Mi otro yo, el malo

Publicado: 1 octubre 2010 en José Adan Silva
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“Podía haberle ocurrido a Juan Pérez, a Luis González o a Claudio Rodríguez. A cualquiera, menos a mí. ¿Por qué, Dios todopoderoso, por qué? Si yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá. No es porque don Justo Pastor Cruz Coronado se haya puesto de acuerdo con doña Gregoria García Ortega para engendrarme y regalarme el bonito Víctor Manuel al que tanto me acostumbré. ‘Víctor Manuel’, me llamaban y yo respondía: ‘¿cómo está usted paisano?’, ‘¿cómo le va señora?’, ‘¿qué me dice el patojito?’, ‘¿qué tal la cosa compadre?’. Oír mi nombre ha sido cosa tan común en mi vida como respirar. Y eso que he logrado identificar muchas cosas cuando me dicen mi nombre. Mi mujer me dice ‘Víc–tor Manuel’, casi deletreado, y yo sé que está enojada aunque no le vea la cara. Me recuerda cuando en la escuela la profesora decía mi nombre completo, al revés, para darme la regañada: ‘Cruz García Víctor Manuel’, y ya sabía yo que la tarea no había sido correcta. Mis hijos me dicen ‘papá Víctor, papá Víctor’, y entonces sé que tienen problemas, porque no es el mismo ‘papi Víctor’ mimoso y cantadito que oigo cuando quieren más de la mesada semanal. Mis amigos me dicen ‘Víctor, vamos por una cerveza’, y sé que no ocurre nada, pero ya cuando me dicen ‘Víctor Manuel’, a secas, sé que hay problemas. He logrado comprender muchas cosas de la vida por medio de mi nombre, de la forma en que me lo dicen y cuándo me lo dicen, pero en aquellos días oía mi nombre y apenas lo reconocía, sólo veía los rostros secos y las bocas que lo mencionaban mal y yo trataba de descifrar en esas caras adustas si el Víctor Manuel que citaban eran un Víctor Manuel condenado a prisión o un Víctor Manuel regresado a la libertad”.

Estados Unidos ha sido su principal proveedor y Centroamérica su mercado. Allá hay abundancia de repuestos, no piden muchos papeles y, por supuesto, los carros usados son más baratos que en El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Así que decidió ir allá a traer las piezas y los carros viejos, armarlos en Guatemala y darles venta en toda la región.

Aunque parezca irónico, le empezó a ir mal en la vida cuando le comenzó a ir bien en el negocio. Primero, sus pocos amigos mecánicos que al inicio casi le ayudaban de gratis, empezaron a cobrarle más cuando vieron que el negocio ya daba sus frutos. Luego, cuando el taller creció, llegaron los del ayuntamiento a exigirle tributo, y después empezaron a llegarle rateros, pedigüeños y demás lacras que le hicieron la vida de cuadritos con aquello de que “si le traigo un carro robado, cuánto me da” o “si usted quiere que yo le brinde protección tiene que pagar un impuestito” o el clásico “oiga, amigo, ¿tiene un trabajo para mí?”. Y, con el trabajo, crecían también las necesidades de ordenarlo, porque había que llevar los libros de contabilidad y demás papeles al día.

Por ahí apareció la mala suerte cuando un mal día de 1999 contrató a un Judas llamado Carlos Aguilar Álvarez, Carlitos, quien años más tarde habría de venderlo con todo y documentos de identidad.

***

La desgracia de Víctor Manuel Cruz García inició en julio de 2004, cuando se enteró de que su ex trabajador había llegado a la alcaldía La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, para indagar en el Registro Civil de las Personas. Quería los datos personales del que fuera su patrón. “Oiga, compadre, hace pocos días vino Carlitos a ver sus datos en los libros”, le comentó con alarma William Vega, el secretario de los libros. Víctor Manuel iba ocasionalmente a las oficinas municipales a pedir oficios legales para la venta y compra de los vehículos usados.

