Viviendo en una pensión estudiantil

Publicado: 24 octubre 2010 en Ios Fernández
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Antes de decidirme por una sola, antes de hacer la última llamada, hice muchas otras y también decenas de visitas. Por días enteros recorrí varios sitios, contemplando opciones. Busqué en los clasificados del periódico, en páginas de internet como http://www.ingara.com, y anoté en un cuaderno las direcciones y los teléfonos pegados en las carteleras de las universidades, en tiendas de esquina, en postes de luz, y en las puertas y ventanas de las mismas pensiones. Las ofertas, generalmente, se presentaban de tres maneras: se arrienda habitación, se reciben pensionados o hay cupos universitarios. Los precios oscilaban entre 120.000 y 850.000 pesos mensuales, dependiendo de la ubicación y las condiciones. Las más costosas están ubicadas en barrios del norte o cerca a las Universidades de los Andes y Javeriana. Ofrecen habitaciones amplias y alfombradas, con baño privado, calefacción, cama doble, escritorio, mesa para TV, nochero, clóset, televisor con cable, servicio de internet, llamadas ilimitadas, alimentación balanceada, algunas tienen zonas de estudio y programación de actividades deportivas y culturales. Las más baratas, adscritas a universidades públicas o auspiciadas por ONG están dirigidas especialmente a estudiantes de minorías étnicas o de zonas apartadas, ofrecen habitaciones pequeñas compartidas con una, dos o hasta tres personas y baños comunitarios. La idea era hallar una pensión promedio (entre 180.000 y 400.000 pesos), un espacio reducido, en donde convivir durante 30 días con estudiantes de distintas procedencias: una especie de reality sin exhibición y sin premio.

—Aló —respondió una voz de mujer, seca y déspota, al otro lado.

—Llamo por lo del aviso.

—Esta es una residencia para estudiantes y profesionales. ¿Usted qué es?

—Mmmm… profesional —dije.

—Tenemos dos tipos de habitaciones, unas con baño interno y otras con baño compartido.

Elegir entre una habitación con baño privado y ducha fría, o una con agua caliente siete minutos en un baño compartido con diez extraños, eran mis dos opciones. El resto fue imposición pura.

—Le voy a dar la dirección para que venga y las vea personalmente, porque por teléfono no le puedo decir más.

Dos horas después estaba tocando el timbre de una casa de rejas altas y 16 habitaciones, ubicada cerca de la Universidad Nacional. Ahora la mujer era más que esa voz, pero no mucho más: bajita, enjuta, morena, cabello tinturado y corto. Tenía en el rostro una expresión como si el sol le pegara de frente permanentemente y la actitud de quien te está haciendo un favor y no tiene tiempo para perder. Al entrar vi una salita con dos sofás y un televisor en un soporte de hierro en la pared, similar a una sala de espera. A la izquierda, un callejón angosto con puertas a lado y lado, y a la derecha una ruidosa escalera que conducía al segundo piso, donde había más habitaciones, el baño, la cocina y el lavadero.

Después de elegir una habitación sin baño, la mujer se sentó en uno de los sofás y descargó sobre mí una ráfaga inclemente de instrucciones: “El mes se paga por adelantado, son 320.000 pesos, tiene derecho a tres comidas pero de lunes a sábado… la ropa se lava los martes pero solo diez mudas semanales… puede ver televisión en la sala pero a bajo volumen y hasta las 10:00 de la noche… también puede recibir llamadas de 8:00 de la mañana a 9:00 de la noche, pero que no se conviertan en visitas… puede recibir visitas los fines de semana de 2:00 de la tarde a 8:00 de la noche, pero si va a traer novia que sea la misma siempre… si algún familiar viene a Bogotá se puede quedar en su habitación, pero debe pagar 10.000 pesos y no incluye comida… ah, y nada de desórdenes, ni música a alto volumen, porque este es un sitio para el descanso y el estudio, se lo digo porque usted es costeño, yo aquí tengo varios y la famita que se han ganado es bien merecida…”

Me entregó un par de llaves y siguió: “Necesito una fotocopia ampliada de su cédula, una referencia laboral y dos personales… me llena este formulario, me firma el contrato y se compromete a quedarse por el semestre… porque unos al mes vienen con el cuento de que se largan para un apartamento. Si se va antes me debe pagar de multa el equivalente a un mes, aunque la idea no es que se vaya, es que se amañe y se sienta en su casa, porque a partir de hoy esta es su casa”.

