El ogro armado

Publicado: 2 febrero 2011 en Daniel Valencia Caravantes
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Un ojo expectante observa ansioso a través de una mirilla. La pupila se dilata y el párpado se contrae. Apunta. El radar del lente logra enfocar a la presa: esta va caminando de perfil, de lado a lado, y la pupila la sigue. Afuera, un hombre camina lento, sin prisa. El ojo lo identifica porque ese hombre lleva un machete. La señal de identificación altera el cerebro, que envía una señal eléctrica a la mano, y la mano golpea tres veces la lámina del portón.

—¡Tu-tu-tu! —se escucha.

La presa, sorprendida, brinca. Gira en todas direcciones hasta que identifica la fuente del sonido. Imagina al hombre detrás de la mirilla y le responde moviendo el brazo izquierdo de abajo hacia arriba. El puño va cerrado. Es un gesto de desaprobación.

—¡Bah! ¡Viejo loco! —grita al ojo que adivina detrás de la mirilla.

El cerebro se altera de nuevo, pero la presa se retira, caminando con tranquilidad.

Dos minutos después, la presa regresa por el mismo camino, y el ojo vigilante todavía sigue ahí.

—¡Tu-tu-tu! -suena de nuevo la lámina del portón.

***

Un año y cuatro meses después, un hombre apunta con su ojo a otro hombre. Esta vez, el ojo está al otro lado de la mirilla, del lado de la calle, y su dueño apunta no solo su mirada contra otro hombre, sino también un revólver Magnum .357.

—¡Bang! —ruge el arma, tras el primer disparo—. ¡Bang, bang!

Más tarde, el hombre del ojo vigilante está dentro de su casa, pero solo unos minutos después tiene que salir a la fuerza. Va esposado, con las manos atrás.

Afuera, sus vecinos lo observan. Siguen incrédulos, pero hay algo que los convence. Es la información que compartían acerca del capturado: un tipo extraño, un anciano gruñón e iracundo. Un salvadoreño con mal genio que se enojaba cuando alguien pisaba “su” acera o parqueaban frente a su casa, sobre la calle. Entonces ya no hay conjeturas y las piezas caen por sí solas: algún día la olla tenía que explotar. También están incrédulos porque muy dentro suyo saben que en realidad quien va esposado casi pudo haber sido cualquiera de ellos. Eso los acongoja y enfurece. Cuando el hombre de la mirilla sube a la cama del pick up, deciden gritarle de todo.

—¡Jueputa! —aúlla uno.

Y luego un coro le sigue:

—¡Maldito! ¡Maldito!

***

Si no supiera que en la Senda 4 de La Cima II un hombre le disparó a otro por un parqueo, este estrecho callejón sería uno de tantos. No hay niños jugando en la calle ni en las aceras hay vecinas contándose historias. Si las madres y abuelas ven televisión o cocinan -o regañan a los hijos o a los nietos- nadie se entera. Aquí hay mucho silencio. Los portones siempre están cerrados, con doble llave, y la intimidad se resguarda tras la puerta principal. Una puerta prohibida a los visitantes. Los vecinos de la Senda 4 están dentro de casas de madera temiendo al soplido del lobo feroz, porque saben que la del lobo ya no es una historia de buenos y malos. Es una donde cualquiera le dispara a cualquiera. Ahora la Senda 4 es una hilera de celdas de máxima protección donde viven, angustiadas y encerradas, personas libres. Es una hilera de cuartos de pánico.

Aquí el movimiento aparece hasta cuando el pasaje se retuerce como gusano en su cotidianidad. Entonces la Senda 4 expulsa el desánimo porque pese a la tragedia y a la falta de tejido social hay vecinos que se conocen el rostro los unos con los otros. Y eso, reconocer al otro, pese a los disparos del sábado 21 de agosto, aún les da una especie de orgullo. Sobre todo a los que llevan más tiempo viviendo aquí. Solo ese reconocimiento los salva, ahora, de tenerle miedo a otro vecino. Solo eso evita la paranoia.

Aquí todos se conocieron en las mañanas. Se conocieron cuando los portones se abrieron y los motores calentaron. Todos aprendieron a saludarse en las mañanas, cuando hay más movimiento. Cuando no lo hay, la Senda se encoge y regresa al silencio. Las puertas vuelven a cerrarse.

