Un marine en tierra firme

Publicado: 7 diciembre 2010 en Andrés Delgado
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Bolita de nieve

El sol calienta con rencor las vías polvorientas de Bagdad, cuando una columna de 4 hammers del ejército gringo se detiene. El sargento al mando quiere realizar requisas de control en Haifa, una de las principales arterias de la ciudad. Los soldados encargados de las ametralladoras calibre 50, ubicadas en el capó de los vehículos, cubren a los compañeros que dejan la protección del blindaje y salen a la calle. Cuando Mateo Cervantes salta del hammer y corre hasta la esquina para asegurar el perímetro, desea que la ocurrencia de su sargento no dure mucho tiempo, y requise rápido lo que vaya a requisar. La guerra en Irak está en su punto más crudo. Es Enero del 2004 y el diciembre pasado capturaron a Saddam. La guerra de guerrillas se ha recrudecido. Un soldado americano en una calle de Bagdad es carne de cañón. Sudando y con el fusil apretado, Mateo mira nervioso a los ciudadanos iraquíes: el bigote de los hombres, las sandalias de las mujeres. Para Mateo, todos ellos tienen cara de terroristas. Cualquiera podría acercarse y explotar cerca, para matarlo o dejarlo mutilado.

Menos mal ya todo quedó atrás. Ahora estoy con Mateo en la sala de su tío mientras hablamos. Mateo Cervantes Uribe me dice que el ejército de Estados Unidos lo incapacitó el año pasado por los ataques epilépticos que comenzó a sufrir, producto —según él— de las múltiples bombas que detonaron cerca. «Las esquirlas no me hicieron daño, lo que me afectó el cerebro fueron las ondas de las explosiones». Entonces pone en la mesita de centro un sartal de fórmulas médicas. «Estaba perdiendo el juicio tomando esas cosas ―dice―, quería dejarlas porque ya no tenía epilepsia, pero en el ejército me obligaban a tragarlas, y por eso vine a Medellín donde mi tío y mi abuela, para poder dejarlas».

Cuando le pregunto cómo decidió enlistarse en el ejército, esto es lo que me cuenta. El 11 de septiembre de 2001, justo a la hora de los ataques terroristas, estaba en su colegio, en Long Beach. Las calles de Nueva York colapsaban por el pánico y el caos. Aun así, al día siguiente, lo obligaron a asistir al colegio. Entonces llegó una delegación del ejército. «La guerra de Iraq estaba planeada desde tiempo atrás ―dice Mateo―, así como también la logística de reclutamiento parecía estar preparada desde tiempo atrás, pues al día siguiente a los ataques estaban en mi colegio, al otro día», insiste. Pero eso lo cuestiona ahora. Para entonces tenía dieciséis años y cursaba último año de bachillerato. Cuando dos militares ingresaron al salón, Mateo quedó embrujado. La fuerza y el orgullo que esos corpulentos hombres lo sedujeron. Los militares invitaron a los jóvenes a unirse a la tropa con un discurso de orden patriótico, en el que se enaltecía el espíritu estadounidense, su libertad, su historia, su ejército, y se argüía la obligación de luchar en contra de los terroristas, de los enemigos de la nación. Pero Mateo estaba sordo. Lo único que le funcionaba eran los ojos para mirar a los militares y la imaginación para verse a sí mismo en camuflado, sosteniendo un fusil, trotando con cartucheras y botas, y cantando himnos militares. «Quería ser parte de los más guerreros», confiesa. Su incorporación al ejército estaba decidida.

En Long Beach, Mateo vivía como inmigrante ilegal, con su mamá, su padrastro y un hermano medio, hijo de ellos dos. Mateo era la mosca en la leche de la familia y su padrastro se encargaba de recordárselo a cada momento. Luego de terminar el bachillerato, las oportunidades se reducían a una: irse de la casa y trabajar en cualquier cosa, por cualquier sueldo. La única ventaja con la que contaba era su apariencia: blanco, rubio, ojos azules y un acento perfecto en su inglés. De resto, su futuro era el mismo de cualquier inmigrante latino e ilegal. En esta situación, la guerra es una fábrica de empleo. Una tarde, sentado en el comedor con su familia, Mateo anunció el alistamiento en el ejército. Su mamá no dijo palabra y miró de reojo a su esposo. «¡Que se vaya!», dijo éste con energía, y el asunto quedó zanjado.

