La soledad de El Camino

Publicado: 13 mayo 2011 en Juan Martínez
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Del grupo de vagos que toman guaro de caña bajo una farola y juegan a los dados se levanta un hombre, se coloca frente a una pared y cuando comienza a ponerse en posición de orinar, en coro los demás le gritan que no lo haga. No hace caso y un chorro de orina caliente cae sobre el muro ante las miradas absortas de sus amigos. Los mira divertido y se ríe.

–¿Qué putas les pasa? –les pregunta.

Es entonces cuando lo descubre él mismo. Levanta los ojos y frente a su cara se encuentra con dos enormes letras góticas de color negro: MS. Anuncian quiénes son los amos de este lugar. El borracho trata de regresar a su sitio con la esperanza de que no lo hayan visto quienes puedan sentirse agraviados. Pero lo que esas dos letras representan tiene ojos por todos lados. De pronto, el hombre está rodeado por una jauría de sombras furiosas que se lanzan en un solo movimiento sobre él. Están a punto de matarlo a patadas y garrotazos cuando alguien interrumpe.

–Ya estuvo, perros –les ordena este hombre de 30 años con ese timbre casi metálico que sale de su garganta.

Su autoridad es irrebatible y la jauría se aleja, dejando al ebrio medio vivo al pie de las dos letras, como una ofrenda de perdón a un dios de pintura agraviado por los orines.

El Camino vive en la cima de una colina, donde termina una calle angosta que serpentea por entre un amasijo de comunidades marginales y quebradas malolientes. En el centro del dominio incuestionable de la Mara Salvatrucha 13. Dominio que confirman las paredes, manchadas con las dos letras que ya casi tienen vida propia, y que ratifican decenas de cuerpos marcados para siempre con el mismo código. Ahí, en una casa con techo de lata que se queja furioso en las noches de lluvia y asa a los habitantes en los días de sol, El Camino se levanta todos los días a construir con sus manos el pan que vende en las tiendas de la zona y que le permite subsistir.

En medio de la harina, los rodillos y el olor de la jalea de piña que llevan por encima los pichardines y las enrejadas, El Camino cuenta su historia, habla de sus días de gloria en la Mara Salvatrucha, cuando era el monarca de estas latitudes. De esos días solo le han quedado el recuerdo, algunas cicatrices, testimonios suturados de viejas batallas contra el Barrio 18, la reverencia de los más jóvenes y un cuerpo cubierto de tatuajes. Testigos de tinta que confirman sus palabras. Luego de haber fundado la clica de la zona y luego de haber sido el líder de esta por mucho tiempo, El Camino pasó a una especie de retiro para transfigurarse en una suerte de consejero de los nuevos pandilleros.

Como el anciano de una tribu, les contaba a los más jóvenes cómo nació la Mara, cómo esta se abrió campo en medio de tantas pandillas en la selva violenta de Los Ángeles, en California. Les hablaba de las luchas épicas contra los chavalas del Barrio 18 y rememoraba a los grandes héroes de la pandilla. Les hablaba de El Casper, su amigo de infancia; de El Drogo, su compañero de celda en Apanteos; de El Gato, su primer jefe, y cada vez que mencionaba sus nombres ponía un dedo en los tatuajes en forma de tumba que decoran su piel. Ahora El Camino vive solo, su clica lo ha abandonado, pues la frenética lucha contra la Barrio 18 no les deja tiempo para ocuparse de los retirados. La guerra la hacen ahora otros más jóvenes que ven a El Camino como una pieza de museo, valiosa pero obsoleta, a la que ellos deben cuidar.

***

Esta comunidad, que gobierna desde la punta de una colina, se ilumina con los primeros rayos de sol que se abren paso entre las nubes grises que aun se resisten a irse a las 7 de la mañana. El calor del sol va espantando poco a poco el frío de la noche. El viento sopla fuerte y hace bailar a los árboles en una fiesta verde que se celebra en los cerros que la rodean. La gente comienza a moverse por la única calle que llega hasta acá. Algunos con la premura de los asalariados que van tarde, otros con los pasos conformes y extraviados de los que buscan trabajo. De las casas de la colina contigua a la de la esta comunidad aún salen, tímidos, los últimos hilitos del humo de la leña que cocinó el desayuno. Parece un campamento apache.

