El Mini Cooper que llevó por delante a una familia

Publicado: 31 mayo 2012 en Alejo Gómez Jacobo
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Esta es una historia de pérdida sin ausencia. Eso me dijo Jorge Sánchez, el papá de Nicolás Sánchez, el marido de Cristina Andreoni, un mediodía cualquiera de sábado en la ciudad de Córdoba. Él es un hombre que resiste; que sabe lo que es perder.

—Porque te aclaro que el padecimiento se me hizo carne. Cuando te pasa una cosa así, entrás en guerra con la injusticia. No es fácil acostumbrarse, pero jamás me voy a rendir. Ese irresponsable que destrozó a mi familia me dio el propósito de la lucha.

Jorge tiene 58 años y una entereza triste; la demostró aquel sábado cualquiera cuando lo llamé para acordar un encuentro al mediodía.

—No sé. No me siento bien -dijo. Quería evitar la entrevista.
—Pero es un ratito nomás. Luego puede dormir la siesta y recuperarse -argumenté estúpido.
—Qué mierda voy a poder dormir una siesta. Yo ya no tengo tiempo de una vida normal.
—….
—Pero no te preocupes. Te di mi palabra de que nos juntaríamos y la pienso cumplir. Lo único que te pido es que sea al aire libre, para poder fumar. El cigarrillo me tranquiliza.

No es fácil conversar con lo que queda de un padre que alguna vez se sintió más completo: un hijo inválido por un conductor prófugo y una esposa muerta de pena son situaciones que quitan el sentido a las palabras. Nomás queda, entonces, regresar a la esquina donde Franco Morata levantó con su Mini Cooper dos metros por el aire a Nicolás Sánchez.

Sucede que decir cualquier otra cosa -decir que Jorge no llora y que no tiene posibilidad de duelo porque perdió a su segundo hijo pero ese segundo hijo vive- sería una torpeza.

Mayo de 2008 o El impacto que cambió todo. Los testigos no titubearon: el cuerpo pegó contra el parabrisas, dio en el aire una vuelta desarticulada de muñeco y cayó de cabeza sobre el asfalto.

Indignados: los estudiantes que a las 5.30 de la madrugada acababan o empezaban la noche y vieron esa carambola humana en el cruce de las calles Ituzaingó y San Lorenzo.

Nueva Córdoba, el barrio que nunca duerme, concentró su coraje en esa esquina: Yo lo vi, oficial. Todos lo vimos. Era un Mini Cooper azul que subía por Ituzaingó. ¿Y usted puede creer que no frenó? O frenó apenas, el conductor asomó la cabeza y después aceleró. No sabemos bien hacia dónde, esto es un quilombo de gente y autos y luces y no podemos dar muchas precisiones porque todo fue muy rápido. Como una ráfaga. Este pobre chico estaba cruzando y el Mini Cooper lo levantó tres metros. No, no sé cómo se llama. Nadie de acá sabe; iba solo cuando lo atropellaron. ¿Viene la ambulancia ahora? La estamos llamando pero no llega y este chico tiene la cabeza empapada de sangre. ¡Oficial, se está por morir y el que lo atropelló se fue a la mierda! Mire… acá quedó un pedazo destrozado del auto.

El oficial Hugo Roberto Bazán levantó el aro de la óptica y se puso bajo un poste de luz: era una circunferencia de 30 centímetros de plástico cromado. Los estudiantes tenían razón: un Mini Cooper había sido el auto que atropelló a este chico que no sabemos quién es y no reacciona, está acá tirado y nosotros no podemos hacer nada más que ponerle una campera para que deje de temblar. Hace mucho frío.

Uno de los pocos testigos que se animó a acercarse al herido fue Diego Marcelo Arce, un estudiante que, en el juicio que tres años después enviaría a Franco Morata a la cárcel, recordó: Estaba frío y algunos querían abrigarlo y otros decían que mejor no, que mejor no lo tocáramos y esperáramos a la ambulancia. Me arrodillé a su lado y le toqué la mano: temblaba. Con dificultad cerró el puño y me apretó los dedos. Me acerqué un poco más y le susurré que todo iba a estar bien. Unas palabras de aliento. Le sostuve la mano hasta que se lo llevó la ambulancia.

La familia Sánchez empezaba a desmembrarse ese amanecer del 31 de mayo de 2008. En el preciso momento en que a Nicolás le abrían la cabeza en el Hospital de Urgencias para descomprimir una lesión neurológica que en lenguaje médico no se entiende, pero que suena feo: hematoma subdural agudo fronto temporal derecho, fractura parietal, edema cerebral difuso, hematoma subaracnoideo general, hematoma en párpado superior izquierdo.

