El bombero al que nadie llamó

Publicado: 23 enero 2012 en Wilbert Torre
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Martes, 11 de septiembre de 2001

Rafael Hernández despertó antes de las seis de la mañana y se sentó en el filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York–, pero ese martes amaneció de mejor humor: Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la chapa que siempre porta con él, y salió del apartamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.

Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos y albañiles.

Cuando el tren salió del túnel, la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaban cupones de 30 dólares en apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y zapatos deportivos.

Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church street. Hernández, 1 metro 65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos como tubos y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.

“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres ¿Vendrán en camino?”, preguntó.

Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción.

“¿Será un truco de cine?”, preguntó en voz alta.

Su amigo estaba mudo, con los ojos desorbitados y las manos en la cabeza. Corrieron en sentido opuesto a las torres. La gente a su alrededor miraba los edificios verticales recortados por un cielo sin nubes. Sobrevino un torbellino de papeles y pedazos de metal. Se alejaron para ponerse a salvo y de pronto Hernández se detuvo. Su deber era acudir a las torres. Le pidió a su amigo que convenciera a las peruanas de que lo esperaran: regresaría para ayudar como voluntario.

Rafael Hernández era bombero.

Sabía que en los siguientes minutos ocurriría una gran movilización. Eso lo había aprendido en su niñez, que había transcurrido entre historias de rescates en el batallón de bomberos al que pertenecía su papá, en la ciudad de México. Antes de que le creciera el bigote, Hernández comenzó a sentir una poderosa atracción por las emergencias. A los 14 años se metió entre las llamas que devoraban el edificio Astor en el Distrito Federal y tres años después ya era paramédico y bombero. Era el comienzo de un largo camino que lo llevaría a conocer medio mundo en huracanes, incendios y terremotos.

Corrió en dirección al World Trade Center hasta que llegó a la estación de Liberty y Church street. Se echó la mano al bolsillo derecho y aproximándose al hombre que repartía órdenes a gritos le mostró su placa del Heroico Cuerpo de Bomberos de México, un pedazo de metal dorado en forma de corazón.

“Vengo a ayudar. Soy bombero, soy mexicano”, se presentó.

El capitán, un rubio fornido que llevaba en la camiseta el apellido Jefferson, le ordenó que fuera  por un casco y una chaqueta y que se uniera a un grupo de bomberos que se dirigía a las torres. Hernández se echó al cuello la chapa y al llegar al World Trade Center vio que una decena de policías muy nerviosos intentaba comunicarse con otros oficiales por medio de radios portátiles. Uno de ellos dijo que se preparaban para evacuar.

Volvió a mirar hacia al cielo. En la torre debía haber miles de personas atrapadas. Alguien gritó que no servían los elevadores y que las escaleras estaban obstruidas. Un grupo de bomberos corrió hacia los elevadores de emergencia y fue detrás de ellos. Dos forzaron la puerta con una llave especial. Cuando se abrió, el cubo escupió una lengua de fuego.

Hernández no dejaba de mirar hacia la parte alta del edificio. La columna de humo se había propagado y era difícil ver con claridad. Con un gran esfuerzo pudo notar una línea de fuego y calculó que debía ser el piso setenta. Un policía lo cogió de un brazo y lo sacudió con fuerza.

“Vaya a ayudar a una persona cerca de la entrada del edificio. Es una mujer con el tobillo roto”, le dijo.

Salió a la calle y se detuvo a dos pasos de la puerta. Recorría la zona con la vista para encontrar a la mujer cuando algo pasó junto a él. Sintió un viento ligero y escuchó un golpe seco. No sabía de qué se trataba. Volvió a mirar al cielo y entonces lo entendió todo: había personas lanzándose al vacío.

Un hombre cayó junto a él y más allá una mujer se estrelló en el piso. Llevaba un bebé en los brazos. “Esto no puede estar sucediendo”, se dijo Hernández, cerró los ojos y sacudió la cabeza. Ya no fue en busca de la mujer con el tobillo roto. Pensaba en la gente atrapada en el rascacielos y en la angustia de sentirse abrazada por el fuego. En veinticinco años como rescatista nunca había visto a alguien saltar a la muerte para escapar de la muerte. “¿Qué infierno es este? –se preguntó –. Dios mío ¿cómo los vamos a ayudar?”

