Retrato de una dama

Publicado: 12 febrero 2012 en Leila Guerriero
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Suave es la noche.

El departamento, un piso en las calles Libertad y Marcelo T. de Alvear, se abre a una plaza con árboles como capullos frescos. La anfitriona, Fanny Llambi Campbell de Ferreyra -Bebita-, acaba de regresar de un viaje en barco y da, en ese departamento que no es suyo porque desprecia respingadamente la idea de tener casas y vive entre París, Nueva York y Buenos Aires, una fiesta. Corre el año 1952, quizá 1953. Es verano. El ventanal es un paño nítido por el que entra a raudales la noche clara. Hay brisa y el zumbido lento de la ciudad se cuela en ese piso donde criaturas refinadas ríen, fuman, beben.

La mujer entra en cuadro desde la derecha. Camina como si fuera parte de la tierra, con una gracia épica, serena. Lleva una falda azul marino y una camisa de un blanco óptico, de poplín. Su rostro tiene la belleza de lo que no puede repetirse. Las líneas, que ondulan suaves en los pómulos, se transforman en la altiva arquitectura de las cejas, en la vivacidad elástica de la boca, en el carbón de los ojos. Cuando su figura atraviesa el ventanal con gracia distraída, algo, en el íntimo engranaje de esa fiesta, se detiene. Porque la mujer que acaba de rasgar la suavidad de la noche derrama, sobre los que están allí, la sensación eufórica, y a la vez triste, de estar viviendo ya un recuerdo.

Y también está el nombre: Felisa.

Que significa la-que-siempre-está- feliz.

***

Felisa Pinto nació en la ciudad de Córdoba el 25 de noviembre de 1931, de padre cordobés -Hernán Pinto, pianista y músico-, madre tucumana -Julia Rusiñol- y se crió en un mundo en el que se mezclaban la intelectualidad y la fortuna, la música dodecafónica y las fiestas en palacios, los apellidos de la más pura vanguardia -la generación de Nueva Música, la del instituto Di Tella- con los de una clase altísima ilustrada cuyos nombres no pueden encontrarse en doctor Google porque doctor Google no llega ni tan atrás ni tan profundo ni tan lejos: ni le interesa. El pasado que vivió Felisa Pinto es un mundo que ya no existe, habitado en idénticas proporciones por tías beatas y el secretario del Partido Comunista Argentino. En equilibrio entre esas dos orillas, Felisa Pinto encontró una profesión -el periodismo- y dentro de esa profesión una especialidad -la moda- que, si hasta entonces había sido tratada como un género menor, ella redefinió con textos que funcionaban -funcionan- como retratos de época, atravesados por una ideología que defiende lo auténtico y celebra la originalidad no pretenciosa cuyo mejor adorno es la simplicidad. Escribió sobre moda -pero no sólo sobre moda- en Primera Plana, en Confirmado, en La Opinión, en La Nacion, en Página 12, redactó el programa de la carrera de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires, hizo curadurías en museos. Hasta el día de hoy es voz autorizada y de consulta para una o dos generaciones de periodistas y diseñadores jóvenes y alguien que cree que hacer el epígrafe de una foto de moda es una forma de escribir poesía. Además, claro, de ser una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires.

***

—Yo soy testigo viva del siglo veinte. No soy el google , entendés. Yo lo viví.

Felisa Pinto enfatiza la ve, violenta y corta:

—Lo vi-ví.

Son las cinco de la tarde de un día de sol. Por la ventana del departamento de dos ambientes se ven una bandera argentina, edificios lejanos. Usa un suéter oscuro, pantalón, zapatos chatos, el pelo carré. En el living hay una mesa baja, tres sofás, una biblioteca y retratos de ella misma, fotos de ella misma, una escultura de ella misma.

