La nueva vida del profeta de Peñalolén

Publicado: 24 agosto 2011 en Juan Luis Salinas
Etiquetas:, , ,

Como todo en su vida, la segunda de sus ocho mujeres le fue revelada por una señal. Por un designio divino. Sucedió una noche de verano de 1992. Jacob, el hombre que unos años antes se había convertido en profeta de su propia iglesia, predicaba frente a sus feligreses en un templo improvisado de San Joaquín, una comuna popular, de casas bajas en el centro-sur de Santiago. Hablaba de las escrituras, de la injusticia, de los caminos luminosos, de la belleza de la vida cuando, de pronto, la voz de Dios, clara y potente, le dijo:

—Tú, al igual que Abraham, Isaac, Salomón y los otros profetas, vas a tener varias esposas. No las busques. Yo las voy a llamar –escuchó, desde el cielo, aquella noche durante la prédica y lo comunicó a sus seguidores.

En el templo todo fue algarabía. Una treintena de hombres y mujeres levantaron las manos, se emocionaron, creyeron en sus palabras. Sólo Noemí –su primera mujer, la madre de sus tres hijos, con quien se había casado a los 19 años– salió corriendo. Aunque ella creía ciegamente en la voz de Dios, este designio le pareció un exceso.

Jacob contempló su huida en silencio. Vio que sus hijos, mezclados entre los feligreses, lloraban, asustados, pero no la detuvo. La voz de Dios se lo impidió. Le dijo que hablaría con ella, que volvería pronto y que lo ayudaría a cumplir con su profecía.

Unas semanas más tarde Noemí regresó al templo e irrumpió en medio del culto, arrepentida y más creyente que nunca. Dijo que Dios la había convencido, que le había enviado dos señales. Primero, una terrible tormenta eléctrica que la sorprendió en el bus, en medio del desierto de Atacama, cuando estaba a punto llegar a la casa de sus padres en Calama. Después, sueños recurrentes, en los que Dios le señalaba a una joven de la iglesia, a la que nunca había visto antes, y le decía: “ella es la otra esposa del profeta y tu deber es comunicárselo”. Noemí obedeció y la noche de su retorno se acercó a una chica de 19 años, que estaba con su padre y sus hermanas, la tomó de la mano y la entregó a Jacob. A partir de ese día, sin que su padre o sus hermanas opusieran resistencia, la chica, a la que el profeta bautizó Tamar, se fue a vivir a su casa.

Ése fue el principio de muchas cosas: luego vendrían más sueños, más revelaciones, más mujeres.

—También llegaron los adversarios, los dolores, las persecuciones y las burlas. Son las pruebas que debe soportar una persona que porta una verdad trascendental, un mensaje que cambiará el mundo –dirá el profeta, 18 años después de aquella revelación, en uno de sus tres departamentos de Santiago, rodeado por cuatro de sus 28 hijos y en compañía de Rahab Saba, la mujer de 21 años que, dos meses atrás, abandonó todo lo que tenía (una modesta casa en Puerto Montt, su hija de cuatro años, su trabajo como auxiliar en el casino de una empresa), llegó a Santiago y cambió su verdadero nombre por uno bíblico que escogió Jacob.

Rahab estaba dispuesta a ser lo que un sueño le había indicado que hiciera: ser la nueva, la octava mujer del profeta.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta del confín de occidente, Jacob se llamaba Hugo Pablo Muñoz Escobar. Era el séptimo de los nueve hijos de un matrimonio de obreros católicos –devotos, pero no demasiado practicantes–; vivía en San Joaquín y trabajaba en la empresa textil Comandari, donde luego de realizar unos cursos se integró al equipo de dibujo de la revista interna de la compañía. Ganaba bien, tenía amigos y, por curiosidad, había empezado a experimentar con la marihuana. Corría 1972, la libertad hippie estaba en boga y Jacob, dice, se estaba dejando llevar por esa tentación.

La leyenda personal del profeta, que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico, dice que a los 18 años, luego de una fiesta, se cuestionó la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamó a la puerta de su vecina evangélica y le pidió prestada una Biblia. La señora Matus, quien predicaba en la población y lo había invitado antes muchas veces a orar en el templo, se puso a llorar, lo bendijo y le dio el libro. Él, conla Bibliabajo el brazo, tomó un bus y se fue al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago, y buscó el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces.

