Dos caminos para una misma muerte

Publicado: 7 junio 2012 en Marta Sandoval
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PRIMER CAMINO…

El abogado que murió de amor

Se sentó en la banqueta, colocó la bicicleta a un costado y esperó la muerte. Si pudiera elegir cómo morir, Rodrigo Rosenberg hubiera elegido ir a toda velocidad en su Camaro, con la guitarra de Santana sonando a tope. Pero la vida se empeña en torcer los planes y en entregar las muertes menos deseadas. Rodrigo Rosenberg sí pudo elegir su muerte, pero trocó la imagen del carro en la autopista por cinco balazos en la calle.

La mañana del domingo diez de mayo se levantó temprano. Se vistió con ropa deportiva y se dispuso a salir en bicicleta. En sus últimos veinte minutos de vida hizo dos llamadas. La primera a Luis López, su chofer. “Te voy a necesitar” le dijo, “ahorita voy a ir a dar una vuelta en bicicleta pero para cuando vengás seguro que ya he regresado”. Después buscó otro teléfono, un aparato sencillo que acaba de comprar y que utilizaba para hablar con una sola persona. “Colocho, es el Canche”, se identificó.

Del otro lado de la línea Jesús Manuel Cardona escuchaba atento, el Canche iba a darle el sprint para completar la operación, a su lado Nelson Wilfredo Santos Estrada se tronaba los dedos, el momento había llegado. “Háganlo rápido, solo va a estar allí cinco minutos y se va”, les advirtió el Canche.

Fue una operación sencilla, la víctima estaba justo donde les indicaron y matarle fue tan fácil como halar de un gatillo. Terminado el trabajo, el equipo fue a desayunar a Burger King, Lucas Josué Santiago pidió un menú agrandado, como fue el que disparó merecía comer mejor que los demás.

Mientras tanto al final de la Avenida las Américas, en una estrecha y desierta calle, la gente se arremolinaba alrededor de un cadáver. Luis López se abría paso entre los curiosos, su jefe estaba tirado con la bicicleta al lado. El celular del Canche sonaba frenético, pero nadie lo respondió. Jesús Manuel se sorprendió, imaginó que el Canche estaría ansioso por recibir la confirmación del servicio. “Ya contestará después” dijo, aunque por dentro temía que no lo hiciera, que se olvidara de la parte del pago que había quedado pendiente. Eso, de ninguna manera se lo permitiría.

Un video que cambia la historia

“Si usted está viendo esto es porque lamentablemente fui asesinado” las palabras de Rodrigo Rosenberg se multiplicaron por todo el mundo. Un muerto que delata a sus asesinos, y sus asesinos son –nada más– el Presidente y su esposa. Rodrigo estaba tranquilo, hablaba con fluidez y parecía plenamente convencido de lo que estaba diciendo. Había solo una cosa extraña en él: el abogado dos veces divorciado llevaba una argolla de matrimonio.

“La razón de que Gustavo Alejos y Gregorio Valdés hayan ordenado mi muerte, y el Presidente de la República lo haya aprobado, es porque hasta el día que me mataron fui el abogado de dos increíbles guatemaltecos Don Khalil Musa y su hija Marjorie, y sabía exactamente como Álvaro Colom, Sandra de Colom, Gustavo Alejos y Gregorio Valdés fueron los responsables de ese cobarde asesinato, y así se los hice saber a ellos mismos” dejó escrito Rosenberg en su testimonio póstumo.

A Khalil Musa lo asesinaron –pensaba Rosenberg– por un nombramiento que el Gobierno le había hecho para la junta directiva de Banrural y Anacafé: “Es Álvaro Colom, por medio de Gustavo Alejos y Gregorio Valdés quienes le piden su colaboración a Don Khalil Musa para que forme parte de la junta directiva de Banrural en forma ad honorem, sin que don Khalil Musa sospechara de los negocios ilegales y millonarios que se negocian día a día, los cuales van desde el lavado de dinero hasta el desvío de fondos públicos a programas inexistentes de la señora del Presidente”, justificó Rosenberg.

El video causó la efervescencia lógica. Cientos de personas salieron a la calle a exigir la renuncia del Presidente y Colom pidió a la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG) que investigara el caso. “Rodrigo, gracias por despertarnos”, decían carteles en las calles, los guatemaltecos gritaron que estaban hartos de la violencia. La frase de Eduardo Galeano “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez” parecía flotar en el aire.

