El país de los bunkers

Publicado: 9 agosto 2012 en Jerónimo Giorgi
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SMALL

Los pequeños podrían adaptarse en baños, quioscos o centros de información. Se ubican en las tierras bajas, a lo largo de la costa, al oeste de Albania y generalmente están agrupados de a tres e interconectados por un túnel. Sin embargo, también se dejan ver en las ciudades. El pequeño fue diseñado para albergar a una persona, por lo que tiene un tamaño muy dúctil que lo hace interesante.

Durante la dictadura del excéntrico y paranoico dictador Enver Hoxha, se construyeron en Albania unos 750.000, uno por cada cuatro personas en un territorio cuarenta veces más pequeño que Colombia. ¿El objetivo? Proteger al país del enemigo que nunca llegó.

“¡Sin duda, en aquella época creíamos que eran fundamentales para defendernos!”, dice con expresión grave Baki Agolli, de 64 años, un excoronel de mirada profunda que se dedicó a la inteligencia militar durante gran parte del régimen comunista. Sentado bajo la sombra de una magnolia, en el patio de una casa colorida en medio de un barrio gris de Tirana, el coronel retirado recuerda cómo su país se convirtió en el más hermético del mundo.

En 1961, la Unión Soviética rompió relaciones con el régimen comunista de Albania luego de que Hoxha acusó al régimen soviético de ser demasiado laxo. Ofendido, el dictador se declaró enemigo de todos sus vecinos y empezó a prepararse para una invasión inminente. Como si fuera poco, años más tarde, Mao, el último aliado de Albania, ofendió al dictador con su imprudente partida de ping-pong ante Nixon, derramando la última gota que rebosó la fosa del aislamiento del país.

“Nos decían que por ser comunistas estábamos amenazados”, se justifica el militar, que dividía su jornada entre instruir en el uso de la dinamita y cazar opositores al régimen. “Eso fue lo que nos enseñaron. Enver decía que no quería que entrara ni una mosca en Albania”.

La propaganda del régimen grabó a fuego el cerebro de los albaneses con una premisa: “La protección de la madre patria es el deber por encima de todos los deberes”. Pero el camarada Hoxha no se conformó con el adoctrinamiento y la preparación militar de la población, sino que se encaprichó en fortificar el territorio.

A principio de los setenta se comenzó a estudiar dónde ubicarlos, y a partir de 1972 Albania se convirtió en una fábrica a cielo abierto. Unos diez mil obreros trabajaban en la Combinato Iosif Pashko, que funcionaba las 24 horas del día. Y, rápidamente, los camiones Skoda plagaron el país de caparazones de hormigón que se camuflaban en el paisaje, haciéndose imperceptibles a los ojos de los imaginarios invasores.

Pero más que proteger, su construcción colaboró con el estancamiento económico del país. Cada semiesfera de las pequeñas, de las de tres metros de diámetro y treinta centímetros de espesor, “costaba como un apartamento de dos habitaciones”, dice el canoso mientras acomoda el esqueleto sobre una silla blanca de plástico.

Elian Stefa y Gyler Mydyti son dos arquitectos licenciados en el Politécnico de Milán que en el año 2009 dedicaron su tesis a investigar los refugios. Según su estudio, el costo de construirlos equivalió a 2220 millones de euros actuales, lo que significaba 3650 euros por familia, cuando el ingreso familiar mensual en 1985 apenas alcanzaba los 90. Albania además de ser el país más impenetrable del mundo también se convertía en el más pobre de Europa.

El esquizofrénico aislamiento evaporó las ayudas económicas extranjeras y al dictador no se le ocurrió mejor idea que intentar convertir a Albania en un país autosuficiente, prohibiendo las relaciones comerciales con capitalistas y comunistas. Durante la década de los ochenta, este capricho terminó de hundir al país y con la muerte del dictador no quedaron más que escombros.

Desde la caída del régimen en el 91, los albaneses han intentado borrar cualquier recuerdo del pasado. Sin embargo, los mamotretos de hormigón siguen ahí. Y aunque el antiguo militar asegura que “ni una bomba atómica podría destruirlos”, en los últimos años algunos han sido demolidos a pesar del gran costo que esto implica.

