Ingenio e ingenuidad

Publicado: 12 abril 2012 en Carlos Chávez
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Dicen que Krishna Zepeda es un niño genio. A los seis meses, ya balbuceaba “mamá”. A los dos años, ya sabía leer. Jamás fue a un kínder o a una preparatoria. Casi saltó de la cuna a la Universidad de El Salvador. Allí –cuando tenía cuatro años– solía resolver problemas de física, química y matemáticas. Ya sabía las capitales de todo el mundo. Y ya sabía diferenciar la vida y obra de Picasso, Van Gogh y Rembrandt. Krishna era el niño que abrazaban presidentes y ministros de Educación. El que recitaba la larguísima oración a la bandera un 15 de septiembre en la plaza Libertad.

—Su capacidad es asombrosa. Nunca había visto algo así –decía uno de sus profesores de matemáticas de la Universidad de El Salvador.
—Asume las tareas de un mes en una hora –decía su antigua maestra de inglés.

De todo eso hará siete años. Ahora, Krishna ha dejado de salir en periódicos y televisión. Y no es que ya no quepa en la etiqueta de niño genio. Es que creció. Los años pasan y pesan. Y simplemente, cada día, debe vivir como cualquier otro salvadoreño a sabiendas de que aún tiene capacidades “extraordinarias”. O que quizá podría desarrollarlas más y mejor.

***

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una persona es adolescente cuando su edad oscila entre los 10 y los 19 años. Krishna tiene 11. Pero aún parece un niño. Es delgado y bajito. Y no tiene asomos de tener la vanidad tan típica de los púberes. No se peina. Anda abajo el zíper del pantalón. Y, en general, parece indiferente al desgaste de su uniforme y el de sus zapatos de colegio. A veces, parece un minisabio de película que prefiere callar. A propósito, su nombre se pronuncia “Crisna”, sin la che.

—¿Mucho friega Krishna, verdad? –ironiza, desde su pupitre, uno de sus siete inquietos compañeros de séptimo grado.

Y Krishna, como si fuera una persona de más edad, prefiere hundir su rostro en su libro de “science”.

—¿Qué es esto? –el mismo compañero le pregunta qué cosa es una de las ilustraciones de ese libro. Parece un microbio.
—It’s a “diatom” –en inglés, Krishna responde que se trata de un tipo alga.

Su compañero se ríe, como satisfecho de haber desnudado a su compañero como “nerd”. Luego su profesor le pide leer algo del mismo libro: “To obtain food, an amoeba extends the cytoplasm of a pseudopod on esther side of a food particle such a bacterium”, lee Krishna en perfecto inglés.

La vida le cambió a Krishna cuando tenía cuatro años. Cuando era una celebridad mediática. A esa edad, en 2005, entró –becado– a este colegio bilingüe. Uno llamado “Los Robles”, situado al pie de las lomas del sur de Santa Tecla. Aquí, según Krishna, tiene por compañeros a algunos hijos de diputados y hasta uno, muy adinerado, que una vez llegó en helicóptero.

En 2005, Rosemarie de Sauerbrey, la superintendente de este colegio, le brindó una beca completa, desde primer grado a bachillerato. “Se tomó la decisión de apoyar al ministerio (de Educación), dándole una beca para sacarlo adelante. El potencial de Krishna es único”, dijo para una publicación de hace ya siete años.

También, desde hace siete años, cuando las clases terminan –por lo general a las 3 de la tarde–, su papá, quien ya cumplió 62 años, lo espera en el portón para llevarlo a casa, al otro lado del mundo, en la colonia Atlacatl. Es el único alumno que viaja en bus. Un viaje que solo de ida toma más de una hora y media.

—¡Papá, allí viene una 101-B! –grita Krishna contento porque, según él, lo usual es que “cueste que pase el bus”.
—Tené cuidado, Krishna, viene volando esa babosada. ¡Subí con cuidado! –advierte su papá, Jaime Manuel Zepeda, quien aborda el bus renqueando de una pierna. Más tarde, él se tropezará en el arrancón de otro bus.

