Tormenta de polvo en Irán

Publicado: 11 agosto 2010 en Témoris Grecko
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“Somos mugre y polvo”, me dijo Hafez, de 23 años. Su rostro estaba cubierto con una tira de tela verde que le daba varias vueltas, como un superhéroe de Marvel, pensaba él, o como una momia mal vendada, decía su novia. “(El presidente Mahmoud) Ahmadinejad dice que somos mugre y polvo y el mundo tiene que saberlo”.

El día anterior, domingo 14 de junio, cuando el presidente celebraba su reelección, de acuerdo a los resultados oficiales de los comicios del viernes 12, había realizado un gran mitin de celebración en el que había descrito así a sus opositores: “El gran río de la nación no dejará ninguna oportunidad para que se expresen la mugre y el polvo” (khas o khashak, en idioma farsi). El lunes 15, más de un millón de ciudadanos con motivos verdes (como es el color del Islam y lo adoptó la campaña del candidato opositor Mir Hossein Mousavi, lo usan en bandas en las muñecas, cintas anudadas en un dedo, pañuelos en la cabeza y banderas) marcharon en rechazo a su supuesto triunfo y convirtieron la larga avenida Enghelab en un caudal, un ancho torrente de rica clorofila, que pudiendo disputar el título de gran río de la nación, prefirió reivindicar el descalificativo y asumirse orgullosamente como mugre y polvo.

El flagrante fraude electoral que le concedería un segundo periodo a Ahmadinejad dio lugar a una serie de protestas masivas que se extendieron por todo el país, las más grandes desde el triunfo de la revolución islámica de 1978-79, y continuaban en medio de un Estado de sitio no declarado al momento de escribir este texto. En paralelo a la presión en las calles, tenía lugar una pugna sorda en las altas esferas del régimen en la que ya no es sólo la posición de Ahmadinejad la que está en cuestión, sino la del líder supremo (quien está por encima del presidente, el congreso y las cortes), ayatolá Ali Khamenei: su decisión de respaldar los resultados y autorizar la represión lo ha puesto a él mismo en la línea de fuego.

Como hombre araña enverdecido, Hafez (no se anotan los apellidos de varias personas citadas para proteger su seguridad) trepó por un poste eléctrico hasta subir al techo de una parada de autobús, desde donde gritó: “¡Aquí nos tienes Ahmadinejad! ¡Somos una gran tormenta de mugre y polvo!” La multitud rugió: “Khas o khashak, khas o khashak”, lo que dio paso a un “Mousavi, Mousavi, Mousavi” (por el principal candidato reformista, Mir Hossein Mousavi). Se callaron pronto, porque para responder a la acusación de que sólo son alborotadores (“ladrones, homosexuales y cabrones”, los había llamado Ahmadinejad), la manifestación debía ser silenciosa.

El estudiante de ingeniería electrónica bajó emocionado por el efecto de su acción. Su chica también lo estaba y se acercó a él como para abrazarlo y llenarlo de besos. Pero sólo lo tomó de las manos –de las puntas de los dedos– y lo miró a los ojos con adoración. Esto es Irán y las restricciones impuestas por la república islámica se han acomodado muy dentro en el subconsciente. Ninguna mujer marcha sin el cabello cubierto. Y las expresiones de amor se reservan al ámbito más íntimo.

El peso del hijab

“Tú no puedes forzar a un pueblo entero a asumir una vida de valores religiosos”, comenta Somayeh, una directora muy joven de una organización de apoyo a discapacitados, mientras se coloca un colorido pañuelo para salir a la calle. “Ni en 30 años (contando desde la revolución) ni en 300”. Espera en la puerta para que yo pueda colocarme las botas (como en otros países de Asia, en Irán uno se quita los zapatos en la puerta y anda descalzo por la casa) y nos dirigimos a un café, para encontrar a su amiga Fatimah, de 26 años.

Las dos se conocieron en India, donde fueron estudiantes. Son inteligentes, liberales e indispuestas a aceptar el control masculino, aunque sea sutil. En Teherán conocí a varias chicas con comportamientos muy modernos, pero Somayeh y Fatimah no están dispuestas a hacer concesiones al sistema opresivo. Por eso no tienen pareja.

