7 horas 40 minutos

Publicado: 26 noviembre 2010 en Federico Bianchini
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La carrera ya empezó y yo todavía no me puse los pantalones cortos, ni la pechera reglamentaria. No, no estoy soñando. Tengo los ojos abiertos y ni siquiera siento que deba apurarme. En realidad, falta más de un mes para la largada pero acabo de recibir un mail donde me confirman la inscripción en la ultramaratón de 80 kilómetros de San Martín de los Andes, la primera de este tipo en la Argentina. Algunos piensan que las carreras empiezan uno o dos días antes de la largada, yo creo que al menos mentalmente arrancan cuando te anotás.

Se vienen días complicados. Días en los que me concentro y no quiero ver a nadie. No quiero que me pregunten cuánto voy a tardar, por dónde es la carrera, cómo estoy. Solo. Quiero estar solo. Enfocarme en cómo voy a reaccionar en cada momento, en la manera de regular los tiempos y las distancias. Nunca corrí 80 kilómetros sin parar. Gané carreras combinadas, como el tetratlón de Chapelco, pero no es lo mismo.

Va a ser una experiencia linda. El camino lo conozco. Nací acá, en San Martín de los Andes, hace 32 años. Estoy acostumbrado a andar en la montaña, a los distintos tipos de suelo, las diferentes clases de piedra. Muchas veces, cuando uno camina por los cerros, no les presta atención a estos detalles, pero en la carrera son importantes para anticipar lo que va a venir.

No me voy a encontrar con nada raro. Eso ya lo sé. Lo raro va a ser estar rodeado de tanta gente. Suelo ir solo, o con 10 ó 20 corredores. Esta vez vamos a ser 121 en los 80 kilómetros y dicen que en total, sumando a los de las otras categorías, hay casi mil inscriptos. Me entusiasma: la gente te alienta, te da ánimo si te ve caído. Hay mucha caballerosidad deportiva. También, por qué no decirlo, hay mucha locura. Sana locura. La carrera más larga en las olimpíadas tiene 42.500 metros y nosotros vamos a correr 80.000.

Aunque pocos lo admitan, este tipo de distancia es cosa de locos. Pero dicen que los locos saben disfrutar y ver de otra forma. Y también, aunque en voz bastante baja, dicen que, por miedo, los cuerdos se pierden demasiadas cosas.

Largada

Son las seis de la mañana. No nieva como habían pronosticado, pero garúa y hacen cuatro grados bajo cero de sensación térmica. De cualquier manera, el clima no cambia las cosas. Estoy preparado. No voy a rendir menos por esto. Sólo espero que no se largue una tormenta. Somos muchos. La música de los parlantes, el locutor. Las ganas de arrancar. La energía se siente en el aire.

Gritos. La cuenta inicial, cuatro, música a todo lo que da, tres, me persigno, dos, a dejar todo, uno. Salimos. Adelante, una moto nos marca el camino.

Cuatrocientos metros tranquilos y, luego, después del polígono de tiro, la primera subida. Voy trotando. Muchos me pasan. Corren como si volaran. Como si no supieran que la carrera es de 80 kilómetros. Si largás muy rápido, en algún momento la vas a pagar. Depende de tu entrenamiento, claro. Pero, por lo general, eso es lo que pasa.

Llevo musculosa, remera de manga larga, una mochilita y la pechera reglamentaria. En las piernas, medias de compresión para que la sangre circule y no se me hinchen los pies. Y en el gemelo derecho, dos parches antinflamatorios. El médico fue claro. El músculo no da más. Puede desgarrarse a los 200 metros, a los mil, o soportar toda la carrera. En la semana fui a hacerme masajes y no dolió. Lo siento tenso. Un parche a lo largo y otro a lo ancho. Voy tranquilo. Sólo pienso en el gemelo derecho. Lo pruebo despacio. En las pendientes muy empinadas trato de caminar. Subo, no molesta. Bajo sin sentir nada especial. Estoy esperando el tirón, un pinchazo profundo. Pero no aparece y, de a poco, voy tomando confianza.

Aún no amaneció, pero todos llevamos una lámpara frontal en la cabeza, como los mineros. Se ve bastante y como somos un grupo de diez corredores podemos ir anticipando lo que viene por cómo se mueve el de adelante.

