Los muchachos perdidos

Publicado: 21 septiembre 2012 en Humberto Padgett
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―¡Eres El Banda! –gritó Janeth en medio del forcejeo para sujetarla y meterla al piso del espacio trasero de una camioneta.
―¿Qué haces? –quiso averiguar la joven de 16 años que ese 1 de mayo de 2007 –resistía, sin saberlo, las últimas horas de su vida.

Esa misma noche, la madre de Janeth recibió una llamada y escuchó la exigencia: 10 millones de pesos por la vida de su hija. Jamás juntaría esa cantidad, así que pactó el pago de 161 mil pesos y algunas alhajas. Recibió instrucciones de dirigirse al Circuito Exterior Mexiquense y depositar el dinero detrás de un altar, junto a la vía. Eso no fue suficiente.

Poco después, se encontró el cadáver de Janeth en un paraje solitario de Acolman, Estado de México. En la morgue, los padres reconocieron el cuerpo de su hija. Eso es lo que dice la averiguación policial.

El Banda recuerda con claridad ese hecho mientras descansa en una banca de cemento del tercer patio de la vieja Correccional de San Fernando, al sur del DF, en donde se encuentra recluido desde 2007. Tenía entonces 16 años de edad y una experiencia nada envidiable: cinco secuestros, nueve asesinatos, 20 asaltos de casas, 50 robos de autos…

Años después habla en voz baja. Sus párpados, caídos hacia los extremos, casi no se cierran. Está adormecido como reptil bajo el sol del mediodía. Una pelota rebota de la pared del frontón a la mano desnuda de dos muchachos. Su voz es uniforme, medida. Es un veterano en estas lides y su tono carece de una sola nota de presunción o de arrepentimiento cuando recuerda lo que ocurrió.

―¡Eres El Banda! –me dijo–. No respondí. La subí a la camioneta y nos la llevamos a la casa de seguridad. La tuvimos tres días. Nos dieron 800 mil pesos por ella. La matamos porque me reconoció y seguimos nuestra vida como si nada.

***

La oscura espiral en la vida del Banda comenzó en los meses en que las agendas tenían marcadas los números 2005, un año difícil, con una violencia inclemente montada sobre el país entero.

Y él, un jovencito de 14 años, llenaba la primera casilla de su récord delictivo: robó un teléfono celular. Desde entonces, no se detendría. A mediados de ese año lo detuvieron en Guerrero a bordo de un auto robado en el DF. Estuvo internado un tiempo impreciso en el Consejo Tutelar para Menores en Chilpancingo. Pero duró poco encerrado en esas tierras.

Regresó y durante un par de años se estuvo endureciendo en las calles de Iztapalapa, así que vivió una especie de anonimato que se rompió al despertar 2007.

Llegó la medianoche del 12 de enero de ese año y con ella un camino que difícilmente admite retorno. El Banda asesinó a otros dos jóvenes, cuyos nombres no se han borrado de su memoria: Jonathan y Carlos. ¿Por qué los mato? “Agravios, guerra de poder”, dice, sin más, como si la pregunta rayara en la estupidez, como si todo mundo, menos uno, supiera que en las calles no se requiere razón para morir.

“A quemarropa. ¡Pap, pap!”. El índice encogido y seguido del relámpago metálico. “Se les dio en la cabeza, en el cuerpo. En todos lados. Uno era Jonathan, hermano de Christopher, El Ligas, mi amigo, mi carnal. A él lo agarraron en 2006 por un doble asesinato. Robábamos juntos, todo hacíamos juntos. Hubo agravios de su familia. Su hermano dijo que era su barrio y sí era, pero yo traía el poder. Y lo maté”.

En efecto, él traía el poder. Y lo ejercería casi como rutina. Elián Berenice lo supo. Ella se marchó de casa el 11 abril de 2007 y se fue a vivir con El Banda, su compañero en la secundaria.

No aguantó mucho. Una semana después, Elián regresó y les confió a sus padres que El Banda robaba, vendía drogas y secuestraba. La joven empezó a ser amenazada y luego fue plagiada.

El 3 de mayo fue encontrada muerta en Nezahualcóyotl. Según las declaraciones ministeriales, Elián participó, como miembro del grupo de El Banda, en dos secuestros.

