Matías

Publicado: 13 agosto 2011 en Jeovanny Benavides
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El teléfono sonó a las 06h20. María Inés había estado esperando a su hijo en duermevela toda la noche. Solía llegar a las 5 y cuando no llegaba a esa hora ya se empezaba a inquietar. Sin embargo, fue su esposo quien contestó la llamada que cambiaría sus vidas para siempre. Del otro lado del auricular Matías Berardi, su hijo de 16 años, le dijo que estaba secuestrado. La comunicación se cortó y un minuto después el teléfono volvió a sonar. Una voz cavernaria le pidió 500 pesos por el rescate. Y él: ¿Dónde te los llevo? Luego no se volvió a oír nada más.

Era la mañana del martes 28 de septiembre de 2010. En una urbanización de Pilar, donde vive la familia, el ambiente estaba enrarecido por la conmoción y el desaliento. El secuestrador exigió que no informaran a las autoridades. La confusión reinaba y no atinaban qué hacer, por eso no en ese momento, sino recién hora y media más tarde la denuncia fue puesta en el 911. Ese día hubo tres llamadas más. La última se registró exactamente 14 horas después de la primera. La desgracia tomaba forma de extorsión. Los secuestradores aumentaron sus pretensiones y ahora ya pedían 6 mil pesos. Todo estaba ocurriendo muy deprisa y lento a la vez, porque mientras la familia reunía el dinero para tener así de regreso a su hijo de una vez, al mismo tiempo los padres de Matías tenían la extraña sensación que la Policía los desamparaba, no hacía su parte y que le daba vueltas al asunto con el cuentito aquel de “seguimos investigando”.

Juan Berardi, el padre, es un reconocido veterinario que se dedica a la cría de caballos de carrera, y ella es maestra de un jardín de infantes. Son de clase media y tienen tres hijos más de 13, 11 y 7 años. Matías era el mayor de todos.

Esa frustración, aquella sensación de amargura que les dejaba hiel en los labios, los desesperaba todavía más. Cuando ya estaba todo pactado y sólo esperaban la confirmación del lugar donde dejar el dinero, ocurrió lo inesperado. Los minutos pasaban, la esperanza de escuchar una llamada más de los secuestradores se empezaba a diluir. Durante las 24 horas del miércoles, la madre de Matías no hacía más que desgranar rosarios, oraba, pedía con todas sus fuerzas que estuviera vivo. Ella no lo supo entonces, pero el tiempo se encargaría de explicárselo después: a decenas de kilómetros, su hijo recibía un disparo a quemarropa. El tiro salió por el cuello, matándolo de contado. “Parece una ejecución”, declaró más tarde el ministro de Justicia y Seguridad bonaerense, Ricardo Casal. El disparo fue uno solo; la autopsia indica que Matías recibió el impacto de rodillas.

El caso ya había empezado a circular en los medios, la noticia se regó como pólvora por todo Buenos Aires. Aunque en la familia todos estaban pendientes del teléfono, a veces la atención se centraba en la televisión por si había algo nuevo. Sin embargo, cuando Juan Berardi escuchó el nombre de Matías de labios de un reportero de TV no lo podía creer. Su esposa y sus otros tres hijos se reunieron en un segundo frente a la pantalla y lloraron abrazados.

Cuando sonó el teléfono aquella tarde, la Policía sólo corroboró la versión de los medios: el cadáver de Matías había sido hallado en un terreno al costado de la ruta provincial 6, a cuatro kilómetros del cruce con la Panamericana, en la localidad bonaerense de Campana. El cuerpo fue encontrado boca abajo, sin zapatillas y con el torso desnudo.

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Matías Berardi estudiaba en el Saint George´s School de Loma Verde, en Escobar. Era el mayor de cuatro hermanos y un fanático de los deportes. Jugaba al rugby en la categoría M-17 de la Asociación Deportiva Francesa y también al fútbol en La Rana Club, donde competía con el equipo Chiclana, que había formado con amigos.