Jorge: Te lo traduzco si querés. Significa que mi hijo no tiene posibilidad de pensar un futuro. Mucho menos, aferrarse a un pasado sano: no recuerda nada de lo que pasó cinco años antes del impacto. Tiene 26 años, tenía 23 cuando lo atropellaron y 18 de esos 23 años son una cosa en blanco. Significa que Nicolás no tiene lucidez ni para ir al baño por su cuenta. Él está, sí, pero pasa 14 horas por día sentado. Iniciativa cero. Mirá que hago un esfuerzo por acostumbrarme a este callo de vida, pero todavía no puedo. Mi principal obsesión es mantener siempre cerrada la ventana del séptimo piso por las dudas que a Nicolás se le ocurra tirarse.

Apuntes de familia. Cristina Andreoni. Arquitecta. Docente de matemática y plástica en una escuela hogar de Villa Mercedes, San Luis. Madre de tres: Sabrina (27), Nicolás (26), Adrián (22). Casi 50 años al lado de Jorge Sánchez: cinco como compañera de primaria, 15 de novios y 29 de casados.

Después del choque que incapacitó a Nicolás para siempre, ella hizo lo que haría cualquier madre con un hijo débil: sacrificó su salud por la de él. Tensión alta, congoja, nervios, depresión. Qué más da: Nicolás necesitaba a alguien y su madre no pensaba ceder ese lugar.

Tenía 56 años y el ánimo carcomido cuando le advirtió a Jorge que se sabía débil. Se acabó la fuerza necesaria para ver a un hijo herido. Estaba sentada con Nicolás esa tarde del 13 de setiembre de 2010 en la que le dio un derrame cerebral. El noticiero informaba que la Justicia había rechazado la probation –suspensión del juicio a prueba solicitada por los abogados de Franco Morata para evitar el juzgamiento-, por lo que sólo restaba la fecha de inicio en el Juzgado Correccional de Susana Cordi Moreno.

Adrián salía de misa en la Iglesia de los Capuchinos. Su hermana Sabrina, sobrepasada por lo vivido/sufrido con Nicolás, había abandonado sus estudios y regresado a San Luis. Adrián caminó una cuadra hasta el departamento de Hipólito Irigoyen y Derqui y encontró a su madre descompuesta sobre el sillón. Nicolás, al lado, sentado, sin posibilidad de reaccionar.

La mujer falleció al día siguiente en el Sanatorio Allende.

—Murió de angustia -dijo Jorge.
—Murió por un ACV -le explicaron los médicos.
—De angustia -cerró Jorge. Los médicos callaron.

Jorge: A ver, que alguien me niegue que a mi esposa la venció la congoja. Te cuento algo más: 20 días después de la muerte de Cristina, murió mi suegra, Dora. ¿Te creés que esas muertes no van de la mano?

Que alguien se atreva a negar, también, que la vida es una sátira sin sentido del humor: Adrián nació con una discapacidad en un brazo; Jorge, antes de mudarse por obligación a Córdoba, trabajó casi toda su vida en una ONG en Villa Mercedes que asistía a discapacitados; y Nicolás, antes de quedar discapacitado del cuerpo y la reflexión, eligió la carrera de Medicina para ayudar a su hermano Adrián.

Jorge: Cómo son las cosas: Nicolás quería ayudar a Adrián, pero fue Adrián quien terminó ayudando a Nicolás. Te lo digo con lágrimas en los ojos.

Pero Jorge no llora.

Nicolás. Cristina Andreoni no se había rendido por un padecimiento menor: su familia estaba rota. La explicación es concreta, pero no por eso sencilla: después del 31 de mayo de 2008, la familia Sánchez se acostó en San Luis y amaneció en Córdoba. Para los padres de Nicolás comenzaba una nueva rutina: la del destierro.

Así, tal cual suena: corte abrupto de la vida en casa para proteger a un hijo que estaba internado en provincias desconocidas. Porque Nicolás no sólo pasó por la terapia del Hospital de Urgencias y del Sanatorio Allende; en junio de 2008 sus padres consiguieron una de las 46 habitaciones en la prestigiosa Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni) y se mudaron nueve meses a la ciudad bonaerense de Escobar, a la espera de mejoras en su hijo.

Nicolás y Sabrina eran los únicos de la familia Sánchez que vivían en Córdoba antes del choque. Sabrina aprovechó aquella semana de receso en mayo de 2008 para visitar a sus padres en Villa Mercedes. Nicolás también quería, pero el primer lunes de junio debía rendir su undécima materia en el tercer año de Medicina. No sería fácil mantener el promedio de 8,33, pero eso tampoco implicaba dejar de salir por una cerveza.

Salió a tomar algo en la populosa noche juvenil y a eso de las 5 decidió regresar al departamento. Encaró por San Lorenzo, pero nunca llegó.

