempales a estas mujercitas ya no les gustó usar refajo, ya no querían andar caminando pegaditas.

Marcelino dice que la mayoría de tacubenses, aunque no sepan hablar nawat y vistan jeans, siguen siendo indígenas. Porque lo llevan en la sangre. “Pero aquí algunos se avergüenzan de ser indios. ¿Pero por qué me voy a avergonzar de serlo? Si los indios tenían su sabiduría. Lo único que no debiéramos ocultar es la pobreza que hay y lo difícil que resulta aquí la vida”.

Como ejemplo de lo anterior, Marcelino expone su centenaria existencia. Dice que aquí nació pobre, en una de los tantos ranchos pajizos —coronados con una olla en su punta— que componían la vieja fisonomía de Tacuba a inicios del siglo XX. “Hubo un tiempo que me empobrecí, no había mucho trabajo, y tuve que vender el rancho. Ahora vivo de la caridad, y mi casita ahora está en el asiento de aquel cerro, mire.” Y señala una alejada cresta de la sierra de Apaneca.

Luego señala unos cerros más hacia el occidente. Unos que quedan dentro del mapa de Guatemala. Marcelino dice que en 1932 tuvo que huir en esa dirección, hacía los meandros del fronterizo río Paz. Ese año, muchos tacubenses participaron en una revuelta campesina que flameó por todo el occidente cafetalero del país. La misma insurrección que el Gobierno de la época castigó masacrando a más de 30,000 de ellos. Marcelino dice que al regresar supo que muchos tacubenses habían sido ahorcados o fusilados alrededor de una ceiba que existía en el cementerio local. Tras explicar esto, Marcelino dice que ya solo es dolamas, “ya me cansé”, y en lugar de quedarse sentado, agarra su bordón, se despide y comienza a andar sobre los adoquines de Tacuba. Desde lejos dice “¡suerte con la muchacha quianda buscando!”.

Mi búsqueda prosigue hacía la casa de la cultura. Se trata de un viejo caserón de esquina, con varios balcones y una puerta abierta. Adentro, las paredes están llenas de letreros escritos en nawat, como uno que dice “¿Tei pampa tichuca María?, ¿Por qué lloras María?”. Y frente a los carteles hay una docena de tacubenses que reunidos en círculo parecen discutir algo. Ellos se presentan como miembros de una mesa de cultura ancestral, buscan rescatar todo lo que ellos consideran indígena. Dicen que tengo suerte de encontrarlos porque se reúnen una vez por semana. A ellos les pregunto por la joven de la fotografía. Una señora examina la foto. Y sin chistar da razón de ella. Vaya que sí hay suerte.

—¡Es Rina Medina! ¡Ella es mi prima! ¡Qué bonita se ve! Ahora es una profesora.

—¿Y dónde está Rina?

—Está dando clases en un instituto público, aquí más arribita, en el barrio El Calvario.

El instituto, pintado de un patriótico azul y blanco, domina la parte más elevada de Tacuba. Y parece que las clases matutinas han terminado. De un portón azul no dejan de salir escupidos un sinfín de niños y jóvenes. A una maestra de lentes, que vigila el portón, le pregunto por Rina Medina y me pide buscarla en las aulas de tercer grado.

Al final de un laberíntico pasillo aparece una señora morena, chaparrita, de cabello corto, pantalones de vestir y tacones de charol de negro. Talvez sea ella.

—¿Usted es Rina, la joven de esta fotografía?

—¡Qué pena! ¡Deme eso, mis compañeras se van a burlar de mí! –me arrebata la fotografía y la aprieta contra su pecho. Con una tenue sonrisa, Rina mira a los lados para ver si no acecha alguien, luego echa una mirada larga a su fotografía. Dice que pensaba que esta imagen era un asunto olvidado, pero que siempre la persigue, incluso ahora que tiene 46 años de edad.

Mientras toca su brilloso cabello lacio, Rina comenta que además de salir en este periódico, su imagen sirvió para ilustrar un calendario ochentero del almacén La Curacao; y que le han contado que también salió impresa en unas salvadoreñísimas toallas marca Hilasal. Pero, aclara que ella no solía utilizar refajo indígena.

