El último rey negro

Publicado: 5 octubre 2010 en Alex Ayala Ugarte
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Julio Pinedo, campesino de los Yungas, fue condecorado como monarca de los afrobolivianos en 1992 y 2007. Sin embargo, parte de la comunidad negra no comulga con la designación. El debate gira ahora en torno a la sucesión y al linaje real.

El camino a la pequeña localidad de Mururata parece interminable. Es parte de un viaje en el que uno tiene la sensación de que puede llegar a todas y a ninguna parte en un instante. Anclado en pleno Yungas, a unos 96 kilómetros de La Paz, mecido por las nubes y como descolgado de un cielo de alabastro, el pueblo se esconde trepando el cerro, rodeado de una luz difusa, de verdes desgastados y azules filtrados por los árboles. Cuando ya casi estamos llegando, un campesino, con una seña, hace parar la movilidad. Nos pide que le acerquemos a su terrenito, que queda cerca; y el trayecto se convierte en un intercambio de impresiones. ¿Qué le parece a usted el rey negro?, le pregunto. «Regular», contesta como un tiro. ¿Y por qué? «Ya lo verán ustedes».

Cuando su rastro se pierde por una estrecha vereda, aparecen las primeras construcciones, la mayor parte de adobe y calamina. Un viento suave se adueña de todo como un eco. De las puertas de las casas, entreabiertas, se asoman algunos pares de ojos para observar la escena. Y cerca de la plaza, en plena esquina, se alza la morada de Julio Pinedo, el monarca de los afrobolivianos. Según la historia, descendiente directo de un antiguo rey de Senegal cuyo hijo fue traído a Bolivia como esclavo.

Angélica Larrea, la esposa de Julio, se asoma tímidamente al advertir nuestra llegada. Son las cinco de la tarde del 14 de agosto, y el sol juega moldeando sombras. La mujer, de mediana edad, viste pollera de colores frescos y sombrero hongo. Está entrada en carnes, y nos recibe con una sonrisa franca. ¿Qué desean? «Vinimos a ver al rey». De las entrañas de la edificación sale una figura. Es Julio. Su rostro es duro, un tanto hosco, y su frente está esculpida por arrugas, como si mantuviera el ceño fruncido permanentemente. Tarda en pronunciar palabra. Está acostumbrado a las esperas. «Pasen», señala.

En el interior, latas de conserva, sacos de fideos y de harina, dulces, mantequilla, azúcar y un sinfín más de productos se agolpan desordenadamente. Con un rústico peso de metal, Angélica despacha la mercadería cada día. En los bajos de la casa, donde ahora nos encontramos, funciona una tienda de abarrotes. En el segundo piso se encuentra el dormitorio, con grandes ventanales de madera que dan a parar a la calle. Las paredes lucen desgastadas. Su tono azul se perdió hace mucho tiempo, pero es como si nada hubiera cambiado en los 14 años que tiene la estructura; la humedad lo impregna todo.

Una vieja mesa de madera es el lugar escogido para recibir a las visitas. Julio Pinedo se sienta al lado de una radiecita Sony que le sirve de compañía. Es parco en sus gestos. Y su vestimenta —un pantalón viejo, un camisa sucia con los primeros botones abiertos y una gorra negra— es la de un agricultor, no la de un rey. ¿Qué quieren saber?, interroga mostrando un diente roto. «Su vida», resumo en un segundo.

El linaje real

«Yo soy el mayor de dos hermanos. Nací el 19 de febrero de 1942. Mi papá nunca pudo reinar. Murió en un accidente. A mí me crió mi abuelo, Bonifacio Pinedo. Mi bisabuelo era José Pinedo. Y ambos trabajaron en una hacienda que actualmente pertenece a la familia Cariaga. Mi abuelo también asumió como rey, y hablaba a menudo de nuestros antepasados. Eso nomás le puedo contar», dice conciso.

Según Martín Cariaga, director del Grupo Boliviano de Turismo (GBT) y dueño de la hacienda Mururata, Julio Pinedo es descendiente directo de Uchicho, un príncipe africano que arribó a Bolivia en uno de los últimos contingentes de esclavos, alrededor de 1820, y terminó en la zona de los Yungas, en el norte del departamento de La Paz, trabajando los terrenos de cultivo del Marqués de Pinedo, un hacendado español muy reconocido.

