La ruta de la devoción

Publicado: 10 agosto 2011 en Susan Orlean
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Un ómnibus es lo mejor y más grande que puede pedir un grupo viajero de cantantes de gospel a través de sus ruegos. Se sienten bendecidos si los contratan para un show, pero de verdad benditos si pueden encontrar la forma de llegar a él. A veces, cuando los llaman, no tienen cómo ir. Volar no es una opción porque es demasiado costoso, y porque los conciertos de gospel ocurren en lugares a los que no suelen llegar las líneas aéreas, como Demópolis, en Alabama, y Madison, en Georgia. Los Jackson Southernaires han cantado en programas de gospel de todo Estados Unidos casi cada fin de semana en los últimos cincuenta años, y viajaban de show en show abarrotados en cualquier auto: agradecían a Dios si éste era capaz de llevarlos al evento y traerlos de vuelta antes de quedarse varados. En 1965 cantaron en una competencia de gospel en Detroit, y uno de sus fanáticos apostó contra un seguidor de los Mighty Clouds of Joy [Poderosas Nubes de Gozo] a que los Southernaires ganarían. Los Mighty Clouds eran los favoritos, pero ganaron los Southernaires. El fanático quedó tan agradecido que les regaló un bus con una parte de sus ganancias. Los Southernaires viajan ahora en su tercer bus. Está pintado de azul y plata, tiene una placa que reza «Abróchate con Jesús», y el nombre de The Jackson Southernaires calado con una ondulante caligrafía en la parte posterior y a ambos lados del vehículo.

***

El ómnibus atrae la atención. Una vez, en una cafetería de Florida, un camionero que remolcaba un juego mecánico de carnaval desde Tampa hasta Birmingham se acercó a la mesa de los Southernaires, se presentó y les dijo: «Hace treinta años los escuché cantar en un salón de reuniones en Virginia, y desde entonces he soñado con conocerlos». Luego se golpeó el pecho y exclamó: «¡Gracias a Jesús por hacer que viera su bus!». Otra vez en Jackson, Mississippi, que es la base de operaciones del grupo, McKinley Mac Brandon, chofer de los Southernaires, estaba afuera revisando el motor y los neumáticos cuando una mujer se detuvo a tomar una foto del bus para su álbum gospel. Ella le pidió que posara junto a la llanta delantera. Él vestía su ropa de trabajo y no se sentía muy fotogénico que digamos, pero ella insistió. No hace mucho le pregunté a Mac Brandon si alguna vez llegó a ver aquella fotografía. Y él me contestó:

—¡Y cómo! Esa mujer y yo nos comprometimos.

Pero a veces el bus se convierte también en una fuente de problemas. Cierta vez, los Southernaires se quedaron varados en algún lugar entre Nashville y Louisville, y necesitaron tres días para conseguir el dinero que hacía falta para las reparaciones. Otra vez, en Richmond, Virginia, la transmisión del bus explotó, pero por suerte el cantante principal de Willis Pittman y los Burden Lifters (otro grupo de gospel) vive en Richmond y es mecánico y reparó la transmisión gratis. Otra noche, en medio de Ohio, al bus se le reventó un neumático y al mismo tiempo se quedó sin gasolina. Un granjero que había oído la conmoción salió de su casa, entró en su granero, encontró un neumático que le hiciera al aro, llenó una galonera con gasolina, ayudó a levantar el bus, reemplazó la llanta, llenó el tanque de combustible, los remolcó con su tractor a la carretera y luego sacó su tarjeta de miembro del Ku Klux Klan y les pidió que siguieran su camino.

Los seguidores de la música gospel son quizá la más pobre de las audiencias masivas en Estados Unidos, y hay también mil maneras de cómo los cantantes de gospel podrían ganar más dinero: trabajar en un Kmart, la cadena de supermercados estadounidense, o emplearse como obreros de construcción. La mayoría no gana lo suficiente con su música como para vivir. Es un asunto de devoción. La música gospel tiene orígenes complicados, pero proviene en esencia de un movimiento negro del sur llamado Iglesia de Dios en Cristo yla Santidad, que forma parte dela Iglesia Metodista.Musicalmente el gospel es la unión de himnos de reanimación ingleses y estilos africanos: llamadas y respuestas, lamentaciones, vociferaciones. En los años treinta, los cantantes de gospel empezaron a viajar por un circuito de auditorios, templos y campamentos, y a lo largo de medio siglo su camino apenas ha cambiado. Existen discos de gospel, aunque para la mayor parte de la audiencia es más una forma de adoración y representación pública que algo que uno escucharía en su casa.