Detalla que fue fotografiada cuando era una estudiante de unos 17 años. Dice que en un mes de julio como este, pero de 1981, la Cruz Roja local organizó las fiestas patronales del pueblo. “Dijeron que iban a venir unos turistas gringos y unos periodistas y nos vistieron con trajes típicos de Tacuba. Yo le presté el corte a una señora que sí vestía así, pero que ya murió. La blusa era de una indígena guatemalteca. Y las joyas también me las prestaron. Estaba maquillada, pero a mí siempre se me ha corrido”.

—¿Pero usted tiene raíces indígenas?

—Quizás…

Rina frunce el ceño, me mira con cierto recelo, y calla. No mencionará que su prima es parte de la mesa de cultura ancestral. Y que sus padres, Cristina y Tomás, con los que todavía vive, podrían jurar que hasta el último de sus ancestros nació en Tacuba. Ellos dicen que las bisabuelas de Rina hablaban nawat, prescindían de usar blusa, pero se ataviaban con refajos como el de la fotografía. También dicen que esas bisabuelas solían preparar banquetes con sabores nativos: chumpipes en alguashte, tacuacines ahumados; o bebían “neshpino”, una especie de atol hecho de maíz tostado con miel o dulce de panela.

Sin embargo, Rina continúa absorta en su fotografía. “¡De caderas no he cambiado!”, dice. Luego muestra su retrato a una colega y a una alumna. Ambas sonríen, elogian su guapeza y parecen admirar que haya sido efímeramente famosa. Con las cosas así, Rina —la maestra de Estudios Sociales de tercer grado— parece un poco más cómoda. Así que le propongo volver a ser fotografiada ante la ruinosa iglesia del pueblo. Ella dice que sí, pero pide que sea rapidito, porque en 45 minutos debe dar las clases del turno vespertino.

Calle abajo, rumbo a la iglesia, Rina cuenta que estudió magisterio en Santa Ana. Que aún no se ha casado, ni tiene hijos. Que Tacuba se ha vuelto un lugar peligroso, que apenas ayer alguien asesinó a balazos a un joven bachiller cerca del parque. Y que desde que la fotografiaron, en 1981, no ha vuelto a poner un pie en las ruinas de templo que también ha cambiado de forma. En junio de 1982, hubo un terremoto —de 7 grados Richter— que despedazó la fachada barroca de la iglesia. Por eso, dice, ya no recuerda en qué lugar exacto fue fotografiada.

Antes de despedirse, Rina se sincera, arruga un poco el rostro, dice que ella percibe que lo indígena no es del todo bien visto aquí. Sus palabras parecen sintetizar el conflicto de identidad que en Tacuba se libra a diario.

***

Hace una semana conocí a Rina, la joven de la fotografía. Ahora regreso a Tacuba para entender qué sucede en este poblado que le reza a un Cristo crucificado de ojos achinados y pómulos salientes. Y donde, en contraste, existen profanos salones de belleza con rótulos donde aparece Angelina Jolie, la voluptuosa y chele actriz estadounidense.

En la casa de la cultura, me espera la prima de Rina, se llama Maura Jiménez. Es robusta y morena. Ella me invita a unirme a la famosa mesa de cultura ancestral. La componen 20 representantes de los más de 20,000 tacubenses. Todos parecen uniformados por el tono de piel, color panela. Algunos han traído suéteres. Afuera cae un fuerte aguacero que ha enfriado el ambiente.

En la reunión, unos comentan que quieren rescatar cinco antiquísimas danzas autóctonas y varias cofradías que datan de la Colonia. Otros prefieren hablar de Marcelino Galicia, el viejito de 103 años. Reiteran que fue él quien aportó un puñado de vocablos en nawat para crear un libro titulado “El náhuat de Tacuba”. Este libro pretende hacer ver que el nawat de Tacuba difiere del izalqueño en su pronunciación. Así por ejemplo, en Izalco, para decir “hasta mañana” dicen “ixgixga musta”. Pero tacubenses como Marcelino lo pronuncian con k, “ixkixka musta”.

Maura, la prima de Rina, sonríe con cierto orgullo. Dice que al menos este libro inmortalizará algo de Marcelino, algo de la cultura local. Y que en pago a él —el último de los últimos nahuahablantes de Tacuba— será inscrito como candidato a ganar el estatal Premio Nacional de Cultura. Ese que este año entregará $5,000 a quien más haya trabajado por el rescate y difusión de la cultura indígena.

