El Pequeño Comcar

Publicado: 14 febrero 2011 en César Bianchi
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Faltaban dos minutos para el recreo. Un grupo de escolares estaba en el taller de manualidades aprendiendo a construir casas con cartón, cartulina y madera; otros, menos hábiles, hacían pompas de jabón. De pronto entró Gabriel, un chico que no pertenecía a esa clase. “¿Qué hacés acá? ¡Vos no tenés que estar acá, tenés que estar en tu clase!”, lo increpó Quique, que intentaba hacer su casa de cartón. Y empezó a golpearlo.

Se acercó rápido Shirley Rogel, la profesora del taller, y Quique le dijo: “¡soltame puta, soltame, la concha de tu madre, andate, la puta que te parió!” Rogel le pidió que no la insultara, entonces Quique comenzó a patearla en los tobillos. Llegó el maestro Raúl Rocca, profesor del taller agrario y encargado del invernáculo escolar. Intentó calmar a Quique, pero era imposible. Estaba desacatado. Justo ese día no había tomado su medicación. En realidad, hace mucho que no la toma. Rogel, que no pudo con él, se alejó con mala cara, resignada.

Gabriel, que había entrado al taller de manualidades porque estaba aburrido en su clase, se fue para no dar más problemas. Pero Quique seguía furioso, ya no con Gabriel sino con el profesor Rocca.

“Tenés que tranquilizarte”, le dijo el profesor. “Soltame, soltame, ¿quién te creés que sos?”, le contestó el chico, de 10 años. “No, porque vas a ir a buscar a Gabriel”, agregó Rocca. “¿Y qué? ¿Acaso te vas a quedar acá todo el día?” “Sí, si es necesario”. “¿Con el salario de miseria que te pagan? Jaja… Yo hago lo que quiero, ¿ta? Soltame. Te conviene que me sueltes”, insistió el niño.

“¿Me soltás, me soltás? ¡Soltame la puta que te parió!” Pero nada, Rocca no lo soltó. Recién lo hizo varios minutos después, cuando Quique se calmó. El profesor estaba colorado, indignado, pero intentó disimularlo. “Es cosa de todos los días, cuando no es él, es otro”, dijo y volvió a sus tareas.

Quique fue abusado a los 4 años por quien entonces era el compañero de su madre. Tiene un padrastro que lo drogaba para convencerlo de que lo acompañara a robar, su madre -que ocasionalmente trabajó como prostituta- ha denunciado a su hijo y no quiere vivir con él. Fue internado en un hogar del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU), pero se fugó.

Actualmente está de nuevo en el hogar de INAU de Sayago. Aceptó volver y no fugarse más si se le cumplían algunas condiciones: seguir asistiendo a la escuela 204, seguir viendo a la madre (que no quiere verlo a él), que a la madre no le quiten el salario del Plan de Emergencia, y que ella no se entere de que las docentes de la escuela tuvieron participación en su última internación.

Esta es solo una de las 67 historias de escolares que van a la escuela 204 Emilio Verdesio, más conocida entre sus docentes y psicólogos como “El Pequeño Comcar”. Historias que se relatan con nombres falsos, pero tristemente reales.

Cuentos de víctimas

De afuera no parece una escuela distinta al resto. Tampoco exhibe la peligrosidad que uno puede imaginarse después de escuchar algunos rumores. Es más, tiene los portones abiertos de par en par, sobre la calle Luis Alberto de Herrera. Al fondo, en horario de recreo, los niños juegan a la bolita o al fútbol.

Fue creada en 1936 como “escuela-hogar” para niños “irregulares de carácter” por Emilio Verdesio, un ex consejero de Primaria, Secundaria y UTU, que fue presidente del Primer Congreso Americano de Enseñanza Especial, celebrado en Montevideo en 1941. Fue un pionero en educación especial, por eso la escuela lleva su nombre.