«A Uchicho lo coronaron en 1832 —relata Cariaga—. Los más ancianos cuentan que su padre, antes de morir, mandó para tal fin su corona, su capa, su bastón de mando y un chaleco bordado en oro y plata. Después, vino Bonifaz, quien, como era la costumbre, adoptó el apellido de sus patrones, Pinedo». Y más tarde, como antes comentaba Julio Pinedo haciendo memoria, la sucesión estuvo protagonizada por don José y don Bonifacio, a quien todavía recuerdan los nonagenarios de la zona.

Frente a la casa del actual monarca, reside Pedro Rey Pinedo, de 91 años, quien en calidad de peón trabajó en condiciones de esclavitud durante varias décadas. Pedro parece ausente, como sumido en una duermevela. Está levemente recostado sobre un catre, con un par de muletas de madera a su lado. Una barba escueta y canosa da brillo a su tez oscura. Sus manos son grandes y robustas. Y, cuando habla, pareciera que podría ahogarse en cualquier instante. «Yo fui tratado como esclavo desde los 10 años —me confiesa—. Se trabajaba tres días para la hacienda y tres para uno mismo. Si no hacías bien las cosas o te atrasabas, te sacudían con el látigo. Y eso bien lo sabía Bonifacio». «Bonifacio —prosigue— era gordito, buena persona. Vestía como rey; y los muchachos le jaloneaban siempre de sus ropajes».

Martín Cariaga asegura que en la hacienda Mururata todavía se conservan extrañas incisiones en las piedras laja. «Seguramente —precisa—, son las marcas por los días trabajados en favor del rey negro, pues éste no trabajaba, ya que la mayor parte de sus labores eran realizadas por la servidumbre, por el resto de los afros».

Jorge Medina, director ejecutivo del Centro Afroboliviano para el Desarrollo Integral y Comunitario (CADIC) añade, por su parte, que Bonifacio se rebeló. «No aceptaba imposiciones y por eso se escapó a vivir a un terreno al que llamó La Soledad. Los patrones, temiendo que se levantara, le ofrecieron que asumiera el liderazgo entre los suyos y le dieron privilegios, lo que evitó que se concretara una revuelta».

Las coronaciones

Es temprano, 15 de agosto por la mañana. Julio Pinedo continúa con su rostro impávido, inexpresivo y afilado, como si un molde hubiera fijado en sus facciones una huella permanente de desolación y de tristeza. Sujeta el machete como si fuera la prolongación de su brazo. Ha desayunado apenas un café y un pedazo de pan, pero se siente ya con fuerzas. Está colocando unos espinos en la entrada de su propiedad. «Si no, entran a robarme», se lamenta. Y comienza su habitual peregrinaje por un paraje con alrededor de cinco hectáreas. «Cultivo cítricos y coca. La cosecha de la fruta es anual, pero la hoja de coca se produce tres veces al año», explica. «Es por eso que la mayor parte acá somos cocaleros».

De lunes a sábado se repite la rutina. «De 8:00 a 17:00 estoy en el campo. Allá como plátano, arroz, huevo o charquecito. Luego, cuando vuelvo a casa, trato de descansar un poco. A veces, miro la novela. Uno aprende. Ahora estoy justo viendo una de un hombre que se ha separado de su mujer y se ha casado con una muchacha joven. Todo un lío. Pero esas cosas pasan, incluso en estos pueblos».

Julio es hacendoso, un sabio en las cuestiones del campo, pero no es el rey que muchos se imaginan. El traje real descansa posiblemente en un armario —no quiere decirme—, no tiene palacete, y ni siquiera una oficina en Mururata —es decir, cero privilegios—. Le molestan las visitas, le incomodan las preguntas, y, sin educación formal, no es hábil para la diplomacia. Su aspecto es taciturno y su cadencia al caminar, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y la mirada gacha, es más propia de campesino que de monarca. Sin embargo, ha sido coronado ya dos veces.

La primera fue en su pueblo, en 1992. «Casi tuve que convencerle de su condición. Mi madre siempre me hablaba del rey negro, de su abuelo Bonifacio. Y yo quise rescatar la tradición. Tuve que mostrarle libros de Paredes Candia. Me presté la capa y la corona originales del Museo Costumbrista de La Paz. Hasta que por fin aceptó la designación», me sitúa Martín Cariaga.

La ceremonia se celebró en la capilla del Timbel de la hacienda Mururata, recuperando una tradición antigua, la Fiesta del Rey, que solía celebrarse el primer sábado de la Semana Santa, fecha que estaba dedicada a San Benito —patrón de los afrobolivianos—. Aquel día, un 18 de abril, zampoñas y coplas homenajearon a Julio Pinedo. Se bailó a ritmo de saya y se leyó un bando real que así decía: «Todas las personas, hasta los blancos, mestizos e indígenas, deben guardar por el rey respeto y consideración (…); y pobre del que se haga la burla, pues guardas negros munidos de látigos le harán rendir honor a su figura».