Mientras Mateo me cuenta cómo fue su entrenamiento militar en Fort Benning, en Georgia, en el año 2002, yo recuerdo cómo fue el mío en el Batallón de Policía Militar N° 4, en Medellín, en 1997. Sus historias son idénticas a las mías. El entrenamiento militar va en dos direcciones: mejoramiento físico y amoldamiento psicológico. Desde los primeros días, los reclutas no podíamos separarnos un segundo del fusil. Por eso trotábamos con él, hacíamos gimnasia con él, aprendíamos a manejarlo, a dispararlo, desarmarlo y limpiarlo. Hacíamos fila con él, dormíamos cerca de él, comíamos con él. La idea es que uno asuma su manejo con naturalidad, con soltura. Finalmente, el fusil se vuelve una extensión del cuerpo; si no lo tiene a la mano, el soldado siente que le falta algo para estar completo; mejor dicho, es como salir a la calle sin las llaves de la casa.

Los reclutas se levantan temprano, corren todo el día, cantan todo el día y no comen durante todo el día. En pocas semanas están flacos y demacrados. Mateo me cuenta que cuando su mamá lo visitaba en la base, sus compañeros la miraban con morbo exagerado. Más tarde, el comandante de instrucción se le acercaba. «Siempre era así ―dice Mateo―, se me acercaba y me preguntaba cuándo le iba a presentar a mi mamá».

Lo fundamental en el entrenamiento es el lavado de cerebro. Los entrenan para obedecer. En el ejército se trata, sobre todo, de acatar y no de pensar. No es gratuito que, en los países democráticos, los militares no puedan pertenecer a partidos políticos y por ende tengan prohibido votar.

Mateo me relata uno de los castigos que imponían sus instructores. La pena se llama «la bolita de nieve». Consistía en obligar a los reclutas a levantarse a la medianoche, darse un duchazo, enjabonarse hasta el copete —hasta quedar como una «bolita de nieve»—, y salir a la plaza de armas, en chanclas y empelotas, a trotar enjabonados. Durante el trote, la tropa canta y grita himnos de guerra. Mateo me canta un estribillo: «¿De qué está hecho el cielo? ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre roja y brillante!». Al terminar, me pregunta si yo también cantaba en el ejército. «Pues claro», le digo, y le canto una rima que nos enseñó un sargento, mientras nos obligaba a revolcarnos en un pantano: «Sube, sube, guerrillero, que en la cima yo te espero, con granadas y morteros, tus ojitos sacaremos».

El castigo y el canto son ejes cardinales del entrenamiento: enseñan al recluta a encajar con obediencia en el rompecabezas militar. Con el castigo físico enseñan a obedecer. Y lavan el cerebro a punta de canciones. Por culpa de la infracción cometida por uno solo de sus miembros, por uno solo, el castigo se le aplica a la totalidad del pelotón. De esta manera el infractor queda doblemente señalado: primero, por los instructores que imparten el castigo. Segundo, por los propios compañeros, pues por su culpa los han levantado en la mitad de la noche a trotar enjabonados. Rascarse la cabeza durante una formación, no llevar las botas lustradas, o no alisar la sábana del catre, son motivos de castigo. Con la «bolita de nieve» se corrigen todos estos y otros deslices de la tropa. El soldado, además de aprender la disciplina, va asimilando la impotencia y con ella la rabia y la violencia, estados de ánimo muy provechosos para los comandantes que saben explotar estas reacciones en el campo de batalla.

Guerra étnica

El 7 diciembre del 2009, cinco atentados terroristas ocurrieron en diferentes puntos de Bagdad que dejaron 127 muertos y más de 400 heridos. Según explicaron los medios de comunicación, se trataba de ataques efectuados por el grupo terrorista Al Qaeda y el partido ilegal Baaz, que reúne a los simpatizantes del otrora líder Saddam Hussein. Los atentados podrían tener dos explicaciones: la primera, el anuncio de celebrar elecciones generales el próximo 7 de marzo. La segunda, la subasta de contratos petroleros pactada por Estados Unidos. Actualmente, existen en territorio iraquí diez yacimientos de crudo sin explotar.