Adentro del destartalado bus, Krishna busca el asiento más largo. El de atrás, el último. Quizá calcula que allí podremos sentarnos los tres y facilitar la entrevista.

—Krishna, ¿cuántas veces te has subido a este bus? –pregunta Jaime Manuel, su papá. Y el niño se pone un dedo índice en la boca como haciendo números.
—Creo que como siete veces. Ya me puedo este bus –asegura el niño, mientras se recuesta en el regazo de su desdentado padre, sin dejar de ver los grafitos del interior del bus.

En el trayecto, Krishna parece a punto de dormirse mientras su papá habla de finanzas. Él asegura que en su casa viven más de seis personas. Y que todos viven de la pensión de su mamá.

—Mi esposa y yo vivimos en la casa de mi mamá. Ella recibe dos pensiones: la de ella, y la que dejó mi papá. Entre las dos suman unos $275 mensuales. Y ella me da ese dinero para que yo disponga. Además de eso, unas primas a veces me mandan un poquito de pisto de Estados Unidos… Mi esposa cose ropa ajena y yo me rebusco con pequeñas cosas… Yo no podría pagar un colegio como el de Krishna –dice el papá de Krishna.
—Es caro. Creo que cuesta entre $300 y $400 mensuales… –dice el niño, quien ya parece haber sopesado el valor de su beca.

Jaime Manuel, el papá, interrumpe. Dice que a lo largo de sus 62 años ha trabajado o intentado hacer de todo. Estudió Medicina en la Universidad Nacional pero abandonó la carrera. En los setenta, trabajó como ayudante de mesero en Nueva York. En los ochenta dice que trabajó para la comisión nacional de desplazados. Después dice que trabajó, junto con su esposa, en la UCA, en el Instituto Universitario de Opinión Pública. Allí, solían ser encuestadores hasta que, en 1999, ya no los llamaron.

—Ahorita estoy cuidando la casa de unos vecinos que se fueron a Estados Unidos. Pero casi no saco nada, porque tengo que pagarles los recibos de luz y agua. Antes recogía latas de la calle. Y quizá por eso, cuando Krishna estaba más pequeño, hasta aprendió a identificarlas: “Fanta, Coca Cola, Sprite…”.

***

Desde que bajamos del bus, de la ruta 101-B en el Centro de Gobierno, Krishna se divierte recogiendo piedritas de las aceras las arroja, a manera de juego, contra las paredes. Parecen cosas de cualquier cipote. ¿Cómo se supone debe ser un niño genio?

—Krishna, ¿te considerás un genio?
–Sí, lo soy. Bueno, ummm… no estoy seguro –dice buscando ser modesto.

Ni el mismo Krishna, ni su papá ni el Gobierno, sabe cuál es su actual Coeficiente Intelectual (CI). Tradicionalmente, para determinar si un niño es superdotado se realiza una prueba de inteligencia o CI. Si en esta prueba el niño obtiene más de 130 puntos se dice que es superdotado.

Y fue hace muchísimos años, cuando Krishna realizó una de esas pruebas en la Universidad de El Salvador. Fue justo en 2005, cuando entró a Jóvenes Talento, programa gubernamental que refuerza el conocimiento en ciencias y matemáticas de decenas de jóvenes salvadoreños sobresalientes. Ese año, Krishna casi rozó los 130 puntos (o percentil 98) requeridos para ser considerado superdotado. Pero tenía apenas cuatro años. Y aún así obtuvo un percentil de 96, “pero con baja atención y psicomotricidad”.

Krishna aparenta estar distraido, viendo carros y rostros de transeúntes. Y aprovecho para preguntarle por qué decidió salirse del programa Jóvenes Talento.

—Umm… Es que allí las clases eran los sábados y yo quería explorar otras alternativas: jugar fútbol o aprender a tocar el piano.