Adentro de la panadería-casa de El Camino suena una canción, suave y boba, de Shakira, que compite con el zum zum de los árboles hamacados por el viento. El volumen está alto. Él no escucha bien desde cuando un balazo le destrozó parte del oído derecho. Prepara la masa y los otros ingredientes: plátano y pan viejo para el budín, azúcar y manteca para los pichardines y las picudas. Con los rodillos comienza a atormentar la masa y a medida que esta va adquiriendo una consistencia más estable, El Camino comienza a repasar su vida, desde que la recuerda. El relato, como un aviso de lo que viene, comienza con la muerte.

El primer muerto que El Camino vio, humeaba medio quemado en un basurero de Mejicanos. El Camino apenas era un niño de nueve años y huía con su abuela y sus hermanos pequeños hacia un albergue de refugiados cerca de la iglesia Don Rúa. Huían de las balas y las granadas con las que la guerrilla y el ejército se atacaban en Mejicanos, y de las bombas que la fuerza armada había amenazado con dejar caer para cocinar a los guerrilleros que se apostaban ahí en noviembre de 1989. El cadáver tenia la mitad del rostro quemado y en donde normalmente está el estómago, un enorme agujero. El Camino recuerda haber metido su brazo despacio, enhebrando el cadáver.

–Quería ver si de verdad lo podía traspasar –dice, con una risa de niño travieso.

Fue por esos días cuando conoció la calle. El albergue de la iglesia Don Rúa propició el encuentro con otros niños y juntos comenzaron a vagar por las calles del centro de San Salvador.

***

El Camino saca de algún lugar en su cuarto una foto vieja. Está quemada de un lado y lo amarillo de la imagen refleja que ya tiene sus años. En ella se puede ver a una mujer joven, morena, con unos enormes ojos oscuros y mirada profunda y seria. Viste jeans y camisa roja. Lleva una pañoleta roja atada al cuello. Era guerrillera y se llamaba Fátima. A su lado izquierdo se ve a medias el cuerpo de un niño. Apenas se distingue, pues el fuego se comió la imagen. Es un niño de unos 4 años que se aferra a la mano de la guerrillera. Es rubio y viste de blanco, lleva una gorra de marinero que le queda grande.

–Vaya, ¿quién iba a decir que ese niño se iba a hacer de la pandilla más peligrosa del mundo, vea? –dice El Camino, mientras se ve a sí mismo en la foto, aferrado a su madre.

Tiene razón, parecería imposible que ese niño de la foto fuera la misma persona que este hombre, del que apenas se distingue su cara tras los tatuajes. El Camino está a punto de relatar cómo su vida se fue convirtiendo en una serie de tatuajes cuando de pronto unas piedrecitas caen sobre el techo. Es señal de que hay que abrir la puerta. Llega Hugo, un niño de 12 años que orbita alrededor de los pandilleros de la comunidad y especialmente de El Camino. Jazmín, su madre, vende horchata frente a la casa comunal, su hermana Karla es pandillera y es una de las parejas de Little Man, el líder de la clica de la comunidad. A su padre lo mataron un 5 de junio mientras asaltaba un camión. Hugo ha dejado de ir a la escuela y se pasa el día con El Camino. Se sienta a verlo hacer pan y a escuchar sus historias. El Camino le da un pedazo de pan.

–Vaya, perro, comé –le dice, con tono paternal.

El niño toma el pan y hace alarde de su talante.

–¡Eso es verga, cerota! –le dice, a modo de agradecimiento por el pan. Luego se dirige a mí y se jacta, mientras me cierra uno de los ojos–. ¡Bien entrenada tengo a esta hijeputa!

El Camino lo mira orgulloso y me dice, como quien hace una premonición:

–Este lleva el camino de la Mara.

El pandillero cuenta que vivió con su madre pocos años, en El Paisnal, que entonces era un pueblo más de los que la guerra atormentó. Salieron de ahí y se fueron a vivir donde Pamela, la madre de Fátima en Mejicanos. Fátima salía con frecuencia, tardaba a veces meses en regresar. El Camino la recuerda como una mujer violenta, siempre con su pistola al cinto y su pañoleta roja. Unos días antes de la ofensiva final lanzada por la guerrilla, Fátima se fue para no volver más. Al cabo de unos días su abuela, al ver que su hija no regresaba, decidió dejar al niño en las calles de Mejicanos.

