Wall Street hecho bolsa

Publicado: 23 agosto 2010 en Hernán Iglesias Illa
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Matías se sienta en una mesa del café donde quedamos en encontrarnos y una de las primeras cosas que dice, antes de que le pregunte nada, es: “A mí me van a echar”. Lo miro unos segundos y después le pregunto si está hablando en serio. “Bueno, todavía no nos dijeron nada. Pero estoy seguro de que nos van a echar, a mí y a los que trabajan conmigo. Mi jefa ya nos recomendó que habláramos con nuestros abogados para ver nuestra situación por el tema de la visa”. Matías –que no se llama Matías pero me rogó, como los otros cuatro argentinos de Wall Street con los que hablé para escribir esta nota, que por favor no dijera su nombre ni diera demasiadas pistas sobre su laburo– está buscando trabajo en Buenos Aires: no sabe bien dónde, porque el tamaño del mercado laboral financiero de Buenos Aires es mínimo, pero sabe que su experiencia neoyorquina, menos de tres años después de iniciada, está a punto de terminar. Matías trabaja en el área de mercados emergentes de uno de los cinco grandes bancos de inversión que había en Wall Street hasta septiembre (de los que ahora quedan, y en no muy buenas condiciones, dos). Su objetivo inmediato es, como el de todos sus colegas con miedo de quedar en la calle, llegar con trabajo al 8 de noviembre, el día a partir del cual los bancos están obligados a pagarles entero el bono de fin de año, cuyo monto se decide entre noviembre y diciembre y se paga de un saque en enero. Para alguien que trabaja en Wall Street, el bono, o bonus (algunos lo dicen en castellano, otros en inglés), puede ser hasta cinco o seis veces más grande que su sueldo. “Vivir con el sueldo, ahorrar el bono”, dicen siempre los banqueros, pero en los últimos años muchos de ellos no han obedecido su propio consejo y han usado los bonos de 2005, 2006 y 2007, jugosos, gorditos, para meterse en gastos –autos, hipotecas, departamentos en Buenos Aires– que ahora quizás tengan problemas para mantener.

Después de cinco años de borrachera –de plata fácil y crédito para todo el mundo–, Wall Street está lista para la resaca. Ya se mareó, ya cantó y ya exaltó su amistad con el mundo; ya se quedó dormida boca abajo en el sillón y vomitó hipotecas podridas en un balde de plástico. Ahora le duele la cabeza y siente un poco de vergüenza, porque ha venido papá, el Estado, a rescatarla y recordarle sus pecados recientes. Pase lo que pase en los próximos meses –nadie sabe: quien pronostica, estafa–, esta crisis de septiembre-octubre será abrochada en los calendarios como la más profunda y la más intensa desde el crack de 1929: nombres históricos como Lehman Brothers y Bear Stearns han dejado de existir y otros, como Merrill Lynch, han tenido que fusionarse dentro de mamuts mayores. Ya no habrá más bancos de inversión, la columna vertebral y el cerebro de Wall Street. Más de 50.000 personas perderán sus empleos financieros en Nueva York, donde el aire huele inequívocamente a fin de época. Fue raro y electrizante y odioso mientras duró: una ciudad burbujeante de velocidad y vértigo, optimista pero impiadosa, próspera pero exhibicionista.

* * *

Los argentinos de Wall Street no son muy optimistas con sus bonos de este año. (Losbonos se calculan con una mezcla del rendimiento personal, del área donde trabajan y del banco en general.) Matías cree que el suyo, si finalmente se lo dan, será al menos un 50% inferior al del año pasado, que ya había sido más bajo que el de 2006. Otro argentino me dijo, mientras tomábamos una cerveza en un restaurante francés del distrito financiero, que estaría contento si su bono de este año es la mitad que el del año pasado, y que no protestaría mucho si su bono fuera, directamente, de cero dólares. En J.P. Morgan, el banco que mejor resistió la crisis y donde trabajan decenas de argentinos –es difícil calcular cuántos argentinos hay en el mercado: una encuesta informal entre algunos de ellos pone el número entre 300 y 500–, está enviando señales a sus muchachos latinoamericanos de que sus regalos de Navidad serán entre un 30% y un 50% inferiores a los de 2007. (De todas maneras, estamos hablando de ingresos anuales, incluyendo el bono, de entre 250.000 dólares y 750.000 dólares para el pelotón más o menos exitoso. Las rock stars, los que llegan a managing directors de los bancos, que es como ser general del ejército, o los que manejan las inversiones de grandes fondos de inversiones, pueden llevarse uno, dos, cinco y hasta diez millones de dólares al año. Por encima hay otra casta más, con ingresos anuales de nueve dígitos, pero ahí ya no llegan los argentinos, o por lo menos no por ahora.)