De ser eso -alguien que se preparaba para rendir un examen-, se convirtió en el informe de esta pericia psicológica: Tiene dificultades para desplazarse por una hemiplejia izquierda. Camina lentamente ayudado por un andador. Debe ser asistido para trasladarse dentro y fuera del hogar, así como para otras tareas relacionadas con la higiene, la vestimenta y la alimentación. Su lenguaje resulta por momentos incomprensible por la dificultad que presenta en la articulación de las palabras. La memoria del trabajo y la memoria a corto plazo se encuentran significativamente afectadas, por lo que no puede estudiar ni trabajar.

La reflexión de arriba pertenece a las licenciadas Marcela Scarafía y Liliana Montero. Ambas apuntaron, también, lo siguiente: Si bien Nicolás refiere que éste es su mayor desafío de vida y que así lo ha tomado, puede observarse por otra parte la presencia de un importante estado depresivo, con ideación suicida recurrente, instalada ya de un modo tal que acompaña diariamente al joven, especialmente en lo que respecta al método que desea usar para darse muerte. La muerte de la mamá agrava la situación de Nicolás, que era una función muy primaria. Frente a la pérdida de la memoria, era la mamá quien le decía quién era y qué hacía. El duelo de la madre va a ser irreversible. No parece quedar un solo aspecto sano en este joven.

Si acaso queda algo sano, se intenta mantenerlo con una dosis diaria de cinco pastillas en el desayuno, siete en la merienda y nueve en la cena.

Jorge lo grafica así: Si le sirvo pescado, primero tengo que sacarle hasta la más pequeñita espina porque él no va a estar consciente de lo que está masticando.

Llevaba cuatro años de novio. Podía suceder que ella lo dejara, y así lo hizo.

Tenía su grupo de amigos. Podía suceder que varios de ellos dejaran de visitarlo con el tiempo, y así lo hicieron.

El hoy de Nicolás Sánchez es un tratamiento continuo con psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas, fonoaudiólogos y kinesiólogos. Una cantidad pesada para un padre de familia que debió dejar su trabajo en San Luis por necesidad obligatoria.

Franco o El juicio del precedente. Hay que ser justos: Franco Morata no tuvo intención de atropellar a Nicolás Sánchez. Ni siquiera lo conocía y no tenía por qué: pertenecían a ambientes diferentes. Pero no fueron las intenciones las que hicieron de Franco el nombre de un paria: fueron sus conductas previas y posteriores a destrozar a Nicolás con el Mini Cooper. Las mismas conductas previas y posteriores que sirvieron como fundamento jurídico para enviarlo a prisión.

Franco es el malo de la historia, aunque no es el propósito de esta crónica que suene como algo personal. Ocurre lo siguiente: si Jorge sabe lo que es perder, Franco sabe lo que es quedarse solo. Ser el momentáneo objeto de linchamiento social.

El juicio “Morata Franco, p.s.a. Lesiones Culposas Agravadas” empezó el 24 de febrero de 2011 y llegó a sentencia el 7 de abril siguiente, casi tres años después de que Nicolás intentara cruzar Ituzaingó y San Lorenzo.

Pero no puede contarse el juicio sin echar un vistazo a la vida del acusado: hijo de Pedro Rey Morata (+) y Gloria Fernández. 28 años. Hermano menor de Federico. Vivió desde siempre en barrio San Vicente. Secundario incompleto. Amante de las carreras de motos. Según él: mozo, cocinero, limpiador de “baños y vómitos de los demás”, vendedor de huevos y dueño de un porcentaje de dos bares en Nueva Córdoba. Tuvo un auto, después otro auto, después vendió los dos y compró el Mini Cooper negro con techo blanco que puso a nombre de su abuela, Carmen Cieri.

La madrugada en que atropelló a Nicolás, dijo, se dirigía a sus bares a supervisar cómo le había ido la noche.

Dijo, también, que no tenía antecedentes por infracciones de tránsito, pero la Justicia Administrativa Municipal de Faltas constató 22: tres por hablar por celular mientras conducía; dos por violar un cartel que prohibía girar a la izquierda; dos por violar un cartel que prohibía estacionar; una por cruzar un semáforo en rojo; dos por circular por carriles selectivos; dos por estacionar sobre un puente; una por estacionar sin pagar parquímetro; una por estacionar en doble fila; una por estacionar en una parada de ómnibus; tres por circular sin chapa patente; cuatro por obstruir el tránsito.

También fue sancionado por zigzaguear a excesiva velocidad con un cuadriciclo y pasar un semáforo en rojo para eludir a un patrullero en avenida Sabattini al 2.500.

