Crónica de un soldadito de plomo

Publicado: 27 octubre 2010 en Andrés Delgado
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En la batalla del calentamiento

La primera noche en el batallón, cuando apagaron las luces del alojamiento de la compañía de reclutas, ―quinientos soldados acostados en catres―, alguien eructó durísimo en la oscuridad y todos nos morimos de la risa. A continuación escuchamos una seguidilla de pedos, gritos y armamos una chacota que nos duró hasta que un teniente, encendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las once de la noche y toda la compañía fue a dar al campo de parada en pijama, es decir, en pantaloncillos. Formados en pelotones, semidesnudos, calvos y en chanclas parecíamos judíos en un campo de concentración. En las siguientes dos horas, el teniente nos hizo entender, a punta de flexiones de pecho, sentadillas, polichinelas e insultos, que teníamos que acostarnos en silencio.

Corría el año 1996, en el Batallón de Policía Militar N°4, mejor conocido como el Batallón Bomboná y para entonces el SMART era un bebé y las revueltas de la UdeA eran aplacadas con brutalidad por pelotones antimotines de la Policía Militar. En los 80´s y 90´s, los pillos sobornaban con facilidad a la policía, pero no se atrevían a levantarle la voz a un soldado con brazalete de PM.

Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos, habla del batallón N° 4 y comenta las denuncias que hizo su papá en contra de esta guarnición militar. “Yo acuso ―escribió don Héctor Abad Gómez en una columna de prensa― a los interrogadores del Batallón Bomboná, de estar aplicando torturas físicas y sicológicas a los detenidos por la IV Brigada”. El artículo se publicó poco después de que un amigo y discípulo de don Héctor fuera detenido por el Ejército en Medellín.

En los tres primeros meses de instrucción, a los reclutas nos castigaron por cualquier cosa. Una sombra en la barba, una mugre en las botas, una arruga en la cama o el olvido de una estrofa, ―de las once que tiene el himno nacional―, nos valieron horas de trasnocho. Cuando asistimos al polígono, donde disparamos por primera vez el fusil G3, y fueron pocos los que afinaron en la diana, el comandante nos bañó con baldados de agua y luego nos ordenó hacer rollos sobre un terreno polvoriento. Quedamos como pollos apanados, llenos de tierra.

Esa primera noche en el batallón, cuando armamos esa chacota con pedos y eructos, aprendimos a meternos en la cama en total silencio. En la oscuridad y tirado en mi catre, cerré los ojos, exhausto, rabioso e impotente. Así me quedé dormido y no sentí las tres horas de sueño. Inmediatamente cerré los ojos, pasó un segundo y de nuevo el maldito teniente prendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las cuatro y media de la mañana y el primer día de entrenamiento nos esperaba.

Se hace sentir la fuerza del valiente

Karl von Clausewitz, el más clásico de los teóricos militares, decía que el fin de las guerras no son los ataques, ni los bombardeos, sino “la imposición de la voluntad política del vencedor”. Todo parecía indicar que el teniente estaba librando una guerra contra nosotros. Nos tenía como sus enemigos y como consecuencia de sus castigos doblegaba nuestro carácter y nos imponía su forma de pensar, su política.

Terminado el entrenamiento, fui trasladado con otros cuatro compañeros a la base militar de Bosconia, dos cuadras abajo de la estación Prado del metro. Bosconia era un patio de colegio del tamaño de una cancha de baloncesto. Éramos 20 soldados y prestábamos turnos de guardia. En el día pasaban docenas de buses, gente y en general el barrio estaba infestado de atracadores y extorsionistas.

Una tarde, llegó una señora agitada y nos avisó de un atraco en un bus. Yo estaba con Posada prestando guardia. Gritamos voz de “¡reacción!” y salimos en cacería. Logramos atrapar al pillo y lo llevamos hasta la base en un tren de patadas y puñetazos. Cuando íbamos a encerrarlo en el calabozo, se negó a entrar por el fuerte olor a berrinche concentrado en un rincón. Una semana atrás, la orden del sargento, comandante de Bosconia, había sido que en adelante orináramos allí, “para atender bien a los hijueputas que agarremos” ―había dicho―. De modo que el olor comenzaba a fermentar. La muenda que se ganó el pillo fue brutal y muertos de la risa lo obligamos a entrar en el calabozo.

Una noche, vimos bajar por la cuadra un par de travestis. Posada quiso requisarlos. Ellas-ellos estaban encantad@s porque los manoseara un soldado “bien macho”. Lo que no se imaginaban era que el asunto iba en serio. Posada no palmoteó los vestidos, sino que esculcó sus bolsos de cuero. En uno de ellos encontró seis baretos y dos gramos de perico. Posada se echó en el bolsillo la merca y detuvimos al dueño(a) del bolso. Cuando l@ íbamos a meter al calabozo, también se negó a entrar. De modo que saqué la correa y le zumbé varios fuetazos. Sus gritos de hombre despertaron al sargento, que se levantó rabioso en pantaloncillos y nos ordenó dejar paz al “mariqueta”. Al otro día, repartimos en el resto de la base el perico y la marihuana que decomisamos.