***

Es mediodía y una turba de niños inunda la calle, escoltados por una patrulla de la policía. Hace unas semanas acribillaron a balazos a dos niños a menos de 20 metros de la escuela. Les dispararon desde un carro. La gente sospecha de la Mara Salvatrucha, pero nadie sabe por qué los mataron. Hace hambre y es la hora de preparar lo de siempre: sopas instantáneas, aguacate y un racimo de tortillas.

Una pregunta sencilla basta para que El Camino comience a repasar su vida. ¿Qué se siente al matar? Echa un escupitajo en el patio, se acomoda en su silla plástica, como preparándose para recordar, para contar algo que pasó hace mucho mucho tiempo, durante sus primeros años dentro de la Mara Salvatrucha 13.

En esos tiempos la Mara no era lo que es ahora. Los primeros pandilleros deportados comenzaron a organizar sus clicas con niños de la calle, vagabundos y drogadictos. El Camino era uno de esos. Erraba sin rumbo por las calles de Mejicanos. Ahí conoció a El Gato, de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Este lo inició y ha sido su única figura paterna. Hoy, luego de que lo mataron, vive en forma de tatuaje en el cuerpo de El Camino. Fue uno de los primeros deportados y la Hollywood una de las primeras clicas de la Mara en el país. El Camino buscó a este pandillero luego de que un chavala del Barrio 18 le diera dos patadas en las costillas.

Un día, otro niño lo llevó a una casa, en Mejicanos, donde vivía un hombre viejo. Un grupo de niños de la calle lo visitaban porque les regalaba dulces y dinero. A cambio, el viejo los violaba. Les pedía que llevaran más niños a su casa para que pudiera darles más dinero y más dulces. El Camino, quien en esa época era conocido como El Pega, de la Hollywood, comenzó a llegar con frecuencia. Pasó a ser el favorito del pederasta. Este se sentaba en un suntuoso sofá con El Camino delante y hacía que el chico le introdujera el pene en la garganta hasta hacerlo eyacular. Mientras tanto, el viejo se masturbaba. Cuando El Gato se enteró, ordenó a El Camino, severo, como un padre enojado.

–Me llevás ahora mismo donde ese viejo culero. Usted es de la Mara Salvatrucha y tiene que darse a respetar.

Juntos fueron hasta la casa del pedófilo y una vez dentro y con la puerta cerrada El Gato comenzó a coquetearle. El viejo, fiel a su método, se sentó en el sofá con El Gato delante y comenzó con su ritual. Minutos después, El Gato eyaculaba en la garganta del hombre. El Camino vio cuando su líder sacó el revólver de un bolsillo y le quitó el seguro. Cuando el pederasta retiraba su boca del miembro húmedo, El Gato le pegó un tiro en la cara. El hombre se retorcía en el lujoso sofá y El Gato alargó la mano con el revólver hacia el muchacho. Botaba por la boca un hilo de sangre, saliva y semen cuando El Camino le dio el último balazo en la cabeza. La muerte del pederasta se convirtió en un EMESE de tinta, un tatuaje que los pandilleros solo pueden hacerse luego de haber matado. El Camino se había ganado las letras. Ahora esa marca se apretuja entre tumbas, mujeres desnudas y demonios de tinta en su cuerpo.

La historia se interrumpe cuando un olor raro llega a su nariz y lo devuelve al presente. Corre hacia el horno. No hay nada que hacer: el budín se quemó por completo.

***

Una llovizna de piedrecitas cae nuevamente en el techo. Esta vez se trata de Trompa. Es un joven de una clica vecina que por alguna razón está viviendo en la comunidad. Me saluda desconfiado y se le acerca al oído a El Camino. Hablan un rato en voz baja, en un lenguaje incomprensible y se despiden chocando las manos en forma de garra, la señal de la Mara Salvatrucha. El Camino se queda callado un rato. Rescatamos con una cuchara lo que no se quemó del budín. Da pesar ver los pedacitos de plátano convertidos en carbón y el caramelo, que debería tener un color caoba y un sabor amielado, convertido en una superficie negra y tostada. Hugo devora goloso los pedazos comestibles y se ríe de nosotros.