Baño compartido, al fondo

Luego de dar un vistazo al interior de ‘mi casa’, la voz de la mujer seguía taladrándome el oído, pero a través de letreros pegados en la pared: “No tire la puerta”. “Recoja los pelos del baño”. “Deje el inodoro como le gustaría encontrarlo”. Me instalé en un cuarto estrecho y oscuro, de 6,25 metros cuadrados y mal iluminado por una tímida bombilla de 60 vatios. Había una cama sencilla de hierro, con una colchoneta delgada y rústica como lija puesta sobre un número incompleto de tablas, que con el movimiento se separaban y se convertían en la envidia de un fabricante de trampas. Había, además, un nochero y un pequeño clóset con varias gavetas que apenas me dejaban espacio para movilizarme. Las paredes estaban humedecidas y manchadas con huellas de zapatos. Después de tender la cama y acomodar mis cosas intenté abrir la ventana para fumarme un cigarrillo, pero por una absurda disposición estaba sellada. Algo contigo, de Calamaro, se metía por debajo de la puerta, en la desentonada versión de Heidi, mi vecina de enfrente, una estudiante de Medicina, de 23 años, del Putumayo, que durante los 30 días, sin excepción, cantó bajito el mismo tema. Acostado y mirando al techo escuchaba la voz de la casera contestando el teléfono o dando a otros las mismas instrucciones que me había dado a mí. Al llegar los pensionados, escuchaba voces, risas, pasos. Y cuando apagaban los focos, percibía susurros, estornudos, algunos pedos eventuales y en la madrugada diferentes tipos de ronquidos. Algunas noches el ring ring estridente del teléfono no paraba de sonar, timbraba una, dos, tres veces y volvían a colgar, y así varias veces entre las 12:00 de la noche y las 2:00 de la mañana.

A partir de las 6:30 de la mañana el tránsito por los baños era concurrido, había agua caliente hasta las 9:00. Algunos residentes esperaban su turno con toallas, cepillos de dientes, cremas dentales y jaboneras en las manos. Entre esos, Mara, una santandereana con un culo enorme, estudiante de Administración de Empresas que casi nunca dormía en la pensión; Ignacio, profesor de Música, 50 años, desempleado, quien se vino de Cali después de la muerte de su madre; Abel, un monteriano de 21 años que ganó una beca para una maestría en la Nacional, y Zoila, una llanera solitaria estudiante de Trabajo Social.

Si alguien se demoraba, la casera tocaba la puerta o apagaba el calentador. La primera semana alrededor de las 7:00 de la mañana, escuché el primer escándalo en la pensión. Los gritos se debían a que alguien había dejado una tanga sobre el tubo de la regadera y no aparecía la dueña. Varias chicas salieron de sus habitaciones y se ubicaron alrededor. Una a una entró al baño para examinar la prenda, y luego salieron como si no la hubieran reconocido. La casera fue por una bolsa y una escoba para echar la tanga en la basura. El grupo de chicas se disolvió y cada una regresó a su habitación. En ese instante Abel entró al baño, cogió la prenda y la llevó a su habitación. El escándalo volvió a estallar. El grupo de chicas estaba de vuelta. Todas seguían siendo sospechosas, solo una sabía que fue un hombre quien cogió la prenda, pero aposté con Abel a que se quedaría callada.

Buenos días, mala suerte

Ponía el despertador a las 6:00 de la mañana, pero casi nunca era necesario porque la casera nos despertaba antes con su retahíla. A veces se dirigía a alguien en particular, otras veces se explayaba en un regaño colectivo. Los motivos variaban: dejaron una bombilla prendida toda la noche y la luz va a venir más cara, alguien dejó la puerta sin seguro, el inodoro lleno de mierda o alguien está atrasado con el arriendo. Una mañana, antes de las 5:00, se ensañó con Javier, un guajiro estudiante de Actuación que nunca saludaba ni se relacionaba con nadie. Le gritó, entre otras cosas, que tenía hasta la tarde para pagarle el mes o le cambiaría la cerradura a la puerta. Al parecer el muchacho llevaba varios días de atraso y se iba temprano y regresaba cuando ella estaba dormida.