Hoy la escuela -que funciona de 8 a 17 horas en dos turnos y ofrece desayuno y almuerzo- atiende chicos con “trastornos de conducta”, como dice su directora, María Inés López. “Con ese concepto abarca muchas psicopatologías”. La escuela, que el jueves 16 cumplió 70 años, procura convertirse en Centro Nacional de Recursos para niños con problemas de conducta.

Se trata de niños que primero fueron a escuelas normales, y con su mal comportamiento pusieron en riesgo el funcionamiento de la clase. “Los maestros de escuelas comunes solicitan nuestra intervención, porque ven que más allá de los esfuerzos en el aula, ellos no pueden mantenerse cuatro horas sin distorsiones de conducta”, dijo.

Antes, la Unidad de Diagnóstico Integral (UDI) de Primaria analizaba cada ingreso, pero ya no. Ahora se exige el aval de un psiquiatra infantil de alguna policlínica municipal o sanatorio de salud pública para considerar su ingreso. “Si un médico del área de salud mental dice que debe estar en nuestra escuela, se lo considera”.

López trabajó diez años en la escuela 231 para niños psicóticos y autistas, y hace tres obtuvo el primer lugar en el concurso para dirigir la 204, una escuela cuya metodología pedagógica es única en toda América Latina, dice. “Hay abordajes similares en Inglaterra y Estados Unidos pero no en América Latina”.

Uno de los requisitos es que el niño tenga un nivel cognitivo casi normal o “limítrofe”, o por lo menos que su discapacidad sea leve. Lo que los distingue de los demás escolares es su conducta. Mirados desde lejos son diablillos, sabandijas, la piel de Judas; conocer su íntima realidad permite ver que son resultantes de todos los problemas que describen su entorno, su barrio, su casa: delincuencia, prostitución, drogadicción, pobreza y mucha negligencia.

“Vienen con una historia de violencia detrás. Vienen de zonas periféricas, de barrios de violencia y escasez socioeconómica y cultural. Muchas veces la violencia está naturalizada, se comportan de manera violenta y no se dan cuenta. Los alumnos y sus padres fueron víctimas de la violencia”, dijo la directora López.

Algunos tienen un perfil psicopatológico de trastorno disocial (agresivo o retador), otros bipolar y otros son oposicionistas. Lo que los aúna, según la docente, es que todos han sido víctimas de maltrato, en todos sus sentidos. “Maltrato físico y psicológico, son niños no atendidos en lo sanitario, que nunca vieron un pediatra, o que necesitan medicaciones psiquiátricas pero que no las toman porque cuesta llevarlos a una consulta médica. Y sus familias son maltratadas por la sociedad. Lo que tienen en común es la exclusión”.

Los 59 varones y las ocho niñas que componen el alumnado de la escuela 204 llegaron de escuelas normales. Pero hay pocas esperanzas de que vuelvan a la educación formal: “es una utopía, esta es una calle de una sola vía”.

Carlos, por ejemplo, iba a la escuela 114 de Paso de la Arena antes de llegar a la estigmatizada 204. Sus problemas de conducta comenzaron por no llevarse bien con otro compañero que lo provocaba todos los días. “También se metía con mi hermana Natalia, entonces yo me tenía que defender y defenderla a ella. No sé por qué se la agarraba conmigo…”, reflexiona mientras desayuna.

Pero los problemas de conducta de Carlos no se circunscribieron a ese compañero. Empezó a llevarse mal con la maestra y después con los demás niños de la clase porque “ese gurí les llenó la cabeza”. “Tuve problemas con todos. Me atacaban y yo me defendía”. Hasta que un día lo suspendieron por cinco días. Carlos tenía 8 años entonces, hoy tiene 13 y dice que se porta mejor, que sólo “a veces” se pelea.