–Pobrecitas mis putas, ja, ja, ja… –se ríe, y la carcajada le hace cerrar un ojo y mostrar los colmillos.

El Camino no dice nada. Lo que vino a decirle Trompa debió haber sido malo. Solo se escucha el sonido de nuestras cucharas raspando los recipientes. De vez en cuando Hugo rompe el silencio para preguntar, con la boca llena de budín quemado, por algún pandillero muerto. El Camino sin mirarlo posa su dedo en algún tatuaje. Cada vez Hugo lo mira achinando los ojos y continúa engullendo el budín. De pronto me cuenta, sin preámbulos, que la policía ha atrapado a dos pandilleros de la zona. Venían en una moto, fueron a matar a alguien. La policía los interceptó. Los detuvieron a fuerza de balas y luego los contraminaron con la patrulla contra un muro. Ambos están vivos aún. Esperan un juicio, esposados a unas camillas del hospital Zacamil.

Hay un tema que a El Camino le apasiona más que ningún otro: mujeres. Silvana es su novia. Es una niña de 14 años y de una belleza abrumadora. Frunce la cara y revela que han cortado. Ella quería un hombre poderoso, respetado y no un veterano como él. Es entonces cuando El Camino cuenta la otra parte de su vida, la que le pertenece a otra Fátima, la madre de sus tres hijos. La mujer que le rompió el corazón.

Vierte un poco de jalea sobre una concha de masa que ha fabricado con el rodillo. Pesa un poco de manteca, pone un poco de vainilla en un recipiente y lo mezcla todo.

Fátima y El Camino se conocieron en la calle. Él se la ganó a otro pandillero de la Mara en una justa a puños y desde entonces comenzaron a vagar juntos por las calles de San Salvador. Poco a poco El Camino, a fuerza de combates, fue adquiriendo estatus dentro de la pandilla. Vio morir entre sus manos a varios chavalas del Barrio 18. Participó en el exterminio de las pandillas ochenteras como La Máquina, la Mara Gallo, la Mara Chancleta. Sobrevivió a batallas épicas en donde murieron grandes guerreros de la pandilla como el Finado Sky, El Finado Casper, entre otros. Estos pasaron a tupir su cuerpo en forma de lápidas marcadas para siempre en la piel. Abandonó la clica que lo vio convertirse en pandillero, la Hollywood Locos Salvatrucha, para fundar y dirigir la clica de esta zona.

El Camino se recuerda a sí mismo caminando por el centro de San Salvador con su primer hijo, Isaías, en los brazos. Y a su lado Fátima cargando una pañalera. Cuenta cómo tuvo que pelear con tres enemigos usando la pañalera como escudo contra las cuchilladas. Dice que vio cómo un diente voló luego de asestarle un puñetazo al chavala que insultaba a su mujer. De ese episodio, de esos días, solo quedaron los surcos que dejaron las cuchillas y que ahora muestra con orgullo. Mientras habla de esos días, los ojos se le pierden en el techo de lata que a estas horas hierve. Son las 2 de la tarde y la comunidad se ha sumido en su letargo de siempre. Nada se mueve a estas horas. Solo el loco de la casa de enfrente se asoma por un balcón y da alaridos al cielo, mientras pone los ojos en blanco. Se cubre la cara con sus antebrazos, como esperando una avalancha imaginaria, y vuelve a gritar.

El Camino tuvo tres hijos con Fátima. Isaías es el mayor y a sus 12 años más que su hijo parece su pequeño clon. Es un niño alegre y despierto. Nunca he visto a los otros dos. Están en un orfanato del Estado. La abuela de los niños, la madre de Fátima, ya no podía cuidarlos, y además vive en un territorio controlado por el Barrio 18.

Una noche, de esas largas que El Camino pasó encerrado en una celda del penal de Ciudad Barrios, otros pandilleros se le acercaron.

–Tino, te tenemos que decir algo, perro… ¡puta, la onda es que tu jaina anda con otro bato, de la Mara!

