Y me llevaron con los hombres

Publicado: 14 noviembre 2010 en Jorge Alejandro Medellín
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San Mateo Ixtatan. Guatemala.- Ya entra la madrugada. En el piso frío de la casa de madera y lámina, las manitas de las niñas van y vienen en silencio, navegando entre lo que les queda del último llanto y el chapaleo del líquido que sienten tibio y espeso, irreal, saliendo calladito y lento del cráneo de su madre.

Lo juntan como pueden. Que no se vaya, que se quede, y una va por un trapo y otra le arregla el cabello mientras le acaricia la cabeza que es como algo pesado y sin forma, pero que huele a ella.

Los ángeles lo ven todo. Están allí y se acomodan tristes y azorados, callados, a una distancia prudente de Chabelita que ya los vio pero no tiene ánimo para hablarles ni escucharlos porque el dolor y la pesadilla son más grandes que el portento de sus presencias.

Esa noche de mayo, los escasos siete años de vida se le convierten a la pequeña en una losa que nada ni nadie le va a quitar de la piel. Los recuerdos y los sueños aún hoy, en la habitación más segura de todas, se transforman en gusanos que se mueven debajo de su cama sobre granos de arroz blanco, igualito al que había en el piso de tierra, regado entre platos y sillas rotas cuando veían a su mamá con la mirada en el techo, jadeando rápido y luego lento lento hasta que ya no respiró más.

Su otra hermana, cuatro años mayor que la Chabelita, le habla al oído para decirle que es bonita, que no tenga más miedo, que ya pasó todo, que todo está bien, que eso no se va a quedar así, que esa grosería del padre se va a castigar pero que ya no va a sufrir más.

La hermana más pequeña, de apenas tres años, solloza y las mira desde la cama desordenada y sucia.

Unas horas antes, los gritos y la angustia desbocada de la mujer se terminaban de tajo frente a sus hijas. Cuatro, cinco golpes secos, cortos y envainados, cargados de maldiciones, bastaban para terminar con la discusión que en principio se parecía a las que todas las mañanas tenían papá y mamá cuando empezaba el día.

Pero ese primero de mayo, como lo recuerda muy bien Chabelita, fue distinto a los demás.

Faltaba poco para la media noche y la bestia, movida por hilos de odio y locura, de los celos y alcohol, batía sus brazos y manos como el aire a los árboles hasta arrancarlos de la tierra y lanzarlos desmadejados, como bultos, hacia un rincón del cuartucho.

El brazo derecho de la mujer y su rostro, levemente inclinado a la derecha, quedaron apuntando hacia el fondo de la pieza en donde Chabelita y sus hermanas eran también como ángeles ocultos que lo ven todo, que lo saben todo pero no dicen nada, no hacen ruido porque la brutalidad las dejó mudas o porque los ángeles les taparon la boca para que su paso por este mundo no fuera así de efímero y terrible.

El hombre buscó unos quetzales revolviendo todo lo que encontraba a su paso. Removió con el machete húmedo lo que había sobre la mesa de madera en busca de algo. Comida, monedas, un vaso con agua o cerveza.

Buscaba en las latas algo del dinero que Chabelita y su hermana ganaban en las calles de Huehuetenango, pidiendo limosna a la gente.

Ella tenía apenas siete años y su hermana casi diez. Entre las dos cuidaban a la más pequeñita de la familia. A Chabelita le tocaba lavarle los pañales de tela y cuando se acababan, la mandaban a la calle a pedir dinero para comprar de los desechables, la mandaban a conseguir dinero para comprar algo de comida y por supuesto, cervezas, alcohol para su padre.

El tipo maldijo al aire, a la noche y al cuerpo de la mujer que le dio tres niñas y entre el ladrido de los perros alebrestados por los gritos salían de la vivienda se perdió en lo oscuro, macheteando a sus propios fantasmas y cortando de tajo el frío de la madrugada que intentaba cerrarle el paso para que no huyera.

Con él se fueron los ladridos y el murmullo de los vecinos que no se atrevieron a acercarse al cuartucho para descubrir lo que imaginan. Alguno de ellos venció el miedo y se fue por la vereda a buscar a la abuela de las niñas en otra comunidad para que fuera a ver lo que había pasado y se llevara a sus nietas de ahí.

Los ojos de la mujer miraban al vacío, entrecerrados y negros, sin brillo, ya sin alma. Del otro lado del cuartucho, entre las sombras, Chabelita y su hermana creían mirar otra golpiza más de las tantas que él le propinaba a su mamá y que luego de unos instantes ella se levantaría entre llantos y quejidos.