Durante el día, el desfile de un taimado vigilante inunda la calle. Carlos El Vigilante recorre este callejón sin salida –cada 45 minutos- para cerciorarse de que el mutismo del lugar sigue como los dejó la última vez que pasó por aquí. 15 casas sordomudas le vigilan a él los pasos.

Los fines de semana, lo único que cambia es que las caras de los vecinos se cruzan menos. Los sábados no todos trabajan, y las horas de salida y de llegada desentonan porque responden a las necesidades de cada quien: visitar el mercado, lavar los carros, limpiar la cochera o podar el césped frente a sus casas.

El hombre detrás de la mirilla eso estaba haciendo, podando el césped frente a su casa, segundos antes de dispararle a un rostro que veía con regularidad, a otro hombre de su misma comunidad.

***

El sábado de los disparos, Carlos El Vigilante había recorrido dos veces el pasaje y había visto dos veces al hombre de las mirillas. Colocaba dos conos en la calle, frente a su casa. Uno en el límite con la casa vecina; y el otro al inicio de su portón. Cuando este hombre salía a podar el césped dicen que siempre se vestía con un chaleco color naranja y sacaba dos conos. Aquel sábado se repitió.

El naranja era uno de los colores favoritos del hombre tras la mirilla. Naranja con ocre pintó su cochera. Con franjas blancas y naranjas pintó un túmulo que él mismo mandó construir frente a su propiedad sobre la vía pública. Aquel sábado, las cuatro veces que pasó encima de ese túmulo, ni Carlos El Vigilante saludó al hombre ni este le respondió el saludo. Llevaban peleados más de un año. Ya no se hablaban.

Todo comenzó en las festividades de Semana Santa de 2009. Carlos El Vigilante no llegó a la Senda ni el jueves ni el viernes. Tomó vacaciones. Apareció hasta el sábado santo, a las 7:30 a.m. Lo habitual. Ese sábado, cuando recorrió el pasaje por primera vez, aquel hombre lo detuvo.

—¡Psst, venga! —dice que le dijo-. ¿Que no sabe que la ley dice que vacación en Semana Santa solo hay para los empleados públicos? Y usted es empleado privado nuestro. Así que como no vino, yo ya no le voy a pagar.

Carlos El Vigilante respondió diciéndole que si esa era su voluntad, él lo aceptaba, y que de todas formas, como sus 5 dólares mensuales no le alcanzaban ni para comer un día entero, no sería mayor pérdida.

Ahora, año y medio después, cree que su interlocutor tomó su respuesta como una provocación. Sobre todo porque comenzó increpándole la diferencia social que había entre ambos. El hombre tras la mirilla le dijo que cómo era posible que un simple “vigilantito” le hablara de esa forma, primero, a un hombre mayor. Segundo, a una persona como él: un pensionado que alguna vez trabajó en bienes raíces. Desde ese día, cada vez que Carlos El Vigilante caminaba frente a esa casa lo hacía con precaución.

—¡Vos sos marero, mañoso! —me gritaba-. Una vez me sacó un brinco cuando golpeó el portón, desde adentro, mentándome la vieja.

—¡Tu-tu-tu! —sonó, de ida y de regreso—. Otra vez, siempre desde adentro, me la mentaba con la alarma del carro. ¡Tiu-tiu-tiu! —escuchó Carlos El Vigilante.

Carlos recuerda muchos incidentes.

—Y  otra vez peinó un corvo en el suelo, y me decía que me acercara. ¡Vení, si no te va a pasar nada! ¿Que no sos varón, pues? —dice Carlos que le decía.

—No sé como hacía para saber justo cuando yo pasaba. Quizá siempre estaba vigilando.

***

La Senda 4 de la Cima II está plantada sobre una cumbre que en los 90s recibió a las familias que podían pagar -a plazos o al contado- los tres cuartos, la sala, la cocina, el comedor, el patio y la cochera de propiedades valoradas, en aquel entonces, en más de 200 mil colones. El hombre tras la mirilla pagó por sus 172.20 metros cuadrados de propiedad 325 mil colones (alrededor de 37 mil dólares) en enero de 1999.

A la Senda 4 se llega después de subir, subir -y subir más- las faldas que, otrora verdes, separaban las comunidades de San Salvador, Antiguo Cuscatlán y Huizúcar. En la etapa II de esta residencial -cuyo nombre tiene bien merecido- están las casas de Julio Napoleón Rodríguez Sosa y las de sus vecinos. Esos que hoy viven como presos.