Cambio de tema. A todos los de la mesa les pregunto si se consideran indígenas. Todos dicen que sí. Que no pueden negar lo innegable: que son chaparritos y morenos. Con simultaneidad, casi todos inician una especie de catarsis.

—En Tacuba, el que tiene su billete desprecia a la gente naturalita.

—Por años y años los que viven aquí en el centro nos han llamado indios bolos y huevones.

“Dicen que somos esto y lo otro. Pero nadie se pregunta el porqué”, lo dice Roberto Mendoza, uno de los pocos e inquietos jóvenes que integran el grupo. Es delgado, tiene un bigotillo ralo sobre sus labios, y una gorra negra en la cabeza. Roberto cree que muchos de los males que padece Tacuba, como las pandillas y niños desnutridos, “son los resultados de que nuestra cultura haya sido aplastada y marginada desde hace siglos”.

Quizá Roberto tenga razón. A inicios de la conquista española, alrededor de 1540, los indígenas de Tacuba fueron puestos a las órdenes de Juan Rodríguez Cabrillo, un marinero ibérico. Y este eligió la actual costa salvadoreña para construir 13 embarcaciones con las que descubriría después la actual costa occidental de Estados Unidos, la de California. Según historiadores, el fatigoso trabajo de construcción de las embarcaciones corrió a cargo de muchos indígenas —probablemente muchos tacubenses— que terminaron sirviendo en las operaciones de alta mar, alejados para siempre de su Tacuba.

Antes de despedirme de este reflexivo grupo, Maura se acerca junto a su esposo. Casi en secreto, ella me cuenta que su esposo sabe unas cuantas palabritas en nawat.

—Pero, él quiere decírselas en un lugar apartado, porque aquí en la calle le da un poco de pena.

Este nuevo caso de pena cultural me parece aún más paradójico que otros anteriores. El señor es miembro de la famosa mesa de cultura y hace unos segundos escuchó hablar sobre orgullos y prejuicios indígenas. Sin embargo, la pareja parece tener manifiesta intención de que vea y escuche algo indígena, como si fuera la revelación de un secreto. Y me conducen hasta la destartalada vivienda de una viejecita de 98 años. Se llama Santos Medina. Es la tía-abuela de Rina, la cipota de portada dominical.

Santos es delgadísima. Camina descalza y viste con un enorme delantal que apenas y deja entrever su raído refajo azulado. Le pregunto que si sabe algo de nawat. “¡Todo se me ha olvidado ya, tatita!”, responde. Santos solo tiene memoria para el presente. Una y otra vez repite que “anantes estoy viva. Yo he pasado tristezas, tata”. Y explica que hace solo unos meses, y frente a su nariz, alguien asesinó a balazos a una nuera y a tres de sus nietos.

Santos se ha quedado en silencio, con los ojitos negros clavados en el piso de tierra, como meditando las tragedias de Tacuba. Y el esposo de Maura aprovecha para decirme que a él también se le ha olvidado el nawat. Pero hace un esfuerzo, se pone las manos sobre las sienes y me balbucea algo que suena a “tiagua Tacuba”. Él dice que significa ¿Hoy se va de Tacuba? Le asiento con la cabeza. Y recorro por última vez todas las contradicciones antropológicas que se puede hallar uno en las calles de Tacuba.

En la fachada de una casa de adobes, por ejemplo, un muchacho moreno pinta un nuevo mural que la alcaldía paga a $15 cada uno, como anzuelo para turistas. El mural ilustra a un rancho pajizo con un cono volcánico en el horizonte. Le pregunto si él es también el autor de los dioses mayas que salpican otras casas. Se voltea y responde que sí, y que no los copia de ningún libro o fotografía.

—Todo esto es inspiración. Pura creatividad. Como uno tiene raíces indígenas, esto nomás nos brota.

Le hago notar que él tiene ojos poco indígenas, son enormes y de un profundo color verdoso. Y riendo responde que su papá es chalateco, “pero mi mamá es de acá y su sangre ha sido más fuerte. Soy indio”.

Cerca del mural en ejecución vive Lucrecia Saldaña. Ella es otra de esas míticas ancianas que aún viste refajo. No sabe qué edad tiene, porque cree que alrededor de 1932 alguien le prendió fuego a la alcaldía con todo y sus actas de nacimiento. Ella se ha calculado unos 90 años.