—Ése es un retrato de cuando yo tenía cuatro años. Ésa es una cabeza esculpida de cuando tenía 8. Esa foto me la hizo Rolando Paiva. Ésa, Juan Gatti; ésa, Alejandro Kuropatwa; ésa, Ronald Shakespear…

Rolando Paiva es un fotógrafo prestigioso, de origen paraguayo, que murió en París en 2003; Juan Gatti es un artista plástico que vive en Madrid y es responsable de la gráfica de los afiches de las películas de Almodóvar; Alejandro Kuropatwa es un fotógrafo especializado en retratos de músicos y artistas argentinos que murió en 2003; Ronald Shakespear es diseñador, responsable del sistema de señalización visual de la ciudad de Buenos Aires. Al cumplir 60 años Felisa Pinto no hizo una fiesta sino una muestra de sí misma: expuso todas esas fotos -majestuosas- en una galería de arte e invitó a sus amigos, que son muchos, a tomar champagne.

***

“Cuando conocí a Felisa yo era realmente joven. Ella, en estos momentos, es más joven que yo. Tratando de encontrar una explicación, creo que el secreto radica en que tiene un cerebro Dorian Gray, y que en algún oscuro altillo de Córdoba hay una pintura de un cerebro que envejece inexorablemente”, escribe Juan Gatti, uno de sus mejores amigos, desde Madrid.

***

Las fotos de su bautismo la muestran no en brazos de sus padres sino de su niñera porque así era como se hacían las cosas por aquellos años: sus primas ricas se criaban con misses , frauleins y mademoiselles , y las chicas como ella -de clase alta pero sin fortuna- con institutrices españolas. El 5 de diciembre de 1931, apenas diez días después de haber nacido, ya estaba en Totoral, una localidad del norte de Córdoba. Ella, su hermana menor, su madre, su padre, diecisiete primas, cuatro primos y varias tías beatas pasaban los veranos en el caserón de su abuela materna que compartía calle con el de Rodolfo Aráoz Alfaro, secretario del partido comunista para Latinoamérica, frecuentado por todos los refugiados de la Guerra Civil Española.

—A los del pueblo les llamaban la atención estas dos casas. A la que era de la familia de mi madre, donde estaban mis tías que eran todas de iglesia y misa, le decían el Vaticano. Y a la de Aráoz Alfaro le decían el Kremlin. Así que yo soy el resultado de esa calle. Una mezcla de ideas con mucha conciencia social y cierta concepción cristiana.
—¿Hace mucho que no vas?
—Sí. Pero me dicen que está hecha bola. Me basta con los recuerdos buenos.

En 1937, cuando tenía 7 años, su padre recibió una oferta de trabajo del Ministerio de Educación en Buenos Aires, y allá se fueron. Ella empezó a estudiar en un colegio público y, al terminar sexto grado, la mandaron al Mallinckrodt, privado y alemán.

—Fue un infierno porque las profesoras eran todas monjas alemanas y hablaban mal el castellano. Nos enseñaban matemáticas en alemán y nadie entendía nada.

Habla con precisión de enciclopedia, con comas, con subordinadas, con una pedagogía puntillosa: cada tanto, ante un apellido, deletrea: “Llambi: elle, a, eme, be larga, i”, y, ante una historia con demasiados recovecos y afluentes, se detiene y pregunta: “¿Te interesa?”. A cada rato suena el teléfono pero ella no atiende ni detiene la conversación. Los que llaman son su hermana Maru, la periodista Victoria Lescano o el diseñador de joyas Marcial Berro, que vivió en París trabajando para Hermès y Cloe y que deja un mensaje sintético: “Felisa: Marcial”.

Porque se pasaba el día leyendo, cuando era chica la llamaban “la literata”. Al terminar el secundario pensó en ingresar a la facultad de Filosofía y Letras, pero después entendió que necesitaba trabajar.

—Una parienta trabajaba en Emecé y me consiguió un trabajo como correctora de pruebas de libros científicos y técnicos. Después empecé a trabajar corrigiendo pruebas de la revista Nueva Visión, de Tomás Maldonado. ¿Sabés quién era Tomás Maldonado?