La falta de respuestas no lo hizo cesar en su búsqueda. Sólo lo obligó a volver semana tras semana al cerro y a la soledad, hasta que todo cambió un domingo por la mañana cuando, después de orar y leer un pasaje del Antiguo Testamento, el cielo nublado se abrió y, por unos segundos, pudo ver el rostro de un ángel. En la mirada límpida, el rostro sin barba y la sonrisa de este ser celestial, Jacob marca el inicio de su renacimiento, el primer paso en su búsqueda del camino luminoso.

Entonces dejó su trabajo en la empresa textil y salió a buscar la palabra de Dios por todo Chile. Abandonó la casa paterna y se casó –casto– con Noemí, una joven que conoció durante sus viajes. Fue padre de sus tres primeros hijos –Israel, Dina y Elizabeth– y peregrinó por distintas iglesias para encontrar una que se ajustara a las visiones reveladas por la divinidad, que comenzaron a hacerse recurrentes: imágenes en las que se veía predicando frente a seguidores, frases epifánicas sobre su misión.

Un día, cuando ya había cumplido los 25 años y llevaba más de cinco casado con Noemí, la voz de Dios le dijo que terminara con la búsqueda. Que ya tenía el conocimiento universal. Que ya había crecido en luz. Que la única iglesia posible era su propia iglesia. Desde ese momento comenzó a presentarse como Jacob, el único y legítimo iluminado del cielo que no proviene del mundo hebreo.

El primer profeta del sur austral.

Es viernes, es de mañana y la ciudad está vacía por el feriado católico que recuerda ala Virgen del Carmen. Frente al condominio donde vive Elena Barahona –una asistente social que trabaja parala Corporación de Fomento, oficia como una suerte de secretaria del profeta y es una de sus feligresas más antiguas y devotas– hay un furgón blanco. Jacob –56 años, larga barba cana, crespo pelo, silueta baja y maciza, y manos pequeñas– está al volante. Acaba de llegar a Santiago desde una de las dos parcelas que tiene en Lomas del Águila, en Champa, un sector agrícola a70 kilómetros al sur de Santiago. Ahí se retiró hace una década y vive con cinco de sus mujeres y la gran mayoría de sus hijos.

Hoy se levantó cerca de las 5 de la mañana para ordenar algunas cuentas de las tres pequeñas empresas eléctricas de las que es socio, para llamar a varios de sus feligreses que están pasando por malos momentos, para venir a visitar a sus mujeres que viven en Santiago, revisar las lecturas que compartirá esta noche con sus feligreses y escuchó algunos tangos en el camino.

En el interior de la furgoneta, agazapada, está Reina Esther, su séptima esposa, con tres de sus hijos.

—No la moleste. Tiene un genio complicado. Le pedí que diera la entrevista, pero no aceptó. Es mi mujer, respeta la palabra, pero no la puedo obligar a hacer cosas que no quiere.

Jacob camina hasta el portón del condominio y toca el timbre. En el citófono se escucha la voz de una mujer.

—Shalom, hermana Elena.
—Shalom, mi señor Jacob. Suba. Lo estaba esperando.

Después de subir cuatro pisos por una escalera, Jacob saluda a la dueña de casa y se derrumba sobre uno de los sofás del living. Suda. Toma aire. Y de inmediato acepta la taza de té que ofrece la hija menor de Elena, Deborah, una niña de 16 años y anteojos redondos. El lugar tiene pocos lujos. Hay una estufa encendida, una mesita de centro con una planta plástica, un librero lleno de enciclopedias. En las murallas hay citas bíblicas enmarcadas.
Textos de Salomón, Isaías y David.

Elena Barahona, su marido y sus tres hijos, son una de las sesenta familias que conformanla Legióndel León de Judá. Todos los lunes, miércoles y viernes se reúnen en una casa en San Joaquín para escuchar las prédicas de su señor y leer las escrituras. Sus encuentros comienzan pasadas las seis de la tarde y se pueden extender hasta la medianoche. El culto siempre está rebosante de público.

—Muchos hermanos han crecido en la iglesia, no tenían proyectos ni educación y mi señor los aconsejó y salieron adelante. Hoy tienen sus negocios, empresas y son testimonios de vida –dice Elena.

El profeta se mesa la barba.

