Hambre en el país de la abundancia

Publicado: 29 febrero 2012 en Jacobo G. García
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Tengo hambre. Un hambre voraz. Un hambre como jamás había sentido y un vacío en el estómago que no me deja dormir. Doy vueltas sobre el camastro e intento leer a la luz de la vela, pero tampoco puedo. No logro olvidarme de que lo único que he comido en tres días es masa de maíz. Con sal unas veces, y con un mejunje compuesto de agua y chile otras.

El hambre y la falta de luz eléctrica convierten la noche en espesa y eterna sin que pueda pegar ojo. Echo de menos un trozo de pan, una galleta, un tomate, agua… lo que sea. Pero no solo yo; también Saúl Ruiz, el fotógrafo que me acompaña, y también las cincuenta familias que forman la comunidad de Ronda-Sachut, un pequeño pueblo indígena Qeqchí escondido entre las montañas del departamento de Alta Verapaz.

Para mí es una noche eterna, para ellos una más.

El objetivo es escribir estas líneas sintiendo, aunque sea remotamente y durante un puñado de días, lo que miles de familias padecen durante toda su vida. El hambre y la miseria. Un atrevimiento casi ofensivo para el 50% de los niños guatemaltecos menores de 5 años sufre de desnutrición crónica y que diariamente se acuestan con una sensación como la que ahora tengo. Una realidad que, según Unicef, se eleva hasta el 85% de zonas indígenas como esta. Una pretensión casi insultante para los más de 500 niños muertos en los últimos meses y que carecen de los quetzales (la moneda nacional) con que saciaré mi ansiedad en unas horas.

Chiquillos como Mario, el hijo menor de la familia Iquí-Ichích junto a la que nos despertamos por tercer día consecutivo a las 5 de la mañana. Con la luz los llamamientos que PNUD, FAO, UNICEF, ONU… llevan haciendo durante meses para denunciar la hambruna que asola el país, gracias a una de las peores sequías de las últimas décadas, parecen tomar cuerpo. Cuerpo, nombres y apellidos de origen maya.

Junto al fuego de la cocina, y gracias a un traductor, su madre cuenta que el más pequeño de la casa “se fue” hace algunas semanas con tan sólo seis meses de vida. El oficinesco nombre de “Estado de calamidad pública” decretado en septiembre por el presidente Álvaro Colom se hace carne cuando explica que su hijo se fue apagando, se le amarilleó la piel y cada vez lloraba con menos fuerza. Hasta que un día definitivamente dejó de existir. Como tantos otros murió con la piel pegada a los huesos pero con la tripa llena. Llena de lombrices y parásitos. Y entonces, envuelto en una tela, salió de entre estas montañas para quedarse en el cementerio de Pululhá, el más cercano a esta olvidada aldea.

Pero hoy es un día distinto. Hoy por fin suena es el ‘tap-tap’ con el que las mujeres golpean la masa contra la palma de la mano para dar forma a las tortillas de maíz que luego irán al comal. Un sonido que suena a música celestial con los primeros rayos del sol.

Hoy sale humo de la pequeña cocina de madera, y sé que este será un día bueno para mí y los seis niños que convivimos en torno a este fuego. Después de muchos intentos, Domingo Ichích, el padre de las criaturas, encontró trabajo dos días seguidos. Así que con los 50 quetzales (unos cinco euros) recibidos compró 20 libras de maíz (unos ocho kilos) que servirán para comer menos de una semana.

Comprar es una anormalidad para los miles de campesinos que apuestan todo su futuro alimentario en la pequeña milpa que se alza junto a la casa. Este año, sin embargo, la sequía ha arruinado las cosechas de maíz y frijol y ha dejado todas las mazorcas de la aldea reducidas a un montón de hojas amarillas. La peor sequía de los últimos 30 años, según el Observatorio para el Derecho a la Alimentación. Una fenómeno que se ha cebado con 10 de las 22 provincias del país, conocidas como el ‘corredor seco’, donde se ha perdido el 80% de los cultivos y donde el 1.3% de la población podría morir de hambre, según organismos internacionales.

Una crisis alimentaria que golpea el estómago, olvidada por la crisis económica que nos golpeó el bolsillo. Así que ahora, de repente, la comida hay que comprarla. Y aquí nadie tiene dinero.