Un antecedente demasiado riesgoso para alguien que, a la hora del descargo en el juicio, se atrevió a tutear a la jueza: ¿Vos te pensás que soy millonario? ¡No! He laburado toda mi vida como un burro. Yo no soy un delincuente, ¿me entendés? No le robé nada a nadie. No soy una madera ni un diablo, ¿me entendés lo que te digo?

Después, cuando las peritos psicólogas lo definieron como “una persona neurótica, con rasgos histéricos, psicopáticos y narcicistas”, él les respondió: Ustedes son unas genias por hacer semejante pericia mía y decir las barbaridades que dijeron.

Parecía que Franco hacía lo posible por ir a la cárcel, pero para eso debía seguir esforzándose: nunca en la historia del Poder Judicial de Córdoba se había sentenciado con prisión efectiva a un acusado por “lesiones culposas agravadas” (un delito excarcelable: pena mínima seis meses, máxima tres años).

Los “méritos” de Morata para quebrar ese invicto se dieron con lo que más arriba se nombró como conductas previas y posteriores, y que el fiscal Aldo Patamia reconfiguró “los hechos precedentes, concomitantes y posteriores” del episodio material juzgado.

Previas al choque: su amor por el acelerador / conducir el Mini Cooper con la pierna izquierda inutilizada a raíz de una operación por fractura que le impedía controlar el vehículo / la excesiva velocidad (más de 40 kilómetros por hora) con que transitó por calle Ituzaingó, rumbo al cruce con San Lorenzo / manejar acompañado por dos personas en el asiento delantero, lo que dificultó un maniobrar correcto / no respetar las normas de tránsito que obligan a disminuir la velocidad al llegar a la esquina, a desacelerar ante el semáforo intermitente y a frenar para dar paso a los peatones.

Él hizo juego de luces y tocó bocina, pero no apretó el freno.

Posteriores al choque: sintió el rígido impacto del Mini Cooper contra un cuerpo y escapó del lugar, dejando a Nicolás abandonado a su suerte / pidió presupuesto en la concesionaria Bremen para arreglar las abolladuras y esconder las pruebas materiales / huyó del país y se refugió tres semanas en Uruguay, aduciendo un tratamiento de fisioterapia en la pierna izquierda.

Cuando se entregó, tenía pedido de captura de Prefectura, Gendarmería y Policía Federal.

De ser eso –mozo, cocinero, limpiador de vómitos, dueño de bares-, se convirtió en un prófugo con nombre maldecido socialmente.

El día de la sentencia, la jueza Cordi Moreno adujo la terminología “peligrosidad social”, “personalidad moral desfavorable” y “riesgo procesal de fuga”. La cara de Franco se desfiguró: esos calificativos no sonaban nada bonito.

Lo condenaron a dos años de prisión efectiva y lo inhabilitaron a conducir por cuatro. Aunque es de suponer que la segunda parte, para cualquier acusado, sería lo de menos.

La jueza también ordenó una indemnización de tres millones y medio de pesos para las víctimas que debía ser afrontada por Franco Morata, su abuela Carmen Cieri y la compañía de seguros Berkley Internacional: un intento de compensación por haber extirpado el futuro de Nicolás Sánchez. El fallo civil todavía debe ser resuelto por el Tribunal Superior de Justicia.

En la sala del Juzgado Correccional Nº4 hubo algo de gritos y mucha lágrima.

Epílogo: la justicia permite dormir. Franco Morata salió de Bouwer en libertad condicional el 1 de diciembre de 2011. Cumplió ocho meses -238 días- de la condena de dos años porque así lo permitía una serie de requisitos del reglamento penitenciario.

¿Habrá sacado algo bueno de todo esto?

Jorge: Me causa gracia tu pregunta. Fijate que Morata es un modelo ejemplar: alguien que fue enviado a prisión por sus comportamientos neuróticos y narcisistas y que, apenas ocho meses después, fue liberado porque repentinamente se volvió una buena persona. Dejémonos de joder. Lo único que rescato de todo esto es que no hubo impunidad: Morata estuvo donde debía estar y esa certeza, cuando llega la noche, me permite dormir.

—Pero hay gente que dice que, considerando el daño que causó, estuvo preso poco tiempo.
—Puede ser, pero hay que bancarse un día en cana, ¿eh? Como correspondía, él recibió su condena. Esta historia ya está cerrada.

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comentarios
  1. Juan Manuel dice:

    Esto me hace agarrar el volante con otra mentalidad. No solamente tenemos que manejar con la idea de que es el mejor transporte y también divertido, sino que también estamos usando un arma que se llama auto y tenemos que usarla siendo conscientes de que podemos causar no solo daño a una persona sino a todos los que la rodean. Y ya que es tan fácil sacar un carnet acá en argentina, nosotros mismos tenemos que tomar conciencia a la hora de salir con el auto.

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