Después de los gritos la mujer servía los desayunos, que eran puestos en una repisita de madera con varios cubículos. Por lo general eran dos panes de 200, un huevo y chocolate claro, otras veces arepa con una mortadela o un pedacito de queso. El almuerzo era abundante en harinas, arroz y papa; por la noche casi siempre era lenteja y cuando había carne, era poquita y dura. No había en la pensión nada parecido a un comedor, así que algunos comíamos en la cocina, otros en la salita del televisor y la mayoría en su habitación para huir de los gritos de aquella voz denigrante.

No dejes que tus enemigos se reúnan

A la casera le incomodaba que los pensionados nos reuniéramos. No decía nada, pero miraba con sorna y desconfianza las reuniones y se alarmaba ante los silencios repentinos que generaba su presencia en la sala. No ha leído El arte de la guerra pero sabe que es imperativo evitar que los enemigos se junten. Nuestro ‘cuartel general era la panadería de al lado. La charla recurrente radicaba en la posibilidad de alquilar entre varios un apartamento. Los trapitos sucios salían a flote. Que solo compra una libra de carne para 16 personas, que los 10.000 pesos que cobra por familiar son para ella y no para el dueño de la pensión, que se mete en las habitaciones cuando la gente no está. Ignacio atiza la llama revelando que la vieja habla mal de todo el mundo: le contó que Mara sale con un tipo casado y que se va tirando el semestre, y que en más de una ocasión le ha preguntado con ironía a qué diablos me dedico yo. Zoila la defiende diciendo que es una mujer sola y que lo que refleja su conducta es insatisfacción y fastidio. Abel dice que a la vieja le falta lo que sabemos. Heidi dice que esta pensión, comparada con aquellas en las que ha vivido antes, es un hotel cinco estrellas. Cuenta que en una le tocó compartir cuarto con una chica sanandresana que le tenía miedo al diablo y solo podía dormir con la bombilla prendida. Zoila dice que conoció en otra pensión a una puta que tenía una hija de nueve años, cuando llegaba tarde encontraba a la niña abrigada en el pasillo porque la mamá estaba atendiendo a un cliente, se llevaba a la niña a su pieza, la acostaba y hablaban de muchas cosas. Esa niña, aunque no lo crean—enfatizó Zoila—, tenía más mundo que Héctor Mora. El caso es que la puta un día le pidió copia de su llave para acostar a la niña cuando ella no estuviera, accedió, y a la semana siguiente la puta desapareció llevándose sus cosas.

Mientras el lobo no está

Los domingos se respiraba un ambiente menos pesado. Era el día libre de la casera y no regresaba hasta las 3:00 ó 4:00 de la tarde. La gente de baños privados aprovechaba para bañarse con agua caliente, y los demás durábamos dentro lo que nos daba la gana. Como no había comida la mayoría se iba para donde familiares o amigos. Los que nos quedábamos hacíamos la vaca y mientras yo cocinaba, charlábamos, reíamos, veíamos una película o escuchábamos música. Ignacio tocaba su guitarra y contaba una vez más la historia de cómo tuvo que lidiar la enfermedad de su madre; Abel payasea un poco echándole los perros a Heidi; Fabio, un chocoano estudiante de Derecho, se escabulle con una tipa en su habitación, después presume de ello y revela cómo se ha tirado a muchas mujeres en su pieza sin tener que esconderlas: desde el principio, cuando la casera le hizo la advertencia de los familiares, le dijo que tenía nueve hermanas. El único problema, según él, es que solo puede meter mujeres negras… Pero la tarde llega, el sol se pone, la puerta se abre: el lobo está vestido.

En el infierno el paraíso son los otros

Sábado, 10:30 de la noche. Afuera media ciudad se emborracha o hace el amor, y la otra mitad hace el amor borracha. Eso pensamos Abel, Heidi y yo, mientras destapamos una cajita de vino apiñados en la pieza de Carol, una manizaleña de 23 años, estudiante de Comunicación Social. No es una fiesta, pero es lo más cercano que permite el presupuesto de un estudiante promedio. Algunos pensionados están afuera y quizás no regresarán, otros llegarán más tarde ebrios y dando tumbos. Heidi está despechada y no para de hablarnos sobre un tipo que la engañó: tenía diez años más de los que había dicho, dos mujeres, cuatro hijos y ni siquiera era médico sino enfermero. Trato de tranquilizarla diciéndole que por lo general uno se enamora de gente que no existe. Ella confiesa que se quiere vengar, Abel hace una broma sobre esa actitud.

