Corea

Publicado: 28 mayo 2012 en Juan Villoro
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Constancias de un mundo líquido

En un país movedizo resulta difícil saber cuánto durará un símbolo. El tigre Hodori, mascota de los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, ha caído en desuso. Sin embargo, Hechi, atigrado animal fantástico que resguarda el palacio del rey Sejong, sigue teniendo adeptos.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, la frase de Marx en el Manifiesto comunista define la sociedad coreana, donde el pasado se funde en el futuro. En una de las más famosas esquinas de Seúl, el ciclópeo edificio de la compañía Samsung (con pinta de robot decapitado), enfrenta una antigua puerta con techo de pagoda.

Es difícil saber lo que resistirá en un país que se transforma al modo de un programa de software pero no olvida la herencia de Confucio.

Desde mi habitación, en el piso 19 de un rascacielos, contemplé edificios sumidos en la bruma, monolitos de cristal que parecían honrar a los ídolos del porvenir. Allá abajo, el tráfico avanzaba en silencio. Un mundo misteriosamente amortiguado. Puentes, avenidas, coches, edificios en construcción. Un frenesí insonoro.

En una película, esa imagen iría acompañada de música. Los sonidos vuelven próximo un paisaje que nos excede.

Oí un grito en el pasillo. Alguien parecía sufrir un ataque. Me asomé: dos ejecutivos caminaban en calma, pero uno de ellos gritaba. Aunque no entendí nada, el impasible gesto del interlocutor me hizo saber que el estertor era normal.

Regresé a la ventana. Después de los alaridos, la ciudad me pareció una abstracción sedante.

Una computadora controlaba las luces del cuarto. En el baño, el excusado Toto, de invención japonesa, ofrecía una higiene de laboratorio con artilugios que soplan y lanzan agua en intensidades que van del chorrito elemental a las fuentes brotantes. El mando de controles semejaba la tableta de una civilización lejana, un Código Hammurabi del futuro.

Pensé que mi sensación de extrañeza dependía del espacio, el piso 19 ante los rascacielos de cristal, pero dependía del tiempo. Vivía 16 horas después que en México. Además, había envejecido nueve meses. En Corea la edad se mide a partir de la concepción. Curiosamente, me afectaba más adelantarme un día a mi familia que tener un año más.

Los coreanos se bautizan dos veces: asumen un nombre para Oriente y otro para Occidente. El oído oriental acepta que alguien se llame Keith, Pancho, Calibán o Vanessa Yadira. En cambio, Occidente se pasma ante los nombres orientales. En mi infancia, no me perdía un episodio de Hawai 5-0, la serie que comenzaba con una espectacular toma del oleaje marino y las vibrantes guitarras de Los Venturosos. Luego un locutor decía los nombres de los protagonistas hasta llegar a: “… y como Chin Ho Kelly, Kam Fong Chun”. Escuché esos créditos en 39 episodios y sus repeticiones, y sólo retuve el nombre de Kam.

En Corea conocí a Daniel, CEO y único miembro de Tradech Global, compañía de exportaciones. Por primera vez trabajaba como guía para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quería practicar el español que habla a la perfección (pasó la adolescencia en Chile, donde su familia emigró para hacer negocios). Su microempresa vende gorras de beisbolista. Me contó con orgullo que Corea del Sur domina más del 50% del mercado mundial de gorras, incluyendo las que se usan en la Serie Mundial. Su mayor ejemplo es Pek Song Hak, huérfano de la guerra entre las dos Coreas, que comenzó a vender sus productos en la calle. Actualmente preside la compañía Young An, que hace negocios en 55 países.

Daniel comparte oficina con otras tres empresas (cada una de un miembro). Los trámites para fundar un negocio tardan como mucho una semana. La expansión coreana se debe a transnacionales como LG, Hyundai y Samsung, pero también a la proliferación de pequeños comercios. Los megaconsorcios no han ahogado las iniciativas individuales. En ciertos ramos decisivos, como las farmacias, no hay monopolios ni grandes cadenas, y numerosos supermercados están siendo sustituidos por pequeñas tiendas de comida.

En el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl, una fotografía de Limb Eung-sik resume los años cincuenta, cuando el país estaba sumido en la miseria. Un joven se recarga contra un muro y mira al suelo con abatimiento. Un sombrero de paja le da un aire de campesino que busca suerte en la ciudad. A sus espaldas, dos hombres se dan la mano, gesto que en Corea se usa más para cerrar un trato que para saludar; han tenido mejor destino que el protagonista de la imagen, del que pende un letrero: “Busco trabajo”. Es una cruda escena de posguerra, pero también un anuncio de lo que vendría después: no hay duda de que esa persona consiguió empleo.

Actualmente Corea del Sur tiene la máxima conectividad del planeta. El motor de búsqueda más usado es un invento local: Naver. Google es ahí una herramienta minoritaria.

Una de las aplicaciones más socorridas del navegador es el conteo regresivo del presidente Li-Myung Bak, empresario de Hyundai en el área de construcciones que despertó grandes expectativas y dilapidó su popularidad. La oposición medía el tiempo que le quedaba en el poder. El 7 de junio, a las 9.30, disponía de 591 días, 14 horas, 36 minutos y 48 segundos.

Dos amigos japoneses pueden reunirse ante un estanque sin decir palabra y despedirse satisfechos de su reunión. Los coreanos son ruidosamente sociables y viven para preservar el jong (pronunciado “yong”), inquebrantable vínculo de la colectividad.

En el siglo XV, el confucianismo llegó a Corea desde China y transformó para siempre el cielo, la conciencias y las costumbres. Uno de sus ideales es el de alcanzar la plenitud en la vida en común. En el siglo XIX, Nietzsche ofreció un improbable eco a Confucio: “Uno siempre está equivocado. La verdad empieza con dos”. El jong es la expresión popular de este principio. Lo que no se comparte no vale la pena. En un restaurante resulta ofensivo pedir platos individuales; hay que meter las cucharas en el mismo guiso.

Estar juntos ante un plato es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo con rapidez. La expresión más frecuente es “pali-pali” (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Esto permite que la mesa de un restaurante tenga cuatro rotaciones de comensales. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La voracidad coreana se explica por sus muchas guerras y el hedonismo de haberlas superado. Entre los variados guisos preferí barbacoas con salsas picantes. “Tiene apetito de posguerra”, me informó Daniel, el CEO de Tradech Global. Los más jóvenes favorecen las combinaciones de la abundancia.

La aceleración vital se extiende a la capacidad de hacer negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: “dame dinero”.

El horizonte de innovación es tan decisivo que en 2004 la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de que entregaran un invento al año. Así surgió el celular “Etiqueta Negra”, que vendió 21 millones de aparatos.

En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan con nitidez en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada.

¿Es concebible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo suntuario de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. “Pali-pali”: al destino se le hace tarde.