“Incluso los mejores chicos, los que se educaron en Europa y son sensibles y avanzados, escucharon siempre cosas que los hacen esperar que nosotras nos pongamos en segundo sitio, detrás de ellos”, reclama Somayeh.

Ella vive con sus padres, en tanto que Fatimah comparte un departamento con una amiga. “Fue muy difícil conseguirlo. A la gente no le gusta que las mujeres vivan sin hombres. Sólo accedieron a alquilárnoslo cuando nos comprometimos a seguir reglas muy estrictas, como que no entren hombres. ¡Vaya paradoja!, si no vivimos con un hombre, ¡no nos dejan ver a ninguno!”

Dentro de la ley iraní persiste la noción de que una mujer que no está bajo control masculino es peligrosa. Para salir del país, por ejemplo, una mujer necesita el permiso de un hombre, padre, marido o hermano. Existen muchas otras desventajas. Por ejemplo, el esposo puede divorciarse con sólo solicitarlo, pero pocas mujeres logran que sus peticiones para deshacerse de sus parejas golpeadoras o infieles sean siquiera admitidas a trámite. También, al consumarse la separación legal, la patria potestad de los hijos le es dada al marido y los niños sólo se quedan con la mujer hasta que cumplen siete años.

Aunque el gobierno iraní no ha difundido datos estadísticos sobre participación de jóvenes y mujeres, estos dos sectores destacaron por su participación en las campañas reformistas, motivados por el deseo de aliviar las restricciones impuestas sobre ellos.

“¿Te gustan las iraníes?”, pregunta Somayeh. En cualquier país, uno tiene que asentir con entusiasmo cuando se le hace una pregunta similar, pero en esta ocasión me sale de manera espontánea. “Vente a vivir acá y podrás casarte con cuantas quieras”, bromeó la joven. Pero no era mentira. En seguimiento a lo que dicta el Corán, la ley admite la poligamia masculina, con dos límites: no se pueden tener más de cuatro esposas y la primera tiene que dar su consentimiento.

Son normas que chocan con la realidad iraní, una en la que las mujeres ocupan dos terceras partes de los asientos en las universidades, muchas de ellas son económicamente independientes y están muy al tanto de los debates de género en otros países. Este pueblo, que me ha impresionado muchísimo por su simpatía y extraordinario sentido de la hospitalidad, cuenta con una clase media sofisticada y cosmopolita (que con frecuencia me hace sentir como en Ciudad de México o Buenos Aires), muy al tanto de las tendencias en el mundo. Lo cual incomoda mucho a los sectores conservadores.

Ahmadinejad lo demostró en su debate con Mousavi, una semana antes de las elecciones. El presidente sacó una foto de Zahra Rahnavard, esposa de su rival, a quien preguntó: “¿Conoce usted a esta mujer?” Entonces aseguró que ella había adquirido sus títulos académicos con trampas.

Aunque la mentira puede haber calado en electores poco informados, los méritos de Rahnavard, una catedrática universitaria con 15 libros publicados y dos doctorados, se convirtieron rápidamente en información de dominio público. Y tuvo el inesperado efecto de incrementar la popularidad de esta profesora, quien tuvo que insistir ante la prensa que no era una Michelle Obama iraní, cada cual en su lugar. Y dijo de Ahmadinejad: “O él no puede tolerar a las mujeres altamente educadas o está tratando de evitar que tengamos un papel activo en la vida pública”. No sólo él: el Consejo Guardían, el órgano del Estado encargado entre otras cosas de supervisar a quienes desean convertirse en candidatos para cualquier puesto de elección, descalificó a la totalidad de las 42 mujeres –todas reformistas– que se presentaron para competir por la Presidencia.