Los Jackson Southernaires dejan su casa cada jueves y pasan el fin de semana en la ruta. Han cantado en lugares tan pequeños como Blytheville, Arkansas, y tan grandes como Brooklyn. Han cantado en iglesias medio vacías como en teatros repletos. En 1994, por vez primera, cantaron en Francia y fueron tratados como estrellas. No hace mucho viajé con los Southernaires por el circuito gospel. La primera noche de ruta no pude dormir, así que me senté en los peldaños de la cabina del bus y hablé con McKinley Mac Brandon. Íbamos a Demópolis, un pueblo venido a menos en medio del estado de Alabama. Mac me dijo: «Estamos adentrándonos mucho en el país. Espera y verás, la gente vendrá al concierto hasta en mulas». Él ha sido chofer de bus gospel por veinticinco años, y se unió a los Southernaires en 1991. Su hogar está en Carolina del Norte, pero se queda a menudo en Jackson, Mississipi. Me contó que su cenit profesional fue en 1981, cuando nominaron a Willie Neal Johnson para el Grammy y los Gospel Keynotes fueron a la ceremonia en una limosina.

–No era sólo la limosina –me dijo–. Cuando fueron a recogerme, abrí la puerta y ahí estaba Dionne Warwick. Fue una experiencia hermosa. Abrí la puerta, vi a Dionne y me quería morir.

Si Mac Brandon se cansa, James Burks conduce. Pero ése es su trabajo secundario con los Southernaires. Su ocupación principal es tocar el bajo y hacer la segunda voz. Todos en el grupo cumplen una doble función. Granard McClenton, el guitarrista –que es delgado, despreocupado y viste con mucha elegancia–, negocia los cuartos de motel cuando se detienen en un pueblo, y también escoge cuál de los seis juegos de uniformes iguales vestirán cada noche. Durante mi viaje con el grupo, Melvin Wilson cantaba tenor (alto) y falsetto (altísimo), y era además el ingeniero de sonido. Tiene una piel oscura satinada y la cara rellena y en forma de calabaza. Cuando Melvin era adolescente, su padre manejaba un grupo de gospel llamado los Dynamic Powell Brothers. Nadie sabía que Melvin Wilson podía cantar, ni siquiera Melvin. Un día regresaba a casa de un show y simplemente abrió la boca y se dejó llevar. Los Dynamic Powell Brothers lo contrataron en el acto. Cuando viajé con los Southernaires, el tecladista era Gary Miles (Melvin y Gary salieron hace poco del grupo para unirse a otra banda). Gary Miles también descargaba el equipo del bus y lo regresaba tras cada presentación. En su vida fuera de las carreteras es actor. Ha sido extra en Murder, she wrote y en Magnum P.I. En ambas oportunidades lo eligieron para personificar a un dedicado mesero.

Maurice Surrell toca la batería, canta y es el policía de los Southernaires: él anota a los miembros del grupo cuando infringen las reglas. Son quince páginas de reglas escritas a máquina y fueron creadas por Luther Jennings, uno de los miembros originales que ahora enseña matemáticas en una escuela secundaria de Jackson. Luther Jennings quería que los Southernaires fueran conocidos como los caballeros del circuito gospel, así que sus reglas son muy estrictas y las multas, elevadas. Veinticinco dólares por usar el uniforme arrugado. Veinticinco más por tener los zapatos sin lustrar. Cien dólares por maldecir. Cien más por llevar a una jovencita al restaurante donde come el grupo. Veinticinco por dar una nota errada en una canción. Luther Jennings no creía en la indulgencia: si él transgredía las reglas se multaba a sí mismo. Pero también era el cobrador de los Southernaires. A veces los promotores de los conciertos se conmovían tanto con la interpretación de los Southernaires que extraviaban el dinero que debían pagarles. Luther se irritaba tanto por esto que siempre llevaba consigo una o más armas de las que posee. Un revólver simple, un rifle de repetición, una 22, una 32, una Winchester, dos revólveres 25, algunas escopetas cartucho 12, dos 357, dos 45 y un par de armas de mano exquisitamente decoradas que él depositaba en el escritorio –como quien pone la mesa– cuando iba a cobrar a los promotores una vez terminado el espectáculo.

