La escandalosa misión del padre Maciel

Publicado: 25 septiembre 2010 en Alma Guillermoprieto
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De todos los terribles escándalos sexuales en los que los jerarcas del Vaticano se vieron envueltos, ninguno tiene más probabilidades de asestar un fuerte golpe a la institución que la asombrosa historia del sacerdote mexicano Marcial Maciel. Los crímenes que otros sacerdotes y obispos cometieron contra niños pueden provocar indignación, pero también hacen que queramos mirar para otro lado. En el caso del padre Maciel, en cambio, es imposible tomar distancia del horrendo drama a medida que éste se difunde, página a página, revelación tras revelación, en la prensa mexicana.

El padre Maciel, que nació en México y murió en 2008 a los ochenta y siete años, era muy conocido en el mundo católico.

Superó obstáculos que habrían vencido a cualquier otro y fundó lo que se convertiría en una de las órdenes más dinámicas, rentables y conservadoras del siglo XX, que en la actualidad tiene casi ochocientos sacerdotes y aproximadamente setenta mil hombres y mujeres de todo el mundo que participan en el movimiento laico Regnum Christi. La Legión de Cristo, que tiene casi setenta años de antigüedad como orden, es relativamente chica, pero influyente: opera quince universidades y sus escuelas tienen 140.000 alumnos (en Nueva York, sus miembros enseñan en once escuelas parroquiales). Sus líderes, por otra parte, tienen desde hace mucho tiempo un notable acceso a la jerarquía del Vaticano.

Maciel, que pertenecía al círculo íntimo del papa Juan Pablo II, también era bígamo, pederasta, drogadicto y plagiador. Procedía de Michoacán, en el sudoeste de México, y creció durante los años de la Guerra Cristera (1926-1929), un conflicto que enfrentó a los católicos (cristeros) del México provincial con el gobierno anticlerical de la capital. Uno de sus tíos fue el general al mando de los cristeros. Otros cuatro tíos eran obispos. Uno de ellos, Rafael Guizar Valencia, lo llevó a un seminario clandestino en Ciudad de México. A los veinte años, cuando ni siquiera había tomado los hábitos, Maciel creó una nueva orden religiosa con ayuda de otro tío.

La nueva orden se proponía ser cosmopolita y estricta, pero dada la escasa edad de su fundador y la falta general de educación, no es sorprendente que los objetivos de la Legión de Cristo no estuvieran bien definidos (si bien en un fascinante estudio de Maciel que hizo el historiador y psicoanalista Fernando M. González nos enteramos de que uno de los estatutos de la orden especificaba que los sacerdotes debían ser decenti sint conspectu, attractione corripiant , o llenos de gracia y atractivos).

A los veintisiete años, el joven padre Maciel tuvo una audiencia con el papa Pío XII, que, según la historia oficial de los Legionarios, lo instó a usar la orden “para formar y ganar para Cristo a los gobernantes de América Latina y el mundo.” Esa es la misión de la orden desde hace sesenta años, y con gran rapidez emergió como una fuerza conservadora en condiciones de rivalizar hasta con el Opus Dei. “El discurso de Maciel estaba muy enmarcado en el discurso anticomunista de Francisco Franco”, dice Roberta Garza Medina, editora del semanario Milenio y hermana del vicario general de los Legionarios. El conservadurismo de los Legionarios, agrega, “expresaba ante todo su postura respecto de los roles de género. Las mujeres tenían que adoptar una actitud pasiva. Las opciones eran la maternidad o la participación en el movimiento consagrado (las solteras). (…) A Maciel no le interesaba demasiado la política como tal. Lo que le interesaba era conseguir que personas con poder ingresaran al movimiento y aprovecharlas”.

Para el movimiento conservador dentro de la Iglesia, en cambio, agrega un ex sacerdote, “Maciel era alguien que podía proporcionar fieles, sacerdotes y dinero”. Era evidente que Maciel era un hombre de cierto magnetismo. Decenas de mujeres ricas hicieron generosos aportes para las buenas obras de los Legionarios, y la revista mexicana Quién, conocida por sus páginas de sociales, publicó hace poco un artículo sobre una de las viudas más ricas de México, Flora Barragán de Garza, que donó más de cincuenta millones de dólares durante los años de gloria de Maciel. “Le dio prácticamente toda la fortuna de nuestro padre”, le dijo la hija de Barragán al periodista de Quién, y agregó que la familia había tenido que intervenir para que la mujer, que ya era una anciana, no quedara en la miseria. La generosidad de la viuda le permitió a Maciel viajar en primera clase durante toda su vida, pero también proporcionó el dinero para crear la red de escuelas privadas a las que los mexicanos conservadores acaudalados mandaban a sus hijos.

