Embrujo verde

Publicado: 31 marzo 2012 en Diana María Pachón
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El ruido de los bares y las discotecas del centro de Muzo, Boyacá, anuncia un viernes de parranda. A las diez de la noche una caravana de siete camionetas burbuja frena en seco en la entrada de una casa de dos pisos iluminada con avisos de neón.

Varias mujeres vestidas con minifaldas y pantalones ceñidos se apoyan en el balcón de la casa para ver a los recién llegados. Víctor Carranza, el zar de las esmeraldas, se baja del asiento de pasajero de una de las burbujas. Camina lento y sonriente. Saluda de lejos a todos aquellos que lo llaman “patrón” y, tras pasar por delante de varios negocios, sube por las escaleras que lo llevan hacia el interior de la discoteca de moda: La Terraza.

Detrás de Carranza marcha Horacio Triana, el segundo esmeraldero más respetado de la región. Es un hombre corpulento de bigote oscuro y mirada arrogante. No sonríe y no saluda como su colega. Tiene algo que no tiene Carranza, un monumento de su opulenta figura montado sobre un caballo, que se erige en la plaza de Maripí, su pueblo natal, municipio cercano a Muzo.

El zar y el personaje de la estatua ecuestre se acomodan en una de las mesas que está al frente de la tarima. Los guardaespaldas, mandados por sus patrones, piden whisky Old Parr sin hielo, y para don Víctor, una botella de aguardiente Néctar. La élite de las esmeraldas en Colombia -un negocio que el año pasado dejó 2’658.610 dólares en regalías para Boyacá y Cundinamarca, equivalentes a 1,5 por ciento del valor total de las esmeraldas exportadas- se prepara para una rumba.

Don Víctor, quien no cree que la fotógrafa y yo seamos reporteras, me convida al baile. Me levanto de la silla después de tomarme una copa de aguardiente y la gente se abre para dar paso al “patrón” que empieza a contonearse en medio de la pista acompasando sus pies, su cadera y sus manos con el ritmo de un regetón de Don Omar.

Una mujer con un escote profundo que deja ver la forma de sus senos, disimuladamente me empuja para quedar al frente del mítico personaje que no parece haberse molestado por la intromisión al quedar prendado de lo que dejaba ver el escote. Los dos se mueven en el centro de la pista. Ella baila como la joven que es y él tratando ser tan joven como ella. Sus 73 años no son ningún impedimento para que mueva las caderas al ritmo de la música, agite su sombrero de un lado para otro y flexione sus rodillas hasta quedar en cuclillas. Su pareja aplaude, sus divas lo alaban y rodean. Él es el rey y todo el mundo le respeta su corona.

En medio de las canciones de música guasca y un tecno importado de los años noventa, dos hombres que se han quedado solitarios en una mesa después de haber perdido a sus mujeres en la pista, rememoran la época oscura de la región. Ambos llevan una conversación desordenada y sólo puedo entender un nombre: Efraín González, el detonante de la guerra que sobrevino con el hallazgo de las esmeraldas

En los años sesenta, González fue el líder de una banda contratada por los principales capos de las esmeraldas para luchar contra la policía y el ejército. Los patrones no querían cederle parte de la producción esmeraldífera al Estado y Efraín era su brazo armado. Era un hombre sanguinario que asesinaba en cualquier lugar. Sacaba el arma por debajo de la chaqueta y mataba a sus enemigos en las calles, en las plazas y hasta en las puertas de la iglesia después de misa.

La fiebre por las esmeraldas se había adueñado de toda la sociedad: militares y policías escondían los uniformes. Jueces, alcaldes e ingenieros, abandonaban sus labores, y hasta los sacerdotes se despojaban de sus sotanas para ir a guaquear en las noches. Nadie confiaba en el vecino, todos se empezaron a armar. Los esmeralderos se ganaron el poder y el respeto con plomo. En 1990, después de una sangrienta pugna entre los grandes patrones, se negoció la paz bajo la mirada de los representantes de la iglesia y el Estado.