Una nuera de Lucrecia se aproxima. Y detalla que ha Lucrecia le han mandado a comprar a Guatemala varios refajos para que sustituya este que le regaló su difunto esposo hace más de 10 años, “pero a ella le gustan los refajos que tienen rayas verticales, no horizontales”, explica la nuera. Y añade que desde hace años, Lucrecia es la que presta sus refajos a otras jóvenes que salen “disfrazadas de indígenas” durante las fiestas patronales, tal como hizo Rina hace 28 años. Mientras la nuera platica, la tierra empieza a temblar como un flan. Lucrecia se levanta de su silla plástica y mira las resquebrajadas paredes de adobe de su casa. Pasado el sismo, la anciana se vuelve a sentar y prosigue inmutada.

—Yo no quiero dejar mi traje, porque así me tenía mi mamá, que fue una mujer sola. Lo único que no aprendí de ella fue su idioma. A saber qué decía, yo no le ponía atención. Me daba pena.

La pena de Lucrecia —para nada novedosa— contrasta con el orgullo indigenista de Alejandro López, a quien aquí llaman Jandito.

Jandito vive cerca de la casa de Lucrecia, pero es dueño de un rostro de piel blanquecina y angulosa. Parece un delgado jesuita español. Con pasión explica que sí, que su tatarabuelo vino de España y que allá por 1827 construyó una de las primeras casas de lámina y tejas del pueblo. Aún así, él jura y perjura que es indio.

—No tengo nada de qué quejarme de esta raza. Ellos me chinearon y me saturé de sus costumbres. ¡Soy un indígena! Esta es mi raza, mi sangre, mi corazón y mi mente. Soy un pipil nawat…

Afuera de la casa de Jandito, un policía se me acerca para anunciarme algo. Y sin chistar cuenta que ha escuchado que acaba de fallecer el cacique putativo de Tacuba: Marcelino Galicia, el último y centenario nahuahablante. El agente dice que apenas ayer, en una patrulla policial, lo trasladaron de emergencia desde la serranía donde vive, hasta un hospital público de Ahuachapán.

Una transeúnte desmiente al policía. Dice que ella vive cerca de Marcelino, y que este no está muerto, sino grave en su jacal. Que está mal de los riñones.

***

Marcelino no mintió. Vive alejado de Tacuba. Para llegar a su casa hay que vadear un precipicio donde anidan muchos pericos, luego hay que caminar por una hacienda privada. Transitar por desolados cafetales y esquivar varios riachuelos sombreados por una vegetación lujuriosa.

Allí, sobre una lomita de talpetate, se levanta su ranchito de bahareque, uno que comparte con un pariente. Me asomo por la puerta abierta de su pieza y cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad logro divisar a Marcelino desparramado, y sin camisa, sobre una silla. Aquejumbrado, apenas y balbucea un buenas tardes en nawat, ¡Yejyek tiutak!

De Marcelino cuelga una bolsa de diálisis que arrastra en el suelo de tierra. Alrededor de él hay un altar con una cruz, jícaras, pashtes, tecomates, una piel de venado enrollada, un saco con maíz y el arqueado catre donde duerme. Lo único que se mueve son dos irreverentes ratoncitos.

Marcelino trata en vano de levantarse de su silla. Luego se me queda viendo, parece que me ha reconocido.

—¡Se dejó venir! Usted estaba buscando a la muchacha guapa… ¿Y la halló?

Le contesto que sí, y que se llama Rina Medina. Y él me pregunta que para qué la buscaba. Le explico que, por el traje que llevaba, quería saber si era en realidad una de las últimas indígenas del país. Y él reflexiona algo: “El traje nuase al indio. Solo cada uno sabe si es indio o no”.

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comentarios
  1. Carlos D´Hoy dice:

    Hermoso trabajo que nos lleva al orgullo que tenemos que sentir por ser latinoamericanos, un viaje a las raíces… Gracias

  2. Douglas Oswaldo Rumaldo dice:

    Gracias por esta cronica… que hermoso se escucha alagar y darle el valor q merece la gente nativa de Tacuba… pues no es vergonzoso decir que somos indios. Me gustaria leer mas cronicas como esas de este pueblo.. ojala puedan hacer un documental sobre la imagen del dulcenombre de Jesus, que fué el patrono de Tacuba y por azares del destino fue llevado a la ciudad de Ahuachapán, hoy patrono de esta ultima ciudad. Mil gracias a este tipo de periodismo y al creador de esta cornica.

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