Tomás Maldonado es un diseñador y teórico de culto que, además de fundar esa revista de teoría de la arquitectura, fue parte de la Organización de Arquitectura Moderna (OAM), que funcionaba en el mismo edificio que la revista y que integraban varios amigos de Felisa (Eduardo Polledo, Jorge Griseti). Ella, a su vez, formaba parte del círculo de Juan Carlos Paz, el compositor y crítico que introdujo la música dodecafónica en Latinoamérica y fue fundador de los conciertos de Nueva Música, donde se ejecutaba la obra de toda la vanguardia latinoamericana. Así, esa belleza escandalosa se hacía adulta en el corazón de la más bruta vanguardia.

—Me hice fama de elegante, pero porque usaba lo que a mí me parecía. Ignacio Pirovano, cuando trabajaba en la Secretaría de Cultura, daba unas fiestas extraordinarias. Cuando me invitó, dije “¿Qué me pongo?”. Fui a La Europea, que vende tela para sillones, y elegí un terciopelo de algodón color Hermès. Entonces le dije a la costurera, que era tucumana, se llamaba Petronila y vivía como si te dijera en Villa Caraza, que me hiciera una solera de terciopelo con breteles cruzados. Y así fui. Ignacio Pirovano me agarró y me dijo “Sos la más elegante de la fiesta”. Ahí adquirí una seguridad en mí misma enorme. A partir de ahí siempre seguí esa cosa de elegir lo que me gusta.

Fue esa capacidad para entender, entre la confusión del presente, el esquivo lenguaje de lo que vendrá, lo que hizo que Jorge Iotti, el dueño de una casa de ropa para hombres, le ofreciera, en 1957, diseñar una colección de ropa de mujer. Ella hizo chaquetas y palazzos, y trajes de baño tejidos, sin forro, que recuperaban el recato de los años 20. Julia Constenla y Piri Lugones, que dirigían la revista Damas y Damitas, quisieron retratarlos. Felisa dijo sí, se los calzó ella misma y apareció en una foto en la que sus piernas brotan de un traje que es un incendio de pudor.

—Qué piernas.
—Sí, yo era muy mona, francamente.

Después le ofrecieron hacer una columna sobre música en Damas y Damitas y, desde entonces, nunca se detuvo.

***

(Días más tarde la desgrabación develará que, en dos horas y media de charla, Felisa Pinto ha hablado de su amistad o de su relación con Julio Llinás, María Luisa Bemberg, Pepe Bianco, Marta Minujín, Dalila Puzzovio, Carmen Córdova, Rosa Bailón, Delia Cancela, Jorge Grisetti, Marcial Berro, Juan Gatti, Manuel Puig, Juan Stoppani, Tununa Mercado, Juan Carlos Paz, Alejandro Kuropatwa, Clorindo Testa, Lalo Schiffrin, el Gato Barbieri, Marilú Marini, Jorge Álvarez, Ramiro de Casasbellas, Jacobo Timmerman, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Mercedes Rovirosa. Alguno son sus amigos más queridos; otros, sus compañeros de trabajo; otros, conocidos sin amistad confesional. No hace falta saber quién es cada uno de ellos, pero sí entender que son algunos de los escritores, diseñadores, cineastas, artistas, modelos, fotógrafos, músicos, periodistas, editores y coleccionistas más importantes de eso que ya pasó y que se llamó el siglo veinte en la Argentina).

***

—¿Cómo lo conocí a Rubén? Lo conocí vía Lalo Schiffrin, porque tocaban en un club de jazz. El Gato y Rubén Barbieri, que son hermanos, tocaban con Lalo ahí y Lalo me invitó.

Rubén Barbieri tocaba la trompeta y era hijo de una familia de inmigrantes italianos afincados en Rosario. Había llegado a Buenos Aires a los doce años pero él y su hermano, que sería un saxofonista de prestigio internacional, habían aprendido a tocar, con instrumentos prestados, en un sitio llamado “La infancia desvalida”.

—¿Cómo no te vas a enamorar de una persona que estudió en “La infancia desvalida”?

Se casaron el 28 de diciembre de 1959. Lo que siguió fueron décadas de un amor tozudo, tres separaciones, muchos regresos.