No está claro todavía con cuánta violencia va a afectar el terremoto financiero en la vida de los banqueros y operadores argentinos que trabajan en los bancos y los fondos de inversión de Nueva York. Hasta principios de octubre, todos admitían estar sorprendidos por la persistencia y la virulencia de la crisis, pero decían que a ellos, más allá del posible descenso del bono, no los había afectado ni los iba a afectar. “Lo que más pasa es que no tengo nada para hacer”, me explicó, a las tres y media de la tarde en un bar del downtown, un argentino cuyo trabajo es emitir bonos de gobiernos de América Latina. “Está todo parado. Y entonces nos pasamos todo el puto día mirando la pantalla de Bloomberg, viendo las flechitas yendo para abajo y los números titilando como locos”. Otro decía: “Todavía no hay consecuencias directas de la crisis, son más bien silenciosas”. Todos conocían casos de otros argentinos en problemas, pero aun creían que el piso debajo de sus escritorios estaba firme.

Unos días más tarde, a medida que se profundizaba la crisis –los bancos se negaban a prestarse plata, rodaban cuesta abajo las bolsas de todo el mundo, la máquina de rumores se volvía cada día más loca–, el tono de sus respuestas había cambiado. “Lo más importante, hoy por hoy, es mantener el laburo”, me dijo uno de ellos. “Esto es un desastre, esto puede no terminar nunca, no hay nadie a salvo”, protestaba otro. “La sensación general es de colapso”. Dos de ellos me dijeron que conocen gente que está sacando su plata de bancos de Estados Unidos y mandándola de vuelta para Buenos Aires, aceptando perder el 3% de comisión que les cobran las cuevas financieras para esquivar los controles del Banco Central. “Por primera vez hay gente que está empezando a pensar en un Plan B o un Plan C”, me dijo uno de ellos.

Para muchos de estos pibes, que llegaron a Wall Street frescos de las escuelas de negocios, con la promesa de carreras más o menos rectas hacia el estrellato y la casa de verano en los Hamptons o Punta del Este, la crisis pone un signo de pregunta en un relato al que ellos sólo tenían planeado puntuar con signos de exclamación. Muchos todavía deben parte de lo que costaron sus másters, o se compraron casas con precios de siete dígitos, o pagan alquileres de 4.000 y 5.000 dólares por mes: no son vidas fáciles de aguantar sin trabajo. La sorpresa del cataclismo los ha dejado turulatos y a algunos los ha puesto a pensar, quizás no tanto como para intentar una autocrítica sobre su contribución al bienestar del planeta –un sentimiento infrecuente no sólo entre los argentinos sino en general en el mercado financiero–, pero sí quizás para replantearse si todo esto vale la pena. Lo mejor de trabajar en Wall Street es la guita. Si la guita empieza a no ser tanta, empieza a valer menos la pena, por ejemplo, el esfuerzo de tomarte todos los días el tren de los 5:20 de la mañana desde Greenwich (Connecticut) hacia Manhattan, como hace un amigo mío, trabajar hasta las ocho de la noche, ver a tus hijos una hora por día y desmayarte en la cama, como si te hubieran disparado, no mucho después de las 10 de la noche.