Cuando salió de su aturdimiento corrió a donde unos treinta bomberos y paramédicos subían las escaleras en tropel. Se les unió y varios pisos arriba un capitán los dividió. Le dijo que no podía ir más allá porque no llevaba más protección que una chaqueta, unos guantes y el casco. Estaba en el piso 28.

“Ahí está una mujer embarazada en trabajo de parto”, le dijo apuntando una esquina “Hágase cargo de ella. Llévela fuera y póngala en manos de los paramédicos”.

Era una rubia de ojos azules y una panza enorme. La levantó sin decirle nada y comenzó a bajar las escaleras con la mujer en los brazos. Escuchaba gritos de gente presa del pánico y a su paso veía, en los descansos de las escaleras, personas con quemaduras en el rostro, los brazos y las piernas.

Del otro lado del muro de cristal podía observar una columna de humo en la torre sur. Todos, excepto los viejos y los heridos, corrían sin control escaleras abajo. Algunos chocaban de frente con los bomberos que subían.

Bajaba las escaleras con dificultad, tratando de mantener el equilibrio en medio de la multitud. Hacía calor y el humo de los pisos superiores había descendido lo suficiente para nublarle la vista y hacerlo toser. Sudaba y pensaba que debía pensar con claridad. Sentía que la mujer le pesaba como si llevara en los brazos a tres personas.

Unos pisos abajo sintió un tirón en el pantalón. Era una negra joven con quemaduras en casi todo el cuerpo. “Ayúdeme por favor”, le dijo. Le prometió que volvería por ella.

En el piso quince se detuvo en un descanso junto a los escalones. Le dolían los brazos y le faltaba el aire. Puso una rodilla en el piso y apoyó a la rubia en la otra pierna. Por un momento pensó en dejarla ahí para ayudar a la negra que había dejado arriba, tirada en el piso. Se dijo que lo necesitaba más que la rubia, pero también pensó que un bombero siempre cumple órdenes.

Entonces escuchó la voz de la rubia por primera vez. Era como si hubiera podido ver sus pensamientos:

“No me abandones aquí”, le dijo y se aferró a su cuello tan fuerte que sintió dolor. Sollozaba y el cuerpo le temblaba. Su voz era débil, casi imperceptible. “No me dejes en medio de este caos”, le suplicó.

Hernández le dijo que no la abandonaría. Estaban en una esquina y junto a ellos la multitud seguía atropellándose. Eran muchos los que caían al piso.

“¿Cómo te llamas?”

“Allison”, le dijo y volvió a abrazarlo con fuerza.

En el cuarto piso volvió a escuchar su propia voz que le decía: “Con calma, tranquilo”. Sentía que no podía más, que en cualquier momento se derrumbaría con la rubia en los brazos. “No te desesperes”, se repetía, pero no podía evitar desesperarse. De pronto sus piernas comenzaron a moverse con rapidez y sus hombros empujaban a la gente que encontraba a su paso. Trastabilló dos veces y cuando recuperó el equilibrio continuó su descenso enloquecido.

En el segundo piso se dijo que tenía que salir de una vez de ese infierno. Bajó corriendo la escalera eléctrica, y escuchó gritos y otra vez los golpes secos en el piso. Salió a la calle, un policía hizo sonar su silbato y se acercaron dos paramédicos jóvenes. Abrieron las puertas y Hernández acomodó a la rubia en una camilla. Colocaron en la boca de la mujer una máscara con oxigeno, la subieron a la ambulancia y se enfilaron hacia un hospital.

Hernández estaba exhausto. Sus brazos eran dos hilos pesados y las piernas le temblaban. No podía caminar. Se hincó para llenarse los pulmones de aire. Decenas de personas yacían a su alrededor. Los paramédicos colocaban etiquetas en la ropa de la gente: rojas de atención urgente, amarillas de no inmediata, verde para quienes podían caminar y negras en los muertos.