“Hay un movimiento feminista, aunque como el de trabajadores, fue ilegalizado por el gobierno”, explica Somayeh. Desde hace tres años, un grupo de mujeres sostiene una campaña para reunir “un millón de firmas por la equidad” de género, con el objeto de presentarlas ante el Majlis (congreso) para que cambie las leyes discriminatorias. Aunque no se ve cómo pueda tener éxito, pues debido al peligro de sufrir represalias, uno tiene que firmar, pero nadie debe saber que lo hizo. “Te puedes meter en problemas, desde quedarte sin empleo hasta ir a la cárcel”, dice Somayeh. “Yo sólo me sumé cuando estuve segura de que el documento iba a quedar guardado en lugar seguro. Y no puse mi nombre, sólo mi garabato”.

La “qomización” de Irán

“No voy a votar”, me dijo Nazanin, una fotógrafa publicitaria de 25 años, un mes antes de las elecciones. “¿Para qué? Todos son parte del mismo régimen, vivimos en una república islámica que no va a cambiar jamás. En una semana, me voy a vivir a Bélgica, lo demás no me importa”.

Tres semanas después, ella seguía en Teherán. Yo regresé de viajar por el país y me sorprendió que respondiera al teléfono cuando la llamé. Nos encontramos en un café frente al parque Mellat. Sus manos batallaban para ordenar un montón de volantes y carteles de tamaños diferentes, todos con la foto de Mousavi. En la muñeca lucía una banda verde, y sobre el cabello negro y brillante, un pañuelo de ese mismo color, con vivos en blanco y azul claro que representan una paloma de la paz. Pregunté sobre esa súbita entrega a la política. “No es política”, atajó, “es una lucha por la libertad, contra los fanáticos religiosos”.

Nazanin es menuda, pero su tamaño lo compensa la mirada. En todo el mundo, nunca había visto un movimiento político tan poblado por bellos rostros (así cualquiera se inflama de fervor militante), y el de esta chica figura muy bien en el conjunto. Por sus pupilas fluye la fuerza de una personalidad compleja y segura, que se afirmaba mejor cuando hablaba de su pasión por cambiar el país.

Su caso es el de muchos jóvenes y mayores que de pronto despertaron a la participación política. Aunque Mousavi desplegó una buena red de comités locales en todo el país, la gente se apropió del movimiento y la mayor parte de las actividades de promoción del voto eran claramente espontáneas. Nunca había visto un ambiente así, en el que personas de todas las edades y sectores sociales se volcaron con entusiasmo y buen humor a impulsar a su candidato.

Que fue Mousavi como podía haber sido otro. “Mousavi, Mousavi”, gritaban Arahst y Behnam, técnicos informáticos de 23 años, en una avenida de Esfahan (la ciudad más bella de Irán, que Byron ponía a la par con Atenas y Roma), cuando lo conocí, una semana antes de las elecciones. Se acercaron a nosotros y nos acompañaron en un recorrido por las muchas avenidas inundadas por la “ola verde”. Cientos de chicos interrumpían el tráfico para bailar danzas tradicionales mientras entregaban volantes. Las calles estaban llenas hasta horas anormales en Irán, las dos o tres de la mañana.

¿Formas parte de la campaña del candidato? “¡No! A mí no me gusta la política”, respondió Arasht. “Pero éste es el momento de ganar libertad, de ponerles un límite a los fanáticos religiosos, que nos dejen vivir nuestras vidas”.

Mousavi fue primer ministro entre 1981 y 1989, durante la guerra de Irak. No tenía mando sobre las fuerzas armadas, ya que éstas se encuentran bajo control del líder supremo, pero es reconocido por haber salido airoso ante la amenaza de que el conflicto provocara una crisis económica. Al concluir su periodo (y a raíz de que su enemigo Ali Khamenei se convirtió en líder supremo tras la muerte del padre de la revolución, el ayatolá Ruhollah Khomeini), pasó los últimos 20 años retirado de la política, pintando en su casa. Y de pronto, tres meses antes de las elecciones, regresó a convertirse en el candidato que puso en peligro la reelección de Ahmadinejad, esperanza de jóvenes de 18 o 23 años. Pregunté a muchos cuándo habían escuchado de él por primera vez y nadie dio una fecha más antigua que dos meses. Mousavi no es especialmente carismático ni su propuesta es detallada, aunque está claro que quiere revertir los excesos fanáticos del gobierno de Ahmadinejad, tanto en restricciones a la vida privada, como en política exterior y economía. “Es ahora o nunca, ¡no podemos vivir más con Ahmadinejad! Si se reelige, ¡me voy!”, dijo Behnam.