Los Southernaires tienen dos cantantes principales: Roger Bryant y Huey Williams. Roger Bryant es un ministro consagrado y un enfático orador público, así que es el responsable de subir a escena antes de cada concierto y persuadir al público a comprar un disco o video de los Southernaires. Tiene mejillas redondas, dientes separados, mirada sesgada y piel color pergamino. Su cabello es voluminoso y moldeable: se ve diferente cada día. Su voz es ahogada y explosiva. En escena, Roger Bryant es un caminante, un balancea-brazos, un golpea-caderas, un sacude-puños y un gritón. Cuando era pequeño, su padre, un predicador y obrero de metalurgia, solía pararlo en la mesa de la cocina y golpearlo para hacerlo cantar.

Huey Williams ha estado con los Southernaires durante veintinueve años y ahora, cuando la gente piensa en el grupo, piensa sobre todo en él. Antes de convertirse en cantante de gospel a tiempo completo, trabajó en construcción en Detroit y Nueva Orleáns, pero sus entusiasmos son estrictamente rurales. Un día me dijo que la gente se refiere a él como el cantante caza-mapaches. En sus días libres, Huey sale con sus seis perros a cazar. Cuando lo visité pasamos el día manejando a la casa de un taxidermista para recoger un lince que había atrapado. Huey Williams es alto, de tórax amplio y pómulos salientes como un cheroqui. Tiene grandes hoyuelos, ojos azules y un delgado bigote. Usa dos anillos macizos de oro y una voluminosa esclava. Sus manos son largas y elegantes, y sus uñas, suaves. La primera vez que lo vi tomó mi mentón entre sus manos, lo levantó y me dijo:

–Deme una buena mirada. ¿Ha visto alguna vez en su vida ojos azules en un hombre negro?

Su modo de hablar es a veces vigoroso y autoritario, y otras susurrante e íntimo, aunque siempre cordial. Lo he oído cantar con una voz de bajo tan profunda que suena como un eructo. También en un chirriante y afectado tenor, y en un suave y afligido barítono. Dice que cuando tenía treinta años (ahora tiene cincuenta y cinco) su voz era tan dúctil que podía hacer con ella lo que quisiera. Él cree que en ese tiempo era el mejor cantante del mundo. Antes de una presentación, mientras está rodeado por sus fanáticos, camina como un Goliat. En la mañana, cuando se despierta ronco por el show y adolorido por dormir en el bus, se le ve como alguien que piensa mucho en retirarse. Su esposa Marie, que es operadora de máquinas en una planta de General Motors en Mississippi, dice:

–Estoy tan acostumbrada a sus viajes que no sé qué haría si estuviese aquí. Él tiene a sus perros, supongo. Pero estando siempre tan lejos, no tenemos tiempo para hastiarnos mutuamente.

En la ruta nos deteníamos en los restaurantes de camioneros y cafeterías, y comíamos chocolates rellenos con mantequilla de maní marca Reese’s. Papas fritas Pringles de crema y cebolla. Chocolates Three Musketeers. Pollo horneado, sancochado, estofado, ahumado, en pastel o con crema à la king. Milanesa de pollo. Pollo frito. A veces hasta pollo en el desayuno, cuando habíamos viajado toda la noche después de un show sin haber cenado. Llegando a Columbus, en Georgia, tras haber andado en la carretera desde la medianoche, comimos pollo asado a las diez de la mañana, que es cuando más temprano he comido pollo en mi vida. A menudo los Southernaires comen en esas paradas para camiones que tienen teléfonos en las mesas y duchas de alquiler, e incluso casetes de los Southernaires a la venta en estanterías cerca de los cajeros. «Las paradas de camiones tienen una comida deliciosa», me explicó Mac Brandon cierta vez. «Además podemos hacer que revisen el camión mientras comemos». A veces me parecía que pasábamos más tiempo planeando nuestras comidas, deteniéndonos para comer, pidiendo comida para llevar, esperando que nos atendieran y comiendo que en los conciertos de gospel.