El Banda coincide con la versión policiaca, excepto en que la relación amorosa no fue con él. La joven los había amenazado con denunciarlos si un integrante de la banda, llamado El Oso, no aceptaba casarse con ella.

―¿Qué hicieron?
―Luego de que me quiso poner con la policía, que les señaló el hotel en que yo vivía en ese tiempo, la secuestramos. Nos pagaron 600 mil pesos. Las negociaciones las hizo El César. No era el jefe, pero tenía más labia. La familia avisó a la policía. Cuando fuimos por el dinero, nos persiguió la policía. Le ganamos. Hablamos con su familia y preguntamos que si en tan poco dinero valoraban su vida. A ella le disparamos tres veces en la cabeza.

Cuatro días después de que el cuerpo de Elián fue encontrado en Neza, la madre de otra chica, de nombre Jessica, denunció que el día anterior un ex compañero de la secundaria la había invitado a salir. Era El Banda. Horas después, la madre recibió la llamada en la que le exigían el pago de un rescate de cinco millones a cambio de la vida de su hija. Acordó entregar 58 mil pesos, joyas y 100 dólares. El padre de Jessica siguió las instrucciones y pagó.

Pero el 18 de mayo, el hombre recibió una llamada del mismo joven. Le dijo que fuera a las inmediaciones de Zumpango. Ahí encontraría a su hija.

Antes de colgar, el joven le hizo una recomendación, según consta en la investigación policial:

―¡Apúrate! Llega antes de que se la coman los perros.

Una semana después, exactamente a las seis de la tarde del 25 de mayo de 2007, El Banda fue detenido. El juicio fue rápido. Lo sentenciaron a poco menos de cinco años de cárcel. No había cumplido los 16 años de edad.

***

San Fernando es la segunda prisión juvenil del DF en que El Banda ha sido encerrado. Antes fue enviado al Centro Especializado Alfonso Quiroz Cuarón, que sólo admite a 12 internos, los que sintetizan la violencia extrema y el liderazgo.

El centro abrió en 1993. Funcionaba mediante un sistema electrónico de cierre y apertura de puertas que fue destruido durante el motín de 1998, cuando los muchachos encerraron a los guardias en las celdas y los golpearon hasta el cansancio. La prisión fue recuperada por guardias de máxima seguridad de Almoloya.

Él llegó en los viejos tiempos, cuando el gobierno federal administraba el sistema de tratamiento a menores infractores. La bienvenida consistía en una fórmula sencilla: tres días de insomnio y golpizas contundentes, un mes sin cepillado dental ni baño y el pago de la entrada al sanitario. No se pagaba con dinero, sino recibiendo con docilidad una golpiza sin recato alguno.

En la Correccional existen costumbres extrañas: en cada sección se levantan altares muy particulares, colocados sobre las bases de cemento de las camas desocupadas de cada litera, llamadas tumbas. El altar está hecho de barras de jabón Zote y se colocan en los extremos; los jabones Rosa Venus quedan en el centro. Los botes de crema Nivea y de shampoo Pantene sirven de base. Todos los efectos de higiene personal se acomodan ahí y en lo alto una foto de algún ser querido o una imagen religiosa.

Hay otras “tradiciones” en cada sección: en contraste con la dureza de vida de estos jóvenes, o quizá por ello, sobre la pared se colocan cobertores, de esos de poliéster, estampados con las figuras de El Hombre Araña, Winnie Pooh o cualquier otro superhéroe.

La cárcel da zarpazos y casi todos los que viven dentro llevan heridas de guerra. De dos en dos, de tres en tres, los muchachos se hieren a sí mismos los brazos y las pantorrillas. Apenas empieza a formarse la costra, se la quitan. Y se la quitan. Al final quedan gruesas cicatrices, oscuras huellas como lombrices a las que llaman “charrasqueadas”.

“Los sueños de poder los he vivido muy pesado. Me han dado atención muy especial. Cuando llegué aquí estuve solo, solo. Me aventé seis meses solo, solo, solo. Nomás psicología y mi visita, nada más. Estaba en un cuarto solo, solo, solo. La soledad es lo más culero que he vivido aquí. A lo mejor sí me han dado unas madrizas, pero lo más culero es la soledad”, reflexiona El Banda.