La doble vida de Maciel

En 1997, Blanca Estela Lara Gutiérrez, una mujer mexicana que vivía en Cuernavaca, miró la tapa de la revista Contenido una publicación del tipo de Reader’s Digest y vio la cara de su pareja. La mujer había sido su pareja durante veintiún años y había tenido dos hijos de él. Pensaba que era detective privado o “agente de la CIA” y que, por motivos laborales entendibles, sólo hacía ocasionales apariciones por su casa. Ahora sabía que era sacerdote y que su verdadero nombre era Marcial Maciel. Era, decía la revista, la cabeza de una orden cuya severidad y extremo conservadurismo parecían ocultar algunos secretos. El artículo, que se basaba en información que habían revelado Gerald Renner y Jason Berry en el Hartford Courant, señalaba que nueve hombres, dos de los cuales habían contribuido al establecimiento de los Legionarios en los Estados Unidos, otro que seguía siendo miembro activo y los seis restantes ex miembros de la orden habían informado a sus superiores en Roma que Maciel había abusado sexualmente de ellos cuando eran seminaristas adolescentes a su cargo.

Las acusaciones no eran las primeras, ni serían las últimas.

En 1938, Maciel fue expulsado del seminario de su tío Guizar, y poco después también de un seminario de Estados Unidos. Según los testigos, Maciel y su tío tuvieron una gran pelea a puertas cerradas.

El obispo Guizar murió de un ataque cardíaco al día siguiente.

Más adelante se sabría que Marcial hacía que sus estudiantes y seminaristas le procuraran Dolantin (morfina). Eso llevó a la suspensión de Maciel como cabeza de la orden en 1956. De forma inexplicable, se lo restableció en su puesto pasados dos años. Más tarde, alguien se dio cuenta de que su libro, El salterio de mis días, que era de lectura más o menos obligatoria en las instituciones de los Legionarios, una suerte de Libro de Horas, o guía para la oración, era una copia completa de El salterio de mis horas, de un español que fue condenado a cadena perpetua luego de la Guerra Civil española.

Maciel tenía inteligencia para la política y las relaciones públicas. Pero había más: en una serie de artículos para el National Catholic Reporter, el infatigable Jason Berry detalló los distintos mecanismos por los que Maciel recibía dinero y luego lo derivaba al Vaticano. Los enviados de Maciel enviaban con regularidad sobres con miles de dólares en efectivo a jerarcas claves de la Iglesia. Las audiencias privadas con el Papa suponían hasta cincuenta mil dólares por visita, dinero cuya vía era Stanislaw Dziwisz, el sacerdote polaco que fue secretario privado del Papa desde 1966 hasta la muerte de Juan Pablo II. Según un ex jesuita que conoce bien la historia, una de las primeras donaciones considerables que recibió el movimiento polaco Solidaridad procedió de Maciel, que reunió dinero entre la elite conservadora mexicana cuya relación había cultivado. Sin duda el polaco Karol Wojtyla, para entonces Juan Pablo II, se enteró de ese acto de generosidad y valoró la posición ideológica de Maciel. Este estuvo al lado de Juan Pablo II durante la primera de las tres visitas que hizo el Papa a México. El dinero de los Legionarios, sus sacerdotes y su activo movimiento de personas laicas, el Regnum Christi, fortalecieron la campaña del Papa para eliminar a los sacerdotes liberales o de fuerte tendencia social de las posiciones de poder y dar mayor influencia a su catolicismo conservador.

Es difícil no concluir que esas fueron las razones por las que el Vaticano ignoró la carta detallada y conmovedora que le mandaron en 1998 ocho de los acusadores de Maciel (el noveno había muerto).

Por más que el público tomó conocimiento de las acusaciones a través del Hartford Courant y la prensa mexicana, que difundieron la noticia de inmediato, el Vaticano se negó a actuar. En lugar de ello, el papa Juan Pablo II impulsó la beatificación de la madre y el tío de Maciel, el obispo Guizar. Tan sólo en 2006, después de la muerte de Juan Pablo II, un comunicado del Vaticano anunció que se había “invitado (a Maciel) a llevar una vida reservada de oración y penitencia”. Pasó sus últimos años en silencio y murió en Estados Unidos. Los Legionarios, sin embargo, siguieron creciendo en cantidad y riqueza.

