Armar la historia de Gloria

Publicado: 28 junio 2012 en Sabina Berman
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Cronológicamente

Tal vez ésta es una historia para ser contada cronológicamente, porque trazada contra el tiempo adquiere una forma simple. El ascenso de una chavita impetuosa a la cima de la gloria del pop-rock latino; su caída en vertical en medio del escándalo, hasta muy hondo en la oscura cárcel, y por fin su nuevo ascenso, empeñoso, otra vez rumbo a la cima más alta.

Una versión así podría empezar con Gloria a sus tiernos 17 años sentada en una sala de espera de la academia del ex cantante, arreglista y compositor Sergio Andrade. Otras 30 chavitas esperan también sentadas. A sus mamás se les dijo: “Bye, bye”, hace un rato, Sergio no audiciona nuevos talentos en la presencia de las madres, que las inhiben.

Es 1984. Son las dos de la tarde en la Ciudad de México. Por una puerta entra otra joven, muy pálida ella, con ojos muy grandes, con los labios voluptuosos pintados de rojo bandera. Mary Boquitas, la llaman. Mary lee de un cuaderno escolar el nombre de la chavita a la que toca el turno de pasar con el maestro Andrade.

El maestro Andrade, el Rey Midas le llaman en el ambiente del espectáculo. Creador de Lucerito, de Cristal, de Yuri, entre otras estrellas.

Dan las cuatro y dan las seis, y sólo han pasado la mitad de las chavitas, el foco del techo se enciende y dan las ocho y las 10 y las 12, y Gloria se ha quedado sola, la última, rezando para que el milagroso señor Andrade sí la reciba por fin.

¿Qué trae en la cabeza esa chava norteña de greñas largas? Se lo pregunto a Gloria, ahora que tiene 41 años.

“Traigo a Jim Morrison en la cabeza. A Mick Jagger y los Rolling Stones. Traigo en la cabeza rock pesado y un estadio atiborrado de raza que con cada guitarrazo y cada lírica se cimbra y aúlla”.

Mary Boquitas, ojerosa, abre la puerta y lee de su cuaderno escolar: “Gloria de los Ángeles Treviño”.

Gloria baja la vista al piso, tímida, y va tras Mary que la conduce por un pasillo y le abre una puerta, y le franquea el paso al salón donde el mítico Sergio Andrade toca en las teclas de un Steinway de cola abierto. Por su prestigio uno supondría que es un viejo maestro, pero no, tiene apenas 30 años, y sin embargo la seriedad de un hombre torturado por la conciencia de su propia importancia. Delgado, en un traje negro impecable, la camisa blanca con el primer botón desabotonado, la quijada cuadrada y ojos negros bajo cejas espesas. Sigue tocando en las teclas una melodía suave y Gloria petrificada espera que la note.

La mira por fin, y sin dejar de tocar le dice: “Acércate, a ver, ¿qué tienes para enseñarme?”.

Gloria toma aire. Le canta a capella “Amor cavernícola”, un rock monótono, primitivo: cavernícola en efecto, pero cantado con muchas agallas y saltitos rockeros.

Sergio no está impresionado. Pero pregunta si la composición es de ella. “Es mía”, asegura Gloria. Agrega: “Tengo como unas… 52 canciones compuestas por mí”.

Sergio tampoco está impresionado, se pone en pie y la rodea. “Eres demasiado alta —dice—. Estoy buscando chavas para un nuevo grupo de rock, pero tú eres, sí, demasiado alta. A ver, quítate los zapatos”.

Gloria se descalza ante el señor Andrade.

Musicalmente

Boquitas pintadas es un grupo que no trasciende. Le sirve a Gloria sin embargo para quedarse a vivir en la academia de Andrade, toma clases de la mañana a la noche, de teclado y composición y de baile, y de paso se hace novia del maestro, aunque el maestro es pareja de Mary Boquitas, incluso es civilmente su esposo.