Después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-Yong, autor de la extraordinaria novela El huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, y del relato “La pagoda”, sobre sus experiencias como recogedor de cadáveres durante la guerra de Vietnam, es uno de los muchos que padecieron cárcel en los años sesenta. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático.

Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en gozoso apremio.

El sentido del humor, las fondas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que el latinoamericano entienda Corea del Sur como un Japón “normalizado”. Además, los coches circulan del lado derecho.

Con frecuencia el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. América Latina no huele así, pero los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz.

Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos de agujetas. Viajeros más curtidos me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes. Pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel me aguardaba con paciencia, comiendo su botana de nabos en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse.

En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo XVIII, Lichtenberg escribió que los alimentos tendrían otro sabor si los cortáramos con tijeras. Tenía razón.

El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la llore con gusto.

En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. “Tiene razón”, comentó Daniel: “Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato”. “¿Esto no contradice el jong?”, pregunté. “¡Claro que no!”, se sorprendió: “Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio”, Daniel sorbió su último fideo.

Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. La incontenible energía coreana proviene en parte de esa raíz antropomorfa, que sugiere a un hermano alterado de Aquaman.

El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante -mitad hombre, mitad nabo- que se tomó demasiado trabajo para existir.

¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen.

Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.

Breve historia de la prisa

Corea del Sur tiene la única bandera filosófica del mundo. Fue diseñada en 1883 al modo de un teoría del conocimiento. Un círculo azul y rojo representa el yin/yang, complementaria tensión de los opuestos. En las esquinas, rayas de distinto trazo aluden a la totalidad divisible en cuatro partes: los elementos, las estaciones, las direcciones del mundo.

También el escudo mexicano alude a los contrarios, pero en clave darwinista: el águila devora a la serpiente. Para nosotros la dialéctica del yin y el yang es inquietante: ¿por qué el rojo no mata al azul?

La bandera coreana representa una tensión serena que aún no se cumple en la realidad. La división del país dividido ha llevado a que Corea del Sur tenga un Ministerio de Unificación.

El 2 de junio hubo noticias alarmantes. Otra cumbre con Corea del Norte había fracasado. No se discutía por problemas de colindancia (el curso de un río que se desvía para quedarse con el agua), sino por los asuntos que preceden a una declaración de guerra: sobornos, el hundimiento de un acorazado de Corea del Sur, armas nucleares.

También se publicaba un despacho del grupo Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad. De acuerdo con esa organización disidente, el gobierno de Corea del Norte ha mandado al mundo a tres mil ciberterroristas para que aprendan “las oscuras artes de Internet”. Esa delegación superaba en número a cualquier comitiva del país. En 2010, durante el Mundial de Sudáfrica, Corea del Norte carecía de hinchada. Los organizadores buscaron voluntarios de rasgos orientales para que se pusieran camisetas rojas y apoyaran a los huérfanos del Mundial con solidaridad de coreanos pirata.

Llama la atención que los disidentes se refieran a las “oscuras artes de Internet”. Eso sugiere que no sólo discrepan del régimen sino de la modernidad. ¿Quiénes son los Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad? Imagino a atávicos calígrafos que escriben en papel de arroz, de barbas fluviales, aterrados tanto de la represión en su país como de los millones de teléfonos celulares que zumban al cruzar la frontera sur.

La mayoría de los coreanos con los que hablé en mi visita están seguros de que presenciarán la reunificación de los dos países. Aunque la guerra de 1953 dejó cerca de tres millones de muertos entre los dos bandos y el paralelo 38 divide dos sistemas políticos irreconciliables, el espectacular desarrollo de Corea del Sur infunde optimismo geográfico.

En plena frontera hay una oficina donde se discute la posibilidad de un destino común. El sitio se llama Pan-mun-chom o Joint Security Area. Unas habitaciones están del lado norte, otras del lado sur. Algún día, la misma aspiradora se hará cargo de todo el polvo.

Sería interesante que una vez lograda la reconciliación, el Ministerio de Unificación siguiera en funciones. En todos los países, el Ministerio del Interior (o Gobernación) confirma la organización vertical del poder. Transferir esas funciones a un Ministerio de Unificación significaría un desplazamiento horizontal: de los políticos a los ciudadanos.

De 1910 a 1945, el país fue dominado por Japón. Después de las penurias de la segunda guerra mundial, llegó el alivio de recuperar la independencia. En 1947, la Asamblea de las Naciones Unidas convocó a elecciones para fundar la república de Corea. La iniciativa no se acató en la zona de ocupación soviética y en 1948 el país quedó dividido. Dos años más tarde, Corea del Norte invadió Corea del Sur y ocupó casi todo su territorio. La ciudad de Busan y la isla de Incheon fueron los últimos reductos de la resistencia. Desde ahí se planeó la reconquista, con decisivo apoyo del ejército norteamericano.

Hasta la fecha, la admiración por los productos de Estados Unidos roza el fetichismo. En las afueras del mercado de Busan encontré una herencia gastronómica de la guerra: ahí se revendían bolsas del ejército norteamericano impresa en letras enormes, como para ser leídas bajo pólvora: “Warfighter recommended”. El Menú 12 incluía hamburguesa vegetariana con salsa de barbacoa (también vegetariana). Esta dieta, tan considerada con el estómago y los animales, resulta casi entrañable como producto de guerra, actividad que perjudica la salud.

En los años cincuenta el capitalismo coreano fue un triunfo de la disciplina. Abundan las historias de padres que dejaron de comer o se negaron a ir al médico para que sus hijos pudieran estudiar (La crónica de Manchwidang, novela breve de Kim Moon Soo, narra esos años duros). Sin embargo el resultado no es el de un país ascético, de disciplinados robots que anhelan trabajar más. Si algo destaca en la bulliciosa vida coreana es la urgencia para pasarla bien. No hay mayor concentración planetaria de salas de masaje, spas, discotecas, fondas, juegos electrónicos y cibernéticos, hoteles de paso en forma de castillos medievales. Una dilatada tradición del dolor se supera con placeres instantáneos.

Bastión de la pintura, las videoinstalaciones, las danzas folklóricas, el taekwondo y el chamanismo, Corea del Sur parece estar demasiado ocupada para extrañar algo. Sin embargo el anhelo de unificación indica que aún no están completos. ¿Qué puede aportarles Corea del Norte?

No es posible ver los desfiles de los ejércitos norcoreanos sin sentir que se trata de una parodia. Las marchas con saltos sincopados anuncian a una tropa extrema, que sufre la tortura para poder practicarla. ¿Hay algo encomiable en esa tiranía con bombas atómicas? Luego de largas pausas y nucas rascadas, recibí una respuesta: “Ellos tienen tigres en las montañas, cerca de China”.

Nada más lógico que lo mejor de una dictadura sea un fugitivo animal de presa cuyas rayas prefiguran los barrotes de una cárcel.