Somayeh, en cambio, es una de las pocas que no se dejó abrazar por la fiebre verde. “Míralos a todos, los candidatos se pelean para ver quién era mejor amigo de Khomeini, quién es mejor revolucionario. ¡Son el sistema!, y las libertades que prometen nunca van a ser plenas si seguimos bajo el control de los religiosos de Qom”.

Qom es como el Vaticano del islamismo chií, extremadamente conservadora y sede de los seminarios de donde salieron Khomeini, Khamenei y los principales jerarcas religiosos. “¡Ellos quieren hacer que Irán sea como Qom!”, siguió Somayeh, “son fanáticos que creen saber mejor que los demás cómo tienen que vivir”.

Ahmadinejad, piensa, realmente, que dios habla a través de él. En septiembre de 2005, después de brindar su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente regresó a Irán a reunirse con un grupo de importantes clérigos, con quienes compartiò los comentarios que le hizo uno de sus acompañantes: “Él dijo, ‘cuando usted empezó con las palabras ‘en nombre de Dios’, yo vi que lo rodeaba una luz hasta que terminó’. Yo la sentí también. Sentí que el ambiente cambiaba de pronto y por 27 o 28 minutos, ninguno de los líderes mundiales parpadeó. No estoy exagerando. Cuando digo que no parpadearon. No es una exageración porque yo estaba mirando. Estaban admirados como si una mano los mantuviera ahí y los hiciera sentarse. Los hizo abrir ojos y oídos al mensaje de la República Islámica”.

El tema salió en la campaña electoral y se convirtió en motivo de chistes: “el halo de Ahmadinejad“. El gobierno negó que hubiera ocurrido, pero el debate concluyó cuando el video de su conversación con los ayatolás apareció en YouTube (que fue bloqueado por la censura iraní, junto con Facebook, Twitter y otras plataformas web).

Los pecados de Ahmadinejad

Somayeh y Fatimah padecen este extremismo. No sólo por las normas sexistas, sino por las restricciones en su vida diaria, que se expresan en la obligación legal de observar el hijab, es decir, guardar la “modestia”. Por ello se entiende que deben estar cubiertas de pies a cabeza, sin mostrar más que las manos y el rostro, y la pieza de vestir ideal para ello es el chador: una especie de amplia capa negra que se prende de la cabeza y cae hasta los pies, y que se complementa con bandas colocadas alrededor de frente y cuello para asegurar que sólo se vea el rostro.

“Las mujeres no se iban a quedar cruzadas de brazos”, cuenta Fatimah. “Con los años, fueron relajando el rigor. Recortaron el chador poco a poco hasta que se convirtió en la chaqueta entallada que usamos ahora, que sólo llega hasta por arriba de las rodillas, y la seguimos encogiendo. Sobre el cabello, traemos pañuelos de muchos colores, que abrimos para mostrar el cuello, y usamos jeans y zapatos deportivos”.

En efecto, además de guapas, las iraníes son coquetas y saben cómo arreglárselas para sacarle provecho al hijab. Sus figuras resaltan muy bien y destacan los detalles del rostro con un maquillaje preciso y eficaz. No se colocan el pañuelo donde termina la frente, como se supone que deben hacer, sino de medio cráneo hacia atrás. Eso les permite lucir complejos peinados en la mitad delantera del cabello, con luces, rizos o puntas punkis. Y es lo que los conservadores llaman “mal hijab”.