“¿Lo sabías tú o él te engañó?”, le pregunto.

Gloria niega con la cabeza y dice: “No, no”. Pero se refiere a que no quiere hablar conmigo de eso. Ni conmigo ni con nadie. Ésa es la prehistoria de su vida. “Mejor hablemos de la música”, dice.

Me río. “¿Crees que puede contarse tu vida sin mencionar a Sergio Andrade?”, le pregunto.

“Puede contarse sin mencionarlo”, me asegura.

Y es que odia que su historia siga enredada con la de Sergio, odia responder por asuntos de su adolescencia, ahora que es una mujer distinta, que tiene dos hijos y un marido y ha pagado de sobra cualquier imprudencia de su ayer. Caray, quiere hablar de música. Mejor aún, hacerla.

Así que por lo pronto hablamos de cómo aprendió a armonizar. Cómo aprendió a reconocer su voz y fue construyéndose su estilo. Cómo fue juntando las canciones de su primer álbum.

Estamos en casa de su suegra en Tampico, donde vive con su marido Armando Gómez, en un estudio con un tapete de pelo tan alto que parece un césped salvaje de estambre, y Gloria, sobria, va en vaqueros y suéter negros, botas, el pelo recogido, cero maquillaje. Es muy apuesta, aún sin maquillaje. Se parece a Gina Lollobrigida en su mejor época, la de su cuarentena, aunque es más esbelta y más fría.

Es decir, más fría hasta que canta. Me tararea “Pelo suelto”. La canta a media voz, ella misma imitando la instrumentación de los puentes musicales. Me canta “Doctor psiquiatra”, riéndose de pronto del candor adolescente de la letra. Me canta en voz queda “Con los ojos cerrados”. Estamos entrando a sus canciones románticas, las dolorosamente dulces. Le pido “El recuento de los daños”, una de mis preferidas. A media canción me dice: “¿Escuchas las letras?, yo le canté al público mi vida personal, yo era un libro abierto”. Y vuelve a la melodía de “El recuento de los daños”…

En este concierto privado, a media voz, no le sucede ninguna nota desentonada. Ni un fuera de ritmo. Me acuerdo de una sesión en que entrevisté a las Flans en el estudio de grabación, hace 20, 25 años. Los ingenieros de sonido laboraban como relojeros inclinados sobre las consolas para ajustar las notas erradas, para jalar las sílabas demasiado cortas hasta llenar el compás. Nada de eso pasa con Gloria. Canta, así en frío, sin un solo yerro.

Así fue su primera grabación. Sin un solo yerro. Estando en Los Ángeles, recientemente, un ingeniero de sonido me relató que en los Miracle Sound Studios, donde él trabajaba hacía dos décadas, sólo dos cantantes habían grabado un disco de forma impecable; es decir, cantando cada canción en una toma, sin un solo yerro. Tina Turner y Gloria Trevi.

“Te digo qué es la fama, según Sigmund Freud”, le digo a Gloria. “Dime”, dice. “Ser amado por millones de desconocidos”.

Gloria asiente: “Es una emoción maravillosa —dice— saber que tus canciones entran al corazón de millones”. Me dirá otro día: “Muchas veces en mi carrera, cuando vivía con Sergio, quería que nunca terminara el concierto; no quería tener que dejar de cantar y volver a mi vida personal, llena de… —titubea, se le humedecen los ojos— …de malos tratos”, termina. Las lágrimas se le resbalan y comienza otra frase: “El público no tenía que rogarme, yo estaba lista para seguir cantando otra canción extra, y otra y otra”.

Sí, el hilo principal de la historia de Gloria, si ha de ser contada sensiblemente, tendría que ser la música; su música, por la que Gloria se partió el corazón, por la que vivió lo que todavía le resulta casi indecible; la música que también le dio los orgasmos del tamaño de los estadios retacados de raza cantando con ella y la dicha inmensa de la fama; su música que es ahora la fuerza que la impulsa contra las apuestas de sus detractores para llegar otra vez al estudio de grabación, otra vez al ruedo del escenario, otra vez a la felicidad de cantar para millones.