―¿Qué buscabas cuando estabas afuera?
―Estaba obsesionado con la popularidad y el respeto… y lo hacía, lo hacía a costa de lo que fuera. Gané respeto y popularidad. Si tenía que matar, si tenía que robar, si tenía que golpear, lo hacía. A mí no me importaban las circunstancias en que se tenía que hacer, pero se hacía lo que yo decía.
―¿Qué hay en tu conciencia? ¿Tienes arrepentimiento?
―Sólo me arrepiento del secuestro de la chava que me reconoció al subirla a la camioneta. A los demás que maté los he olvidado. Dicen que cuando matas a alguien no vas a dormir, que te va a seguir y donde quiera ves su rostro o su sombra. Eso es mentira. No pasa que venga y te jale los pies. Eso nada más está en tu mente.
―¿Qué piensas de El Pequeño? –se le pregunta sobre otro joven con 18 asesinatos en su historial.
―Nada. Se me hace una persona normal –responde con una mueca que subraya la normalidad.
―¿Y qué crees que él piense de ti?
―Yo creo que lo mismo.
―¿Qué harás cuando salgas?
―Me gustaría estudiar ingeniería automotriz. Ahora leo filosofía y novelas. Afuera no leía ni estudiaba. Mi novela favorita es de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Dirigentes del mundo futuro.

Dirigentes del mundo futuro

Hace al menos una o dos décadas, los demógrafos previeron lo que podría ser una estupenda noticia para México. Entre 2010 y 2015 el país gozaría de un bono demográfico porque tendría una población de jóvenes sin precedente, que permitiría contar con un capital humano envidiable y, por lo tanto, con un potencial de desarrollo inmejorable.

Las proyecciones se cumplieron –hay 35 millones de mexicanos de entre 12 y 29 años de edad–, pero las expectativas no contaron con que unos 8 millones de esos jóvenes no estudian ni trabajan, y muchos más han migrado a Estados Unidos o a la economía informal.

Héctor Castillo Berthier, un doctor en sociología conocedor como pocos del fenómeno de marginalidad juvenil, estima que de cada 10 empleos generados, 6.5 se abren en el sector informal, no sólo el comercio ambulante o actividades como “acomodar autos” en la vía pública, sino el narcomenudeo, trata de mujeres, piratería, etcétera.

La informalidad es el “campo de cultivo magnífico” para que millones de jóvenes que se encuentran a la deriva sean captados por la delincuencia. “Algunos los llaman los ninis (ni estudio ni trabajo), algunos los llaman los excluidos. Simplemente son los chavos pobres de los sectores populares que no tienen espacios ni forma de participación real”, dice el coordinador de la Unidad de Estudios Sobre la Juventud del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Las políticas sociales dirigidas a jóvenes han sido inexistentes o desarticuladas. La población de este rango de edad enfrenta nuevas realidades. La escuela no es más un mecanismo de ascenso, el empleo se ha reducido y la familia se ha desarticulado. La educación formal está agotada. “El título ya no significa nada”.

Por eso no extraña el incremento de jóvenes que participan en el narcotráfico y las actividades relacionadas con la violencia. “El crimen organizado tiene un ejército de elementos absolutamente desechables, pero siempre dispuestos. Nadie sufrirá por ellos ni estará atento a lo que les pase”. Así que a nadie extrañe que cada vez haya más jóvenes inmersos en el universo del crimen y la droga.

Lo peor, reflexiona Castillo Berthier, es que si uno pudiera introducirse en las vidas de esos jóvenes encontraría algo sorprendente: “Sólo buscan su superación personal”.

Al cuadro hay que enriquecerlo con otros elementos: el consumo es la medida del éxito y los valores sociales se han ido al abismo.

Los padres han perdido a los ojos de los hijos su status de héroes. Una pinta que el investigador universitario vio en una barda de Culiacán, Sinaloa, lo describe de modo rotundo: “Prefiero morir joven y rico que viejo y jodido… igual que mi papá”.

Desconfiado y lejos de la gente

El Kiko aprendió a desconfiar a muy temprana edad. Primero lo hizo de sus padres. Aún recuerda cuando se detuvieron en la puerta de la casa con las maletas hechas. Viajaban a Estados Unidos y, antes de cruzar el umbral, prometieron que pronto enviarían por él. El niño esperó la primera semana e imaginaba cómo sería la vida en Nueva York. Pasó la segunda semana, el primer mes y los años sin volver a saber nada de ellos.