“No le creo, ¿por qué querría Carlitos mis datos si hace ya rato que no trabaja conmigo?”, replicó asombrado Víctor Manuel, quien dos años atrás lo había despedido porque le causó desconfianza, ya que de pronto empezó a rodearse de amigos extraños que tenían mucho dinero y los rumores del pueblo decían que andaba en cosas gruesas. “Vaya usted a saber, don Víctor, usted está al tanto de que los libros son públicos”, le respondió Vega.

El asunto pronto pasó al olvido, hasta que en abril de 2006, unos días antes de que Víctor Manuel saliera de viaje a Costa Rica a ver una Ford Ranger que le llamaba la atención, se le apareció el mismísimo Carlitos. Ya para entonces era otra persona: se ufanaba de mucha plata, gastaba a manos llenas en bares caros y se rodeaba de putas jóvenes de la Zona Rosa. A veces se perdía por semanas, meses, y luego regresaba cada vez más rico y sospechoso. Cambiaba de autos modernos con frecuencia y sus celulares de última tecnología nunca dejaban de repicar, aun en horas inverosímiles, como las seis de la mañana de un domingo cualquiera, como aquel primer domingo de abril cuando se presentó en el taller de su otrora patrón para preguntarle muy cordial, muy amigo, si seguía metido en el negocio de la compra y venta de autos de segunda. “Claro, de eso vivo”, le respondió Víctor Manuel, y Carlitos, siempre sonriendo, le ofreció otro trabajo: “Quiero que vaya a Panamá a traer una camionada de cosas para Guatemala, y aquí le pagamos mucho pisto. Yo le doy el boleto de ida y allá lo veo”.

A Víctor Manuel no le gustó la oferta y además no confiaba en un tipo al que había despedido porque le extraviaba las facturas, le perdía los documentos de pago y hurgaba entre sus papeles personales. Por eso, en aquel momento, pensó rápido: “¿Qué haría yo con un boleto sólo de ida a Panamá? ¿Y si estando allá no llega este carajo? ¿Qué camionada de cosas será?”. Sin dudarlo dijo que no, pero cometió el peor error de su vida: a modo de excusa, le contó sus verdaderos planes.

Víctor Manuel le confesó a Carlitos que ya tenía prevista una visita a Costa Rica el 8 de abril, que llegaría a Nicaragua el 7 y que no podía ir a Panamá porque el 10 debía estar de regreso en Guatemala para vender una Nissan Frontier. Carlos se le quedó viendo y le preguntó si le hacía un favor: “¿Podrías llevar a Nicaragua a un hermano mío? Él va a traer el camión de Panamá, ya que tú no puedes. Cuando estés en Managua yo te llamo”. Para salir de él, le dijo que no había problema, que con gusto le haría ese favor.

A los pocos días se le apareció un muchacho diciendo que ya estaba listo para viajar a Nicaragua. Al comerciante le dio mala espina viajar solo con un enviado de su sospechoso ex trabajador. Pensaba: “¿Por qué no le dio el boleto a Panamá a su hermano? ¿Y este hermano de Carlos de dónde salió si yo conozco a su familia en La Gomera y a este patojo nunca lo había visto?”. En medio de las dudas y antes de salir de la frontera guatemalteca, Víctor Manuel llamó a José Chavarría Mijangos y a Carlos Ponciano, unos amigos guatemaltecos que trabajaban en El Salvador, para pedirles que lo acompañaran a Costa Rica a traer el vehículo. No le dijo nada a su silencioso acólito y, tras confirmar la compañía de sus cuates salvadoreños, partió hacia Nicaragua el 7 de abril de 2006 a las cuatro de la mañana.

Durante el viaje, Víctor Manuel logró sacarle algunas cosas a su acompañante: decía llamarse Julio, aseguraba ser guatemalteco pero hablaba con un tono distinto al de sus compatriotas chapines y se veía muy nervioso en los retenes migratorios. Antes de llegar a San Salvador, Julio le preguntó a Víctor Manuel si iba armado. Víctor le dijo que no, y luego el hombre le pidió que lo dejara en un lugar de la carretera conocido como Lourdes, entrada a Acajutla. Dizque iba a visitar a unos amigos y que después llegaría por su propia cuenta a Managua.