Me dijo una tarde Jesús Ochoa, el actor: “Yo soy feliz sólo en escena, con un personaje que interpretar. Sólo ahí sé quién soy. Lo demás es pura espera”.

Esa impresión me da también Gloria. Todo es espera, hasta que canta.

Ese día en Tampico, prende el aparatote de sonido que tapiza una pared y me canta a todo volumen “Cinco minutos”, canción de su último disco. Se tuerce a la manera Trevi, un hombro en alto, un zapatazo al aire. Marcha por el tapete salvaje las piernas muy altas, sube a un sofá, todo sin perder un compás, una sílaba, una nota. Gloria por fin completamente libre, cantando a todo pulmón.

Éstos son los compositores que han marcado los últimos 50 años de nuestra música popular en México: por orden de aparición: Armando Manzanero, Juan Grabriel, Gloria Trevi. Esta afirmación debiera bastar para contar la historia de Gloria, si sólo siguiendo las melodías de sus sucesivas canciones fuese suficiente para cualquiera, pero. Pero. Pero no lo es.

Es imposible contar la historia de la música de Gloria evadiendo la historia paralela de los hechos de su vida personal, porque precisamente es esa historia personal la que la destronó de la cima de la fama y cerró sus labios durante cuatro años y hace un rato le humedeció los ojos: su sinuosa vida personal alejada de las buenas maneras sociales es la que también le hace tan difícil al público tomarla, de forma simple, como una cantante y compositora espectacular.

Me susurra mi sobrina Francine, de 11 años, alumna de la escuela de niñas bien, el Regina: “Gloria Trevi me vuela los sesos”. Repito que me lo susurra al oído, y es para que no la oiga su mamá, que ya le advirtió que está mal ser fan de esa señora, la Trevi.

El lado oscuro

No hay opción, si se cuenta completa la historia de esa señora, la Trevi, hay que contar igual sus indignidades. Y esta historia debe tener más o menos al centro un dormitorio de un departamento modesto, estrecho, en Río de Janeiro, Brasil, 15 años después de que Gloria conoce a Sergio Andrade y un año después de que Gloria, en el clímax de su éxito, se retira de los escenarios.

Sergio entra de la calle sobresaltado y le pide a Mary Boquitas que prepare los pasaportes. Tiene 46 años, ha aumentado 15 kilos de peso, está sin rasurar y usa lentes. Irrumpe en el dormitorio donde Gloria duerme, sedada. Le palmea las mejillas.

—Tenemos que irnos —dice—. Vístete, Gloria.
—Quiero ver a Ana Dalai —susurra adormilada Gloria.
—Vístete y vamos a ver la tumba de nuestra hija en el cementerio —le asegura Sergio.

La bebé de ambos ha muerto hace unas semanas, y la vida diurna le es insoportable. Los tres bajan a la calle, vestidos en vaqueros baratos, ellas con camisas de hombre anudadas al frente, dejando ver sus ombligos. Así serán retratados por la Interpol, que los sigue. Así serán retratados en el momento de la captura. Las fotos recorrerán el mundo donde se habla español. Han estado prófugos, escondidos en una zona proletaria, viviendo una vida paranoica de parias.

Ante la cárcel de la Papuda, enclavada en la entraña verde de la jungla, ya los esperan las cámaras de las televisoras del mundo en español. Los reporteros hablan ante los sucesivos lentes de cómo el trío fue detenido, “debido a las órdenes que pesan sobre ellos por los delitos de corrupción de menores, rapto y violación en perjuicio de la joven Karina Yapor de 14 años”.

