La redención de las pandillas

Publicado: 21 octubre 2010 en Leonardo Faccio
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Cinco años antes de caer preso en Barcelona acusado de asesinato, José Antonio Méndez Méndez, el Che, reparaba coches en un taller mecánico de Santo Domingo, la capital de República Dominicana. “Venir a España fue el error. Ahí, estuvo la falla”, me dirá, en la monotonía de la cárcel donde ahora cumple una condena casi tan larga como su vida: fue arrestado a los 21 años y sentenciado a 17 de prisión por una pelea que terminó con una puñalada frente a un colegio secundario.

La historia comenzó en 2003, pero el Che la recuerda como si fuera hoy. Eran las cinco de la tarde del 28 de octubre en Barcelona cuando sonó el timbre que anunciaba la salida del instituto Sant Josep de Calassanç. Él y cuatro de sus amigos esperaban en la acera de enfrente. “Ese de pelo largo” dijo uno, y todos fueron tras él.

Después hubo patadas, insultos, y una puñalada que fue a dar al pecho de Ronny Tapias, de 17 años, nativo de la ciudad colombiana de Bucaramanga, que minutos más tarde estaba muerto en el Pasaje Catalunya, un callejón oscuro y alejado del centro de la ciudad.

Una semana después la policía detuvo al Che y sus compañeros. Dos de ellos, Jeury y Pavel, resultaron ser menores de edad. Otros cuatro latinoamericanos fueron detenidos como presuntos colaboradores. El Che y sus amigos más cercanos, Sandy Benítez Piantini, alias Bolón, y Yohan Smith Calderón Rivas, recibieron idéntica condena en 2005, acusados de matar a Ronny Tapias. Los tres habían llegado desde República Dominicana y ninguno tenía antecedentes penales.

La foto de Ronny apareció durante días en la portada de los periódicos españoles. Era la primera vez que el asesinato de un latinoamericano recibía tanta atención. La puñalada a sangre fría que acabó con su vida develaba una forma de justicia que sorprendió a todo el país, y el asesinato confirmó en muchos la sospecha que los medios habían sembrado: las bandas latinoamericanas, importadas de sus países de origen, crecían en Madrid y Barcelona, donde, además, estaban en guerra.

“El miedo a Las bandas ya es una realidad”, fue el titular del diario La Vanguardia. “Barcelona se está convirtiendo en una ciudad insegura para sus ciudadanos”, escribió el periódico de distribución gratuita “20 Minutos”. Se hablaba, sobre todo, de dos de ellas: los Ñetas, que habían surgido en la década del ochenta en Puerto Rico, y los Latin Kings que brotaron en los barrios pobres de Chicago a mediados de los cuarenta. Según los primeros partes policiales, Ronny Tapias habría sido miembro de los Latin Kings y víctima de una venganza a mano de los Ñetas.

Pero según el Che, el asesinato fue la inesperada consecuencia de una pelea que había comenzado una noche cerca de Caribe Caliente, la discoteca latinoamericana más famosa de la ciudad.

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Entre la montaña y el Mediterráneo, Barcelona concentra a más de dos millones de habitantes que durante el verano se multiplican con los turistas que pasean despreocupados por las calles estrechas del casco antiguo, lejos de las poblaciones obreras que en los primeros años del siglo XXI saltaron a las páginas de los periódicos como escenarios de violencia callejera.

Antes de la muerte de Ronny Tapias, en septiembre de 2003, siete jóvenes latinoamericanos acabaron en la comisaría después de una pelea con navajas en la  estación de metro Rocafort. En octubre del mismo año, treinta fueron detenidos en el barrio Clot por participar en una pelea que terminó con cinco heridos por armas blancas. En marzo de 2004, nueve jóvenes ecuatorianos mataron a puñaladas a uno marroquí.

El enfrentamiento no sólo sucedía en Barcelona: en Madrid hubo cuarenta y un arrestos en 2006 de jóvenes latinoamericanos acusados de “pandilleros”, y en enero de 2007 estalló una pelea en la localidad de Alcorcón en la que participaron más de 50 jóvenes de entre 16 y 24 años: hubo tres heridos y nueve detenidos. Todos eran  sudamericanos. Las primeras versiones policiales dijeron que el motivo de la pelea había sido la agresión a un miembro de los Latin King. Unas horas después comenzó a circular una convocatoria por Internet: «Alcorcón unido contra los Latin King. Es nuestro barrio. Esto es la guerra». El resultado fue una concentración de más de quinientas personas en la que se corearon consignas como “Latin Kings fuera” y “Vamos a por ellos, vamos a matarlos”.

Los motivos de estos y otros enfrentamientos adjudicados a “bandas latinas” no se conocen con exactitud, salvo en algunos casos, como el de una menor de edad llamada Jennifer que en 2004 dijo haber sido violada en Barcelona durante un rito iniciático Latin King. Los acusados eran dos y tenían 18 años. Un año antes, también en Barcelona, un chico ecuatoriano llamado Alex había sido detenido acusado de apuñalamiento. Alex declaró ser Ñeta y dijo que sus jefes le habían ordenado “hacer una caída”, lo que significa matar o herir a una persona elegida con anterioridad.