Interludio intestinal

Las ciudades coreanas están saturadas de publicidad. Casi todos los letreros promueven comida. En el río que atraviesa la ciudad de Busan una barcaza estaba anclada en mitad del agua, sin más propósito que sostener una banderola. “¿Qué dice?”, le pregunté a Daniel. “Anuncia un restaurante de patas de cerdo”. En Corea, el paisaje da hambre.

Busan es sede del shopping más grande del mundo, que forma parte de la cadena Shinsigae. Fue construido con un criterio que rara vez se asocia con las turbulencias del consumo: la relajación. Incluye un spa con suficientes piscinas para satisfacer a un barrio de Hawaii y los pasillos tienen amplitud de bulevares. En torno a una pista de hielo, hay cafeterías. La librería Kiobó ocupa diez veces más espacio que Armani.

Para el visitante del tercer mundo, lo que más sorprende en los comercios de Corea del Sur, de la tienda departamental Lote a cualquier supermercado, son los baños públicos.

En An Area of Darkness, V. S. Naipaul lamenta que la India conviva de manera tan próxima con los excrementos. Al llegar al aeropuerto de Nueva Dehli tiene la primera impresión de una constante en su viaje: “Los indios defecan en todas partes; en el suelo, en los urinarios (resultado de contorsiones de yoga que no quiero imaginar). Temerosos de ser contaminados, se acuclillan sin sentarse. El resultado es que en cada cubículo de cada baño hay muestras de su mala puntería. Pero nadie parece notar esto”.

Hay algo difícil de aceptar en los desperdicios y las deyecciones. John Berger escribió un hermoso texto sobre la más desagradable tarea que realiza una vez al año en su casa del Pirineo francés: vaciar la letrina. La mierda acumulada es el saldo del año transcurrido en compañía de su familia y sus amigos. Una rabia irracional invade al escritor mientras se ocupa del proceso, agudo recordatorio de lo que, muchas veces en vano, tratamos de sublimar.

En Occidente la defecación suele ser una actividad comercial. Los sitios caros disponen de áreas aromatizadas para la tarea. Hay baños espléndidos en los museos de arte moderno o los restaurantes de diseño (en los que a veces un mozo aguarda propina por acercarte una tolla). En cambio, el baño público suele ser el cubil de los descastados.

El viajero conoce la dimensión de la lejanía cuando sufre un retortijón. En México, Graham Greene enfermó de disentería. Había llegado al país para escribir un libro contra la persecución religiosa. No es exagerado suponer que el elocuente rencor de Caminos sin ley, se debió menos a las convicciones católicas del novelista que al malestar intestinal que lo llevó a purgar una condena en inodoros de penitenciaría y despreciar en forma inolvidable el pollo hundido en salsas.

Corea del Sur ha solucionado el tema de la higiene al grado de que no es digno de mención. Pero los extranjeros existimos para hacer comparaciones. En un país con guisos tan variados, que dependen de los favores del ajo y el picante, resulta tranquilizador que la digestión no represente el desafío moral que activó las plumas de Naipaul, Berger y Greene.

Toda solución puede producir excesos de “arte por el arte”. En plan purista se puede acusar al excusado Toto, de convertir una necesidad en pasatiempo. Con sus múltiples posibilidades y botones, el participativo aparato rebasa el marco de la higiene para proponer que la defecación y la micción se conviertan en asuntos estilísticos.

Confucio tenía razón

Pasé una noche en un hotel tradicional en Hahoe, junto al río Nakdong, el más extenso de Corea. La aldea fue fundada en el siglo XVI por un estudioso de Confucio.

El hotel de cuatro habitaciones estaba a cargo de un expublicista que huyó del estrés de Seúl. Al anochecer, me invitó una cerveza en un pequeño cuarto de madera, con vista al río. Comentó que la arquitectura china privilegia la dimensión y la japonesa el detalle; la coreana se caracteriza por su armonía con el entorno.

Caminé de noche a orillas del río. Estaba lejos, en un sitio desconocido. Mis compañeros de viaje dormían en un albergue de la ciudad antigua. Sin embargo, me sentía completamente en paz. Nada podía salir mal. El activo orden de Corea del Sur te excede en tal forma que anula las sospechas. Puedes ser ingenuo sin que eso resulte grave.

Mi cuarto tenía un techo bajísimo. Me moví ahí de rodillas. Una tina de madera, con agua hipercaliente, proponía masajes.

Antes de acostarme oí el zumbido de una avispa, tan intenso que pensé que estaba en el cuarto. Abrí la puerta corrediza. Detrás de un mosquitero, la avispa golpeaba contra la malla, tratando de entrar al cuarto.

Me conecté a Twitter. Mandé mi propia avispa: Un ecologista enfrenta el Diluvio Universal: decide salvar el agua”.

Dormí en el suelo, la cabeza apoyada en una almohada que parecía un piedra de tela.

Soñé con un actor que debía oponerse a sus parlamentos. El texto era un estimulante obstáculo. El artista actuaba contra la obra; si un pasaje lo irritaba, podía olvidarlo o modificarlo. Poco a poco, se apropiaba de lo que odiaba, convirtiendo sus parlamentos en exasperación creativa.

Desperté sobresaltado. Me afectaba dormir en el suelo, o hacerlo en la casa de un traductor de Confucio. ¿Hasta qué punto las ideas dependen del escenario donde surgen?

Un pájaro carpintero repiqueteó en un árbol y el pequeño refrigerador de mi cuarto produjo una nota aguda. Un dúo perfecto. Luego volvió el silencio. Busqué el reloj, deseando que al menos fueran las cinco. Eran las cuatro.

Me sentía despejado. Como el actor de mi sueño, que mejoraba la obra al negarla. La incomodidad había sido una peculiar forma del descanso.

Un malestar crónico: el suicidio

Entré a Twitter en el teléfono de Daniel y di con un trend topic: el suicidio. El 31 de mayo, Chung Jong-kwan, futbolista del Seúl United, se había ahorcado. Tenía 30 años. Pocos días antes, Yoon Ki-won, arquero del Incheon United, de 23 años, había aparecido muerto en su coche. Chung dejó una nota en la que pedía perdón por participar en una red de sobornos. Aunque Yoon no dejó nota, su muerte parecía deberse a la misma causa.

En las estaciones del metro, los andenes están protegidos por una sólida pared de plástico translúcido para evitar que la gente se lance a las vías.

Un efecto secundario del elevado nivel educativo coreano es el suicidio de los reprobados. En la Iglesia de Cristo, a la que pertenece Daniel, el principal desafío consiste en atender a quienes pueden pasar de las malas calificaciones a la autodestrucción. Su mejor amigo en la Iglesia es el locutor del estadio de béisbol de Seúl. La poderosa voz que anuncia bateadores brinda ahí consejos para subir la autoestima.

En la Universidad de Seúl conocí al padre Ramiro, misionero de Guadalupe nacido en Guadalajara que lleva trece años en Corea del Sur y asiste a los estudiantes. Me dijo que habían llegado a tener hasta tres suicidios en un semestre. Sin embargo, al final se impone la solidaridad. La idea del grupo –el jong compartido- predomina sobre la competencia individual. En su opinión, esto viene del confucianismo y de la pragmática necesidad de sobreponerse a la amenaza japonesa.