Los argentinos empezaron a llegar a Wall Street a mediados de los ’80. Venían de la salvaje city porteña, donde se habían curtido durante años de inflación y planes económicos sorpresivos. Cuando estos pibes –de veintilargos o treinta y pocos años; algunos, hijos de familias acomodadas; otros, guerreros de clase media entradores y rápidos para los números– llegaron a Wall Street, ocuparon oficinas chiquitas y oscuras y se pusieron a comprar y vender títulos de la deuda en default de los países de América Latina. Eran los 80 de Gordon Gekko (el personaje de Michael Douglas en el fim de Oliver Stone) y Pat Bateman (el de American Psycho) y nadie les prestó mucha atención –los papeles que manejaban valían chirolas– hasta que, desde 1990, los países entraron en el Plan Brady, que perdonaba parte de sus deuda externa y transformaba aquellos viejos papeles inservibles en deuda nuevita y mucho más atractiva para comerciar. En los equipos de los bancos, había operadores de todos los países, pero sobre todo había argentinos. En parte porque ya tenían el entrenamiento de la Buenos Aires financiera de los ’70 y en parte porque eran cínicos y desconfiados, dos virtudes que no compartían sus colegas brasileños o mexicanos y que en esos primeros años de confusión eran imprescindibles para sobrevivir. Después del Plan Brady, el mercado de deuda latinoamericana se puso saco y corbata: todo empezó a ser más transparente y los bancos contrataron desde entonces a generaciones de economistas y administradores de  empresas, muchos de ellos con másters en el extranjero, para intensificar y endulzar su relación con América Latina.

Desde entonces ha habido básicamente tres tipos de trabajo para los argentinos que aterrizaban en Wall Street: están los banqueros, los traders y los analistas. Los banqueros son los más rubios y bilingües y con más tendencia a tener un origen de clase alta. Sus clientes no son los gobiernos sino las empresas: en largos almuerzos con vino y cigarros convencen a sus ejecutivos para sacar acciones a bolsa o emitir bonos o los ayudan a comprar una empresa rival. Los traders –así les dicen todos en el mercado y no tiene una buena traducción al castellano: se dice tréiders– son los que compran y venden papelitos en nombre de su banco o de los clientes de su banco. El secreto es comprar barato y vender caro. En los años de bonanza, cuando todo sube, como en 2003‐2007, es un trabajo maravilloso, porque es casi imposible perder guita, te pagan millones y uno enseguida se siente Maradona. Son los que más guita ganaron en los años de la burbuja. Hay algunos chetos entre ellos, pero también muchos pibes de clase media, casi todos porteños, muchos egresados de la UBA, que se tuvieron fe y salieron a jugar a La Bombonera de las finanzas. Después están los economistas‐analistas, los que menos ganan de los tres grupos y cuyo trabajo es investigar y recomendar títulos de países o empresas. Son los únicos que a veces aparecen citados en los diarios u opinando en programas de radio sobre qué deben hacer los gobiernos de América Latina. Tienen un perfil más claro de clase media; muchos de ellos son hijos de profesionales. Los banqueros y muchos traders están obsesionados con el golf y con mudarse a los suburbios. Los economistas, más urbanos, prefieren decir que van a la ópera y que tienen intereses intelectuales más amplios que los de sus colegas. Están convencidos de que son muy distintos unos de otros.

* * *

Son las siete de la tarde de un lunes de octubre, está a punto de hacerse de noche y en la planta baja vidriada de este rascacielos sobre Park Avenue, en Manhattan, una docena de pibitos de restaurantes mexicanos y tailandeses esperan que sus clientes bajen 30 o 40 pisos en ascensores ultrarrápidos para buscar sus enchiladas y su pad thai. Ninguno de los que trabaja acá arriba se va a ir temprano a casa hoy, después de un día en el que la Bolsa de Nueva York cayó más del 7% y las arterias del crédito global se cerraron hasta bloquearse por completo. Habrá que trabajar, como muchos de estos últimos días, hasta bien tarde.

En una de las paredes, la lista de inquilinos muestra sucursales de bancos extranjeros –el sueco Skandinaviska Enskilda Banken, piso 42º; el holandés Rabobank, piso 16º– y decenas de fondos desconocidos con nombres como Pritchard Capital Partners (piso 32º) y Blackacre Advisors (piso 39º). Casi todos estos fondos son hedge funds, los fondos desregulados y privados que han sido las estrellas de Wall Street en la última década: generalmente están compuestos por tres o cuatro amigos o ex compañeros de laburo en algún banco de Wall Street que ponen su propio boliche y empiezan a recibir inversiones de otras personas –familias ricas, fondos de pensiones, fondos que invierten en otros fondos–, a quienes les cobran la fabulosa combinación de comisiones conocida como “dos veinte”: 2% del monto invertido, 20% de las ganancias. En uno de los pisos más altos del edificio me espera, solo, sin corbata y con cara de cansado, Ariel, un argentino de treintilargos que, después de trabajar varios años en bancos como J.P. Morgan, en 2005 se abrió por su cuenta y ahora tiene un “pequeño”, según él, fondo de inversión, que no acepta inversiones por abajo de los cinco millones de dólares. Desde su oficina se puede ver, al sur, los puentes que cosen a Manhattan con Brooklyn y, hacia el oeste, el resplandor del aeropuerto de LaGuardia.