—Yo era periodista y él era músico. Casi no nos veíamos. Teníamos demasiada personalidad, y nadie se dejaba. Nos divorciábamos, nos juntábamos. Llevábamos una vida que no era burguesa. Para mí lo primero era el trabajo. Mi vida laboral era intocable.

Con conocimientos de música, arte, diseño y arquitectura, sin haber pasado por la universidad, y de las vanguardias americanas y europeas, sin haber salido del país, entró, en 1960, a trabajar en la revista Atlántida, y fue allí donde, a punta de refinamiento e intuición, inventó una forma de escribir sobre la moda.

—Me gustaba el lenguaje fuera de lo corriente pero nadie me dijo si eso estaba bien o mal. Me di cuenta de que escribir un epígrafe de moda era un subgénero extraordinario, poético. Una vez usé como modelos a Dora Baret y Nacha Guevara para hacer una nota muy importante sobre Fridl Loos. ¿Sabés quién es Fridl Loos?

Fridl Loos fue una diseñadora vienesa que creó una línea de ropa en la que utilizó materiales como el barracán y vivió, desde los años 40, en Buenos Aires, donde murió en el año 2000. En aquella nota, circa 1962, las actrices Guevara y Baret fueron fotografiadas en el departamento de la diseñadora, en un cruce entre moda y arquitectura que resultaba insólito para esos años: “Una investigación constante de sus diseños hace que los resultados sean despojados, nítidos, inteligentes como el plano más estricto de un arquitecto”, decía Felisa Pinto sobre la ropa de Loos, con una prosa parca, asertiva, y una mirada capaz de relacionar un ruedo con la historia de la cultura universal.

En 1962, después de separarse por primera vez de Rubén Barbieri, Atlántida le ofreció una corresponsalía en París. Tenía treinta años cuando llegó a la capital francesa donde se hospedó en casa de su amiga, Lita Sánchez Cinez, modelo de Laroche y madre de la futura modelo de Chanel Inès de la Fressange, portando dos cartas que le había dado Bebita Ferreyra: una, para el fotógrafo de origen húngaro Brassai; otra, para el escritor americano Henry Miller.

—Brassai me dijo: “Voy a tratar de contactarme con dos amigos en el sur de Francia. Uno es Jacques Prevert y el otro es Picasso”. Al mes me fui a Antibes, y ahí Prevert me presentó a Picasso que, cuando me vio, me dijo “¿Qué raza tienes, hija, de dónde vienes tú?”. Claro, yo tenía una cara muy étnica, me había hecho una trenza y estaba muy quemada por el Mediterráneo.

En una columna llamada “Historia de una tarde de verano”, que publicó en 1976 en el diario La Opinión, Felisa Pinto recordaba así aquel encuentro: “Me llevó a una escalera más despejada y allí sentí sus ojos como carbones encendidos y toda su fama justificada de homme à femmes […]. Cuando se acercó su esposa Jacqueline a buscarlo, Picasso repitió el mismo chiste sobre mi físico preguntándole: ‘¿No te parece que a esta chica solamente le falta una pluma?’: La mujer respondió seria y cabalmente […]: ‘Sí. Es verdad'”.

***

—Me gustaría que empezara así.

La artista plástica Dalila Puzzovio, amiga de Felisa Pinto desde los años 50, ha escrito en un papel parte de la letra de “O que é que a bahiana tem”, del brasileño Dorival Caymmi. La ha retitulado “O que é que a Felisa tem” y ha copiado algunos pasajes de ese ditirambo a la gracia emocionante de una mujer bahiana: “Tem torso de seda tem

Tem brinco de ouro tem

Corrente de ouro tem […]. E tem graça como ninguém…[…]. Como ela requebra bem”

—Así es Felisa. Charlie Squirru, mi marido, dice que es la mujer más chic, ya no de Buenos Aires sino del planeta.