Con el Gobierno a punto de venirse abajo, la CICIG se enfrentaba al momento más álgido de su mandato. Estaban ante un caso que –de descubrirse verdadero– acabaría con un presidente y sumiría a un país ya desgastado, en una crisis difícil de superar. Carlos Castresana, el comisionado español, recibía una bomba de tiempo. Quizás imaginaba que ante la verdad que hallara –fuera cual fuera– encontraría oposición y crítica.

Lo primero que los investigadores hicieron fue conseguir los videos de las cámaras de seguridad de los edificios cercanos al lugar del crimen. Así lograron identificar a uno de los vehículos en los que se desplazaban los sicarios. Era un carro bastante llamativo, un Mazda 6 con los aros rojos y una enorme calcomanía en la tapadera del tanque de gasolina. Al revisar el registro se llevaron una agradable sorpresa: había menos de cincuenta carros Mazda 6 negros en Guatemala. Uno de ellos estaba domiciliado en San Miguel Petapa; los sicarios habían huido con dirección a San Miguel Petapa, así que todo empezaba a cuadrar. Cuando uno de los investigadores fue a la dirección y encontró el carro aparcado enfrente, con sus aros rojos y su calcomanía, tenían ya a los autores materiales en la mira. Pan comido. Lo difícil estaba por llegar, descubrir quién los contrató.

Botar un palo grande

El Canche no respondió más. William Santos, el jefe de la banda, estaba molesto. Además de la incertidumbre que le provocaba que su cliente no cumpliera con la otra parte del pago, le intranquilizaba algo que había oído en la radio: el tipo al que mataron no era una extorsionador de poca monta, era un abogado famoso. “Botar a un palo grande” casi siempre trae problemas. No sabía por entonces que el Canche era, en realidad, el abogado y que aquel que les dio la orden de disparar fue también el que recibió la bala. Como tampoco podía siquiera imaginar que su línea de celular fue intervenida y que la CICIG lo había oído planear secuestros, tumbes de droga, robos y otras de sus productivas actividades. Ignoraba también que habían identificado ya a todos sus secuaces y que la banda había caído, uno por uno, voz a voz, en manos de los investigadores. Tenía al enemigo en el oído.

El 11 de septiembre William recibió una llamada: “el MP te anda coleando, salí y tirás esas mierdas para otro lado”, le informaron. Los investigadores supieron entonces que no podían esperar más, que era preciso actuar. La banda cayó en pleno, el carro seguía exhibiendo sus aros rojos y su calcomanía.

Para dar con el autor intelectual, un equipo de investigadores siguió las pistas de los teléfonos usados el día del crimen. Dos de ellos llamaron su atención: los que usaban el Canche y el Colocho. De acuerdo a los sicarios, los hermanos Valdez Paiz les entregaron el celular que usaban para arreglar el servicio. La CICIG comprobó que ambos celulares fueron adquiridos por Luis López, el empleado de confianza de Rosenberg. Surgía entonces la duda de si el propio Luis habría tenido algo que ver en el asesinato de su jefe. Pero esa teoría se descartó pronto, cuando el chofer pudo demostrar que había sido Rodrigo quien le pidió que los comprara. La investigación se tornaba cada vez más increíble: la víctima compró el teléfono a sus asesinos. Después expertos en telecomunicaciones hicieron las mediciones para determinar desde dónde salían las llamadas y el resultado fue todavía más surreal: salían del apartamento de la víctima. No había duda, la víctima compró el teléfono a sus victimarios y los llamó para darles instrucciones.

Algo más, Luís Mendizábal les había entregado a los investigadores un número de teléfono, se lo había dado Rodrigo días antes de morir, el abogado simplemente le pidió que lo apuntara y Luis pensó que ese era el número desde el que lo amenazaban. La CICIG volvió a comprobar las llamadas, las de amenaza salían del apartamento de Rosenberg y llegaban al teléfono personal del abogado, que también estaba en el apartamento. La llamada de amenaza salía y entraba en el mismo lugar. Rodrigo se estaba amenazando a sí mismo.