“Empezaron a quitarnos todas nuestras pequeñas ganancias de libertad en 2007”, recuerda Abulfaz Baqer, un abogado de 55 años de origen azerí (la importante minoría étnica a la que también pertenece Mousavi). “Una día entró la policía a nuestro edificio a destrozar las antenas satelitales. Mis nietos lloraron porque ya no podrían ver el Cartoon Network. A un chico le confiscaron el teléfono móvil porque grabó lo que hacían los agentes”. Ahmadinejad había lanzado una ofensiva contra la televisión extranjera. Y otra el verano pasado, en 2008, contra el “mal hijab”: “En unas pocas semanas, ya habían detenido a 150,000 mujeres. Todas las que hay en mi vida corrieron a comprar chadores. Y luego, Ahmadinejad quiso flexibilizar la poligamia, fue la única ocasión en que lo pudimos detener”. La propuesta era eliminar la necesidad de contar con el consentimiento de la primera esposa para incorporar a otras al harem, pero después de muchas presiones fue desechada en septiembre por el congreso.

“Además está la economía”, sigue Baqer. “Ahmadinejad ha sido presidente a lo largo del periodo de precios del petróleo más altos de la historia. Y nosotros vendemos más petróleo que cualquiera excepto Arabia Saudí, ¡somos ricos! ¿Y dónde está la riqueza?” Se lleva las manos a los bolsillos para voltearlos y mostrar que están vacíos. “Ahmadinejad repartió dinero a sus simpatizantes en zonas rurales, repartió dinero a sus amigos del extranjero como Bolivia, Venezuela, Hamas y Hezbollah, repartió dinero a los clérigos para construir mezquitas y mausoleos en todo el país, pero el boom petrolero se acabó ya y yo sigo viendo que Irán es tercermundista y tiene una economía en crisis”.

En 2005, cuando Ahmadinejad ganó las elecciones presidenciales anteriores, el barril de petróleo se vendía en los mercados internacionales a precios cercanos a los 60 dólares, como ocurre de nuevo ahora. Después se elevó hasta alcanzar niveles impensados, de 150 dólares por barril en julio de 2008. “Le rezo a Dios que nunca sepa yo de economía”, es una cita famosa del presidente. Baqer continúa: “El 80% de los ingresos del gobierno proviene del petróleo y, con la afición a gastar dinero en cosas improductivas que tiene Ahmadinejad, no es sorpresa que este año tengamos un déficit enorme”. Que será de 3.5%, según la Unidad de Inteligencia de The Economist, una prestigiada revista británica. En los últimos años, la inflación ha registrado un promedio de 25%, mientras que el crecimiento en 2009 será de apenas 0.5% y el desempleo alcanza un 30%.

Por si faltara algo, está la política exterior. Ahmadinejad fue muy hábil al atizar el sentimiento nacionalista y presentar el programa nuclear como un derecho inalienable del que las potencias extranjeras quieren despojar a Irán. Y se vende como el único que puede defenderlo. Esto le ha dado una enorme popularidad entre sectores de población pobres y poco informados, que también son susceptibles a su discurso de piedad religiosa y, especialmente, a las gratificaciones gubernamentales, que se entregan sin ataduras: no están vinculadas a proyectos productivos ni a compromisos educativos o de salud.

“Para tener energía nuclear, no hace falta ir a pelearse con todo el mundo allá afuera”, cuestiona Baqer. “No hay por qué negar el holocausto ni ofender a nadie. Lo que va a provocar es un bombardeo israelí, y si nos atacan, nos vamos a defender, y habrá guerra. ¡El presidente es un peligro para el país!”

Historia con sangre

Volví a ver el pañuelo verde de Nazanin, la fotógrafa publicitaria, en las manos de un chico que sangraba profusamente de la nariz, el día siguiente de las elecciones. Estábamos en el patio de una pequeña casa de Teherán, a 200 metros del edificio del Ministerio del Interior donde se estaba consumando el fraude electoral. Habíamos llegado a esa casa para escapar de bestias en dos ruedas, reminiscencia de la caballería mongola que arrasó Irán hace 800 años: policías antimotines en motocicleta, a dueto de conductor y golpeador, protegidos con casco con visera y una armadura de caucho negro. Los había visto lanzar sus máquinas sobre personas que huían, pasar sobre gente sentada, reír como si causaran gracia.