Según José Octavio Pinzón, asistente del fiscal de Muzo, entre 1980 y 1989, la época más crítica para el occidente de Boyacá, se presentaron en promedio 500 muertes violentas por año sin contar los centenares de cuerpos desaparecidos en las aguas del río Minero que surca la región. Hoy los muertos siguen pero no importa mientras haya esmeraldas. Con licor y baile desaparecen las penas.

A las doce de la noche la música se detiene para dar comienzo al show central. En el centro de la tarima aparece Cindy, la estrella de La Terraza, bailando sobre unos tacones de 12 centímetros. Viste con una minifalda y una camisa negra de velo. Al compás de la música mueve su melena crespa, y mira lascivamente a la mesa de don Víctor. Tres minutos después ya no hay minifalda ni camisa, solo queda con un sostén de flores y un diminuto hilo dental. Cindy levanta las piernas, mueve las caderas. Carranza aplaude a la estrella y se moja los labios con aguardiente.

El único que no parece interesarse por la bailarina exótica es Horacio Triana que permanece sentado de espaldas a la tarima, al lado de una joven blanca, de ojos verdes y cabello negro y lacio. La joven llegó con él, es su acompañante por el resto del la noche, y si le va bien, por varios días más. Ella no habla, se mantiene erguida en su silla como un maniquí de vitrina. Como la muñeca que es. El esmeraldero de vez en cuando le da un beso, ella responde el gesto mecánicamente y vuelve a su pose de muñeca.

Al lado de la mesa están las compañeras de Cindy, dos mujeres provenientes del Valle del Cauca, que trabajan en El Castillo, un legendario prostíbulo que está a dos cuadras de La Terraza. Ellas no miran las maromas de su colega, no aplauden como el resto de los asistentes. Solo miran a la comitiva de hombres que acompañan a los “duros” tratando de cautivar a alguno para “cuadrarse” el sueldo de la noche.

—Mirá a ese “mancito” que se le ve que tiene platica- dice una de ellas.

El hombre les sonríe desde la mesa. Él es el jefe de seguridad de Víctor Carranza, es moreno, de espalda ancha y musculosos brazos. Por debajo de la camiseta le sobresale un revolver. Se parece a Mr. T.

—Uyyy, a ese “mancito” yo ni le cobraría- responde la otra cruzándose el pelo por detrás de los hombros como una forma de coquetería, dejando al descubierto un par de aretes en forma de flor con incrustaciones de esmeraldas.

Los muzos y los muiscas ponían esmeraldas sobre los ojos de sus muertos. Los musulmanes escribían versículos del Corán sobre la gema. El emperador romano Julio César usaba una esmeralda en el pecho para controlar su epilepsia. La diadema imperial de la Reina de Inglaterra tiene esmeraldas de Muzo y la última colección de la casa de joyas Cartier incluye dijes, anillos y aretes en forma de pantera con incrustaciones de piedras colombianas. Las gemas tienen la suerte de los humanos: unas se van a las mejores joyerías del mundo y otras se quedan en los pendientes de una prostituta de provincia.

Las damas de compañía de Muzo ganan por noche 100.000 pesos y “el rato” de quince minutos lo cobran por 50.000 o 70.000 pesos dependiendo del “marrano”. Hay ocasiones en las que les pagan un millón de pesos o les pagan con puñados de piedras equivalentes a más de tres millones. Cuando un obrero se “enguaca”, es decir, que encuentra una veta de esmeraldas o piedras millonarias; se interna en los prostíbulos, invita a sus compañeros y, tras un mes de orgias, trago y drogas, sale con los bolsillos vacíos en busca de una nueva fortuna.

Al día siguiente, después de la rumba que se extendió hasta las 2:00 am, nos dirigimos con mi compañera a la vereda “La Nevera”, a una hora de recorrido en camioneta. La vereda parece un pesebre empotrado en la montaña. Es un conjunto de casas de madera con techos de zinc, rodeado de basura y chulos que sobrevuelan la zona para escarbar en la miseria de sus habitantes. Tierra de guaqueros, de súbditos de los capos. Ellos son los parias de esta sociedad que sueñan con convertirse en “patrones” o en trabajar para ellos.