—Elenita y su familia me acompañan desde que partió esta travesía de alegrías, flores, espinas, lágrimas y esperanzas. Ellos, como tantos otros, creen que el gran León de la tribu de Judá, yo, su profeta Jacob, soy el portador de la fe que salvará al tercer milenio. Ahora la palabra viene de un mensajero hebreo nacido en el occidente del fin del mundo –dice Jacob.

Elena y su hija Deborah asienten. Suena el citófono. Es uno de los hijos del profeta. Pregunta a qué hora bajará su padre.

El profeta tiene que ir a visitar a otra de sus esposas.

La Legión del León de Judá. Así Jacob bautizó a su iglesia cuando comenzó a predicar sus enseñanzas, después de abandonar el trabajo que tenía por entonces como predicador en una Iglesia Pentecostal en la población La Victoria.

Una verdad que Jacob –como “el gran león dela Tribude Judá”– expresa en sus rugidos. Así devela los deseos del Verbo Dios, el nuevo y final nombre del altísimo, que durante distintas épocas ha sido presentado con otros nombres. Jacob también dice que parte del Verbo Dios se ha encarnado en cada una de sus ocho esposas, bautizadas cómo las mujeres de los profetas bíblicos. El profeta las llama “las lámparas de la palabra”.

En su momento de mayor esplendor, a mediados de los ’90,La Legióndel León de Judá contó con más de un centenar de familias que seguían su palabra, todas provenientes de comunas populares como San Joaquín, San Miguel y Peñalolén. Hoy no superan los 60. Muchos lo abandonaron y sólo se quedaron “los justos, los verdaderamente creyentes”.

Todos ellos asisten a las reuniones del culto, que cada vez cambia de lugar y que por lo general se realizan en espacios facilitados por alguien de la congregación. Es una de las formas en que ayudan a su profeta. Las otras son un diezmo de su sueldo que entregan religiosamente y manteniendo total discreción sobre los detalles de su fe.

El Verbo Dios, dirá siempre el profeta, es algo serio. Algo de lo que no se puede hablar ligeramente.

Degenerado. Corrupto. Animal. ¡Déjame una!

Todo eso decían los rayados que en marzo de 1995 tapizaron el frontis de la casa donde el profeta vivía por entonces, en la calle Caracas de la comuna de Peñalolén. Los ataques con piedras de los vecinos del sector contra la amplia construcción cercada por rejas metálicas negras se replicaron en la prensa y en los noticieros televisivos.

Jacob fue detenido porla Policíade Investigaciones y derivado ala Penitenciaríade Santiago después de varios reclamos anónimos y de una denuncia de Víctor Ramos, padre de Tamar, Rahab Primera, Rebeca y Agar, cuatro de las cinco mujeres que ya integraban la familia y de otras dos que llegaron después.

El profeta fue acusado de polígamo y corruptor de menores. A la semana fue sobreseído. Sólo estaba casado legalmente con la primera de sus mujeres: las otras tres vivían con él por opción propia y habían aceptado “la voluntad divina” cuando ya eran mayores de edad. Y además Víctor Ramos, el padre denunciante, seguidor de la doctrina del profeta desde sus comienzos, retiró su acusación. Desde ese momento, Jacob se convirtió en leyenda.

Fue bautizado como “El profeta de Peñalolén”. Le hicieron crónicas y entrevistas en las que le preguntaban por su vida sexual, por los métodos anticonceptivos y, en los últimos años, por el Viagra. A regañadientes contestaba, pero después dejó de hacerlo.

—Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe –dice el profeta en su parcela en Champa. A este sector rural –al que se llega por un camino de tierra y donde abundan los árboles frutales– Jacob se retiró después de ser perseguido en las comunas que vivió luego de Peñalolén.

Aquí ha seguido con su culto, han crecido sus hijos y han llegado sus nuevas esposas.

Rahab Saba vivía en Puerto Montt, tenía una hija de 4 años y nunca había visto a Jacob. Sólo había escuchado su voz en las grabaciones que le hacía escuchar su novio, Sadrach, que tenía por entonces, cuando aún se llamaba Rubelia Chávez.

Con la familia de Sadrach, conoció las enseñanzas dela Legióndel León de Judá. Ellos habían descubierto a Jacob en Santiago y replicaban sus palabras a quien quisiera oírlas. Rubelia desde el principio se dejó seducir por estas prédicas, y comenzó a enviar una ofrenda de 25 mil pesos. El discurso del profeta le resultó tan impactante que después de terminar su relación con Sadrach mantuvo su fe.