Estos y otros atentados terroristas demuestran que, a pesar de los esfuerzos por consolidar un gobierno central, la estabilidad del país no está cerca, en especial a causa de los viejos conflictos entre las principales etnias del país. En Iraq hay dos etnias religiosas: chiitas y sunitas, una diferencia importante pues son las dos ramas que dividen al islam. Los chiitas representan el brazo más ortodoxo musulmán y su poder proviene de Irán, donde son mayoría. Por fuera de Irán, los chiitas permanecen en constante amenaza. En el caso de Iraq, el 65% de la población es chiita, pero hasta la caída del régimen el control estatal lo detentaba un sunita, Saddam Hussein. Para mantener el control, Hussein ejercía una constante represión sobre los chiitas. Las rivalidades entre ambas etnias han llegado a puntos críticos. Los bandos en la guerra entre Irán e Iraq en los ochenta fueron precisamente los chiitas, en Irán, y los sunitas, en Iraq.

Una de las represiones más feroces que sufrieron los chiitas iraquíes sucedió al finalizar la guerra del Golfo. Cuando la mayor parte del ejército iraquí quedó destrozada en 1991 y las fuerzas de la coalición, lideradas por Estados Unidos, lo obligaron a salir de Kuwait, los líderes de la oposición chiita iraquí pensaron que había llegado la hora de su revancha y que podían derrocar a su presidente con la ayuda de la coalición. Se produjeron levantamientos y revueltas en el interior del país. En respuesta, Hussein aplastó la rebelión popular contra su régimen utilizando los restos de su diezmado ejército. Fue una carnicería humana a los ojos indiferentes de las tropas internacionales, que se dieron vuelta en la frontera y regresaron a Kuwait. Si la coalición no siguió avanzando hasta Bagdad ello se debió, según argumentaron los estrategas y políticos en su momento, a que temían que Saddam se defendiera del ataque con armas químicas.

Entre tanto, la rivalidad entre chiitas y sunitas iba en aumento. Saddam Hussein se rodeó de personas de su más alta confianza porque sabía que la venganza chiita se calaba con fervor. A este peligroso caldo étnico hay que sumarle el componente kurdo. Los kurdos son un pueblo sin un Estado propio, diseminado en el suroeste asiático entre Irán, Iraq y Siria. El norte de Iraq es mayoritariamente kurdo, que es sunita, como lo era Hussein, pero en vista de la negativa del gobierno iraquí a proporcionar un territorio propio, los kurdos fueron sus enemigos. En la guerra irano-iraquí, las guerrillas kurdas se aliaron con Irán y al final de la guerra del Golfo Saddam también sofocó su levantamiento con violencia.

Si en la época de Saddam los sunitas detentaban el poder congregados en el partido Bazz, desde los edificios estatales, en la actualidad están replegados en guerrillas, apoyados por Al Qaeda, y ejecutando atentados terroristas como los sucedidos el pasado 7 de diciembre de 2009.

Pelotones de reacción rápida

Mateo Cervantes vive en el barrio Belén La Nubia, en el occidente de Medellín. Sentado en uno de los muebles de la sala de su casa, sigue el relato. Me cuenta cómo era la vida cotidiana en la guerra. Con veintiún años, formaba parte de los Quick Reaction Force (QRF), pelotones de treinta marines que cumplían misiones de reacción rápida en Iraq. Si una granada de mortero enemigo impactaba en la base, los artilleros hacían sus cálculos y entregaban al comandante del QRF una coordenada para que él y sus hombres se dirigieran al lugar del hostigamiento. Entonces sonaba una alarma, y si el marine Cervantes y sus compañeros de pelotón estaban comiendo, de inmediato dejaban los platos a medio camino para colgarse su armamento y salir disparados en los humvees. Mateo pertenecía a esta fuerza especial de infantería gracias su currículo: entrenamiento básico de tres meses y medio en la base militar Fort Benning en Georgia; cinco meses en el paralelo 38 de Corea; una primera estadía en Iraq de siete meses; curso de paracaidismo en dos meses y medio en una base de las fuerzas aéreas en Estados Unidos, y de nuevo «a la mierda ―dice con un dejo de orgullo―, de nuevo a la guerra como un verdadero soldado de infantería en los QRF, pues sólo el 2% del ejército es parte de la infantería, o sea, los que van al frente de batalla», asegura, queriendo recalcar que eran los más valientes.