***

En los conciertos vi a muchos hombres vistiendo polainas y a mujeres que usaban unos sombreros como no había visto jamás. Un sombrero negro de ala angosta con velo turquesa y un lazo. También una gorra blanca de marino con perlitas cosidas sobre el borde. Y una boina verde. Y un sombrero hongo púrpura, ladeado. Y un sombrerito rojo con redecillas alrededor del borde y un adorno de tela tiesa en forma de Dorito que sobresalía justo en la coronilla. Y un ten-gallon color fucsia con una pluma de avestruz meciéndose desde la banda. Los sombreros de las mujeres mayores navegaban sobre la muchedumbre como cruceros. Las adolescentes acudían a los conciertos con vestidos floreados o en jeans y tops, con sus bebés colgando de sus caderas, como los excursionistas usan sus canguros, o bamboleándolos como quien juega con unas monedas.

Escuché a gente que se refería a los anteojos como «ayudantes» y al camino de cascajos como «camino sucio». Oí que a un niño lo llamaban «bebé de regazo» y a una pistola, «persuasora». A morir le decían «pasarse al otro lado», y describían a una persona avergonzada como alguien que «quería tragarse los dientes». Y a una persona fallecida como alguien «a quien las marmotas entregan su correo». Todos hablaban de Jesucristo todo el tiempo. Lo llamaban doctor, abogado, lirio del valle, cordero, pastor, alegría del alba, una roca, un camino, paz de la tarde, constructor, capitán, rosa de Sharon, amigo, padre y el que siempre llega a tiempo. Conocí a un hombre apodado Chuleta de cerdo y a otro Enano. También a un niño llamado Royriquez Clarencezellus Wooten. Oí a otros grupos de gospel tocar: Los Armonizadores Cristianos y Los Armonizadores Sensacionales y Las Religiosettes y Las Gloriettes y Las Luces dela Verdad GospelyLa Hermandadde Cantantes Gospel y Los Cinco Hijos Cantantes y Los Poderosos Hijos dela Gloriay Los Fan-tásticos Discípulos y Los Fantásticos Soulernaires y Los Fantásticos Violinistas y Los Jubilosos del Atardecer y Los Jubilosos Peregrinos y Los Chicos Brown y El Chico Maravilla y las Voces Espirituales. Los conciertos parecían conversaciones públicas, y la gente exhortaba a los cantantes con frases como «Tómate tu tiempo» y «Deja que Él te use». Las exhortaciones que Huey Williams y Roger Bryant hacían con mayor frecuencia eran «¿Creen en Jesús?» y «¿Puedo tener un solo testigo?» y «¿Están conmigo, Iglesia?» y «Ustedes saben, Dios es capaz».

En Madison, Georgia, los Southernaires cantaron en el auditorio de un colegio. Apenas empezó el concierto, una mujer vestida con un traje sastre color durazno se levantó de su asiento, se abrió paso hasta el pasillo y estuvo haciendo espirales durante una hora, boqueando «¡Gracias, Jesús! ¡Gracias, Jesús!» con los ojos apretados y las manos palmoteando el aire. La gente la rodeaba con cuidado cuando iba o venía de sus asientos. En el escenario tocaba un grupo local y una de las cantantes había levantado los brazos y vuelto sus palmas hacia su rostro mientras cantaba: tenía seis dedos en cada mano, y cada uña pintada de rosado coral. Tras la canción, se inclinó sobre el borde del escenario y dijo con aspereza: «¿No está Satán ocupado? Satán es una vieja mula terca. Recuerdo cuando me pasaba toda la noche en eso que llaman la discoteca. Entonces algo me impactó en la cabeza. La voz que oí era justo como enhebrar una aguja». Vi sólo a una persona blanca en el concierto aparte de mí: era la recepcionista del motel en que nos habíamos hospedado, y Huey Williams le dijo que si nos daba buenas habitaciones le daría una entrada gratuita. Huey me presentó ante la audiencia una noche y luego alguien me pasó una nota que decía: «Te damos la bienvenida a Madison, Georgia. De: Hattie». La leí y levanté la mirada. La mujer que había escrito la nota agitó su pañuelo hacia mí. Durante la siguiente canción cruzó el salón y me besó.