Un largo día de la madre

El diez de mayo Salvador Solares estaba trabajando como albañil en una iglesia evangélica, eran cerca de las nueve de la mañana cuando vio llegar a William Santos Divas con su esposa y su hija; en una mano llevaba un pastel y en la otra un ramo de flores para su madre. A William los vecinos lo conocían bien porque era el hijo del pastor. Si lo que dijo Salvador es verdad, Santos Divas tuvo una jornada atareada: coordinó un asesinato y le celebró el día a su madre. Pero el Tribunal no le dio valor a su testimonio, de acuerdo con ellos, Salvador se contradijo. En cambio sí aceptaron la versión de los fiscales sobre lo que sucedió después, ese mismo día.

Cuando los sicarios se dieron cuenta de que el Canche no respondería el teléfono, optaron por buscar al hombre que originalmente los contactó: Nelson Wilfredo Santos. Acorralado, Nelson no tuvo otra alternativa que molestar a su jefe, estaban en el funeral de un familiar y no era el momento para pedirles dinero, pero los sicarios no esperarían. Le respondió Estuardo Valdez Paiz, primo y amigo cercano de Rosenberg.

Cuando Nelson le aseguró que los sicarios no se quedarían tranquilos hasta saldar la deuda, Estuardo supo que él y su hermano Francisco tenían que arreglar el problema. Se reunieron en una de sus empresas, en la ruta a Villa Canales, allí Jesús Manuel encontró a un Francisco Valdés Paiz completamente abatido: “pero si ustedes mataron a mi primo”, le reclamó. Para los sicarios el trabajo había sido limpio, no se equivocaron de víctima y si ahora resultaba que el muerto era su amigo daba igual, el dinero ya estaba pactado. Los hermanos Valdez Paiz fueron entonces a buscar su caja fuerte, regresaron con dólares. Los sicarios contaron billete a billete y llegaron a la conclusión de que faltaba: “es que ustedes están haciendo mal el cambio, a nosotros nos sale más”. Los hermanos buscaron en sus bolsillos y billeteras lo restante para adecuarse al tipo de cambio de unos delincuentes. Esta historia la contaron los colaboradores eficaces a la CICIG, pero aún no ha sido probada en corte.

El 12 de enero de 2010, ocho meses después del asesinato, Carlos Castresana habló ante la prensa. “Rosenberg se mandó a matar”, aseguró a los periodistas. El caso estaba solucionado. Álvaro Colom y compañía respiraron, por fin, tranquilos. Al principio la CICIG investigó todo lo que Rosenberg decía pero poco a poco fue perdiendo fuerza, las pruebas eran tan contundentes que el castillo de naipes que armó Rosenberg –con el rey en la punta– se venía inevitablemente abajo.

¿Por qué inventar todo eso? La respuesta la supo únicamente Rosenberg, pero los investigadores sacaron algunas conclusiones. Una de las pistas la dio el anillo en el dedo del abogado. Unos días después de la muerte de Marjorie Musa, Rodrigo recibió una llamada, era un joyero que le avisaba que tenía un anillo para él, Marjorie lo había encargado. Marjorie quería demostrarle que su amor era verdadero y que pretendía divorciarse para casarse con él, el anillo le llegó cuando ella ya estaba muerta. “Buenas noches mi Marjorie de Rosenberg. Te amo. Te amo. Te amo”, se leía un mensaje que los investigadores hallaron en el celular del abogado; como ese habían cientos, “Te amo, mi Tinkerbell”, le decía en otra ocasión. En su computadora guardaba una carpeta con fotografías de las cenas románticas que le preparaba. La muerte de la mujer que amaba, como es lógico, lo debilitó. Los investigadores piensan que Rosenberg estaba molesto con el Presidente porque había perdido una licitación para emitir los DPI; con Gustavo Alejos tenía problemas personales y con Gregorio Valdez, rivalidad comercial. Además estaba harto de la violencia, de la inseguridad de todos los días y ese es un reclamo que el Presidente merece, por eso lo acusó.

Los días previos al diez de mayo Rosenberg hizo una serie de preparativos.

Dejó a su socia al mando del bufete. Arregló su testamento. Hizo un poder para que su hijo mayor pudiera actuar en su nombre. Le regaló a su empleada doméstica una joya que perteneció a su madre y pagó el desayuno a todos los miembros de su club de tenis. Pidió que prepararan un espacio en el Cementerio Las Flores para que lo enterraran allí, junto a Marjorie, y dejó cartas para sus amigos más cercanos. Además dio instrucciones a su secretaria para que recibiera un cheque por US$40 mil que llegaría de Panamá, en cuanto lo tuviera era preciso que lo enviara a los hermanos Valdés Paiz. La mujer lo hizo todo tal y como el abogado se lo pidió. Ese dinero serviría para pagarle a sus primos los servicios del sicario. Sin embargo el cheque nunca apareció.