Aspiraba aire con fuerza. Había pasado tal vez un minuto desde que había alcanzado la calle, cuando sintió en las rodillas apostadas en el piso un repiqueteo intenso, como si los dedos de un gigante tamborilearan el piso. Escuchó un estruendo parecido al que se escucha en las vías cuando un tren se aproxima, y vio correr a decenas de policías y bomberos. Algunos se quitaban las chaquetas y arrojaban los guantes y los cascos y gritaban:

“¡Corran!”

“¡Vámonos de aquí!”

“¡Dios mío!”

Hernández arrastraba las piernas con dificultad. Logró trotar un tramo y sólo se detuvo cuando alguien pasó junto a él, lo golpeó en el hombro y le gritó algo que no pudo entender. Se detuvo y al alzar la vista se dio cuenta de que corría en sentido opuesto: la torre sur se sacudía como una bestia herida. Dio media vuelta, corrió lo más rápido que pudo y oyó un ruido atronador. El edificio se desplomaba y sus entrañas escupían una gigantesca nube negra.

A unos pasos estaba un camión de bomberos. Se lanzó al piso y arrastrándose se metió debajo.

El día se hizo noche. Todo se obscureció y no podía ver sus manos. Sentía que la tierra temblaba y escuchaba el ruido de los muros de concreto al chocar con el piso. Sobre la plancha del camión caían residuos. Cerró los ojos y quiso rezar, pero él, que es cristiano, había olvidado sus oraciones. Apretó los ojos con fuerza y dijo:

“Dios mío, protégeme, no permitas que nada pesado caiga aquí. Dios Mío, no me dejes morir”. Tenía las manos en la cabeza y el cuerpo encogido debajo del camión. “Dios mío, si sólo vine a ayudar ¿Por qué me llevas? Dios mío, en tus manos pongo mi alma”.

Cuando el ruido cesó, pensó que estaba muerto. En la obscuridad de los párpados pudo verse de niño, vio a su abuela muerta, a sus padres, a sus hermanos. Se preguntaba dónde estaba, y si estaba vivo o muerto.

La nube de polvo lo cubría todo y él intentaba respirar con la nariz debajo de un trozo de tela que había arrancado de su camiseta. Cuando pudo verse las manos, palpó el costado del camión para encontrar una llave: la abrió, se enjuagó la boca y escupió. El polvo de la nube gigante le quemaba el cuerpo. Metió la cara y las manos debajo del chorro de agua. Se incorporó y escuchó un alarido.

Era un policía negro, un hombre gordo que no podía respirar. Abría la boca con desesperación, como un pez gigante fuera del océano. Lo llevó debajo del camión de bomberos, abrió la llave y le aventó agua sobre el rostro varias veces.

Unos minutos después salió cuando escuchó voces. Recuerda vagamente que un policía le pregunto si estaba bien. No podía pensar claro ni pronunciar una frase. Se inclinó y al apoyarse sobre las rodillas se dio cuenta de que había orinado los pantalones.

Sentía la quijada trabada y los oídos tapados. Otro policía se acercó, le dijo que cerca había unas personas heridas y le pidió que lo acompañara. Corrió a la entrada número cinco del estacionamiento de la torre norte y volvió a escuchar el ronroneo de la tierra y se encontró con la misma imagen: el edificio se convulsionaba y comenzaba a desplomarse como si fuera de arena.

En ese momento lo invadió un miedo que no había sentido nunca. Corrió en dirección a Vesey Street. Mucha gente corría junto a él. Pasó junto a un camarógrafo latino con una cámara al hombro. Tenía una rodilla sobre el piso y no se movía. Levántate, le dijo jalándolo de un brazo, pero el hombre no le respondió. Ven conmigo, hermano, volvió a decirle, pero era como si le hablara a una esfinge. Le tomó por el cinturón y le arrastró unos metros hasta una tienda de cigarros y refrescos.

