La pastora acorralada

Publicado: 17 octubre 2010 en Juan Luis Salinas
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Una mujer aimara, de grueso pelo negro, ojos pequeños y oscura piel manchada, mira al vacío y escucha su sentencia. Mientras la voz del juez comienza a leer la resolución del tribunal, en su cara no se dibuja gesto alguno.
Parece congelada, como si no respirara. A sus espaldas, sus abogados defensores, los fiscales y casi una veintena de asistentes –unos cuantos periodistas, varios representantes de organizaciones indígenas, los gendarmes encargados de custodiarla– esperan con ansiedad contenida el veredicto que definirá la suerte de la mujer que ahora agacha su mirada y empuña sus manos morenas de palmas resecas.
—Se condena a Gabriela del Carmen Blas, ya individualizada, a sufrir la pena de diez años y un día de presidio mayor en su grado medio por su participación en calidad de autora del delito de abandono de un menor de tres años en un lugar solitario, establecido en el artículo 349 del Código Penal en relación al artículo 351, acaecido el 23 de julio de 2007 y del que fue acusada el 27 de marzo de 2009.
La voz del juez Guillermo Rodríguez estremece la sala dos del Tribunal Oral en lo Penal de Arica. Pasa el mediodía, el silencio es completo.
Las facciones de Gabriela Blas –27 años, vestida una blusa blanca con una mariposa de lentejuelas y pantalón rojo– se sombrean con una mueca indefinida. Un gesto que se debate entre la decepción y el aturdimiento. Gabriela mira, entonces, a sus abogados, quienes tratan de mantener la calma para reconfortarla. Y, luego, los ojos de Gabriela enfrentan a los únicos familiares que la acompañan en la sala: su hermano Cecilio, un hombre moreno de figura menuda, y su tía, Celedonia, una mujer de sesenta años. Ambos bajan la cabeza cuando se encuentran con su mirada.
Ninguno de ellos llora. Gabriela tampoco.
Más tarde, esa ausencia de lágrimas será destacada por las crónicas y por los reportajes televisivos que informarán sobre su condena. Todos hablarán de su falta de emociones. De su frialdad. Pero esa noche, antes de dormir, en la privacidad de su celda en la cárcel de Acha, al sur de Arica, Gabriela, quien se bautizó en la religión evangélica, leerá la Biblia y pedirá perdón por su error.
—Me condenaron por algo que yo no he hecho, por eso estoy triste. Sé que por mi descuido, mi hijo Domingo Eloy se perdió y se murió, pero no fue mi intención. Yo no lo dejé botado ahí en el frío, me duele que crean eso –murmurará un mes después del fallo, a trastabillones y con voz casi imperceptible.
Entonces, sólo entonces, a lo largo de ésta su única entrevista, una lágrima caerá por la cara de Gabriela. Ella la secará con el puño de su chaleco. Lo hará con un movimiento rápido.

***

La desaparición. Faltaba un mes para que Domingo Eloy Blas cumpliera cuatro años cuando desapareció en la inmensidad del altiplano, en la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos, cerca del volcán Tacora y del límite con Perú. Fue al atardecer del 24 de julio de 2007. En la sentencia se señala que el niño volvía de pastorear junto a Gabriela. Habían salido cerca de las seis de la mañana con un ganado de llamas y alpacas por las planicies verdosas que se extienden alrededor de la estancia  –cuatro casas de adobe, un corral de piedra y un pozo de agua– a la que habían llegado cuatro días antes.