Los patojos (niños) merodean en torno al fuego como perros que esperan cualquier cosa que caiga de la cazuela. Ninguno ha probado jamás otra leche que no haya salido del consumido pecho de su madre. Tampoco carne de cerdo o de vaca.  Y es que desnutrición no es sólo tener el estómago vacío, sino llevar muchas semanas comiendo lo mismo para llenar el estómago. Así que, a pesar de su edad, en esta cocina de maderas y suelo de tierra no se oyen las carcajadas y travesuras propias de la edad. Los seis niños aguardan silenciosos y mansos. Solo cuando el visitante bromea con ellos enseñan una risa apagada y sin fuerza a la que le faltan muchos dientes y vitaminas. En cuanto aparece un buen montón de tortillas de maíz, el silencio y la madera quemándose vuelven a ser lo único que se escucha mientras masticamos la insulsa masa untada de chiles triturados y bebemos un agua marrón.

A media mañana visito a Avelino Beb Pop, quien amablemente –¿hay alguien que no lo sea en Guatemala?– nos invita a almorzar.

Junto a sus tres hijos me recibe entusiasmado en su casa, y me ofrece asiento y… tortillas para comer. De la milpa que está detrás de su casa arranca un puñado de hojas y brotes de huisquil (una fruto verde del tamaño de una patata, que cuelga junto a su puerta), que su mujer mete rápidamente en agua. Hablamos de lo poco que ha llovido, del campo, de los vecinos y de la boda que se celebrará en el pueblo. Las únicas quejas hay que arrancárselas y tienen que ver con el poco trabajo que hay en la zona. Para celebrar el buen rato de plática después de hervir las hierbas me ofrece una sopa que no incluye nada que se pueda masticar. Los cuencos más abundantes, para el visitante y el fotógrafo.

Pero los casi siete millones de “avelinos” que viven en Guatemala (de los 13.3 millones de habitantes que tiene el país) en condiciones de pobreza no fueron suficiente para sensibilizar al Congreso nacional, que puso muchas pegas al decreto de “calamidad pública” de Álvaro Colom. Un formalismo que le permitiría agilizar el acceso al dinero de la cooperación internacional y su transferencia hacia el presupuesto nacional.

“Alimentos hay”, dijo en radio y televisión, “lo que ocurre es que la población no cuenta con el dinero para acceder a los mismos”. El hambre, dijo Colom, es el resultado de “muchos años de inequidad (…) y de la sequía” que ha causado la pérdida de un 36% de las cosechas de maíz y un 58% del frijol. Los dos productos básicos de la alimentación popular, convertidos ahora en artículos de lujo en muchas mesas.

Pero a pesar de la dramática situación, el decreto de Colom llegó rodeado de controversia ya que, según la coordinadora de oenegés que trabaja en el país, la declaración de emergencia es una “mascarada demagógica” del mandatario para acceder de forma rápida y sin control a los inmensos fondos donados por la cooperación. Muchos millones de dólares que controla de forma directa a través de programas sociales su polémica esposa Sandra Torres.

Pero ojalá hubiera llegado hasta aquí la controversia. Incluso la polémica primera dama. Hasta el momento, a esta remota comunidad solo ha llegado el padre Denis, de la parroquia de San Juan Chamelco, y el padre Rafael, un sacerdote de Ronda (Málaga) que han hecho posible; entre otros milagros, traer hasta aquí varias cajas de comida donada por la cooperación estadounidense.

Con el pueblo detenido y a oscuras, repaso mentalmente mis últimos días y me doy cuenta de que desde que llegué aquí he asistido a una misa, he cortado leña, he jugado al fútbol, he subido al cerro por agua y he caminado horas para tomar una especie de autobús, pero las pocas veces que he movido la mandíbula ha sido para comer maíz y jarabes de extraño color y textura, gracias a los que ahora creo tener lombrices. También que, si cada tortilla tiene unas 70 calorías, todos los hombres de maíz que describió Miguel Ángel Asturias y que ahora dormimos, terminamos, como en sus libros, con menos de 900 calorías en el cuerpo.

Tengo hambre. Un hambre voraz.

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comentarios
  1. Bus dice:

    Acabo de leer un artículo sobre la nueva sequía que azota en Centroamérica. Vuelven a pasar hambre…mientras lo leía, recordé que yo había leído algo soberbio, una crónica sobre el hambre que me conmovió tanto que necesitaba volverla a leer.
    Aquí está!!!!
    Está crónica es estupenda, y no me canso de repetirlo!
    Cada vez que la leo tengo las sensaciones de los olores, las sonrisas, los niños, el maiz, la calamidad de los pueblos centroamericanos que a pesar de todo, siguen luchando.
    Gracias por estos trabajos.

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