El sábado anterior a su muerte fue a La Antigua con su hijo; en una tienda iba a pagar con la tarjeta cuando la dueña le dijo que si no pagaba en efectivo tenía que cobrarle un recargo, “si quiere, mejor me lo pasa la otra semana”, le sugirió la mujer, Rosenberg era un cliente habitual, así que no habría problema. Pero él no aceptó, le dijo que no importaba el recargo, no quería dejar ninguna deuda. Ese día le pidió a su hijo que no se involucrara en lo que sucediera, que se mantuviera alejado.

Ese diez de mayo un atormentado Rosenberg se sentó en la banqueta, los árboles lo protegían del sol. El cielo amenazaba con soltar un aguacero y su inminente muerte amenazaba con desatar una tormenta. Esperaba al hombre que le ayudaría a terminar con su vida… o esperaba al tipo que le ayudaría a esclarecer un crimen. La verdad, a veces, es tan personal como los pensamientos.

SEGUNDO CAMINO…

El abogado mártir de la justicia

Se sentó en la banqueta, colocó la bicicleta a un costado y esperó al tipo que iba a llevarle las pruebas. Si pudiera elegir cómo morir, Rodrigo Rosenberg hubiera elegido ir a toda velocidad en su Camaro, con la guitarra de Santana sonando a tope. Pero la vida se empeña en torcer los planes y en entregar las muertes menos deseadas. Rodrigo Rosenberg no murió con la adrenalina de la velocidad, sino por los inesperados disparos del hombre que –pensó ingenuamente– le ayudaría a conseguir justicia para la mujer que amaba.

Aquel diez de mayo una lluvia fina y persistente bañó la ciudad. Rodrigo había hecho una llamada muy temprano. Utilizó el teléfono que compró especialmente para comunicarse con “el Colocho” y le preguntó si ya tenía todo listo. El tipo al otro lado de la línea le aseguró que los documentos estaban en orden y que esa misma mañana los recibiría. Rodrigo no sospechó las dobles intenciones del informante y lo citó cerca de su casa, en una solitaria y estrecha calle. Pensó que las piezas del rompecabezas finalmente le llagarían.

Unos días antes, el 14 de abril, Rosenberg recibió una llamada. Era Marjorie Musa: “tengo puesta la blusa que me regalaste, me quedó linda”, le dijo. Poco después del mediodía Rodrigo empezó a inquietarse, algo extraño sucedió, recibía información a medias, había algo que le decía que Marjorie no estaba bien. “¿Sabes qué pasó en la Petapa?”, le preguntó a su amigo Luis Mendizábal. Luis le contó que habían matado a un empresario y a su hija y fue entonces cuando Rodrigo Rosenberg empezó a morir.

Khalil Musa y Marjorie salieron del trabajo para ir a almorzar a casa, pero apenas habían avanzado cinco cuadras cuando un hombre en moto les descargó el arma. A Marjorie la mató una bala que salió del torso de su padre. Quedó tendida en el asiento, vestida con la ropa que Rodrigo le había regalado.

Desde entonces, hallar al culpable del crimen se convirtió en una obsesión para el abogado. Justicia era lo último que podía regalarle a la mujer que amaba. Vio el video del asesinato una y otra vez. Marjorie y su padre saliendo de la fábrica. Después dos motos los seguían de cerca, en el semáforo se acercaban y disparaban sin piedad. Los últimos minutos de Marjorie quedaron grabados y eran la primera pista que lo llevaría a los asesinos. Como había sido abogado de los Musa sabía bien que Khalil estaba siendo amenazado. Primero le habían pedido que aceptara un puesto en la directiva de Anacafé y Banrural, y después lo presionaron para que no lo aceptara.

Rodrigo le confesó a su amigo Francisco Fuentes que estaba investigando, “no puedo permitir que quede impune el crimen de Marjorie”, le dijo, “me metí en cuerpo y alma a investigarlo”. Las pesquisas oficiales avanzaban poco; a pesar de que el empresario había contado que estaba amenazado, las autoridades no daban con el responsable del atentado.