Pasamos cerca de la laguna Rosales y entramos en una senda empinada. El viento viene de frente, corta la velocidad, tira para atrás. Acabamos de arrancar, estoy entero. Pero el desgaste mental es importante: ¿Qué va a pasar, después, si este viento sigue en la Pampa de Trompul, donde no hay un solo árbol?

Llego al filo con un grupo de diez corredores. Trato de no hablar mucho, pero ellos saben que soy de acá y preguntan. Y si uno pregunta, otro responde. Quieren saber si la planicie que viene es realmente plana y yo digo que sí. Ahora hay que ver qué consideran ellos plano. Para el que vive en Buenos Aires, plana es la ruta. Acá el plano tiene sus desniveles y no es lo mismo el plano en tierra, que en pasto, que en asfalto.

Puesto Colorado I (kilómetro 26)

Puesto de hidratación. Hay comida caliente, pero no. Sólo tomo un poco de agua. Desayuné fuerte: yogurt, banana, mate cocido y dos latas de un suplemento alimenticio: cada una reemplaza una comida. Durante la carrera voy a gastar entre diez mil y doce mil calorías. Sin embargo, estoy acostumbrado a ir con el tanque al límite y decidí seguir una estrategia a base de geles energéticos. Uno cada hora. Son dulces y de distintos gustos: vainilla, menta, chocolate.

En este puesto, algunos corredores tienen una bolsa con ropa extra que entregaron a la organización antes de la largada. Se cambian las zapatillas, las medias, la remera, llenas de transpiración y de lluvia. Yo sigo. Estoy acostumbrado a ir así. Soy medio arrabal, voy con lo que tengo y me aguanto.

Deja de llover. Un conocido me dice que estoy a un cuarto de hora del puntero, pero que a cinco minutos tengo a cuatro corredores. Trato de no hacerme la cabeza. Todavía quedan más de cincuenta kilómetros. Sigo tranquilo, con el mismo ritmo, mantengo la intensidad.

Atravieso varios mallines con bastante agua. El mallín es engañoso, zona de pantanos, si no conocés y pisás mal te hundís hasta la rodilla. Voy saltando, los paso sin problemas aunque veo a un par de corredores a los que se les complica. El objetivo es llegar a Quilanlahue.

Estoy entrenado para tramos largos. Es una fija: a partir de las dos horas me empiezo a sentir un poco mejor.

En 1996 y 1997 gané el tetratlón de Chapelco. El año siguiente fui a correrlo sabiendo que si lo ganaba tres veces seguidas me daban una copa. Salí segundo porque estuve todo el tiempo pensando en esa copa: no en mí, no en la carrera. Podría haber quedado último o primero, pero disfrutando la experiencia. No la disfruté. Me dolió mucho haber modificado mi forma de pensar por un trofeo. Y me prometí no volver a hacerlo. No lo hice y tampoco lo voy a hacer hoy. La respiración se agita, pero el cuerpo aguanta. ¡Vamos! ¡Vamos que vas bien! ¡Disfrutala que podés! ¡Vamoooos!

Puesto de Quilanlahue I (Kilómetro 34)

Puedo parecer medio loco, pero durante la carrera hablo solo. No soy el único. Hay que alentarse en los momentos buenos. Y un reto, en los malos, no viene mal. Hay que escucharse y escuchar al cuerpo. Algunos dicen que si no corren con música, la respiración los cansa. Puede ser. Cada uno tiene su técnica. Yo prefiero oír el bosque, el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia.

Entro en el puesto de Quilanlahue, un enorme galpón de gendarmería y veo a uno de los chicos de la organización que abrigado ceba mate. Me imagino lo cómodo que debe estar, calentito, mirando a los que pasan y tengo ganas de quedarme acá, pedirle si no me hace un lugar, me ceba uno. Pero ya va a haber tiempo. Ahora, hay que seguir.

Trabajo con el reloj. En el entrenamiento, desde acá hasta Quechuquina tardo una hora y diez. Voy a tratar de hacerlo en una hora y media. Chequeo cómo voy. Si estoy bien, acelero. El reloj sólo sirve para compararme con el entrenamiento. Si lo uso con otro sentido, si me fijo qué hora es, cuánto falta, empiezo a quemarme: a pensar que el tiempo es como un líquido, que se acaba de a poco; y me desespero.