Antes de bajar, se le quedó viendo a Víctor con condescendencia y le dijo serenamente: “Usted que es negociante debería caminar armado. La plata en la bolsa del hombre es el peor enemigo que existe, don Víctor Manuel”. Al guatemalteco le dio escalofrío aquel consejo y, en cuanto dejó al enviado de Carlitos, llamó a sus amigos para verlos en San Salvador. Así se hizo acompañar de Carlos Ponciano y José Chavarría, con quienes se fue al día siguiente a Managua, en la camioneta Nissan Frontier que ya había ofrecido en venta en Guatemala.

La tarde del viernes 7 de abril, mientras los tres guatemaltecos cenaban en un restaurante a orillas de la carretera a Estelí, un departamento al norte de Nicaragua y cercano al puesto fronterizo con Honduras, el celular de Víctor Manuel sonó y en su pantalla apareció un código de llamada restringida. Vaya sorpresa: era nada más y nada menos que Carlitos, diciéndole que necesitaba hablar urgentemente con él, esa misma noche, que si se podían ver en el mall de Metrocentro, en Managua.

“Claro que sí, pero decime qué pasa, vos”, lo interrogó Víctor, a lo que Carlitos le respondió relajado: “Víctor Manuel, nada pasa compadre, le tengo un negocio bonito en Managua que le va a interesar”.

Otra vez el escalofrío: sus amigos lo llamaban “Víctor” cuando la cosa era asunto de cuates, pero ya cuando decían “Víctor Manuel” era porque algo no andaba bien. Se armó de valor para enfrentar lo malo que podría haber tras aquel “Víctor Manuel”, y quedó de verse con Carlitos a las nueve de la noche en el sitio acordado.

Tomó un taxi y llegó puntual a la cita. No quiso manejar porque venía agotado de conducir toda la madrugada, así que dejó la Nissan estacionada en el patio del hotel de paso Ahualcas, sobre la Carretera Norte de Managua. Buscó a Carlos y no lo encontró, así que se entretuvo viendo los vehículos nuevos que se exhibían en una sala de la planta baja del centro comercial, que a esa hora ya estaba casi vacío. Mientras veía al interior de una pick up, sintió que alguien le ponía un cañón en las costillas: “Si te movés, te mato, Víctor Manuel”, le dijo una voz desconocida, y cuando el guatemalteco quiso ver el rostro del bromista, porque pensó que era una jugarreta, recibió un golpe en el estómago que lo tiró al piso. De nuevo el escalofrío recorrió su espina dorsal al identificar que el “Víctor Manuel” con que lo habían amenazado no lo había escuchado en toda su vida, ni en sus peores problemas. Tirado en el suelo, vio que cinco hombres vestidos de uniforme policial oscuro, armados y con pasamontañas lo estaban rodeando y poniéndole las esposas, mientras le decían que no hablara, que agachara la cabeza. Luego sólo sintió que lo empujaban contra el piso de un vehículo que arrancó raudo hacia la peor pesadilla de su vida.

***

Cuando se vio vestido de overol naranja, entrando atado de manos y pies a aquella celda pequeña y silenciosa, empujado por guardias que hablaban en inglés, Víctor Manuel se sintió derrotado como nunca antes en sus 46 años de existencia. En menos de 72 horas su vida era otra. Un torbellino de voces, caras y eventos sin sentido lo habían metido en una vorágine de locura, y apenas en ese momento, ya sentado sin cadenas ni esposas en la cama de la celda 30, podía discernir que su vida se le había escapado de las manos. Había caído en poder de la gente extraña que lo detuvo, lo golpeó, lo acusó, lo montó en un avión, lo llevó a Estados Unidos y lo metió en una cárcel. Todo por llamarse Víctor Manuel Cruz García.