Apenas cinco días antes del crimen, Khalil Musa había enviado una carta para pedir explicaciones, “si me ofrecieron para un puesto directivo en dos entidades, es porque creen en mi honradez y mi rectitud, no por ser vecino de algún personaje. Soy el único director de Anacafé que he devuelto parte de los viáticos no gastados cuando salíamos al exterior en representación de Anacafé (…) lo que me inquieta es por qué tanto revuelo por dos nombramientos que yo nunca pedí”, escribió. Rosenberg empezó a tirar de esos hilos. A Musa le ofrecieron dos nombramientos que obviamente incomodaban a alguien. Solo tenía que averiguar a quién.

El lunes cuatro de mayo fue a visitar a Luis Mendizábal. Iba alterado.

–Ya sé que me vas a regañar, pero lo hice –le dijo.
–¿Qué hiciste?
–Hablé con Gustavo Alejos. Él me dijo “ya dejá de estar diciendo que el Gobierno mandó a asesinar a los Musa, te puede pasar lo mismo a vos”, y yo le contesté: a mí ni vos ni nadie me va a callar, ustedes son unos asesinos hijos de la gran P… y colgué el teléfono.

Mendizábal se quedó atónito. “¡Qué hiciste!”, le gritó. “Ahora te tenés que ir de Guatemala”.

–Me desahogué. No podía aguantar todo esto, respondió Rosenberg. Después le prometió que solo arreglaría unos pendientes y dejaría Guatemala. Pero no cumplió su promesa. Al día siguiente volvió. Se reunieron en la pequeña sala que está en el segundo nivel de la boutique de Luis, desde la ventana se veía la calle, la Zona Viva en su habitual ajetreo.
–Siguen con esta chingadera, me siguen llamando –se quejó–, ayer que llegué al apartamento al nada más prender la luz entró la llamada, me dijeron “ya llegaste” y colgaron.

Luís Mendizábal insistió en que tenía que irse, que eso no era un juego. Rosenberg le aseguró que estaba ya todo listo para partir, pero que antes quería dejar una grabación para blindarse. Ese mismo día acordaron con Mario David García que el próximo jueves grabarían una denuncia para sacarla a luz si llegaban a matarlo. “Una grabación que nunca vamos a tener que usar”, le dijo Mendizábal para tranquilizarlo y para tranquilizarse. Mendizábal conocía a Rodrigo desde que era un niño, lo había visto graduarse del colegio y de abogado, lo quería como un hermano y la idea de que algo le pudiera suceder le causaba angustia. “Te tenés que ir”, le repitió mientras lo veía marcharse.

El viernes siguiente Rosenberg volvió a la boutique, le dejó a Luis cinco sobres y una centena de copias de un DVD, las instrucciones fueron claras: “si algo me pasa, repartilos”. Mendizábal los guardó pensando que nunca iba a sacarlos.

Rosenberg murió con una pregunta dándole vueltas en la cabeza ¿quién mató a Khalil Musa?, ¿quién se ensañó contra un anciano que llevaba 52 años trabajando en Guatemala y nunca tuvo ningún enemigo?, ¿quién le haría daño a una persona para la que todos solo tenían halagos? La teoría no confirmada de la muerte de Rosenberg sugiere que el abogado estaba muy cerca de averiguarlo.

Algunos de los sicarios que participaron en su asesinato fueron los mismos que atentaron contra los Musa. Las investigadoras de la CICIG piensan que esto fue una simple casualidad, “era una banda muy cotizada que operaba a granel y que hacía bien el trabajo” cuentan, “todos ellos se conocían entre bandas y buscaban cooperación, en las escuchas oímos que colaboraban entre ellos y se compartían trabajos” agregan. Pero la otra teoría, la no oficial, sugiere que no fue en absoluto una casualidad. Rosenberg en su investigación logró dar con los asesinos de Khalil y Marjorie; pero como quería llegar hasta el autor intelectual decidió pactar con los sicarios: “si me dan pruebas de quién los contrató para matar a los Musa yo les doy US$40 mil”. Ese fue el trato. Rodrigo esperaba las pruebas, pero el sicario lo traicionó.

¿Quién mató a los Musa?