***

En 1964, ya de regreso en Buenos Aires, consiguió trabajo en Primera Plana, la revista que Jacobo Timmerman había fundado en 1962. Durante cuatro años hizo notas sobre moda además de la sección “Estravagario”, una miscelánea donde podía recomendar tanto un negocio que vendía miel como los nuevos escarpines de Pierre Cardin, todo con una prosa cargada de (buen) humor: “Una cocina ecuménica, además de refinada, debería guardar los alimentos básicos en recipientes que muestren algún indicio de cultura gastronómica. Una serie de gavetas de loza blanca, alemana, empotradas en un mueble de madera oscura, proponen el cumplimiento de tal exigencia. Conviene saber de antemano el significado de las palabras estampadas al frente de cada compartimiento (Brösel, pan rallado; Zucker, azucar; Zimmt, canela; Gries, sémola) para que el artefacto no se convierta en un laberinto”.

—La idea era hacer mundanidad que no fuera tonta. Frivolidad en serio.
—¿Qué repercusión tenían tus notas?
—Y, la gente iba donde yo decía. Si yo no lo decía, no existías.

Todavía no cae la tarde cuando se acomoda en el sillón y dice:

—Bueno, me gustaría que me cuentes vos, ahora: ¿qué vas a hacer con todo esto?

***

Diana Vreeland fue editora de moda en las revistas Harper’s Bazaar y Vogue, además de curadora del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Marcó tendencias, consolidó prestigios, y por su capacidad de ver más allá de la tendencia, trazando vínculos con la arquitectura, la pintura y la sociedad, a Felisa Pinto se la ha comparado con ella. “Felisa es la hermana amerindia de Diana Vreeland, no conozco elegancia y belleza menos colonizadas que las suyas. Su mirada sobre la moda no está calcada de lo que dice Vogue” escribe, desde París, una de sus mejoras amigas, la actriz Marilú Marini. “La elección de un campo como la moda es un tremendo desafío. Es muy específico lo que hay que describir y muy escasos los términos que se tienen a mano. Y después hay que saber ‘leer’ esos objetos, circunscribirlos en una tendencia, en una concepción estética. Felisa hizo todo eso e inventó un tipo de crónica de moda con valor propio”, dice la escritora cordobesa Tununa Mercado, amiga de Felisa Pinto desde los años 50.

***

—Ay, cómo estás. Yo me dije “esta mujer no viene más”. Con todo lo que hablé.

Son las dos de la tarde de un martes. Llueve y por la ventana se ve el mismo paisaje: la bandera, ahora mojada, los lejanos edificios. Felisa Pinto está vestida con una variación de lo mismo: pantalón, suéter.

—Me visto con el vintage de mí misma. ¿Vos no vas con fotógrafo a las notas?
—No.
—¿Ves? Por eso salen las cosas que salen. Yo iba siempre con el fotógrafo y le decía exactamente qué quería que sacara y después elegía la foto. Una vez me vino a ver un periodista del New Yorker, que me mandó Jacobo Timmerman. ¿Te interesa?

***

La Galería del Este, en la calle Florida el 500, fue, junto al instituto Di Tella,?el núcleo duro de la vanguardia de los años 60. Allí Felisa Pinto abrió, en 1968 y con amigos, la boutique “Etcétera”, donde se vendía arte aplicado: papelería de Edgardo Giménez, plataformas de Dalila Puzzovio. Blackie -quizás era Pinky- conducía un programa televisivo e invitó a la actriz Marilú Marini, la diseñadora Rosa Bailón y la periodista Felisa Pinto a hablar de mujeres intelectuales. El look que usó para ir a ese programa fue, quizás, la única concesión que hizo, en toda su vida, a la moda entendida en su forma banal: aquello que se usa.

—-ijimos “Tenemos que hacernos la croquignole”. Nos hicimos un afro look enorme. Nos costó un año sacarnos eso. Era una bola de pelo. Pero lo hicimos porque era el look de Angela Davis y dijimos consignas de Angela Davis en el programa. Una cosa muy increíble. ¿Sabés quién es Angela Davis?

(Angela Yvonne Davis: activista afroamericana, expulsada en 1969 de la universidad de California, donde enseñaba filosofía, al descubrirse que estaba afiliada al Partido Comunista. Etcétera).