Esta vez, durante las primeras protestas contra el fraude, habían lanzado una carga contra la gente, seguidos por una pared de policías de a pie que arrestaban a quienes estaban en el suelo, y cientos de personas corrieron despavoridas. En la huida, vi a tres hombres que entraron por una puerta metálica. La iban a cerrar pero llegué detrás de ellos y la abrí de un empujón, y conmigo pasó el muchacho de la nariz rota. Se fue a un rincón, a llorar. Le acerqué unas servilletas, lo abracé. La sangre paró. Minutos después, los de la casa nos pidieron salir. Entonces le pregunté sobre el pañuelo, que yo estaba seguro que era el mismo con el que se cubría la cabeza Nazanin. “Ella se lo quitó y me lo dio”, respondió con gesto desesperado. “Imagínate, la policía y las milicias están de caza, ¡y anda por ahí, como loca, con el cabello al descubierto!”

En algún momento, en medio de la represión, la chica había caído en una crisis nerviosa y escapado por la calle gritando que no podía vivir más en Irán. No pude localizarla por teléfono.

Por eso me sorprendí cuando en la marcha gigante del lunes, recibí una llamada al celular y vi que era de su número. “¿Qué haces en esta manifestación, mexicano?”, me dijo con voz suave. Estaba a unos metros de mí y de donde Hafez había incitado a la multitud a corear el nombre de Mousavi. “Khas o khashak, khas o khashak”, musitaba al acercarse. Se veía poco de su rostro porque también se lo cubría para evitar ser identificada, con tapabocas. Esos ojos podrían delatarla, sin embargo, porque son de los que no se olvidan.

De su cuello colgaba un anuncio de plástico que se desplegaba al frente y atrás, en farsi y en inglés, donde se leía “Where is my vote?” “¿Tú crees que somos polvo y mugre, mexicano? Sí lo somos. Polvo y mugre. Y sangre. El sábado mataron estudiantes en la universidad. Fueron los basiji”. Las milicias Basij son un grupo religioso-paramilitar sumamente poderoso, que fue creado por el ayatolá Khomeini y que hoy utiliza Ahmadinejad para movilizar electores, recursos y matones. La marcha era la mayor que he visto en mi vida (el alcalde de Teherán, un aliado de Ahmadinejad, calculó 3 millones de personas) y se registró el lunes, después de que sábado y domingo habían estado marcados por violentos choques con la policía. No es que la gente no tuviera miedo: sabía que arriesgaba la vida.

“Tenemos que salir, nadie va a ganar esto por nosotros”, dijo Nazanin. Al escucharme hablar inglés, un grupo de jóvenes se acercó a decirme que le dijera al mundo que salve a Irán, que la ONU debía intervenir, que por qué no decía nada Barack Obama. Seguí caminando con Nazanin. Me impresionó que, a pesar de los asesinatos (habría siete más en otra parte de la marcha, más tarde, pero lo supimos hasta el día siguiente) y de la represión, el ambiente era alegre. La gente no se quería ir, horas después de que Mousavi había hablado y se había ido. Decenas de miles no habíamos llegado al final, en la plaza Azadi, y otros tantos regresaban por la misma avenida Enghelab, que estaba dividida por la mitad en dos densas columnas de gente que caminaba en sentidos opuestos y parecía una especie de paseo de las manifestaciones. Los que venían y los que iban se saludaban con los dedos en V, con marco de grandes sonrisas. “Sólo nosotros podemos hacerlo”, dijo mi acompañante, que había estado callada varios minutos. “No es la ONU. Ni Obama. Nuestra sangre es la tinta con la que se escribirá la historia”.

Una gran tormenta de polvo

Los jerarcas de la revolución islámica saben a lo que se enfrentan. No sólo porque ellos conquistaron el poder en 1978-79 de esa forma, con marchas gigantescas y la sangre de los jóvenes, sino porque la noción de rebeldía y martirio está sumamente arraigada en la psiquis de los chiíes y de los iraníes. Eso fue su ventaja cuando se enfrentaron al ejército del shah. Los primeros manifestantes masacrados en 1978 eran estudiantes de religión inconformes con un artículo de periódico que atacaba a Khomeini. Cuando se conmemoraban sus muertes, 40 días después en observancia de la costumbre chií, las protestas se esparcieron por todo Irán.

