La vaca sagrada

Publicado: 2 julio 2012 en Josefina Licitra
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Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Miramos por la ventana. Hay que pasar las horas. Al otro lado del vidrio hay cielo, pasto, silos, vacas, postes, camiones, cables, vacas, girasoles, vacas, soja, vacas, tractores y más vacas.

―La verdad –dice él–, nunca le saqué fotos a una vaca.
―La verdad –digo yo–, nunca escribí sobre una vaca.

Hacemos silencio. Lo demás es paisaje.

En Balcarce, en un campo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, en un corral prolijo y en este día limpio y sin viento, una vaca –Rosita– nos está esperando.

***

La primera vez que supe de la existencia de Rosita fue el 6 de junio del año pasado, cuando dos veterinarios del Grupo de Biotecnología del INTA Balcarce –Germán Kaiser y Nicolás Mucci, ambos Magister en Producción Animal– y un doctor en Biotecnología y Biología Molecular de la Universidad Nacional de San Martín –Adrián Mutto– hablaron de la vaca durante una videoconferencia con Cristina Fernández de Kirchner. El despliegue tenía sentido: Mutto, Mucci y Kaiser habían logrado un procedimiento único en el mundo: habían clonado un bovino y –esto es lo nuevo– en un mismo evento le habían metido dos genes humanos para que, llegado el caso, el animal produjera leche maternizada.

Cuando escuchó eso, la presidenta se sintió exultante. Todos allí –y eran muchos– se sintieron exultantes.

―Esta vaca es un auténtico orgullo para los argentinos –dijo Cristina Fernández, y luego dudó–. Ahora, alguien me dijo que le iban a poner Cristina… ¿qué mujer se banca que le pongan su nombre? Sólo a un hombre se le puede ocurrir.

El animal, en realidad, ya tenía un nombre: le decían ISA, una sigla que refiere al INTA de Balcarce y a la Universidad de San Martín. Pero la Presidenta cambió el plan.

―A mí me parece muy simpático que se llame Rosita –dijo–. Rosita ISA.

Así fue como Rosita ISA se presentó en sociedad, y así fue que Cristian Alarcón –jefe supremo de Anfibia– decidió hacer algo al respecto.

―Tengo una GRAN crónica para hacer –dijo días después–. ¡Quiero que cuentes la historia de esa vaca!

Se dicen muchas cosas sobre Cristian y su habilidad de persuasión. Todas son ciertas. Dije, entonces, “sí”. Y Sebastián Miquel –el fotógrafo– también habrá dicho que sí. Y la consecuencia de todo eso es que aquí estamos: recién bajados del ómnibus en Balcarce, recién subidos a un auto en el que van Nicolás Mucci y Germán Kaiser, y a poco de llegar a la Estación Experimental Agropecuaria Balcarce2 del INTA: el lugar donde nació y vive Rosita ISA, o ISA Rosita, o en cualquier caso: la primera vaca transgénica clonada por el Estado.

―ISA –dice Mucci–. Nosotros le decimos ISA.
―Lo de Rosita es, a ver… –Kaiser elige las palabras–. Lo bajó la presidenta y bueno: también se llama Rosita.

Mucci y Kaiser conducen por adentro del predio del INTA. El lugar es un pueblo de varias miles de hectáreas, y ellos parecen ciudadanos comunes sometidos a los ritmos y los modos de los mundos tranquilos. No lucen –en síntesis– como científicos. Germán Kaiser tiene 42 años, juega al básquet, es de Mar del Plata y tiene el porte eficiente de los hombres de club. Mucci tiene 38 años, es de Balcarce, jugó carreras de motocross, y su cara –sus ojos chicos, la mirada esforzada– remite a las caras de los deportistas de disciplinas con nieve.

Ambos –Mucci y Kaiser– son dos aves raras y atléticas que ahora merodean los campos. A la izquierda y la derecha –señalan– hay grandes extensiones destinadas a la experimentación en las que el INTA de Balcarce –junto con la Universidad de Mar del Plata– hace cruces propios de la ingeniería agronómica. A los lados, junto con los campos, también van pasando algunas construcciones: una guardería, un pequeño residencial, un pabellón universitario (acá está la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Mar del Plata), un laboratorio y varios otros edificios dependientes del INTA.