¿Qué tan cerca se siente un sacerdote mexicano de la comunidad coreana? Ramiro me explicó que sus feligreses tienen excesivo respeto por las figuras de autoridad; se acercan al sacerdote con veneración, pero no se sinceran. Hablan de asuntos abstractos, no personales. Tiempo después confiesan el problema que tenían cuando buscaron apoyo. Para entenderlos, Ramiro ha desarrollado una larga paciencia: se entera de efectos emocionales y aguarda años para averiguar las causas. Su estrategia recuerda una máxima de Confucio: “No importa que tan despacio vayas siempre y cuando no te detengas”.

En fechas recientes había habido una ola de suicidios de actores, modelos, cantantes y presentadores de televisión. “Los coreanos somos muy emocionales”, comentó Daniel: “No fueron suicidios planeados sino arrebatos”. A pesar de su frecuencia, se hablaba de actos intempestivos.

En Seúl no hay un puente o un alto edificio que atraiga a los suicidas. La falta de un sitio emblemático sugiere que se trata de algo ajeno a la costumbre, pero el drama se reitera.

El 27 de mayo, la psicóloga Cheon Keunah habló del tema en Twitter. Daniel había guardado su mensaje. Los caracteres coreanos permiten escribir tuits que parecen novelas río. A propósito del suicidio de una celebridad, la doctora Keunah escribió: “Mis condolencias por su muerte. Por favor, tengan cuidado al hacer reportajes de casos de suicidio. Eviten los prejuicios y el sensacionalismo. En la sección de Emergencias del Hospital General de la Universidad estamos percibiendo este problema. Es importante que los medios muestren madurez. A veces es mejor no hacer reportajes”.

Este mensaje consta de 25 espacios, cuatro signos de puntuación y 59 caracteres, un total de 88. Podría ser una tercera parte más extenso.

En Occidente, habría que resumirlo en plan Confucio: “La prensa mata por segunda vez a los suicidas”.

Si se mueve, es comestible

En el mercado de pescados y mariscos Yagalchi, de Busan, encontré serpientes, crustáceos, conchillas, ostras, caracoles, peces vivos en cajones de agua (uno se le escapó al pescadero y fue acuchillado en el pasillo), ballena en trozo, tortugas, mantarrayas, cangrejos de Rusia, gusanos de mariposa, animales desconocidos, húmedos, salinos, surgidos de las profundidades, siluetas que hacían pensar en la creación del mundo o plagas del porvenir. Vi una caja con esferas rojas. Parecían granadas de mar. Ese día no hubo langostas.

Una mujer hermosa se llevaba a la boca un marisco complicado. ¿Cómo explicar la fascinación que suscitan los tentáculos en una boca delicada?

El mercado es atendido mayoritariamente por mujeres. Casi todas llevan sombreros atados con mascadas. Sus maridos se dedican a la pesca. Los escasos vendedores hombres parecen buzos cansados de contener la respiración.

Salimos a la intemperie. Olía a yodo y a mariscos. Caminamos junto al agua. A la distancia, desde unas rocas, un cuerpo se lanzaba al mar. “Una mujer buzo”, informó Daniel. “¿Cómo sabes que es mujer?” “Sólo las mujeres pescan así, además distingo sus facciones”. “¿A través del visor?” “Sí”. “No te creo”. Mi guía se exasperó: “¡Las mujeres resisten mejor el agua fría!”.

Para reconciliarse, Daniel propuso comer aguamalas. Una delicia superfresca: los tallarines de Neptuno.

En Busan visitamos un templo budista donde se suele aguardar el año nuevo. Tiene un vasto mirador para contemplar el amanecer. La gente se acerca a la estatua de Buda y le toca la panza para tener un hijo varón.

Las piedras son ofrendas. Hay que encaramar una arriba de otra. Las columnas se alzan con equilibrio inverosímil, como plegarias minerales.

Afuera del Museo de Pesca nos acercamos a un estanque con carpas acostumbradas a que les den de comer. Abrían la boca en la superficie del agua, con la parsimonia de los becarios que saben que recibirán un donativo.

Otros peces atraen por un defecto. El bok es una variante del pez globo (swellfish) y del fugu japonés. Un cocinero experto debe quitarle la vejiga tóxica. En caso de que falle, la carne queda impregnada de veneno y no hay antídoto. El pez sería menos atractivo si perdiera su condición de ruleta rusa. Un guiso para quienes piensan que la mejor mascota es una araña venenosa.

El sabor de la carne blanca, sumida en caldo, es delicado. Me llamó la atención que en el menú el mismo pez tuviera distintos precios. “El fuku viene de China: el caro es salvaje, el barato es de granja”, explicó Daniel. Nosotros comimos pez de granja, que difícilmente es venenoso. Un pez tóxico pirata.

Me decepcionó la falta de riesgo pero debíamos respetar nuestro presupuesto: 15 dólares por persona, que nos permitían comer en forma opípara, siempre y cuando prescindiéramos de veneno.

La cirugía plástica: un photoshop preventivo

En Corea, la belleza depende del rostro. Los close-ups duran lo suficiente para que hierva el agua del té.

Un efecto complementario del interés por el rostro es que nadie duda de las piernas. La minifalda es tan unánime que si una tela llega a la rodilla, parece un uniforme.

Orgullosas de sus muslos, las coreanas buscan redondear sus ojos. A la vuelta de Busan, me hospedé en un hotel casino de Seúl, situado en un promontorio que daba al mar. Abundaban los turistas chinos, apostadores fuertes que comentaban a gritos sus resultados. Otros turistas habían ido a someterse a cirugías faciales. Desayunaban con el rostro envuelto en vendas.

En el buffet conocí a un cirujano plástico. Señaló a una actriz en la televisión: “Yo la operé”. Conversamos sin que él despegara la mirada de la pantalla. El último tribunal de su trabajo era la cámara de la televisión: “Una cara debe retratar bien”. En tiempos en que hasta los teléfonos toman fotos, la cirugía plástica debe mejorar la fotogenia.

Occidente es el lugar donde se considera atractivo que una mujer convierta sus labios en una ventosa de colágeno o se inflen los senos para aludir a una pasión más intensa, el fútbol. En Corea del Sur no detecté una sola cirugía. Le pregunté al médico por los retoques de la actriz. Eran bastantes, pero resultaban imperceptibles para mí porque occidentalizaban sus facciones.

Es conocido el dictum de que Occidente se contiene por culpa y Oriente por pudor. En Seúl no abunda la gente estrafalaria. Cuesta trabajo ver piercings o tatuajes. Ciertos brotes exóticos se vuelven comunes al pertenecer a oficios definidos: los futbolistas se tiñen el pelo de rojo.