Para dar con el autor intelectual del crimen de Khalil y Marjorie Musa, la CICIG convirtió a Adelino Morales, uno de los sicarios, en colaborador eficaz. Adelino les contó que quien les había pagado era un hombre de Chimaltenango llamado Felipe Antonio Escobar Sicán, un empresario que vendía telas. Khalil se dedicaba al negocio textil, así que no fue difícil hacer la conexión. Adelino aseguró que Khalil le debía Q300 mil a Escobar, por unas telas que le había comprado. Escobar Sicán, según la CICIG, se dedicaba a robar furgones en Puerto Quetzal para después comerciar las mercaderías. Deberle a un delincuente es, casi siempre, motivo de muerte. El caso estaba resuelto.

La CICIG consiguió que condenaran a Escobar Sicán como autor intelectual del crimen de los Musa, pero fue, a decir verdad, una condena muy extraña. Las juezas admitieron que no hubo móvil ni pruebas suficientes y las investigadoras admitieron que nunca pudieron probar –más allá de la palabra de un sicario– que Khalil debía dinero. En los allanamientos que hicieron a la empresa de los Musa no encontraron telas robadas ni ningún documento que lo vinculara a Escobar Sicán.

La teoría de que Khalil pudo haberle comprado telas a Escobar Sicán se fundamentó en la CICIG con el testimonio de un empleado de los Musa: “El encargado de la bodega de inventario nos dijo que él veía tela que ingresaba con marcas chinas y que ahí la modificaban”, cuenta una de las investigadoras, “lo que no quedó probado era que Musa le debiera a Escobar Sicán –reconocen las investigadoras– no hay testigos que digan que sí le debía, esa parte no la pudimos probar”. Nada más allá de las palabras de Adelino unían a Khalil con Escobar y hay que recordar que Adelino es un hombre que recibe dinero por matar. El testimonio del bodeguero tampoco se pudo probar: “Aunque no encontramos puntualmente si ingresó esa tela ni estaba registrada, sí había diferencias entre lo que entraba y lo que salía como producto terminado”, recalcaba una de las investigadoras.

Sin embargo declararon culpable a Felipe Antonio Escobar Sicán de ordenar el asesinato de Khalil Musa, lo condenaron a 48 años de prisión. “Lo que se desconoce es: ¿cuál fue el verdadero motivo que Felipe Antonio Escobar Sicán tuvo para pagar por esa muerte?, ¿cómo obtuvo el dinero?, ¿por qué se hizo creer que la intención de dar muerte se origina de una deuda contraída por Khalil Musa? Deuda que no existió, no constituyó el móvil del delito” concluye la sentencia. Según el colaborador eficaz, Musa debía Q300 mil a Escobar, pero las cuentas de Musa tenían dinero suficiente para saldar esa deuda, si es que hubiera existido.

La familia Musa no aceptó esa versión. Para ellos fue un insulto que hayan dicho que su padre compró tela robada: “no se imagina el dolor tan grande que sentimos –dice Aziza Musa­– que un hombre como él, que todo el tiempo cuidó su nombre, que fue respetado, un inmigrante que hizo su dinero a puro trabajo, pare en estas historias que no tienen ninguna base. La CICIG nos defraudó, se rieron de nosotros”, se lamenta.

“El colaborador dio ese testimonio únicamente para tener un beneficio”, dice Johan Gómez, abogado de Escobar, él piensa que el colaborador cuando vio la oportunidad de reducir su condena se inventó la historia de la tela robada; como conocía a Escobar Sicán y sabía que él tenía un negocio con telas armó un complot que supuso “creíble”. “Es una burla al Estado, cuando utilizamos la colaboración eficaz, debe existir una comprobación de los medios narrados, si no existe no se puede establecer si es cierto o no lo que dijo”, agrega el letrado. Se acaba de admitir la apelación y según Gómez el juicio se repetirá. “En virtud de haber sido aceptada la apelación interpuesta por motivos de forma y de fondo, nos encontramos esperando la fecha del debate nuevo”, cuenta.

Aziza Musa confiaba que la CICIG estaba investigando lo que Rosenberg dijo en el video; en junio se reunió con Carlos Castresana y él le aseguró que el caso estaba casi cerrado, “lo que dijo Rosenberg es verdad y lo voy a hacer público antes de irme” recuerda Aziza que le prometió. Pero luego Castresana se fue y cuando ella se reunió con el nuevo comisionado la línea de investigación había cambiado. “Me sorprendió porque hacía un mes había hablado con Castresana y era muy raro que hubieran cambiado la teoría. De ahí en adelante nos convertimos de víctimas en perseguidos”, cuenta Aziza. Si Escobar Sicán no mandó matar a Musa, entonces surge un espacio para pensar que Rosenberg tenía razón. “Nosotros creemos en la teoría de Rodrigo”, dice Aziza, “porque mi papá recibió amenazas, su gran problema fue ese puesto que le habían ofrecido. No tenía enemigos, siempre fue una persona de servicio y fue hasta que le ofrecieron el puesto que empezó a tener problemas”.