Él no respondió nada. Los pandilleros se fueron como vinieron, despacio, como en marcha fúnebre. Fátima, su Fátima, lo había traicionado. La madre de sus hijos le acababa de romper el corazón y sin embargo algo más atormentaba sus pensamientos. Algo más siniestro. En el mundo de las pandillas los errores se cometen una vez. Su obligación como pandillero era matarla.

–Con las dos letras no se juega, la bestia se respeta –le había dicho El Gato, de los Hollywood.

Debía matarla. Solo tenía que dar su visto bueno para que el carro de la guerra de la Mara Salvatrucha arrollara para siempre a Fátima. Era la madre de sus hijos. Era el amor de su vida.

–Pruebas, ¡quiero pruebas! –les gritó El Camino al siguiente día, esperando con fe que estas no existieran. Pero la prueba definitiva para el último juicio de Fátima llegó en forma de vídeo dentro de un celular. La suerte estaba echada. El Camino dio el OK. El Carro de la guerra comenzó a moverse.

Emocionados, otros líderes de la pandilla lo buscaron para ofrecerle “apoyo”. Uno le dijo que si quería descuartizarla su clica podía encargarse, pues eran especialistas. Otro le ofreció un M-16, por si quería “rafaguearla”. Otros, más sensatos, le dijeron que no se preocupara, que su clica se encargaría de todo, sólo tenía que dar su aprobación y desentenderse del asunto.

El Camino sabía lo que le pasaría a Fátima. Había visto tantas veces a sus homeboys ensañarse con el cuerpo de una mujer. Los había visto golosos, robándoles los pezones con un cuchillo mientras les invadían el cuerpo. Fue un amigo quien le dio la fuerza para echarse atrás.

–Mirá, si no la querés matar, ahí dejala, pensá en tus hijos, perro.

Era lo que El Camino necesitaba. Se comunicó con su clica y les ordenó detener la acción. De no haber tenido el poder que ostentaba entonces habría sido imposible detener la marcha de la bestia.

Tiempos oscuros y tristes fueron aquellos para El Camino. Los otros pandilleros lo excluían, lo tenían por débil, decían que El Camino estaba envejeciendo, que había perdido el brillo, que no era el mismo.

***

El Camino saca del horno la primera tanda de pan dulce, lo pone sobre la mesa y lo cubre con una manta. El horno, al abrirse, vomita una bocanada de vapor que lo hace apartar la cara. Prepara las otras bandejas y las mete dentro de esta caja metálica.

El Camino retrocede unos años, a la primera vez que estuvo tras las rejas, antes de estar en Ciudad Barrios, antes de que Fátima le rompiera el corazón.

Sin mencionar bajo qué cargos, recuerda que entró con su amigo de infancia, El Casper, por la noche. La oscuridad lo llenaba todo en aquella celda del centro penal de Apanteos. Al entrar, una sombra los increpó desde lo alto de un camarote:

–Ajá, perros, aquí somos MS. ¿Y ustedes qué barrio rifan?

–Nosotros la Mara Salvatrucha, perro –respondieron ambos, al unísono.

Pero la sombra quería pruebas. Les dijo que se lo demostraran. El Casper estaba furioso, pero se levantó la camisa lentamente y mostró con resignación el enorme MS que llevaba en su pecho.

–¿Y vos, pendejo, no pensás enseñarme nada? –le ladró la sombra a El Camino, desde lo alto.

El Camino no dijo una palabra. En cambio, se movió hacia la sombra lentamente, centímetro a centímetro, y mientras la sombra esperaba una respuesta, ante sus ojos fue apareciendo, poco a poco, la figura de un demonio. Era el demonio que separa la M de la S en la frente de El Camino.

La sombra guardó silencio pero hizo su propio movimiento: tomó sus cosas y las acomodó en el suelo. Aquella primera noche en Apanteos, El Camino y El Casper durmieron en la cima de un camarote.

***

Eran tiempos difíciles en el penal de Apanteos. Las pandillas aún no estaban separadas y tenían que convivir juntas dentro de los muros. La Mara debía estar unida para poder sobrevivir. Mientras El Camino dormía, El Casper velaba su sueño con un machete, y viceversa. La misma fórmula a la hora de ir al baño, en la ducha. Las reglas eran claras: ningún pandillero podía ofender a la pandilla rival. Simplemente no tenían que dirigirse la palabra. Quien rompiera una regla lo castigaría su pandilla, jamás la otra. La cárcel era una bomba de tiempo y a los meses de que El Camino entrara reventó el motín que pasó a ser conocido como “la molleja de Apanteos”.