Charlamos un rato sobre la crisis. “Nosotros estamos bien, estamos ganando guita”, dice. “Pero los que se quedan sin laburo ahora son boleta. Si laburabas en algo relacionado con hipotecas, ponete una verdulería”. Le digo que lo noto de buen humor, haciendo chistes, exactamente igual a las tres o cuatro reuniones sociales en las que coincidimos en los últimos años. (Ariel es un gran personaje, con una historia fascinante, pero no se llama Ariel: otra vez, sólo accedió a dejarme visitarlo si omitía su nombre y sus señas personales. Al principio había dicho que sí, pero después de leerse a sí mismo en una entrevista que le había hecho dos días antes un medio argentino, había cambiado de opinión.) La pregunta lo ofende un poco y lo pone más serio. “No, no. No es así. Estoy muy preocupado”.

En parte está preocupado porque, aunque el saldo de su fondo en 2008 todavía es positivo –o era positivo hasta el 7 de octubre, el día que hablamos–, desde septiembre haestad o perdiendo plata. Además, en el caos actual cada vez le resulta más difícil aplicar sus métodos cuantitativos‐matemáticos, que no sólo son los favoritos de Ariel sino que son lo que él y sus socios publicitan como su especialidad. Los cuantitativos, o quants, como se los conoce en el mercado, son la última generación de genios inversores de Wall Street; físicos, matemáticos e ingenieros informáticos capaces de aplicar su capacidad de abstracción a obtener ganancias de los movimientos de precio más mínimos. En temporadas normales, de cambios graduales, los matemáticos sacan petróleo de las piedras: ganan la guita centavo por centavo, buscando oportunidades que otro prefieren no pueden ver. En el mercado salvaje y arbitrario de las últimas semanas, estas armas no sirven. Ariel también está preocupado porque de a poco se ha dado cuenta de que, aun sintiéndose superior a sus rivales, un huracán que se lleve puesto al 80% de los hedge funds también podría llevárselo puesto a él y a sus socios (no argentinos). “Hace un año apostamos, correctamente, que este año al mundo le iba a ir mal”, explica. “Pero no apostamos a que iba a ser tan malo. Esto de ahora es un desastre”. El temor más grande es perder la mina de oro del “dos veinte”: para qué te voy a pagar tanto a vos, niño maravilla, si me llevo lo mismo, o más, poniendo la guita en fondos comunes y silvestres que puedo manejar por Internet. Ariel dice que sí con la cabeza, con un gesto de resignación.

* * *

Una mañana de principios de octubre, Arturo Poiré iba en el subte al trabajo, revisando los emails en la Blackberry, cuando un empleado de la MTA, la empresa municipal que maneja el subte de Nueva York, le preguntó si el Congreso iba finalmente a aprobar esa noche el plan de rescate para los bancos. “Ojalá que sí”, respondió Poiré, quien, después de una década en uno de los principales bancos de Wall Street, ahora trabaja para una consultora. No es banquero: es sociólogo, experto en organizaciones y en las personas que las hacen funcionar. Cuando trabajaba en Wall Street, su especialidad era reorganizar equipos y departamentos después de que su banco compraba a otro. Por eso, aunque no lo ha sido, conoce de cerca qué se siente ser un banquero de Wall Street. En parte porque muchos de sus amigos lo son.

El trabajador del subte meneó la cabeza, indignado, y dijo: “Es una barbaridad. Odio que el gobierno esté haciendo esto”. Poiré se quedó mirándolo y comprendió que lo que más jodía a su interlocutor era la certeza de saber que si el gobierno no salvaba a los bancos, se caía el país. El hombre inició entonces una invectiva bíblica, casi a los gritos: “Ya nos encontraremos los banqueros y nosotros en el cielo. ¡Dios y la vida eterna nos igualan a todos!” Poiré, a quien su paso por Sociales de la UBA todavía le prende una lamparita cada vez que ve de cerca un episodio simbólico de lucha de clases, se quedó pensando en la ambigua relación de Wall Street con la gente de Nueva York con Wall Street y, en general, con todos los que estamos en el más allá, esos extraños seres humanos que no pertenecemos al mundo de las finanzas.