Nos detenemos en uno: el Departamento de Producción Animal. Acá trabajan Mucci y Kaiser. Afuera de la construcción, cuatro mujeres los ven llegar y tratan de venderles un sándwich a veinte pesos. Mucci responde que no. Que es caro.

―¡Qué va a ser caro, si se llenaron de plata con la Rosita ustedes! –dice una, y todos ríen.

En el predio del INTA hay unas 2,000 personas circulando –entre investigadores y alumnos– y todos, desde que se hizo pública la historia de la vaca, saben quiénes son Kaiser, Mucci y Mutto (que vive y trabaja en Buenos Aires, pero viene con regularidad). En términos académicos, son los tres responsables de que hoy un rumiante tenga dos proteínas humanas e impensadas en su cuerpo. Pero, en términos más domésticos, Kaiser, Mucci y Mutto son, simplemente, tres chiflados que a lo largo de dos meses compartieron casa –y a veces lecho– con una vaca clonada.

―Vamos a verla –dice Kaiser con una llave en la mano.

Para llegar a la casa de Rosita hay que caminar quinientos metros. El lugar, de todos modos, puede verse desde lejos: en el medio de un campo lacio, lejos de cualquier otra marca humana o animal, hay una construcción sólida y de líneas rectas, secundada por un redil de tamaño moderado. Avanzamos hasta allí, y luego entramos. La casa de Rosita tiene una cocina chica, un baño, dos habitaciones y una especie de sala de estar con un revestimiento de azulejos blancos. En las paredes, con marcador grueso, alguien hizo un gráfico (una explicación elemental del proceso de clonación), alguien anotó un número de teléfono (“Por cualquier problema llamar a Adrián o Germán”) y alguien festejó un cumpleaños (“¡Feliz cumpleaños, Rosita!”). La sala, a su vez, está signada por un inmenso ventanal que da al corral. Allí, mirando con ojos bobos, está la vaca.

―Hola tetona –dice Mucci y sale de la casa, se acerca, rasca la papada de Rosita–. ¿Te vas a portar bien hoy?

Rosita es marrón. Y tiene cara de rumiante: los globos oculares gordos, y esa lentitud vacía que recuerda a las personas pasadas de diazepam. Rosita luce así, bueno, porque no hay vaca inteligente. Pero también –hay que decirlo- porque su vida es –o parece ser– aún más aburrida que lo usual. Desde que nació –el 6 de abril de 2011– la vaca no tiene contacto con otro animal que no sean Mucci, Kaiser, Mutto y Carlos Lobato, su cuidador. Y eso, a su vez, tiene sus razones.

Por normas de seguridad, Rosita vive –debe vivir– aislada de todo. Por un lado, porque su organismo hoy tiene un valor incalculable. Y, por el otro, porque la Comisión Nacional de Biotecnología Animal (Conabia) entiende que, al ser un animal genéticamente modificado, no debe tener contacto con nada de eso que se entiende como “entorno”. Nadie puede llegar a Rosita –salvo el personal autorizado–, y nada de Rosita puede llegar a nadie (todo lo que salga de la vaca –si no es utilizado– debe ser eliminado como residuo patológico).

Para que el aislamiento sea efectivo, Rosita vive en un predio aprobado por la Conabia que cuenta con medidas de seguridad estrictas. Durante el día, los investigadores y Carlos Lobato se encargan de preservarla aislada. Y, a partir de las cuatro de la tarde, la casa se transforma en el penal de Sierra Chica: hay una posta de guardias en la entrada al predio –monitorean el área una vez por hora–, en la casa se activa una alarma con código de acceso, y el perímetro del corral queda cruzado por treinta y dos sensores láser que detectan cualquier cuerpo de volumen superior al de un murciélago. Si alguien o algo entrara a la zona prohibida, se encenderían unos potentes reflectores y sonarían los teléfonos del área de seguridad, de Kaiser, de Mucci y de la Policía.

¡Ah! Y el alambre que rodea el corral tiene electricidad.

―No te asustes, ¿te hizo mal? Es como un magiclick para que la vaca no se vaya del corral y haga sonar la alarma –dice Mucci mientras Rosita se me acerca con andar pesado. No sé qué hacer. Nunca estuve cerca de una vaca.

―No te preocupes que a lo sumo te chupa –dice Kaiser–. ISA es un perro grande.