“Con la llegada de la democracia cambié de idea —afirma el coronel Agolli con toda la naturalidad del mundo—. Ahora no puedo creer la cantidad de dinero malgastado. Habría que reutilizarlos para que al menos sirvan de algo”.

MEDIUM

Los medianos ya son más cómodos, tienen más posibilidades: fueron diseñados para albergar a una familia entera, cuatro o cinco personas, por lo que podrían ser convertidos en tiendas de souvenir o puestos de comida rápida. Se encuentran generalmente en grandes grupos y sobre todo en las llanuras, aunque también hay muchos en las montañas.

Raimonda es una coqueta cincuentona. Todos los días maneja su pequeño Suzuki rojo, a una velocidad indigna de un albanés, por la carretera nueva que conduce de la ciudad portuaria de Durres a la capital, Tirana. Mientras se acomoda su voluminosa melena amarilla comenta que por el camino viejo ya no va nadie. “Hicieron esta carretera para no tener que verlos, es que a lo largo de la vieja está lleno”.

Raimonda trabaja para una oficina de cooperación italiana. En cuanto al pasado lo recuerda con una pizca de rencor. “En la escuela teníamos adiestramiento militar una vez por semana y en la universidad, un mes al año”, dice. Como no tenían un ejército moderno todos los albaneses debían saber cómo usar una carabina 56 de fabricación china. “A veces nos hacían simular ataques, teníamos que meternos dentro de ellos y disparar a través de la abertura rectangular. Sin embargo, lo único que lográbamos era espantar los pavos del criadero de enfrente”.

Con la muerte del dictador y la posterior caída del comunismo la descabellada teoría de la invasión quedó en el olvido y ya no tuvieron un fin militar. Quedaron abandonados y olvidados, aunque aún permanecen en el subconsciente de muchos como un imborrable recuerdo del pasado.

“Hoxha construyó un buen sistema de defensa”, dice Luan Kacmoli, convencido de la utilidad del depósito de su restaurante. El gordo simpático y un poco desalineado es dueño desde hace diez años del restaurante que lleva su nombre, una construcción circular insertada sobre la arena de la sucia y maloliente playa de Durres. “Está aquí adentro, el restaurante está construido en torno a él”, explica mientras recorre el espacio curvo que lo rodea. “Lo usamos como depósito, pero incluso la estructura del techo se apoya en él”.

A pocos metros, Robert Sala luce una camiseta rosada, moderna, y unas gafas tipo Ray-Ban. Él es el gerente de otro de los cinco restaurantes circulares que hay en apenas doscientos metros y se empeña en dejar claro que su especialidad son el pescado y los mariscos. Luego de desfilar por la entrada y toparse con los delfines de yeso de color azul que decoran la fuente del jardín, el empresario llega a la parte trasera del restaurante. Allí, tras una puerta vidriada, se encuentra el armatoste de concreto. “Lo utilizamos como depósito”, dice mientras abre la pesada compuerta de cemento de 15 centímetros de espesor y, sonriente, agrega: “Si algún día vuelve la guerra lo alquilo a 10.000 euros la noche”.

El interior de la media esfera de hormigón es frío, oscuro y tiene grabado sobre la superficie el número 1979. Adentro, probablemente no solo no llegarían las balas de los enemigos del antiguo dictador sino que ni siquiera se escucharían. Pero, sin duda, lo que más le importa a Robert es que sus tomates, pimientos y lechugas se mantienen frescos sin pagar un peso de electricidad. Robert conoce el negocio: durante 15 años trabajó en restaurantes en Grecia.

Pero su experiencia en el extranjero no es una excepción: Robert es uno más de los 800.000 emigrantes que escaparon de Albania entre 1989 y 2001, como consecuencia del colapso del régimen y de la consiguiente crisis económica. El éxodo albanés fue el mayor movimiento de emigración en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, pese a ser con sus tres millones de habitantes uno de los países más pequeños del Viejo Continente.

Raimonda no, ella siempre ha vivido en su país aunque se esmere en desentonar con el contexto. No solo por conducir de forma coherente, sino por no tener un Mercedes-Benz. En Albania al menos el 50% de los carros son de la marca alemana. “Es que necesitamos carros resistentes”, dice con un tono distraído, como si los lujosos vehículos fuesen la única solución a unas carreteras desastrosas. Más allá de su resistencia, es sabido el amor que tienen los albaneses por los carros alemanes, y la explicación a que se puedan dar semejante gusto es simple. En un país donde los ingresos son la cuarta parte del promedio europeo, la única manera de obtener un Mercedes es comprando uno robado, ya sea de Alemania o Italia. Y si es de Inglaterra y viene con el detallito del volante tampoco se hacen problema.