Marianna, Florida. Hemos llegado a las cuatro y media de la mañana tras conducir toda la noche. Granard McClenton, el guitarrista, va a tratar de negociar una tarifa de medio día en el hotel, ya que sólo dormiremos pocas horas y luego tendremos que partir para preparar el show y al final del concierto volveremos a subir al bus y a viajar a Carolina del Sur para el siguiente espectáculo. Incluso para un grupo de gospel bien establecido como los Southernaires, cada dólar hace la diferencia. Una noche encontré un pedazo de papel en el que alguien había hecho cálculos. Decía: «Show $1500, discos $232». Eso parecía ser todo lo que ganarían aquella noche, y aún tenían que pagar la comida, el combustible, el alojamiento, y dividir lo restante entre ocho. Los moteles por los que hemos pasado son edificios construidos con retazos de carbón sobre terrenos plagados de maleza. En el primero, el administrador nocturno salió, miró el bus y, aunque el parqueo se hallaba vacío, dijo a Granard McClenton que el hotel estaba copado. Ahora nos detenemos en otro y McClenton negocia durante diez minutos hasta que nos dan un precio hospitalario. Mac Brandon estaciona el bus detrás del motel, en un estacionamiento que es sólo mugre y pasto muerto. Mi cuarto es maloliente e inhóspito. En la televisión pasan un programa de compras y un show blanco de gospel. Además hay una lagartija, paralizada pero latiente, en una esquina de mi puerta.

Ya es la tarde siguiente y el aire está completamente quieto. La calle que lleva al colegio secundario de Marianna está delineada por palmeras, y ni una hoja se agita. La escuela es un bonito edificio de estilo mediterráneo, con paredes de ladrillo color albaricoque. El césped a su alrededor está tostado. Algunas niñas rubias juegan con una pelota frente a un bungalow contiguo al colegio. A pocos metros, un grupo de ancianos negros está de pie, conversando. Visten camisas de manga corta, usan unas fedoras dobladas y unos pantalones que se han subido hasta sus diafragmas. Cuando distinguen el bus, se ajustan aun más los pantalones y empiezan a trotar hacia él, agitando sus manos. Mac Brandon gira en dirección a una zona de carga y tira de los cambios hasta que por fin el bus resopla y se detiene. Huey Williams se estira, medio inclinado: es demasiado alto para estirarse por completo dentro del bus. Le pasa la voz a Roger Bryant –que está escuchando música en su walkman– y luego se limpia la frente, mira al exterior y dice con voz ronca: «Siempre he amado Florida». Ahora viene la hermana Lula Cheese Vann.

Es una mujer robusta con la apariencia soberbia de los grandes. Está vestida con un traje color salmón y usa una docena de anillos, aretes y brazaletes. También lleva un sombrero del mismo color que su traje: tiene el tamaño de una panera y a mí me parece estructuralmente complejo. En su mano derecha sujeta un volante del programa para esta noche. En su mano izquierda tiene un abanico de papeles en los que había impreso un ensayo titulado «Cómo llevarse bien con la gente» y que está auspiciado por su negocio a tiempo completo:la Casa FunerariaVann. La hermana Vann es directora de pompas fúnebres por vocación. Como afición promueve el gospel. Se acerca a la puerta abierta del bus y dice en tono jovial: «Southernaires. Hola. ¿Saben quién soy?». Entonces aparece Huey Williams y la saluda con su voz más sensual: «Hermana Vann». La hermana se desarma un poco. Los ancianos han formado un círculo zumbante alrededor: dan órdenes y gesticulan. Gary Miles y Melvin Wilson también salen, vistiendo jeans, camisetas y guantes de trabajo. Y todos empiezan a sacar el equipo de la panza del bus.