Para alguien que no es creyente es arriesgado tratar de evaluar cómo afectó el relato de Maciel a la Iglesia en su conjunto, ya que un extraño puede entender muy poco de la forma en que se vive una fe entre sus filas.

Hace algunos meses, los trabajadores que me hicieron la cocina prepararon el altar que instalan todos los 3 de mayo en toda obra en cuya construcción estén trabajando. En esa fecha se conmemora la ocasión en que la cruz en la que murió Cristo se encontró tres siglos más tarde, pero también coincide con las festividades que inauguraban la temporada de lluvias en la época precolombina. Los obreros tallaron y barnizaron con amor una pequeña cruz de madera a la que le inscribieron el año, la envolvieron en una suerte de vestido blanco, decoraron el vestido con cintas azules, la rodearon de flores dispuestas en latas de gaseosa a modo de floreros, encendieron una vela y pasaron un rato bebiendo a su alrededor. Sin duda esos hombres conocen o han oído hablar de un párroco que tenía un “ama de llaves” y tal vez una “sobrina” que vivía con él, ya que esas cosas nunca fueron poco comunes aquí, ni en ninguna otra parte, probablemente, si bien el esfuerzo por ocultarlo puede ser mayor. Pero los paraguayos no han abandonado a su alegre presidente, el ex sacerdote Fernando Lugo, a pesar de que se sabe que tuvo por lo menos tres hijos (parece pensarse que puede haber más) mientras era obispo.

En este lugar del mundo de tradición machista también se ha tolerado y en cierta medida, esperado la homosexualidad por parte de los sacerdotes de faldas largas. Es posible que para muchos católicos el bautismo, la confesión y la misa semanal sean trámites burocráticos, como votar u obtener un registro de conductor, y que esa verdadera fe sea algo que se ve en los altares improvisados y en las sendas mágicas de muchos rituales más antiguos, lo que permite que los sacerdotes hagan su vida siempre y cuando realicen un trabajo digno en sermones y entierros. Cabe pensar que el abuso sexual de niños y su encubrimiento son un asunto del todo diferente.

La pareja de Maciel con Lara Gutiérrez resultó no ser de exclusividad. Unos diez años después de conocerla, Maciel comenzó una relación larga con una camarera de diecinueve años de Acapulco a la que se presentó como un “operador de petróleo”. Tuvo una hija con ella y, según un reciente artículo del diario español El Mundo, varios hijos más con otras personas.

Silencio y abusos

Cuando descubrió que su marido no era un agente de la CIA sino un sacerdote que abusaba de niños, Lara Gutiérrez no reveló que estaba casada con él. Tal vez le aterraba el hombre que ella creía que “era Dios”, como diría diez años más tarde. Tal vez simplemente se sentía avergonzada. Luego, en marzo, dos años después de la muerte de Maciel, Lara Gutiérrez apareció con sus tres hijos en uno de los programas más vistos de México y escuchó en silencio mientras dos de sus tres hijos declaraban que su padre, Marcial Maciel, los había obligado a masturbarlo y, según dijo el mayor, había tratado de violarlo por primera vez cuando tenía apenas siete años.

Tenemos una doble visión de Maciel. Vemos la figura santa que conocen sus seguidores y, como a través del ojo de una cerradura, al otro Maciel de pesadilla que exige a niños que lo masturben y que luego asegura a los chicos traumatizados que el Vaticano le dio autorización para obtener por ese medio “alivio” para un terrible dolor físico. Pero sabemos, a través de las investigaciones de Fernando González, que Maciel era a su vez producto del abuso. En su lecho de muerte, un chico que había crecido con Maciel reveló lo que sabía.

El niño procedía de una familia muy pobre de la pequeña y piadosa población de Cotija, y Maciel era hijo de un próspero comerciante local. Pero tenía un temperamento delicado y constituía, por lo tanto, una ofensa para su padre machista. “Un día”, escribe González, el padre de Maciel dijo: “En mi casa no va a haber maricas. Te voy a mandar seis meses con los conductores de mulas para que aprendas a ser hombre”. Envió a Maciel a un grupo de conductores de mulas, como también lo hicieron con el chico que, en su vejez, confesó lo que sabía. Los conductores de mulas los violaron a ambos. “Mi padre va a pensar que yo provoqué esto”, le dijo Maciel al otro niño. “Quiero ahorcarme.” Los Legionarios ­Maciel financiaron la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe y San Felipe Mártir en Roma, que Maciel consideraba su mausoleo. Lo llamativo es que el sacerdote Maciel casi siempre concretaba sus dramas pederastas en la enfermería del seminario Legionario en el que se encontrara, como si fuera un lugar donde pudieran curarlo. Explicaba los actos masturbatorios a sus víctimas diciéndoles que eran un remedio para su dolor. En todo caso, sabía lo enfermo que estaba: dejó instrucciones a sus delegados de no iniciar el proceso de canonización hasta pasados treinta años de su muerte, cabe pensar que con la esperanza de que el recuerdo de sus pecados se hubiera desvanecido para entonces.