La violencia entre bandas no es una novedad en España; en los ochenta los enfrentamientos callejeros eran comunes entre punks y skindhead, pero jamás los había protagonizado la comunidad latinoamericana, que en los últimos tiempos creció como nunca en el país. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) entre 2000 y 2005 la población “latina” se triplicó en las ciudades españolas más grandes. Sólo en Barcelona hay más 50 mil latinoamericanos con edades que fluctúan entre los 15 y los 25 años, la mayoría de Ecuador, Colombia y República Dominicana.

Esta fuerte oleada migratoria se produjo cuando España mantenía abierta la frontera a latinoamericanos con visa de turista, mientras Estados Unidos endurecía sus leyes de inmigración tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Madrid y Barcelona se transformaron en la principal vía de escape de inmigrantes que llegaban buscando una salida a la inestabilidad económica de sus países y se quedaban trabajando en el mercado negro y enviando dinero a sus familias.

Muchos de ellos se convirtieron en sospechosos después del asesinato de Ronny Tapias, cuando los diarios comenzaron a publicar dibujos de pandilleros para “prevenir a la población”. Las ilustraciones mostraban a jóvenes de piel oscura, pelo negro y rasgos andinos vestidos con gorra de beisbolista, camisetas de los Lakers y pantalones anchos y caídos. Algunos llevaban una daga en la mano.

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Un motor chirriante abre el portón de acero de la Prisión de Jóvenes de Barcelona, donde pasa sus días el Che. Es un edificio de dos plantas que, salvo por las rejas, parece una escuela: el sol se filtra tibio por las ventanas y el olor del desinfectante de pino se mezcla con el de la leche hervida. Son las nueve de la mañana y Jaime, el funcionario que me conduce hacia el patio central, dice que aquí casi la mitad de “los chavales” son extranjeros que llegaron con sus padres y cuyas condenas duplican o triplican el tiempo de libertad que vivieron en España. Aquí, la población de jóvenes latinoamericanos se quintuplicó en menos de cinco años: hoy representan el 20% de la población de  350 internos.

En el patio central, el Che lanza balones a un aro de básquet, mientras sus amigos, Yohan Smith Calderón Rivas y Sandy Benítez Piantini, alias Bolón, recogen los rebotes. “Échanos una fotito a los compañeros de causa”, dice Yohan. Después, el único que acepta hablar es el Che. Conversamos en el segundo piso, donde funciona la escuela, dentro del aula 105. El salón es pequeño, apenas caben cuatro mesas con sus sillas.

El Che llegó a España a los 15 años, pero sus padres migraron cinco antes, mientras él y una de sus hermanas quedaban al cuidado de su abuela en República Dominicana.

“Yo no quería venir a Barcelona”, dice. “En Santo Domingo estaba bien: iba al colegio y vendía bolsitas de agua en la gasolinera. Y una vez trabajé haciendo velas. Después me metí en la mecánica y ya iba dejando el colegio cuando me trajeron”.

El domingo 26 de octubre de 2003 el Che y dos amigos estaban en el Parque La Marquesa, a dos cuadras de la disco Caribe Caliente, donde habían ido a bailar. Hacía frío y llovía.

“Estábamos con mis amigos Pavel y Charly fumando en una caseta del parque”, dice el Che. “Entonces vinieron unos Latin King. Eran como quince o veinte  y acusaban a Pavel de Ñeta. Entonces como vi que eran muchos me metí”.

-¿Y Pavel era Ñeta?

– Creo que Pavel había estado en la Ñeta y quería salirse. Pero nosotros, los dominicanos, no tenemos banda. Igual querían cortarle el cuello. Si no fuera por mí a Pavel lo matan.

Después escaparon hacia una boca de metro, y al día siguiente planificaron la venganza. Según el Che, Pavel dijo saber dónde estudiaba uno de los Latin King. El 28 de octubre 2003 llamaron a otros para que sirvieran de apoyo y fueron a la puerta del colegio. El Che, Sandy Benítez Piantinialias Bolón, Yohan Smith Calderón Rivas, Pavel y Jeury, esperaron hasta que Ronny Tapias salió acompañado por Luis, su amigo brasileño.

“Pavel reconoció a uno de pelo largo y dijo: Es ese”.

Ronny y su amigo llegaron hasta la puerta de un kiosco cuando los cinco que lo esperaban los rodearon.

“Yo no iba a matar a nadie. Fui a defender a Pavel, nada más. Pero Jeuri se puso nervioso y le pegó al Ronny, que salió corriendo. Yo, Yohan y el Bolón nos quedamos peleando con el brasilero. Atrás de Ronny salieron Jeury y Pavel. Después no los vi más. Me enteré por la tele que el Ronny estaba muerto”.

Cinco días después la policía tenía dos detenidos: un chico colombiano, menor de edad, de nombre Juan Felipe García Ordóñez, y un ecuatoriano de 23 años, Carlos Chistofer Vergara, alias Droopy.Los acusaban de haber servido de apoyo en el crimen. El Che no menciona a ninguno de los dos en su relato, pero Droopy fue, durante un tiempo, el principal sospechoso de haber organizado el ataque a Ronny Tapias, y el primer miembro de una banda latina en presentarse a cara descubierta.