Pero cuando la camioneta donde viajan los presos llega a las rejas y las rejas se abren, todo lo que las cámaras pueden captar es un beso que Gloria, tras la ventanilla sucia de la camioneta, pone en su palma y les sopla. Luego la camioneta entra a las fauces de la cárcel y las rejas se cierran con un estruendo metálico.

Gloria y los supermedios

Personas de 50 años, de 40, de 30, me dicen que recuerdan esa emisión de Siempre en domingo donde esa chavita llamada Gloria fue presentada por primera vez al público masivo mexicano. Corrijo, más bien hizo explosión en la conciencia del público mexicano.

Yo lo recuerdo así. En pantalla había un acto circense de perritos amaestrados. Saltaba un perrito de un trampolín por un aro. Otro caminaba en dos patitas con un parasol rojo amarrado al hombro. Creo que me equivoco y es que mi mente me ofrece una metáfora que engloba el valor de la mayoría de los actos de ese programa interminable, ocho horas de “freséz”, de artistas producidos en serie por la fábrica de estrellas de latón de aquella Televisa que era el pri del espectáculo. Salvo unas cuantas excepciones muy notables, claro, eso era Siempre en domingo, la institucionalización del arte, ese contrasentido estéril.

Entonces el maestro de ceremonias, el señor de la sonrisa eterna, Raúl Velasco, pide un sentido aplauso para los perritos amaestrados y luego promete que presentará a una nueva artista que resultará inolvidable. Y sale a la luz de la escena esa cosa rara, una chava en faldita corta (“para enseñar pierna”, me dice riendo Gloria de 41 años), con mallones negros (“para ocultar mis muslos demasiado anchos”), con zapatos viejos (“son los que tenía”) y la matota de pelo (“la que todavía tengo”).

Micrófono en mano grita la primera frase de “Doctor psiquiatra” (“de puro nervio la grito”, cuenta Gloria): “Creo que ya es tiempo… de ir con el psiquiatraaaa…”.

—¿Tenías preparada la coreografía que bailaste?
—Cuál coreografía ni qué ocho cuartos. Ya estando ahí, hice lo que se me ocurrió, lo que pude. Saltar, patear el aire. Tirarme al piso.

Sube los escalones de la butaquería y se mete con el público, toma una maceta y la deja caer y estrellarse en el piso. Es perfecto para la letra de la canción (“No, no, no, noooo, no estoy loca, estoy desesperada…”), baja las escaleras y bota y rebota en el piso y se tira al piso otra vez y patalea el aire y la gente se ríe, aplaude, se divierte, grita, ¡se despierta!

¡Le cree!

Lo más difícil para cualquiera en aquel México de finales de los ochenta: ser creíble. Ese México de los artistas controlados por Televisa, los periodistas acotados por el poder, los políticos de rodillas ante el Presidente, aunque estuviesen parados. El México de la simulación, ese que todavía no se nos acaba mientras otro, verídico, forcejea por salir a la luz.

Cuenta la leyenda que don Emilio Azcárraga Milmo, presidente imperial de Televisa, ve la transmisión en su casa y llama alarmado a la cabina de control de cámaras, ordena que esa locura acabe pronto y que las cámaras se ciñan al close up hasta el acorde final.

En todo caso Raúl Velasco despide a Gloria con su sonrisa eterna. Le dice: “¿Así que estás loca?”. Gloria replica: “No, nada más estoy desesperada”. Él pregunta juguetón: “¿Desesperada por qué?”. Gloria dice: “Estoy desesperada por ser feliz, por cantar, por ganarme el corazón de la gente… y por quitarte los anteojos”, y se los quita, y Raúl con los ojos en ranuras dice a cámara: “No se vayan, porque aún hay más”, y manda a comerciales de pastelitos recubiertos de falso chocolate.