A las pocas horas de estar ahí, ya extrañamente lleno de sosiego, repasó los turbulentos episodios de su recién pasado viaje, tratando de explicarse en qué había fallado. El 7 de abril le había dado un aventón al amigo de Carlitos, Julio, luego recogió a sus amigos Carlos Ponciano y José Chavarría, llegó a Nicaragua y recibió la llamada en Estelí, se fue a ver a Carlitos al Metrocentro. Ahí lo capturaron los oficiales antinarcóticos de Nicaragua para llevarlo a la Dirección de Auxilio Judicial, donde le quitaron la ropa y le pusieron un traje azul. Luego lo metieron en una celda y le dijeron que lo habían detenido por tráfico de drogas y que la justicia internacional lo buscaba.

Recuerda que al amanecer del sábado 8 de abril fue montado en un vehículo particular de vidrios oscuros y llevado a una oficina en un hangar del Aeropuerto Internacional de Managua, donde oficiales antinarcóticos con pasamontañas lo enfrentaron a unos hombres con apariencia de gringos, de gafas y trajes oscuros, que hablaban spanglish. Los tipos únicamente se identificaron como agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA). Los vio firmar unos papeles y luego un oficial de la Policía lo entregó a los cheles, quienes le ataron pies y manos con cadenas. Se vio subir las escalinatas de un avión que estaba con los motores encendidos en la pista del aeropuerto y lo único que exclamó, antes de ver la ciudad desaparecer velozmente bajo sus pies, fue: “Dios mío, voy a Guantánamo”.

Más tarde se vio bajando del avión y subiéndose a una patrulla policial que lo llevó esposado a una enorme prisión donde dos guardias lo esperaban en una oficina. Le dieron una ropa color naranja talla extragrande, le dijeron cosas en inglés, le hicieron firmar unos papeles que él no pudo rubricar porque estaba aterrado y luego se vio caminando por unos pasillos bien limpios con celdas a cada lado, arriba y abajo, voces en inglés y guardias que lo llevaban jalado de las cadenas que no le quitaron hasta que entraron en una celda fría, al final de un largo pasillo metálico, separado del edificio principal por una enorme puerta de acero con acceso de llaves electrónicas.

***

Su captura no fue un asunto de mucha claridad legal. A Víctor Manuel lo atraparon y entregaron a la DEA en un procedimiento lleno de irregularidades y violaciones a sus derechos, según denunció en su momento el periódico El Nuevo Diario de Nicaragua. El rotativo investigó que la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), agencia legal de la Policía Nacional de Nicaragua, capturó el 7 de abril a los guatemaltecos Víctor Cruz García, José Chavarría Mijangos y Carlos Ponciano. A estos dos los puso en libertad al día siguiente, pero Cruz García no fue remitido a los tribunales, como manda la ley, sino que desapareció junto con su Nissan Frontier. La esposa del guatemalteco, Zoila Batres Valenzuela, llegó a Managua a investigar la suerte de su esposo y supo, por medio de los dos amigos, que Víctor Manuel había sido detenido por la Policía. La versión policial fue lacónica: nunca había sido capturado nadie con ese nombre, nunca lo habían visto.

La insistencia de los periodistas y la presión judicial llevaron a la policía a reconocer que había sido trasladado a Estados Unidos en un avión de la DEA, por estar vinculado al crimen organizado y a una red de narcotraficantes a la que supuestamente pertenecía el colombiano Luis Ángel González Largo. Este último había sido capturado cuando transportaba escondido en su camioneta un botín de más de un millón de dólares (que en el conteo oficial quedó reducido a 609 mil dólares), bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia. González Largo estuvo varios meses detenido en Managua y fue entregado a la DEA en abril de 2006, en medio de un escándalo de corrupción, cuando se descubrió que la plata custodiada había desaparecido de las cuentas del Tribunal Judicial sin que a la fecha se sepa dónde fue a parar.

