Los sentimientos de un rescatista

Publicado: 5 febrero 2011 en Federico Bianchini
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No somos inmunes a la muerte de otro. No importa si no lo conociste. Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer. El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros. Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte. Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona. Dentro de nosotros, también.

El escalador italiano Reinhold Messner decía que las grandes montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. Los escaladores sabemos que, cuando salís a la montaña, la muerte es una posibilidad. Creo que aunque sea inconscientemente todos lo saben. Ahí está el desafío. Si no hay riesgo, el desafío no existe.

Los padres de algunos chicos no entienden la pasión de sus hijos por la montaña. En esos casos, es más difícil aceptar la muerte. Aunque no sé si existe un caso en el que sea fácil aceptarla.

Cuando atendés el teléfono y alguien te avisa de una avalancha, no hay espacio para miedos, nervios ni reflexiones. Una descarga de adrenalina te cae sobre los hombros. Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuerpo, se escapa para adelante. ¿Cuánta gente tenemos? ¿A qué distancia estamos?  ¿Hay camionetas? Los sentimientos se borran o, mejor dicho, se adormecen por unos días; se ocultan detrás de la euforia de la concentración metódica. El cirujano opera en el quirófano. El rescatista, donde sea, organiza el rescate. Hay poco tiempo. O, lo que no es lo mismo pero se le parece, hay personas que ahora están vivas. Que lo sigan estando depende de que nos apuremos.

***

El primero de septiembre de 2002, en la planta baja de la casa, el teléfono sonaba desesperado. En el primer piso, el médico e instructor de ski Ramón Chiocconi, que había vuelto temprano del cerro Catedral, donde trabaja como responsable médico de las pistas, pensó en no atender. Algo lo hizo cambiar de idea. Bajó la escalera y levantó el tubo.

—Avalancha en el Ventana —escuchó—. Hay entre diez y doce desaparecidos.

Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuello, se le escapó para adelante. Con lo que le quedaba del cuerpo, pasó a buscar a un amigo.

Desde hace veinte años, Chiocconi es uno de los cien voluntarios que integran la comisión de auxilio del Club Andino de Bariloche. Ninguno cobra: todos ponen su equipo, su tiempo, su experiencia. A veces, reciben donaciones que usan para comprar cuerdas, cascos o camillas. En la Comisión no hay jerarquías ni reglamentos. Los voluntarios tienen otros trabajos. La decisión de acudir a un llamado es una cuestión de compromiso interno. Pero, frente a un problema, siempre hay de diez a treinta personas listas, preparadas para ayudar.

Mientras iban en el auto, pensaban qué había pasado en avalanchas anteriores. Siempre, o la mayoría de las veces, las víctimas estaban en el depósito final: la nieve se acumula a los pies de la ladera y allí, sepultados, quedan los escaladores.

En la sede del Club Andino se encontraron con otros voluntarios. Fueron hasta el cerro, donde se cruzaron con bomberos que iban en cuatriciclos. Así, pudieron subir, más rápido, por el bosque.

Al llegar al cauce, el lugar de la avalancha, encontraron una especie de río, de un kilómetro, con depósitos a diferentes alturas. Había sol, estaba despejado y no hacía demasiado frío. Un depósito final, enorme, y otros intermedios, más chicos. Imposible saber dónde buscar.

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Después de una avalancha, cuando la nieve frena, más del 90% de las personas sepultadas están vivas. Sabemos por estudios que a la media hora, debido a la asfixia, ese porcentaje cae al 40%. A veces, la hipotermia protege. Si el cuerpo se enfría muy rápido, la necesidad de oxígeno de las células es menor y la persona puede sobrevivir por más tiempo.

Las estadísticas marcan que a las dos horas de producida la avalancha, sólo el 8% de los sepultados está vivo. Pero, ¿quién nos asegura que en el próximo rescate no entren todos dentro de ese pequeño grupo? No podés anticiparte. Hay que ir al lugar y buscar. Una vez que sabés dónde está el cuerpo, ubicar la cabeza y liberar la vía aérea. Es importante que en el grupo haya un médico o un guía experimentado que evalúe si delante de la cara, bajo la nieve, hay una cámara de aire: un pequeño espacio que le permita al sepultado respirar. El pronóstico cambia radicalmente.

Cuando las personas sepultadas son varias, hay que actuar rápido. Demora significa muerte. Si pasaron noventa minutos y encuentro a alguien sin pulso: o se murió por asfixia o está bajo hipotermia. En ese momento, hay que tomar una decisión. Se intenta salvar a esta persona o se sigue para encontrar a otros. Si no tiene cámara de aire, mejor buscar a los demás: tienen más chances de estar vivos.

***

¿En cuál de todos los depósitos buscar? No había tiempo para reflexiones. A un costado del bosque, Chiocconi fue a atender a tres heridos. Uno de ellos estaba bien. El segundo, Nicolás Lemos, tenía traumatismo de cráneo. Martín, su hermano mellizo,  fractura de pelvis. Era el más grave. Chiocconi habló con él durante unos 45 minutos. Le puso oxígeno y suero. Lo mejor hubiera sido trasladarlo. Pero no había forma. De a poco, el cuadro se fue agravando hasta que el chico murió. Seguramente, por una hemorragia interna.

Llegaron más voluntarios, y Chiocconi pasó a estar encargado de la evaluación de los heridos. Tres veces tuvo que certificar la muerte. Mario Sebastián Tapia, Paolo Jesús Machello, Oscar Fabricio Vaccari. Eran adolescentes de 18 y 19 años. Y había que seguir buscando.

Para poder cubrir la zona de una manera más o menos lógica, los voluntarios se dividieron en grupos. De cinco, ocho, diez personas. Una al lado de la otra, como en una barrera de fútbol. Con una sonda de caño, pinchaban la nieve.

