Las últimas horas de Nacho Coronel

Publicado: 19 septiembre 2010 en Jorge Alejandro Medellín
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Ya iba para afuera, cortando cartucho y brincando entre muebles, entre barandales de madera y sillas rústicas de hierro, gritándole a Irán (Quiñónez Gastelum), su escolta, para ubicarlo, para ordenarle que salieran por atrás, pero el hombre encargado de la seguridad personal de “Nacho” Coronel ya tenía a media docena de militares encima apuntándole a la cara.

Eran poco más de las 13:00 horas cuando el grito de los oficiales se escuchó en la entrada principal de la casa. “¡Ejército Mexicano…quieto, no se mueva!…Quieto”, le decían los militares a Quiñónez mientras su jefe era, Ignacio Coronel Villarreal, era buscado por cinco elementos de tropa en la estancia de la casa de Colinas de San Javier, sobre la calle de Paseos del Parque.

Sobre la herradura que forman las calles de Madrigal y Paseos del Parque, en la exclusiva zona residencial del municipio de Zapopan, los dos helicópteros Bell de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM) seguían volando bajo, en círculos cerrados y con una dotación de francotiradores listos para disparar en caso de que alguno de los buscados hubiera logrado escapar.

No ocurrió así. Ni Ignacio Coronel ni su escolta, Irán Quiñónez, pudieron salir de la casa. El sicario y protector del capo fue sometido rápidamente por los soldados. Nacho Coronel llevó la peor parte.

Momentos antes, el capo le había disparado a la cara al Teniente de Infantería que iba al frente del grupo de asalto para capturarlo. Murió al instante. Nacho Coronel siguió disparando su pistola automática y alcanzó a darle a un Sargento que cayó herido.

Pensó que con eso podía ganar metros, terreno, piso a los militares que creyó haber dejado atrás, pero se equivocó.

El Teniente al que había asesinado y el Sargento herido estaban casi a la entrada de la casa, pasando la cochera, atravesando el primer patio. Por eso creyó que podría huir si salía por una de las habitaciones del fondo, la que daba a otro patio más pequeño y luego a una cancha de tenis. Después lo esperaba un jardín y de inmediato la calle de Madrigal, a la que nunca llegó.

Se topó de frente con un segundo grupo de militares ya iniciada la balacera. La orden superior era la de detenerlo vivo, pero sobre la orden imperaron la situación real y la doctrina castrense. Más que un narcotraficante o un delincuente armado, Ignacio Coronel se convirtió en un enemigo y como tal se le abatió.

Quiso enfrentar a los militares para escapar por la calle trasera y fue acribillado de frente por tres de ellos. Intentó disparar pero frente a él ya estaban cinco militares apuntándole. Tres de ellos abrieron fuego. Las ráfagas atravesaron a Coronel.

Su cuerpo quedó a medio escalón entre dos barandales de madera que asemejaban los límites de un potrero, con sus sillas y bancos de madera y hierro, con una mesa de cristal ocupada con vasos de unicel, latas de refresco y cerveza.

Nacho Coronel quedó a medio camino entre una cantina hecha de ladrillos rojos, un par de amplificadores negros y el desnivel que separa una parte de la sala y la estancia que lleva a las habitaciones del ala izquierda de la casa.

Fueron 10, quizá 12 minutos y todo terminó. Las siguientes cuatro horas fueron de cateo, de levantamiento de pruebas y recolección de objetos e información sobre el cartel de Sinaloa y sus operaciones en el Occidente del país.

Ojos en el cielo

Los mandos de inteligencia militar y naval sabían que desde hace poco más de un año el narcotraficante Ignacio Coronel Villarreal, conocido como “Nacho” Coronel, vivía en Zapopan, Jalisco, municipio del que entraba y salía a placer, protegido por policías de diversas corporaciones.

Esto no era nuevo. Desde 2006 un grupo de operadores y sicarios del cartel de los hermanos Beltrán Leyva se había trasladado al municipio de Zapopan para unirse estratégicamente a esa parte del cartel de Sinaloa que controlaba el paso de dinero, drogas, armas, personas, precursores químicos, vehículos y combustible.

En ese mismo año fueron detenidos cuatro familiares de los Beltrán Leyva en zonas residenciales de Zapopan. El propio Ignacio Coronel vivió más de tres años en la exclusiva zona de Puerta de Hierro, a escasos cinco kilómetros de la Base Aérea Militar Número Cinco, en ese municipio, en donde se localiza también el Colegio del Aire.

De ahí se mudó a Colinas de San Javier, ocupando con su gente cuatro casas ubicadas en sitios estratégicos que le garantizaran el control de accesos y salidas en casi de urgencia.

De acuerdo con la Defensa Nacional, Ignacio Coronel controlaba los intereses del cartel de Sinaloa en los estados de Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Durango, Zacatecas y Coahuila. La guerra entre cárteles se agudizó y obligó a Coronel a moverse constantemente para evitar el acoso de sus enemigos.