La de Julio es la primera del costado izquierdo. Es una de equina que linda con la calle principal de la residencial: la San Antonio. Frente a esta, Julio alquila un espacio para una sala de belleza, la “Black & White”. Sobre los muros de su casa, como en la mayoría de la zona, sobresalen unos colochos de metal: es alambre razor.

El portón principal, de color verde, es eléctrico, y la rejilla ubicada encima del buzón –seis hoyitos en dos hileras de a tres cada una- fue tapada con una plancha de metal color naranja. No se puede ver nada de afuera hacia adentro. Pero a ambos costados de la rejilla, hay dos mirillas de esas que dibujan a los visitantes como enanitos cabezones dentro de un mundo –el del lente- alargado. Julio sí podía ver todo lo de afuera.

Sobresale también, arriba del portón, un tubo de metal que sostiene una jaula de hierro. En su interior, dos reflectores con sensor de movimiento apuntan a la calle. A simple vista, esta armazón pareciera la versión en miniatura de una torre vigía de algún centro penitenciario. En la pared hay un intercomunicador, protegido por dos planchas de metal. El intercomunicador es gris metálico y las planchas que lo protegen también son de color naranja.

Como sus vecinos, quizá Julio le temía en demasía al exterior. Pero tal obsesión, en un país como El Salvador, en el que cada día se mata a una decena de personas, pasó inadvertida hasta el sábado 21 de agosto. Hasta ese día era común y no extrañaba. Porque tanta seguridad, en una residencial como La Cima, debería hasta imitarse. Y de hecho, salvo por los reflectores con sensor, la mayoría de los vecinos de Julio imitan sus precauciones.

La Cima es considerada por la Policía Nacional Civil como uno de los puntos principales de la capital en donde hay una gran probabilidad de que o le abran o le roben el carro a alguien. En La Cima se han cometido, en lo que va del año, una sexta parte del total de homicidios cometidos en el municipio de San Salvador.

En un lugar así, donde el miedo amanece y trasnocha pegado a los huesos, el argumento principal de la Ley de control y regulación de armas de fuego pareciera confeccionado para Julio y sus vecinos. Cuando el Estado es incapaz de proveer seguridad, ¿qué queda? ¿Cómo se defiende de sus miedos un ciudadano honrado, común y corriente? Él no tenía ningún récord delictivo, ninguna razón aparente para estar armado. Si tenía miedo sólo él sabe con precisión a qué. Julio, de 67 años, 1.75 metros de estatura, ojos almendrados color café y pelo cano se creyó el cuento de que para conjurar sus temores le iba a ser útil una Magnum .357. Un hombre con una obsesión con que el exterior le era hostil se hizo presa de sus miedos y el Estado le concedió un arma de fuego. Un hombre que le temía a algo simplemente usó su arma cuando lo consideró necesario.

Aquel sábado, horas después de utilizarla, los vecinos que le gritaron improperios a Julio recordaron de él solo los malos encuentros. Su irracional enojo al ver a cualquier persona caminando sobre la acera frente a su casa. Recordaron el regaño que le mandó a la niña Esmeralda cuando un familiar parqueó el carro pegado al arriate que linda con su propiedad.

—Esto no es parqueo público. Es propiedad privada. ¡Dígale que me venga a mover el carro, por favor! —le mandó decir.

Recuerdan que vivía solo con una muchacha y la hija de su muchacha y que era un tanto extraño. Tras los disparos, concluyeron que estaba loco y todos recordaron más al Julio de los últimos seis años que al Julio de los primeros 4. El segundo respondía el saludo y no les gritaba cuando caminaban con sus perros sobre “su” acera. Pero el primero hacía eso y muchas otras cosas más.

Así que cuando Julio salió esposado de su casa, sus vecinos se sintieron reflejados más con la víctima que con el victimario.

A cualquiera de nosotros le pudo pasar, pensaron, antes de descargar la cólera y la rabia que sentían.

—¡Por favor, métanme en la cabina! —rogó Julio a los policías, luego de aguantar, sentado en la cama del pick up, durante algunos minutos, el escarnio que le propinaron sus vecinos.

En la Senda 4 sólo había uno que sabía que Julio estaba armado. Hace cinco años, cuando Carlos El Vigilante tocó el timbre de la casa, se topó con un hombre mayor, de cara seria y mirada fuerte que lo recibió con una broma.