Un día, a los pandilleros del sector de El Camino los despertó un barullo. Un ruido que iba subiendo como la corriente de un río en tormenta. Primero solo fueron algunos gritos y nadie se asustó mucho. Era normal dentro de Apanteos escuchar gritos de vez en cuando. De pronto los gritos fueron subiendo más y más y se acercaban. Ya eran claros los lamentos, insultos, golpes en las paredes y gritos de victoria.

–¡Que viva el big Barrio 18 mierdas hijos de la gran puta! –escuchó, con claridad, El Camino.

El Barrio 18 estaba lanzando una ofensiva contra la Mara Salvatrucha. La cárcel entera había reventado y adentro se libraban luchas al estilo medieval. El Camino pensó en El Casper y se preocupó. En la celda de El Camino había unos 40 MS y todos se lanzaron de los camarotes y salieron en busca de sus armas: machetes, punzones, cadenas, cuerdas, ángulos afilados, sacatripas y tridentes. Pero justo cuando iban a salir de su celda para unirse a la locura de la lucha cuerpo a cuerpo con los Barrio 18, la última patrulla de custodios, que aún no había huido, alcanzó a cerrarles la puerta metálica de su celda. A pesar de que El Orco saltó desde lo alto de su camarote con un patada, no pudo detenerlos. La puerta de salida quedó bloqueada. Se quedaron como simples espectadores de la molleja.

Pasaron varias horas escuchando los gritos de sus homeboy. Alaridos de muerte, súplicas e insultos. El Camino y los demás se pegaban a la pared para escuchar si sus homeboys seguían vivos. Campeaba el caos. Cada quien le gritaba a los homeboys de sus clicas. Él estaba preocupado por El Casper porque este ya no estaba en la misma celda. Lo habían separado días atrás, y aunque El Camino sabía que su amigo de infancia era tigre para el combate, también sabía que los habían agarrado desprevenidos. Quizá ni siquiera habían alcanzado a armarse.

Los gritos y el humo se prolongaron toda la madrugada. Comenzó a amanecer y los primeros rayos de sol dejaban un panorama nada alentador. Pequeños ríos de sangre corrían por las gradas de la prisión. Celdas carbonizadas. Algún grito suelto producto de algún combate rezagado. El Camino y los demás de su celda miraban por entre los barrotes. Habían intentado romper el candado toda la noche sin resultado. Comenzaron a gritar los nombres de sus homeboy:

–Casper, ¿estás vivo? Contestame, perro, por favor…

–Maligno, ¿cómo estás?

–Triste, hablame, perro, contestame…

Nada. No había respuestas.

De pronto se comenzó a escuchar un coro de pasos que se acercaba cada vez más. Eran los chavalas del sector 4 que iban por ellos. Venían chocando los machetes contra el piso y bañados en sangre. Venían intoxicados, borrachos de violencia. Con ganas de matar. Eran liderados por El Burro, del Barrio 18.

El Camino y sus perros es taban rabiosos, querían pelear. Pero unos candados se los impedían. Los chavalas no se animaban a acercarse mucho. Sabían que de abrirse la celda, ellos llevaban las de perder, pues estaban heridos y cansados. Habían matado toda la noche.

De pronto sonaron las sirenas de la Policía. Los helicópteros sobrevolando la cárcel y golpes de las botas de los primeros miembros de las fuerzas especiales que ya estaban intentando entrar al penal. Los chavalas se retiraron despacio, sin darles la espalda. Dejando en su partida un charco de sangre.

El Camino se sirve un vaso del agua contaminada que bebe siempre y a cuyas bacterias ya les ha pillado el gusto. Se recuesta en una mesa. Abre el horno para mover el pan y sonríe sabiendo que hay sed de escuchar el final de la historia. Camina hacia el patio y lanza un enorme escupitajo. Se queda callado y continúa caminando despacio, sereno, viendo hacia los cientos de casitas que tupen el cerro.