Él piensa que en ese momento su futuro se inclinó hacia el robo de autos y actividades parecidas. Y desde entonces no volvió a creer en nadie.

―¿Trabajabas con la policía? –se le pregunta afuera del estrecho cuarto en que permanece confinado, porque es incapaz de dejar de golpear a los demás chavos y siempre encuentra el modo de introducir drogas.
―A mí, en lo personal no me gustaba trabajar con un comandante, porque luego son la gente que te traiciona, son los que te ponen. Nosotros salíamos sólo con la bendición de Dios. Luego trabajas con la policía y a la mejor sí vas a salirte un rato, vas a estar así y si hay una bronca, hasta te saltan. Pero el día de mañana no les parece algo y son los que te clavan y hasta más, porque son los que te saben todo el corrido. Mejor así, ¿no? Lejos de la gente.

Comenzó en alguna miscelánea del centro de la ciudad, aferrado durante horas a un cajón de madera al que se le empotró una televisión y una consola de videojuegos. Tenía 14 años y la escuela había quedado muy atrás. Tanto que había olvidado cómo leer y escribir. Lo único que le quedaba era la aritmética básica.

Alguna de las tardes llegó a la tienda un grupo de chavos más grandes que él con un Beetle robado. Fue toda una fiesta. Como en pocos lados, en el barrio los autos son mucho más que llantas y un motor. Representan una demostración de éxito, una alegoría de opulencia y la extensión de la virilidad.

A los 16 años, El Kiko ya acumulaba otra muestra de hombría callejera: una pistola cromada nueve milímetros.

Él y los suyos sólo robaban de noche, luego de que el tráfico de la ciudad se aquietaba. Esperaban el paso del auto pedido e iban detrás de él. Concretaban el asalto, casi siempre, cuando el automovilista se estacionaba para entrar a casa. Las mejores noches eran las de fin de semana porque cazaban parejas trasnochadas fáciles de amagar y de llevar de un cajero automático a otro.

Trabajaba para un solo cliente, a quien debía entregarle los 50 vehículos incluidos en un listado de autos a robar. Y ellos lo hacían, y con ganas, sólo que no se daban abasto. Para cumplir el encargo, se necesitaban los servicios de otras dos o tres pandillas.

Siempre había opciones una vez que tenían los autos: los podían comerciar para que fuera desarmados, venderlos para un asalto o un secuestro, o deshacerse de ellos en tianguis automovilísticos o en el extranjero.

No es extraño, pues, que El Kiko esté preso por el robo de una camioneta Honda CVR por la que habría ganado 17 mil pesos. El pago sube en la medida en que se cumplen exigencias como color, características del motor y equipamiento. Una SUV marca BMW se paga hasta en 25 mil pesos.

Normalmente habla quedo, pero baja aún más la voz cuando menciona los días en que traficó drogas dentro de este lugar, aunque ahora él ya no consume. Y para que se le crea, se despoja súbitamente de la playera y muestra su cuerpo de gimnasta, atlético y fuerte. Se sostiene entonces de un tubo con los puños, sube su cuerpo y conserva una posición horizontal, paralela al piso, como si fuese una bandera.

―¿Qué pensarían tus papás de ti?
―¿Con qué cara me podrían juzgar? Podrían pensar muchas cosas, no estoy en su mente para saber qué podrían pensar, pero de juzgarme, puedo decir que no, porque yo sería el primero que podría reclamarles.

De dónde vienen y por qué lo hacen

Raquel Olvera, directora de Tratamiento a Menores en la Ciudad de México, se concentra en el ambiente de los jóvenes criminales:

Más de la mitad crecieron en hogares con un grado alto o muy alto de marginación. Seis de cada 10 lo hicieron con la presencia exclusiva de la madre, cuya formación educativa suele ser mínima. Los jóvenes abandonan la escuela durante la secundaria. Buena parte de ellos vivieron en casas con un solo cuarto. Muchos conocieron la violencia desde muy pequeños.

Algunas estadísticas: 87 por ciento de los recluidos está por robo, casi 3 por ciento por homicidio y un poco menos por delincuencia organizada, portación de arma de fuego o delitos contra la salud.