Ahora está al lado. Le acaricio el morro: parece simpática. Rosita mueve la cabeza como diciendo “sí”, hasta que luego –jamás entenderé por qué– decide jugar o aniquilarme. Rosita empieza dar topetazos. Fuertes. Una vez me chocó un auto y fue más agradable que esto. Alguien le dice “che, no juegues bruto”, pero el animal no para y termina estampándome contra un alambrado. “Turra” pienso mientras me acomodo un hueso, pero sólo digo:

―Qué juguetona estás, Rosita.

Cruzo rápido al otro lado del cerco electrificado. Si quiere tocarme, la vaca va a tener que recibir un shock. “Vení” pienso. Vení. Pero no viene. Resulta que no es tan tonta. Ahora se espanta las moscas como si viera llover.

―A veces se pone un poco cargosa –dice Mucci–. Además creemos que está empezando a ciclar. Está entrando en la pubertad, en la iniciación hormonal. No voy a decir “cómo se pone” pero… le agarra.
―Además vos pensá que, salvo en el nacimiento, no conoce otro animal más que nosotros –dice Kaiser–. Desde chiquita siempre jugábamos con ella y tiene la costumbre de ser un poco bruta con la gente.
―¿Y la madre?
―¿Cuál de todas? ISA tiene cinco mamás.

A ver. No sé qué me duele más: si el brazo o el cerebro. Rosita tiene cinco (5) madres. Otra vez: este animal es el resultado del cruce genético de cinco organismos distintos. Por un lado –me explican– se tomaron genes de dos humanos (varón o mujer: no se sabe) de un banco genético. Luego, se tomó una muestra de piel de una vaca Jersey (cuya leche es rica en grasas) y de ahí se extrajo una célula que fue transformada genéticamente, en tanto le fueron introducidos los genes humanos. Esto a su vez fue metido en el óvulo de otra vaca, y a través de un proceso de clonación se generó un embrión. Ese embrión (producto de la unión de ese óvulo más la célula transformada) fue transferido a una tercera vaca que gestó y parió el animal.

Esta suma ni siquiera tiene en cuenta a la madre número seis (una vaquillona que crió a Rosita en los primeros tiempos, porque su madre biológica –la última de ellas– la rechazaba), y tampoco incluye a los cuatro padres: Mutto, Mucci, Kaiser y Lobato.

―Somos una familia –dice Kaiser–. Al principio vivíamos todos encerrados ahí adentro.
―Yo –dice Mucci– me sentía Cristian U de Gran Hermano.

En la casa, además de las habitaciones y los azulejos blancos, están –en un cuarto mínimo– los restos de lo que alguna vez hubo: dos corralitos con pastura, una balanza, y una cánula pendiendo del techo –de una esquina a la otra– como una soga de colgar la ropa. En los tiempos difíciles, ahí estaban enganchados los sachets con medicamentos que iban –mediante un complejo sistema de catéteres– hasta el cuello de Rosita. Y allí, debajo de todo eso, al lado de la vaca, estaban los científicos.

―Los primeros meses fueron muy complicados. Estábamos las veinticuatro horas acá. Dormíamos en el piso. Todo muy medio pelo, pero hemos estado peor. La vida del veterinario no es cómoda –dice Kaiser. Y cuenta lo de las enfermedades.

En los primeros tres meses de vida, Rosita tuvo veintiocho. Eso se debió a que –más allá de los males propios de cualquier vaca– por su condición de clon Rosita tenía un ombligo muy grande –se hacían infecciones que entraban por ahí– y tenía problemas estomacales severos.

Ambos factores empezaron a hacer síntoma al día siguiente del nacimiento, pero hicieron su primer pico agudo a los quince días de vida. La vaca, en ese momento, entró en una fiebre de 41 grados que nadie lograba diagnosticar ni bajar, y que llevó a Mucci, Mutto y Kaiser a dejar a sus familias y mudarse a la casa. Las fotos de esos días los muestran durmiendo en colchones en el piso, y –en el caso de Kaiser- languideciendo sobre el mismo corral de paja del animal. Hay, además, otras imágenes: Rosita con sachets de gel helado sobre el lomo, Rosita con la cánula en el cuello, Rosita a la intemperie en la noche helada de Balcarce (y Mutto, Mucci y Kaiser envueltos en mantas, sentados en sillas, en el medio del frío), y Rosita con los ojos chicos, secos, empezando a morirse.