—O sea que si yo te hago algo, tú no te vengas —pregunta ella con inocencia.

—Si tú me haces algo, mamacita —dice Abel pasándose la lengua por los labios —claro que me vengo.

Todos soltamos la carcajada.

El efecto del alcohol y la noche nos pone a divagar sobre la pequeña solidaridad dentro de este lugar: plata que alguien te presta para el bus o un tinto, un plato de comida hecho con decencia, un minuto a celular cuando más se necesita, o simplemente una conversación amena que te hace compañía, en esta ciudad donde dormir solo debería ser un crimen. Entrada la medianoche, cuando la charla y el alcohol se han agotado, Carol apaga su lámpara, nos pide que nos callemos, saca su celular y marca un número, al instante el teléfono de la pensión empieza a sonar: escuchamos la voz de la casera gritando ¿Aló?. “Cada vez que no me deja dormir en la mañana —explica Carol— me desquito en la noche”. Hace lo mismo un par de veces más, y luego cada uno se va a su habitación.

Entrada la madrugada percibo unos pasos recorriendo el pasillo, una puerta que se abre, una luz que se enciende y música a bajo volumen. Sobre la música se sobrepone el sonido de un vómito. Varias luces se encienden y se apagan al instante. La casera hace su aparición, enciende las luces del pasillo y toca con fuerza la puerta, gritando el nombre de Javier, que no contesta. Unos minutos después desiste, va por un manojo de llaves y abre la puerta. Ahí empieza una algarabía mayor, la casera grita llamando a Heidi y pidiendo auxilio, me paro despavorido, y cuando salgo al pasillo, además de la casera están Heidi, Zoila y Fabio. El muchacho guajiro está inconsciente acostado en el piso con la cara inmersa en un charco de vómito. Heidi lo pone de lado, le introduce los dedos en la boca limpiándolo, le toma el pulso y nos pide a Fabio y a mí que la ayudemos. La casera pide un taxi y Fabio y yo lo bajamos, y él junto con Heidi lo llevan a una clínica. Zoila se queda conmigo limpiando el piso. Antes de una hora Heidi regresa por el carné del seguro y nos cuenta que no es la primera vez que le toca hacer esto en una pensión. Una vez le tocó socorrer a un muchacho con una sobredosis de perico y ese casi se muere. Eso es lo que le da miedo de estar lejos de su casa, nos dice, que si le pasa algo quién va a correr con ella. Por eso le gusta hacer amistades, así la vieja se fastidie, por eso socorrió al chico y descompletó lo que le quedaba del mes, porque uno no sabe cuándo le pueda tocar a uno. Le digo que si se ha quedado sin plata yo le puedo prestar algo. Acepta a regañadientes y mientras le paso el billete, murmura “esto no es vida”. Pienso en sus palabras y la forma como las ha dicho y parte de su incertidumbre penetran, en mí. Contrasto su voz débil con la contundencia de las palabras de Charles Bukowski cuando dice que no has vivido hasta haber estado en una pensión.

Última noche

Dos días después del incidente con el guajiro, reviso mis notas y escribo estas líneas. Es la noche de mi último día en este cuarto de pensión, esta mañana la casera armó el barullo de siempre porque alguien se robó el control remoto del televisor. Siento el sonido de tacones avanzando por el pasillo, luego una llave entrando a una cerradura y girando, por último el chirrido de una puerta y el golpe de la misma que se cierra. Tengo un sueño impregnado de fastidio y cansancio, y un dolor punzante en la espalda. Pero en vez de dormir decido soñar despierto: mañana por fin me daré un baño de siete pisos y me fumaré medio paquete de cigarrillos recostado sobre un colchón saludable en una habitación con ventana: no es un deseo de cumpleaños, es el sueño de un prisionero. Falta poco, ya es medianoche, lo sé porque el timbre del teléfono ha empezado a sonar.

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comentarios
  1. Rocio dice:

    A propósito de: En el inforno el paraíso son los otros.

    Es una crónica realista. Muchos no soportaríanos condiciones tan adversas. Y empezaríamos a soñar más y a luchar más (creo).

    El trabajo que realizas tiene sus cosas, pero es enriquecedor (en experiencias) y uno de los trabajos que admiro por estar muy cerca de historias como estás.

    Adelante en lo que haces!

    ATT: R.E.

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