“Soy Ñeta hasta la muerte”, dijo Droopy frente a una cámara de televisión cuando lo detuvieron, y eso bastó para que los diarios y la televisión estuvieran seguros de que la muerte del adolescente se debía a un ajuste de cuentas entre Ñetas y Latin Kings. La policía interrogó a Droopy durante tres días y él acabó firmando una declaración que lo involucraba como cómplice del asesinato, pero en el juicio se demostró que no había estado ni en la pelea previa, ni en la puerta del colegio aquella tarde. El menor, Juan Felipe García Ordóñez, fue en cambio considerado coautor del crimen, igual que otros dos jóvenes ecuatorianos que después admitieron haber  participado en la organización de la emboscada: Daniel Bolivar Espinoza Barragán y Rigoberto Reynaldo Romo Once, ambos nacidos en Guayaquil.

Los condenados a prisión por la muerte de Ronny Tapias fueron, al final, ocho.

Esta mañana, en el penal, el Che dice que se siente inocente, y después calla. Sabe que quien apuñaló a Ronny Tapias fue uno de sus amigos menores de edad -Jeury Domingo Torres o Leonel “Pavel” Reyes Valdés- que ahora purgan una pena de ocho años de internamiento y cuatro de libertad vigilada. Pero el Che prefiere guardar silencio.

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La muerte de Ronny Tapias fue la punta visible de un conflicto que empezó  en los primeros años del nuevo siglo y que empeoró con el tiempo. Al principio los Latin Kings y los Ñetas eran, para la policía española, delincuentes que ajustaban cuentas a puñaladas en peleas callejeras. Pero esta visión se hizo más compleja cuando detuvieron en Madrid, en 2003, a quien se reconoció como el fundador los Latin Kings en España: el joven ecuatoriano Eric Javier Velastegui, también conocido como King Eric Wolverine, El Padrino o El Inca, que luego fue condenado a 21 años de prisión por robar a una pareja y violar a la mujer. Cuando la policía allanó su casa incautó un cofre con dinero y la fotocopia de un manuscrito que llevaba como encabezado las siglas A.L.K.Q.N (Almighty Latin King & Queen Nation / Todapoderosa Nación de Reyes y Reinas Latinos) Sagrada Tribu América España. En ese libro figuraban las normas morales de los Latin King y su lema máximo: “Nuestro objetivo es proteger y asegurar la existencia cultural del pueblo latino y de nuestros antepasados”.

Entonces quedó claro que los Latin King no eran rateros comunes, sino una organización con códigos estrictos y leyes internas.

“Estos chicos  llegaron  traídos por sus padres a un país al que no querían venir y donde no estaban preparados para recibirlos”, dice el sacerdote anglicano y profesor de Psicología Forense de la Universidad de Nueva York, Luis Barrios. “Son producto de las necesidades que genera el neoliberalismo: desigualdad, pobreza, inmigración. Las bandas son un lugar de resistencia ante el resto de la sociedad. Pero también reproducen entre ellos las mismas violencias que reciben”.

Barrios es mulato, portorriqueño, tiene 54 años y lleva más de 20 estudiando bandas latinoamericanas en Estados Unidos y su país. El Ayuntamiento de Barcelona lo convocó para oficiar de mediador a fines de 2005, cuando se temía que las bandas se organizaran dentro de las cárceles, como ya había sucedido en otros sitios. De hecho, Ñetas y Lating King sentaron sus bases ideológicas dentro de las prisiones. La llamada Asociación Ñeta nació en la prisión Oso Blanco de Puerto Rico en 1979, fundada por el puertorriqueño Carlos “La Sombra” Torres Iriarte, y su objetivo inicial fue luchar contra la organización Los Insectos, que dominaba la cárcel. Las bases actuales de los Latin King fueron escritas en 1986 en la prisión de Collins, Nueva York, por el líder cubano King Blood. A mediados de los ‘90, los Ñetas y los Latin King se reprodujeron en Ecuador, y llegaron a España montados en la ola migratoria de fines de esa década. Sobre las causas que enfrentan a los dos bandos hay distintas versiones. Unas dicen que las peleas empezaron en Barcelona por disputas de territorio. Otras, que son producto de un conflicto que cruzó el Atlántico traído por miembros de ambos grupos. De todos modos, en 2005 y para terminar con el enfrentamiento, el gobierno de Cataluña propuso que los Ñetas y los Latin King  iniciaran trámites para convertir sus organizaciones en asociaciones culturales, con la condición de abandonar la violencia. La tarea de Luis Barrios fue convencerlos de que salir de la clandestinidad es conveniente, ya que ser asociaciones culturales les permite pedir subvenciones al gobierno y tener espacios donde hacer actividades. Los Latin King aceptaron la propuesta, y cambiaron su nombre por el de Asociación de Reyes y Reinas Latinos de Catalunya. Los Ñetas se resistieron a cambiar el nombre de su asociación, pero tenían que hacerlo si querían seguir el camino de la pacificación, de modo que ahora figuran en el registro de la Direcció General de Dret i Entitats Jurídiques de la Generalitat de Catalunya como Asociación Sociocultural y Deportiva Prointegración Ñetas.