Una noche, a doce días del comienzo de la fiebre, luego de varios picos de 42 grados, de varias convulsiones y de alguna apnea, los investigadores dijeron basta y le dieron una bomba de tranquilizantes para que muriera tranquila. Kaiser y Mutto se fueron a dormir: estaban rotos de cansancio. Y Mucci se quedó sentado, toda la noche, llorando.

Pero algo pasó.

―Cuando fui a despertarlo a Kaiser lo primero que me dice, el muy bestia, es: “¿Ya se murió?”. Eran las ocho de la mañana. Cuando lo llevé a verla no lo podía creer. ISA estaba con el efecto de los tranquilizantes, pero mejor. Ahí los tres pensamos: si sobrevivió a esto va a ser una máquina.

Y fue. Pasados unos días, la vaca terminaría sobreviviendo a un episodio todavía peor. En la tercera semana, Rosita pasó por otro problema propio de su condición: todos los rumiantes tienen cuatro estómagos, pero cuando son chicos funciona uno solo y la leche no entra en los otros tres. Salvo en el caso de los clones: ahí la leche cae –por error– en los primeros estómagos –que están más dilatados– y termina cuajándose y provocando algo llamado “acidosis láctica”, que tiene consecuencias múltiples. Y malas.

―Al principio, cuando no sabíamos qué tenía empezamos a darle leche deslactosada –recuerda Kaiser–. La comprábamos nosotros de nuestro bolsillo. Íbamos al supermercado y lo saqueábamos. El problema era que eso también le hacía mal. Entonces suspendimos la leche y caímos en un problema mayor: ¿Con qué la alimentábamos? ¿Qué le das a un animal de 40 días, que no sabe comer? ISA era un bebé, y a los bebés no podés darles de comer un churrasco.

Hicieron, entonces, intentos. Probaron con solución glucosada: nada. Le dieron alimentos balanceados: menos. Calostro congelado: tampoco. Empezaron a alimentarla con plasma vacuno (el resultante de la sangre centrifugada) y funcionó. Hasta que se les terminó. Y Rosita empezó a perder peso: a morir otra vez.

Desesperados, Mutto, Mucci y Kaiser –que habían vuelto a vivir a la casa– hicieron todo tipo de llamados: a clínicos de la Argentina y de Estados Unidos, a neonatólogos del Hospital Italiano: a médicos de personas. Hasta que tuvieron una idea: darle nutrición parenteral; unos sachets con compuestos nutritivos que son usados para mantener con vida a los enfermos terminales –humanos- que no pueden alimentarse. El detalle es que los sachets costaban –cada uno- 1500 pesos. Y que Rosita necesitaba dos por día, durante un tiempo indefinido. No hizo falta hacer cuentas: no había dinero. Mutto buscó en Internet los datos del distribuidor argentino de esas bolsas –el laboratorio Fresenius Kabi– y levantó el teléfono. El resto fue difícil de explicar: a la recepcionista, a la gente de ventas y a todo aquel que atendiera, Mutto le contaba –sin suerte– origen, vida y valores de la vaca Rosita.

―Pará, ¿vos sos Adrián Mutto?

Hasta que en algún momento sucedió lo impensado.

―Yo soy Yanina, la amiga de Sandra, la mejor amiga de tu mujer.
―Yanina: tenés que ayudarme. Si la vaca vive ustedes van a salir en todos lados.

El laboratorio les dio inicialmente diez sachets –que luego serían más–, con los que Rosita ganó cinco días de vida.

―Apenas me dijo “vení a buscarlos”, viajé desde Balcarce y hasta Belgrano sin parar –recordará después Adrián Mutto, en una charla en la Universidad de San Martín-. Cuando llegué al laboratorio yo era una especie de hombre de Neandertal. Todos estaban de traje, con sus maletines, y yo tenía el pelo inmundo, el ambo lleno de bosta: hacía veinte días que ninguno de nosotros se bañaba. Pero ni me importó. Agarré los sachets y me fui.

Cuando Mutto llegó a Balcarce, conectaron el primer sachet a un catéter que desembocaba en la aurícula derecha de la vaca. A su vez, como debían procurar que la vaca no se quitara las vías al moverse, idearon un sistema de rieles que permitía a la vaca caminar y llevar consigo los catéteres. De a poco, la nutrición parenteral fue recomponiendo al animal. Hasta que cuarenta y siete días después empezó a sentirse mejor y llegó el último problema: la vaca, con tanto sachet y sin madre, no había aprendido a comer.