Esto viene desde el origen mismo del chiísmo: la división con el sunismo se dio a partir de una disputa entre los herederos de Mahoma. Los chiíes creen que su sucesor legítimo era su nieto, Imam Hussain, quien fue aplastado junto con 72 de sus acompañantes y parientes en la batalla de Kerbala, en 680. Muchas de las creencias y ceremonias chiíes tienen que ver con esta derrota. Hussain pereció gritando “Allahu akbar!”, dios es grande.

Allahu akbar se convirtió en el grito icónico de la revolución islámica en 1979. Y ahora, los ayatolás lo escuchan en las gargantas de aquellos a quienes su gobierno aplasta. Me dio bastante impresión cuando vi a Nazanin y a sus compañeros repetir “Dios es grande” en actitud de batalla. Me trajo a la mente las guerrillas cristeras, y no pude evitar preguntarme, ¿no se supone que se trata de quitarse de encima el yugo religioso? Pero el significado no va por ahí, sino que es una reivindicación simbólica de rebeldía y martirio.

“Mira mis muertos”, me dijo de improviso un joven que se cubría la cara totalmente con una tela negra. Me asustó como si hubiera escuchado hablar a una estatua. Él y miles de personas más sostenían sobre sus cabezas, sin cansarse, fotografías terribles: Las menos dramáticas mostraban a basijis que tunden a porrazos a personas indefensas, a varios que pasan una moto por encima de un hombre y están a punto de abofetear a la mujer que interviene en su defensa, a uno que dispara con un fusil semiautomático desde una azotea. Las demás son de gente que acaba de morir a tiros, con la cabeza destrozada o el pecho abierto, y mucha sangre. Los demás manifestantes se arremolinaban para observarlas.

Era el jueves 18, en una manifestación de más de cien mil asistentes que Mousavi había convocado para recordar a los muertos. Un grupo de derechos humanos puso la cifra de asesinatos en 33, aunque es difícil confirmarlo, porque el gobierno se rehusa a informar, controla los medios de comunicación, que no tocan el tema, y ha expulsado a la prensa extranjera.

“Ahmadi, Ahmadi (por Ahmadinejad), has matado a nuestra gente. A nuestra joven gente”, rezaba un cartel. En otro, le cambiaron el nombre al ayatolá Khamenei: “Seiyed Ali Pinochet, Irán no será Chile”.

Era una manifestación rara, porque uno tenía que marchar y detenerse a mirar carteles, avanzar y parar de nuevo. Encontré a una mujer en chador que me sonreía sin emitir palabra, y que sostenía un retrato antiguo que no parecía estar relacionado con el tema del día. Quise preguntar pero me topé con la barrera del idioma. Uno de los chicos que también lo miraban accedió a traducir: “Es mi hijo. Él murió en la guerra de Irán e Irak. Soy buena musulmana, creo en el Corán y en el Islam. Ahmadinejad es un mentiroso que nos quiere engañar, especialmente a nosotras, que somos muy religiosas y perdimos a nuestros hijos en la guerra”.

“Somos mugre y polvo”, continuó el muchacho. Había dejado de traducir sin avisar y ya era su propia voz. “Y queremos que nos vea el mundo, somos los iraníes de verdad, no somos terroristas. Ahmadinejad ha arruinado el nombre de Irán y nos ha avergonzado. Pero míranos”, señaló a la mujer y a otras personas, “somos mugre y polvo, y somos verdes, pero hoy día de luto, todos hemos marchado de negro. Y ya no podemos parar. Porque si paramos, nos comen. Pero no podrán, porque somos una gran tormenta de polvo”.

Un juez sabio y lleno de sangre

La República Islámica de Irán es una combinación de dos sistemas políticos, democracia y tiranía (en un sentido aristotélico). Está basada en una doctrina de Khomeini llamada velayat-e faqih o “vigilancia del sabio juez”. Se reconoce la soberanía del pueblo y por eso hay elecciones. Pero por encima de todo está el líder supremo, quien es constitucionalmente definido como “representante de Dios sobre la Tierra” y tiene la obligación del velar porque el pueblo no cometa errores con su soberanía. Lo islámico está por encima de la república.