Ambas organizaciones se mostraron ante los periódicos y la televisión a fines de 2005. El líder Ñeta se presentó como David, y el de los Latin Kings como Marco Antonio. Hasta ese momento eran enemigos, pero jamás se habían visto las caras.

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A Marco Antonio también lo llaman King Manaba, pero nunca me dirá su verdadero nombre. Detrás de sus seudónimos se oculta un rey, el jefe Latin King en España. Es bajo, moreno, de cuello ancho y pelo largo. Nació en Ecuador, tiene 28 años. Vivió un tiempo en Madrid y ahora ocupa el lugar que antes tenía King Eric Wolverine, el líder sentenciado a 21 años de cárcel. Formalmente, es el Inca, la máxima autoridad del grupo. Su pasaporte lo identifica con el nombre de César Augusto Andrade, pero como nació en la provincia ecuatoriana de Manabí para sus subordinados es King Manaba.

“Ese es mi nombre de coronación”, me dijo.

Sólo en Cataluña, King Manaba tiene a más de 300 jóvenes bajo su responsabilidad.

Estamos en un bar de las afueras de Barcelona, cerca de la estación de metro Vía Julia. Salvo por sus rasgos andinos, King Manaba no se parece en nada a los identikits de pandilleros que publicaban los periódicos. Usa jeans clásicos, zapatos negros, suéter y una chaqueta de tela negra. Llegó a España “a probar suerte” hace cuatro años y vive con su pareja, Erika Jaramillo, que también es Latin King y lleva el nombre de Queen Melody. Tienen dos hijos que están en su país al cuidado de los abuelos, pero esperan traerlos pronto. Queen Melody y él se conocieron en Ecuador, en un grupo Latin King al que Manaba ingresó hace ya once años. Desde entonces practican juntos los valores de la organización.

“Los Latin King tenemos 360 mandamientos porque somos universales, porque el mundo representa un círculo. Donde nosotros podamos caminar en este mundo, vamos a seguir siendo reyes”, dice.

Se llaman entre ellos hermano o hermanito y los colores de la organización son el dorado y el negro: el negro representa a los difuntos y el dorado al sol, que da brillo a su corona. La corona en realidad no es tal, sino collares de 360 cuentas amarillas y negras intercaladas de cinco en cinco, porque cinco es el número simbólico Latin King: cinco son los mandamientos fundamentales (respeto, honestidad, unidad, conocimiento y amor), cinco las piedras que dan jerarquía a cada uno de los lideres que tiene cada capítulo, como se llama a una zona o barrio: el onix es el presidente, la perla blanca el vicepresidente, la esmeralda el ministro de defensa, el rubí el tesorero y el ámbar dorado el administrador, porque la Nación se sostiene económicamente gracias a los cinco euros que cada uno de los hermanitos aporta mes a mes.

“Nosotros no somos una pandilla, somos una organización, una Nación. Y tenemos que luchar contra la opresión, los racistas, los políticos, tenemos que demostrar que nosotros, los latinos, podemos estar arriba, igual que ellos pueden”, dice  King Manaba, y explica que él entró a la Nación luego de una serie de desilusiones. “Yo quería ser médico, pero en mi casa  no había dinero. Apenas pude terminar el bachillerato. Y también quise ser futbolista. Pero como era menor y mi madre no me quiso firmar el permiso para entrar a un equipo, perdí la oportunidad”. Entonces se acercó a la Nación Latin King y empezó a crecer bajo su ley.

Según un estudio antropológico subvencionado por el Ayuntamiento de Barcelona (Jóvenes “latinos” espacio público y cultura urbana. Edit. Ajuntament de Barcelona, Anthropos, Consorci Institut d’ infancia i Mon Urba. Barcelona 2006) la normativa Latin King exige a las mujeres tener relaciones sexuales con un rey para ser reina. Los varones para ser coronados (formar parte de la Nación) deben pasar por una golpiza propinada por sus hermanitos y demostrar valentía robando o peleando en la calle.

Pero King Manaba asegura que ahora que son una asociación cultural la violencia desapareció.

“Desde Ecuador, mis líderes me ordenaron que viniera de Madrid a Barcelona a poner orden”, continua King Manaba. “Porque antes la gente se estaba comportando como pandilla y esto no es una pandilla. Nosotros somos creadores de paz y armonía, y tenemos que ser seguidores de un dios, en este caso Dios Todopoderoso y su hijo Jesucristo. Yo tomo el ejemplo del hijo de Dios. Si dando mi vida puedo hacer que haya paz total entre los grupos o bandas rivales, o como se llamen, lo haría. El problema es que antes  tuvimos un mal gobierno y los hermanitos cometieron errores. Y ahora están las consecuencias”.

Una las consecuencias fue la muerte de Ronny Tapias, pero King Manaba dice que, de eso, no sabe nada. Que en esa época él aún vivía en Madrid.

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Tres años después de la muerte de su hijo, Reinaldo Tapias me recibe en su casa. El departamento está en un tercer piso en el barrio obrero del Clot. Tiene tres habitaciones, una cocina, un baño, un living con un balcón que asoma hacia una calle angosta. Sobre una biblioteca donde junta polvo una bandera colombiana hay tres portarretratos desde los que Ronny sonríe. Es la misma imagen que apareció primero en los diarios y después en las paredes del pasaje Catalunya, en el que sus compañeros de escuela levantaron un altar con flores, velas y cartas.