―No sabíamos cómo hacer para que comiera y no podía estar toda la vida con esos sachets que salían una fortuna –cuenta Mucci-. Hasta que un día estábamos comiendo unas papas fritas Lays y a la tipa le llamó la atención el ruidito del plástico y se acercó. Entonces le di una papafrita y se la devoró, se ve que estaba desesperada por la sal. Ahí picamos papafritas con alfalfa, y empezó todo.

Mucci se ve emocionado y satisfecho. Cada vez que habla parece decir: mi hija.

―¿Y por qué lloraban, cuando lloraban? ¿Por qué se moría la vaca, o porque se moría el proyecto?
―Es difícil transmitir lo que significa haber creado un animal a través de todas estas cosas que estamos haciendo –dice Mucci.
―La conocemos desde que es una célula –agrega Kaiser–. Nosotros fuimos los gestores de la idea, del vector, de la clonación, de la transferencia de embriones, de la cesárea. Todo lo que ves lo hicimos nosotros. Y Carlos. Pero no tuvimos apoyo de nadie más.
―Eso es lo que te conmueve: que vos estás desde lo invisible. Es como dice Mutto: la biología molecular es mezclar agüitas y seguir un protocolo, vos no ves nada ahí. La primera vez que ves algo es cuando ponés una célula adentro del óvulo. Y a partir de ahí generás una vida, y después resulta que esa vida se te está yendo de las manos, por eso te quiebra y… y no encontrábamos la forma de sacarla adelante. ¿Sabés lo que es ver un animal tan chiquito, verlo sufrir como sufría, y ver que así y todo, casi desvaneciéndose, se levantaba para ir a tomar su mamadera? ¿Cómo vas a dejar morir un bicho así…? Me voy a poner a llorar –dice Mucci y primero sonríe. Y después llora.

***

Algunos días más tarde, en el Instituto de Investigación Biotecnológica de la Universidad de San Martín, el doctor en Biotecnología Adrián Mutto –director del proyecto– me explicará qué significa conocer a un animal “desde lo invisible”, es decir: me contará mejor el tema de los clones. Lo hará sentado en una sala de reuniones limpia y de paredes vidriadas, ubicada a metros de un descomunal laboratorio de biología molecular –el más moderno de América Latina– recién inaugurado por la UNSAM.

―Hay un dicho –dirá Mutto–: si un científico no puede explicarle a su abuela de qué trabaja, eso significa que ni él sabe de qué está trabajando. Así que voy a explicarte. Y vas a entender.

Muto, entonces, será claro. Y dirá lo siguiente: el ADN –dirá- es un gran libro de recetas que le dice a una maquinaria –el cuerpo– cómo tiene que hacer determinadas cosas. Cada gen, dentro del ADN, es una receta distinta, y la modificación genética –la transgénesis– consiste justamente en meter en un cuerpo uno o varios genes que naturalmente están en otro cuerpo. En el caso de Rosita, tiene en su genoma dos genes humanos: la lactoferrina (que captura el hierro y lo ingresa al torrente sanguíneo, y además es antibacteriana, antitumoral y facilitadora de la odontogénesis, es decir: del crecimiento de los dientes) y la lisozima (un antibacteriano que está en altas concentraciones en la leche materna).

―El ser humano es el único animal que consume leche de otra especie –dirá Mutto–. Y, como es leche bovina, está diseñada para nutrir a los bovinos, no a los humanos. De ahí la importancia de esta leche maternizada en la nutrición infantil: permite cubrir las falencias de la leche de vaca.

¿Cómo hicieron para meter dos genes humanos en el genoma de Rosita? Primero, tomaron un tramo de piel sacado de la oreja de una vaca y extrajeron células bovinas con las que hicieron un cultivo. Luego, le metieron a una de esas células los dos genes humanos. Para eso, usaron algo que se llama “vector”: un vehículo que permite ingresar ADN extraño dentro de cualquier célula. ¿De dónde salió el vector? Durante dos años, los investigadores –que se conocían desde el 2003- estuvieron trabajando en el laboratorio de biología molecular de la UNSAM para generar uno apropiado. Y lo curioso –lo nuevo- es que en esa búsqueda superaron una marca científica: hasta entonces la ciencia generaba un vector por cada gen (es decir que, si se quería ingresar dos genes, había que producir dos vectores); pero Mutto, Mucci y Kaiser lograron –y ese fue el verdadero avance- meter más de un gen a través de un único vector. Un procedimiento que, a ojos extraños, puede resultar insignificante. Pero que a ojos de la ciencia ahorra una incalculable cantidad de trabajo, de testeos y de cuestionarios.