Las mujeres también salen al río en busca de esmeraldas. La guerra dejó a decenas de viudas que no tienen más opción que escarbar la tierra. Cuando los esmeralderos salen de las minas y se mezclan con la gente, se dan casos en que las madres maquillan, peinan y visten con minifaldas a sus hijas de doce años, para que alguno de los “duros” o algún otro adinerado pague por su virginidad.

En el río hay filas de hombres y mujeres con los rostros sucios de barro. Agarran piedras de las aguas, las miran y las botan. Barequean todo el día. Sudan y se mojan durante horas hasta que logran conseguir morrallas –puñados de esmeraldas diminutas- para cambiarlos por alimento en los sitios llamados “Cambalaches”. Las morrallas les alcanzan para comprar una libra de chocolate, una bolsa de arroz, y si tienen suerte, para huevos.

-La esmeralda es maldita. Si viene un tipo a buscar para comprar mujeres, ahí mismito encuentra piedras, pero si es para alimentar a los chinos, se esconden las esmeraldas- afirma Doris, una viuda con tres hijos que perdió a su esposo cuando éste jugaba con un revólver al que se le escapó un tiro.

En la única calle del caserío, una trocha polvorienta, los comerciantes se sientan en troncos y se entretienen jugando “tute” y tomando cerveza mientras llega algún guaquero con gemas para vender. Los comerciantes están sudando a causa del sol mañanero. El ambiente huele a la basura que se sigue amontonando en la entrada del caserío. Los niños corren descalzos y felices de un lado a otro. Hay muchos niños y madres que parecen niñas.

Parado en medio de la trocha, un comerciante recibe de las manos de un guaquero una esmeralda del tamaño de una canica. El comerciante la limpia con el borde de la camisa hasta quitarle el barro. Luego la levanta hacia el cielo y la revisa detenidamente con un monóculo para calcular su precio. Los rayos del sol se filtran en medio de la piedra iluminando con su fuego verde los oscuros ojos del comerciante que, tras quince años en el oficio, no duda en soltar la propuesta.

—Es una buena roca, le doy cinco palos y me la llevo.
—Qué va, soy pobre pero no guevón, esa vale siete palos- responde el minero.

El comerciante regatea el precio, el minero mantiene su palabra. La piedra es devuelta a su dueño, que intenta venderla por otro lado.

El negocio de los compradores informales es conseguir esmeraldas en bruto, a bajo costo, para revenderlas talladas en el mercado callejero de la avenida Jiménez de Bogotá. Esas piedras forman parte del 2 por ciento que se queda en Colombia. En los edificios de la Jiménez los grandes patrones tienen sus oficinas, y desde allí las esmeraldas salen hacia los cuatro puntos cardinales, principalmente hacia Japón que se queda con 50 por ciento del mercado mundial, mientras que Estados Unidos acapara 25 por ciento.

A media hora del caserío se encuentra la mina Volveré, una de las 326 empresas concesionarias. La mina parece un edificio construido en el interior de la montaña, con primitivos ascensores hechos de madera, luz eléctrica, fuentes de oxígeno y hasta sillas para descansar. Las paredes están cubiertas con tablones de madera para evitar derrumbes. En la cima de la montaña estamos con Libardo Lizarazo, uno de los accionistas de la mina. Libardo es bogotano, de casi dos metros de alto y su cuello está libre de cadenas. No carga revolver. No parece esmeraldero. No tiene sombrero, no usa bigote, no tiene caballos, ni finca en los llanos. Más parece un ingeniero.