Era popular entre sus compañeros y lo llamaban “Peter”, por su asombroso parecido con el “Peter Pan” de la versión del dibujante y guionista Régis Loisel. Estaba cargado de ilusiones. La familia se había mudado varias veces y por eso estudió en cuatro colegios diferentes: en todos fue elegido como el mejor compañero. Además, era el capitán del equipo de rugby. Su padre lo define como un ser humano de una nobleza bárbara, con valores intachables, que siempre ayudaba al más débil y trataba de armonizar las situaciones para que todos se llevaran bien, mientras que sus amigos refieren que era de esos chicos que inspiraban suspiros de grandes y chicos.

Michael Maggi, uno de sus amigos del Colegio, lo recuerda como un chico bueno, amiguero y gracioso. Siempre estaba haciendo chistes y siempre se reía. Era al único que no podían molestar con bromas porque no se enojaba nunca. Se lo tomaba todo con humor. Matías y otros chicos hacían tareas solidarias en el Hogar de Ancianos Eva Perón.

Mirella Panelo, su primera novia a los 12 años, lo define como un luchador que murió tratando de escapar de sus captores. Ella también había ido a bailar con Matías la noche del lunes 27 de septiembre a la discoteca Pacha, ubicada en Costanera y La Pampa, en la Capital Federal.

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Cerca de las cinco de la madrugada del martes 28 de septiembre Matías regresaba a su casa, en Pilar, a bordo de la combi de una empresa que realiza viajes diarios desde el country hasta distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires. Se despidió de sus amigos y se bajó solo en Panamericana y ruta 26. Según la conclusión del juez federal de Zárate-Campana Adrián González, a esa hora los hermanos Federico Maidana, Néstor Maidana y Elías Vivas interceptaron al joven en la calle Ingeniero Maschwitz cuando volvía de bailar. De ahí lo trasladaron a la herrería del uruguayo Richard Fabián Souto, ubicada en el barrio El Prado, de la localidad de Benavídez. Mientras estaba allí, los delincuentes le pidieron la dirección de su casa y fueron allá. Al ver que la familia tenía un Wolkswagen Suran, decidieron ascender la suma solicitada como rescate. Llegaron a pedir 30 mil pesos, pero en el cuarto y último llamado finalmente arreglaron que el rescate fuera de 6 mil.

De inmediato, sus padres se comunicaron con los amigos que habían ido a bailar con Matías y les comunicaron la noticia.

El tiempo del secuestro fue alrededor de 48 horas. La última vez que los secuestradores llamaron a la familia fue a las 20h20 del martes. La investigación de los peritos revela que fue entonces cuando Matías aprovechó un descuido de sus captores y logró escapar. Incluso tuvo tiempo de trepar el enorme portón negro de la propiedad, de unos 3 metros de altura, y llegar a la calle. Corrió desesperado y semidesnudo por la calle pidiendo ayuda. Un vecino de El Prado de apenas 14 años es el único testigo que asegura haber visto toda la escena y cuenta que Matías decía: “¿Dónde estoy? Me secuestraron y no sé dónde estoy”. El testigo miró todo desde la vereda de enfrente donde estaba jugando con un amigo. Matías avanzó unos diez metros, golpeó en un kiosco que estaba ahí, pero la señora no le quiso abrir. Lo mismo pasó en la casa de un vecino que tampoco le quiso abrir la puerta. Los vecinos lo vieron como un ser salido de un mundo remoto, jurásico, equivocado de tiempo y lugar. Estaban confundidos, sin atinar qué demonios hacer, hasta que escucharon a Ana Moyano, la mujer del herrero, gritar que se trataba de un ladrón que había querido robarles el auto.

Ante la falta de ayuda de los vecinos, Matías empezó a correr hacia el otro lado: pasó por la puerta lateral del Hogar Betania, de la congregación Hermanas de la Caridad, ubicada exactamente enfrente del lugar de su cautiverio, y siguió corriendo en dirección al cementerio de Benavídez, 100 metros más adelante, también sobre la calle Sarmiento. En el camino, al ver un auto estacionado con una persona adentro, siempre gritando que había sido secuestrado y lo estaban persiguiendo, Matías intentó abrir la puerta y subirse. Pero detrás de él venían los secuestradores gritando que era un ladrón, y el conductor se asustó y no le creyó. Un minuto antes, Matías se topó con Simón, un camionero de 25 años que paseaba con su hija de 2. Le pidió un teléfono, pero éste se lo negó. Simón fue la última persona en este mundo que habló con el chico, porque luego fue recapturado. Eran las 8 de la noche del martes.