―El verdadero avance científico es ese –dirá Mutto–, no que haya nacido ISA. Existen otros animales bitransgénicos en el mundo, pero todos tienen dos vectores insertados por separado.

¿Cómo es que esa célula alterada genéticamente terminó adentro de una vaca? El paso siguiente –dirá Mutto- fue hacer los clones. Para eso, los investigadores fueron a buscar ovarios de vaca a un matadero. A uno de ellos –cualquiera– le extrajeron un ovocito –un óvulo–, y a ese ovocito le sacaron toda la información genética previa y le metieron la información creada en el laboratorio, o sea: la célula transgénica. Mutto lo dirá así:

―Dejamos la cocina intacta, pero sin el libro de recetas. Y ahí, dentro del ovocito vacío, metimos el libro que hicimos en el laboratorio: nuestra célula modificada. Después, a ese ovocito que ya venía bastante cagado a palos le teníamos que hacer creer que había sido fecundado. “No sé cómo pero te clavaron: sos un embrión, ovocito. Empezá a dividirte”. Eso teníamos que hacer. Y lo hicimos químicamente. Para eso, imitamos todo lo que ocurre cuando un espermatozoide entra a un óvulo: liberación de calcio, bloqueo de la polispermia –que evita que no entren varios espermatozoides al óvulo–, y por último activamos ciertos genes que hacían que el ovocito creyera que era un embrión y se empezara a dividir.

Se lo creyó. Luego de ponerle esas drogas, el ovocito pasó por siete días de cultivo embrionario –dentro de un receptáculo con las condiciones de un útero– en los que se multiplicó celularmente hasta transformarse en embrión. Llegado el momento, ese embrión resultante fue transferido a una vaca receptora. Y el embarazo siguió su curso.

Todo este último tramo –el del ovocito y el embarazo– fue realizado en el laboratorio de biotécnica reproductiva del INTA de Balcarce. El lugar donde ahora, sola y perfecta, Rosita come su pasto como una vaca cualquiera.

―Igual –resume Germán Kaiser mientras mira a Rosita– toda esta historia de los genes no tiene nada que ver con lo hincha quinotos que es la vaca.

***

Amanece. Nicolás Mucci llega al INTA sumido en el frío de una mañana radiante, y se mete pronto en su oficina, que es también la de Kaiser. Afuera las nubes parecen romperse contra el filo oscuro de las sierras. Y adentro hay una luz potente –plana- que ilumina todo lo que hay: estanterías, archivos, fotos familiares (Kaiser, Mucci y Mutto tienen una vida por afuera de la vaca) y una planta de ésas que viven con poco. Mucci toma asiento entre las cosas, ceba un mate y prende la computadora. En el fondo de pantalla aparece un embrión de dos milímetros: es su hijo. Como tiene un ecógrafo propio, cada cuatro días Mucci echa un vistazo al interior de su mujer.

―¿Y Kaiser? –Mucci se percata de que no está Kaiser, y llama al laboratorio–. ¿Laboratorio? ¿Está el doctor Kaiser? Necesito hablar con una mente brillante.

Luego corta. Ríe. Busca en su computadora, y encuentra –y muestra–, los embriones de los que salió la ternera. La imagen, a ojos inexpertos, es apenas una dispersión de círculos acuosos. Alguno de ellos –quién sabe cuál– encierra el feto de Rosita: una vaca artificial.