Pero esa fue la última discusión de todas. Unas eran por el dinero que no había, otras por la ropa mal planchada o por la comida fría y sin sabor, o por la casa que estaba sucia. A veces los golpes eran porque no había cervezas o porque ella no podía más y le reclamaba el maltrato, el alcohol, la brutalidad.

Todo eso se acabó a filo de machete. Tal vez los ángeles, que luego vienen a platicar con la niña, lo sabían pero de todos modos nada pudieron hacer en esas horas.

Arrodilladas, Chabelita y su hermana limpiaron el cuerpo de su mamá, trozado a golpes, empujones y fierrazos, mientras el hombre enfilaba hacia la frontera con México.

***

“No es cuento, es verdá…”

La de Chabelita es una historia que se rearma paso a paso, reuniendo la pedacería que han dejado en su mente y en su cuerpo el maltrato, las carencias, los abusos, la muerte, la violencia sexual y la traición de sus familiares.

En este rompecabezas que muestra los fragmentos de una vida que no rebasa los ocho años de edad, surge en esporádicos chispazos una niña-mujer con destellos de lucidez forjada por la desgracia y el sufrimiento.

Chabelita se viste de color rosa, lleva pantalones de mezclilla y zapatillas bajitas, como de princesa de cuento o de bailarina.

A veces usa tenis de colores y listones en su cabello negro y lacio. La mirada de indígena morena, de niña chuj del norte de Guatemala, se le endurece. Pese al dolor, sus ojos delatan permiten adivinar un mundo interior vivo, revuelto, intenso, en apariencia confuso pero también decidido a ir separando lo grotesco de lo sensato, lo triste de lo esperanzador, lo oscuro de lo luminoso.

Va contando su vida en saltos que mezclan su voz aguda con fraseos rasposos, acompañados de gestos y pequeños arrebatos contra enemigos invisibles que la atosigan y obligan a crecer, a dejar por momentos de ser una niña de ocho años.

Son los fantasmas de carne y hueso que la hacen transformarse en rabiosa mujer que lanza piedras de tamaño de su cabeza contra los pies de un gringo negro para hacerlo sangrar y poder escapar antes de ser ultrajada en una casucha a las afueras de la ciudad, sobre la tierra caliente de algún lugar de Quintana Roo, tal vez cerca de Chetumal o de Cancún o de otro sitio que no puede precisar y del que jamás sabrá el nombre.

Entonces, el recuerdo de esa odisea -quizá la única de la que salió victoriosa- le hincha la voz y la memoria le engrosa la garganta y se yergue en la silla mientras abraza a sus muñecas rubias y las protege y con la otra mano abofetea el aire y lo empuja y le dice que “no; ¡ándele usted!, ¡no!, ¡a mí me respeta, a mí me deja en paz y no me toca!, ¿qué se cree? …Usted, ¡tenga, tenga más!..¡Tenga!

Luego, la niña-tormenta vuelve a la calma en un nuevo giro, una acrobacia del tiempo y del alma que la regresan a estos días en los que abraza contra su pecho a tres Barbies a las que cuida para que no les suceda lo mismo.

Chabelita mira a los ojos de quien la ve, pero no por mucho tiempo. La imperiosa necesidad de seguir siendo niña la lleva de nuevo a hurgar  en sí misma y reinicia el diálogo con sus muñecas. Las peina y las despeina, les canta, les sonríe, algo les enseña y las lleva de allá para acá. No las deja ni un instante.

Sólo si le pregunta menciona a sus hermanas. Una, tres años mayor que ella y la otra que apenas comenzaba a caminar. Las tres, separadas por las tías, por los abuelos tras la muerte trágica de su mamá.

–Mira Chabelita, ven, siéntate y platicamos aquí, como jugando, sobre tu vida y…

–No, no es juego, es de verdá…, -dice la niña y antes de permitir el acceso a su vida te dice que primero va a hablar de los ángeles, porque los ángeles la han cuidado y la han ayudado y viene a decirle cosas de las que se entera antes que la gente las sepa.

“Este es una historia de navideño; primero el ángel Gabriel visitó a María y dijo óyelo bien, tú vas a tener un hijo muy especial María, y llegó María para dar las buenas noticias a José y José… ¿cómo vas a tener un hijo si no nos habíanos casado…Tu mamá y tu papá tiene hijos ¿y tú?

No te creo nada, dijo José y después en la noche envió un ángel Dios a José y dijo, no te preocupes José, el hijo que va a tener María, él va a salvar todas las vidas, dijo el ángel y ese día no se preocupó mucho José.