No roban, en lo inmediato, empujados por la pobreza. Sólo la quinta parte argumentó que lo hizo por necesidad económica. Los demás lo hicieron para experimentar el tremendo subidón de adrenalina. O porque robar les permite ser parte de un grupo. Y, porque, para la mayoría, hurtar es la única manera de andar por la vida con los zapatos tenis, el pantalón de marca y el teléfono celular exigidos.

Otro asunto social incide, en opinión de Olvera. La sociedad posiciona a los narcotraficantes como figuras ejemplares. No existen personajes que contrasten los valores de los narcos y despierten empatía y solidaridad. Así, los muchachos son endebles cuando se encuentran con la corriente crecida del crimen organizado.

Las alternativas son pocas. Los muchachos que han delinquido, de manera general, no conocen ni aceptan más que la ley del barrio. Odian lo distinto. Sufren cuando se les discrimina, pero siempre discriminan.

El trabajo formal es una meta inalcanzable para la mayoría. “Nadie les ha dicho cómo obtener esa habilidad. Para el empleador, no tienen nada qué ofrecer”, concluye Olvera.

Por eso el número de adolescentes que han sido detenidos por narcotráfico ha aumentado en el último lustro. De hecho, hoy, en las cárceles mexicanas más de 60 por ciento de la población es menor de 30 años de edad.

La ley en la Ciudad de México castiga penalmente a muchachos de 12 años en adelante, pero bajo ninguna circunstancia se puede internar a ningún menor de 14 y, de ninguna manera, un joven puede ser trasladado a un centro de adultos una vez cumplida su mayoría de edad.

Guantes de oro

Para ser “cocinero” hace falta una báscula, una pelota de cocaína base del tamaño de una toronja, bicarbonato y raticida. El Moreno lo es. De niño quiso ser militar, pero al poco tiempo todo lo que quería se evaporó.

Estudió hasta el tercer año de primaria. Ya no pudo continuar porque sus arranques de violencia lo hacían inmanejable para las autoridades de la escuela. Su madre lo quiso meter a un internado, pero no había nada al alcance del bolsillo, pues era la única responsable de él y dos hermanos menores.

Sin saber leer ni escribir, sin conciencia clara de por qué la furia lo sacudía y lo desbordaba, el niño de ocho años ya era un muchacho perdido. Fue albañil, pero desertó y a los 13 años se convirtió en un gran vendedor de piedra o crack. Al año siguiente, en una pelea con vendedores rivales sacó navajas y armas de fuego. La bronca terminó cuando El Moreno remató a su rival con una piedra.

A los 15 años recobró la libertad y descubrió, en esta nueva etapa de su carrera, que conservaba la sangre fría a la hora de robar autos, así que pensó que lo lógico era adherirse a una banda y no andar en solitario. Cada semana hurtaban entre 10 y 20 autos por encargo, para su posterior entrega en el Estado de México, Guerrero y Morelos.

En una ocasión le tocó llevar tres Mercedes Benz a un fraccionamiento de Cuernavaca. Un hombre de aspecto convencional los invitó a pasar. Supo luego que los terrenos que pisaba eran de los hermanos Beltrán Leyva.

―¿Cómo era la casa?
―Tenía una alberca. Grande. Cuadros. Tenía dos pinches perros chidos. Su esposa estaba hermosa. Alta, güera, pestañas grandes. Era tranquilo, pedía las cosas por favor. Yo veía al güey éste y me decía que debía ser más chingón y tener cosas más chingonas.

Parte del pago de los Mercedes se hizo con dinero y el  resto con cocaína degradada. El Moreno se sintió cómodo con eso porque ya sabía cortarla con bicarbonato o con pastillas de sedalmerck para duplicarla. La ganancia se podía triplicar. Aunque no era la única sustancia con que la droga se podía rebajar.

“Tambien usaba raticida”, dice y sacude la cabeza. Mira hacia abajo y entrelaza sus manos de piedra y nudillos borrados.

―¿Para qué el veneno para ratas?
―El raticida apendejada a la gente que lo está consumiendo –una risa culposa lo sacude–. Y dicen: “puta, con una no me conformo, me conformo con 10, 15, 20 o hasta que se me acabe el dinero”.