―¿Cómo van a hacer para remover la idea de la “vaca Frankenstein”?
―A ver –dice Kaiser recién llegado, recién sentado, con el bolso del club acomodado entre las piernas–. Sí: metimos un vector, metimos genes de una especie en otra especie…Pero genes “ajenos” comemos todos los días. Vos comés un bife y comés genes de vaca, ¿te hace mal? Cuando tomaste la leche de tu mamá, ¿te hizo mal? Esto no es distinto de lo que ya existe en la naturaleza. Si me decís que es antinatural meter genes de una especie en otra, podemos discutirlo… Pero lo cierto es que se producen permanentemente inserciones de ADN de virus, tenemos inserciones virales en todo nuestro cuerpo. Lo que nosotros hicimos fue idear un vector que meta dos virus en un mismo procedimiento. Nada más que eso.
―¿Y esto tiene relevancia internacional?¿Es un golazo para la ciencia?
―Lo que decimos –dice Kaiser– es que es una plataforma. Lo nuevo es el “saber hacerlo”. Así como se le metieron estas dos proteínas, en el futuro se pueden meter otras. Tenemos presentada una pre patente del proceso éste de haber construido una vaca bitransgénica. Pero no es que tenga gran relevancia, digamos: ahora simplemente se sabe que también está esto.
―No te hagás el humilde, Kaiser –dice Mucci–. La vaca está en Wikipedia.

Y es cierto. La vaca está en Wikipedia –dentro de la categoría “clon”– y además estuvo en una infinidad de medios de prensa. Cuando trascendió el anuncio de la presidenta, los teléfonos sonaban de tal forma que Kaiser, Mutto y Mucci parecían empleados de un call center. Hablaron con España, con el Reino Unido, con el Washington Post, con el New York Times, con el Discovery Channel, con Magdalena, con Víctor Hugo, con Fantino, y con todos los diarios y todas las revistas de alcance local y nacional, incluidas radios, asociaciones y publicaciones cristianas que manifestaron su rechazo de modos bastante explícitos: una vez, en Mar del Plata, una mujer de la Liga de Madres de Leche interceptó a Germán Kaiser agarrándose las tetas y al grito de “¿Leche humanizada??? ¡Estas!!!!”.

Pero nada fue tan grave. Junto con las notas fueron llegando los premios: los investigadores ganaron –entre otros– los galardones CITA (del Centro Internacional de Tecnología Agropecuaria), Innovar 2011 en rubro “Investigación aplicada”, y el premio La Nación Banco Galicia a la excelencia agropecuaria. Además, en el Concejo Deliberante declararon el proyecto de “interés legislativo” y todas las escuelas de la zona convocaron a Mucci y Kaiser para hablar de la vaca. A esas visitas –y a todos los otros actos– los científicos iban con una gigantografía que ahora está adentro de la casa de Rosita, y en la que se ve a la vaca de tamaño natural.

Y es que Rosita –la real– no podía ni puede ir a ninguna parte, y tampoco puede recibir visitas. Todo su mundo empieza y termina en esa casa que ahora, distante, en la mañana helada de Balcarce, parece condenada a algún vacío existencial. Cruzamos el campo –las tierras oscuras– para volver a verla. Me toco el brazo: duele. El sol salió hace un rato y hay un viento helado y Rosita está –se la ve– en su propia Siberia, comiendo de la mano de Carlos Lobato.

―Carlos es el domador –dice Mucci–. Es el único que sabe llevarla.

Carlos tiene sesenta y tres años, ropa color caqui, lentes. Todos los días –incluidos los fines de semana– llega a las siete de la mañana, desconecta el sistema de seguridad, le da de comer a la vaca, la ordeña y hace la limpieza. Es, hasta el momento, lo más parecido a un amigo que tiene Rosita. Y acaba de enojarse.

―Basta –grita Carlos–. ¡BASTA!

Rosita lo mira. Unos minutos antes la vaca se había puesto hincha: hormonal. Pero el grito acomodó las cosas. Ahora Rosita y Carlos se miran, y luego Rosita agacha la cabeza.

―Parece que entendiera –sonríe Carlos–. Pero bueno, es una vaca. Humanizada, maternizada, lo que quieras: pero tiene el entendimiento de una vaca.
―Es bruta como una vaca –digo.
―No… pobre animalito. Lo que sucede también es que los animales tienen su forma de pasar el día. Y la pobre está acá conmigo y… si estoy agachado haciendo algo capaz que viene y me cabecea. O los fines de semana cuando viene poca gente se aburre y tira cosas por el aire…
―Con ese carácter se va a quedar sola –digo. He quedado resentida.
―Sola no: siempre voy a estar yo –dice Carlos.
―Además es una vaca. Su destino es éste o un asado. Preguntale a ver qué elige –dice Mucci.

Pero yo no voy a preguntarle nada.

A ver si contesta.

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