Además de las reacciones rápidas, los QRF tenían órdenes de realizar chequeos en la población y sobornar iraquíes en busca de información útil.

En una oportunidad el convoy de Mateo salió en busca de un poblado donde, según informantes, había canecas con rockets y fusiles. Cuando llegaron a las casuchas asentadas en el desierto, no encontraron más que a una mujer sentada con prendas negras de pies a cabeza. Era un pueblucho fantasma. Los únicos habitantes eran la mujer y un calor de infierno. Los soldados rodearon el lugar y el comandante de la columna fue donde la mujer, acompañado por el intérprete iraquí adjunto, un tipo delgado, vestido a lo paisano iraquí, con una pistola al cinto. La mujer no dijo una sola palabra, a pesar de que intentaron hacerle soltar aunque fuera un movimiento de cabeza. Se mantuvo sentada, mirando el horizonte pesado y chispeante de calor. El intérprete le dijo al comandante que por lo que veía esa mujer odiaba a los estadounidenses. Los hombres escudriñaron las casuchas. En una de ellas, en el piso de tierra amarilla, encontraron la entrada a una caleta, un hueco estrecho por el que se ingresaba a un pequeño túnel donde debían estar escondidas las armas. Como ninguno de los soldados podía pasar por el hueco, el comandante ordenó llamar al más delgado: Mateo Cervantes. Mateo se quitó el armamento e ingresó por el oscuro hueco, aún a sabiendas de que podía tratarse de una trampa. Aparte de la linterna, su única protección era la pistola 9 mm que el comandante le prestó y los lentes transparentes con los que se cubría los ojos del polvo del desierto. Cuando bajó, vio en el fondo sombrío unas canecas. Mateo miró el piso y las paredes oscuras del túnel y dudó un momento en dar un primer paso. Podría pisar una mina. Azuzado como un perro de caza por su comandante, Mateo comenzó a avanzar a tientas. Cuando llegó hasta el botín, comprobó que se trataba de un cargamento con fusiles kalashnikov. Luego salió a dar aviso. La única precaria trampa, en el interior del túnel, eran tres anzuelos de pesca colgados del techo dispuestos para engarzar ojos enemigos. Cuando Mateo caminaba por la oscuridad, los anzuelos chocaban contra las gafas transparentes y luego resbalaban por el casco. Cuando estuvo fuera del túnel, su sargento lo felicitó y exhortó a los demás a ser buenos soldados, como Cervantes.

Inestabilidad en Iraq

Con la caída del régimen de Saddam Hussein, en marzo del 2003, llegaba la revancha de los chiitas iraquíes y kurdos. Lo que siguió a continuación fue el proceso de la reconstrucción de Iraq y la búsqueda de la estabilidad política. Lo que se quería era un gobierno democrático, de carácter laico, que redujera el peso de lo religioso en lo político, y con representación de las principales etnias y creencias del  país. Pero este proceso de normalización estuvo marcado por numerosos episodios de violencia y ataques terroristas realizados por la resistencia sunita. En agosto de 2003 se perpetró un atentado contra la sede de la ONU en Bagdad. En Najaf, ciudad santa chiita, un atentado terrorista acabó con la vida del ayatolá Muhammad Baquer al Hakim, personaje de gran importancia en la comunidad chiita iraquí. Con él murieron otras cien personas. En octubre de ese mismo año cinco carros bomba estallaron en Bagdad, causando más de 35 muertos y 200 heridos. A Saddam Hussein lo capturaron en diciembre de 2003 y lo pusieron a disposición de las autoridades interinas, quienes se comprometieron a procesarlo por crímenes de lesa humanidad. El conflicto interno crecía en intensidad. La guerra de guerrillas estaba en su peor momento. En enero de 2005 asesinaron a Alí al Ahaidari, gobernador de Bagdad. Entre tanto, se celebraron elecciones populares para el 30 de enero de 2005. El aparato legislativo, llamado Asamblea Nacional, la ocuparon chiitas en su mayoría, con 128 de los 275 asientos disponibles. La segunda fuerza política, representada por la coalición de los principales partidos kurdos obtuvo 53 escaños. Por su parte, los sunitas acudieron a las urnas y ganaron 44 diputados. En estas elecciones adquirió una especial importancia el hecho de poder incorporar a los sunitas a la normalización institucional del país. En agosto de ese mismo año más de mil personas perdieron la vida en una peregrinación chiita en la capital, al desatarse el pánico por el rumor de que terroristas sunitas perpetrarían una de sus acciones suicidas. El 22 de febrero de 2006, un atentado destruyó en Samarra la cúpula dorada de la mezquita de Al Askari, uno de los principales santuarios de los chiitas iraquíes. Las represalias contra los sunitas de Saddam se desataron de inmediato, iniciándose una gravísima espiral de violencia entre ambas comunidades religiosas. El país se sumergió en una guerra civil. El 30 de diciembre de 2006 ejecutan a Saddam Hussein en la horca, en Bagdad, dando cumplimiento a la sentencia del alto tribunal que lo juzgó. La condena se le impartió por la muerte de 148 chiitas en 1982. La reacción de la resistencia no se hizo esperar: el 22 de enero de 2007, un doble atentado con carros bomba en Bagdad segó la vida de cien personas.