La curiosidad sociológica le permite a Poiré hablar sobre estos temas con una paleta conceptual más amplia que la de muchos de sus amigos en el mercado. Igual, cuando tiene que atribuir culpas sobre qué pasó, por qué estalló en mil pedacitos el luminoso edificio de las finanzas, la suya es la misma explicación que la de sus ex colegas: fuimos todos. “¿Quién se quedó con la plata?”, se preguntó Poiré la noche en la que hablamos por teléfono. “El tipo del fondo de inversión que ganó fortunas, es cierto, se llevó buena parte de la plata. Pero también tiene culpa Main Street [lo opuesto de Wall Street: la economía real], endeudándose con sus tarjetas de crédito y consumiéndose por encima de sus posibilidades. Todos hablan de lo que hacen los fat cats de Wall Street, pero no de lo que hace Doña Rosa”. Ése es básicamente el argumento de los que trabajan en finanzas: nosotros les dimos el caramelo, pero ustedes se empacharon solos.

Entre el mal humor general que provoca la crisis en Nueva York, una pequeña válvula de escape en estos días ha sido, para mucha gente, criticar y burlarse de los banqueros de Wall Street, esos supuestos genios de las finanzas que no sólo hundieron a la economía global sino que ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos. Sus bancos han desaparecido o están tecleando y el pánico los tiene petrificados frente a sus pantallas, vendiendo sin parar cosas que compraron mucho más caras hace no tanto tiempo. Sin embargo, y esto es lo que alimentaba la bronca del empleado que se desahogaba frente a Poiré, nadie va a ir a pedirles a los tipos de Wall Street los millones que ganaron en el lustro glorioso de 2003‐2007. Hay quien ha dicho que esta crisis representa el final de los Masters of the Universe, el nombre que les puso Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades en 1987: que estos tipos, tras probar que a fin de cuentas no son más que una manga de timberos con computadoras y modelos matemáticos, ya no podrán sentirse los reyes de Nueva York ni los tipos más talentosos o inteligentes del mundo.

Les pregunto a los argentinos de Wall Street si esta crisis ha sido de alguna manera un golpe a su autoestima, si esto ha puesto en duda algunas de las cosas que creían seguras hasta hace un par de meses y si tienen alguna autocrítica a punto de asomar de entre sus labios. Las respuestas son bastante uniformes: todos nos, o casi nos. Ninguno de ellos cree que éste es el fin de los Masters of the Universe o que la crisis trae escrita una lección moral. “Eso es paja”, dice Ariel, con las mangas de su camisa turquesa arremangadas por encima del codo y hamacándose levemente en una de las doce sillas Aeron de la sala de conferencias. “A la gente le encanta decir esas cosas. Hablan del pendejo que gana 500 veces más guita que vos y es un pelotudo. Todo eso es verdad. Siempre es lindo ver caer a un pibe exitoso”. Ariel, de todas maneras, predice que, en los próximos años, el pibe promedio de Wall Street ganará menos que hasta ahora y que, además, ellos mismos serán menos. Ya no habrá laburo para tanta gente. (Algunos cálculos predicen que Nueva York perderá con la crisis 50.000 de sus 200.000 empleos financieros.) Uno de los costados positivos del sacudón es, según alguna gente, que los chicas y los pibes egresados de las escuelas de negocios ya no van a estar tan desesperados por trabajar en Wall Street y que van a desparramar su talento en áreas de la economía a las que hasta ahora nadie quería ir.

Poiré, que hace dos años publicó The Latino Advantage in the Workplace, un libro en inglés sobre las ventajas de los latinos para triunfar en las empresas de EE.UU., se consuela con una explicación barrial‐cinematográfica: “En el barrio, el que jugaba mejor al fútbol se llevaba a la mejor minita. A los que jugábamos mal, un poco de bronca nos daba, pero a nadie le parecía injusto o ilegal. Ahora, es la revancha de los que éramos buenos alumnos y nos gustaba estudiar. Yo no jugaba bien al fútbol, y acá estoy. Es nuestra versión de la venganza de los nerds”.

