El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas

Publicado: 5 mayo 2011 en Alberto Salcedo Ramos
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Sucede que los asesinos -advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas- nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados allí por orden de los verdugos.

—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.

Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de los bárbaros:

—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!

—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!

En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol. “¿A quién le toca el turno?”, preguntó en tono burlón uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. “Díganme cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí”, repetía, mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine. Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta de picotazos, estalló una tremenda ovación.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300 hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo. El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a los cadáveres, corrompidos ya por el sol.

—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.

Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos, pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos, digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es “el pueblo de la masacre”, así como San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al forastero dónde se encuentra el mojón que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. ?

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que, después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.

Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.

En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos era desesperante.

—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos.

Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!

Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que les heredó a sus antepasados indígenas.

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una pregunta:

—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?

—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los platos rotos.

Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo, ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico, la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban tenía otros dueños. Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.

***

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes. En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.

Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo el retorno de los habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente, le estampilló a la protagonista el mote de “Seño Mayito”, dizque porque María Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque, después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde la infancia. “No tenemos dinero”, dice con resignación. Lejos de los reflectores y las cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente.

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comentarios
  1. MONICA SANZ dice:

    Simplemente… excelente crónica, cargada de reflexiones, de saber que como país tenemos una responsabilidad, de tocar fibras para reconocer a nuestros semejantes , y saber que como colombianos tenemos derechos , y si nos unimos los podemos hacer valer.

  2. Jonatan Bermúdez Pascuas dice:

    Quiero aprender a escribir así

  3. Javier dice:

    Impresionante relato, cada párrafo está cargado de información sin que decaiga el tono literario. Felicitaciones.

    Javier

    Mar del Plata, Argentina

  4. El salado, pueblo escondido que solo sale a la luz publica cuando sufren alguna desgracia o están a punto de morir las personas que habitan en este, me parece impresionante la forma de expresar este texto ya que nos hace adentrarnos en la problemática por la que pasaron las personas que vivían allí, el autor con su forma relevante y explicita al contarnos sobre como los criminales adoptaban un estilo amenazador solo por creer que estas personas ayudaban a las guerrillas, simplemente son echos que no se pueden explicar con un simple texto ya que estas muertes aun marcan la vida de muchas personas que viven allí, gracias por esta fascinante información.

  5. Bertha Escobar dice:

    Esta cronica deja mucho que decir en cuanto el pais en el que estamos viviendo, empezando por como los grupos insurgentes atacan esta pobre poblacion por coloborarles cuando apenas pueden concentrarse en trabajar para ellos mismo por la pobreza en que estan viviendo. El Salado un pueblo que en el 2000 fue masacrado terriblemente con cosas inimaginables sin ningun remordimiento dejando los cuerpos tirados en una cancha y siendo tomado como un juego al son de la musica folclorica, asi que los paramilitares mataron casi todo un pueblo por casi como 5 personas colaborarles a las FARC lo que dejo en pueblo tal angustia que apenas y recojieron unos cadaveres o la partes que quedaban de ellos y se marcharon de ahi temiendo de que volvieran otra vez y no solo eso cualquier musica que escucharan les recordaba ese terror hasta que un psicologo le ayudo a superar ese trauma y tras de dos años pudieron volver a su pueblo pero tuvieron que pasar mucho trabajo para poder recuperarlo. Al final cuando reconocen piblicamente a la profe Mayo se esperaria que la demas gente se interesara por el salado e intentara ayudar ya viven en una pobreza extrema, pero no fue asi todo sigue igual y la gente del salado espera que no vuelva a haber una masacre asi.