“A mi hijo lo confundieron. Murió por error”, dice Reinaldo, un hombre alto, de piel oscura y bigote entrecano, que fue corredor de bicicleta y ahora es mecánico. Vive con su esposa Rosa Elvira Peña. El día que murió, Ronny repetía cuarto año de la secundaria. “Porque aquí las clases se dictan en catalán y al Ronny le costó adaptarse”. Después, asegura que su hijo no estuvo en aquella pelea a la salida de la disco de Caribe Caliente la noche del 26 de octubre de 2003.“Recuerdo que Ronny salió de casa ese domingo, pero a montar en bici. Llovía y no se demoró ni una hora en la calle, porque quedó empapado. Dos días después lo mataron”.

Rosa, la madre de Ronny, está convencida de que su hijo murió  por error: “Para mi estos chicos andaban haciendo un rito de iniciación a bandas y tenían que matar a uno, y a mi hijo le fue a tocar, que nada tenía que ver”. Como sea, la muerte sacudió a la familia cuando recién lograba instalarse en Barcelona. Reinaldo había llegado solo en el año 2000 y había compartido piso durante un año y medio con dos senegaleses y tres ecuatorianos. Más tarde trajo a su esposa y a tres de sus cuatro hijos. Ronny fue el último en llegar. Cuando murió, hacía un año y medio que vivía en España. Como le sucedió al Che, y a muchos otros, el sueño de prosperidad se transformó en pesadilla.

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Los hermanitos que dirige King Manaba son muy jóvenes. Los veo por primera vez durante una ceremonia Kingism a la que King Manaba me invita y que se lleva a cabo en el Monasterio de Montserrat, el mayor templo católico de Cataluña, dirigido por monjes benedictinos. La base moral de Ñetas y Lating Kings es la religión. La tradición religiosa de los Ñetas es evangélica, mientras los Latin Kings practican un sincretismo que llaman Kingism, donde unen liturgia judía, afroamericana y andina.

“Para los Latin King su rey y dios es Yahve”, dijo el cura Barrios. “Se consideran la Tribu Latinoamericana de Yahve, un concepto que proviene de las 12 tribus del judaísmo y se une con la cosmología andina. Por eso a sus líderes los llaman Incas”.

El Monasterio de Montserrat está en lo alto de las montañas, un poco oculto, y por eso siempre fue un refugio para los perseguidos. Durante la dictadura de Franco los catalanes se juntaban aquí para hablar de política en su propia lengua, prohibida en esa época. Siguiendo la tradición, los monjes aceptaron recibir a los Latin King  cuando salieron de la clandestinidad.

Son las doce del día y en un salón donde los monjes suelen impartir catequesis la ceremonia está por comenzar. Hay pupitres de caño y fórmica y las sillas son de plástico. Los varones arrastran sus pantalones anchos y usan camisetas grandes con coronas de cinco puntas estampadas. Las chicas llevan camisetas amarillas ajustadas al cuerpo, y jeans. Casi todos son ecuatorianos (aunque también hay españoles y un ruso: King Mir) y piwis, como se llama a los menores de 18 años. Hoy varios recibirán sus coronas de reyes y se ajustarán a la ley Latin King, que no acepta homosexuales y prohíbe las drogas (cosa que se respeta, al menos mientras los líderes están presentes).

En la jerarquía, por debajo del Inca están los Caciques y los Coronas, jefes de los capítulos que tienen, a su vez y bajo sus ordenes, a reyes, reinas y piwis. Pero también hay fases: quienes todavía no entraron a la Nación, están siendo observados y esperan el momento de la coronación, cuando serán bautizados con un nuevo nombre. Todos deben concurrir a una reunión general el primer domingo de cada mes y nunca deben faltar el 6 de enero, cuando se celebra La Universal, una fiesta en la que participan los Latin Kings de todo el país. Además, cada semana deben reportarse: asistir a las reuniones dominicales para conversar sobre “los problemas de los hermanitos”, organizar partidos de fútbol o conciertos de hip hop. Casi todos los piwis que hoy están en el Monasterio conocieron a la Nación en el colegio.

“El problema en el colegio es que se habla todo en catalán y uno no entiende nada”, dice uno de los piwis con tono de hombre adulto, aunque tiene 17 años. “Y uno ahí busca a ‘la gente’, porque a un Latin King se le respeta, se le tiene miedo. Y uno cuando es joven le gusta que le tengan miedo”.

“El problema son los dominicanos”, dice otro. “En mi colegio tenían un patio al que no se podía entrar. Y me agarré a piñazos. Ahí un hermanito me cogió y me puso una pauta de conducta. Y maduré gracias a la Nación. Esta es mi verdadera familia”.

Dice un tercero: “En la Nación tu tienes un espejo: una persona que dices ‘yo querría ser como él. Mi espejo es un hermano que está en la cárcel ahorita. Pero el man fue mi maestro. Me enseñó la base: lo que la Nación te pide es amor. Con amor hay respeto, hay honestidad, hay unidad y hay conocimiento”.

Después, cuentan que los tres dejaron el colegio. El primero espera un hijo y trabaja. Al segundo lo echaron. El tercero se puso a trabajar para independizarse de sus padres.