Esteban tiene 10. Es la excepción a la regla porque proviene de “la clase media”, según la directora. Hasta hace dos años iba al colegio Adventista, y se peleaba con sus compañeros. Se peleaba por los lápices de colores, por un sacapuntas o una goma. “Ahora también me pegan, porque soy nuevo”, dijo. “No, mentira, te pegan porque vos buscás y después no te gusta que te peguen”, lo corrigió Raúl. “Vos me pegás y yo no te hago nada. ¿Qué te hago?”, le pregunta Esteban. “Me relajás”, le contestó Raúl. “Me hacen pagar derecho de piso”, concluyó Esteban.

En Carlos y en Esteban se pueden ver los códigos carcelarios: el primero justificando la acción violenta para defenderse y defender a los suyos, el segundo señalando el “derecho de piso”. O cuando Andrés, de 13 años, dice que cuando se pelean con los estudiantes del liceo del fondo (atrás de la escuela funciona el liceo 53), éstos “corren” o rato después pregunta si el fotógrafo de El País “es de la cana”.

Ricky se parece a Ronaldinho. Tiene 13 años y está en la 204 desde los 11. Antes concurría a la 186 de Marconi, barrio donde vive con su madre, que trabaja como limpiadora. A su padre no lo conoce. Tiene un hermano que ya egresó de la 204 y otro que va al turno de la tarde. Dijo que se porta bien. Después rectificó: se enoja cuando la maestra lo reta y entonces él la insulta. La maestra lo rezonga, por ejemplo, cuando pone muchas galletas en el café con leche, dijo, mientras ponía muchas galletas en el café con leche.

“En la otra escuela sí jugaba de manos. Me empecé a pelear con todos, y me mandaron para acá. Me peleaba porque relajaban a mis viejos, y yo los mataba. No me gusta que me busquen”, dijo Ricky. “Con mi madre no tengo problemas. Limpio la casa y me voy a jugar”.

Sergio tiene 12 años y también vive con su madre, en el Cerro. Hace dos años que va a la 204 y no se acuerda a qué escuela iba antes. Este fue el diálogo con él:

-¿Y tu papá?

-Está preso. Mi mamá, que empaqueta frutas, me crió y me mantiene.

-¿Por qué está preso?

-Por autos.

-¿Cómo por autos?

-Robaba autos.

-¿Cómo te portás?

-En la otra escuela me portaba como el culo. Ahora me porto mejor: más o menos.

-¿Qué cambió?

-La conducta, un poco.

-¿Por qué te portabas mal antes?

-Por parte de mi padre y de mi madre. Se agarraban todos los días a las piñas. Entre ellos no se llevaban bien porque mi madre no quería que anduviera robando. Mi madre comía y la comida le quedaba atragantada, estaba con el corazón en la boca.

-¿Y por qué eras violento en la otra escuela?

-Me cagaba a piñas por nada. No me buscaban, eh. Me levantaba mal, buscaba a uno y lo mataba a palos.

-¿Por qué pensás que acá mejoraste la conducta?

-¡Porque es una escuela para eso! Acá no dejan que nos peleemos, si te ven pegándote con otro, te separan y te rezongan. Allá te dejaban que te rompas todo.

Sus compañeros también distinguen a esta escuela de las anteriores. Dicen que en la 204 se sienten mejor, que quieren a la escuela, que se portan mejor. “Esta es la mejor escuela”, dijo Carlos. “La maestra nos enseña a multiplicar por dos o por tres. ¡Nos enseña más cosas que sabés lo qué!”, exclama Ricky.

Curiosamente, a Rosario Rodríguez, la maestra que tanto aprecia, le robó 600 pesos de su cartera. No pidió disculpas, sólo le devolvió 60, llorando. La mamá de Ricky, que ofició de meretriz, dijo no saber nada.

A su lado se sienta Raúl. Tiene cara de pillo, mide menos de un metro y medio pero tiene 14 años y sigue en la escuela. Es uno de los veteranos de la 204 porque está desde que tenía 8. Antes iba a la escuela Cabrera de La Teja, de donde lo expulsaron después de arrojar a un compañero por las escaleras. Cuando lo dice se ríe a carcajadas. Explica que el niño le había pegado… porque él lo provocaba desde hacía un buen tiempo.