Jaime Manuel, el papá, es mucho más platicar. No deja de hacerlo incluso cuando camina. Llama la atención que, al igual que Krishna, lleva un descomunal bolsón en la espalda. ¿Para qué?

—Es que uno no sabe qué se puede encontrar por el camino. Además hay que aprovechar el viaje. Hoy fui al supermercado y compré unas cositas. Aquí ando también unos libros bien pesados del colegio de Krishna –dice mientras corre hacia otro bus. Uno de la ruta 13, que ya empieza a andar.

El bus transita frente a la Corte de Cuentas. Y va lleno de gente y música, suena una de Thalía a todo volumen. Aún así –y pese a haberse caído de rodillas en un acelerón del bus– Jaime Manuel tiene manifiesta intención de seguir platicando. Asegura que ya ha escuchado de niños genios que estudian carreras universitarias. Algo así como el mítico Doogie Howser. El niño de la teleserie estadounidense que retrataba a un niño superdotado que se convirtió en médico de manera precoz.

O el caso, real, de Andrés Almazán. Un mexicano de 16 años que se acaba de graduar como psicólogo en la Universidad del Valle de México (empezó la carrera a los 12 años). O el otro caso, real también, de Moshe Kai Cavalin. Un niño californiano (hijo de un brasileño y una china), quien a sus tiernos 14 años está terminando una Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de California (UCLA). Moshe ha escrito un libro llamado “We Can Do”, en el que busca que la gente “normal” no se deje apabullar por un niño genio. “Toda la gente tiene potencial de ser especial. Pero no lo hacen. Por eso me consideran a mí especial”, dice en su libro. Mientras tanto, Jaime Manuel ha dejado su mirada trabada en unas de las ventanillas del bus. Luego dice algo.

—Yo sé que Krishna ha roto esquemas. Muchos lo consideran genio. Pero a mí me gustaría que no arruinara su infancia. Imagino que le falta madurar su sistema nervioso como para ir a una universidad a estudiar una carrera. Y de todas formas, el Gobierno no sabe cómo atender a niños como Krishna. Si supiera qué hacer le hubiera dado seguimiento al niño, pero no. ¡El Gobierno jamás se ha preocupado!

—Papá, mire, allí está el carro rojo de míster Sandoval –interrumpe Krishna cuando ve, desde el bus, el vehículo estacionado de uno de sus profesores del colegio.
—A Krishna desde pequeño le gustan los carros. Los pasa dibujando. Sabe diferenciarlos por su forma o marca. Pero no quiere ser corredor, sino diseñador de carros. A ver, ¿y ese cuál es? –señala el padre uno.
–Umm… Me parece que es un Nissan Maxima.

Jaime Manuel podría jurar que jamás ha recibido instrucciones de cómo criar a un hijo como el suyo. Pero ha leído cosas en internet. Por ejemplo, que muchos niños genios suelen sentirse excluidos de su entorno social y optan por esforzarse por pasar desapercibidos. Y Jaime Manuel, desde hace años, ha decido cómo lo va a criar.

—Yo creería que Krishna no necesita ir a la universidad como otros niños con talento. Quisiera que vaya a un ritmo apropiado a su capacidad, yo no quiero presiones. Muchos medios de comunicación han querido sacar raja de él. O hay gente que me lo prueba, que le hace preguntas para ver si contesta. Krishna no es un fenómeno, ni un circo.

En El Salvador, a excepción del programa Jóvenes Talento no existe una entidad gubernamental que encauce el potencial de coeficiente intelectual alto. De hecho, los gobiernos de casi toda Latinoamérica no saben cómo tratarlos. Y eso que, según la OMS, aproximadamente el 2.28% de la población mundial corresponde a niños con estas características. Y los niños genios nacen, no se hacen, dicen los especialistas. Hasta recién el año pasado, por decreto legislativo, Costa Rica empezó a capacitar a profesores escolares y universitarios para atender a sus “genios”.