En el ejército se hacen cosas muy feas

El 30 de diciembre de 2005, el convoy al que pertenecía Mateo fue víctima de una emboscada. En el momento en que patrullaba las calles, una mina casera IED (improvised explosive device) estalló cerca de uno de los humvees. Los soldados reaccionaron, saltando de los carros y protegiéndose, pero no encontraron un objetivo a dónde apuntar. El resultado del atentado fue un soldado muerto: Jonathan Pfender, el mejor amigo de Mateo en el ejército. Pfender estaba expuesto al fuego enemigo, a cargo de la ametralladora calibre 50, en la torreta del vehículo, cuando explotó la mina. Las esquirlas lo mataron al penetrarle en el rostro y el cerebro. Mateo sufrió un gran golpe moral. Me dice que desde ese momento empezó a dudar de su permanencia en el ejército. Él tiene tatuada esa fecha fatal en la muñeca de la mano izquierda: 30/12/05.

Cuando le pregunto cuántas personas mató en la guerra, me contesta con vaguedad:

―Maté a varios ―dice.

―Y cómo fueron esas muertes ―le pregunto.

―En combates y escaramuzas con las milicias de los fedayines ―contesta―, soldados al mando de Uday Hussein, el hijo de Saddam.

La muerte que más recuerda Mateo es la de una mujer. Patrullaban en una calle cuando de repente, de la nada, salió una mujer en dirección de los soldados. Llevaba chanclas y túnica verde oscura. Le ordenaron detenerse pero ella hizo caso omiso. El comandante de la patrulla le gritó a Cervantes: «¡Dispare, soldado, dispare!», y Mateo, obediente, alzó el fusil y le pegó dos tiros en el pecho. Luego comprobarían que era una campesina y que no tenía bombas en el cuerpo. «Cuando acabamos de patrullar y llegamos a la base, todos me daban palmaditas en la espalda: “¡Bien!, ¡bien! ―le decían sus compañeros―, eres un buen soldado”».

Entiendo lo que me quiere decir: todos en la base intentaban echar tierra a los actos de cobardía con felicitaciones y saludos. «Me siento mal, muy mal ―me confiesa―, me siento sucio, avergonzado, porque en la guerra se hacen cosas muy feas». Un mes antes de nuestra entrevista, Mateo envió un mensaje en un foro iraquí en inglés, en internet, donde ofreció disculpas por este y otros crímenes. «¿Cuáles más, aparte de esta mujer?», le pregunto empujado por la curiosidad. Entonces me mira desconfiado: «No te los voy a decir».