“Yo le pego a las maestras y armo relajo. Les he pegado a todas las que estuvieron conmigo”, se ufana. “A los gurises también les pego. No me gusta la cara y les pego. A todos”. Carlos le aclara que con él no tuvo suerte. La maestra Alba Sosa desmiente a Raúl: no es verdad que le pegue a las maestras. Y además, cinco minutos después de una pelea con sus compañeros ya están abrazados de nuevo.

“Y a los besitos, ja”, dijo Raúl con cara de pícaro incurable. Dos semanas después intentó suicidarse. Y no fue la primera vez.

Cita con el psicólogo

El primer día de trabajo de Ruben García en la escuela le resulta inolvidable. Como profesor de la cátedra de Psicopatología Clínica de quinto año de la Facultad de Psicología continuaba en la 204 un abordaje que había comenzado en 1999 en la escuela 205 para discapacitados intelectuales de la obra.

Lo esperaba Eduardo, un chico en plena crisis nerviosa, que no paraba de romper cuadernos. Cuando García le pidió a la maestra para hablar con él, el chico le dijo que si se acercaba lo iba a matar. Creyó calmarlo presentándose y preguntándole su nombre. Eduardo le dijo que ahí lo estaban lastimando, mientras se rascaba fuertemente un ojo, que estaba muy irritado. Cuando llegó a estar a un metro del niño, éste le advirtió: “Si te acercás, te agarro los huevos y no te suelto”.

“Nunca pensé que lo fuera a hacer”, dijo el profesor García. Pero lo hizo. Muy dolorido, logró separarse de Eduardo, el chico que con más cariño recuerda la directora de la escuela. Lo dicho, inolvidable.

“Ese día llegué a casa y pensé: qué lindo desafío”, sostiene García, que supervisa a cuatro jóvenes pasantes de quinto año que atienden dos niños cada una.

Lo primero que hizo García fue hacer un seguimiento de 50 alumnos egresados de la escuela de 2000 a 2005. El resultado: sólo dos fueron a un taller de UTU. El resto terminó como terminan generalmente los egresados de la 204, en situación de calle, tirando de un carrito. O como terminó Marcelo Roldán, “El Pelado”, el egresado más famoso de la escuela (ver recuadro).

Las cuatro estudiantes de Psicología que trabajan en la escuela no tienen a su cargo pacientes, sino que desempeñan una tarea curricular puertas afuera de la Universidad. “Es como el estudiante de Medicina que aprende estando en el hospital. Las estudiantes aprenden observando a los niños. Tienen obligaciones como dejar un informe que diga qué está pasando con ellos, cuáles son las situaciones de riesgo. Queremos ser una voz de alerta”, dijo García.

Él mismo supo identificar peligros a tiempo. Dos semanas después del episodio del chico que le apretó los testículos, conoció a Raúl y después de la primera entrevista pensó: “este chico va a terminar matándose”. Le avisaron a los padres que debía estar medicado porque corría serios riesgos. Raúl intentó matarse varias veces.

Pero no es el único. Antonio también lo intentó, y fue un alumno que García siguió de cerca. “Yo le decía que no podía atenderlo porque me compraba… Tenía una pinta bárbara. Un día empezó a cortarse los brazos con baldosas. Lo contuve, lo abracé, le dije que llorara y lloró, se tranquilizó, pero cuando salía de la escuela volvió a agarrar una baldosa para cortarse”. Finalmente lo llevó a una emergencia de salud pública, donde lo curaron.

El de la Facultad de Psicología no es un abordaje psicológico suficiente, como el propio García admite. Máxime considerando que cada pasante atiende un niño todo el año, otro por semestre y nunca se transforman en pacientes.