***

Son casi las 5 de la tarde .

Ha transcurrido más de una hora y media desde que Krishna salió del colegio. Y finalmente, luego de recorren un estrecho pasaje, donde no cabría un carro, aparece la casa de Krishna. Es una casa de esquina de varias ventanas y un plafón fracturado.

Su arquitectura es exactamente igual a la casa de enfrente y a la de al lado, y a la de los pasajes contiguos, donde vivió el pintor Camilo Minero. Toda esta colonia, la Atlacatl, fue inaugurada por una Junta Revolucionaria de Gobierno en 1958, y desde entonces ha tenido pocas o nulas modificaciones o mejoras.

—Esta casa es la única que no tiene defensas… No se las hemos podido poner –hace contraste Jaime Manuel mientras abre la puerta metálica de la casa.

Adentro, sobresale un escritorio de aire de los setenta que sirve de librero y ropero. Hay dos perros enormes y mal humorados: Chita y Nerón. Un gato del vecino que siempre se cuela por la ventana. Y tres sofás metálicos. En uno de ellos abandona su bolsón Krishna y sale escupido a cambiarse ropa al dormitorio que comparte con su madre.

Su mamá, Elsy Rubidia, da las buenas tardes detrás de una ennegrecida máquina de coser marca Singer. Elsy luce muy joven para tener 52 años. Zurce algo, acompañada de una estampita, rodeada de encajes. Una de Sathya Sai Baba.

Sathya Sai Baba era un líder espiritual indio que falleció recién el año pasado. Su imagen es difícil de olvidar: moreno, de encrespada cabellera afro y una túnica color azafrán. Elsy Rubidia nota que observo la imagen y me aclara algo.

—Nosotros somos cristianos-católicos, pero también hemos escuchado la filosofía de este hombre. No es religión. Además, Jaime Manuel tuvo un abuelo materno que era musulmán. Y quizá de allí viene el interés por las culturas orientales –aclara Rubia. Una mamá que parece de mente abierta.

Frente a ella, en la pared, hay otro retrato, más grande, de Sathya Sai Baba. Y otros de un dios indio llamado Shiva. También cuelgan muchísimos reconocimientos a Krishna. Y una foto autografiada por el expresidente Antonio Saca. Hay otra donde Ana Ligia de Saca, la ex primera dama, le obsequia una computadora. Una que ya se volvió vieja, pero que tiene el único lujo de esta casa: internet.

—Eso es lo único que le mantengo a Krishna –interviene Jaime Manuel que ha tomado asiento en un sofá.

En pocos minutos, Jaime Manuel y Elsy Rubidia me cuenta cosas que no sabía. Por ejemplo, que Krishna es el menor de cinco hermanos. Que Jaime Manuel tiene dos hijas más, producto de otro matrimonio. Que bautizaron al niño como Krishna porque escucharon que era el nombre de uno de los dioses más importantes de la India. Que Krishna tuvo un abuelo paterno llamado Manuel Zepeda que fue juez pero que le endilgaron injustamente un acto de corrupción que le costó su carrera. Que Krishna quizá heredó inteligencia de ese abuelo. Que fue Elsy Rubidia, la mamá, la que indujo a Krishna a que aprendiera a leer cuando estaba muy pequeño.

Que lo usual es que Krishna se levante a las 5 de la mañana para tomar sus dos buses. Y que se duerma, cansadísimo, entre las 9 y las 10. Que un chinito filósofo que vive en Belice, les dijo, hace bastante tiempo ya, que “Krishna tuvo problemas en su vida pasada, y que hoy viene a resolver esos problemas y a aprender de ellos”. Que en 2005 varias universidades privadas del país ofrecieron becas para Krishna, pero luego ya no dijeron nada. Que otra institución becó a Krishna para que aprendiera a tocar órgano. Y que el órgano se lo obsequió un grupo de salvadoreños que emigraron a Virginia. Y que Krishna aún se molesta un poco con sus papás cuando intentan ayudarle a aprender a deletrear palabras en inglés y omiten alguna palabra.