—Yo no necesito su seguridad. ¡Aquí tengo la mía! —le dijo, y se tocó el arma de fuego, escondida en la cintura, detrás de la ropa. Pero en realidad Julio sí necesitaba la seguridad de Carlos El Vigilante porque aceptó pagar la tarifa hasta que se pelearon, en abril de 2009.

Si la realidad es tan violenta, si en las esquinas de cualquier colonia matan, lo mejor que puede hacer un salvadoreño como Julio –siguiendo la lógica de los políticos- es armarse. Y eso puede hacerlo cualquiera que pase los tres principales requisitos que la ley exige: un examen teórico, otro práctico y otro sicológico. Julio pasó los tres y la licencia y la matrícula de su arma caducan hasta el otro año. Que obtuviera el permiso puede significar una de dos cosas: que estaba apto sicológicamente para tener un arma de fuego o simplemente que los controles para determinar quién puede o no puede obtener licencia de arma de fuego son demasiado laxos. Porque lo que demostró Julio es que una persona temperamental -muy temperamental- en un país como El Salvador puede ser un peligro para todos. Sobre todo si carga un arma en regla.

—Pensándolo bien pude haber sido yo —reflexiona Carlos El Vigilante, después de confesar que en alguna ocasión pensó en responder a Julio con una golpiza, cansado de tantos insultos.

En la Senda 4 todos tenían miedo a la violencia como Julio, pero hasta hoy se sabe que sólo un civil estaba armado. Las comunidades como esta, para protegerse de sus miedos -sin armas-, buscan organizarse  para defenderse de alguna manera. Por eso, en los pasajes en donde sus inquilinos han logrado ponerse de acuerdo siempre hay un portón, y detrás del portón siempre hay un vigilante que lo abre y cierra. Y así nacen estas cárceles para libres. Pero la Senda 4 no tiene portón porque según sus habitantes, hubo uno de ellos que se opuso a que se instalara. Julio no estuvo de acuerdo y el portón iba a instalarse justo ante su casa.

Hay quienes dicen que se negó porque como la armazón de hierro tocaría su pared, la mera posibilidad lo disgustaba. Quienes dicen esto solo encuentran calificativos que, al menos en el caso de una persona a quien el Estado ha armado, sugieren al menos un conflicto mínimo con el término sensatez: “tenía un carácter loco”, “delicado”, “era enojón”, “testarudo”, “temperamental”…

Otros agregan que era “metódico en sus cosas”. Se refieren a su peculiar manera de vestirse con un chaleco anaranjado y poner conos en la calle a la hora de cortar el césped.

Hay quienes también dicen que el túmulo, entonces, lo hizo porque le molestaba el ruido que los carros hacían cuando entraban de súbito, después de girar a la derecha, viniendo de la calle San Antonio. Pero hay quienes dicen que no entienden por qué mandó construirlo. A sus vecinos les  es difícil entenderlo.

Julio era muy reservado, dicen. Se la pasaba encerrado. Era extraño. Nadie de sus vecinos sabía que nació en Lolotique, en 1943, hijo de un jornalero y de una ama de casa. Desconocían si tenía familia y nunca supieron que se casó en 1977, que tuvo un hijo un año después, y que se divorció en 1980. Tampoco se enteraron, porque él nunca hablaba con nadie, de que vivió algún tiempo en Estados Unidos, que mantuvo contacto con su primera esposa, y que no desatendió a su hijo. Incluso estuvo cercano a las tres hijas que ella tuvo posteriormente. Nadie sabe qué fue lo que le pasó, y por qué pasó de ser aquel hombre solitario que saludaba con desgano a  ese otro que estallaba en gritos y en cóleras cuando alguien caminaba en “su” acera, parqueaba frente a su portón o paseaba perros cerca de su casa. Nadie lo sabe porque él nunca quiso hablar con nadie. Y por su carácter, nadie quiso ir a preguntarle qué le ocurría.

Después de  los disparos, ni siquiera su vecina de la par, la más cercana en los últimos seis años, termina de entender por qué Julio le disparó al hijo de ella, Ricardo, de 32 años. Aunque ella y su familia saben que dos años después de su llegada a la Senda, Julio comenzó a discutir con Ricardo por el espacio del parqueo en la vía pública, nunca imaginaron que esa discusión terminaría convirtiendo a Julio en un pistolero odiado y a Ricardo en una víctima más de la sinrazón en esta sociedad violenta.