La puerta delantera del salón del colegio está entreabierta. Un halo de luz amarilla de atardecer, de pasto reseco, de palmeras, de bungalows cerrados, de vereda salpicada de brea, de pequeñas niñas rubias deambulando, empieza a mostrarse. El salón ya se está llenando. Mac Brandon prepara la mesa de los casetes y bromea con dos muchachitas con vestidos de fiesta. Una mujer de voz metálica pasa por su lado, jalando a su hija adolescente del codo. «Me gustaría que la hermana Vann la oyese», le dice la mujer a Mac. «Póngala en el programa. Sí, yo lo haría». El hermano Alonzo Keys, un apuesto parlanchín de Panamá, en Florida, que cantará esta noche, se acerca a rendir sus respetos a Huey Williams y los Southernaires. Otra hermana, la que abrirá el programa de esta noche, llega revoloteando, escoltada por tres jovencitas saltarinas envueltas en vestidos lavanda. El auditorio es mediano y ordenado, con asientos dorados y de suaves rellenos púrpuras. Tres mujeres están ya sentadas, hacia la parte posterior, y se echan aire unas a otras con los abanicos de la hermana Vann.

***

A las siete Melvin Wilson ya ha terminado la prueba de sonido, así que los Southernaires regresan al bus y se cambian de ropa por la muda que usarán antes de ponerse los trajes de noche: es decir, cualquiera de los seis conjuntos que haya elegido Granard. Melvin se ha puesto un blazer color mostaza, una camisa del mismo color y una corbata negra. Huey Williams está usando una túnica turquesa. Los últimos rayos del sol se han hundido. El vecindario está quieto y nublado, excepto aquí, en este pequeño recinto que está lleno de bulla, con las luces del colegio encendidas y alguien en el auditorio que ya empezó a gritar con el sonido de fondo de un órgano. El uniforme que Granard McClenton ha elegido es un traje negro cruzado que combinará con una camisa blanca, una corbata con el estampado de una gardenia violácea y zapatos negros. Sobre el escenario se ven pulidos, pulcros y un poco serios. La hermana Vann los presenta: «Me siento bendecida. Nunca pensé que tendría a los Jackson Southernaires aquí en Marianna, y aquí están. El Señor ha sido bueno conmigo». Hace una pausa. «Ahora, antes de empezar con los Southernaires, quiero decirles a todos ustedes que debemos parar todo el griterío y el lloriqueo sobre el precio de las entradas. Este programa cuesta siete dólares el ticket, y puedo decirles, con Dios como mi testigo, que es lo más barato que han cobrado los Jackson Southernaires en cualquier lugar al que hayan ido jamás. ¡Así que denle una mano a Dios si les place y dejen esas miserables quejas de lado!». Estalla una salva de aplausos. La hermana Vann sonríe. El lema de su funeraria es «Preocupación por los vivos, reverencia por los muertos».

—Estoy muy contenta de seguir los pasos de Dios –dice–. Y estoy muy contenta de que Dios haya puesto amor en mi corazón y que no me importe compartirlo. ¡Ahora, los Jackson Southernaires!

Maurice Surrell, el baterista, baquetea los tambores, y todos empiezan. Cada show de los Southernaires abre con Roger Bryant cantando «He sido convertido». Es una canción con un ritmo torpe, poco agradable, pero que siempre levanta a la multitud. Cantándola, Bryant se ve enroscado y feroz. Ahora el auditorio está casi lleno, y la audiencia bate palmas siguiendo el ritmo. Cuando Roger termina la canción, da un paso al costado.

—Digan amén, Marianna –los exhorta.
—¡Amén! –dicen todos.
—Digan amén otra vez.
—¡Amén!

Huey Williams sacude el micrófono hacia arriba, mira hacia delante y otra vez lo hace chasquear hacia la derecha y por encima de su cabeza. No es un gesto aparatoso, pero sí muy vívido.

–Cántala, Huey. ¡Cántala, cántala! –le gritan.

La mujer a mi lado se inclina y susurra:

—Oh, Señor, aquí tenemos a un gritón.
—Déjenme preguntarles algo –dice Huey dando un paso adelante–. ¿Cuántos de ustedes aquí saben que existe un paraíso?
—¡Amén!