Posterior a la entrega del colombiano, los comisionados mayores de la policía, Clarence Silva, entonces jefe Antidrogas, y Alonso Sevilla, vocero de la institución, dijeron que habían deportado a Cruz García por estar ilegal en Nicaragua; que la DEA lo había arrestado en la zona internacional del Aeropuerto de Managua por estar vinculado a un cartel colombiano; que usaba identidad guatemalteca falsa pero en realidad era colombiano y estaba ligado al tráfico de armas, drogas e indocumentados.

Según el reporte de Inteligencia, su alias era El Flaco, de 46 años de edad, complexión delgada, pelo lacio negro, ojillos negros y tez morena, de andar pausado y modales tímidos. Que tenía su sede de operaciones en La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, y que se identificaba con cédula falsa A–120997.

“¿Cuál caso criminal? ¿Qué asunto de drogas? ¿Cuál colombiano? Yo soy Víctor Manuel Cruz González, de oficio comerciante y originario de La Gomera, Escuintla, hijo de Justo Pastor Cruz Coronado y Gregoria García Ortega y padre de tres hijos…”. Y justo en este punto se echó a llorar como lloran los que han guardado durante muchos días las penas de duelos y martirios: agarrándose la cabeza entre las manos, posando las manos abiertas sobre los ojos para después desplomarse hacia delante entre golpes de convulsión en el pecho. No pudo seguir hablando y lo único que hizo el abogado de oficio, David W. Bos, fue darle una palmadita en el hombro y decirle por medio de un traductor: “Tranquilo hombre, la cárcel no lo matará”.

Víctor Manuel se le quedó viendo incrédulo y del llanto triste pasó al grito de rabia: “¿Cómo que esté tranquilo? Estoy aquí metido en una hija de puta celda de alta seguridad, rodeado de condenados a cadena perpetua, señalado de ser un narcotraficante colombiano de mierda y enfrentando un juicio por jodidas drogas que nunca he visto ¿y aún así quiere que esté tranquilo? ¡Cualquiera me puede matar! ¿Entiende eso?”. Su defensor se le quedó viendo compasivo, se despidió y le prometió regresar a la mañana siguiente. Él se quedó solo, frente al cubículo donde había hablado con su abogado, y fue regresado por los custodios a su celda, donde se quedaría pensando sobre su vida.

Apenas se acostumbraba a su nueva situación de reo, pero al menos ya tenía cuatro personas con quienes hablar español: el traductor de su abogado de oficio, la religiosa española que hacía oficios de asistencia humanitaria en la penitenciaría, un guardia boliviano y un ilustrado reo colombiano que hablaba con fruición de Simón Bolivar.

Con el que menos gozaba hablar era con su traductor, de quien ni siquiera quiso aprenderse el nombre. Daniel Quispe, el guardia de origen boliviano, lo entretenía con sus revelaciones: “¿Ves aquel negro que viene allá?, anda feliz porque hoy el juez le rebajó una cadena perpetua, ya sólo le quedan dos”. La madre María, una monja de la Orden de las Carmelitas, era quien le daba fortaleza por medio de la palabra de Dios y se encargaba de buscarle contacto con su familia en Guatemala.

Pero su sustento ideológico fue su amigo colombiano, quien le abrió el camino a un mundo que el vendecarros de Guatemala no conocía: la literatura. Le dio a leer biografías de Simón Bolívar, Alejandro Magno, Nelson Mandela, novelas como Guerra y paz, Crimen y castigo, obras de García Márquez y otras cosas que la memoria de Víctor Manuel no retuvo en aquellos días de barrotes.

Y si la vida en la celda 30 del primer nivel había sido muy aburrida, el cambio a la celda 6 del segundo nivel le sentó bien. Se hizo amigo del vecino de la celda 2, el colombiano ilustrado que, mientras pasaban las horas libres en la cancha de básquetbol, le preguntaba si había oído hablar de la guerra de Colombia. Pero Víctor Manuel no sabía que su nuevo amigo era todo un personaje. Un día, mientras conversaba con el guardia boliviano, se enteró de que quien le metía la idea de reclamar por sus derechos era el famoso cerebro financiero de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ricardo Juvenal Ovidio Palmera, mejor conocido por el seudónimo de Simón Trinidad. Del recuerdo de aquella inesperada amistad, el guatemalteco guarda una carta manuscrita donde Trinidad le expresa sus mejores deseos: “Te has sabido comportar con dignidad, fortaleza y valor. Para expresarlo con tus palabras: Dios te ha puesto a prueba y con creces has superado todos los obstáculos, has ganado más en tu fe y eres mejor cristiano. Ya te faltan menos días, tómalo con calma y acepta la realidad de la lenta burocracia gringa que así como fue ágil para cometer contigo una inmensa injusticia, es lenta para resarcir su gravísimo y grande error”.