King Mir, el ruso, es mayor de 18 y pide que no escriba sus verdaderos nombres: los padres de lospiwis no saben que sus hijos están en la Nación y ellos, los mayores, no quieren que se sepa que son Lating King en sus empleos, ya que allí nadie se viste “de ancho” –con ropa rapera- ni muestra los mismos tatuajes que esta tarde exhiben con orgullo.

“Van a decir que somos pandilleros que andamos matando”, dice King Mir. “Entonces por eso. Lo que hay que esperar es que vaya cambiando la imagen”.

Hoy King Manaba usa una pañoleta elástica negra que le cubre la cabeza, lleva su collar con cuentas doradas y negras, camiseta amarilla sobre un pantalón ancho y un par de zapatillas Nike blancas que resplandecen bajo la luz. La liturgia Latin King  comienza con un minuto de silencio por “los hermanitos que murieron para hacer respetar a la Nación”. De pie, hermanitos y hermanitas forman una corona con los dedos, juntan las manos sobre el pecho y cierran los ojos, hasta que rompen el silencio gritando un estruendoso “Amor de rey”.

“¿Cómo así?”, cuestiona King Manaba. “Un poco de respeto, hermanitos. Con fuerza”. Y todos repiten “Amor de rey”, eufóricos.

Sobre una mesa está La Biblia Latin King. Queen Melody, la mujer de King Manaba, lee: “Doy mi amor de rey y reina a todos los hermanos y hermanas que se encuentran haciendo tiempo en prisión, ya que gracias a su sacrificio la Nación es respetada y gracias a todos esos hermanos hoy podemos decir que nuestra Nación se encuentra encaminada por la vía del progreso”.

El encargado de entregar las coronas -los collares con cuentas amarillas y negras que están sobre la mesa- es King Teen, un catalán de 17 años que habla con acento ecuatoriano. Los hermanitos se arrodillan frente a él, que les susurra que respeten y defiendan con su vida la corona que les entrega.

“Estos son hermanitos que han perdido la corona o se las ha sacado su madre, porque muchas veces las familias no están de acuerdo, porque no conocen”, me explica, con el tono amigable y comprensivo de un predicador, King Manaba.

Pero cuando le pregunto si puedo hablar con algún hermanito me dice que no, que por hoy es suficiente, y ninguno hablará conmigo hasta que King Manaba les dé permiso. Respetar el código de silencio es una de las normas fundamentales de los Latin King y tiene un nombre: rosa negra. La fecha y la hora de las reuniones son rosa negra. Los nombres de los que participaron en una caída son rosa negra. La muerte de Ronny Tapias es una rosa negra.

Pero entonces, sorpresivamente, King Manaba me llama aparte y me da el número de teléfono del que hasta hace poco fue su enemigo: David Segarra, el líder Ñeta. Y me habla de la lista. Dice que anota, en una lista prolija, con fecha de nacimiento, teléfono y edad, los nombres de los cientos de adolescentes que dirige. Y asegura que, en esa lista, no está Ronny Tapias. Que Ronny Tapias nunca  perteneció a esta familia de reyes y de reinas.

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El barrio Barcelonés El Born es un laberinto de pasajes tan angostos que en algunos tramos apenas puede pasar una moto. Es parte del casco antiguo de la ciudad y allí vive David Segarra, el líder Ñeta, que levanta la mano cuando me ve. Es alto, moreno, de pelo largo y lacio, ancho de hombros, y lleva una casaca de beisbolista blanca y roja. Su casa está en la cuarta planta de un edificio sin ascensor y escaleras estrechas. Se mudó aquí hace poco y comparte piso con una mujer y un joven de 18 años, los dos ecuatorianos. Desde el comedor se ve su habitación, con el picaporte de la puerta arrancado, la cama desecha y una toalla colgando de un armario. Nació en Guayaquil, Ecuador, tiene 27 años y un hijo que vive con su ex pareja. “Se llama Josua. Significa Dios es mi salvación”.

En Guayaquil estudiaba administración de empresas, y dice que aunque tiene “buena familia” –asegura que su madre es abogada- él siempre fue la oveja negra y entró en la Ñeta después de caer preso por un robo.

“En Ecuador había gente que me quería matar y ya con un hijo mi padre me dijo ‘mejor vete’”, dice David. “Mi plan era  hacer plata para volver a mi país y poner un negocito. Pero acá es jodido. Y cuando llegué vi que la gente estaba en lo mismo que allá: movía la droga, el robo, todo. La gente ya no buscaba el sueño de venir a España, de trabajar bien. Mejor vendiendo droga en la calle o robando en el Corte Inglés. Ya no tenías miedo a que la policía te tenga dos años. Te tenían tres días y te soltaban, entonces la gente empezó a perderle el miedo a ese tipo de cosas. Eso es lo que pasó”.

Los Ñetas también se llaman hermanitos entre sí, y David dice que, entre 2000 y 2005, muchoshermanitos cayeron presos, entre ellos Carlos Chistofer Vergara: Droopy. Aquel a quien acusaron de organizar el ataque a Ronny Tapias. Pero David asegura que la Ñeta no tuvo nada que ver. “Tuvimos muchos problemas por ese caso, nos complicó la vida, pero fue todo una confusión”.