En dos semanas, tres canciones del primer álbum de Gloria llegan al top ten de las ventas en Latinoamérica. Arranca la trevimanía. Siguen los álbumes de éxito. Los conciertos en estadios hasta el tope. Se forman los clubs de fans. Andrade convoca a un concurso de imitadoras de la Trevi y cada niña mexicana quiere tener el pelo largo y enredado, usar mallones rasgados, usar zapatos viejos, estar desesperada por estar feliz.

Es algo más que una moda. En ese México de simulaciones, Gloria es alguien auténtico que se ha colado al espacio público dominado por las mentiras, para decir verdades que entre tanta falsedad suenan a explosiones de dinamita. Las mujeres estamos hasta el queque del machismo, queremos libertad y satisfacción. La Iglesia se equivoca al ser un poder represivo. Los gays tienen derechos porque pagan impuestos.

Gloria se vuelve un espejo: todos estamos desesperados como ella por cantar y ser felices y llegar al corazón de nuestros congéneres.

Gloria, y Andrade tras bambalinas, preparan entonces actos más insolentes. Un calendario de desnudos de Gloria. Al otro año, otro calendario más prendido, con burlas a los anquilosados símbolos patrios, y en los márgenes esas extrañas niñitas desnudas, ésas como clones de Gloria. Al otro año, otro calendario, otro álbum de canciones mejores.

Claro, Andrade es un genio para extremar la ganancia económica, pero también posee la adicción del transgresor, la de transgredir cualquier límite. La raza sólo mira a Gloria, la ama porque ella sí ha logrado desnudarse y ser rebelde a un tiempo, y eso en la dictablanda del pri donde todos viven doblados ante el poder, disfrazados de corderos. Los intelectuales empiezan a amarla por lo mismo, amén de porque ella los conecta con la raza. En Gloria coinciden el amor de los chavos proletarios y los chavos bien, y el de Elenita Poniatowska y de Carlos Monsiváis, los jefes de la tribu de los intelectuales de izquierda de entonces. El suplemento cultural del periódico unomásuno le dedica un número a Gloria lleno de fotos de ella desnuda y versos dizque de alta poesía.

Por eso es tremendo el desengaño. Primero el absurdo retiro de Gloria de los escenarios, que según me cuenta es todavía más absurdo de lo que pareció: “Un día, estando en pleno concierto ante 10 mil personas en el Auditorio (el Auditorio Nacional de la Ciudad de México), sin aviso alguno Sergio me dice anúnciale a la gente que éste es tu último concierto. Me lo pide como una prueba de amor… Para que le demuestre que para mí, él es más importante que mi carrera…”.

Después, lo peor. El libro de una ex corista de Gloria y la denuncia de los padres de otra chava del cortejo de Andrade, más las indagaciones de la prensa del espectáculo, van revelando que Andrade nunca le devolvió tanta fidelidad a Gloria, ha sido el pashá de un harén de jovencitas émulas de Gloria.

Los hechos morbosos fascinan al público, pero lo que les duele es el engaño, el fraude. Otro fraude más en Latinoamérica de los fraudes, esa de los finales del siglo xx.

“¿Qué fue lo que más te preocupó?”, le pregunto a Gloria. Me dice: “Que iban a decir que yo no era tan rebelde como me suponían. Pero te digo algo, yo nunca me fingí más rebelde de lo que yo soy, sólo que había mucha gente que no ponía atención a mis canciones, como “El recuento de los daños”, “Con los ojos cerrados”.

Ni siquiera cuando las rejas de la cárcel se cierran tras ella con un estruendo metálico cesa el acoso de la prensa. La fotografían con teleobjetivos. La siguen a las sucesivas cárceles a donde es trasladada. La prensa cubre las historias de las niñas clones del “clan sexual” de Sergio. Laura Suárez, corresponsal del programa de Paty Chapoy, el de mayor audiencia en el periodismo del espectáculo en español, destapa más y más hechos penosos que encuentra en Brasil, en España, en Argentina. Una presa liberada escribe su propio libro sobre cómo era Gloria en la intimidad de una celda. Dos chavitas más del “clan” escriben sus propios libros confesionales. Un ex fan, escribe un largo reportaje periodístico. El escándalo es una vaca con leche amarga sin fin.