La segunda coronación, entre tanto, es más reciente. Fue auspiciada por la Prefectura después de un estudio y tuvo lugar el pasado 3 de diciembre en el hotel Presidente de La Paz. Para la ocasión, Julio vistió una capa roja con detalles africanos diseñada por Beatriz Canedo Patiño —quien elaboró la vestimenta del presidente Evo Morales para sus palabras de investidura en el Congreso—. No hubo grandes discursos. Pero una alegría especial se sentía entre los presentes, la mayoría afrobolivianos.

No en vano, hasta el momento, Julio Pinedo es el único descendiente reconocido en América Latina de un rey africano. Antaño, en otros países, hubo otros: Benkos Biohó en Cartagena de Indias (Colombia), Miguel en Venezuela y Balanco en Panamá. Pero Julio Pinedo es el único con linaje real en la actualidad.

La esclavitud

El calendario señala el 16 de agosto. Y la localidad de Tocaña, próxima a Mururata, está de fiesta. Frente a la iglesia, don Manuel, un viejito afro de lentes gruesos que viste un colorido traje de domingo, aguarda la misa. «Yo soy viudo, pero tengo 20 hijos», relata. Manuel fuma como quemando el tiempo. Como tantos otros, tuvo que trabajar como peón en las haciendas, y el cansancio es ya parte indisoluble de su cuerpo.

Para el historiador Fernando Cajías, la historia de Manuel es conocida. La ha escuchado de otras bocas muchas veces. Y es consciente de que el sufrimiento de la comunidad negra se extendió hasta bien entrado el siglo XX.

«Para mí —analiza—, en la conquista no se produjo el encuentro entre dos mundos, sino de tres. El tercero es el africano. Entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países para ser llevados hasta el Nuevo Mundo. Mucho más que el europeo, el negro fue el gran colonizador de América».

Los textos que mejor recogen esta realidad son los de los cronistas españoles, que dan fe de que desde el año 1500 puertos colombianos, peruanos y argentinos daban cobijo a los barcos de prisioneros que llegaban desde las aguas del continente negro. La mayor parte venía de Benguela, Biafra, Angola y Congo, y hacía escala en la isla senegalesa de Gorée, utilizada como albergue transitorio.

Si sobrevivían a la navegación, a los negros les esperaba un intenso maquillaje para ser vendidos en los mercardos o en las ferias, donde a menudo eran marcados con fierro como vulgares cabezas de ganado. Tal era su condición de mercancía que sus dueños les llamaban «piezas».

En Bolivia, en un principio, los esclavos se ocuparon en la Casa de la Moneda. Allá trabajaban el metal que salía de la profundidad de los socavones. Para la tarea se empleaba a diez obreros, y los gases que emanaban del mercurio y el azogue mataron a muchos en pocos años. Dormían en la buhardilla, donde aún pueden verse las marcas de los grilletes. Finalmente, fueron mandados a los Yungas para trabajar en las propiedades de los terratenientes. Y, pese a que la esclavitud fue abolida en el país por Isidoro Belzu hace más de 150 años, no disfrutaron de una independencia real hasta 1953, cuando se impuso la reforma agraria impulsada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario.

Llegó la libertad, sí, pero, en cierta manera, siguieron condenados al ostracismo; y en 2001 se excluyó a más de 30.000 afrobolivianos de la catalogación de etnias elaborada por el Instituto Nacional de Estadística para la realización del censo, como si lugares como Chijchipa, Chicaloma, Chulumani o Dorado Chico no pertenecieran a ninguna parte.

Mandato cuestionado

En la cancha de fútbol de Tocaña, las mujeres recogen su pelo en trenzas infinitas. El sonido del reque reque y los tambores hace que bailen coquetamente saya. Menean las caderas al compás de los ritmos de herencias africanas. Algunas toman. La fiesta está en su máximo apogeo.

Julio Pinedo acaba de llegar. Carga dos cajas de cerveza para los prestes. Su semblante es serio, y no tarda en acomodarse en uno de los banquitos de escuela reservados a las autoridades. Pocos son los que le hablan. Viste pantalón gris, camisa clara y una gorra con el número 23 de Michael Jordan. Sus ojos, de un inteso marrón oscuro, se pierden en el horizonte.