“La semana pasada los psicólogos de Primaria del interior nos pedían a nosotros que hiciéramos algo. Y nosotros nos preguntamos: ¿y para qué están los psicólogos en Primaria?”

Carmen Castellano, psicóloga e inspectora de escuelas especiales, dijo que “el Consejo de Educación Primaria no se propone tratar técnicamente a los chicos. Primaria tiene que ser un generador de salud para ellos, y en estos casos hacer las coordinaciones y trabajar en red para contenerlos. Cuando la situación es sumamente difícil le compete al área de la salud”, entiende ella.

Según explicó María Inés López, hay una sola psicóloga y una asistente social en Montevideo para los alumnos de las seis escuelas especiales en Montevideo (dos escuelas para niños ciegos, una para discapacitados motrices, otra para discapacitados auditivos, una para psicóticos y autistas, y la 204).

Por si fuera poco, las propias maestras necesitan atención psicológica, como reconocieron la maestra Alba Sosa y el propio profesor García. Y no ganan más que las maestras de escuelas normales.

El sueldo docente básico oscila entre 4.000 y 4.500 pesos, que sumado a 30 horas semanales de clase (las docentes de educación especial trabajan seis horas por día, no cuatro como el resto de sus colegas), recuperaciones salariales y al insólito rubro de “docencia de aula” (les pagan por ir a dar clase) llega a unos 8.000.

García dijo que el papel asistencialista de la escuela hace que las docentes hagan de madres, amigas y psicólogas. Parece cierto, sobre todo después de ver cómo la directora le regala trompos y pelotas, que compró con su dinero, a cada uno de los niños de la escuela. O de saber que la maestra Alejandra Cusato se fue a visitar a un alumno suyo que estaba internado en el hospital Pereira Rossell un fin de semana, cuando la madre no iba.

“Las maestras comunes trabajan para que sus niños aprendan y pasen con la mejor nota posible, para sentirse más orgullosas de ellos. Acá se trabaja a frustración todos los días. Los padres no vienen a la escuela, y cuando vienen lo hacen de mala gana y en estado de guerra”, dijo el psicólogo García. Incluso, para lograr que concurran a una reunión de padres hay que decirles que se les dará una canasta con alimentos.

Los padres no llevan ni van a buscar a sus niños a la escuela. Ellos van por su propia voluntad, por el sentido de pertenencia del que hablan los docentes. Por eso la directora no teme que se escapen de la clase para irse a la calle. Al contrario, a las 17 hay que insistirles para que se vayan porque la escuela debe cerrar hasta el otro día.

Muchos que vienen del Cerro, Las Torres o Paso de la Arena se bajan del 181, se reúnen debajo del viaducto de Agraciada y ahí toman otro ómnibus. Algunos días, después de ese encuentro, “si ven algo tentador, se lo roban y siguen hasta la escuela”, como explicó López.

“Pero no roban para vivir. Más bien viven de la mendicidad, andan en carritos como hurgadores o limpian con lampazos en las esquinas. Hay niños que a través de las limosnas son los que sostienen el hogar”.

Otros no roban, pero se drogan con pasta base. Como el abanderado de 2004, que conciente de su adicción pidió ser internado en el hospital Saint Bois.

“Compradores” y “requechadores”

En los recreos se los puede ver jugar como niños que son. Cuando corren atrás de la pelota o le exigen a la directora más trompos -“Dame otro trompo, dire. Dale, quiero otro trompo, me das dos a mí, ¿ta?”- no parecen ser los mismos de situaciones tan extremas del bajofondo montevideano. Tampoco cuando cocinan, trabajan en la huerta o hacen pompas de jabón.

O demuestran su inocencia cuando están aburridos y discan el 119 en el teléfono público que está dentro de la escuela para que no pare de sonar y moleste a la directora. La misma directora a la que saludan con un beso cuando entran a la escuela, o le piden más trompos, caramelos o pelotas.