Y después hubo un orden de César, dijo, tú pueden regresar a la ciudad donde habían nacido, y después llegaron a la ciudad y ya no había lugar para quedar José con María y viajaron a Belén y dijo un hombre, tú pueden dormir a mi establo y se iban a dormir a su terreno pero ya no pudo porque está todo ocupado y viajaron a Belén y esa noche, al establo, nació el Niño Jesús”.

Y después de todo eso, “el Dios dijo, van a vivir muy felices, porque el Dios está con tu hijo”. Chabelita repite de memoria el pasaje del Antiguo Testamento que le han enseñado en el DIF (Desarrollo Integral de la Familia, creado en la década de los setentas), y en la casa segura en la que vive con otras niñas y jovencitas víctimas de situaciones similares.

Allí fue a parar la niña desde la muerte de su madre, desde los regaños de sus parientes y la codicia que luego se convirtió en negocio, porque comenzaron a ofrecerla como juguete sexual a extranjeros en el puerto turístico de Cancún, Quintana Roo.

***

“Los hombres no nos cuidan…”

Aquella batalla contra un “gringo negro” fue seguramente la única que Chabelita ganó. El resto de su breve historia en tierras mexicanas es tan confusa como dolorosa.

La niña asegura que después de lanzarle la piedra al tipo, salió corriendo de donde estaba (una calle de Cancún) y antes de que la buscaran ya se había escondido entre los botes de basura de una calle cercana a al sitio en el que su papá la acababa de ofrecer.

En su versión, Chabelita dice que pasó mucho tiempo luego de haber aventado la piedra y que después, agachándose y ocultándose en varios lugares pudo llegar hasta el centro. Después, con la ayuda de un policía al que le contó lo que le estaba pasando, llegó al DIF de Cancún.

Ahí fue admitida y se le abrió un expediente que poco a poco fue derivando en una investigación por abuso sexual, violencia física y más tarde por tráfico de personas y abuso de menores.

Esta última parte es imprecisa y al mismo tiempo fundamental, porque la niña describe cómo fue sacada de Guatemala hacia Belice y luego hacia México, muy probablemente sedada, con los ojos vendados y envuelta en cobijas para cruzar la frontera clandestinamente.

Cuando narra esta parte de su vida regresan los gestos, el asombro y las palabras extraídas de todos lados para tratar de explicarse la realidad y sobre todo para encontrar en cada recuerdo la respuesta a una pregunta que ronda todo el tiempo en su relato: “¿por qué yo?, ¿por qué me hacen esto?”

El expediente de Chabelita llegó al instituto Nacional de Migración (INM) y a la Procuraduría General de la República (PGR), en donde el caso de Chabelita ha seguido su curso mientras las instancias federales deciden la situación migratoria de la niña.

La indagatoria para reconstruir la vida de Chabelita es complicada y tiene visos muy especiales, porque de su reato se van desprendiendo aspectos cada vez más delicados que no solo explican lo que le sucedió, sino que también van dando una imagen sobre las personas y las situaciones en torno suyo que fueron conformando parte de una incipiente estructura de trata y prostitución de menores, en un punto del país caracterizado por la agudeza de esta problemática.

Chabelita se incomoda y parece confundirse seriamente si se le preguntan más detalles sobre aquellos días de Quintana Roo.

–¿Quién te llevó a Cancún?, ¿Cómo llegaste hasta allá?

–Mmm…es muy largo, que decir…primero me quitaron de mis tías, porque luego de que se murió mi mamá, de que la mataron a mi mamá, uno su hermano que ella tenía le dio mucha tristeza y se puso mal y se dio cuenta. Se desmayó, dicen.

–¿Se enfermó cuando supo que tu mamá habían muerto?

–Sí. Se puso mal y se desmayó y se murió.

–¡Uy!, no me digas, y entonces tu abuelita, la que dices que no veía nada, ya se quedó sin hijos.

–Sí, ya no tiene hijo ninguno. Se quedó sin hijo y sin su hija.

Chabelita se resiste a escarbar en esos recuerdos, pero la indignación se le va volviendo coraje y en las respuestas se desliza más y más en la zona de los días pesados y violentos que su gente pareciera llevar en la sangre.

Y es que Huehuetenango, el Departamento en donde se halla San Mateo Ixtatan, es uno de los 15 puntos del mapa guatemalteco que registra los índices más elevados de violencia hacia las mujeres.