Trabajo lento.

Un paso. Clavar la sonda, sacarla. Otro paso. Clavar la sonda, sacarla. Cuando uno toca una piedra, se siente rugoso y duro. Si es una rama, se siente distinto. Si hay enterrada una persona, la sensación, para alguien con experiencia, es inconfundible.

Sin embargo, esa tarde, hubo muchas alarmas falsas.

***

En el momento lo tomás con relativa naturalidad. Estás ahí, en ese lugar. Hacés lo que hay que hacer. En realidad, las limitaciones son gigantes: hacés lo que podés. Lo más terrible es decirle a la familia de alguien perdido en la montaña que la búsqueda se va a detener. Pero, a veces, el riesgo de avalancha continúa. Y nuevos muertos por buscar casi cadáveres no tienen sentido.

Dos o tres días después de un rescate en el que murió gente, la anestesia que dormía los sentimientos empieza a desaparecer. Surge el cansancio. Un cansancio brutal. Mental y físico. Es difícil de explicar la frustración por no poder devolverle a la familia una persona viva, mezclada con la tristeza por la muerte. Te pesa hasta la piel.

Uno maneja la angustia como puede. Tenés que contarlo, hablar, sacarlo afuera. Porque es acumulativo. Es como si te fueras cargando muertos arriba de la espalda. Y, aunque se diga lo contrario, con el tiempo no te hacés más resistente. Te volvés más trágico. Ahora, por ejemplo, que estoy acá sentado acordándome de esto, lo siento: sin que yo haga nada para que pase, cambia mi tono de voz.

Siempre digo que no tiene sentido aparentar dureza, simular que a uno estas cosas no lo afectan. Todos sufrimos igual. Lo importante es que el dolor, esa mezcla ácida que se extiende por las venas, no nos quede dentro del cuerpo.

***

Sin embargo, esa tarde, no todas las alarmas fueron falsas.

En la nieve se había formado un cañadón. Los rescatistas bajaron. Al rato, uno de ellos quiso subir por una pared de hielo. Para hacerlo más fácil, pensó en tallar escalones. Picó y encontró una mancha marrón. Siguió picando. Era el pelo de Adrián Mercado (18), que ya había muerto. Mientras lo sacaban, alguien creyó escuchar un grito.

—¡Silencio! — pidieron.

Iban cinco horas de búsqueda. Las chances de haber oído lo que parecía un pedido de auxilio eran inverosímiles. Los ruidos de treinta personas que no querían hacer ruidos. El sonido del viento. Y de nuevo, el grito.

Liliana Alonso, novia de Mercado, sobrevivió después de estar enterrada durante más de cinco horas. Había quedado en una posición en la que un brazo le cubría la cara. Así, pudo respirar. Estaba bien abrigada. La primera imagen que vio al salir de la nieve fue la de su novio congelado.

A las tres de la mañana, después de diez horas, los organizadores suspendieron la búsqueda. Podía haber más avalanchas y las posibilidades de encontrar a alguien vivo eran prácticamente nulas. De cualquier modo, un grupo, con bolsas de dormir, se quedó a hacer una guardia. Chiocconi bajó al pueblo. Fue al hospital a ver a los heridos. Unas horas más tarde, ya en su casa, intentó dormir. Se quedó acostado hasta aceptar que no iba a poder hacerlo.

***

Muchas veces volví a pensar en aquella tarde. Muchas otras, lo hablé con amigos. Qué habría pasado si hubiéramos buscado más en este lugar, si nos hubiésemos quedado otros quince minutos en aquel. Pero sería como hablar de la carrera después de que el último cruzó la meta. No había un equipo armado esperando que esto sucediera. El grupo se organizó la tarde en que sonó la alarma. Se hizo lo que se pudo y de la mejor manera. Y se hizo muchísimo.

Un operativo de siete días en el que participaron 742 personas. Una presión mediática inmensa: fue tapa de todos los diarios del país, había cámaras de cada uno de los canales de televisión de Buenos Aires.

Con pequeños cortes, lo que pasó esa tarde me quedó grabado, casi como si hubiera sido una película.

***

En la peor tragedia del andinismo argentino murieron Mario Tapia, Paolo Machello, Adrián Mercado, Martín Lemos, María Gimena López, Fabricio Vaccari, Antonio Díaz, Roberto Monteros y Gimena Padín cuyo cuerpo fue encontrado dos meses después de la avalancha, una vez que se derritió la nieve. Siete personas sobrevivieron a la avalancha. Además de la Comisión de Auxilio del Club Andino, en el rescate participaron Gendarmería, Parques Nacionales, Defensa Civil y dos cuarteles de bomberos voluntarios.

En mayo de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de General Roca condenó al guía y profesor que conducía el grupo, Andrés Lamuniere, a tres años de prisión de cumplimiento efectivo e inhabilitación por diez años para ejercer como docente o guía de montaña. El cargo: homicidio culposo agravado por el número de víctimas fatales y lesiones culposas.

***

Los voluntarios sabemos que no quedamos en deuda con nosotros ni con los demás pero, de cualquier modo, la situación es triste.

Poco tiempo después de la avalancha, empecé a dar clases en la universidad y tuve como alumnos a algunos de los chicos sobrevivientes.

Nunca dudé de si seguir trabajando en esto. Aunque reflexioné mucho sobre esa, noche sobre lo importante de transmitir lo que fui sintiendo. A los chicos que recién empiezan, suelo decirles que lo fundamental es aprender a sacarse el sufrimiento de encima; para que, con a las palabras, de la boca también salga esa sensación horrible que los psicólogos llaman angustia.

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