Abrió la puerta, empujó al camarógrafo dentro y se encontró con un asiático a cargo del lugar. Dos francesas lloraban y hablaban por teléfono. Preguntó dónde estaba el sótano y siguió al encargado. El hombre indicó un espacio en el piso, Hernández lo abrió, gritó que todos se metieran ahí, y cerró la puerta. Las mujeres se abrazaban y podían escuchar gritos en la calle. En ese momento comenzó a sentirse muy mal. Estamos en guerra, pensó. Nos van a matar. Me voy a morir. Cerró los ojos y vio a sus tres hijos.

El sótano estaba obscuro, hacía calor y las francesas sollozaban. El camarógrafo seguía sin decir una palabra. Veinte minutos después Hernández les avisó que saldría a ver qué estaba pasando. Cuando alcanzó la calle sintió que el corazón se le hacía pequeño.

Había participado como rescatista en los terremotos de ciudad de México, Nicaragua y Guatemala; en la erupción del nevado de Ruiz que sepultó la ciudad de Armero, Colombia y jamás había visto una devastación semejante. La nube de polvo se había disipado y podía ver una montaña humeante de concreto y metales retorcidos.

Vio a un grupo de bomberos que movía los desperdicios y arrodillándose en la tierra preguntaba si había alguien con vida. Se ajustó los guantes y el casco y comenzó a remover escombros. No paró para comer o descansar en las siguientes ocho horas, concentrando en una acción única, repetitiva, urgente: levantar pedazos de concreto y metal, guardar silencio y entonces gritar: ¿Hay alguien ahí debajo?

El grupo con el que trabajaba encontró un bombero bajo las ruinas de una de las torres. Se sintió impotente. Se arrodilló y preguntó:

¿Por qué, Dios, por qué?

A las seis de la tarde, cuando se encontraba en los desechos de la zona norte, sintió un cosquilleo en el pecho. Era como si un ejército de hormigas ascendiera por su garganta y le impidiera respirar. Apoyó las manos en las rodillas e intentó jalar aire, pero comenzó a toser. Tosió con furia dos o tres minutos hasta que un paramédico se acercó.

Le colocó una máscara de oxigeno en la boca y después le sacó polvo de la garganta con una sonda.

“¿Te quieres ir a casa?”

“No. Estoy bien, me siento bien, aquí me quedo”.

Hernández trabajó hasta las diez y media de la noche, cuando ya no podía sostenerse más en pie. Caminó tres calles hasta llegar a la Capilla de St. Paul, en Fulton street, donde se había instalado un campamento para rescatistas y voluntarios. Un médico lo revisó y un soldado le entregó un casco color naranja y dos overoles, uno azul y otro anaranjado. Se bañó, mordisqueó un sándwich y durmió en las bancas de madera que suelen ocupar los feligreses.

A la medianoche lo venció el sueño, un sueño lleno de sobresaltos. Tenía sueños entrecortados de la torre, del fuego, de la gente saltando, y despertaba cada quince minutos. A las cinco de la mañana escuchó los gritos de unos soldados que llamaban voluntarios.

Los acompañó, pero no tuvieron suerte. Los teléfonos sonaban dentro de los portafolios sepultados bajo la tierra. Había cadáveres, cuerpos mutilados, manos y piernas sin dueño. Mientras retiraba piedras, pensaba que en veinticinco años de bombero nunca había visto nada parecido.

Dos horas más tarde un sol furioso cubrió la zona y la temperatura aumentó durante el día como resultado de pequeños incendios. Por la noche las cosas empeoraron. No había luz. Los focos estallaban y una planta generadora de energía instalada por el ejército se arruinó. Le costaba trabajo creer que todo eso ocurría en Estados Unidos.

Cuando se retiraba a descansar la noche del segundo día, un soldado le prestó un teléfono satelital. Llamó a la casa de sus hijos en la ciudad de México y le respondió su ex esposa. Conversaron unos minutos y luego tomaron el teléfono sus hijos: Aurora, de ocho, Sharon, de seis, y Nicolás, de cuatro años.