El periodo de instrucción de mi teniente había dado resultado. No sólo había doblegado nuestra voluntad, sino que habíamos adquirido la absurda lógica militar. ¡Todo un éxito el entrenamiento!

Por uno pagan todos

Luego de tres meses en la base militar de Bosconia, nos trasladaron al batallón Bomboná. Llegar de nuevo al Batallón fue un desastre. Una mañana, cantando el himno nacional con todo el personal del batallón, formado en la plaza de armas, un soldado se puso fue a silbar. Cuando acabamos de cantar, el coronel estaba furioso. Era una falta grave de respeto contra los símbolos patrios. El coronel mandó llamar al teniente Hernández, comandante de la compañía. Cuando el teniente estuvo al frente, el coronel le ordenó hacer “¡22 de pecho!”.

Humillado, frente a todo el batallón, Hernández cayó a tierra y flexionó los brazos 22 veces.  Cuando se levantó, el coronel lo miraba como a una cucaracha y le ordenó volver a la fila y lo previno contra otro grillo “entre sus soldados”.

Ahora seguía el castigo: toda la compañía, ordenó el coronel, incluidos sus cuadros de mando, tendríamos que ir hasta la meseta, monte arriba, llegando al corregimiento de Santa Elena. “Fácil”, pensamos todos.

―Van a subir a la meseta ―gritó el coronel― pero se llevan los catres al hombro.

De un plumazo nos borró la risita. Salimos a las 9:00am cargando tablas, catres y colchones, por el camino de la montaña. A las doce del día llegamos a la cima con los trastos. Prendimos una fogata inmensa y sólo cuando el coronel, por radio-teléfono, dijo haber visto el humo, agarramos las tablas-catres-y-colchones montaña abajo. Más adelante nos dimos cuenta del verdadero motivo que tuvo el coronel contra Hernández. Un soldado que trabajaba como mesero en el casino de oficiales la escuchó: el teniente Hernández, en una fiesta, se había burlado de un afiche que el coronel tenía en la sala de su casa: un calendario de Cerveza Pilsen con una modelito mostrando el culo.

Más tarde, cuando bajamos de la meseta, nos fuimos a la cama. Con el permiso del teniente Hernández, nos arrastramos en la oscuridad del alojamiento hasta el cuerpo durmiente del incauto que silbó el himno nacional. Le soltamos varias bolsas de agua y le descargamos una docena de tablazos. El teniente, “el grillo” y la compañía entera había recibido su merecido. La ley del castigo es: “Por uno, pagan todos”. Al día siguiente, no quedaba duda, seríamos mejores soldados.

1.

Un domingo que me negaron el permiso para ir de visita a mi casa, decidí volarme. El servicio militar es como una condena en la cárcel. En compañía de otros dos amigos saltamos por encima de la reja, cuando un centinela nos echó el ojo sin que nos diéramos cuenta. Estábamos esperando el bus, todos contentos, cuando un pelotón de reacción nos agarró por sorpresa. Nos llevaron a la Guardia. A los diez minutos, el teniente Hernández fue por nosotros en su carro.

El batallón Bomboná queda en Buenos Aires, un barrio alto en una montaña antioqueña. Para ir desde la Guardia hasta el polígono, hay que subir dos kilómetros por una loma de venganza. De modo que cuando el teniente fue por nosotros a la Guardia, furioso, porque, sus soldados lo estaban haciendo quedar mal, apagó el auto y se inventó el primer castigo de la tarde: empujaríamos su carro desde la Guardia hasta el polígono por esa pendiente larga y tortuosa. Pero antes, llenamos la caja del carro con cinco sacos de arena. El cielo estaba azul y un sol de domingo radiaba el mediodía.

Empujando el carro con esfuerzo y ganando distancia por la loma, vi que el teniente nos echaba un vistazo furibundo desde el espejo retrovisor. Los tres soldados íbamos pensando en la tontería que habíamos cometido. Por nuestra culpa, le llamarían la atención a Hernández. Al llegar al polígono, estábamos agotados. El teniente Hernández no dijo palabra. Prendió el carro, dio el giro y gritó:

―¡Los espero en la Guardia!―. Descolgó el carro montaña abajo, y nosotros a correr detrás de él. Si queríamos que el castigo no se alargara demasiado, tendríamos que obedecerle con pleitesía. Nos esperaba una larga jornada de castigos.

2.

Más tarde, el teniente nos llevó a alojamiento. Cuando entramos, cuatro o cinco soldados vagaban entre los camarotes.

―Voy a contar hasta tres ―gritó el teniente― para que se larguen de aquí…, ¡y voy en dos!.

Los soldados salieron disparados y sólo quedamos con el centinela del armamento. El teniente no quería testigos. Algo traía en la cabeza. Le ordenó al centinela que fuera en busca del sargento Mafla. Hernández nos llevó a un rincón. Agarró una tabla de un camarote y nos ordenó posición de “punto cuatro arriba”. A cada uno, nos cosió tres tablazos en el trasero. El teniente empuñaba la tabla como si fuera un bateador de beisbol y con odio zumbaba la madera. Cuando llegó mi turno, sentí con cada tablazo una penetrante picazón en las insuficientes carnes de mi nalga. Por nada y me pongo a chillar del dolor.