En el hotel, la posición social de los visitantes no definía sus ropas. Los millonarios chinos llevaban trajes que parecían hechos con maquinaria pesada. Por su parte, los recién operados usaban prendas de gimnasio, como si sus heridas se debieran al ejercicio.

Salí del hotel confundido por los vestuarios de los clientes. Vi a un hombre de frac y lo tomé por un mozo. Le pedí un taxi. Era un novio que llegaba a casarse en el hotel. Mi confusión divirtió enormidades al auténtico mozo. No dejó de reír hasta que el coche llegó a la entrada.

Ciudades: modelos para armar

El trazo urbano de Seúl es difícil de discernir. Junto a un rascacielos puede haber un edificio de cualquier tamaño y pocos barrios responden a un estilo uniforme. El río Han es tan ancho que no articula a la ciudad; la divide. En sus orillas, las amplias avenidas inauguradas en los Juegos Olímpicos permiten circular a velocidades de videojuego.

Sin embargo, cada sitio ofrece un microcosmos de confort. Es muy sencillo hallar un rincón con comida sabrosa, cibercafés, tiendas, una librería, alguna atracción local. El desorden de Chonju, Busan y Seúl estimula en forma extraña. En cada sitio tengo la sensación de que podría ser feliz ahí por siempre sin la necesidad de integrarme. Un bienestar con estímulos dispersos tan variados que no requiere de una comprensión de conjunto.

En Busan, el tráfico es aún peor que en Seúl. La ciudad está atravesada por montes que dificultan ir de un lado a otro. Algo cercano queda a treinta minutos en coche. Nuestro conductor era de Busan, pero hacía tiempo que no iba ahí y dependía del GPS. En un túnel perdimos la señal y fuimos a dar a un puente larguísimo.

Daniel aprovechó el regreso a la superficie, es decir, a Internet, para informarme que Asia es el continente de los puentes largos. De los 25 puentes más largos del mundo, 15 pertenecen a la República Popular China y otro a Taiwán. El puente número 26 es coreano. Mide poco más de 18 kilómetros y conecta la tierra firme con el aeropuerto de Incheon. El más largo del mundo mide casi 167 kilómetros. ¿Es posible que algo crezca tanto sin alterarse? ¿Una ópera que durara dos meses seguiría siendo una ópera? ¿Una top-model de tres metros seguiría siendo fotogénica? Un puente de 167 kilómetros no parece un vínculo entre dos puntos sino un destino. Se podría escribir una road novel sin salir de ahí.

Una de las lecciones de viajar: de pronto te interesa lo que no te interesa. La conversación sobre los puentes generó una nueva obsesión: volver al aeropuerto por los 18 kilómetros suspendidos sobre el agua.

Un insólito principio de orden en el trazo urbano tiene que ver con el valor que se concede a la educación. En los pequeños pueblos el edificio más importante es la escuela. La arquitectura es una clara metáfora de las prioridades coreanas.

La desaforada expansión urbana permitió que Corea alcanzara niveles de bienestar al costo de sacrificar la armonía urbana. Una vez consumado el milagro económico, se decidió planear una ciudad desde cero para recuperar el privilegio de las plazas y las calles que riman entre sí.

En 1989 comenzó a construirse una ciudadela contra la confusión, “en busca de la humanidad perdida”. ¿A qué propósito debía servir? Normalmente esa pulsión utópica conduce a la edificación de una nueva capital. Pero Corea del Sur no buscaba celebrar en piedra los afanes del poder, sino su herencia espiritual. Así surgió la Ciudad del Libro, cuya primera fase se terminó en 2005. Más de doscientas editoriales se trasladaron ahí.

Visité este falansterio de la razón en día festivo. A la extrañeza de encontrar edificios inspirados en un austero funcionalismo post-Bauhaus, se unió la de recorrer un lugar desierto.

Cada edificio es una pulcra variante del cubo o el rectángulo, pero el conjunto resulta incómodo. Sometidos a una idea rectora, los edificios conforman una serie, una propuesta única, inmodificable. Una curva parece ahí un acto disidente y una espiral, un delirio.

Para articular el espacio, se privó a la ciudad de usos accidentales, la espontánea participación del desorden. Del caos tonificante de Seúl se pasó a un orden aséptico, donde las señas del tiempo no dependen de los habitantes sino del óxido que tiñe los muros. El efecto es paradójico: la elegancia pensada para la escala humana produce una impresión alienante.

Entré en un hotel y contemplé un amplísimo lobby con sillones de diseño y alfombras hechas con tiras de cuero. No había nadie en la recepción. Al cabo de unos minutos llegó un hombre, vestido de negro, como un monje zen. Sostenía una taza de té, de cerámica negra. Todo era perfecto y frío.

Con el bullicio de un día laboral la sensación debe de ser distinta. Sorprende que la ciudad pueda vaciarse en forma tan completa. El descanso rigurosamente coordinado le otorga una condición fantasma. En domingo, la ciudad cesa.

Regresé a Seúl y entré en contacto con una vivificante disfunción urbana, gente con deficiencias mentales provocadas por el aislamiento ante la computadora. En un jardín a orillas del río Han, un grupo de eremitas electrónicos trataba de volver al mundo en 3D.

En los campamentos, los autistas digitales regresan a la realidad a través de una convivencia donde aprenden a untar panes con mayonesa.

También las familias acampan ahí. El río Han es suficientemente ancho para generar una ilusión de naturaleza. En la otra orilla hay edificios, pero se difuminan en la bruma, como los palacios que decoran las tazas de porcelana.

En el parque encontré una muestra de ultramodernidad ecológica: un taller de robots en miniatura, alimentados por energía solar.

Al salir de ahí di con una atracción que buscaba sin saberlo: una casa rodante ofrecía cambio de moneda. Era un banco móvil, que abre en domingo en los espacios públicos.

Quienes venimos de países atrasados siempre esperamos algo más de la tecnología. En el tráiler repleto de computadoras, intuí funciones de telefonía satelital, espionaje, absorción de datos. No entender los sistemas operativos permite imaginar sus efectos. El instantáneo trámite bancario parecía demasiado simple para ese sitio. ¿Eso revelaba que nací en una sociedad conspiratoria o que la excesiva tecnología produce un dopaje paranoico?

Diálogo al final del día:

–Aún tenemos que ir al spa.
–Estoy muerto.
–El spa es para descansar.
–Estoy demasiado cansado para descansar.
–Descansar descansa.
–No me gusta relajarme. Quiero tomar notas.
–Está agotado: necesita relajarse.
–El descanso me quita fuerzas.
–Usted ya no tiene fuerzas.
–No tengo fuerzas para ir al spa, tengo fuerzas para tomar notas.
–El que no quiere descansar está cansado.

El país de los 24 signos

La figura fundacional de Corea del Sur es el rey Sejong, creador de la escritura. Su monumento en una extensa explanada de Seúl incluye un museo de sus aficiones: la astronomía, la caligrafía, la filología.