Los bajos niveles educativos, el desempleo, el alcoholismo, la drogadicción, la ausencia de una infraestructura básica para una población expulsada del campo hacia las ciudades o hacia la migración al norte del continente, forjaron una cultura de violencia y machismo hacia las mujeres.

Las huellas de esta tragedia quedan plasmadas en estridentes notas periodísticas que dan cuenta de abusos, vejaciones y crímenes en aumento.

En mayo de 2008 las autoridades de Guatemala reportaban 255 asesinatos de mujeres, la mayoría por arma de fuego, en un periodo que al final arrojó un saldo de 672 víctimas. Una de ellas fue la mamá de Chabelita, asesinada, según recuerda la pequeña, el primero de mayo.

Las autoridades guatemaltecas indicaban en 2008 que el perfil de las víctimas era el de “jóvenes, trabajadoras, amas de casa y adolescentes, en situación de vulnerabilidad, debido a la pobreza y extrema pobreza”.

De poco o nada sirvió la creación, en abril de 2008, de la Ley Contra el Feminicidio. El promedio de asesinatos contra las mujeres se incrementó tras la entrada en vigor de esa legislación y alcanzó la escandalosa cifra de 70 víctimas por mes.

Para el 2009 las cosas no mejoraron en lo absoluto, y tanto los asesinatos como las violaciones y abusos sexuales, la trata de menores y la expansión de la pornografía infantil marcaron la pauta en la situación de la violencia constante hacia las mujeres guatemaltecas.

Al final del 2009 la cifra de homicidios ascendió a más de 730 casos, pese a la vigencia de la ley para castigar incluso con la pena de muerte a asesinos de mujeres. Las cifras al respecto son abrumadoras y siguen creciendo.

Entre 2002 y 2008 se registraron poco más de 4,300 muertes violentas de mujeres guatemaltecas. A esa cifra se han sumado los datos de 2009 y los que se acumulan cada día del 2010, en el que hasta el pasado 15 de febrero habían sido asesinadas otras 87 mujeres.

No en balde la Organización de Estados Americanos (OEA) ubica a Guatemala como el país con el nada honroso primer lugar en el continente en feminicidios. Le siguen en esa lista negra El Salvador y Honduras.

Pero al final, en este mar de datos y estadísticas, impera una ley inamovible: la de la impunidad, apuntalada por el menosprecio y la discriminación, por la sinrazón de la violencia de género.

Chabelita lo sabe muy bien porque lo ha visto y lo ha vivido hasta la médula, sin entender por qué a ella, para qué a ella.

Otro fragmento de su tragedia surge de su boca cuando recuerda que al pasar ilegalmente a Belice y luego en Chetumal, su tía Elsa le dijo que de ahora en adelante a su papá le tenía que decir “tío”, porque así tenía que ser, que no le dijera papá, que eso ya no existía.

Entonces, al llegar a Cancún, lo descubrió. No pudo llegar a los Estados Unidos. Se había quedado en Quintana Roo porque ahí ya tenía novia; una mujer muy joven y bajita que de inmediato tuvo roces y enfrentamientos verbales y físicos con Chabelita.

“Y ahí estaba esta chaparra condenada, que a ver para qué sirve, si no sirve para nada…Porque mi mamá no era chaparrita y esta chaparra, ay, si yo le decía, ¡A ver tú, chaparra, que haces si ni haces nada y ahí estas y nada más ordenan y no saben hacer nada y mi mamá sí sabía hacer cosas y tú no”, le gritaba Chabelita y su “tío” se enojaba y venían las groserías y los golpes y las cachetadas de la novia y de las tías.

Mira tú, “nos sabes cocinar, ni sabes lavar su calzón (del papá); mi mamá está más alta que tú…A ver, ¿para qué sirves”, le reventaba la niña en la cara a la nueva mujer de su papá y terminaba la escena poniéndose un par de zapatos de tacón que le dejaron rescatar de entre las cosas de su madre.

Trepada en ellos la volvía a enfrentar: “¿Ves?, estoy más alta que tú.”

Para acabar con el pleito, el papá la amenazaba con llamar a la policía para que se la llevaran porque era muy grosera y esta sin control. “Que me lleven, que vengan”, respondía Chabelita a gritos.

Indignada, la niña levanta la mirada. En su cuello y en la mejilla izquierda conserva marcas de golpes. Aprieta la mandíbula y mientras su pensamiento viene de regreso a este tiempo, alcanza a decir: “ya ves, los hombres no nos cuidan; las mujeres creen que nos pueden dar órdenes y nos ponen a lavar trastes…”

***

¿Sabes por qué estoy acá?