«Él es así —me dice José Luis Delgado Gálvez, alias El Pulga, antropólogo que vive en la comunidad hace más de 15 años—. Su carácter es bien especial. Pasa desapercibido y no es nada expresivo. Bonifacio tenía más personalidad. Pero así como es hay que entenderle. Para mí, lo que hay que destacar es que los indígenas tienen a su presidente y los afros a su rey».

A unos metros de nosotros, Juan Carlos Ballivián, ingeniero agrónomo de 31 años quien, como tantos otros, emigró a La Paz en su juventud para estudiar, no para de repartir bebidas, y su musculoso cuerpo se esconde tras un elegante traje negro. Pese a ser afro, está tocado con un sombrero de ala ancha de uso común entre los aymaras. Y ni siquera parece haberse dado cuenta de la presencia de Pinedo.

«En mi opinión —confiesa—, ese señor no representa a los afrobolivianos. Antes, el rey negro tenía una autoridad moral. Bonifacio estaba muy bien considerado. Se permitía el derecho de recomendar a las parejas y era mediador en los litigios. Pero ahora es todo lo contrario. Julio Pinedo no es referente, no es más que un símbolo. Dentro de su cabeza, no se siente rey. Hay otras personas que tienen más convicción de rey que él. No aglutina. Y lo peor es que no socializa ni con los afros».

Similar criterio tiene Juan Angola Maconde, economista negro que lleva años dedicado a recopilar los relatos y vivencias de los abuelos. «Julio Pinedo no tiene carisma. Lo han transformado casi en un elemento decorativo. Ni siquiera ha viajado a las comunidades afros para que se le conozca. No ha asumido su responsabilidad. No conoce bien ni sus raíces. Y no ha hecho nada por los derechos colectivos de nuestra población. Además, las dos coronaciones me parecieron mero ‘show’. La primera estuvo auspiciada por un blanco; y la segunda, por la Prefectura, que para mí lo montó todo para hacer política».

Jorge Medina —del CADIC—, pese a todo, confía en el rol que se le ha asignado. «Yo espero que Julio Pinedo se involucre a este proceso de lucha que tenemos. Pienso que es importante que juegue un papel activo; y cada vez lo veo más abierto. Nosotros, como nuevas generaciones, tenemos que saber cómo llegar a él, teniendo en cuenta que ha sido toda la vida un campesino».

El príncipe Rolando

Escuelita de Mururata, 17 de agosto. Rolando Pinedo, de 14 años, se prepara para jugar fútbol. Lleva una equipación del Barcelona; y sus amigos le llaman «príncipe». Legalmente es el hijo reconocido del rey afro, pero realmente es su sobrino.

Los dientes de Rolando son azucarados, su pelo crespo y, al contrario que su padre, sonríe todo el tiempo. Es su antípoda. «A mí me gustaría estudiar historia para conocer más de nuestros ancestros», dice. ¿Y ser rey?, le interrogo. «Sería un orgullo, pero todavía no se ha decidido».

El debate en torno a la sucesión está más abierto que nunca. Para Juan Carlos Ballivián, el chico no tiene sangre real, y Julio Pinedo debería ser el último monarca. Para Jorge Medina, en cambio, las leyes le amparan para asumir el trono.

Ajeno a tantas circunstancias, Rolando coquetea con las chicas. Aprende rápido. Es uno más. Un muchacho del siglo XXI que trata de patear la pelota con destreza, al más puro estilo Ronaldinho.

Epílogo

Antes de partir de retorno hacia La Paz, toco nuevamente la puerta de la casa de don Julio. Angélica, su esposa, ve televisión sentada en unas graditas; el rey, en una silla; como si la pantalla fuera su particular ventana al mundo. Ella hace un pedido: «Queremos construir un palacete para el rey, a ver si nos ayudan». Él, desde que he entrado, ni siquiera me ha mirado. Por primera vez desde que emprendí este viaje, su impronta me parece la de un rey. Sumido en sus silencios, se ve altanero.

«¿Me permitiría hacerle una fotografía con su corona?», le digo; y mi pregunta se hunde en un profundo vacío.

Julio no contesta. Es una estatua. Ni siquiera parpadea. Sus brazos se entrecruzan dando por terminada la visita, y apenas se reacomoda para dar un apretón de manos tibio. Su pose, hierática, me recuerda a la de un maniquí que hasta hace algunos años mostraba el ropaje original del rey en el Museo Costumbrista de La Paz.

Únicamente los separa una pequeña diferencia. Don Julio, enclaustrado como en un particular exilio, puede que tenga seguidores, pero no súbditos.

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