Paty Chapoy me lo cifra así: “Cuando Gloria (en sus inicios), venía a mi programa, el rating subía 18 puntos”. Más tarde, a pregunta expresa, Paty Chapoy me confirma que cuando tenía noticias frescas del escándalo, el rating también subía. Me precisa Laura Suárez: “Pero nosotros no inventamos los hechos, nada más los reporteamos”.

Igual otros periodistas del espectáculo han dicho públicamente que la desgracia de Gloria fue un boom de rating impresionante para sus programas. Así de simple, las noticias sobre Gloria, fueran buenas o atroces, vendieron igual de bien. Hay que agregar a sí mismo: fueran producto del buen periodismo, ese de las verificaciones estrictas, o mentiras oportunistas o irresponsables fabulaciones.

Gloria me cuenta de un estudio realizado en la unam que calcula que ella ingresó en taquillas, hasta antes de su apresamiento, 80 millones de dólares. “¿De esos 80 millones, cuántos fueron para ti?”, le pregunto. Palidece al confesar: “Nunca tuve dinero propio. A mí lo único que me interesaba…”. Titubea y yo le completo la frase: “…era cantar”.

De cierto, nada más una vez en su vida Gloria no ha deseado cantar. Sucedió, previsiblemente, en la cárcel de Brasil. Marcelo Borelli, asaltante de leyenda, se frustró tanto de ya no escucharla cantar que le ofreció 50 mil dólares para que lo hiciera. Gloria le respondió tocándose el corazón: Borelli, es que ya no tengo con qué…

De nuevo cuesta arriba

Nuestro primer encuentro, en el Hotel Meliá de la Ciudad de México, en 2007, sucede a las horas en que Gloria debió estar cantando en el Salón 21, pero el concierto se canceló.

En Tampico, en 2008, todavía podemos ir a un restaurante a platicar, la reconocen, le piden un autógrafo, ahí para.

Ese mismo año en Monterrey, fuera del palenque ya hay reventa con empujones e histeria mientras adentro Gloria ensaya con sus músicos y bailarines, dirigiendo desde la coreografía hasta los coros, hasta los niveles de la consola. Una artista en plenitud del control de su talento.

En la noche, 10 mil almas llenan la butaquería. Cada canción de Gloria, cada sílaba, la canta el público y la cantan los tramoyas y las canta, y no exagero, el despachador de cervezas. Todos los presentes nos sabemos cada sílaba de las canciones de Gloria. De Pelo suelto de los años ochenta hasta Cinco minutos, recién salida en el último CD.

El público no puede ser más diverso. Chavos pero también cuarentones, como Gloria, y cincuentones. Raza pero también niños bien. Gays y transexuales, pero también machines de bota y sombrero. Gloria de nuevo es un eje social. Y Gloria es perfectamente feliz y natural siéndolo, cantando domina el escenario y tiene conciencia hasta de la última fila.

Cuando Gloria canta “Una rosa blu”, una mujer en las últimas hileras grita: “¡Gloria!, ¡Gloria!”, el seguidor de luz la enfoca, es una mujer de 40 años con una pañoleta en la cabeza rapada, una mujer con cáncer, probablemente. Gloria gira el torso para cantarle directamente a ella y la mujer en pie canta con Gloria, el resto del público calla y atestigua. Es magia pura, 10 mil personas presenciando el íntimo amor entre Gloria y una fan herida por la desgracia. Vale precisarlo: así se cantan una a la otra la canción entera.