La noche del primero de mayo, cuando murió su mamá, Chabelita vio a los ángeles cerca de ella pero no les hizo mucho caso, porque era más importante atenderla a ella, sacar el martillo, los clavos, desarmar los tablones de la litera y hacerle una camita, una cosa a su mamá para acomodarla y que estuviera bien.

Las horas de la noche que ella y su hermana emplearon en buscar los tablones, bajar cobijas y ropa para envolver a su mamá fueron vigiladas por los ángeles, dice ella. Desde entonces vienen a verla en secreto cada quince días. Le tocan la ventana o la puerta y le hablan bajito para que sepa que son ellos.

Pero la condición es que no le ande diciendo a la gente que vienen a verla, que no le cuente a los otros que la van a cuidar para que nunca más le vuelvan a pasar cosas feas, como en San Mateo.

Los ángeles se quedaron cerca de ellas mientras limpiaban y arreglaban a su mamá tirada en el piso. Vieron a las niñas clavar tablones y proteger con cobijas a la mujer y todos estuvieron con Chabelita hasta que al amanecer llegó la abuela materna, ayudada por otros parientes porque estaba prácticamente ciega.

Al día siguiente la abuela se encargó de llamarle a su otro hijo que vivía en los Estados Unidos para decirle lo que había sucedido, pero la noticia fue devastadora. Murió de un infarto al saber que su hermana había asesinada a machetazos y golpes delante de las niñas.

Con ese doble dolor a cuestas, la abuela y las niñas sepultaron a su hija en el cementerio de San Mateo. Consiguieron un nicho y colocaron el ataúd ahí. Consiguieron bloques de tabique para tapiar el nicho y la gente cooperó para comprar unos botes de pintura. Chabelita recuerda que el día en que arreglaron el nicho “mi mamá estaba rete feliz, rete contenta.”

–¿Cómo lo supiste?

–Porque ella me dijo, ¡qué bonito se ve que están quedando los colores!

Unos días antes de que sus familiares la llevaran ilegalmente a Belice, Chabelita fue visitada de nuevo por los ángeles. Esa vez la visita fue más importante, porque traían un mensaje para ella.

“¿Sabes por qué estoy aquí?” – le preguntó uno de los ángeles a la niña –.

“¿No sabes? Yo estoy aquí porque te estoy protegiendo y te estoy cuidando, porque tu mami y su hermano están muy felices, porque están con Dios”, le dijo ese ángel.

Chabelita escuchaba con atención el secreto y la condición que el ángel le ponía para seguir viéndola y hablando con ella.

“Tú no le vas a decir a ninguna gente que venimos a hablarte, si no te van a llevar al infierno”, le dijo el ángel. Y entonces, “me desmayé”, recuerda Chabelita.

Pasó mucho tiempo para que los ángeles regresaran a verla. Tal vez estaba ya en Cancún cuando tocaron en la puerta de la casa y en una de las ventanas. Supo que eran ellos y que esta vez no venían solos. Su mamá los acompañaba y se veía feliz, recuerda la niña.

“Vino a verme y me vio que estaba y jugando, vino a ver cómo estaba yo y me dijo, mira esto es un secreto y no le puedes decir nada a nadie de que vine a verte, de que anduve por acá”.

No sabe cuánto duró la visita de su mamá y de los ángeles, pero conserva el secreto y solo lo revela cuando algo le dice que puede confiar, que no hay problema.

Los ángeles también la visitan cuando las cosas se ponen mal, cuando la gente vuelve a abusar de ella o le ha hecho muchas groserías. Dice que ya estando acá en México, en la casa donde las cuidan a ella y a otras jovencitas, tuvo un problema fuerte con Rocío -una adolescente que tiene más tiempo de haber sido rescatada de la trata de personas- y le dio una cachetada.

Lloró mucho y le dio coraje, porque Rocío es mayor que ella y lo que hizo fue un abuso. Pero de todo esto se enteraron los ángeles y regresaron una tarde a visitarla. De nuevo le pidieron que no le contara a nadie que la estaban visitando y le dijeron que ya sabían lo que le había hecho Rocío.

Quien te pegó, va a pagar más que el doble por lo que hizo, y tú vas a vivir y vas a visitar a la gente y vas a ir a muchos lugares, pero no vayas a decir nada de esto; tú sabes que las niñas son bonitas pero no deben ser caprichosas”, le dijo uno de ellos y sin saber cómo, se le desapareció esa tarde.

***

Sin perdón.

