Último paradero

Publicado: 15 enero 2012 en Oscar Paz Campuzano
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1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud– recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys –, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.

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comentarios
  1. ykada dice:

    Está bien planteada y tiene estilo en la escritura.
    Felicidades a Oscar Paz Campuzano por ese talento.

    Recomendable la lectura.

  2. José Luna dice:

    No es recomendable… ¡es una crónica estilísticamente inspiradora!

    Felicitaciones, Óscar Paz. Es mucho más que un gusto conocerte.

  3. oscarpazc dice:

    Muchas gracias por el comentario, mi querido amigo José Luna.

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