Al inicio de 2009, nos encontramos en el hotel Camino Real de Santa Fe, para lo que yo llamo la “sesión de precisiones”. Ahí se hospedan Gloria y Armando porque a unas cuadras está el set de El show de los sueños, programa de Televisa en el que Gloria sale cada domingo en red nacional. Ya todo debe ocurrir con sigilo, encontrarnos en un apartado, los guardaespaldas y Armando vigilando afuera, la diva ha vuelto a ser reconocible para cualquier ciudadano de a pie, hay que tener cuidado con los paparazzi y sus informantes, que pueden ser el mesero o la recamarera o aquel señor calvo que se ve tan decente leyendo un periódico. Cinco minutos es la canción que domina el año entero en las discotecas, Gloria está bookeada para conciertos hasta el año siguiente.

Hace apenas dos meses, en marzo de 2009, nos citamos por última vez en un restaurante del aeropuerto de la Ciudad de México a las nueve de la mañana. Su representante llega tres minutos antes, sus dos guardaespaldas grandotes y en chamarrotas de piel negra llegan dos minutos antes a otear el lugar, Gloria y Armando entran con lentes negros a las nueve y un minuto. Nos felicitamos unos a otros, somos tan efectivos como James Bond.

Gloria quiere saber cómo voy, luego de 15 horas de grabaciones con ella. “Ya sé cómo contar tu historia”, le contesto. Me dice algo que me ha repetido: “Lo único que yo quiero es darle por fin la vuelta a la hoja de mi pasado”. “La mejor manera es contando tu pasado”, le vuelvo a replicar, como otras veces. “Sí, que se sepa toda la verdad y ya”, dice, pero lo dice sufriéndolo.

Me suelta a rajatabla: “Sé que haz hablado con Paty Chapoy”.

Le digo: “Así es, y la encontré muy profesional a ella y a Laura Suárez. Les pedí cifras, fechas, me narraron hechos que he verificado. Además debo hablar todavía con Mengana y con Zutano, y la investigadora Rocío Bolaños está calificando la verdad de cada dato de lo que va reunido”.

“Qué bueno”, dice Gloria. Yo le suelto a rajatabla: “¿Y tú ya me investigaste a mí?”. Dice que sí, y sonríe. No se lo digo pero me parece que es esa la segunda inocencia que la vida nos regala: creer con los ojos muy abiertos.

Me acuerdo entonces de Francine, mi sobrina de 11 años, que tiene que susurrarme al oído que Gloria Trevi le vuela los sesos, para que su mamá no la regañe. Pienso que para Francine, Gloria es una compositora y cantante espectacular, pero es algo más: es un aviso tentador de una realidad más grande que la de su mundo sobreprotegido de niña bien. Una realidad más grande que la de las estrellitas bien portadas de la tele. Una realidad con cimas sublimes y simas oscuras y sucias: como son las historias de Jim Morrison y Tina Turner y Édith Piaf, músicos peligrosos como la pólvora, la pasión, la complejidad, la perversión, la locura; o la poesía.

En todo caso, hasta acá mis apuntes para armar el guión de una película sobre Gloria Trevi. Una película que ahora pienso debe contar su primer ascenso meteórico, su caída en vertical al infierno y su nuevo ascenso a la gloria; y también, entremezclados, los episodios claves de su vida personal y de su relación de amor y odio y nuevo amor con los fans y con los supermedios de comunicación; y todas esas piedras brillantes y opacas, preciosas y brutas, unidas por el hilo de su música.

Su música: la melodía interna de Gloria que nada, nada, nada ha podido callar.

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comentarios
  1. Vladimir dice:

    “Éstos son los compositores que han marcado los últimos 50 años de nuestra música popular en México: por orden de aparición: Armando Manzanero, Juan Grabriel, Gloria Trevi.” ….. pense que se sabia de lo que se hablaba (Joan Sebastian por ejemplo pues que paso donde lo dejaron), se lee bien mas busca el endiosar o justificar algo, que tiene mucho mas de fondo. GRACIAS POR COMPARTIR!.

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