Al hacerlo entraba y salía de Jalisco esporádicamente hasta que su gente tomó el control de la plaza y le aseguró una permanencia menos turbulenta. Sin embargo, la detención en el norte del país de varios operadores de cárteles rivales que contaban con datos sobre la posible ubicación de Coronel, sirvió para aportar datos cada vez más precisos sobre el paradero del narcotraficante.

A todo esto se sumaron las escuchas telefónicas, las intervenciones de internet y la infiltración de militares encubiertos que hacían patrullajes esporádicos para ubicar las casas, fotografiarlas y llevar un seguimiento que permitiera un operativo casi perfecto.

Y así fue.

A los militares les tomó al menos una semana preparar con todo detalle el operativo para detener a Nacho Coronel luego de vigilar sus movimientos y los de tres grupos de sicarios que viván en dos casas más localizadas en Colinas de San Javier.

Los especialistas de las Secciones Séptima (Operaciones Contra el Narcotráfico), Segunda (Inteligencia Militar) y del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (CIAN) del Estado Mayor de la Defensa Nacional (EMADEN), utilizaron el software de Google Earth para ubicarlo a la perfección y conocer sus posibles salidas y rutas de escape y prevenir contingencias que involucraran a otros vecinos de la exclusiva zona de Colinas de San Javier.

Con imágenes captadas por el sistema Google Earth en 2009, definieron la parte final del plan de operaciones para rodear desde tres puntos la casa del tercer hombre en importancia en el cartel de Sinaloa.

Los equipos especiales sabían muy bien que Nacho Coronel sólo podía escapar de la casa de Paseos del Parque hacia cuatro puntos y usando únicamente dos vías inmediatas de huída: la calle de Madrigal, a espaldas de su casa, en donde tenía una cancha de tenis y junto a esta, un jardín de unos 200 metros cuadrados, y la propia Paseos del Parque, insegura y atestada como seguramente estaría de militares y policías si alguna vez llegaban a dar con su paradero.

Una vez alcanzando la calle de Madrigal, el siguiente objetivo sería llegar a la avenida Juan Palomar Arias, que podía conducirlo hacia el municipio de Guadalajara.

Esas eran las opciones de escape que Google Earth le reveló a los mandos de la Sedena al momento de diseñar el operativo de captura del narco y de sus más cercanos operadores y sicarios.

Los posibles puntos de escape estaban cubiertos pero no fue necesario extender el movimiento militar hacia las avenidas y calles de la zona residencial.

Minutos antes de ingresar a las casas de Ignacio Coronel, los militares detuvieron a los primeros dos sicarios sobre los que había un seguimiento constante y que conocían los movimientos y los horarios de su jefe.

Los detenidos sabían que Coronel estaba en la casa, acompañado únicamente por Irán Quiñónez Gastelum, y que no tenía planes para salir en las horas siguientes.

Al sobrevuelo de los helicópteros le siguieron el cierre gradual de las calles Paseo de los Parques, Avenida Patria, Juan Palomar Arias, Madrigal, Paseo de la Noria y Villa de la Colina.

Luego, el arribo de tres grupos especiales de 50 elementos cada uno, pertenecientes a la V Región Militar y finalmente los cortes de energía eléctrica y hasta de la señal de internet.

En cuestión de minutos, Ignacio Coronel y su gente quedaron aislados. Sin contacto entre ellos, sin el apoyo del resto de sus sicarios, el capo quedó inutilizado mientras las palas de los helicópteros sonaban más cercanas a los techos de las casas aledañas.

La intervención militar fue precisa. La reacción de Ignacio Coronel, imprevista. Los militares que diseñaron el operativo estaban seguros de que al verse rodeado, superado en número y poder de fuego, Nacho Coronel se entregaría. El cálculo fue erróneo.

Una hora más tarde, con la situación bajo control, el presidente Felipe Calderón y su comitiva arribaban a Guadalajara para sostener un encuentro con empresarios y luego inaugurar el nuevo estadio de las Chivas, en un evento de carácter privado.

Por la noche, la Sedena citó a los medios de comunicación para ofrecer una supuesta conferencia de prensa en la que se ofrecerían datos sobre la operación para detener a Nacho Coronel y las circunstancias en las que murió.

No hubo tal conferencia. El General Edgar Luis Villegas, Subjefe Operativo de la Defensa Nacional, solo leyó el comunicado de dos cuartillas y se retiró rápidamente del auditorio de la Sedena.

El texto de la Sedena indicaba en su parte final, que “Nacho Coronel dirigía las actividades delictivas para su organización en el occidente de la República, que comprende los estados de Jalisco, Colima, Nayarit y parte de Michoacán, controlando el tráfico de Cocaína a través de la denominada Ruta del Pacífico”.

El Departamento de Estado de los Estados Unidos, la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y el Orden Públicos y el F.B.I. ofrecían una recompensa de 5 millones de dólares por información que llevará a su captura, añadía el comunicado.

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