***

Aquel sábado 21 de agosto, a las 9:30 de la mañana, Ricardo Alfaro Monge dio los últimos pasos de su vida. Se levantó relativamente temprano. Calzaba unas zapatillas nike y vestía jeans y camisa negra. En la cartera llevaba 77 dólares.

Ricardo se despidió de su hermano y abrió la puerta principal de su casa. Camino al portón, lo abrió y lo cerró con doble llave. Su carro, un Acura negro, estaba donde lo había dejado la noche anterior: subido en la rampa, en diagonal, con la cola apuntando hacia la acera frente a la propiedad de Julio. Ricardo aprendió a parquearlo así desde que comenzó a tener problemas con el vecino.

—Aquí es común que los vecinos tengamos pleitos por el parqueo —declaró un testigo a la Fiscalía, en el juicio que se libra contra Julio.

Alguna vez Ricardo se parqueó frente al arriate de la propiedad de Julio, y este eso lo entendía como que se estacionaban en “su” pedazo de calle. El hombre del ojo detrás de la mirilla se disgustó. Le dijo –como a todos- que no parqueara ahí, porque era parte de “su” propiedad. La escena se repitió hasta que Ricardo le contestó una vez que estaba loco. A partir del segundo año de convivencia, Julio –entonces de 63- y Ricardo –entonces de 28- comenzaron una batalla de insultos por un parqueo. Julio estallaba y Ricardo a duras penas lograba contenerse ante la necedad de su vecino. A Ricardo, su madre le pidió que por favor dejara de contestarle a Julio, que mejor se quedara callado, que ya no parqueara ahí, que evitara problemas.

A las autoridades, Julio les dijo que cuando le pedía a Ricardo que moviera su auto, este le contestaba con ultrajes. Según dijo, “desde hace varios meses” Ricardo lo había amenazado de muerte. En dos ocasiones, declaró, el hermano de su vecino le quitó de encima a un Ricardo encolerizado que lo golpeaba.

A las autoridades, el hermano de Ricardo dijo que la última discusión que recordaba de ambos fue una ocurrida a mediados de julio, que terminó con Julio gritándole a Ricardo desde la puerta de su casa:

—¡Vení, pues, no seás culero! ¡Vení, cobarde! ¡No seás culero! ¡Buscame, que me vas a hallar!

Lo que encontró Ricardo un día no fueron los puños de Julio, sino las balas disparadas desde un arma bendecida por el Estado como un azote de los honrados contra los delincuentes.

***

Horas después de los disparos, a Julio le hicieron un chequeo médico, porque él dijo que Ricardo lo había golpeado en la cara con el puño.

Ricardo era capitán piloto aviador de la Fuerza Aérea Salvadoreña. Ingresó en 1996 y para 2008 viajó a Iraq en el noveno contingente del Batallón Cuscatlán. Tenía 800 horas de vuelo y una gran fascinación por la pintura. Pintaba y regalaba sus pinturas a sus amigos en sus cumpleaños. Quienes lo conocieron, dicen que alguna vez pensó en estudiar artes en la Universidad de El Salvador. Pero despegó en la carrera militar y ya nunca más bajó de ahí.

Por oídas de la guerra, de los años de represión, el perfil de los militares salvadoreños ha quedado estigmatizado. Cuando se habla de un militar es común que la gente se imagine a uniformados prepotentes y soberbios. Para los vecinos de la Senda 4, que conocieron a Ricardo y a su familia, les extraña precisamente que ese joven del cual solo sabían que era militar, fuera tan amable y sonriente. Tampoco era que platicara son sus vecinas o con los padres de familia de la cuadra, pero si alguien se cruzaba en su camino, todos aseguran que los saludaba con una sonrisa.

Con el único de sus vecinos que Ricardo tuvo un trato más cercano, irónicamente fue con Julio. Un trato basado en los insultos por un espacio de calle que no era de nadie o que era de todo mundo. Después de cuatro años de insultos, gritos y amenazas alguien por fin sacó un arma y  el otro recibió los disparos.

***

El sábado 21 de agosto, cuando Ricardo calentó su Acura negro se percató de que Julio había dejado un cono anaranjado justo en el límite entre ambas propiedades. Entonces Ricardo se bajó del vehículo y apartó el cono.