“Regresa, papá. Toma un avión y vuelve hoy mismo”, le pidió Aurora. “¿Están en guerra? ¿Los están atacando?

“Todo está bien, mi amor. Estoy bien. No nos están atacando. Me voy a quedar aquí unos días. Tengo que ayudar”.

Con el paso de los días se crearon varias cuadrillas de rescate. Estaba la de los escarbadores, a la que él pertenecía, en la que hombres equipados con un balde retiraban piedras con las manos. No utilizaban máquinas para evitar lastimar a la gente. Había otro equipo para atención de lesionados. Eran centenares los rescatistas que trabajaban de día y de noche utilizando nada más que las manos.

Las siguientes noches volvió a despertar con los gritos de los militares. Se ponía el casco y se dirigía hacia donde un grupo de hombres permanecía en un sitio determinado, en silencio, intentando escuchar el menor indicio de vida debajo de los escombros: un quejido, un golpeteo de metales, una voz pidiendo ayuda.

La mayoría de la gente que metía las manos en los escombros era hispana, y eso le provocaba sentimientos encontrados. Sentía orgullo y al mismo tiempo rabia: el gobierno de la ciudad daba trescientos dólares a los contratistas para pagar a los trabajadores por ocho horas de trabajo, y éstos pagaban ochenta dólares a quienes se empleaban para remover escombros.

Hernández se metía en donde cabía: en una grieta, en un hoyo obscuro, entre dos muros. Tres días después de los atentados encontró a un hombre atrapado cerca de la tienda de Disney y un almacén de revelado Kodak. Podía oler el nitrato de plata de unos contenedores gigantes que se habían derramado. Parte de su equipo de rescate era una lámpara y un radio por el que dio la voz de alerta. Con frecuencia vestía una camisa verde con el escudo de México que le regaló una mujer con la que un día conversó cerca del enrejado alrededor de la Zona Cero.

El hombre debía tener unos cincuenta años y dos paredes lo habían prensado. Estaba cubierto de polvo y tenía el pecho abierto a la altura del corazón. Le dijo un número telefónico y le pidió llamar a su esposa y a sus hijas. “Diles que las amaré siempre”. Pronto llegó un equipo de dieciséis rescatistas con unas tijeras gigantes que cortaron el concreto como si fuera de papel. Debieron pasar veinte minutos antes de que pudieran sacarlo de la trampa en la que había caído. Murió ese mismo día.

Al día siguiente Hernández llegó hasta el campamento del muelle donde eran atendidas las familias de las víctimas, sacó del overol un papel y marcó un número telefónico. Contestó una mujer. Le transmitió el mensaje del hombre y le informó dónde había encontrado a su marido. “Tiene que ir a la morgue”, le dijo. “No pude hacer nada más por él. Lo siento”.

El campamento de la capilla de St. Paul se había transformado en un centro de mando. Había camastros, almohadas y comida caliente. Era el único sitio donde se sentía tranquilo. Durante el día varios médicos revisaban a los rescatistas y un grupo de monjas los confortaban. Muchas hablaban español. Les daban masajes en los brazos, en las piernas y les decían que sí querían hablar de lo que estaban viviendo, podían hacerlo. “Si quieres llorar, puedes hacerlo”, le dijo una monja una tarde.

Hernández sentía el espíritu desecho por tanta muerte. Pero no debía llorar. Estaba ahí para ayudar.

Uno de esos días su amigo Jaime llegó hasta el campamento. El día de los atentados se había despedido de él con la mano en alto, cuando la policía ya había cercado la zona. Le contó que las peruanas nunca llegaron y que había regresado al apartamento de Queens. Se abrazaron y le entregó un sobre con dos mil dólares. Se lo enviaba su patrón, el paquistaní musulmán. Una turba lo había golpeado en Queens, a su esposa le habían arrancado la ropa y había decidido volver a su país.

Durante los días siguientes Hernández volvería a sentir en el pecho y en la garganta la misma sensación de miedo que tuvo el día de los atentados. Ocurría sobre todo por las noches, cuando trabajaba en la Zona Cero y sin anunciarse surcaban el cielo aviones de combate que volaban muy bajo, o unos helicópteros militares que arrojaban una luz potente.