En 1968, cuando cerró Primera Plana, empezó a trabajar en la revista Confirmado, donde hizo una sección parecida a “Estravagario” que se llamo “Escaparate”. En 1969 pasó a La Opinión, el periódico fundado por Jacobo Timmerman, donde estuvo a cargo de cuatro páginas para la mujer. En 1977, ya en plena dictadura, empezó a trabajar en La Moda, una revista dirigida a fabricantes nacionales y solventada por textiles como Grafa y Alpargatas.

—No tenía que escribir de la situación del país, pero defendía la industria nacional. Mientras tanto, todos mis amigos se iban del país o desaparecían. Cuando Juan Gelman volvió después de la dictadura me dijo “¿Qué hiciste vos, todo este tiempo”. Le conté y me dijo “Ah, a vos te salvó el canesú”.

Durante esos años viajó por el mundo para ver desfiles y diseñadores, empezó a colaborar en el suplemento de modas de La Nacion, donde escribió durante dos décadas, y, en algún momento, aunque siguieron formando una pareja, con Rubén Barbieri decidieron vivir en casas separadas. Un día, mientras buscaba departamento, revisando los avisos clasificados, Felisa Pinto dio un grito de felicidad: “Esto es para mí: departamento chic, calle Paraguay”. Después descubrió que “chic” era la abreviatura de “chico” pero, de todos modos, ése es el departamento donde vive ahora. Finalmente, antes o después de todas esas cosas, murió su madre.

—No podía mover un brazo, no podía caminar. Lo tengo borrado porque esa imagen de mamá es un horror. Después murió papá. Mejor no acordarse.

Cuando se le pide algún detalle sobre cosas como ésas -la muerte, los divorcios- esquiva o resume con pinceladas gruesas: “No quiero ni acordarme”; “las separaciones nunca fueron traumáticas”. Un día dirá: “Yo me defiendo del horror. Al horror ni lo miro”. Otro, enviará un mail: “Quedé muy conmocionada luego de tu minuciosa entrevista de ayer. Confío en que rescates de mi vida plena y feliz los mejores momentos y olvides los pocos que fueron tristes. Como siempre lo hice yo”.

***

En 1990 diseñó, junto a Susana Saulquin y Andrea Saltzman, el programa de la carrera de Diseño de indumentaria de la Universidad de Buenos Aires. Colabora, desde su inicio, con el suplemento “Las 12”, de Página 12, donde escribió tanto sobre las monjas francesas desaparecidas durante la dictadura militar argentina como acerca de los cien años de Dior o el feminismo de Victoria Ocampo. En 2004 publicó, con ilustraciones de Delia Cancela, el libro Moda para principiantes, un recorrido por la vestimenta desde 1900 hasta 1999. En 1997, en una nota de La Nacion que se abría con un título elegante -“Otoño en Nueva York”- enlazaba un recorrido por las tiendas de Prada o Miyake con esto: “La revancha llega desde los fabricantes de Canal Street, calle enclavada en el barrio chino, donde las falsas perfectas copias de Prada se venden a 20 dólares, junto con las de Chanel o Donna Karan […]”.

—Yo nunca fui consumista. Los japoneses me gustan todos, y aunque nunca pude tener nada porque son carísimos, me he comprado varios falsos Miyakes. La idea de lo falso me parece genial. Lo verdaderamente falso me parece valioso y si es un falso muy mal hecho, me parece una ironía y me parece divertido. Yo voy al barrio chino de Nueva York y me parece lo máximo. Ahí consumo porque me parece festivo, celebratorio. En cambio, especular con el valor de las cosas, la ostentación de la riqueza, siempre me pareció asqueroso.

***

El jueves 26 de mayo envía un mail, en respuesta a otro donde se le pide revisar algunos de sus artículos más antiguos, en el que dice que tiene más bien pocos. El domingo 29 escribe otro: “Hoy estuve mirando y encontré algunas cosas que creo te servirán”. El jueves 2 de junio, a las dos de la tarde, espera, puntual en su departamento, con una carpeta en la que ha separado artículos y folletos.