Puesto de Quechuquina (Kilómetro 46)

Hace tres años perdí a papá. Rodolfo Martín Muñoz. Él también competía; aunque arriba de una bicicleta. En esa época yo era muy chico: no llegué a verlo. Pero los que lo conocieron, dicen que era pura garra. Que no paraba, le metía y le metía, hasta el final.

Cuando empecé a correr, a los 16 años, iba conmigo a todas partes. Era llegar a los últimos doscientos metros y mirar, detrás de las vallas, para buscarlo entre la gente. Estaba ahí. Lloviera, hiciese dos grados o cuarenta, él estaba ahí. Esperándome. Y si me lo cruzaba, en el medio de una carrera, me decía como un reto cariñoso: dale, no jodás, vamos que acá tenés que dejar todo.

Y ahora, que me acerco a un lugar adonde él no va a estar, lo extraño. Falta una imagen, hay un espacio vacío. Pero te pido una ayuda, pá. Y sé que vos me la mandás. Te pienso y me siento bien, me siento acompañado.

Quechuquina. Fotógrafos y el pibe de la revista que me sigue desde hace varios días. En el puesto me dicen que no pare, que siga, que acá cerca tengo a tres corredores. Tranquilos, todavía falta bastante. Agarro un manojo de pasas de uvas, una banana y caramelos de miel. Me preguntan si quiero llevarme agua. No la necesito. A unos kilómetros hay un arroyo, donde puedo tomar. Corro un rato pero, después, camino mientras como la banana. Viene una subida de 25 minutos y tengo que cargar energías.  Troto. Los músculos vienen al límite, el gemelo derecho duele desde hace un rato. Los pinchazos se van esparciendo por toda la pierna como si quisieran desconcertarme. Duele todo. Estoy cansado, ya van más de cinco horas de carrera. El endurecimiento de los gemelos se empieza a extender hacia arriba y se transforma en un pequeño calambre que no me deja seguir. Freno. Elongo un poco, tomo agua, como unas pasas de uva y vuelvo a caminar. Trato de no ir rápido, pero adelante lo veo a Facundo Romero y, casi sin pensarlo, estoy corriendo otra vez. Lo paso, le saco diez metros y el cuerpo me vuelve a avisar. Tan rápido, no. Pero no le aflojo, sigo. A lo indio.

Voy dejando atrás a Romero. Cuando agarre el plano, el dolor se va a ir, pienso. Pero el plano llega y la molestia sigue estando. Siguen, chiquitos, los calambres en el gemelo y se me escapa alguna lágrima. Hasta que llego a la naciente del río Quilanlahue, quince metros de ancho, treinta centímetros de profundidad, y meto los pies y me siento como esos beisbolistas que después de haber jugado entran en enormes piletas con hielo. En 15 segundos, el tiempo que tardo en cruzarlo, las piernas se enfrían, los músculos se relajan, el dolor de las rodillas, los tobillos, las plantas de los pies se va yendo. ¡Dale, que podés! ¡Dale que podés!

Pampa Trompul (kilómetro 66)

Al principio corrés contra 120 corredores. Después, los otros desaparecen y te enfrentás contra vos mismo. Hay que aguantar. Si vas adelante, el esfuerzo es doble. Hace un rato, en Colorado, me dijeron que estoy séptimo. Arranqué demasiado tranquilo. Me va a sobrar resto. Debería haber empezado un poco más fuerte pero el posible desgarro me frenó. Tarde. Ya no puedo hacer mucho. Miro para atrás, no veo a nadie pero sé que están ahí. Y sé, también, que si me canso, freno o me tuerzo un tobillo, me van a pasar como a un poste. Me cruzo con corredores de la categoría de 50 kilómetros que me gritan: Vamos, loco, vamos. Voy a dejar lo último que queda.

Tengo hambre. Saco un gel de la mochila pero apenas lo veo me dan ganas de vomitar. Los dos primeros son ricos. El tercero aburre y el séptimo es una pasta inmunda. Igual, trato de abrirlo, algo tengo que comer, pero me asqueo y lo guardo. El cuerpo viene vacío. Por eso los calambres. Es el riesgo de hacer una estrategia de geles. Llovía, había viento, tampoco podía parar a comer y enfriarme. Queda menos. La rama que antes no sentía, ahora la siento. La piedrita que se me metió en la zapatilla, parece un adoquín. Me molestan cosas a las que antes no les daba bolilla. Pero queda menos para la llegada. Para encontrarme con mi vieja, mi hermana, mi sobrino. Los muslos pesan. Ya no salto los troncos como un ciervo, parezco una señorita: primero una pierna, después la otra.