Pensaba que cualquier día aparecería uno de esos aviones y lanzaría una bomba. Era un pensamiento recurrente y cuando se le presentaba se decía que pasara lo que pasara no se movería del sitio donde se encontraba. Si corría podía caer en alguna fosa y terminaría sepultado por toneladas de concreto. Si permanecía ahí, inmóvil, al menos moriría en la superficie.

Todo lo que encontraba bajo las ruinas –bolsos, teléfonos celulares, portafolios, fragmentos de ropa –lo depositaba en unos contenedores plásticos. Los momentos más tristes eran cuando encontraban a un bombero o un policía muerto. Sentía que ese cuerpo era el de un hermano al que no conocía. Todas las tareas se detenían y sonaban las sirenas.

Una tarde, cuando descansaba, un bombero le ofreció un cigarro. Hernández no fumaba pero decidió aceptarlo. Salió de la capilla y se acercó al enrejado. Del otro lado estaba una mujer, una negra que lo llamaba con las manos. Le dijo que tenía que ayudarla, que llevaba nueve noches durmiendo ahí. Le alargó una fotografía con la imagen de dos mujeres. “Son mis hijas. Ayúdame a encontrarlas”. Le dijo que no podía, que él estaba ahí sólo como voluntario. La mujer no se rindió. Tomó la fotografía y regresó al campamento.

Caminó al sitio en donde trabajaban los hombres que se encargaban de recoger cuerpos y enviarlos a la morgue. Habló con uno de ellos y le mostró la fotografía. “No debemos hacerlo –le respondió– pero no soporto verlos caminar día y noche sin saber dónde encontrar a sus muertos”. Tomó la fotografía y se marchó.

Por la noche le entregó un papel con unos números. Hernández caminó al sitio donde había fumado: la mujer estaba sentada en el piso, en vela. Le dijo que lo sentía mucho, que sus hijas estaban en la morgue. Ella comenzó a llorar y pegó el cuerpo a las rejas, como si quisiera abrazarlo. “Dios recompensará tu bondad”, le dijo. “Al menos tendrán un lugar para descansar”.

Cuando caminaba rumbo a la capilla, no pudo más. Los focos de emergencia alumbraban el desastre y las carpas donde la policía etiquetaba cuerpos.

Se echó al piso y lloró.

Lloró con un quejido, cubriéndose la cara con las manos, en silencio, para que no lo escucharan. Detrás de él empezaron a alzarse voces. Giró y vio movimiento en las cuadrillas de rescatistas. Se quitó las lágrimas con las manos sucias, se puso de pie y regresó a trabajar.

Hernández vivió en la Zona Cero setenta y dos días. El 11 de noviembre de 2001 removía losas y metales en busca de sobrevivientes cuando miró el balde que lo acompañaba siempre: jirones de ropa y piel y huesos secos era todo lo que sacaba con las manos.

Se quedo mirando sin ver, respirando con pesadez, con la cabeza en otro mundo.

Fue a la capilla y entregó el casco y los overoles. Ya no tenía caso seguir ahí. Su misión había terminado.

Julio de 2011

Hernández vivía en Queens, en un cuarto de dos metros por tres que compartía en un apartamento con un colombiano y otros migrantes. Su habitación era limpia y ordenada. Sobre los muros había fotos de sus hijas, una bota de bombero y una imagen de él en The New York Times: está de pie, con el casco anaranjado, junto a un grupo de bomberos que removían las ruinas del World Trade Center.

En ese micro mundo tenía lo que necesitaba para vivir: quince botes pequeños repletos de pastillas y una cámara de oxigeno. En la pared pendía una máscara azul de plástico. Sin ella, se asfixiaría mientras duerme.

En las bocinas conectadas a su iPhone se escuchaba la voz de Jobim, hipnótica, suave, anestésica. “Me ayuda a relajarme”, dijo Hernández. Con frecuencia lo escucha y se tumba seis horas en la cama a chupar oxigeno de la máquina. Suele hacerlo cuando está harto de sentir la máscara como un segundo rostro. Le apena que, cuando duerme con ella, al día siguiente se levanta con un óvalo rojo de la frente a la barbilla.