Cuando llegó el centinela acompañado del sargento Mafla, el teniente le ordenó:

―Les saca la mierda a estos soldados, sargento…, pero bien sacada…, ¿oyo?―y se largó.

3.

Los tablazos del teniente Hernández fueron el castigo más humillante que sufrimos. Aún así, comparado con otras torturas en el Ejército, nuestra historia fue un caso de rabiosas caricias. En la historia del Ejército de Colombia se tiene registro de graves atropellos contra los soldados. El caso más sonado recientemente sucedió en 2006, en la base militar de Piedras, en el departamento del Tolima. En su defensa, los militares dijeron que era parte de la instrucción contra-insurgente. También es de Clausewitz el axioma que dice: “los soldados deben temerle más a sus propios oficiales que al enemigo.”

Por este episodio, el entonces comandante del Ejército, general Reynaldo Castellanos, fue destituido de su cargo por parte del presidente Álvaro Uribe y reemplazado por el general Mario Montoya. Dos años después, en 2008, un juez condenó a 15 y 16 años de prisión a los 13 suboficiales que cometieron la tortura.

4.

Cuando el teniente nos propinó los tablazos, se cuidó de no tener testigos en el alojamiento. Desde tiempo atrás, ese castigo estaba prohibido, pero el teniente no se iba a quedar con la espinita enterrada. Sus soldados dejaban en evidencia la indisciplina de la compañía, haciéndolo quedar mal ante el coronel y el resto del batallón. Le debíamos una. Y la cobró. Eso sí, cuidándose de que nadie lo viera. Igualmente nosotros, con el pecado encima, no lo denunciaríamos.

Soldadito de plomo

Para descansar de los soldados más lepras, el teniente nos mandó a la base militar de ISA. En la montaña, nuestra misión era prestar guardia en el día y en la noche. La base militar de ISA está incrustada en la montaña. El bosque de pino y las garitas rodean el edificio, desde donde se controla la red de interconexión eléctrica. Al igual que las plantas hidroeléctricas del país, el edificio de ISA era permanentemente amenazado por la guerrilla. En el bosque, cada quinientos metros había un puesto de guardia. Las únicas compañías dentro de la garita eran la conciencia y el fusil. El medio para comunicarse era un radioteléfono. Cada hora se hacían reportes de novedades.

En las noches había que estar pendiente de la reja iluminada por lámparas. A mí me importaba un carajo que se tomaran las instalaciones de ISA. El compromiso, cuando prestaba guardia, era con mi garganta. No fuera que algún guerrillero alcanzara a violar la reja y, luego con sigilo, al treparse a la torre, me zanjara el cuello. En cambio para el podrido Ejército, mi vida costaba menos que una libra de sal. De llegar a ser emboscado, el coronel del batallón lamentaría el robo de mi fusil.

En las patrullas por el perímetro de la base de ISA, no volví a molestar a la gente. No requisaba a nadie en los retenes y, a menos que el comandante de la patrulla me lo ordenara directamente, detenía un carro para echarle un vistazo. En una oportunidad descubrí un conductor borracho. Lo bajé del carro, le escribí en un papel el teléfono de la base y lo empaqué en un taxi. Con otro soldado nos llevamos el carro y al día siguiente se lo devolvimos al señor. Había decidido no seguir el juego de los militares y su absurdo poder de mando.

Durante un retén, descubrimos en la cajuela de un carro media libra de marihuana prensada. Cuervo y el Conejo se reían y se frotaban las manos. El cabo me ordenó llevar al sujeto a la base y esperar allí hasta que acabara el retén para él mismo encargarse del “traficante”. Todos sabíamos que el procedimiento adecuado era reportarlo a la Policía. También sabíamos que, por lo general, con ese tipo de infracciones no pasaba mayor cosa. La Policía se llevaba al tipo y al rato lo soltaban. Ya nos había pasado en otras ocasiones. Por eso el cabo decidió tomar la justicia en sus manos.

―No llamemos a los tombos ―me dijo― y mientras tanto, dele una paliza bien hijueputa a este marihuanero, pa´que aprenda.

Cuando el Cabo volvió a la base, yo estaba fresco con el tipo. Sentados en el comedor, hablamos, tomamos tinto y fumamos Kool light.

El Cabo me miró decepcionado. En ese momento llegó a la base militar de ISA una patrulla de la Policía. El cabo se sentó a mi lado y me arrebató el cigarrillo. Se echó una calada y luego sopló con rabia el chorro de humo.

―Ay Delgado ―se lamentó―, usted no pasó de ser un soldadito…, un soldadito de plomo.

Asentí y le pedí que me devolviera el cigarrillo. Cuando me lo dio, aún estaba entero. Lo tiré al piso y lo estrujé con la bota.

A la semana siguiente, nos devolvieron al Batallón y el 3 de diciembre de 1997 salimos de la prisión y estaba de regreso a mi cuarto, tirado en la cama, escuchando Pink Floyd, Led Zepelin y Black Sabbat, sabiendo que la próxima comida sería en el comedor de la casa.

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