Hasta allí llegó corriendo Matías. Pero no pudo seguir porque fue interceptado por un Chevrolet Astra, manejado por uno de sus captores quien lo subió al auto, y se fueron a gran velocidad en dirección a la Panamericana. Horas después, el cuerpo de Matías fue encontrado en un descampado en Campana, con un disparo mortal en la espalda.

Al día siguiente de haber encontrado el cadáver de Matías, el herrero uruguayo Richard Fabián Souto de 43 años, su esposa, su hija y otro hombre fueron detenidos acusados de haber participado en el secuestro y crimen. La clave que llevó a la policía a la herrería de Souto fue un llamado realizado al 911 por una vecina que denunció que la noche anterior un chico parecido al de la foto que muestran los noticieros había salido corriendo del lugar pidiendo ayuda.

De momento, ocho personas han sido acusadas del secuestro y asesinato del joven y recibieron la prisión preventiva. El fallo fue dictado por el juez federal subrogante de Campana, Adrián González Charvay, que lleva la causa, la cual está a cargo del fiscal Orlando Bosca, ante quien los ocho procesados se negaron a prestar declaración indagatoria. En caso de ser condenados en un futuro juicio oral, todos podrían recibir la pena de prisión o reclusión perpetua.

***

El caso más célebre de secuestro extorsivo en Buenos Aires ocurrió hace 6 años. El hijo del empresario textil Juan Carlos Blumberg, Axel, fue secuestrado y posteriormente asesinado por sus captores. Entonces se realizaron convocatorias a marchas en las que participaron hasta doscientas mil personas. La víctima fue capturada el 17 de marzo de 2004 cuando iba a la casa de su novia en Vicente López, y luego llevado a Moreno, donde estuvo cautivo seis días. Los secuestradores pidieron 50.000 pesos para liberarlo, pero lo mataron cuando el chico intentó escapar.

En un país como Argentina en el que solamente se han registrado ocho casos de estas características desde el 2002, la situación alarmó a todos y generó gran expectativa. No obstante, la cifra en mención no se compara en nada con el secuestro de cada 37 horas que hay en Venezuela, los más de 200 que se reportan anualmente en Colombia o los casi 100 en Ecuador.

A criterio del ministro de Seguridad y Justicia bonaerense Ricardo Casal, el caso de Matías Berardi “es poco común y un suceso aislado”. Aún así su familia y Juan Carlos Blumberg confían en que se provoque en la sociedad una reacción que vaya más allá de las marchas de solidaridad y rechazo a la inseguridad que se han dado.

***

El barrio de El Prado de la localidad de Benavídez está ubicado a 48 kilómetros de Buenos Aires. Es una zona de casas bajas y gente trabajadora, que han alcanzado un nivel socioeconómico medio. El lugar tiene facha de ser un sector tranquilo, pero por sus calles se percibe una calma tensa, como si algo se ocultara, como si de un momento a otro algo estuviera a punto de estallar. La que fuera la herrería del uruguayo Richard Fabián Souto está cerrada y puesta en venta. El portón de hierro que la protege mide unos tres metros, difícil que alguien lo salte, no imposible, por lo menos no lo fue para Matías.

Una vecina del barrio El Prado transita por la principal calle del sector. Se identifica como Teresa, se le consulta por Matías y empieza a hablar:

–¿Sabés lo que pasa? Ahora todos creen que somos unos hijos de puta por no haber ayudado a ese pibe, pero si supieras la sensación de inseguridad, tantas cosas que hemos visto en la tele.
–¿Es muy peligroso el barrio?
–No es que sea peligroso, es que también tomamos nuestras precauciones, porque la policía no anda acá. De noche esto es muerto.