Hernández trabajaba como mesero en una compañía de catering en Houston y un día, cuatro años después de los atentados, sintió una punzada en el pecho y se desplomó. En el hospital le dijeron que tenía unas nubes en los pulmones y le preguntaron si había trabajado con asbesto. Dijo que no, pero que había vivido en la Zona Cero.

Unos días más tarde estaba de regreso en Nueva York. En el hospital Mount Sinai le hicieron una serie de exámenes y le informaron que tenía nódulos, células de polvo y filtraciones pulmonares. Los médicos le diagnosticaron rinitis, rinosinusitis, faringitis, asma y alergia crónica. Un amigo bombero le dijo que tenía derecho a demandar. Hernández fue llamado a declarar en la corte.

En la audiencia final se sentó frente a un juez, dos jurados y siete abogados, y durante nueve horas respondió cientos de preguntas: ¿Su padre fumaba? ¿De qué había muerto su abuela? ¿Padecía asma antes? ¿Quién lo había llamado al World Trade Center?

“A mí nadie me llamó, señoría. Yo decidí meterme ahí. No conocía a nadie. Salvé vidas como hubiera salvado la de mis hijos. Nunca dudé lo que debía hacer. Si hoy volviera a suceder, haría lo mismo”.

En marzo de 2010 el juez Peter Georgalos falló a favor de Hernández y le concedió atención médica de por vida. En la resolución WBC 00804564 de la corte de Nueva York, el juez determinó que el voluntario mexicano padecía asma, apnea obstructiva del sueño, rinosinusitis, estrés postraumático y depresión.

Hernández espera la solución de otra demanda como parte de la Ley Zadroga, que indemnizará a bomberos, paramédicos y rescatistas. El juez le prohibió realizar trabajos que requieran esfuerzo físico.

Desde entonces los detectives de la corte le han hecho visitas sin anunciarse para comprobar que está en su casa y han investigado la cámara de oxigeno para confirmar si la usa. Hernández se sostiene con préstamos de amigos y donaciones de empresarios de Sonora y el Estado de México. El gobierno mexicano le entregó mil dólares durante ocho meses, después de que reveló a un noticiero las grabaciones de una conversación telefónica con una funcionaria que le dijo que el Presidente Calderón no tenía por qué ayudarle.

Un sábado de julio lo visité en su departamento de Queens. Diez años después Hernández conservaba el cuerpo de luchador, aunque había perdido peso y aquellos brazos como tubos parecían ahora tuberías.

Llevaba unas gafas obscuras, una camiseta, bermudas y en el cuello una cadena de plata. Antes de cerrar la puerta se echó al hombro la mochila en donde siempre lleva cuatro frascos imprescindibles con medicamento con su nombre y la leyenda: “Health for Heroes”.

Abordamos un autobús que nos llevó a la avenida Roosevelt en Queens. En el Sol Azteca se pidió unas enchiladas de mole y un Squirt.

Me dijo que planeaba volver a México en unos meses. Extrañaba a sus hijos y echaba de menos las emergencias, aunque sabía que esos tiempos no volverán. Estaba dedicado a guiar a un grupo de cien hombres y mujeres de origen latino que trabajaron en el World Trade Center. Los ayudaba a traducir documentos y los orientaba en las cortes. Entre las enchiladas y el postre recibió tres llamadas de ellos.

Cuando salimos del restaurante una mujer lo detuvo para saludarlo. Era María, una colombiana que trabajó removiendo escombros.

“Qué mala noticia la de hace dos días”, dijo María refiriéndose a una notificación la Ley Zadroga de acuerdo con la cual los trabajadores de limpieza y rescatistas recibirán una compensación en dos partes: el 23 por ciento en una  fecha que se definirá en septiembre de este año, y el resto en 2016.