Hace cinco años que vive en España. En Almería trabajó recogiendo fruta y en Barcelona como empleado en una tienda “de todo a 100” (pesetas). Nunca volvió a Ecuador porque está indocumentado y, si sale del país, no podría regresar.

“Nosotros, Los Ñetas, luchamos por los derechos de los confinados. Pero no poder trabajar por no tener papeles y que nos llamen sudaca, eso también es una prisión”, dice, y explica que su función es difundir los principios de la Ñeta. “Tenemos reglas, orden, jerarquía. No somos una pandilla. Acá todos tenemos que pasar un tiempo en observación, hay que demostrar lo que uno vale: participar en guerra, cumplir ordenes de caídas, convertirse en un man arrecho, bravo”.

El ingreso al grupo se produce con un juramento sobre la bandera de Puerto Rico.  El saludo Ñeta se realiza encimando el dedo anular sobre el índice, y significa que el hermano mayor cuida al menor. Como los Latin King, los Ñetas deben asistir a reuniones semanales y nunca faltar a la ceremonia más importante que llaman el grito,

porque se celebra gritando “Ñeta” tres veces, con los puños dirigidos al cielo, el día 30 de cada mes, fecha en la que murió el fundador Carlos La Sombra Torres Iriarte. Los símbolos de la Ñeta son un corazón y una cruz. El nombre, según el sacerdote Luis Barrios,  proviene de la cultura caribe taina y significa “nueva vida”. Sus principios básicos son: lucha, comparte, progresa, vive en paz y armonía.

“La paz y la armonía, nunca las viví”, dice David. “Porque se hizo costumbre tomar venganzas personales. Porque yo digo, Jesucristo no murió por gusto, murió para que hagamos algo bueno. Pero cuando matan a un hermanito Ñeta, hay que matar a diez reyes”.

Diez reyes, aclara, son diez Latin King.

“Y cumplir órdenes es fácil. Uno dice: ‘es una orden’. Lo difícil es dar ordenes, mandar a hacer una caída. Ahí uno ya empieza a tener cargo de conciencia y todo”.

Pero David, igual que King Manaba, se comprometió por escrito a frenar la violencia y, si no cumple, además de cargo de conciencia podría tener un prontuario policial y acabar en la cárcel.

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Nadie recuerda exactamente por qué comenzó en Barcelona la pelea entre Latin Kings y Ñetas. King Manaba, el líder Latin King, dice que el origen de la guerra fue en Ecuador, por una mujer.

“Fue por una pelada”, dice King Manaba. “Ella primero estaba con un hermanito, después con un Ñeta y entonces ahí comenzó todo. Fue en el 96 o así, porque antes de eso todos nos tratábamos de primos”.

Los Ñetas coinciden en que la guerra de Barcelona es la continuación de las peleas que habían empezado en Guayaquil. Pero además de los conflictos territoriales y de mujeres, dicen que existe una diferencia moral –de códigos- que distancia a ambos grupos.

“Cuando llegué a Barcelona, los Latin Kings ya estaban viniendo. Y los Latin Kings son abusadores. Los Ñetas robaban pero no abusando, se robaba a gente que tiene dinero”, me dice una noche Carlos Chistofer Vergara, Droopy, el chico ecuatoriano que había sido sospechoso de haber organizado el ataque a Ronny Tapias.

Droopy es alto, con una cabeza que parece demasiado pequeña para su cuerpo ancho. Tiene 25 años y el pelo cortado al ras. Tomamos cerveza con hielo en un bar cercano a la estación Sagrera, una boca de metro alejada del centro de la ciudad.

“En el año 2002 los Latin Kings vinieron a decirnos ‘únanse a nosotros en la lucha contra el racismo’ y nosotros dijimos “Vale, muerte a los Nazis, a los skinhead”. Pero los Latin decían que teníamos que correr bajo sus leyes. Entonces nosotros empezamos a hacer el movimiento para que nos respeten: íbamos a las discotecas a buscar gente, -a conseguir seguidores Ñetas- y empezamos abriendo  un capítulo que se llama La Pegaso, por  una plaza que hay ahí. Esa es la cuna Ñeta”.

Droopy menciona cada discoteca, plaza o boca de metro que considera territorio Ñeta con gesto de satisfacción y orgullo. Pero cuando le pregunto sobre la muerte de Ronny Tapias vuelve a ponerse serio, y dice lo que tiene que decir: “La Ñeta, en eso, no tuvo nada que ver”.

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El mapa de Barcelona tiene una división imaginaria que sólo Ñetas y Latin Kings conocen: la mayoría de los parques del norte son, para los Ñetas, su territorio. Las mismas áreas, pero del sur, son puntos de encuentro de los Latin King. Entre estos últimos están las canchas públicas de fútbol de Sant Feliú de Llobregat, donde los Latin Kings disputan su propio campeonato: la Copa del Rey, cuya tercera edición se jugó en 2006, cada domingo desde las 11 de la mañana.