En 1446, Sejong entregó la primera versión de lo que sería el Hangeul, el alfabeto coreano. De los mandarines a la academia actual, los productores de conocimiento se han fortalecido al dominar saberes vedados a los legos. Los asesores del rey ilustrado se opusieron a la sustitución de los complejos ideogramas chinos por signos que pudieran ser comprendidos por todo el mundo. Mientras menos lee un país, más relevancia tienen quienes dominan de la escritura. Sejong rompió este privilegiado acceso al poder: “Un sabio aprende este alfabeto antes de que acabe la mañana y un idiota lo aprende en diez días”. Fue el primer paso para consolidar una nación que hoy tiene una alfabetización absoluta.

La reforma tomó en cuenta que también los sonidos transmiten significados. Esto llevó a una consideración estética: las vocales debían equilibrarse, siguiendo la dinámica del yin y el yang. Las catorce consonantes y las diez vocales de Hangul permiten pronunciar los sonidos de casi cualquier lengua, lo cual facilita el aprendizaje de idiomas.

Durante su reinado de 1418 a 1450, Sejong se sirvió de la escritura para recibir noticias de sus súbditos y los escribas no firmaban los documentos para garantizar su sinceridad. Los Anales de Sejong dejaron un modelo de transparencia que hoy sólo se obtiene con las filtraciones de Wikileaks.

En el palacio de rey predomina una arquitectura austera. Al fondo, despunta una montaña. Entre el palacio y la ladera verde está la Casa Azul, sede del gobierno. Es una de las pocas construcciones bajas que no están asediadas por edificios. La amplitud que la circunda no remite al espacio sino al tiempo: la Casa Azul parece alzarse en el pasado.

Hay lotos en los estanques del palacio que se empezó a construir en 1395, antes del reinado de Sejong. El sitio ardió durante una de las invasiones japonesas y fue restaurado en 1865. Un texto de ese año informaba que, a partir de entonces, el palacio sería protegido por un dragón de oro en el fondo de un estanque. Durante décadas se pensó que se trataba de una leyenda. Sin embargo, los rumores ganaban precisión: era un animal mágico, de inspiración china, con el cuerpo ondulado como una serpiente.

Hay que desconfiar de muchas cosas, pero no de los mitos coreanos. En 1997 el estanque tuvo que ser limpiado. Al fondo, húmedo y brillante, estaba el dragón.

Sejong es el protagonista del billete de diez mil won. En México, para entrar a la cartera, los héroes tienen que haber pasado por el campo de batalla (Sor Juana es la excepción que confirma la regla). Corea del Sur prefiere personajes de la cultura:

cincuenta mil won: Shin Samdang, pintora del siglo XVII

cinco mil won: Yulgok, calígrafo conocido como Yi I

mil won: I-Hwang, erudito del siglo XVI, experto en Confucio.

Después del reinado de Sejong la aplicación del alfabeto coreano fue errática. A fines del siglo XIX se usó para imprimir documentos oficiales, pero fue proscrito por la ocupación japonesa de 1910. La gramática definitiva del Hangeul no se fijó sino hasta los años cincuenta del siglo XX. Curiosamente, mientras las dos Coreas se enfrascaban en la guerra, ambas adoptaban el alfabeto de Sejong.

Corea cifró su identidad y su destino en 24 caracteres. Los incendios y las invasiones no erradicaron esos tenues instrumentos.

Trepidantes diversiones

En el país del ácido kimchi, asuntos no siempre espectaculares, como cortarse el pelo, se transforman en rituales hedonistas. Los coreanos tienen prisa para todo, pero no para salir de la peluquería, donde el 10% del tiempo se destina a ocuparse del cabello y el resto a un elaborado masaje de manos y pies.

Corea del Sur es bastión del comercio televisivo de llorar a plazos, pero también del K-Pop, corriente musical dominada por adolescentes de minifalda escocesa que perturban al hombre provisto de hormonas. Los varones se visten como delgadísimos mafiosos y se mueven como electrocutados rítmicos. El inconmensurable mercado chino ya se agita a ese compás y Francia se ha rendido a la sombra de las coreanas en flor.

Algunos de los grupos más conocidos son Shinee, Girls Generation, F (X), DBSK (siglas de Dong Ban Shin Ki, “Espíritu de Oriente”, y que en China asume el nombre de TVXQ, Tong Van Xin Qi), 2NE1 (pronunciado “tweeny one”), y 2 p. m., que rivaliza con 2 a. m.

Después de proporcionarme esta lista, Daniel reflexionó sobre la palabra shin: “Quiere decir Dios o fantasma”. La traducción inicial había sido perfecta: “espíritu”, equidistante de “Dios” y “fantasma”.

En playas, discotecas y centros comerciales vi a los ubicuos representantes del K-Pop. Las reguladas coreografías revelan que la espontaneidad está proscrita (incluida la de enamorarse mientras dura el contrato). Esos clones sonoros tienen contradictorio encanto. La sincronía de los bailes, la intensidad de la música y la irrealidad de las escenografías hacen pensar en descaradas discotecas del espacio exterior. Sometidos a una severidad de monjes tecno, los músicos anuncian una sensualidad a la que no tienen derecho.

La industria del sentimentalismo no podía desperdiciar el encuentro del K-Pop con la telenovela. Durante mi visita, las respiraciones se suspendían a las 10 de la noche del paralelo 38 a la isla de Incheon para ver El mejor amor, romance entre un galán del melodrama y una cantante.

Los efectos del ginseng se comprueban en los tambores. El país es una potencia que percute, congregando a hombres y mujeres armados de mazos que aporrean pieles con atlética acrobacia.

El pansori combina el teatro con las danzas populares y la música tradicional. Cerca de Andong presencié una función con disfraces y máscaras, donde sólo actuaban hombres. Las tramas dependían de la comicidad de lo grotesco. Un noble buscaba recuperar su testículo y encontraba el de un buey; con la típica codicia de la aristocracia, decidía usarlo, convirtiéndose en motivo de burla. Otra obra trataba de una anciana que había estado casada tres días y contaba su larguísima viudez. Otra más de un monje expulsado de un convento que se enamoraba de una mujer a la que veía orinar.

En Seúl fui a una sala de pansori situada sobre un club de natación. El vestíbulo olía a cloro. Los socios que llegaban a nadar se mezclaban con los espectadores que hablaban del gayangeum, instrumento horizontal de doce cuerdas, y el piri, pequeña trompeta de bambú.

La naturalidad con que la música tradicional se inserta en la vida moderna me pareció extraordinaria hasta que escuché en un restaurante dos catedrales de la cursilería: “Love is Blue” y “Eres tú”, interpretadas por instrumentos vernáculos y órgano eléctrico. El kitsch es la expresión cultural mejor globalizada: en todas partes resulta igualmente horrenda.

En cualquier rato libre los coreanos aprovechan para continuar los juegos de computadora que tienen pendientes. Uno de los más populares es Paladog, protagonizado por un caballero andante del futuro que lucha contra momias. Este protagonista multicultural utiliza armas medievales para despedazar enemigos en vistosos asteriscos. Sus escuderos pertenecen al reino animal (ratones, osos, un pingüino y una tortuga).