Desorden en la ocupación militar estadounidense

Aunque las viejas disputas étnicas fueron un potente motor de violencia en Iraq, otro factor que agravó la situación fue la manera en que el ejército estadounidense asumió el liderazgo en el país luego de la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003. El reportero Jon Lee Anderson lo explica en su libro La caída de Bagdad, cuando entrevista al ingeniero Muayed al Musli en los suburbios occidentales de Bagdad, en abril de 2004. El ingeniero le dice a Anderson que «transcurrido un año de ocupación, tanto sunitas como chiitas estaban hartos de las humillaciones de los americanos». La entrevista entre Lee Anderson y el ingeniero  tuvo lugar en una mezquita donde se habían dado cita los ciudadanos iraquíes de ambas etnias para hacer donaciones de comida y medicina. La ayuda iba dirigida a Faluya. Allí la resistencia combatía a los estadounidenses, que mantenían sitiada la ciudad. En palabras del ingeniero: «Todos los iraquíes odian a los americanos, sunitas y chiitas tienen un enemigo en común». Anderson relata los atropellos que cometían los marines contra la población civil, en muchos casos a causa del desconocimiento de la cultura. La casa es el lugar más sagrado para los musulmanes y sus mujeres su posesión más preciada. Cuando los soldados ocupaban edificios y escuelas apostaban centinelas en el tejado. «Esto enfureció a los lugareños ―continúa acusando el ingeniero―, pues significaba que los soldados podían fisgar en los patios privados de sus casas y espiar a sus mujeres e hijas”. Pero en otros casos los abusos se hacían en forma premeditada. Los soldados tiraban abajo las puertas de las casas, robaban, molestaban a las mujeres con obscenidades y amenazaban poniendo una pistola delante de las narices. En La caída de Bagdad, Anderson cuenta cómo los iraquíes sentían que Estados Unidos los había engañado. Si ya habían derrocado a Saddam y no habían encontrado las supuestas armas de destrucción masiva, ¿por qué no se iban del país? «Los iraquíes son orgullosos y no quieren que los extranjeros vengan a gobernar» remata el ingeniero. Todos pensaban que en realidad Estados Unidos había armado la guerra por el petróleo y no por otra cosa. La hipótesis que tenían los iraquíes era que los estadounidenses querían dividir a sunitas y chiitas. En la medida en que esa rivalidad se reforzara, Estados Unidos tendría una excusa para permanecer más tiempo en el país. En vista de esto, en abril de 2004 se habían reunido ambulancias y camiones, con donaciones realizadas por personas de ambas etnias, para prestar ayuda a la resistencia que combatía contra los estadounidenses en Faluya.

Mateo en tierra firme

Hoy ya todo quedó atrás para Mateo y ahora está contándome la historia en la sala de la casa. Aunque es colombiano, se educó en Estados Unidos y hace diez meses vive en el barrio Belén La Nubia, donde su abuela paterna porque no quería volver a la casa de su mamá y de su padrastro. Mateo ahora tiene veinticuatro años y vive en su tierra natal, y además de ser profesor de inglés, camina por las calles girando la cabeza con cada mujer bonita que se cruza. Ahora duerme a pierna suelta sin que nadie venga a levantarlo a gritos y puede sentarse al comedor con su familia sin que ningún teniente le controle las visitas. Ya puede darse una vuelta por los pueblos de oriente, comer fresas con crema, montar a caballo y respirar con tranquilidad sin el fusil en las manos. Lo mejor es que tiene el cuerpo completo, no le falta ningún brazo, ninguna pierna. Mateo Cervantes está a salvo.

Al siguiente encuentro vamos a ver las fotos en un café, pues en la casa de su abuela no hay computador. Cuando llego al café, Mateo me sonríe con su cara de gringo y estira la mano. Lleva boina de sonero cubano, lentes de aumento y una mochila tejida, cruzada por el pecho. No tiene asomo de haber sido un soldado. No es alto ni corpulento. Por el contrario, parece un Kurt Cobain con gorra y mochila: tenis sucios, pantalón suelto, barba amarilla y desarreglada. Tal vez con su actitud quiere camuflarse y olvidar todo ese infierno de guerra. Eso es lo que pienso cuando lo veo, que quiere pasar por alto la sangre de campesinos iraquíes que le mancha las manos. Estaba pensando en esto cuando nos cruzó una muchacha con las caderas anchas. Mateo se petrificó, mirándola con verdadero morbo.