El viernes 19, al día siguiente de la manifestación en memoria de las víctimas, el sabio juez, el ayatolá Khamenei, dio un sermón de hora y media pero no se acordó de ellas. Ni una palabra, mención o referencia. Ahí dio su respaldo total a Ahmadinejad, negó que haya habido fraude electoral, exigió aceptar sus resultados y advirtió que reprimirían las protestas.

Mousavi respondió: “Si la enorme cantidad de manipulación del voto es presentada como la evidencia de la justicia, se matará la naturaleza republicana del Estado y, en la práctica, la ideología de que el Islam y el republicanismo son incompatibles quedará probada. Esto hará felices a dos grupos: a los que llaman al Estado islámico la dictadura de la élite que quiere llevar al pueblo al cielo por la fuerza; y a los que, al defender los derechos humanos, consideran que la religión atenta contra el republicanismo”.

Mousavi y sus aliados políticos, todos figuras muy importantes del régimen –incluidos dos expresidentes– que ahora han sido empujadas a la disidencia, no pretenden romper con el sistema, sino sensibilizarlo ante las demandas de la gente. Ahmadinejad y su facción, compuesta por miembros de las fuerzas armadas y las milicias Basij (a las que él perteneció), con el respaldo de Khamenei, han llevado las cosas al extremo en que lo que era una disputa sobre aspectos del sistema se ha convertido en un creciente cuestionamiento del sistema. Y al tomar partido de manera tan insensible, el propio Khamenei se ha colocado en la línea de fuego: él puede ser destituido por el órgano que lo eligió hace 20 años, la Asamblea de Expertos (integrada por clérigos de alto rango) e influyentes amigos de Mousavi están cabildeando para lograrlo.

Sería un golpe terrible para la república islámica: el representante de dios puede equivocarse. Pero sólo sería una expresión de lo que ya ocurre en la calle: antes el repudio sólo era contra Ahmadinejad, ahora va contra Khamenei también, a quien acusan de Pinochet. En los últimos días, muchos han empezado a gritar: “¡Muerte a Khamenei!”.

Porque lo ven, además, como responsable último de actos terribles. El gobierno iraní ha empezado a matar a su pueblo. Ya no son iniciativas de milicianos Basij de las que se puede desligar, ahora los asesinatos ocurrieron en el marco de una represión anunciada por el jefe de la policía y ordenada por el líder supremo. Y la táctica para justificar estos actos ante la opinión pública es clara: presentar a los difuntos como terroristas que cometen actos injustificados de vandalismo por órdenes de las potencias extranjeras enemigas de la nación.

El sábado 20, al día siguiente del sermón de Khamenei, los manifestantes volvieron a la avenida Enghelab (significa revolución) y marcharon otra vez hacia la plaza Azadi (Libertad). Se convirtió en una gran batalla campal, entre cinco y diez mil personas desarmadas trataban de recorrer los cuatro kilómetros pese a las embestidas de policías y basijis en motocicletas, con cañones de agua, gases lacrimógenos, macanas y… armas de fuego.

Penosamente, los grupos más decididos llegaron al borde de la plaza, pero no pudieron superar las últimas barreras de uniformados. Para el gobierno era vital impedir que pasaran de Revolución a Libertad. Y por ello, sus esbirros mataron a al menos 10 personas (seguramente muchas más), que la televisión presentó como “terroristas armados al servicio de Estados Unidos”. Chicos y chicas de 20 o 25 años, como Neda, la muchacha cuya agonía llegó a YouTube.

“Esta gente nos va a obligar a destruirlo todo”, me dijo un hombre de unos 60 años, quien no dio su nombre pero aseguró haber sido ministro de desarrollo agrícola del gobierno iraní en los años 90. Se había acercado a mí cuando me vio sofocado por el gas lacrimógeno, me dio agua y me sopló humo de tabaco en los ojos para aliviar el dolor. “Uno no va a la revolución porque quiere”, reflexionó, “sólo cuando no le dejan más alternativas”.

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