Chabelita está bajo protección de autoridades federales, pero la investigación sobre lo que le sucedió, al menos en suelo mexicano, no ha avanzado gran cosa. Hay huecos en su historia que ni la niña ni las autoridades que la atienden logran llenar.

Sin embargo, en otras cosas es muy clara y los detalles de su vida van perfilando un universo que es común no solo a las mujeres guatemaltecas, victimas de todos los tipos de violencia imaginable, sino también a un sector cuyas características siguen apuntalando y recreando las peores condiciones de vida que terminan por reproducir y agigantar las agresiones como un rasgo distintivo, una subcultura de la que casi nadie escapa.

Cuando Chabelita dice que esa parte de su historia es difícil de narrar, no exagera. El tema “es muy largo”, insiste, pero en realidad quiere decir que al asunto es más bien doloroso. Los pasajes se le borran de la memoria o comienzan a aparecer confusos.

Aún así sigue con el relato y dice que los malos tratos ya los sufría su abuela, que el abuelo nada mas tomaba y comenzaba a decirles cosas feas, puras groserías y acaba dándole golpes a su esposa.

El abuelo robaba. Se llevaba el dinero de la familia, el de la abuela y de la gente que iba conociendo y cuando tenía mucho o suficiente para emborracharse, les decía “mataré con este dinero…mataré con este dinero”, y se perdía varios días. Regresaba maltrecho y a buscar más dinero o a dormirse muchas horas y a despertarse para exigir que le dieran de comer.

Así era casi todos los días, y cuando la abuela le reclamaba venían los golpes, venía la vida como una calca de otras vidas y otros abuelos y abuelas; golpeadores y golpeadas, vidas que se repiten una y otra vez, un espejo sin fin que se le quebró en pedazos a Chabelita una noche de mayo.

De las tías -las hermanas de su papá- dos eran buenas personas o al menos así las conserva la niña en la memoria.MaryElizabeth no la trataban mal y jugaban con ella cuando tenían tiempo, quizá porque eran jovencitas, unos ocho o diez años mayores que ella.

Pero Elsa, la tercera tía, esa sí era mala con Chabelita, no solo porque la cacheteaba y le decía cosas y la amenazaba. Era mala persona porque la quería matar, porque la hacía trabajar como si la niña fuera gente grande. De sus agresiones quedan varias cicatrices en el cuerpo de Chabelita. Marcas en el rostro, en los brazos y la espalda.

Pero lo peor, cuenta Chabelita, es que Elsa quería robarle sus secretos y le recordaba todo el tiempo que su mamá estaba muerta, que no la iba a ver más.

Cuenta la niña que Elsa ganaba mucho dinero porque se dedicaba a limpiar casas en la ciudad de Chetumal. Cuando tuvo a su alcance a Chabelita, la tía la enseñó a limpiar y se la llevaba a trabajar, pero se quedaba con el dinero que le daban a la pequeñita.

La lastimaba y la amarraba con una cuerda para que no saliera a jugar, para que no se le escapara de la casa y para tenerla dispuesta a lavar la ropa, los platos, lo que Elsa le ordenara.

Un día Chabelita se hartó de lo que le hacía Elsa y le dijo que ya estaba cansada de los malos tratos, que ya no quería vivir con ella. Fue cuando la mujer le anunció que se iban de Guatemala y que su destino sería Chetumal o Cancún, en México. La niña se negó también a acompañarla. “No tienes opción, te vienes conmigo y ya”, le dijo Elsa. Después de esa discusión, la tía comenzó a castigarla dejándola sin comer varios días.

Eso fue cuando todavía estaban en Guatemala. Para entonces las tías de Chabelita, en particular Elsa, ya habían establecido contacto son su hermano en Cancún y tenían preparado el andamiaje para sacar a la niña de su tierra natal y llevarla con él. Lo que sucediera en tierras mexicanas era asunto distinto y que seguramente nadie imaginaba.

Una tarde, Chabelita fue a donde la llamaba su tía Elsa y ésta le dijo que iban a salir pero que para eso necesitaba taparle y la vendó. La niña no recuerda mayores detalles. Es muy probable que la hayan sedado para sacarla de Guatemala y llevarla sin contratiempos al país vecino.

“¡No manches, ya estábamos en Belice!”, alcanza a decir Chabelita en una frase copiada de las jovencitas con las que comparte espacio, cuidados y atención en México, en instalaciones de la PGR.