Han pasado 33 días desde el secuestro y crimen de Matías Berardi, pero el recuerdo se mantiene intacto, alojado nítido en la memoria de los lugareños. Ninguno de los tres vecinos que opta por charlar asegura haberlo visto, pero conocen a un amigo de un amigo que sí lo hizo. Y todos tienen la misma excusa en los labios, la misma sentencia repetida infinidad de veces: “Si hubiera sabido que estaba secuestrado, yo sí lo hubiera ayudado”.

Lejos de ahí, en Buenos Aires, María Inés, la madre de Matías, ha separado diez minutos para una entrevista que transcurre en el lobby del Hotel Liberty, situado sobre el 632 de la avenida Corrientes. Ella ha fijado el lugar y pide de favor que no le indaguen detalles sobre el particular. Es una mujer de voz firme. Por un lado se muestra contenta porque el caso de su hijo trascienda internacionalmente; por otro quiere que no se publique nada sobre ella ni sobre su estancia en la ciudad de Buenos Aires, porque sostiene que está preparando “algo grande”. Cuando se entera que lo que diga no saldrá en los medios, suspira aliviada. Platicamos:

–¿Le digo una cosa? Mi hijo no es Kirchner. Mientras a Néstor todos lo quieren recordar, a Matías todos lo quieren olvidar.

Habla con rencor. Desde el día en que murió su hijo no puede ver a un policía sin sentir que el estómago se le contrae de asco. No le tiembla la voz cuando asegura que en el caso de Matías hubo complicidad policíaca. Se cansó de aguardar una disculpa y esperar que reconocieran sus errores. Considera que en este punto hay “complicidad policíaca” con los delincuentes porque estaban al tanto de que en esa zona había bandas y, sin embargo, no investigaron ahí mientras Matías estaba vivo.

María Inés cree que si el caso hubiera sido manejado por profesionales, la situación hubiera sido diferente. “No hubo expertos, sino policías novatos”, sostiene. Le indigna saber que Matías corrió, con mucho coraje, escapándose de los delincuentes y que nadie lo ayudó. Y no solamente que nadie lo ayudó bajo la excusa de que tenían miedo o lo confundían con un ladrón, sino que nadie llamó al 911, a la Policía. Por eso cree que el crimen de su hijo es un reflejo de la sociedad en la que vivimos: “Es una sociedad en la que no queremos participar porque el miedo nos paraliza, porque no podemos ver la necesidad del otro”.

Lo que más le duele, lo que hace que su voz se quiebre y se le salten las venas del cuello del coraje, es que le digan que el crimen de su hijo es un suceso aislado, de “esas cosas que no pasan en Buenos Aires”. Explica:

“La única verdad es que acá nadie quiere poner un dedo en la llaga para acabar de una vez con la inseguridad. Sólo piense un segundo en lo siguiente: ¿Si lo que le pasó a mi hijo le hubiera sucedido a su papá, a su hermano, a su esposa o a alguien que usted quiera, seguiría pensando que es un caso aislado?”

La pregunta se oye en el lobby del Hotel Liberty. A su lado, tres personas escuchan la interrogante, mueven su cabeza y se van. Así ha sido siempre desde hace 33 días: la gente escucha y prefiere irse a otro lado. Lo que permanece, lo que queda, es la incómoda pregunta de María Inés: ¿Al fin de cuentas, qué carajo es un crimen aislado?

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comentarios
  1. Alejandra Viteri dice:

    “Chévere, Jeovanny. Me alegro muchísimo. Es un excelente trabajo sobre Matías Berardi, el joven secuestrado y ajusticiado por sus captores.”

  2. Andy Loor dice:

    excelente trabajo Lic. Benavides. Leer este reportaje me sirvió de mucho para mejorar en mis redacciones…muchas gracias y felicitaciones por sus logros…

  3. Muchas felicitaciones Jeovanny. Que sigas labrando exitos.

    Saludos desde la Universidad San Gregorio Portoviejo.

    Jhonny Villafuerte

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