A su hermano, que miraba televisión en la sala, le pareció extraño que Ricardo tardara tanto en salir. Se asomó por la ventana, vio lo que hacía y regresó a su sillón. Entonces escuchó los primeros gritos e identifico quiénes se estaban gritando.

Luego escuchó que su hermano salía de la senda en retroceso. Siguió viendo la tele, pero segundos más tarde le extrañó escuchar de nuevo los gritos. Esta vez eran más acalorados. Ricardo y Julio se estaban insultando como salvajes. El hermano de Ricardo entonces salió al portón, y vio las cejas fruncidas, apretadas como un resorte aplastado de su hermano y las de su vecino. Lo último que le vio hacer a Ricardo fue tomar el cono que había movido para ponerlo en el lugar donde lo encontró.

Para cuando reparó en su vecino, este ya apuntaba a su hermano.

—¡Bang, bang, bang! —escupió el arma, para agenciarse la autoría de uno de los 10 homicidios diarios que en promedio sufre El Salvador. Y la Magnum .357 ayudó a que las armas de fuego sigan siendo responsables de casi el 80% de los asesinatos en El Salvador.

***

Al otro extremo del pasaje, a las 9:30 de la mañana, Esmeralda estaba viendo televisión cuando sonaron los disparos. Su hijo de cuatro años veía muñequitos en su cuarto.

—¡Asaltaron a  alguien en el pasaje! —fue lo primero que pensó. No quería salir a ver, pero en eso escuchó gritos en la lejanía. Así que dio unas galletas y churritos a su hijo para entretenerlo mientras ella iba a investigar. Luego salió al zaguán de su casa, pero le era imposible ver qué ocurría. Esmeralda no tenía el valor para salir a la calle.

En eso escuchó que alguien la llamó.

—¡Psst, psst! ¿Qué pasó, niña Esmeralda? —le preguntó Ramón, su vecino de enfrente, que también estaba parado adentro de su cochera y que tampoco podía ver nada.

—¡No sé! —le respondió-. Parece que le dispararon a alguien allá arriba.

Entonces vio que adentro de otro portón, en dirección hacia donde habían sonado los disparos, Estela hacía lo mismo que ella y que Ramón. Y como Estela tenía mejor panorama, ella sí vio un cuerpo tirado en la calle, una podadora sobre el arriate de Julio, y al hermano del militar acurrucado.

Entre los disparos y la confirmación que más tarde haría Estela a sus vecinos de abajo, un hermano intentó vengarse. Tras verlo caer, el hermano de Ricardo entró a la casa a tomar la pistola del militar, corrió a la calle y detuvo el portón de Julio, que se cerraba. A entrar a la propiedad iba cuando dudó de si el arma estaba cargada. Hizo una mala maniobra y dejó caer el cargador frente a la casa de su vecino. Venganza frustrada. Cuando el cargador se estrelló contra el suelo, reaccionó, y buscó a Ricardo, que agonizaba.

—¡Fue don Julio! ¡Alguien llame a la policía! —gritó, sin saber que varios vecinos ya lo habían hecho.

Adentro de su casa, Julio se quitó el chaleco naranja que cargaba y lo dejó encima de la estufa de la cocina. Tiró su arma al techo, le habló por teléfono a su hermana y se quedó esperando. Esperando a que llegaran por él.

Afuera, en la calle, el hermano de Ricardo seguía pidiendo ayuda. Estela, al enterarse de lo ocurrido, gritó:

—¡Es el muchacho militar, niña Esmeralda! ¡Es el muchacho militar!

La respuesta regresó por el mismo zigzag que originó la pregunta, y fue hasta después de comunicarse como lo hacen los presos, de una celda a otra, cuando Ramón convenció a su vecina de que salieran.

***

Carlos El Vigilante, la última vez que recorrió la Senda 4 de la Cima II fue cinco minutos antes de que Ricardo sacara su vehículo, discutiera con Julio y recibiera tres impactos de bala.