Después de pasar a Belice, lugar del que no recuerda nada, fue llevada a Chetumal. Ahí encontró la única distracción y alegría de esos días de pesadilla. Conoció el mar. Mientras se establecían y localizaban a su papá, la llevaron a la playa. La experiencia fue única. Dice orgullosa que ahí aprendió a nadar muy rápido porque se sumergía mucho, se metía muy adentro del agua.

De Chetumal pasaron rápidamente a Cancún y Chabelita pudo ir a la playa una vez más, hasta que por fin sus tías dieron con su hermano y el sueño se terminó. Volvieron los malos tratos y en especial la explotación.

De Cancún hay más recuerdos, casi todos malos. La vida diaria era muy dura y a Chabelita la obligaban a trabajar de lo que fuera, a pedir dinero en las calles, a juntar latas de aluminio para venderlas en depósitos de basura, a recolectar envases de plástico y en chatarra para venderla en tiraderos del puerto donde están las zonas marginadas.

Recuerda que en una ocasión ella y Elsa o alguna otra de las tías, tuvieron que vender la televisión que tenían, una videocasetera y un DVD. Envolvieron todo con cobijas y lo llevaron en una bicicleta hasta el lugar donde les compraban la chatarra. Les dieron unos cuantos pesos por lo que llevaban, una cantidad que a Chabelita le pareció importante, porque también acabaron vendiendo la bicicleta en la que cargaban las cosas.

A otra cosa que recuerda con agrado es la cama de la tía Elsa. Aunque ella era “mala y tonta, su cama estaba rica, suavecita”. Fue Elsa quien localizó al papá de Chabelita y finalmente la dejó con él, advirtiéndole que de ahí en adelante no le podría decir de nuevo “papá”, que tenía que llamarlo “tío”, nada más.

De todos modos, cuando se enteró de que iban a ver a su papá y de que se iba a quedar con él, el coraje se le había venido encima otra vez porque se acordaba de aquel primero de mayo, de la noche en la que su mamá fue asesinada delante de ella y de sus hermanas.

“Yo ya le tenía un gran coraje y no le iba a decir papá otra vez, por lo que hizo, por lo que le había hecho a mi mamá”, repite.

El hombre no había logrado pasar más allá de Cancún en su huida de Guatemala. Quizá descubrió que además de mantenerse impune podría también dedicarse a otras actividades, tener otra mujer y continuar con su vida abusiva.

Viviendo con ellos, con el papá y su novia –a la que refiere como muy jovencita- Chabelita le decía a él algunas cosas que le había enseñado su madre y le insistía en que la Biblia mencionaba lo malo que era decir groserías porque iba en contra de Dios y lastimaba a los ángeles, pero él no entendía y seguía agrediéndola física y verbalmente.

Las cosas empeoraron porque el papá y ella chocaban con el tema de la Biblia. El tipo le pagaba cada vez que ella intentaba corregirlos a él y a su pareja citando un pasaje o una idea del texto religioso.

–Oye Chabelita, ¿perdonarías a tu papá por lo que hizo?

–Sí lo perdonaría. Sí sería su única oportunidad de perdonarlo pero sólo si estuviera viva mi mamá. Solo así se perdonaría, pero ya no lo quiero por lo que hizo.

***

Y me llevaron con los hombres.

En esos días de abusos y de hartazgo, Chabelita se dio el lujo del desquite, de la revancha infantil con la que se cobró algunas de las cosas que le hacían su papá, su novia y la tía Elsa.

Esa suerte de venganza fue contra su papá y su pareja. La risa le ilumina el rostro moreno y le llena los ojos oscuros y profundos cuando recuerda que consiguió la llave del candado del cuarto o la casa en la que vivían y se las ingenió para dejarlos encerrados mucho tiempo, tanto que cuando regresó a abrirles tenían mucha hambre.

Desde el otro lado de la puerta de la casa, Chabelita brincaba y con las llaves en la mano brincaba y le gritaba a la novia de su papá “loser (perdedora), loser…eres una loser”, y se reía como nunca. Mientras el papá y la novia la cocían a maldiciones para que les abriera, Chabelita dio media vuelta y se fue hacia la ciudad, al fin que ya conocía los caminos, porque la mandaban a cada rato a buscar cosas para vender, a comprar comida o simplemente a pedir limosna en las calles.

Por supuesto que las cosas no se quedaron así. El papá y la mujer aumentaron los abusos contra Chabelita y ella les respondía de la única manera en que sabía hacerlo; diciéndole a ella que era una chaparra, que no servía para nada. A él le recordaba que en San Mateo su mamá de ella le decía a cada rato que era un bueno para nada, que ya hiciera algo, que buscara trabajo.