* * *

Matías está sentado frente a mí en el café de una de las sucursales neoyorquinas de la cadena de librerías Borders. Él no toma nada; yo tomo té helado de una botella. Él está nervioso, no del todo cómodo con las opciones que le esperan en los próximos meses. Lo peor de volver a Buenos Aires no es Buenos Aires, sino irse de Nueva York, un proceso que siempre se afronta como una derrota. “Lo que me jode es que tomen la decisión por mí. No me siento un loser, porque no me echan por mi culpa sino porque trabajo en un área que la van a limpiar entera, pero igual me jodería”, dice Matías. “El problema, para los pibes como yo, que tenemos entre 25 y 30 años, es que todavía no ahorramos tanta guita. En parte porque todavía estamos pagando los préstamos para estudiantes y en parte porque nunca habíamos vivido una crisis así. Muchos gastaban, o gastábamos, más de lo recomendable”. Otro argentino cuenta la historia de una compañera suya a la que un día acompañó a la casa, en Chelsea, y parecía un hotel cinco estrellas: tenía sauna, jacuzzi, valet parking, tipos que te hacen las compras en el supermercado por vos. “¿Acá vivís?”, le preguntó Matías, hace un par de meses, y se dio cuenta de que a muchos como él se les estaba yendo la mano.

Si todavía no ha habido mucho movimiento de banqueros de un banco a otro –las finanzas son una industria con alta rotación: los mejores operadores reciben ofertas y son fichados casi como si fueran jugadores de fútbol–, es porque nadie está contratando a nadie y porque los propios banqueros están tomándose las cosas con cuidado: ya estamos a octubre, razonan muchos, si me voy ahora pierdo el bono de casi todo el año. Para muchos de estos argentinos, enero será el mes clave: volverán de Punta del Este después de Navidad y Año Nuevo, cobrarán el bonus y, si todavía hay mercado financiero y todavía hay Wall Street, ofrecerán sus talentos en la plaza pública. Si las dificultades persisten, aparecen las opciones más imaginativas. Uno de los argentinos con los que hablé tiene un amigo que trabaja en un banco y que está pensando en pedir un año sabático, sin goce de sueldo. “Como total el bono va a ser cero, o casi cero, y el sueldo no es mucha guita, por ahí vale la pena perder el sueldo y no laburar, irme unos meses a la playa o adonde se me cante la gana a oxigenarme y limpiar la cabeza”, argumenta el implicado. Matías entiende perfectamente la sensación: “Conozco pibes de mi edad que se están preguntando si realmente esto es lo que quieren hacer con sus vidas”.

Este verano, en julio y agosto, los argentinos de Manhattan no habían acusado aún el golpe: las casas cerca de la playa que alquilan unos con otros, de a cuatro o cinco parejas, siguieron alquiladas; sus partidos de fútbol y sus asados con carne uruguaya y malbec mantuvieron el mismo ritmo. El verano que viene se verán, si las hay, las primeras bajas. Los que queden seguirán buscando consuelo en las pocas buenas noticias que vienen con la crisis. La favorita de muchos es el descalabro de Brasil, un tanque financiero de última generación que parece haberse quedado sin nafta. “Venían diciendo que la crisis no los afectaba y bla, bla, bla”, me dijo uno. “Los brasucas se creían los capos del mundo. Qué lindo es verlos caer, es como meterles cuatro en el Maracaná”.

De lo que nadie tiene dudas es de que estamos viendo el fin de una era. Todavía no está del todo claro cuánto sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero la fiesta acaba de terminar y los banqueros ya sienten nostalgia. Durante varios años fue imposible para ellos no ganar guita. Su laburo era casi como ver qué número salía en la ruleta y recién después tirar las fichas sobre la felpa. Ahora empieza lo más difícil: jugar sin cartas, ganar guita con el cuatro de copas y un ancho falso. Con el ancho de espadas y el siete de oros todos somos ases de las finanzas. Poiré interrumpe mis metáforas de casino: “Tampoco para tanto. ¿Cómo vas a decir que nunca más se va a ganar plata en Wall Street?”, me pregunta. Se responde él mismo: “Eso es falso. Siempre aparece una forma”. Como no agrego nada, vuelve a hablar, y me doy cuenta de que tiene razón, de que muchas veces las épocas no terminan sino que sólo cambian de nombre o aspecto: “De eso no tengas la menor duda”, me dice. “El juego va a seguir funcionando”.

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comentarios
  1. Roxana dice:

    Interesante. Qué habrá sido de ellos? Qué estarán haciendo ahora y dónde? Cuánta razón tiene Poiré “Siempre aparece una forma”.

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