Su vida cotidiana, fuera de la 204, en cambio, tiene poco de lúdico.

Fabio y Lauro son hermanos y alumnos de la escuela. La madre de ambos es una mujer alcohólica que vivía con otra mujer, y cuando la pareja se terminó quiso “obsequiarle” su primogénito, como recuerdo de los buenos tiempos. Antes había intentado darle el niño a su madre, la abuela del chico. Hoy viven con una tía, aunque cada tanto, cuando está ebria, la madre va a buscarlos porque los “ama”.

Lauro, un pequeño angelito de 10 años con cara de pillo y camiseta de Peñarol debajo de los girones de túnica (es de esos “compradores”, como dice García) dice que su madre hurga con un carro, y que su padre murió “por la bebida alcohólica”. La asistente social de Primaria está visitando el hogar de los niños en estos días porque estiman que Lauro ha estado bebiendo. El aliento alcohólico en la escuela lo delató.

En la misma clase está Leo, quien vive con una madre golpeadora, que lo rechaza porque el niño le recuerda a la persona con quien lo engendró. Al lado se sienta Marcelo, que vive con su padre porque su madre está presa en Cabildo por robo. Ella es consumidora de pasta base, y se estima que consumió cuando estuvo embarazada de él.

También son consumidores de cocaína y pasta base los padres de Atilio, razón por la cual el chico vive con su abuela.

En la misma clase, del turno vespertino, está Néstor. Su padre está preso porque mató a la madre. El chico vive con una tía y teme que llegue el día en que el padre quede libre. Y Miki, quien vive con una madre tan violenta que en una reunión de padres, pensada para que los padres jueguen con sus hijos, se las emprendió contra él a patadas en el pecho mientras estaba tirado en el piso. Las maestras debieron separarlos.

Todos ellos son alumnos de la maestra Elizabeth Cuello. Su colega Mariana De Mori tiene seis alumnos. Uno de ellos es Omar, de 9 años, que está internado en un hogar de INAU de puertas abiertas en Capitanes de la Arena. De los 3 a los 7 vivió en situación de calle con sus hermanos mayores. Se perdió y fue encontrado por un hurgador, que lo acercó a la escuela.

Esteban y Gustavo hacen lo mismo en su horario fuera de la escuela, y no es precisamente jugar: salen a “requechar”, como ellos mismos lo llaman. El primero llega con un olor “nauseabundo” a la escuela, porque pasa las noches metido en contenedores de basura. El segundo, huérfano de ambos padres, vive con la abuela en el barrio Peñarol y salió en un aviso de televisión de Unicef contra el trabajo infantil donde se ve sentado en un cordón frente a su carrito de hurgador.

Andy es hermano de Ricky, pero todavía no le ha dado por robarle a su maestra. Gabriel, quien tanto enfureció a Quique cuando entró a su clase de manualidades, vive con su madre muy pobre en el Cerro, pero tiene una conducta aceptable (para el contexto). Y Gisela está definida por el psicólogo como una nena “oposicionista desafiante”, marginal, y posiblemente abusada por algún mayor.

Cuadernos y tildes

La inspectora de escuelas especiales, Carmen Castellano, cree que el problema de los niños de la 204 no es su rendimiento, sino sólo su conducta. “En la mayoría no hay dificultades en la potencialidad de aprender. Muchos de ellos tienen mucho potencial”, dijo.

Sin embargo, López reconoció que han llegado nuevos alumnos de 11 años sin saber leer ni escribir, y que han egresado adolescentes sin aprender lectoescritura. “La prioridad es que mejoren su conducta, pero lo intentamos desde un abordaje pedagógico-conductual. También queremos que mejoren en lo curricular, porque queremos rehabilitarlos como alumnos. Esto no deja de ser una escuela”.