A diferencia de la mayoría de las pastoras aimaras del sector, el piño de animales no le pertenecía a Gabriela. A ella la contrató su dueño por tres mil pesos diarios. Esa vez serían diez días de trabajo y ganaría treinta mil pesos, de los que pensaba mandarle una parte a Víctor, su hijo mayor, que vive con uno de sus tíos en Arica, y compraría lo necesario para Domingo. Su hija menor Claudia, de dos años, había sido entregada a un hogar de Conin en Arica. Gabriela no podía cuidarla ni mantenerla.
Ese día fue tranquilo. El sol iluminó tibio y el viento, que acostumbra a pegar fuerte en las alturas, estuvo calmo. Gabriela dice que cargó a Domingo en su aguayo durante las casi dos horas de caminata al lugar donde pastaron los animales. Ahí almorzaron su “tostado” (maíz) y escucharon música de una emisora peruana en la radio que cargaban. Conversaron sobre plantas y antes de volver a la estancia lo retó porque se encaramaba en las piedras.
No era la primera oportunidad que Gabriela salía con Domingo a pastorear. Dice que comenzó a hacerlo desde que tenía pocos meses, pero a medida que fue creciendo trató de dejarlo al cuidado de su hermana mayor o con su madre en su casa en Fondo Huayla, un sector apartado al interior de una quebrada cordillerana. Ninguna de las dos pudo cuidarlo esta vez. Su cuñado no lo permitió y su mamá estaba enferma. Aunque sabía que el esfuerzo era doble, partió con el niño. Domingo ya pesaba mucho y era más inquieto. Llevarlo –dice– tampoco era algo extraño. Ella, al igual que sus seis hermanos, pastorearon con su madre hasta los seis años. Y luego comenzó a hacerlo en solitario o acompañada de su hermana mayor.
Gabriela cuenta que todo sucedió repentinamente, que nada fue premeditado. A las dos de la tarde, antes de que la sombra comenzara a caer, relata que cargó a Domingo y se encaminó de vuelta hacia la estancia. Durante el trayecto se vino tejiendo, arreando a los animales y descansando en algunos lugares. En su última declaración, señala que se le hacía difícil llevar todo el tiempo al niño en sus espaldas.
—Cerca de las cinco, cuando faltaba un poco más de medio kilómetro, me di cuenta de que dos animales se habían alejado del ganado. Se habían quedado en una loma. Le dije: hijito, dos llamos quedaron atrás. ¿Me vas a esperar? Y lo dejé sentado ahí en el aguayo. Le dije que no se moviera, que yo apuradamente iría a buscar al resto, a la mamá y al matón (una hembra y su llamo pequeño). Antes de irme miré que estuviera abrigado y que no hubiera algún peligro cerca. No había ningún cruce de agua, ninguna quebrada, ni tampoco animales salvajes, pensé que estaría seguro.
Por su experiencia, Gabriela dirá después en su defensa, que lo más indicado era hacerlo así. Dirá, también, que su madre así lo había hecho con ella en su infancia. Además, contará que no podía dejarlo en la casa en la estancia, porque eso era más peligroso.
—Ahí había cuchillos, estaban los perros y restos de fuego.
Pero la experiencia no es infalible. Cuando Gabriela regresó, cerca de una hora después, el niño no estaba. Sólo quedaba el aguayo tirado en el suelo. Ella cuenta que desesperada bajó a la estancia a buscarlo, porque pensó que había vuelto a la casa. No lo encontró. Dejó los animales y regresó adonde lo había dejado. En su declaración final señala que empezó a seguir su huella. Dice que lo hizo entre las seis y las nueve de la noche. Que gritó su nombre.
Que subió y bajó tantas veces hasta que cayó la noche y el frío comenzó a recrudecer y el viento a correr fuerte.
Entonces volvió a la casa, a esperar el otro día para seguir buscando. Esa noche, dice que no pudo dormir, porque sabía que Domingo no sobreviviría.