  6. Sara Vargas dice:

    Esta crónica en lo personal me hace reflexionar mucho, pues me doy cuenta que en mi corta vida no he sufrido nada, me parece injusto que el gobierno no haga presencia en estos lugares y aun mas injusto que las guerrillas de nuestro país torturen a pueblos inocentes y humildes solo para sembrar el terror, ahí nos damos cuenta de la cobardía de estos, me imagino todas las personas que a esta tiempo viven con un trauma, los niños que presenciaron ese acto.Por ultimo siento rabia, porque nosotros nos preocupamos mas por cosas menos importantes a esto, cuando deberíamos tenerlo en cuenta para que no vuelva a ocurrir.Excelente crónica.

  7. El salado a pesar de tal masacre, pudo volver a hacer las actividades que ya venían siendo llevadas acabo los años anteriores, claro esta que no con el mismo sentimiento, ni con las mismas ganas.
    La acción de superación de los 120 habitantes de este pueblo, es ejemplar, porque al ver el pueblo bajo la maleza, decidieron arreglarlo y volverlo otra vez “El Salado”, actualmente en Colombia, siguen pasando estas cosas en lugares remotos del país, muchos con la misma crueldad otros peor.
    Excelente crónica.

  8. MARIANA ALEJANDRA PORRAS BARRAGAN dice:

    esta cronica , en mi opinion esta increible , tanto fisicamente como en el significado , yo se que una cronica siempre va a dejar como una enseñanza , pero esta , claramente deja una moraleja , que yo creo que solo los colombianos podriamos entender bien . lastimosamente en colombia existió, existe y probablemente existira violencia , y este es un caso de ella , es triste saber toda la maldad que pasa en en mundo , pero creo que da mas tristeza ver lo que ha pasado en pueblos como este , y mas , saber que es tu propio pais el sufre tanto . nunca he vivido algo similar a esta cronica , y tampoco quiero vivirla , pero es algo que tarde que temprano puede pasar , siento mucho la perdida de tantos colombianos . esta es la razon por lo que me gusto esta cronica , por que te permite sentir la tristeza de estas familias y por que te deja un deseo de que algun dia se haga justicia .

  9. FABIANA ANDREA GALVIS SILVA dice:

    Realmente me parece muy impresionante, tanto la historia como la forma en que describe el texto el autor. Es un relato muy completo con una redacción buenísima que hace que le pongamos muchísimo más interés al contenido de este. Un tema que no tomamos tan cercano como debería ser, sucesos que dejan unas reflexiones muy importantes y intensificando con el hecho de que este pueblo solo se tenga en cuenta cuando sucede alguna tragedia. A mi parecer, deberíamos tratar de ponernos en la posición de los habitantes, de las familias que viven esto, que sufren cada vez que pasa alguna cosa en contra de sus iguales. Sinceramente es una crónica, además de interesante y entretenida, con un contenido más grande que las palabras ahí escritas, una crónica que nos puede poner en otro punto de vista y que nos enseña muchas cosas.

  10. juan chaparro dice:

    Esta crónica ademas de adentrarnos en una problemática social nos da mucho para reflexionar. me parece completamente injusto que por disputas entre dos bandos los afectados directamente son las personas inocentes, por absurdas especulaciones o por simple rumores deban pagar con su propia vida.El salado como nos narran ahi cambio bastante ya que las cosas no serian las mismas, las personas viven con ese miedo a que vuelva a suceder, temen por sus vidas y no suficiente no tienen condiciones asi como los son un centro de salud, una escuela, una iglesia o demas instalaciones.tiene razon el cronista al decir que ” Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena”. lastimosamente esta es la realidad de nuestro pais.