Uno de esos domingos, King Manaba apareció en las canchas con cara de dormido, pantalones cortos y dos teléfonos celulares colgados del cuello.  “Uno es para llamadas personales y el otro es para la policía. Por si hay algún problema con los hermanitos y puedo pararlo a tiempo. Ellos -los policías- me dijeron:  ‘Aquí solamente se da una oportunidad, si tu quieres escoger el camino del mal ahí está la puerta”.

El campo es de césped sintético, los arcos tienen las redes puestas y son nueve los capítulos que participan. Al menos 150 hermanitos verán o jugarán fútbol durante tres meses. Oficialmente, las canchas están cerradas y por eso hay que entrar por un hueco abierto en el alambrado perimetral.Por allí pasan las reinas cargando niños, sombrillas y bolsas con comida: arroz con pollo, cerveza, hielo. Los hermanitos se sacan la gorra para saludarse entre sí y unen sus manos derechas formando una corona de cinco puntas con los dedos. Después cierran el puño, lo apoyan contra el pecho y dicen “Amor de rey”.

El primer partido está por comenzar cuando aparecen unos rezagados que Manaba intercepta.

“¿Que hubo brother? Un poco de respeto hacia los hermanitos. Llegan tarde ¿Cómo así? ”, les reprocha, y después les ordena “purificarse”. El castigo son dos vueltas corriendo alrededor del campo y una tanda de flexiones de brazos, que los otros cumplen sin protestar.

En lo alto del alambre, detrás los arcos, tres hacen equilibrio para colgar la primera de las nueve banderas que flamearán esta tarde: sobre la tela negra hay leones y coronas bordados con hilo dorado, y en prolijas letras góticas se lee “Chapter Clot”. Como en cualquier equipo, cada capítulo tiene hinchada propia.

“A mi un poco de disciplina sí que me gusta. Las cosas como tienen que ser: recto – dice uno, mientras se ata sus botines rojos a un costado de la cancha -. Uno acá es como un soldado. Hay rangos y leyes como en la policía. Me gusta que haya respeto y estar con mucha gente latina”.

Se llama King Mix y su voz se mezcla con los gritos de la hinchada y el repiqueteo de una salsa que sale un radiograbador a pilas. El primer partido de la mañana está por comenzar: “Los piwis” juegan contra el seleccionado de Cornellá llamado “Cuna de reyes”.  Un chico flaco como un alambre apoya el balón en el centro del campo y el referí ordena de un pitazo el puntapié inicial. King Mix dice que en su país, Ecuador, estudiaba en la escuela para policías cuando su madre lo trajo a vivir a España.

“Aquí entré a la Nación más que nada por rabia, porque teníamos problemas en el barrio, con los marroquíes. La gente se empezó a cansar y ahí buscamos a la Nación y nos organizamos”.

King Mix fue uno de los nueve detenidos acusados de matar a un marroquí  a cuchilladas en marzo de 2004: la segunda muerte, después de la de Ronny Tapias, que la policía adjudicó a una pelea entre bandas. Pero en aquel entonces era menor y lo internaron en un correccional. Después quedó bajo libertad vigilada.

“Yo nunca tuve el sentido así, de matar, sino de quitarme toda la rabia, nada más. Si yo quería ser subteniente de policía”, se lamenta King Mix. “Seguro que tienen un buen sueldo”.

Ahora, en el estadio, todo parece una fiesta. Tres hermanitos escuchan un reguetón que sale distorsionado por los parlantes de sus teléfonos móviles último modelo. Sobre una mesa plegable reluce la copa dorada que se llevarán los ganadores. Las reinas venden cervezas heladas a un euro la lata y el sol cae a plomo sobre siete jugadores que calientan los músculos pateando un balón flamante, quizás comprado con los cinco euros que cada uno paga por mes.

De pronto, un hermanito se me acerca, sigiloso, y susurra que tiene algo para decirme.

“Pero no escribas mi nombre. Ponme una letra. La N. Porque si nos ven unos brother hablando de esto y me chivatean, me sacan la madre”.

Es muy joven. Lleva un pañuelo amarillo atado en forma de vincha y los ojos ocultos tras un par de lentes espejados. Dice que esa noche, cuando empezó la pelea, él estaba en Caribe Caliente.

“Pero al Ronny lo confundieron con aquel”.

N. señala con un discreto cabeceo a uno de pelo largo, más bajo, más gordo pero muy parecido a Ronny Tapias, que se ríe mientras empina una cerveza fría.

“Esa noche, ese que está ahí se robó una chaqueta. El Che y sus amigos se la fueron a reclamar. Pero no se la devolvió y ahí empezó la pelea. Y a los dos días fueron al colegio donde estudiaba ese, para vengarse, pero ahí también estudiaba Ronny. Y  se equivocaron”.

En el campo de juego, el equipo de King Manaba -Golden Crown- ya está  en acción. Manaba es el capitán, y corre, ataca, suda: parece –es- el jugador de primera que soñó ser, que nunca pudo.

El de anteojos, a mi lado, me mira, como esperando respuesta. Incrédulo, sin saber que decir, le pregunto:

-¿Todo esto por una chaqueta?

– Todo por una chaqueta, brother.

Y, como quien acaba de cumplir una misión difícil, se va. Se mezcla presuroso con la multitud, desaparece en los brazos de esa familia que prometió no abandonarlo nunca, que lo convirtió en un rey. Un rey de España.

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