Para eso los docentes fueron preparados en cursos del Instituto de Profesores Artigas o en la vieja dirección de Magisterio, y pueden prescindir de los estrictos programas curriculares de las escuelas comunes. Para eso están el invernáculo, la crianza de conejos, las clases de cocina o manualidades. “Se apuesta a lo vivencial y formativo como hombres de bien”.

José, por ejemplo, es un chico de 11 años, flaco y muy alto, con corte de pelo bien al ras, gorrito y cara triste. Le va bien haciendo trufas: prepara el chocolate, hace una bolita con los dedos y la desliza sobre confites de chocolate. Después se empalaga comiendo cinco. Esa es la mejor parte. La peor es tener que escribir la receta con la maestra Alicia Rodríguez al lado.

“Para empezar a escribir la receta, arriba tenemos que escribir `preparación`”, le dice Rodríguez. Como es una palabra larga le lleva mucho tiempo redactarla. La escribe con s y después de la corrección de la maestra, se rectifica. “Pre-pa-ra-ciÓn”, insiste la maestra. Pero José coloca el tilde sobre la ene. “¡Las consonantes no llevan nunca acento!”, lo reprime con tacto (y en voz bajita) Rodríguez. El chico parece no distinguir una vocal de una consonante, ni siquiera después del alerta de la maestra.

Escribir la palabra azúcar le demandó cinco minutos. “A-zÚ-car”, dijo Rodríguez enfatizando el acento en la u. Pero a José no le quedó claro dónde debía ir el tilde. Cuando escribió la palabra puso “acucar”, entonces la maestra le dijo que no, que no va con c, porque se pronunciaría “acucar”. Entonces lo escribió con s, y recién después con z.

Algo similar se puede ver en los cuadernos de los alumnos de Alba Sosa (que da clases escuchando música clásica en el radiograbador). Dibujitos, números, triángulos, rombos y trapecios coloreados como si fueran de niños de primero o segundo, pero tienen 11, 12 y 13 años.

En esa clase están los ya nombrados Esteban y Carlos, quien trabaja como cuidacoches y con frecuencia se lamenta del dinero perdido yendo a la escuela en lugar de estar cuidando coches. Está Johnny, un negrito que tiene un padre alcohólico y una madre que sale con él a pedir “una ayudita” por la calle y Julio, otro morochito que de noche ayuda a su padre en la parada de taxis y es especialista en masajes a las maestras.

También está Andrés. Tiene 13 años y es de Colón, donde vive con sus dos padres, que venden ropa y lentes de sol “truchos” en ferias. Es muy futbolero, se le nota cuando canta canciones de la hinchada de Peñarol alusiva a “las putas, el vino y la droga”, o cuando contesta “SP, sin palabras” a la invitación para conversar. Medio minuto después, comienza a hacer alarde de su mala conducta.

“Yo iba a la 239 de Colón. Me portaba más o menos. Me mudaron a la 215 de Nuevo París, y ahí también me portaba mal. Le pegaba a las maestras. Una vez le tiré una silla a la maestra. Me echaron de la escuela, porque no hacía caso. Me mandaban a la dirección porque no hacía los trabajos”.

En una reunión de padres a la que asistió el padre de Andrés, la directora le comentó que sería muy importante que pudiera aprender a leer y escribir con fluidez. El papá del adolescente reflexionó: “Yo le digo a Andrés que por lo menos tiene que aprender a leer. Yo no lo mando a robar, pero supongamos que hoy o mañana tenga que salir a chorrear y tiene que salir escapando. Si no sabe leer el nombre de las calles, ¿para dónde va a escaparse?”

Al menos Andrés tiene padres y vive con ambos. Y ocasionalmente van a las reuniones de padres. Andrea, también de 13 años, no corre con la misma suerte. Antes de llegar a la 204 iba a la obra Morquio para discapacitados intelectuales, en Andaluz y Piedras Blancas.