Tan cerca de la verdad

Rosenberg habló durante más de 20 minutos, en ese tiempo entregó decenas de pistas para solucionar el asesinato de Musa y a la vez descifrar el suyo. En un principio la gente le creyó y salió a las calles. Álvaro Colom tembló y Sandra Torres ardió en cólera. Pero el tiempo volteó la imagen y la pareja recuperó la credibilidad.

Uno de los investigadores que trabajó en el caso Rosenberg asegura que inicialmente “se investigó lo que aparece en el video, pero datos científicos nos fueron conduciendo a otras líneas que son las que están en la sentencia. Si bien se investigó lo que él expone en el video, fue quedando en segundo plano ante la contundencia de la realidad de lo que hoy en día está demostrado”. Las pruebas, como dice, fueron contundentes… ¿o no? Luís Mendizábal cree que no.

Una de las principales evidencias de la CICIG fue la prueba científica que determinó que las llamadas de amenaza salían del propio apartamento de Rosenberg. Pero Mendizábal aclara que era imposible saberlo con tanta precisión. El apartamento de Rosenberg está a apenas veinte metros de la sede de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), las llamadas –dice Mendizábal– pudieron salir de allí: “o del apartamento de arriba, o de abajo o de al lado. Una antena cubre un espacio, y otra otro adyacente, y por eso es como que fueran celdas. Pero cualquier persona que sepa triangular señales sabe que se necesitan tres antenas para conocer la posición exacta, con una triangulación se puede determinar por milímetros la ubicación. Pero aquí hablamos de solo una antena y eso tiene un margen de error tremendo”, asegura.

Entonces las llamadas pudieron salir del vecino de enfrente o de al lado, pero queda un cabo suelto: se demostró que el propio Rosenberg compró los teléfonos que emplearon sus sicarios. Mendizábal también tiene una explicación para eso. Rodrigo compró los celulares con el fin de comunicarse sin riesgos con los delincuentes, les pidió a sus primos que lo ayudaran a entregarle uno al tipo que supuestamente le iba a vender pruebas y él se quedó con el segundo. Tras la muerte de Rosenberg, Mendizábal le entregó a la CICIG un número de teléfono que Rodrigo le había pedido que apuntara. En un principio se pensó que ese número era desde el que Rodrigo recibía las amenazas, pero conforme se investigó pudieron concluir que era uno de los que compró el propio abogado. Conclusión: se estaba amenazando a sí mismo. Pues no. Mendizábal no recuerda que Rosenberg le haya dicho “apunta este número porque de ahí me están amenazando”, sino simplemente: apunta este número. Rodrigo quizá quería que él tuviera el celular con el que se comunicaba con los delincuentes, y las amenazas llegaban desde otro.

Días antes de su muerte Rosenberg arregló muchos asuntos. Fueron los actos de alguien que piensa suicidarse, o de alguien que sabe que en cualquier momento puede ser asesinado. La realidad siempre puede verse desde distintos cristales. Mendizábal duda que Rosenberg se haya suicidado. “Hice amistad sincera con un investigador de la CICIG”, relata. “Esta persona cuando se fue de Guatemala, vino a despedirse y me dijo: vos siempre me has hecho una pregunta, que por qué se cambió el rumbo de las investigaciones. ‘Yo solo te voy a decir una cosa, que espero que entiendas, no te la voy a repetir: la CICIG vino a Guatemala para fortalecer la institucionalidad del país’”, le dio una palmadita en el hombro y se fue.

Ese diez de mayo un atormentado Rosenberg se sentó en la banqueta, los árboles lo protegían del sol. El cielo amenazaba con soltar un aguacero y su inminente muerte amenazaba con desatar una tormenta. Esperaba a un tipo que le ayudaría a esclarecer un crimen… o esperaba al hombre que le ayudaría a terminar con su vida. La verdad, a veces, es tan personal como los pensamientos.

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