Entramos al local y nos metimos en una cabina. En unas fotos luce orgulloso: de pie, ríe y posa empuñando su fusil M-16. En otras está sentado, mirando el piso y decaído. En las fotos se nota el conflicto entre sentirse orgulloso y a la vez apenado. Finalmente supo la tontería de poner en riesgo su vida en una guerra ajena, «una guerra de políticos viejos ―dice Mateo―, porque la guerra no es de los jóvenes».

Más tarde nos vamos a una tienda. Pedimos cervezas y cigarrillos. Ahora puede tomarse su cerveza con la tranquilidad de la tardecita y fumar con calma su cigarrillo. Él es un marine en tierra firme. Su espacio físico no es una base militar, es una casa de familia. Mateo se ha salvado, ha regresado con los ojos nuevos y el cuerpo entero, sabiendo que muchos de sus compañeros volvieron sin piernas, o sin brazos, cuando no envueltos en una bolsa negra. Para esquivar el insomnio, todas las noches, se fuma un porro de marihuana. Sólo de esta manera logra relajarse y dormir. Los explosivos callejeros que hacen estallar los muchachos del barrio en estas festividades decembrinas son su pesadilla, tanto así que ha llegado a tirarse al suelo cuando escucha las detonaciones.

La tarde es fresca y el cielo es de color azul rey de diciembre. En Medellín estamos de fiesta. Una chica llega a la tienda acompañada de un perro café de raza labrador. Mateo le hace caras al perro y no a la chica. Ella está pasada de peso. Entonces él me dice que quiere tener una finca para tener dos perros y un gato. «Quiero vivir sin tener que pagarle a nadie». Se inclina y le habla al perro con pucheros, como si estuviera hablándole a un bebé. Me parece imposible que una persona tan frágil haya sido voluntaria para la guerra. Pero sé que en realidad esconde a un hombre rabioso y tímido que guarda recuerdos que lo avergüenzan, que le carcomen la conciencia y lo anclan en el remordimiento, recuerdos que se distorsionan, alargan y recrudecen, en los sueños de pesadilla con imágenes de su amigo Fender con la cabeza destrozada; recuerdos que vuelven en las noticias televisadas, en las que anuncian que en Bagdad han hecho explotar cinco carros bomba en diferentes puntos de la ciudad, matando e hiriendo a multitud de civiles y militares estadounidenses. «No volví a ver ningún noticiero… Allá todavía están mis amigos y esos campesinos iraquíes».

Nos paramos de la tienda, ya pagadas las cervezas, y caminamos. Cuando le hago saber mi impresión de que con esas gafas y esa gorra no parece haber sido un soldado, entonces saca pecho e intenta caminar con la columna erguida. Se quita la gorra con una mano y con la otra se saca los lentes. Ahora camina pavoneándose. Se ve ridículo con esa falsa rigidez. Lo miro y me provoca soltar la carcajada. Me parece que está bromeando y está burlándose de los soldados, caminando derecho, con rigor y aspereza. Pero como no estoy seguro de su broma, entonces contengo la risa. Luego de avanzar un poco más, me doy cuenta de que está intentando parecer fuerte de verdad y que el asunto no es para reírse de nada. Está completamente serio, intentando convencerme de haber sido un soldado de infantería de Estados Unidos. Entonces descubro en vivo y en directo su ingenuidad. Si a Mateo lo provocan, es capaz de cualquier cosa.

Para cambiar de tema le pregunto si se siente más estadounidense que latino. Contesta que no quiere tener una bandera en la cabeza, «una bandera significa un gobierno», dice, y continúa hablando colgándose las gafas y la gorra. Entonces vuelve a torcer la columna, esconde el pecho y recobra su paso relajado. Veo de nuevo al Kurt Cobain de antes: «Un gobierno es un presidente y yo no quiero ser asociado a ningún presidente». De nuevo es la persona sensata de hace unos minutos. Mateo chupa con hondura su cigarro mientras camina. «No sé cómo pude ser tan tonto… y que la tontería me durara tanto tiempo», y vuelve a chupar del cigarro. El calor, la sed y el miedo están en otro lado y no aquí al lado de su abuela, con los fríjoles paisas y la tranquilidad de su barrio. Toda experiencia de dolor es una experiencia mística. Debe estar pensando que Medellín es un paraíso y que a Estados Unidos no vuelve «ni loco, ni loco», repite.

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