Huey Williams da su testimonio sobre la noche en que toda su casa se incendió. Es una terrible historia real: perdió todo lo que tenía, y su hijo pudo haber muerto si Huey no se hubiera tropezado con él mientras la familia se tambaleaba afuera. A mi alrededor, la gente asiente con la cabeza y llora. Yo ya lo he escuchado contar esto muchas veces: me lo ha dicho a mí, en privado, y lo ha contado en varios shows, pero en cada ocasión el crispado y angustiado semblante de su cara me ha parecido fresco. Después de narrar su historia, Huey canta siempre «Él preparará un camino», que comienza como un dulce, lento y melancólico contrapunto entre el cantante y el coro, y luego se eleva como una tormenta. En el último verso grita que Dios preparará un camino porque Él siempre encuentra la manera, pero luego no puede hablar más y empieza a reír y el sudor corre por sus mejillas y vuelve sus ojos hacia arriba y fija la mirada más allá del techo del auditorio y las lágrimas caen por su rostro.

***

Williams da un paso hacia atrás, exhausto, y el baterista empieza el redoble zumbón de «Ningún soldado cobarde». Roger Bryant ya ha tomado la posta y seguirá así hasta el final del show: se acerca al borde del escenario y empieza a cantar. La mujer a mi lado, que había agarrado mi mano, ahora la libera de manera gentil, como si estuviese poniendo de vuelta un pescado en el agua. Luego gira hacia mí y me dice: «Lo siento, nena, pero tengo que liberarme». Finalmente, salta al pasillo, se inclina sobre su cintura y estalla en un ritmo staccato hacia adelante y hacia atrás, mientras Roger sigue cantando. En este momento me levanto, me abro camino hasta el pasillo más alejado y me paro en la puerta al lado del escenario. Es casi la medianoche. Alguien está friendo siluro afuera, y un olor apimentado espesa el aire.

Una persona con tos cavernosa está de pie detrás de mí. Un enorme bicho se estrella conmigo, sisea y cae. Puedo verlo todo desde donde me encuentro. Un hombre de la primera fila llora sin hacer ruido recostado en su asiento. Unas chicas gemelas con vestidos punteados se abanican filas más atrás. Mac, en la parte posterior del auditorio, está sentado sobre las grandes cajas de plástico gris que contienen los discos y casetes del grupo. Un bebé en pañales con traje de marinerito cuelga del hombro de una mujer esbelta vestida con una túnica amarilla. Una mujer demasiado ancha para sentarse en una de las sillas del auditorio está balanceándose sobre una silla plegable que alguien le ha puesto cerca de la salida. Roger, en el filo del estrado, da pequeños saltos explosivos sobre la planta de sus pies. Huey, detrás de él, apoyado contra el piano eléctrico, se jala los pelos con las manos: su expresión es una mezcla de abandono, fatiga y distracción, como si algún tipo de quietud lo absorbiera, como si estuviese en un lugar diferente, más tranquilo. Una banderola cuelga encima del escenario con un perro bulldog –la mascota de la secundaria de Marianna– vestido con una chompa púrpura. Un flash tan incandescente como un foco encendido o como el envoltorio luminoso de una flama. Un volante descartado. Un niño. Una silla de ruedas.

Roger Bryant salta del escenario y aúlla: «¿Qué día recibiste al Espíritu Santo? ¿Un lunes? ¿Un martes? ¿Un miércoles? ¿Alguien aquí lo recibió un jueves?». Uno por uno, los asistentes se levantan como burbujas y flotan hacia el escenario, toman su mano, la agitan con fuerza y luego giran y se alejan danzando. Roger llama a cualquiera que haya recibido al Espíritu Santo un domingo. Canta que Dios no necesita soldados cobardes. Grita que desearía tener un testigo. Dice que él sabe que algunos de los presentes están pasando por algo. Palmea su cabeza con su mano izquierda y luego la azota contra su pecho. La noche está terminando. El tiempo de los Southernaires casi ha terminado. Estarán de vuelta en el bus y camino a Jackson en menos de una hora. La música está rugiendo. Una brisa empieza a correr afuera, levantando pedacitos de pasto y de tierra y haciéndolos volar. Bryant pisa con fuerza y grita:

–¡Seguro nos encontraremos otra vez algún día!

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