En el metro, la gente tiene la cabeza levemente inclinada hacia abajo, no por cortesía oriental, sino porque consulta su celular. En los primeros días pensé que consumían infinitos mensajes de texto. Luego supe que trataban de aniquilar momias en el Paladog.

El control mental de las palizas

Aunque el taekwondo es el arte marcial más importante de Corea, los campeones no se enriquecen, ni son sex symbols, ni rivalizan con los astros de telenovela.

Tomé una clase en el Centro Keumkang. Pensé que mi edad sería una limitante, pero me informaron que el noveno dan sólo se alcanza después de los sesenta años. En todo el país no hay más de cien personas en ese estado de gracia.

Las cinco condiciones esenciales del taekwondo son el respeto, la paciencia, el control, la dignidad y la capacidad de pelear cien veces sin rendirse. Lo más importante es contener la violencia, tentación considerable en una actividad que enseña 2,500 tipos de patadas.

Consignas del teaekwondo:

-Los huesos crecen. La lesión más común es la del empeine (casi siempre se produce por golpear un codo). Mi instructor tenía una cicatriz en los nudillos porque se fracturó al bloquear una patada. Pero los golpes también ayudan: los huesos de la mano se desarrollan con los impactos. Las manos de mi rival parecían pertenecer a una persona veinte centímetros más alta.

-El enemigo vive en el espejo. El combatiente entrena ante sí mismo, anticipando los movimientos del adversario hasta incorporarlos en su propio cuerpo.

-La debilidad del enemigo tiene puntos precisos. El instructor me tomó del antebrazo y presionó un sitio estratégico. Estuve a punto de desplomarme.

-Gritar equilibra. No se lanzan alaridos por furia sino para mantener el ritmo en la respiración.

Concluí la sesión de taekwondo quebrando una madera con un mensaje sobre el orden cósmico. Después de esta espiritualidad full contact, busqué la forma más conocida de entretenimiento en el planeta.

El estadio de Chonju es de triste memoria para los mexicanos. Ahí Estados Unidos nos eliminó en el Mundial del 2002.

Ahora la selección de Corea del Sur jugaba contra Ghana, sorpresa del Mundial de 2010.

El sonido local es el más estruendoso que he escuchado en un estadio. Cuando un coreano remataba a la portería, el locutor gritaba su nombre con frenesí pulmonar. En respuesta, la multitud dejaba de comer pescado seco para exclamar: “¡Te-han-mingu!” (“país de la gente del gran han”).

Los Diablos Rojos de Corea del Sur atacaron con la verticalidad de un equipo que no ha descubierto la pausa. Incluso cuando tenían el balón, se destacaban más por perseguirlo que por controlarlo. El vendaval ofensivo bastó para vencer a Ghana 2-1, con un emocionante gol de último minuto.

En ocasiones el futbol importa por sus pifias. En 2010, en el Mundial de Sudáfrica, Asamoah Gian pudo hacer que su equipo avanzara a la semifinal. En la última jugada del partido cobró un pénalti con el que Ghana podía vencer a Uruguay. El tiro dio en el larguero. Poco después, durante la serie de desempate, Asamoah recobró la entereza y anotó en forma impecable. En cierto modo, esta destreza lo incriminó: ¿si podía chutar tan bien por qué no lo hizo cuando era decisivo?

Como al destino le gusta el morbo, también en Chonju el dramático Asamoah tuvo oportunidad de cobrar una pena máxima. Para un jugador trabajado por la tragedia, fallar puede ser un gesto épico. Asamoah no nos decepcionó: su tiró no entró en la portería.

La isla color menta

El golf y las excursiones a las fértiles colinas de Jeju forman parte de las ilusiones coreanas. Cada media hora, aviones jumbo parten a la isla.

Desde lo alto, ya cerca del aeropuerto, contemplamos islotes iluminados. Eran bases para pescar calamar.

El paisaje y las esculturas de piedra de Jeju hacen pensar en la Isla de Pascua. Hay volcanes, grutas y campos de té donde se puede comer un sofisticado menú que, de la sopa al postre, sólo consta de hojas aromáticas.

Una de las atracciones locales es la Calle Misteriosa, trazada en declive, pero donde los objetos ruedan hacia arriba. Hicimos la prueba con una lata y varias botellas. A pesar de la inclinación, los vimos ascender.

El camino se construyó en 1975 y el fenómeno fue descubierto cinco años después por un taxista. En ese viaje llevaba a unos recién casados. Por alguna razón, apagó el motor y el coche ascendió por cuenta propia. ¿Una metáfora para que los pasajeros comprendiera que la vida conyugal sucede cuesta arriba?

En la isla de Jeju hay 18 mil dioses registrados. No es extraño que uno de ellos haga subir objetos por un declive. Otro debe amparar las aficiones raras, como el Museo del Teddy Bear, espacio cilíndrico que muestra tableau vivants donde osos de peluche representan el desembarco en Normandía, el alunizaje del Apollo, la filmación de una película y otros excesos humanos. Según el folleto informativo, se trata del único museo coreano que tienen ganancias. Una quinta parte de las entradas viene de la taquilla y cuatro quintas partes de la venta de peluches.

Las grutas y los volcanes de Jeju crean una orografía temperamental, suavizada por la vegetación. Todo es verde, húmedo y parece recién hecho. Para el turista occidental representa una arcadia del tercer día, cuando Yahvé inventó la menta.

Una belleza busca marido

En Corea del Sur el chamanismo equivale al culto guadalupano en México. Es profesado por gente de diversas religiones que lo asume como último recurso en las desgracias. Su influencia abarca numerosas zonas de la cutura. Hwang Sok-Yong estructuró su célebre novela El huésped a partir de los doce pasos del ritual chamánico.

Asistí a una sesión en la que una chica deseaba librarse de sus males. Hong Teahan, profesor especializado en tradiciones coreanas, nos citó en la Universidad Kookmin, en las afueras de Seúl. Lo aguardamos en una cancha de fútbol y de ahí caminamos rumbo a una colina.

Subimos por una senda donde las construcciones se volvían más escasas. Entramos a un sitio arbolado, de tierra apisonada, rodeado de pequeños cuartos. A la derecha había una caseta con un baño. Un perro reposaba, atado a una estaca.

Antes de iniciar la sesión, vimos a un chamán parado sobre un cuchillo. Según explicó Teahan, esa suerte de faquir está en extinción.

El chamán que nos atendió tenía voz de mujer y manos de hombre. La amplia vestimenta de colores, mezcla de túnica y kimono, era definitivamente unisex. Cuando lo vi fumar con enjundia de cowboy, confirmé que se trataba de un hombre. Antes del rito, habló por celular, mientras caminaba por el patio. Llevaba zapatos crocks. Se los quitó para pasar a la pequeña sala presidida por una rubicunda deidad que confundí con Buda. Se trataba de un dios de reparto, uno de los 273 que dominan el imaginario coreano. Un tapiz con el tema de un congreso divino mostraba lo sobrepoblado que está el cielo en esa parte del mundo.