Carlos El Vigilante vio a Julio cortar el césped, pasó de largo, y se dirigió al siguiente pasaje de la residencial. Llegando al final de ese pasaje iba cuando escuchó los disparos. Entonces corrió de regreso y cuando llegó a la San Antonio tuvo miedo. Imaginó que si los asaltantes seguían ahí, y lo miraban o se cruzaban con él, seguro le disparaban también. Así que se cruzó la San Antonio y caminó muy lento sobre la acera de enfrente. A cada paso, la Senda 4 comenzó a moverse frente él en cámara lenta. Primero vio la esquina de la casa que está frente a la de Julio. Le sorprendió ver al Acura negro del “joven Ricardo” parqueado a un costado de la San Antonio. Luego volvió a ver la calzada de la senda, el túmulo… luego vio el portón de las mirillas entreabierto y la podadora tirada en la grama. Cuando ya estaba frente a la calzada, vio al hermano de Ricardo acurrucado en el suelo, frente a  un cuerpo tirado en el pavimento.

Cuando Esmeralda, Ramón y Estela llegaron a la escena del crimen, Carlos El Vigilante pidió que no tocaran el cuerpo de Ricardo. Pero su hermano lo puso boca arriba para tomarle los latidos. Entonces Estela y compañía vieron los huecos que dejaron los disparos en el pecho, en el abdomen y en la mano izquierda. Vieron la sangre. Vieron el último aliento de vida de Ricardo Alfaro Monge.

—Hizo así como que expiraba. De la boca echaba como un líquido gominoso, como saliva —dice Esmeralda, antes de que se le escapen las lágrimas.

La policía llegó minutos después. Encontraron un cuerpo tapado con una manta roja, a unos vecinos y a uno que dijo ser testigo del homicidio. El hermano de Ricardo les relató lo que había visto, y les dijo que el asesino se había metido a su casa. Que estaba armado. Luego desapareció. Les dijo a los policías que iría a la senda contigua para evitar que Julio quisiera escaparse por el otro lado. En el trayecto puso el arma de su hermano sobre una plancha para hacer ejercicios, ubicada en la cochera de su casa. Un cartucho de esa arma quedó tirado frente a la casa de Julio.

Cuando Julio abrió la puerta de su casa, ya no llevaba encima el chaleco color naranja. Tampoco el arma. Iba esposado.

Al salir, los policías lo pararon frente al cuerpo de Ricardo. La niña Yolanda y una vecina más interpretan aquello como que si la policía quería que Julio viera la consecuencia de sus actos. El hermano de Ricardo también quiso eso.

—¡Mire lo que hizo! Ojalá pueda dormir esta noche —le gritó, con rabia.

Entonces un policía condujo a Julio hasta la cama del pick up. En el trayecto, una anciana con bastón intentó pegarle una bofetada.

—¡Maldito! —le gritó.

El oficial logró contenerla, le dijo que ella ya estaba mayor y le pidió que se metiera en su casa. La anciana cedió.

Ya en la cama del pick up, Julio peinaba el suelo con la mirada. Hay quienes dicen que sonreía, como jactándose. Y eso, dicen, les dio más valor para gritarle de todo.

Minutos más tarde, cuando un reportero de la Telecorporación Salvadoreña logró abordar a Julio, en las bartolinas de Montserrat, este, desde la cabina del pick up, le dijo:

—Estoy muy arrepentido, señor… Pero tenía que defender mi vida. Si no lo hago, hubiera sido yo.

—¿Ahora qué piensa, señor? —preguntó el reportero.

—Pue sí… Lo que Dios diga y la ley. Yo sé que a morir a la cárcel voy.

***

Días después del asesinato, el hombre detrás de la mirilla está sentado en unas bancas del Centro Judicial, en San Salvador. Lleva camisa gris, jeans y tenis blancos sin cordones. Está sentado en una posición incómoda, pues las manos las tiene esposadas por detrás. Se retuerce.

Al hombre lo rodean micrófonos y cámaras. Los lentes apuntan y los flashazos se estrellan en su cara. Él no agacha la cabeza, pero inclina todo el cuerpo intentando evitar el acoso. Parece humillado y triste. Sus ojos parpadean constantemente. Un reportero le pregunta algo.

—Ya me habían amenazado —responde Julio.

Luego confirmó que el origen del pleito era una sinrazón.

—Ustedes, al sacar un reporte en el periódico y decir que es por un parqueo… fíjense que no están equivocados. No están equivocados. Eso originó todo: por mi espacio de parqueo.

—¿Eso lo llevó a que usted tuviera un arma? —pregunta el reportero.

—No. Ya me tenían amenazado en tres oportunidades.

—¿Quién lo tenía amenazado?

—El vecino.

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comentarios
  1. Miryam Quevedo C. dice:

    Señor escritor cuantos libros tienes publicados, gracias por la información.

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