***

La cárcel. Es jueves. Un pálido sol amarillo de fines de mayo ilumina la carretera que se extiende vacía y los cerros ondulantes que enfrentan a la cárcel de Acha en Arica, el recinto penitenciario de alta seguridad que se inauguró en el sur de Arica en 2000. Ahí, según cifras de Gendarmería de Chile, hay 2.400 internos.
Gabriela Blas está retenida en este centro –conformado por construcciones que parecen enormes cajas de hormigón pintadas de colores aún más apagados que el desierto– desde hace tres años y ocupa una pequeña habitación en uno de los módulos del sector femenino, donde hay 276 mujeres. La mitad tiene nacionalidad peruana o boliviana y cargos por tráfico de drogas. Celinda, la compañera de celda de Gabriela, es una peruana de origen quechua que cumple una condena por narcotráfico. Esta mujer convirtió a Gabriela a la religión evangélica y es la mejor compradora de los bordados que hace para juntar algo de dinero. Sus trabajos no tienen nada que ver con lo que aprendió a hacer en su infancia. Ahora borda insignias de clubes deportivos como el Colo-Colo o la Universidad de Chile. Los otros, los más étnicos, no se vendían.
Su vida en la cárcel no ha sido fácil. Cuando llegó, varias de las internas comenzaron a amenazarla porque “había matado a su hijo”, pero todo quedó en palabras. Además, durante ocho meses estuvo en un módulo de aislamiento, donde prácticamente no recibió visitas. Sólo a los fiscales y a sus defensores.
—Eso la llevó a una depresión y afectó su salud. Gabriela ha pasado toda su vida en el altiplano, en espacios abiertos, y estar encerrada todo el tiempo es impensable para ella –dice Inés Flores, la interventora cultural de la Defensoría de la Región de Arica y Parinacota, la mujer que la ayudó a entender los términos legales que le resultaban ininteligibles durante los casi tres años en que se investigó su caso.
Inés Flores –profesora de castellano-aimara, madre de dos hijos universitarios y casada con un historiador– se ha convertido en una de sus amigas más cercanas y en una de sus más férreas defensoras. Ella también es aimara, creció en el altiplano y durante su infancia pastoreó con su madre.
—He conversado con mi madre y ella me ha contado que lo que hizo Gabriela es una práctica habitual en situaciones determinadas. Existen textos aimaras que dicen que en ciertas regiones era costumbre amarrar a los niños a piedras, cuando la madre debía dejarlos solos para enfrentar una emergencia con su ganado, como rescatar a un animal que cayó a un pozo en los bofedales –dice, mientras caminamos hacia el módulo donde se realizará la entrevista.
—¡Gabriela Blas, visita! –grita la gendarme que nos escolta a la sección de Gabriela.
Tras una reja pintada de negro y por la que se ve parte de una cancha de fútbol, donde algunas internas conversan y suena una canción de Américo, aparece Gabriela vestida con un suéter beige a rayas y un pantalón de buzo café. Saluda apenas. Sus ojos se achican con el brillo del sol.
—¿Por qué estás vestida con esos colores? ¿Qué pasó con tus chalecos coloridos? –le pregunta Inés.
Gabriela sonríe nerviosa.
—Es la única ropa que puedo conseguir acá –dice.

***

El pastoreo. Después de los mapuches, el pueblo aimara es el grupo étnico cultural más representativo y numeroso de Chile. Su presencia traspasa las fronteras impuestas por las naciones, abarcando parte de Perú, Bolivia, el norte grande de Chile y el noreste argentino. Además de las técnicas ancestrales de la agricultura que mantienen, también se dedican a la ganadería.
Según el académico del Instituto de Investigación Arqueológico y del Museo San Pedro de Atacama de la Universidad Católica del Norte, Hans Gundermann, en el pastoreo altoandino de camélidos domésticos y ovejas, las mujeres siempre han jugado un rol laboral destacado. También los niños cuando ya están en edad de colaborar. Aunque los hombres tampoco se sustraen de la ganadería, solían y suelen estar ocupados en viajes para trabajar. En la actualidad, con la migración a la ciudad, el pastoreo lo realizan preferentemente mujeres mayores que permanecen al cuidado de animales propios, de la restante familia y de parientes.
Aunque el antropólogo evita hablar del caso específico de Gabriela, comenta que es normal que en el pastoreo extensivo en los altos Andes del norte, algunas madres deban dejar momentáneamente solo a un niño para atender circunstancias especiales.
—Ningún aimara quiere dejar solo a un niño, pero a veces se dan situaciones en que debe hacerse para resolver algo indispensable o apremiante. En otro contexto cultural, eso también se puede observar en las madres urbanas, especialmente en aquellas con menos recursos económicos, jefas de hogar, con hijos pequeños que atender y necesitadas de generar ingresos o abastecerse de medios de vida indispensables –dice Hans Gundermann.