El Camino regresa a Apanteos. Los demás pandilleros de la celda, que a esas alturas ya lo reconocían como líder, se daban golpes contra las paredes. Aquellos hombres lloraban a gritos. Sabían que la Mara Salvatrucha no les perdonaría no haber participado y haber dejado morir a sus homeboy. Dentro de la Mara esto significa la muerte o vivir como parias, perder todos los privilegios y perder el respeto que se han ganado durante toda una vida.

–Viejo, vos sabés que yo no soy culero, viejo, vos lo sabés. ¡Puta, puta, qué voy a hacer! –le decía un homeboy a El Camino, y este lo tranquilizaba diciéndole, sin mirarlo, que tenía un plan.

Si el homeboy hubiese dejado de llorar y hubiera seguido los ojos de su líder se habría dado cuenta de qué se trataba. El Camino miraba hacia una celda, a unos 30 metros de distancia de la suya.

Los escuadrones especiales de la Policía entraron y se llevaron a todos los pandilleros que habían participado en el motín. Solo dejaron a El Camino y a sus compañeros de celda, pues ni siquiera habían salido de la mazmorra. Pero lo que El Camino había visto era a dos ocupantes de aquella celda a 30 metros de distancia a quienes la policía no se llevó porque no estaban tatuados. Pero El Camino sabía que eran dos B18. Los B18 rezagados ni siquiera se habían dado cuenta de que había una celda entera llena de enemigos.

El plan no era muy complejo. Drogo y El Camino comandarían al grupo de asesinos para entrar a la celda. Una vez dentro se dividirían en parejas y unos ocho pandilleros atacarían a cada chavala. Los demás tratarían de controlar a los reos comunes. No les convenía atacar a estos últimos pues eso significaba una declaración de guerra contra todas las bandas de la prisión que siempre se unían contra los pandilleros.

Si la operación salía con éxito, no perderían respeto dentro de la Mara. De hecho, incluso podrían ganar algunos puntos, pues se consideraría como una venganza legítima contra el Barrio 18.

Solo dos cosas frenaban a este escuadrón de la MS. Si ellos mataban a estos tipos, las fuerzas especiales entrarían de nuevo a la prisión y eso significaba una golpiza de horas. Los saldos de estas incursiones podían incluso llegar a la muerte. Por otro lado, los otros 38 reos de la celda de los B18 al verlos llegar armados podrían malinterpretar el ataque y combatirlos y eso podía significar otra batalla campal como la de la noche anterior. Solo que esta vez serían cuarenta pandilleros contra al menos 300 reos comunes.

Era la hora de almuerzo y las celdas estaban abiertas. Como cosa rara, ese día habían servido pollo con arroz. Un manjar en la cárcel. Todos los pandilleros de El Camino cayeron sobre el pollo como animales. Este los miró fijamente, dio una sola mordida a su pollo y se levantó. Los demás se quedaron con pedazos de pollo en la boca, como perros regañados. El Camino explica que cuando se va a ejecutar una masacre no hay que comer mucho, porque esto lo pone a uno perezoso y resta agilidad a la hora del combate. Uno a uno los homeboys fueron dejando los platos a medio comer y se fueron a la zona de celdas a prepararse.

En la puerta de la celda ya El Camino tocaba con las yemas de los dedos la parte plana de su machete. A su vera, Drogo temblaba y hablaba consigo mismo, como para inyectarse ánimos.

–Órale, perro, órale, vamos a hacer mierda a esos malditos chavalas… óraleee, órale, perrooo…

Cuando decía eso, de vez en cuando miraba a El Camino y con un hilito de voz le decía:

–Vas a venir conmigo, ¿veá, perro? No me vas a dejar perder, ¿va, perro?

El Camino estaba calmado. Eran los días en que no le importaba morir. De pronto dio la voz de mando. No salieron corriendo. Era más parecido a una marcha fúnebre, tratando de no hacer ruido. Cada uno llevaba las armas básicas para una batalla: un machete, una cubeta a modo de escudo, un pedazo de colchón enrollado alrededor del estómago como armadura y una toalla alrededor del brazo.