A fines de 2009, Rubelia –21 años, pelo oscuro y ojos color carbón– comenzó a soñar. Primero se vio en medio de un campo con un bastón en la mano y ovejas que la seguían. Luego con un hombre de barba que la abrazaba con fuerza. Y, en la más recurrente de sus visiones, rodeada de niños que la seguían como una madre.

—Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor –dirá Rubelia, quien una tarde a fines de marzo fue donde la familia de su ex novio y les habló de sus visiones. La escucharon con atención y asombro.

Cecilia, la madre de Sadrach, había soñado lo mismo y le dijo que su destino era convertirse en la nueva esposa del profeta.

Esa noche, luego de buscar en internet la fotografía de Jacob y comprobar que era el mismo hombre que veía en sus sueños, Rubelia y Cecilia llamaron al profeta y le hablaron de los sueños que habían tenido. El profeta titubeó, le dijo que esperaran un tiempo. Semanas después las llamó para decirles que esperaba su llegada.

Así fue como un día de mayo de 2010, Rubelia dejó a Trinidad Juliette, su hija de cuatro años, con sus abuelos paternos, y tomó un bus rumbo a Santiago para presentarse como su octava mujer.

Jacob la esperó en el terminal de buses, conversaron en el patio de comidas de esa estación y se mostró dubitativo. Rubelia pensó que ella no era su tipo y le dijo que sólo seguía el llamado del Verbo Dios. Jacob, resignado, aceptó: no podía rebelarse contra ese mandato superior. Rubelia Chávez fue bautizada como Rahab Saba y Jacob la llevó a sus dominios en Champa para presentarla al resto de sus mujeres.

—Para mi señor no es fácil aceptar cualquier mujer, porque implica un sacrificio enorme y sus mujeres son muy celosas.

Es sábado. Ya pasó el mediodía. Rahab Saba está sentada en un sofá color café y mira a Esperanza y Beerseba, dos de las hijas de Jacob que corretean por el balcón del departamento donde vive desde que llegó a la ciudad.

Afuera un viento frío sopla agudo en la esquina de la calle Santa Rosa con Santa Ester, zona sur de Santiago. A Rahab Saba le preocupa que las niñas estén desabrigadas y les pide que entren y hace un gesto autoritario, para que guarden silencio.

—Tengo que protegerlas como si fueran mis hijas.

Esperanza y Beerseba la miran atentas. Tienen entre diez y nueve años, llevan parkas de colores y pelo suelto.

Rahab Saba luce más compuesta: el pelo tomado en un moño, falda más abajo de las rodillas y botas de caña larga. No tiene joyas. Una ínfima capa de maquillaje cubre su cara. Habla con voz aguda y termina cada frase con una sonrisa tatuada. Esa expresión de tranquilidad se desdibuja, por unos segundos, cuando comenta que hace meses no habla con Trinidad Juliette, su hija. Dice que es mejor así, porque llamarla sólo la haría perder el rumbo de la misión del Verbo Dios.

—Son los sacrificios para conseguir una felicidad más allá de lo terrenal. Mi señor dice que en el camino luminoso no siempre hay rosas –dice como hablándose a sí misma. Y por milagro la sonrisa se le tatúa otra vez.

La poligamia proviene del griego y significa “varios matrimonios”. Hoy el número de sociedades auténticamente poligámicas es reducido, pero destacan las naciones islámicas, donde este tipo de matrimonio sólo existe si es aceptado por las mujeres. Aunque en la sociedad grecorromana –base del cristianismo– esta práctica o más correctamente, la poliginia (muchas esposas), no fue aceptada, el Antiguo Testamento dice que todos los patriarcas bíblicos fueron polígamos. La actual doctrina dela Iglesia Católica lo condena, porque es contraria al amor conyugal, que es indivisible y exclusivo.

Cae la noche sobre la calle Tesuca dela Villa Santa Olga de Lo Espejo. Una reja de madera tosca flanquea una casa de bloques de cemento sobre la que se afirman otras dos construcciones de madera de ventanas pequeñas por las que despunta una luz. Isabel Ramos –29 años, melena crespa, maquillaje marcado– abre la reja con desconfianza. Pregunta si no hay cámaras de televisión y asoma la cabeza.