En el altar (decorado con flores de papel en tonos encendidos), había nabos y lechugas, un pulpo entero, guisos para la cena. Una vez más, sobraría comida.

Había prisa para iniciar el procedimiento. El aire de los trajines era mundano. El único detalle que me hizo sentir en un lugar sagrado (es decir, donde estoy en falta) fue el siguiente: me pidieron que por respeto me abrochara el último botón de la camisa.

Luego me indicaron mi sitio en el suelo. Ahorraron otros protocolos y comenzaron a servir platillos de variada abundancia en una mesa al centro del cuarto.

La cliente que nos permitiría ver su rito tenía 33 años (como suele pasar en Corea, parecía de 22). Para eliminar los malos espíritus, pasaron sobre ella una bola de arroz recubierta de 33 frijoles dulces.

La chica era zurda, muy hermosa y lucía deshecha. Mi cuchara chocó con la suya en el caldo común. La sensación de intromisión hubiera sido absoluta de no ser por los músicos, que comían con desparpajo y por el chamán de labios pintados y cara blanca por el maquillaje, que salía a cada rato a hablar por teléfono.

Tal vez porque estábamos en las afueras, rodeados de vegetación, había más mosquitos que en el centro de Seúl. En el patio, dos tableros atraían a los insectos con la luz neón y los achicharraban. Cada tanto nos llegaba el chisporroteo sacrificial de los mosquitos.

La premura tenía que ver con la comida. Después de la cena, las pausas fueron lentísimas, el chamán se cambió quince veces de ropa, danzó y descansó mientras la música prefiguraba la eternidad.

El rito chamánico sigue un guión inflexible: purificación, saludo a los diversos dioses, petición a los ancestros, reflexiones sobre la comunidad.

Se reparten papeles de colores que simbolizan destinos, animales, elementos constitutivos de la Tierra, direcciones del cosmos.

Hay un episodio en el que intervienen galletas purificadoras, otro en el que se usan cascabeles, salmodias que tienen o no que ver con los problemas del solicitante. Según nos enteramos por confesiones dichas entre sollozos, la chica que nos permitió ver su rito se sentía abandonada. Era pobre y demasiado vieja para conseguir marido.

En los muchos descansos, el chamán restaba importancia al acto, saliendo a conversar o a fumar. Su actitud era del todo ajena al de la solicitante, que permanecía sumida en el dolor, más allá de todo alivio. Creía en el rito con más fe que los organizadores.

Cuando la ceremonia llevaba dos horas, los músicos me pidieron contactos para hacer una gira por México. Se veían a sí mismos como artistas folklóricos, no como oficiantes de una religión.

El flautista, de 56 años, había aprendido a tocar a los 14. Provenía de una familia de chamanes y no fue al colegio. Desde el principio fue destinado a ese trabajo.

Durante la ocupación japonesa el chamanismo estuvo prohibido. El profesor Teahan explicó que el rito aún es objeto de una persecución silenciosa. Agregó que no hay estadísticas sobre cuántos surcoreanos practican el chamanismo porque se teme que sean casi todos.

Después de enumerar las bondades del rito, el proselitismo pasó a una zona más convincente: los peligros que corren los adeptos. El profesor realzó la fuerza chamánica alertando sobre el excesivo impacto que puede tener. En dos ocasiones había visto a personas enloquecer durante el baile.

Cuando me despedí, cuatro horas después de haber llegado, el ambiente era el de una fiesta que languidece. Los músicos pasaban a los gestos habituales de quienes acaban de tocar: contar billetes y compartir bromas.

La chica lloraba en un rincón.

Definir lo que no existe

Un texto mío, sobre la violencia en México, se tradujo al coreano y una palabra resultó desconcertante. “¿Está bien traducida?”, me preguntaban. Se trataba de “impunidad”.

La noción de “delito” era comprensible; lo mismo que “ mafia” o “corrupción”. Pero algo no encajaba en la posibilidad de violar la ley dentro de la “ley”. Ese esquivo concepto obligaba a poner comillas en cualquier parte de la explicación.

Comenté que no se trataba de un error de traducción, pero me costó mucho trabajo aclarar el término. A medida que luchaba por darme a entender, crecía mi admiración por la cultura donde eso no tenía sentido.

Viaje al centro de la tierra de nadie

El paralelo 38 está ocupado por la Zona Desmilitarizada (DMZ).

Una locomotora teñida de herrumbre se conserva como un monumento a la época en que el tránsito era posible. Desde los miradores, Corea del Norte parece una reserva natural. No hay otras señales de vida que el ocasional movimiento del follaje, movido por algún venado.

En una reja, los niños colocan mensajes sobre la reunificación y los deseos de jugar con sus vecinos del norte.

Recorrí los 265 metros que se pueden visitar de un túnel de kilómetro y medio que los norcoreanos usaron en su invasión. La temperatura es agobiante. La humedad escurre de las piedras. Falta oxígeno. Un esforzada tumba, una necrópolis vacía. Parece inverosímil que alguien se haya sometido a la tortura de cavar esa fosa subterránea.

Al salir, la gente compra un souvenir, una postal, una gorra, una bolsa de té. La guerra, las uñas que rascaron la tierra y la sangre se convierten en un pretexto para vender camisetas. El turismo vuelve a ser un drama del que se trae un llavero.

Rumbo al día anterior

Recorrí el puente de 18 kilómetros que lleva a Incheon. Poco antes de abordar el vuelo de regreso, fui testigo de otro contraste. Unos actores recorrían los pasillos del aeropuerto, con barbas y bigotes honestamente postizos, disfrazados como el rey Sejon y su séquito. Lograron llamar la atención, pero no tanto como un grupo de K-Pop que regresaba de gira. Rodeados de guardaespaldas dos veces más altos que ellos, los esquivos adolescentes de anteojos oscuros provocaron alaridos de admiración y el safari de la fotografía celular.

Durante quince días había estado al día siguiente de mi propia vida, siempre atrás de lo que debía entender. El personal de tierra de Korean Airlines hizo movimientos de tabla gimnástica para anunciar que el vuelo estaba listo. Nuestro destino era el pasado.

Cada 31 de diciembre los coreanos contemplan la luz más nueva del mundo. No se equivocaron al poblar las playas donde amanece antes. Para nosotros, están en el futuro.

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comentarios
  1. Diego dice:

    Excelente!!! Delirante resulta la lectura.

  2. Jose Luis Talancon E. dice:

    Desde que leí ¿Hay vida en la tierra ?pude confirmar el talento, humor e inteligencia irónica del muchacho con amplio presente horizontal y mayor futuro espacial en las letras mexicanas: felicidades y larga vida a Juanito Villoro.

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