—A ver, controlemos lo que te llevás.

Durante algunos minutos revisa cada uno de los documentos mientras recomienda que, al chico de la fotocopiadora, se le pasen los papeles de a uno y sólo después de tener la certeza de que haya devuelto el anterior.

—Se ponen a escuchar rock atronadoramente, se distraen y se les caen las cosas abajo de la fotocopiadora.

En la fotocopiadora el chico escucha atronadoramente música clásica y pone un cuidado candoroso en no contrariar los pliegues de esos papeles viejos. Quince minutos más tarde, en su casa, Felisa recibe y dice:

—Vamos a ver.

Y controla, uno a uno, los documentos que llegan de regreso.

El 17 de julio enviará un mail: “Me preguntás si guardo mis archivos en la computadora. Te diré que toda la vida fui desprolija en cuanto a guardar notas publicadas y luego, con el tiempo, me arrepentí. Con mis archivos me ha pasado muchas veces que no hago back ups y todo se pierde”.

***

“¿Cosas que la hacen flaquear? La amenaza de una derechización. Perder amigos y amores. Las restricciones económicas de una jubilación magra”, escribe Tununa Mercado.

“Felisa no es una mujer que te va a llamar para contarte pálidas”, dice Dalila Puzzovio.

***

—Nos habíamos divorciado legalmente hacía poco, pero nos veíamos todos los fines de semana. Así que fue muy horrible esa historia de que se murió. Porque fue una gran sorpresa. Fue a una observación de un ACV y se murió. Inadmisible. Mientras lo estaban observando. Fue brutal.

Así, después de ser por primera vez un hombre divorciado, un día de 2006 Rubén Barbieri se murió.

—Mejor no pensar.

***

Hay una foto: es en Totoral y hay varios niños. Una es Felisa Pinto, otro es el Che Guevara. Todos llevan abrigo exagerado en lo que parece haber sido un invierno aterrador.

Hay un mensaje escrito en un papel: está firmado por Julio Cortázar, a quien Felisa Pinto le prestó su departamento durante un viaje a Buenos Aires. Dice: “Querida Felisa, disfruté mucho de tu casa y sobre todo de tus discos de jazz”.

Hay una carta: está firmada por Manuel Puig, remitida desde Cuernavaca, y dice: “Estoy con mamá, tenés que venir a ver la nueva casa en la calle Orquídea, tenemos pileta de natación. Vení, Salif, Salif, Salife”.

Hay imágenes de una placidez mórbida -Dalila Puzzovio pelando papas bajo los árboles- en una casa que Felisa Pinto, Rubén Barbieri y su amigo Eduardo Pollero compraron en La Barra, Uruguay. Hay, en esa misma casa, recuerdos de una algarabía adolescente: Felisa, Dalila Puzzovio y Charlie Squirru, intentando prender fuego para hacer asado, incendiaron el jardín.

Son tantas las cosas que ya no existen.

Pero ahí está Felisa Pinto, en su departamento chico, diciendo que le gustan los programas de cocina de Narda Lepes, las revistas digitales, la ropa de Alexander McQueen, Valeria Pesqueira y Pablo Ramírez, los restaurantes buenos y baratos, el under fino, la Rodhesia.

—Yo no tengo un mango, me compro una Rodhesia que vale setenta centavos y soy feliz. Ahora ya no viajo. No tengo plata. Pero eso no me entristece. Me encanta haberlo hecho. Con las cosas que no se van a dar más digo “Qué suerte que lo pude hacer”. No me quedo pensando “Qué pena que no lo voy a poder hacer más”.

Después ofrece agua, café, jugo de mango, y dice:

—Ahora me gustaría que me cuentes qué vas a hacer con todo esto

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comentarios
  1. laura codda dice:

    Nota espectacular…para retratar a una mujer única.!
    Soy Laura Codda, de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria y nos gustaría contactar a Felisa. Nos la encontramos la semana pasada en el desfile del Teatro Colón…pero no pudimos pedirle sus datos. Podés ayudarnos? Gracias.

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