Puesto Bayos (74 kilómetros)

Me preguntan cómo estoy. Entero, cansado, roto, pero con buen ánimo. Queda menos. Desde acá, es todo bajada. No voy a poder pasar a nadie. Ya está. Ahora, tengo que cuidarme. Bajás rápido, el cansancio, las molestias, pisás una piedra, te duele todo, te torcés el tobillo y la carrera termina ahí. Y después, la lesión.

Si alguna vez me dijeran que no puedo correr más, me pasaría como a los árboles: empezaría a morir por dentro. Me volvería loco. Tres días sin entrenar y ya estoy nervioso. Pero atento, me fijo dónde pongo los pies; sé que puedo hacerlo.

El tiempo y la distancia los sacás de la cabeza. No existen. Son pocos kilómetros pero si los pienso, no los hago. Pensé en la copa y salí segundo. Ahora, sólo trato de disfrutar. Si gano, mejor. Pero el disfrute, después, dura cuatro o cinco minutos y en cuarenta días, nadie se acuerda quién gano la carrera. Estoy entrenado para la multidisciplina: kayak, ski, mountain bike y hoy compito contra atletas que sólo corren. Lo lindo es llegar.

San Martín de los Andes (79,5 kilómetros)

Se está terminando. Estoy terminando los 80 kilómetros en algo más de siete horas y media. Es tremendo. Por suerte se me dio todo. Dolor hay, pero no se siente.

Dejo atrás la tierra. Entro a las calles pavimentadas del pueblo y me cruzo a mucha gente conocida. Largué un poco lento, pero no importa. Cumplí el objetivo que era llegar. Quedé séptimo. El médico fue claro. Por suerte, el gemelo resistió. Escucho los anuncios del locutor, en la costa del lago, y veo las carpas en la llegada; sólo faltan dos cuadras. La gente grita: ¡vamos! ¡Vamos que no falta nada! ¡vamos! Ya está. Pienso que puedo, y acelero hacia la meta.

Cuatro horas después de terminar la carrera

Cruzás la línea de llegada y el dolor te cae encima de golpe. Pero no hay que quedarse quieto porque por dentro el cuerpo sigue corriendo. Caminé las cinco cuadras que separan el lago de mi casa. Llegué acá, y comí enseguida. Lo ideal hubiese sido fideos o ravioles, para recargar energía. Pero tenía hambre y no iba a esperar que el agua hirviese. Comí lo que encontré en la heladera: pollo, ensalada rusa y papas fritas.

Me bañé y fui a hacerme unos masajes en las piernas. Ayudan, pero si camino diez metros, duele todo. A cuatro horas de haber terminado la carrera, no puedo ni elongar. Me agacho y siento como si los músculos fueran elásticos viejos a punto de rasgarse. Si estoy quieto, siento puntadas. Si me enderezo es peor. Y mañana, la incomodidad pura.

Los médicos dicen que en este tipo de competencias la última fibra se recupera un mes después de que dejaste de correr. Lo ideal sería reposar treinta días, pero quién puede. Ni los profesionales lo hacen. El cuerpo está cansado, sin embargo la cabeza necesita seguir entrenando. Además, el lunes tengo alumnos a la mañana. En verano y otoño, entreno gente. En invierno, trabajo en las pendientes como sillero o auxiliar de pista: siete u ocho horas arriba del cerro, y después bajo y salgo a correr.

Mañana, voy a andar un rato en bicicleta para hacer circular la sangre mala y sacar el torrente de ácido láctico que se generó por tanto desgaste.

Hasta hoy, el cuerpo estaba tranquilo. De golpe, se movió todo y luego otra vez la quietud. Un temblor, como los que hubo acá en San Martín de los Andes hace pocas semanas, sólo que interno pero con las mismas consecuencias.

Temblor de músculos y de venas, que cuando llega la calma terminan de desmoronarse.

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