  11. Anne Gabriela Patiño Barrios. dice:

    Teniendo en cuenta que hubieron dos grupos armados al margen de la ley, la gente humilde, campesina, quedaba en medio de estos enfrentamientos, los “paracos” “paramilitares” sin importarles el derecho a la vida asesinaban de una manera muy cruel a estas personas y de manera muy cínica. Es asombroso como puede llegar a trasformarse un lugar de risas, en un escenario sangriento, de dolor y miedo.
    ¿Ganaban algo con aplicar torturas, decapitaciones, violaciones y degollamientos? ¿Hasta donde puede llegar la mente del humano? ¿Hasta donde pudieron aguantar los campesinos y niños indefensos? ¿Ganaban algo con humillarlos? Sin duda alguna todos podemos llegar a saber que paso en el 2000 en El Salado, pero nadie se puede llegar a imaginar el dolor tan grande que pasaron esas personas y que aún marcan la vida de muchos familiares que viven allí.
    Creo que no hay palabras para describir esa masacre que tuvo más de 6000 personas asesinadas y considero que es una de las matanzas más grandes de la historia por parte de los paramilitares.
    Con esto podemos darnos cuenta la realidad del país, y la indiferencia por parte de las otras personas. Hoy en día aunque no lo crean se siguen viendo estas cosas de una u otra forma y lastimosamente por no vernos afectados nos volvemos ignorantes y dejamos de lado a esas personas, el país no le pone cuidado a esas situaciones hasta cuando se convierten en grandes tragedias.

  12. Laura Carmona. dice:

    Ya conocía el relato, aunque leyéndolo de nuevo, se siente el mismo escalofrío que la primera vez.

    Este par de grupos armados (que pareciera que son tan diferentes, pero a la hora de hacer daño son tan iguales), no solo fueron causantes de la masacre de 66 personas en la cancha, como dice en el texto “con tanto esfuerzo se construyó para los niños que son el futuro del mundo” Sino que también ellos mismos fueron quienes ultrajaron este símbolo propio de lugar; las gaitas. Es triste y crudo, pero a la vez realista la forma en que narran, por ejemplo, la muerte de la señora Nayibis Osorio. Puede que sea cierto, cómo puede que no, si fue amante del guerrillero del cual no dan el nombre, pero sigue siendo injusto porque en ninguna constancia tenían ellos sí fue alguna de las “sapas” como ellos lo nombran, quienes los traicionaron ante las autoridades. Aparte de todo, es injusto que tras asesinar a quienes llevaban en su “lista negra” hicieran un juego con la muerte para conducir a cierta cantidad de personas (por entretenimiento propio) a la misma. En un sentido crítico hacia la ocasión como tal, no es para nadie un secreto que está mucho más que mal la situación. Siempre hemos tenido a Colombia en un retrato de país alegre, pero no es un país alegre, es un país feliz. Porque de ser alegre no hubiesen ocurrido todas estas cosas. No quiere decir que para serlo tenga que ser perfecto, pero son muchas las memorias que conservan los viejos colombianos, los de pura cepa como dirían en el llano, de las cuales se han forjado pueblos y ciudades bajo muchas muertes. Colombia es un país feliz porque la gente es feliz, más no alegre. No se puede ser alegre bajo un manto lleno de guerra, sangre y las vidas que se han ido cobrando a lo largo de nuestra historia. Y en cuanto a un sentido crítico por la crónica, en sí, es genial, es perfecta, es uno de esos escritos que te hace sentir o preferir las crónicas antes que las novelas, porque narran historias reales, en tiempos reales y que forjaron nuestras vidas y nosotros, pues, somos reales.

  13. SARAH VALENTINA PUENTES MORENO dice:

    Esa situación que se vivió en el salado me parece totalmente repugnante y desconsiderada ya que a mi parecer es una ridiculez estarnos acechando y matando entre nosotros mismos. y no solo eso sino la forma en que fue ejecutada esa masacre donde la dignidad de esas personas se vio vulnerada puesto que fueron masacrados, humillados y torturados de la peor forma existente.

  14. efrain zambrano dice:

    ami forma de ver me parece muy feo ya esto es muy malo porque no que matar tanta gente por un simple problema por decir asi la guerrilla y las farc no tienen que matar a la gente porque no les gusta lo que ha ellos les gusta por lo cual esto es muy mal para siguiente generacion , la historia esta bien redactada pero lastima como esta la sociedad de hoy en dia

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