Nos internamos en el ascensor y a medida que bajamos el aire se hace más escaso. El exterior es un punto de luz que se hace cada vez más pequeño y quedamos a la merced de la montaña. Desde el ascensor se ven los obreros trabajando como hormigas: sacando agua, haciendo huecos, cincelando las paredes. La montaña es un edificio en donde cada piso es un túnel, y hay media docena de pisos. Bajamos cien metros. El suelo está inundado de agua que llega casi a las rodillas. Tenemos que caminar un poco agachados. Libardo tiene que andar doblado por su altura. Nos pide que esperemos mientras llegan los demás socios. Una espera con poco aire.

Un cuarto de hora más tarde escuchamos que se acercan los demás accionistas: Hollman Carranza, hijo de don Víctor, y Jimmy Molina. Nos miraron con desconfianza. Libardo trata de explicarles el por qué de nuestra presencia, ellos no entienden, pero tampoco hacen nada. Caminamos en medio del agua unos cuantos metros. No encontramos ningún obrero en ese túnel. Los obreros que estaban laborando en ese punto fueron desalojados tras el hallazgo de la veta y solo pueden entrar los “patrones”. Al final del túnel quedé asombrada ante una pared rocosa cubierta de grietas blancas y verdes. Los accionistas se acercaron sin tocar. Mi compañera y yo miramos de lejos para no acrecentar la desconfianza.

Detrás de nosotros viene un obrero que trae en la mano un cincel y una bolsa de seguridad hecha de un plástico grueso que permite ser llenada con facilidad, pero es difícil sacar el contenido. El obrero se adelanta y empieza a picar la roca. Bloques de esmeraldas caen en la bolsa, que al ser llenada tiene un valor aproximado de 1.000 millones de pesos. Las esquirlas o morrallas se deslizan por las manos del trabajador y caen al suelo. Está nervioso. Sus manos tiemblan ante la ilusión de riqueza. Si se lleva algo lo pueden desaparecer, más vale la vida que una piedra aunque no le hayan pagado nada en los seis meses que lleva laborando.

Las empresas esmeraldíferas no pagan sueldo mensual a los obreros. Dicen que mensualmente en maquinaria y materiales deben invertir 30’000.000 de pesos y que si les pagaran a los trabajadores quedarían en la bancarrota. A los obreros les dan una bonificación semestral o anual de 500.000 o un millón de pesos o una bolsa llena de piedras para que se las repartan entre ellos. Les garantizan alimentación, vivienda en los campamentos de las minas, cepillo de dientes, jabón, botas, casco y guantes.

La motivación que tienen los obreros es sacar a escondidas de los patrones una esmeralda para venderla en los mercados de Bogotá o Chiquinquirá, pero si los descubre alguna autoridad de la empresa con una piedra en el bolsillo, son expulsados o desaparecidos. Los patrones saben que los obreros ocasionalmente pueden quedarse con una piedra. Los obreros saben que pueden robar y luego largarse. Ese es el negocio. Todos lo aceptan como una fatalidad del destino.

Desde las once del día, en las afueras de la mina Volveré, unas cien personas se aferran a la cerca con palas y costales esperando que de la mina salgan toneladas de tierra para buscar morrallas. Adentro los escoltas y vigilantes con pistolas browning impiden el paso de las personas no autorizadas. Las camionetas de los socios, en su mayoría Nissan y Toyota, se instalan en el parqueadero. Libardo sale de la mina al medio día y da la autorización para expulsar al exterior la tierra sobrante. Los guaqueros se apresuran como mendigos a llenar los costales y se sienten felices ante la generosidad de los patrones. Libardo está cubierto de una capa negra de los pies a la cabeza. La camisa de marca Armi, que hace dos horas estaba impecable, ahora es el pañuelo con el que se limpia el sudor, Le sonríe a la comitiva de socios y levanta la bolsa de seguridad. Su trofeo es un puñado de mil millones de pesos de las mejores esmeraldas del mundo.

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comentarios
  1. ¿Cuál sería el género, crónica o reportaje? ¿y por qué?
    Para mí es crónica. Gracias
    Andres Alsina

  2. Señalador dice:

    gracias disfrute la lectura

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