Cuando entraron a la celda de los chavalas los encontraron totalmente desprevenidos. Uno comía su pollo tranquilamente sentado en una cama. Al verlos entrar, no se movió, sólo cerró los ojos quizá esperando que no lo vieran. Pero El Camino lo vio. Mientras los demás corrían en tropel hacia el otro chavala, se le acercó y le metió la enorme hoja metálica en el estómago lo más hondo que pudo. Al sacarlo, un intenso olor a mierda invadió la celda. Le había perforado los intestinos.

El moribundo pandillero agarró con la mano el machete con tanta fuerza que casi se corta sus propios dedos. Y, El Camino, por más que lo golpeaba, no lograba quitárselo. Lo movía de arriba abajo para cortarle la mano, pero el chavala lo cogía con más fuerza, mientras un caudal de sangre bajaba por el antebrazo de ambos.

El Camino, entonces, sintió pequeñas chispas tibias que caían en su cara. Era como un rocío caliente. Eran gotitas de sangre. Drogo había llegado por atrás del moribundo y le estaba asestando cuantas puñaladas podía en la nuca y los costados, usando un cuchillo con sierra. Y aun así, el tipo seguía sin soltar el machete de El Camino.

Poco a poco fueron llegando más pandilleros y fueron formando un círculo.

–Parecían perros hambrientos… solo les faltaba morderlo.

En el otro extremo, El Orco estaba de pie sobre una cama y con las dos manos hundía el machete en el colchón. Más abajo, en el piso, bajo la cama, el otro chavala rodaba por el suelo en un charco de su propia sangre, tratando de esquivar las cuchilladas sin mucho éxito. El Orco se divertía con el juego. A los dos lados de la cama otros homeboys le daban cuchilladas cada vez que podían. El chavala rodaba en un charco cada vez más grande hasta que poco a poco las cuchilladas de El Orco empezaron a ser más certeras y los movimientos del chavala fueron cesando…

***

El Camino se mueve por todo el cuarto. En un segundo convierte el rodillo en un M-16 y una bolsita de sal en una granada. Él mismo pasa rápidamente de ser El Camino a ser un chavala muriendo a balazos. Para cada historia tiene un tatuaje, una quemadura o una cicatriz que confirma sus palabras. Las va mostrando mientras habla como leyendo un mapa.

El Camino comienza con otra nueva historia de sus días de gloria en la Mara Salvatrucha. Cuenta de sus hazañas, de los homeboys que esta guerra frenética se llevó. Habla de El Sky, su segundo palabrero, de la vez que este le pegó tanto en castigo por oler pegamento que le salía sangre de los oídos. Cuenta con nostalgia cómo a él lo respetaban en la pandilla.

Relata cómo en la escuela de la cárcel se enamoró de su profesora de inglés, de las cartas de amor que se mandaban, de las ganas de lamerse los sexos que tuvieron que reprimir. Cuenta que nunca llegaron siquiera a besarse.

El Camino no se mueve de su silla plástica. Se queda viendo con nostalgia una foto vieja en la cual aparece él en la cárcel junto con otros dos pandilleros completamente tatuados. Eran otros tiempos. Hugo se queda sentado a su lado viendo al piso, esperando que las horas pasen.

Cerca de la casa aparece Jazmín, la madre de Hugo. La mujer ha tomado la decisión de irse de esta comunidad para siempre. Teme que Little Man, el actual monarca de este lugar, cumpla con su promesa de matarla si sigue interfiriendo con la incursión de Hugo a la Mara. Hay resabios de llanto en sus ojos de almendra y se dirige a la casa de El Camino a traer a su hijo.

La clica que El Camino fundó le ha dado a este la espalda porque tienen ahora cosas más importantes en qué ocuparse. El Camino saca del horno la última bandeja con pan. Pronto será de noche y él se dormirá esperando que el sol del siguiente día lo despierte para volver a hacer el pan de cada día. Para contar otra historia de cuando era el rey de este lugar o de cuando, a la edad de Hugo, inició su carrera pandilleril. “Este lleva el camino de la Mara”, dice El Camino, refiriéndose, orgulloso, a Hugo.

Jazmín sale de la casa y se pierde en un pequeño pasaje con pasos cortos y decididos, con los ojos llorosos, empujando a un hijo-piedra que cada vez rueda con más fuerza en ese camino hacia abajo.

Por razones de seguridad se ha utilizado nombres ficticios para identificar en esta historia a El Camino, Hugo y Jazmín.

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