El Moreno y su banda, claro, sólo fumaban la piedra cocinada para ellos mismos. Más pura, más potente, menos dañina. Aun así, el dinero se iba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y en tequila Agavero, los tragos de los narcos.

Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se enganchó a la piedra y su cuerpo empezó a extinguirse hasta pesar apenas 58 kilos. Le sangraban las encías, la ansiedad no lo soltaba ni un instante  y tenía el porte de un zombi.

Pero se enamoró y se recuperó. Consiguió un empleo honesto y la familia de su pareja lo adoptó. Tiempo después, un amigo lo encontró con los zapatos sucios y todo cansado.

―¿Mil pesos semanales pudiendo sacar 30, 40 mil varos en un pinche día? –dice El Moreno que su amigo le dijo.

“Y volví a caer. Me drogué y a los dos meses me apañaron con dos carros robados, papeles de piedra, una pistola 9 milímetros”.

―¿Qué sientes al asaltar, al matar?
―Sientes chido al golpear, al matar a alguien. Ni yo me lo explico. Frío. Te sientes bien al momento. Después, cuando estás tranquilo, dices: “chale, por un carro”.

Semana a semana, su madre y sus hermanos menores lo visitan en la Correccional de San Fernando. Los muchachos lo extrañan. Lo admiran. Estando adentro, El Moreno se ha convertido en un boxeador. Tiene forje de welter.

―Voy a robar para venir a estar contigo –le ha dicho uno de sus hermanos.
―¿Y qué les dices?
― Que no. Que es como echar al aire tu vida.

¡Fum! Con una moneda. Que no hay futuro.

***

Una pequeña viñeta sobre el encabronamiento juvenil:

Por la ruta actual, dice Castillo Berthier, el bono demográfico está irremediablemente perdido. La única manera de evitar caer al precipicio es, en su opinión, la intervención en educación, cultura, la transmisión de valores y, por supuesto, el empleo.

Desde finales de los años sesenta, la época de los movimientos estudiantiles, el Estado adoptó un criterio raso: ver a los chavos como eventuales delincuentes. Pero, a diferencia de los jóvenes de entonces, que tenían una visión política e ideológica consistente, los de ahora no tienen más que al odio.

“Hoy, existen muchísimos chavos encabronados, y con razón, que han pasado, en su propia visión, a ser simplemente antagonistas de cualquier cosa que pueda llamarse Estado, gobierno, autoridad o lo que sea”.

***

La tumba de oro blanco

La primera vez que El Pepino conoció la prisión tendría unos seis o siete años. Su madre, que era una interna, le regaló globos metálicos rellenos de hule espuma. Lo abrazó en algún pequeño jardín y luego se despidieron. La vio desaparecer detrás del portón metálico. Sin desearlo, entendió con el paso de los años que la prisión puede ser parte de la vida de alguien, al menos de la su madre, quien regresó al reclusorio nueve veces en total.

A la tercera ocasión en que su madre fue a la cárcel, ya no pudo visitarla. Le exigieron que mostrara una credencial escolar, pero él, desde entonces, ya no estudiaba, así que debían conformarse con hablar por un celular que ella ocultaba en su celda. Algo ocurrió, sin embargo, que se acabaron los telefonazos.

Ese es un recuerdo que duele, pero no el único que sacude a El Pepino, un joven rubio y en cuyo rostro destaca la nariz respingada. Si no fuera por las cicatrices en cara y brazos, su apariencia física desentonaría en la correccional.

El otro recuerdo es el de El Chinos, su padre, cuya primera aparición en la memoria de su hijo está conectada con el dinero que le daba para jugar en las maquinitas y el queso Oaxaca que le compraba. También se encuentra, claro, la escena en que tomaba de la mano al niño para descender del microbús y subir a la habitación del hotel con olor a insecticida donde vivía el hombre.

El Chinos se aseguraba de que la puerta quedara bien cerrada y encendía el televisor. Sintonizaba el canal que transmitiera caricaturas y se desparramaba en el colchón. Daba a su hijo papel y colores para dibujar.

“Yo volteaba y lo veía inyectarse. Ahora sé que es heroína. Me decía: ‘ve la tele’, ‘dibuja lo que se te venga a la mente’. ‘No me veas, ve la tele’. Se inyectaba. Sí, viajado. Yo veía las caricaturas. En ese tiempo estaban los Transformers”.