Cuando Víctor le exigió a su despreocupado abogado que le explicara qué pasaba con su caso, la verdad se le estrelló en la cara con tanta fuerza que cree que en su vida no ha sentido calor más grande de rabia en el rostro como el de esa bofetada de confesión.

David W. Bos le dijo que estaba recluido en el Departamento Correccional del Distrito de Columbia, Washington, bajo acusación de conspiración, transformación y distribución de más de cinco kilogramos de cocaína en Estados Unidos. Le dijo sin prisa y con tranquilidad que su caso estaba archivado en el expediente criminal número 05–451, que su acusador era el Estado mismo, Estados Unidos, y que había sido detenido por una orden federal de arresto dictada por el magistrado judicial John M. Facciola, de la Corte del Distrito de Columbia. Mascando goma, Bos le dijo, además, que su caso estaba ligado a la captura de Luis Ángel González Largo y de René Oswald Cobart, ambos presos también en Estados Unidos por narcotráfico.

Víctor Manuel no podía creer que lo vincularan a Cobart, un conocido millonario en Guatemala del que se hacían oscuros comentarios sobre el origen de su fortuna y al que se le achacaban propiedades y riquezas que él, simple vendedor de carros, nunca había imaginado.

Sin dejar de mascar goma, Bos le explicó que la conspiración contra él, Víctor Manuel, había comenzado en 2004, cuando un agente encubierto de la DEA había participado en Las Vegas, Nevada, en una reunión con Cobart y un presunto narco colombiano conocido como El Flaco, residente en Guatemala y con documentos que lo identificaban como Víctor Manuel Cruz García, de oficio comerciante y originario de Escuintla. Allí pactaron la compra de 400 kilos de coca que serían entregados en Panamá para ser llevados a Estados Unidos. Desde esa fecha se abrió el caso en Estados Unidos y Cobart fue detenido en suelo estadounidense por la DEA.

A El Flaco, el otro Víctor Manuel, lo empezaron a buscar en Centroamérica y a González Largo le siguieron la pista porque supuestamente sería el encargado de pagar la droga. Víctor enfrentaba ahora una acusación que de ser comprobada lo mandaría entre 30 y 50 años a prisión.

Víctor Manuel se presentó a audiencia inicial en la Corte el Distrito el 10 de abril, el 14 del mismo mes, el 5 de junio y el 19 de julio, cuando por fin pudo conocer a González Largo y Cobart. Ambos, en un momento en que los dejaron solos durante un receso, le preguntaron si él era en realidad El Flaco. Víctor les dijo que no. Luego le comentaron que atestiguarían con la verdad y no lo implicarían en lo que no estaba metido.

Pese a que en las audiencias y en las conversaciones con los abogados siempre tuvo un intérprete a su lado, Víctor Manuel asegura que no recuerda los argumentos legales que se usaron a su favor para librarlo de las acusaciones, pero sí la infinidad de chequeos médicos e inspecciones que le realizaron en el rostro, en busca de cicatrices y huellas de cirugías faciales. “Me revisaron hasta la lengua y el pelo”, cuenta el guatemalteco.