“Tengo papás pero no puedo vivir con ellos. Mi padre se fue para España y mi madre no me puede tener, entonces me quedo con mi tía. No sé por qué no me puedo quedar con mi madre”, dijo la chica, una corpulenta morena. La mamá de Andrea, aquejada por una enfermedad venérea, se la entregó a una hermana, que la derivó a un hogar de INAU, aunque después se arrepintió y volvió a tenerla bajo su cuidado.

“Yo me portaba mal porque me buscaban, me gritaban `negra` o `mono`, yo me calentaba y les pegaba. Ahora no. Con algunos me llevo bien y con otros no. A esos no les doy pelota, me vienen a relajar y me las aguanto para no pegarles”, agregó. Según la maestra Helen Martínez y la directora, Andrea ha mejorado su conducta notoriamente.

Con Martínez está Raúl, el chico que intentó matarse varias veces, y un tocayo con una situación para nada sencilla. Ese Raúl hace un mes que está con internación psiquiátrica en el Pereira Rossell, donde le encontraron lipomas en la cadera y lo operaron. La madre, que ha tenido que trabajar como prostituta, tiene con él una relación de hombre y mujer de la casa. Le reprocha cosas como si fuera su marido, le jura amor como el que se le jura a una pareja, y lo visita en el hospital con escándalos frente a las enfermeras incluidos.

La madre denunció a su hijo ante la Policía tiempo atrás, luego de que se incendiara el precario hogar con su hermanita dentro. A juicio de la madre, el hermano -figura masculina de la casa- estuvo negligente y fue el culpable de que la niña sufriera graves quemaduras.

Cuando le den el alta a Raúl en el hospital irá para el hogar del INAU de Sayago, a pesar de los lamentos de su madre, quien le pega a menudo, pero jura amarlo y no entiende cómo la Justicia le quitó a su hijo.

La maestra Alejandra Cusato no la tiene más sencilla que Martínez o De Mori. En su aula tiene al ya mencionado Quique; a Benito, un niño terrible, agresivo y de diagnóstico psiquiátrico reservado; a Andrés, un chico cuya madre presume que está consumiendo azufre, y a Brisa, una niña muy linda, de pecas, trencitas y ojos claros que seduce con su sonrisa y su mirada. “Es muy seductora con los hombres… de cualquier edad. Y no te distraigas porque te puede robar”, advirtió una docente.

La clase de Cusato hoy tiene un alumno menos que hace un mes. Ya no tiene a Nico, un niño que había llegado este año a la escuela desde su humilde hogar en un asentamiento en el Cerro, al borde del arroyo Pantanoso. Nico murió hace algunas semanas, atravesado por la punta filosa de una reja, después que cayó del techo de zinc de su casa, donde había subido para “colgarse” de la luz.

Dice su maestra que el accidente era previsible, porque Nico “coqueteaba con el peligro y la muerte”: le gustaba mucho subir hasta la rama más endeble de un árbol del patio de la escuela o cruzar corriendo la avenida Luis Alberto de Herrera con los ojos cerrados para quedarse así en la mitad de la calle.

La madre del niño ya había demostrado su negligencia cuando dejó morir un hijo por hambre y otro por frío.

El mismo día que Nico murió le había pedido un par de championes a la maestra porque los suyos estaban tan rotos que prácticamente caminaba con la planta de los pies. Curato apeló a las muchas donaciones de ropa que recibe la escuela y consiguió un buen par de championes de su número.

Al despedirlos de la clase, a él y a su compinche Quique, les dijo: “Cuídense”. Quique le preguntó: “¿de qué, maestra?” “De no meterse en problemas”, le contestó. A la tarde, Nico falleció al resbalar del techo.

Al otro día, en el velorio, la maestra vio cómo un hermano suyo tenía puestos el par de calzados apenas usado por Nico. Dos días después, la directora le avisó a los alumnos de la muerte de su compañero.

Algunos lloraron, pero no han dejado de subirse a la rama más endeble del árbol del patio de la escuela.

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