—Cuando están pobres de noticias vienen a molestarnos –se excusa y sube una escalera que cruje con cada pisada. Abre la puerta que da a un pequeño living con una mesa de madera cubierta por un mantel blanco, murallas decoradas con fotografías y un niño de doce años que mira televisión.
—Él es uno de mis cuatro hijos. Los otros ahora están en Champa con su papá. El señor profeta vino a buscarlos ayer. A diferencia mía, ellos lo extrañaban.

Hasta 2009 Isabel respondía al nombre bíblico Abisac, vivía en Champa con sus hijos, no se maquillaba y sólo podía usar zapatos bajos. Después de diez años siguiendo estas reglas, abandonó al profeta.

—Todavía lo respeto. Cada quién con sus creencias, pero necesitaba recuperar la libertad.

Me cansé de que me mandaran todo el tiempo. No era una enferma mental –dice Isabel, que volvió a la casa de su padre y empezó a trabajar en lo que le ofrecieran: mesera de un restaurante, limpiando en supermercado y vendiendo en la feria.

—Él me ayuda con algo de plata para los niños y les compra todo lo que necesitan, pero quería mis propias cosas.

Isabel no fue la primera de las mujeres en abandonarlo. Antes, una de sus hermanas mayores, que también había seguido al profeta, Sonia Ramos o Rahab Primera, había regresado a Lo Espejo con su hijo. Ahora vive en una casa cercana. A diferencia de Isabel, aún cree en la palabra y no quiere hablar del profeta:

—No porque sea profeta no va a tener errores. Lo dicen las escrituras –es su lacónico comentario al teléfono.

Luego de las deserciones de Sonia e Isabel, otra de sus hermanas, Romina, lo abandonó el 15 de mayo de 2009. Dos semanas después de Isabel.

—Ella se vino detrás de mí y vive en la casa de abajo con sus tres hijos, pero no quiere hablar. Le molesta aparecer en la prensa –dice Isabel Ramos
—Sabe, el profeta no es mala persona. Cree en lo que dice, no está vendiendo un cuento. Ha sufrido mucho por esto. Siempre le digo que si tuviera menos mujeres tendría más plata y menos problemas.

Por una ventana se ve la cordillera de los Andes, iluminada por un sol que lucha contra unas nubes dispersas. En su departamento, Elena Barahona, la seguidora y secretaria del profeta, marca por tercera vez el teléfono. Nadie responde. Deja de insistir. Ofrece té y habla de sus inicios en la iglesia. Intenta, en vano, mostrar el rostro de Jacob que, asegura, se dibuja en una de las montañas nevadas. Suena el teléfono. Ella contesta. Frunce la boca. Cuelga.

—Mi señor Jacob tuvo un problema, no vendrá –dice Elena y le pide a su hija Deborah que traiga más té.

La niña baja la cabeza y obedece. Cuando vuelve con la bandeja, su madre la contempla con una expresión de orgullo.

—Tengo una exclusiva –dice Elena.

Hace años le dijeron que, a raíz de un problema médico, no podría tener más hijos. Entonces oró al Verbo Dios para que le mandara una hija. Y quedó embarazada de Deborah. Se convenció de que era una señal y, ella y su marido hicieron una promesa para agradecer el milagro:

—Deborah, mi hija adorada, cuando cumpla la mayoría de edad se convertirá en la nueva esposa de Jacob.

Deborah baja la mirada.

—Todavía faltan dos años, y que ella tome su decisión. Pero ya sabe lo que quiere –insiste Elena y mira a Deborah.

Deborah carraspea y dice, con voz dura:

—Claro que quiero. Es lo que quiere el Verbo Dios.

Afuera la cordillera se ilumina repentinamente. Elena se pone de pie y señala a la ventana, eufórica.

—Miren, miren: ahora se puede ver perfecto el rostro de nuestro señor en el monte.

Después, se cubre la boca con las manos.

Anuncios
comentarios
  1. Pedro Arrecho dice:

    Muy bueno, muy bueno: ilustrativo y profundo.

  2. Jsloko dice:

    Fresco e’ raja culiao!!! weón chanta aparte de ser un degenerado les saca la chucha a sus mujeres. Un farsante culiao.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s