Un día su abogado de oficio le explicó que alguien que había conocido a El Flaco en Nevada, aseguró ante los investigadores que Víctor Manuel no era el narco que había visto en Las Vegas. El 19 de julio su abogado lo visitó en la cárcel y le dijo: “Tú no eres”. Y él, hastiado de decir que era Víctor Manuel, pero no el que se había hecho pasar por él para meter drogas a Estados Unidos, le respondió con dureza: “Yo sé que no soy ése”. Su abogado le explicó: “El tipo que andan buscando es más bajo que tú, tiene cicatrices aquí, es más blanco y yo estoy seguro que tú no eres, así que podrás salir de aquí el 8 de septiembre”.

Sin embargo, el 18 de septiembre nuevamente llegó Bos mascando goma para plantearle una propuesta: “Si te declaras culpable, el fiscal asegura que sólo te clavan un par de meses aquí y luego te marchas, pero si no, podrías quedarte toda la vida”. La propuesta lo desmoralizó y sólo tuvo aliento para una respuesta: “No me importa, si Dios me quiere tener aquí toda la vida, toda la vida voy a estar, pero no aceptaré algo que no hice”. El otro levantó los hombros y, sin dejar de mascar, se fue. Regresó al día siguiente para decirle que la Fiscalía retiraría los cargos. “Nunca había visto un caso como el suyo, vaya que tiene mucha suerte”, le dijo sonriendo antes de despedirse del preso 309982 de la Correccional del Distrito de Columbia.

Oficialmente, a Víctor Manuel le notificaron que estaba fuera del juicio el 26 de septiembre, pero la carta firmada por el secretario de la Corte, Royce C. Lambert, le llegó a su celda el 24 de octubre y salió de ahí hasta el 6 de noviembre, aunque fue entregado a Migración y retenido en prisión un mes más en Hampton Roads Regional Jail, Virginia y Lousiana.

Finalmente llegó deportado a Guatemala a las once de la mañana del 8 de diciembre, ocho meses después de haber salido a Nicaragua. Al bajar del avión, le entregaron los documentos que le habían requisado en Managua, incluyendo su pasaporte, con las respectivas visas de México y Estados Unidos, su cédula y algunos dólares que portaba en la cartera. Compró una tarjeta de telefonía y llamó a casa. Antes que le respondieran, pasaron unos segundos que le parecieron siglos y finalmente oyó una voz al otro lado de la línea que preguntaba: “¿Bueno, quién habla?”. Era su esposa y él no sabía qué decir, hasta que por fin dijo algo: “Ya regresé”. Y escuchó cómo del otro lado le decían la palabra que tanto añoró oír en la cárcel: “¡Víctor!”.

***

Víctor Manuel Cruz García regresó a Managua el pasado mayo. Fue con su esposa a varias misiones: a recuperar la Nissan que le retuvieron cuando lo apresaron, a aclarar su situación migratoria con Nicaragua, a pedir ayuda de su embajada para obtener una disculpa oficial de las autoridades policiales de Nicaragua y a denunciar su caso ante el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos. Cuando se marchó, en junio pasado, sólo había logrado dos cosas: recuperar la camioneta que durante su ausencia se le había asignado a un jefe policial y denunciar su caso ante los derechos humanos, donde lloró incansablemente.

“Yo sólo quería una disculpa”, dijo antes de partir a su país y considerar una demanda contra Estados Unidos y Nicaragua. La Policía Nacional nicaragüense, hasta el momento de la partida de Víctor Manuel, no se daba oficialmente por enterada de la solicitud de disculpas y la embajada de Estados Unidos en Managua no respondió a la petición de una explicación sobre el caso del guatemalteco.

A Carlos Aguilar Álvarez nunca más lo volvió a ver. Al regresar a Guatemala tras su detención, fue a visitar a la familia y le dijeron que no sabían nada de él, que posiblemente estaba en Estados Unidos o muerto.

Antes de que regresara a Guatemala le pregunté a Víctor Manuel: “¿No se va cambiar el nombre?”. Muy sereno respondió: “No, mi nombre no me lo cambio, así me pusieron mis papás y así me llaman mis hijos, no me dejaré de llamar como me llamo. ¿Sabe usted algo? Yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá”.

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comentarios
  1. Roxana dice:

    Vaya historia. Tiene todo!! Muy buen relato.

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