Y a los dos terminaba por decirles que ojalá y se los llevaran al infierno de una vez por todas.

Chabelita no puede dar más detalles sobre cómo fue iniciada en el comercio sexual infantil en Cancún.

Para los especialistas que comenzaron a atenderla en Quintana Roo, queda claro que esa parte de su vida es borrosa e incompleta y que por eso la recuerda en forma limitada, bajo ciertos parámetros, porque para ella implicaría enfrentarse a las imágenes y a la memoria de los tocamientos, de abusos sexuales y otro tipo de agresiones que prefiere dejar atrás.

Pero no es fácil, porque quienes la han atendido calculan que durante mes y medio o quizá dos meses fue abusada sexualmente, aunque ella asegura que “solo una vez me llevaron con los hombres.”

–¿Y para qué te llevaban con los hombres?

–Pues para que me violaran y eso.

–¿Quién te llevaba con los hombres?

–Mi papá y su novia.

–¿Cuántas veces te llevaron con los hombres?

–Una vez nada más.

–¿Y entonces dices que te violaron?

–No, no me violaron, porque no me dejaba.

Chabelita se pasea entre las sillas negras del auditorio en el que cientos de cristianos se funden en abrazos, en plegarias y lágrimas conforme escuchan a su Pastor alabando al Señor, invitando a la gente a abrirse a la palabra divina mientras un grupo musical y el coro concluyen la celebración.

En unos meses más su situación migratoria y su vida entera cambiarán. Es casi un hecho que va quedarse en México y que será adoptada por una familia que será seleccionada cuidadosamente por el DIF.

La ayudarán a recomenzar su vida apenas a los ocho años de edad. Chabelita se sienta en una silla y luego en otra. Abraza a sus tres muñecas, les habla y las acomoda o las carga un momento y las deja junto a ella mientras busca en su bolsita plateada un peine o un espejo para arreglarlas.

Luego voltea y atiende las últimas preguntas mientras el día va clareando y el sol enciende en verde esmeralda el pasto detrás de los enormes ventanales, justo frente a la puerta del auditorio en un centro de convenciones que los domingos es el centro de reunión de este grupo de crisitanos.

–Chabelita, ¿qué quieres ser cuando crezcas?, ¿Qué te gustaría?

–Ah, pues quiero ser presidenta…

–Qué bien, que maravilla. ¿Presidente de Guatemala?, ¿de tu país?

–No, de Guatemala no. Ahí ya no quiero regresar.

–¿Entonces?

–Presidenta de México, si se puede.

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comentarios
  1. Alfredo dice:

    ¡Qué texto tan flojo! Deberían de revisar los criterios que están usando para incluir relatos en este blog. En las últimas semanas cuesta encontrar relatos que realmente merezca la pena leer.

  2. Oscar Roberto Salcedo Caicedo dice:

    Son realidades que estan presentes tan cerca de todos, casi universalmente,lacerantes verdades que sacuden a la conciencia;más la conciencia del ciudadano,educador,gobernantes no reacciona para protejer,orientar,sancionar a los actores del drama humano. El estilo narrativo es superfical,lo de peso es el mensaje y la acción.

  3. Gracias Alejandro, gracias por hablar de lo que nadie se atreve. Gracias por obligarnos a sostener la mirada aunque el instinto nos haga querer voltear el rostro. Gracias por haberme provocado esta tristeza infinita, esta rabia que nos obliga a movernos, a gritar, a actuar, a protestar y que nos recuerda que este es nuestro trabajo, contar estas historias, estas que muchos quisieran que no fuésemos capaces de contar. Gracias.

    • Elizabeth, gracias a tí por abrir tu corazón y tu mente, tu sensibilidad a este tema…escribir textos asi es muy complicado, especialmente cuando estás cara a cara con el personaje y lo ves sonreir, tratar de jugar, ser pequeño, vivir como si su historia fuera eso nada mas, una historia y no algo brutal, inhumano…
      El libro estará en unas semanas al público.
      Gracias de nuevo y un gran abrazo.

  4. Orlando Cruzcamarillo dice:

    Hola, Jorge. Tengo una infinita curiosidad de saber cómo te haces de tus historias. Es decir cómo consigues los testimonios o los documentos que sustenten los dichos. Y te digo eso porque dos de tus historias ésta y la de Janett y los craniceros, la cuenta asombrosamente parecido (acaso más breve) la diputada Rossi Orozco en su libre reciente sobre la trata de personas. Deberías checar eso.
    SAludos

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