Aparte del daño que sufrieron las víctimas de Maciel, está la cuestión de por qué la Iglesia Católica como institución no lo condenó cuando se ordenó sacerdote, cuando fundó los Legionarios, cuando la historia de su pederastia llegó a las tapas de las revistas, cuando se encontraron pruebas suficientes para que el papa Benedicto XVI concluyera que Maciel tenía que pasar el resto de su vida en reclusión ni cuando los rumores alcanzaron un nivel que bastaba para justificar una investigación por parte del Vaticano.

La respuesta no es una sorpresa para nadie: en momentos en que las iglesias se vacían, los Legionarios son una fuente de ingresantes, dinero e influencia.

En México, desde Carlos Slim hasta Marta Sahagún, la esposa del ex presidente Vicente Fox, le dieron dinero o le pidieron favores a Maciel. No fue sino hasta el año pasado que el sucesor de Karol Wojtyla, el papa Benedicto XVI, autorizó por fin una visita una investigación, en la jerga de la Iglesia de la Legión de Cristo.

Como siempre, la prensa y algunos religiosos están muy por delante del Vaticano.

El escándalo de Marcial Maciel, por más grotesco que pueda ser, puede terminar en un escándalo para la Iglesia Católica. Está la inquietante cuestión del último Papa de la Iglesia, el popular Juan Pablo II, y sus relaciones con el sacerdote. También está la cuestión nada menor de que los Legionarios junto con Benedicto XVI y también Juan Pablo II representan la parte más conservadora de la Iglesia, y de que ahora aparecen inmersos en escándalos morales. Está, por encima de todo, el hecho de que toda una institución grande, próspera e internacional se encuentra ahora bajo sospecha (¿qué sabían los Legionarios de Maciel, cuándo lo supieron y quién era cómplice?) y de que la institución principal, la Iglesia Católica Romana, parece haber pasado décadas dedicada al encubrimiento.

Pero está también la cuestión del futuro de la Iglesia y de sus sacerdotes y monjas como seres sexuales. No es necesariamente psicología barata especular que la extrema represión sexual que impone la Iglesia a sus miembros lleva a la perversión, un tema que viene emergiendo de tanto en tanto desde hace siglos. Muchos sacerdotes y monjas, por lo que parece, optan por “obedecer” las reglas sin cumplirlas, según la formulación española (“obedezco, pero no cumplo”). Ofrezco esto sólo como prueba anecdótica, pero por lo que sé por mis relaciones informales, amistosas y a menudo de admiración con miembros de las órdenes católicas todas pertenecientes a la rama de activismo social de la Iglesia , una importante cantidad ha tenido algún tipo de relación de pareja.

Una vez asistí a una importante festividad religiosa en una ciudad chica en la que varios de los sacerdotes y monjas que llegaron para la misa lo hicieron abiertamente con sus parejas, homo o heterosexuales. En 1979, en momentos de la primera visita de Juan Pablo II a México, mantuve una conversación con un sacerdote español progresista que pasaba la mitad de su vida con su pareja, una mujer de mediana edad. Le pregunté por qué no abandonaba la Iglesia si tantas de sus normas violaban sus propias convicciones y su deseo de honestidad. Recuerdo que dijo, en efecto, que la posibilidad de hacer el bien en el marco de una institución tan enorme e influyente como la Iglesia era más importante que las posibilidades de hacer el bien fuera de ella. ¿Esa ecuación podrá estar cambiando?

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comentarios
  1. r a cardenas dice:

    Todo lo que se diga contra este desventurado es poco, por el daño a miles de vidas humanas…Ni el Papa puede contrarrestar la devastación hecha.

  2. Mary Luz Barral dice:

    Nunca mejor dicho “todo es posible en la viña del Señor”….hay demasiadas historias en relación a la Iglesia Católica, como para ignorarlas, pero esa misma razón, se podría aplicar para decir que hay también mucha especulación. Lo cierto es que El Vaticano, debería de abrirse a las realidades del mundo, y sobre todo el tema de la sexualidad, principal fuente de escandalos por la rigidez que impone a los sacerdotes y monjas…..y ademas, el auge de iglesias alternativas, sobre todo evangélicas.

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