***

Vida torcida. Hay historias que deberían ser simples, pero que extrañamente terminan siendo escritas con líneas torcidas. Algo así sucedió con Gabriela. Menor entre seis hermanos, su madre la dejó a cargo de una hermana hasta los nueve años de edad. Llegó hasta sexto básico y a los 16 años fue violada por un primo de su madre y quedó embarazada de su primer hijo. El niño, que vio la luz en Arica, nació con problemas de salud y lo dejó a cargo de su hermano mayor quien vive en un campamento en el sector del Agro en Arica. Luego trabajó un tiempo como mesera en un restaurante de Zapahuira, camino a Putre, y como temporera en el valle de Azapa. Allí conoció al padre de Domingo, un hombre que estaba casado y la dejó con el niño. Después de eso volvió a vivir con sus padres y retomó por un tiempo las labores de pastoreo que había desarrollado en su infancia. Fue entonces cuando quedó embarazada de Claudia, su tercera hija. El padre fue su hermano Cecilio, con quien desde mucho antes había iniciado una relación incestuosa, por la cual también fue procesada pero resultó sobreseída.
—No me gusta hablar de eso. Sé que no fue lo correcto, pero había cosas que por el aislamiento en que vivimos durante mucho tiempo no entendía y de las que ahora me arrepiento y pido perdón a Dios –dice Gabriela en la sala de conferencias de la cárcel de Acha. Y cierra el tema.
Afuera sigue sonando Américo.

Ella masculla una cita bíblica que deja a medias.

***

La denuncia. El letrero que está en la entrada del poblado de Coronel Alcérreca dice que en aquí viven 10 personas, que hay un retén de Carabineros y está ubicado a 3 mil 985 metros de altura. Pero esta mañana de viernes no se ve ningún rastro de sus habitantes. Por las calles de Coronel Alcérreca –ubicado a 15 kilómetros de la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos– todo es desolación. Sus casas están abandonadas y el único residente, además de los tres carabineros y un perro que corretea entre las murallas de adobe que alguna vez fueron habitaciones, es Santa Choque, una mujer de 48 años, que pastorea un rebaño de veinte ovejas.
—Todos bajaron ayer en bus a Arica –masculla Santa mientras carga un corderito en sus brazos.
El marido de Santa, que vive en Arica porque debe dializarse diariamente, es primo de Gabriela y ella era una de las pocas personas que estaban en el lugar cuando la pastora llegó el 24 de julio de 2007 a denunciar la pérdida de su hijo al retén. Las otras eran la hermana de Gabriela, su cuñado, su sobrino y el profesor de la escuela, quien también era padrino de Domingo Eloy.
Ninguno de ellos la acompañó cuando realizó la denuncia. Ninguno tampoco la fue a visitar cuando los carabineros “la invitaron” –según dice la Defensoría– a quedarse en el calabozo del lugar y le tomaron sus primeras declaraciones por la desaparición del menor.
—Estuvo casi siete días detenida con distintas policías del sector, primero en Coronel Alcérreca, luego en Tacora y en Putre, donde la interrogaron sin la presencia de un abogado defensor. Y eso terminó atemorizándola e influyendo para que realizara declaraciones contradictorias –explica Viena Ruiz Tagle, abogada de la defensa y especialista en temas de criminología feminista y derecho antidiscriminatorio.
La abogada Ruiz Tagle reconoce que, en un comienzo, Gabriela dio versiones contradictorias a las policías y que eso sustentó la teoría para que el magistrado fallara en su contra y para que la acusaran de obstruir la búsqueda del menor. El fallo consigna que la pastora declaró, primero, que su hijo se le cayó del aguayo. Luego que un camionero se lo llevó a Bolivia, y después, que ella misma lo mató con un palo. Incluso, confesó haberle dado muerte a golpes por causas sentimentales. Todas estas declaraciones fueron desechadas después de la investigación y los Carabineros que la recibieron en Alcérreca fueron sancionados por no haberla puesto en manos del tribunal en el plazo legal.
En anteriores declaraciones a “El Mercurio”, la fiscal Javiera López, quien llevó la causa y declinó hablar para este reportaje porque se encuentra pendiente la vista de un recurso de nulidad presentado por la defensa, y la sentencia todavía no está ejecutoriada, todas “las circunstancias previas, coetáneas y posteriores al extravío demuestran la intención de la mujer de deshacerse de su hijo, exponiéndolo a fríos de -20º C”.
—Lo que pasó es que me puse nerviosa, no sabía que tenía derecho a guardar silencio y sólo quería que me dejaran tranquila. Ellos decían que si no hablaba, meterían presa a toda mi familia y no los vería nunca más –dice Gabriela para explicar sus contradictorias declaraciones.