“No se rinda, siga luchando”, le dijo Hernández. María encogió los hombros y se marchó caminando sobre Roosevelt Avenue.

Hernández me contó que lo peor no son las enfermedades ni la dilación en el pago del fondo de compensaciones, sino las pesadillas y las ráfagas de recuerdos que lo asaltan en cualquier momento.

Mientras duerme con frecuencia ve a Nueva York bajo una lluvia de bombas. Cuando los recuerdos le asaltan, ve imágenes de personas lanzándose al vacío y le sobreviene un ataque de ansiedad. Entonces, como sucedió en el restaurante, llora como un niño y su cuerpo se sacude dominado por estremecimientos breves.

Hace tres años pensó en suicidarse. No llegó a intentarlo: cuando sintió el impulso de colgarse llamó a la doctora Alicia Hurtado, su psiquiatra. La idea de matarse parece haberse extinguido.

“Sé que todo esto se me pasará”, dice Hernández con un asomo de esperanza en los ojos tristes. “No sé cuándo, pero algún día se me pasará”.

Septiembre de 2011

El día del décimo aniversario de los atentados Hernández asistió a dos homenajes donde lo recibieron como héroe. Estaba listo para volver a México en diciembre y en febrero de 2012 se sometería a una operación. “Me retirarán una costra como de arena entre la nariz y los pómulos que no me deja respirar”, me contó. Esa noche Discovery Channel transmitió seis historias de sobrevivientes de las torres gemelas. Una de ellas era la suya, y el bombero se sentía orgulloso. Vio el programa con el teléfono en la mano, conversando con sus hijos Aurora, Sharon y Nicolás.

Volvimos a platicar el viernes 23 de septiembre. Me dijo que una de sus hijas cumpliría años. Estaba vendiendo un reloj Cassio para comprarle un regalo.

Al día siguiente se reunió en su casa con Jaime Munebar, el colombiano con quien había compartido piso durante siete años, y con otra amiga. El domingo 25 de septiembre, Munebar se fue a misa. Por la noche, a su regreso, llamó a la puerta sin que su amigo respondiera. Cuando pudo entrar, Hernández estaba tendido en la cama.

El bombero al que nadie llamó había muerto.

El funeral tuvo lugar en Queens, un jueves lluvioso. Sus hijos no pudieron viajar, pero estaban los latinos a los que Hernández ayudaba en las cortes. Había una multitud llorosa, coronas y flores. Cuando los rezos terminaron, Munebar se acercó al cónsul Mario Cuevas y le dijo: “Ayúdenos a que Estados Unidos no se salga con la suya. El fondo de compensación por el que Rafael luchó pertenece a sus hijos”. La oficina forense extrajo algunos órganos del cadáver para los exámenes de rigor, y el cuerpo fue trasladado a México hasta el 1 de octubre.

Las despedidas a los héroes con frecuencia no son como deberían ser.

Tres meses después, la oficina forense de Nueva York no había dictaminado sobre las causas del deceso. En la corte, el caso de Hernández estaba detenido y de la compensación que recibiría en estas fechas no se sabe nada. El cuarto de Hernández permanecía clausurado por la policía. Un día alguien violó los sellos y saqueó la habitación.

Munebar pudo rescatar la última pertenencia de su amigo, y la guarda como si fuese algo sagrado.

En una bodega de Queens yace la cámara de oxígeno que mantuvo con vida a Hernández los últimos años.

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comentarios
  1. hector dice:

    excelente cronica, sin duda un estupendo trabajo periodistico y un estilo narrativo tan sensible y realista que me conmovio hasta las lagrimas.

  2. Rosario Martínez dice:

    Que bien escrito está el texto. Me encantó. Es como una película. El final me dolió mucho y más aún cuando vi una nota relacionada con la muerte de Rafael Hernández… De acuerdo con una nota de Ap “Ellen Borakove, portavoz de la oficina del forense de la ciudad de Nueva York, dijo que murió de obesidad, apnea del sueño e hipertrofia cardíaca, además de sufrir un “serio y crónico problema de abuso de alcohol”. Felicidades por el premio.

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