Pero Raimonda se conforma con su pequeño carro japonés. Con él, recorre todos los días los treinta minutos de ida y de vuelta que la separan de su casa al trabajo, y siempre por la carretera nueva, por donde los hongos de hormigón no asoman la cabeza. Y aunque diga que estos no la afectan, reconoce: “Cuando veo uno, lo que se me viene a la mente es el frío, el cansancio y el ruido de los disparos”.

LARGE

Los más grandes son definitivamente muy espaciosos: fueron diseñados para albergar a diez personas o artillería pesada, por lo que podrían convertirse en hostales, cafés o restaurantes. La semiesfera de diez metros de diámetro y un metro de espesor se fabricaba por separado, en rodajas que luego se ensamblaban en el lugar. Hoy estos monstruos de hormigón están esparcidos por todo el país.

“Cuando era niña teníamos dos al lado de mi casa y de noche me pasaba las horas viendo quiénes entraban y salían”, dice Zhujeta Cima, la joven administradora del hostal Milingona en el antiguo distrito de Tirana. En Albania es vox pópuli que los jóvenes utilizan los fríos refugios de hormigón como cálidos nidos de amor. Pero más allá de que los albaneses pierdan o no la virginidad dentro de ellos, lo cierto es que las nuevas generaciones los ven con otros ojos.

“Este año hicimos la segunda edición del Bunker Festival —dice la fundadora del evento donde actuaron grupos de Albania, Kosovo y Macedonia—. Usamos uno de los grandes para la fiesta y lo pintaron artistas locales y de afuera”. El festival se realizó en mayo en un campo a 20 kilómetros de Tirana, duró 24 horas y acudieron más de 400 personas. “Pero esperemos que el año que viene venga más gente”, agrega Zhujeta, quien financió el evento de su bolsillo, algo impensable hace 15 años.

Como si los 40 años de comunismo no hubiesen alcanzado, entre 1996 y 1997 el capitalismo aportó su cuota con la aparición y posterior derrumbe de unas pirámides financieras sin precedentes. Los fraudes que involucraron a dos terceras partes de la población fueron consecuencia de la falta de experiencia de los albaneses en los mercados financieros y de las deficiencias del propio sistema. La gente en las ciudades vendía sus casas y los granjeros sus animales, ansiosos por invertir el dinero en financieras que ofrecían rentas de hasta el 30% mensual.

El colapso de las pirámides provocó una explosión social que terminó derrocando al gobierno y sumergiendo al país en una guerra civil. Fueron necesarios 7000 soldados de la ONU para terminar con el caos provocado por el fin del sueño de un país pobre por volverse rico de la noche a la mañana.

Hoy los albaneses tienen claro que el capitalismo es un poco más complicado y se buscan la vida como mejor pueden. Taulant Berzin es un joven que trabaja como camarero desde hace dos años en el restaurante Bunkeri de las afueras de Tirana. A cinco años de su inauguración, Taulant está contento con su sueldo de 200 euros y asegura que el restaurante es todo un éxito.

Camuflado tras unas densas cortinas blancas y revestido con planos de yeso beige, que hacen juego con una especie de pilar disfrazado de tronco que se erige en medio de la semiesfera, el refugio es como una bestia disfrazada de princesa. El Bunkeri se ha vuelto famoso gracias a su pescado a la brasa, especialidad de la casa. “Aunque a la gente también le gusta comer en un lugar original”, agrega Taulant.

Los 750.000 refugios esparcidos por el pequeño territorio albanés representan una parte de la historia del país. Con el pasar de las generaciones el recuerdo se irá diluyendo, pero ellos quedarán ahí como testigos del tiempo. “Nuestros padres no los quieren ver, ni siquiera hablan de ellos —dice Zhujeta, con una mirada tristona—. Pero son parte de nuestra vida, de nuestra historia —y, con una pícara sonrisa, enseguida agrega—: ¡Aunque yo no debuté dentro de un búnker!”.

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