***

La polémica. A Domingo Eloy lo encontró el pastor Fortunato Tapia el 2 de diciembre de 2008. Diecisiete meses después de su desaparición y luego de una infructuosa búsqueda realizada por Carabineros, el Ejército y la Municipalidad de General Lagos. El menor estaba en Palcopampa, cerca del retén de Tacora, a 13 kilómetros de la estancia Caicone. Su cuerpo estaba boca abajo, tenía parte de sus extremidades comidas por la fauna altiplánica y otras en proceso de momificación. La autopsia señaló que murió en una fecha cercana al día de su desaparición, que la causa fue el frío y que no tenía lesiones externas atribuibles a terceros.
Pero entonces Gabriela ya estaba en prisión preventiva. A medida que fue siendo investigado, su caso dividió a la opinión pública y a los organismos judiciales de Arica. El defensor Víctor Providel arguyó durante el juicio la necesidad de que el tribunal considerara el contexto cultural indígena que establece el artículo 9 del Convenio OIT, que rige desde 2009 en Chile. Todo un precedente. Ninguna defensa anterior en Chile había invocado este argumento en un caso similar.
—Desde el principio creí en su inocencia y en cada entrevista que le realizábamos nos dimos cuenta de que recordaba detalles que argumentaban nuestra postura. Y eso se reforzó con los peritajes, al estudiar la literatura de pastoras aimaras, su cultura. Gabriela actuó como lo hacen y han hecho centenares de pastoras de su comunidad. Lo ocurrido es un accidente similar a la muerte de un pequeño ahogado en la piscina de un hogar urbano –dice Víctor Providel en su oficina, mientras revisa el recurso de nulidad que tramita en la Corte Suprema.
Providel tiene fe. Pese a que el juez Guillermo Rodríguez, que presidió el tribunal, dijo al final del juicio que “Gabriela Blas tuvo una conducta anómala para una madre, independiente de su origen étnico. Las conductas aceptables que se refieren al cuidado que una madre debe dar a sus hijos en nada difieren a las de otras culturas”.
La opinión del Ministerio Público y la fiscal Javiera López concuerda. En una entrevista para “El Mercurio” después del juicio descartó que se vulneraran los derechos de la acusada en su calidad de indígena. “Los jueces examinaron su pertenencia a la cultura aimara, pero concluyeron que ello no altera su responsabilidad penal”.
La polémica aumentó cuando la defensora nacional, Paula Vial, aseguró públicamente que los jueces aplicaron cánones occidentales para examinar expresiones culturales indígenas.

***

La esperanza. El pelo color cuervo de Gabriela brilla con la luz se cuela por las cortinas. Está sentada en la tarima de la sala de reuniones y comienza a responder en forma esquiva. Inés, la interventora cultural, la anima. Le pregunta si su tía Celedonia ha venido a verla.
—No. La espero para saber de mis hijos. Ella me trae noticias. La otra vez me dijo que mi hijo mayor estuvo enfermo y que mi niña está grande en el hogar de Conin.
Gabriela mira el suelo.
—Anoche tuve un sueño –dice repentinamente–. Estaba en un pozo lleno de arañas. Salía a la luz y encontraba unos zapatos que me quedaban grandes. Mi compañera de celda dice que creer en sueños va contra Dios, pero salir de un lugar oscuro es buena suerte. ¿No es cierto?

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comentarios
  1. Carolina dice:

    Este reportaje es buenisimo, lo lei, en la Revista Ya, de El Mercurio, es golpeador, devela la relidad oculta de mujeres que ejercen un oficio ancestral y que viev ademas en condiciones extremas……Considero a este un reportaje increible.

  2. coca briceño dice:

    Estupendo reportaje. De lo mejor que se ha hecho en Chile en materia de periodismo narrativo este año. El autor destaca en este plano. Excelente! Felicitaciones a quien lo escribió y a ustedes, por publicarlo.

  3. Pedro dice:

    Esto es un copy paste de la transcripción del juicio. Un mal intento de presentar a la víctima como victimaria y desviada sexual. La sensibilidad está ausente en este tema tan delicado. El autor se aprovecha de lo superficial e impactante para vender morbo. Y en cuanto a la calidad narrativa: mediocre. Uno se pierde entre los intentos del autor de llenar páginas con otras historias.

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