—¡Krishna mostrá cómo se lee al revés, por favor! –le pide Jaime a su hijo. Mientras, me pasa un libro de cuentos en inglés. Uno de Scooby Doo, que abro al azar.
—Finally, the Gullets stopped arguing long enough to explain “We have seen your Picture in the newspaper many times… –lee el libro que yo tengo abierto frente a mí y que él ve con las letras de cabeza.

Jaime Manuel se levanta de la sala y se interna en uno de los dormitorios de la casa. Regresa con fólderes y un montón de recortes. Lo primero en mostrarme es una libreta de notas de Krishna, la del año pasado: “Matemáticas: 84. Spelling: 98. Science: 95. Sociales: 91. Observaciones: No es ordenado y limpio en la presentación de sus cuadernos”. Aunque podría esperarse lo contrario, su caligrafía es garabateada y las puntas de sus cuadernos siempre están colochas.

Hay un recorte de periódico donde Krishna aparece caricaturizado por “Ruz”. Ruz dibuja a Krishna como un niño delgadito sentado en una silla donde una periodista lo entrevista con micrófono: “A ver, niño genio, ¿cuánto es 2,550 menos 783? La respuesta ‘sheñorita repostera’, es 1767”. Hay muchísimas notas de periódico. Entrevistas. Reportajes gráficos. Libros y publicidad con el rostro de Krishna.

—Mire este recorte del Banco Uno. Le tomaron foto al niño y ni siquiera para el pasaje del bus nos dieron. Hay gente que vio a mi hijo solo como una oportunidad de figurar…

Luego, el padre saca fotografías de Krishna con la exministra de Educación Darlyn Meza. Luego muestra un libro titulado “La Constitución para los niños”, con una dedicatoria de Schafik Hándal: “Para Krishna Emmanuel, a sus 4 años con toda mi admiración”. Luego aparecen más fotografías del niño junto a la exvicepresidenta de la República Ana Vilma de Escobar…

—Hace poco vino Ana Vilma de Escobar a la casa, vino para su campaña de diputada. Saludó otra vez al niño, pero le habló de empleos, violencia y de que ella sabe cómo crear empresas. Haciendo resumidas cuentas, al niño se le ha acercado desde Schafik Hándal hasta Norman Quijano y nada. Si no fuera por algunos organismos civiles que ayudaron a mi hijo, ¿qué sería de él? –se pregunta Jaime Manuel.

***

Krishna juega fútbol afuera de su casa. Parece que nadie le quita su apariencia despreocupada. “No voy a hacer tareas porque estoy en período de exámenes”, dice contento antes de dejar trabada su pelota de plástico sobre el plafón de una casa vecina.

Mientras mira cómo se mueve un insecto en un árbol, me revela que le gusta leer sobre algo que me parece incompresible, “reptilianos” e “illuminatis”… Y algo más, que no se siente más ni menos que alguien. Y quizá lo trae a colación porque mucha gente se pregunta cómo hace en su colegio, donde hay niños que tienen lo que él no.

—Hay algo que me reconforta y es que, a veces, soy mejor que ellos en el estudio—, dice, con humildad, Krishna, cuyo máximo sueño es crecer y vivir en “un lugar bonito”.
—Krishna, ¿y ya pensaste qué vas a hacer cuándo seas grande?
—Aún no lo sé. Pero tengo 11 años y para decidirlo todavía tengo tiempo y, ojalá, suerte.

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comentarios
  1. ojalá la prensa cubana aprendiese a contar estas historias sin caer en el patetismo.
    muy buena

  2. Pablo Posada dice:

    No envidio pero aunque tiene talento, se aprecia un complejo de superioridad, se cree un maestro, cuando lo que es es un niño, que aprenda a ser HUMILDE

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