Temporada de polo

Publicado: 15 diciembre 2010 en Josefina Licitra
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Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.

Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D’Elía cualquiera sino la voz en off dePolo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.

“El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas” subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en “el país del polo” -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los ’90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.

¿Pero qué significa “estatus” en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como “adrenalina”, “adicción”, “tradición”, “sentir”, “estar adonde hay que estar” y “no hay vuelta atrás”. Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la “capital internacional del polo”; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda “lots for sale”.

Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.

En el medio de todo eso están Eric Wright (un “polo manager” -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin “nube”), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.

-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.

Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).

Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.

-¿Por qué tantas?

-Porque nunca es suficiente.

Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto “all inclusive”: quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de “inseguridad”. Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente “de mundo” que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.

¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: “Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza”.

El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. “Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil”.

Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.

Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.

“Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo” dice Bautista Heguy en el video Polo Real. “Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa” agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.

Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.

***

El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: “El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha”.

En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.

El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.

-No estoy acostumbrado a los inviernos.

El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.

-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.

Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.

La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada “vida de polo” te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.

El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.

-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen “quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas” y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.

-¿Y cuál sería el problema?

-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.

-¿Entonces por qué te metiste en esto?

-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.

Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:

-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.

Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.

A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.

-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: “No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje”. Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.

-¿Y eso te parece bueno o malo?

-La verdad… el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.

-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.

-Sí.

Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.

Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.

Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.

-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.

-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?

-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!

A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa “ser tonto”; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse “estrategia”.

-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.

-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.

-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo “Marcus, poné ganas”.

-¿Y él qué hace?

-Nada.

Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.

-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.

El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.

-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?

-Sobre todo en temporada.

-Bueno, ellas también.

El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.

-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.

En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.

Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom “Go! Go! Go!” y “Come on, Marcus, score!!!” (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos “hechos”. Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.

Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó “como una bolsa de papas porque no sabe montar”. Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.

Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.

-Aaron… are you okay?

-Ouch.

Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.

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