Pero su padre también desapareció detrás del portón metálico de una prisión.

―¿A quién mató tu papá?
―A uno de sus tíos, porque a su hermana, la mamá de mi papá, la manoseaba y todo eso desde que eran niños. Mi jefe siempre se dio cuenta y se hizo lacra y lo detonó a pura puñalada. Le metió 20 o 21.

El Pepino soñaba con los go carts. Esperó que los Reyes Magos le regalaran uno de fibra de vidrio y motor, pero eso nunca ocurrió. Así que cuando quiso un teléfono celular, se lo robó a un anciano que hacía cola en la tortillería. Tenía 13 años.

“Me latió. Había naves, carros, viejas. Todo. Quise moto y Rolex. Era más fácil vender vicio que correr con los celulares. Y, quieras o no, el chido –el vendedor de drogas de nivel intermedio– se aparece”.

Así que se enroló en la nómina de vendedores. Su patrón era un hombre de cara colorada y excedido de peso. A bordo de un automóvil sencillo y viejo, de láminas oxidadas, repartía la droga a su equipo de menudistas.

―¿Y cuánto ganabas tú?
―Del diario me daba 50 gramos. De esos 50 gramos, le sacaba 500 puntos. Yo vendía, cada punto, en 35 pesos. Diario movía 100 papeles. Me quedaba 15 pesos por cada papel… Éramos como 15, todos del centro. Yo la movía por la colonia Guerrero.

El Pepino empezó a alcanzar algunos de sus sueños. Como, por ejemplo, cuando fue a la fiesta de 15 años de una vecina cuyo traje color durazno estaba decorado con alas moradas. Su patrón le prestó su Hummer amarilla. “¡No mames! Las chavas luego, luego se te acercan. ‘¿Cómo te llamas?’, te preguntan. Y acá. Hasta te gritan. ¡Carajo!”.

El sueño fue efímero. Lo detuvieron con 66.6 gramos de cocaína. Ese día todo había empezado bien. Tenía pensado comprar una subametralladora Uzi en 10 mil pesos. Una ganga. Salió a conseguir el dinero, pero al voltear la esquina se encontró con media policía federal apuntándole.

“Me pusieron mi playera en la cara. Me golpearon y me subieron a una camioneta. Me decían que delatara a mi patrón. Me aferré. Me dieron toques en los huevos y los pies. Les decía que ya me habían torcido, que yo no tenía patrón. Vieron que era menor de edad y les dio miedo a los federales. Uno me pidió 70 mil pesos por soltarme. Pa’ pronto, no se hizo el bisne y aquí estoy”.

***

Hace poco tiempo, la madre de El Pepino salió de la cárcel de Santa Martha, pero no recuperó su libertad. Subió a una camioneta que la trasladó a la Correccional de San Fernando para ver a su hijo. “Lloramos machín. Me pidió que me cuidara, que le echara ganas”.

―¿Qué piensas de los chavos, en general, que van a la escuela?
―Que era fresón, que era puto. Como que caían mal, porque decía “chale, esos güeyes qué”. Se sienten muy, cómo se llama, muy fresones, ¿no? Acá yendo a la escuela… hijos de papi. Ya los veía y los chacaleaba y acá. Y luego hasta los robaba. Los madreaba y los robaba aparte. Si no se dejaban robar, les daba en su pinche madre.
―¿Y qué sentías después?
―Me empezaba a reír, como que decía ¡chale! Luego si me llegaba el remordimiento: “me pasé de verga” y ora sí que, en mi pachequez, decía “¡chale, me pasé de verga”! y me empezaba a reír. Pero está bien, para no se sientan muy verga.
―¿Cómo veías a tu “patrón”?
―Ese güey es chingón, ¿no? Quiero ser cómo ese güey.
―¿Y por qué no ser como un médico, como un contador, como lo que quieras, pero por la derecha?
―Ora sí que me llamaba más la atención, ¿no? Que trajera buticarros, culos arriba. El oro. Dos tres cuetes chidos. A cada rato le iban a empeñar los estéreos, las teles, buticosas le iban a empeñar.
―¿Por vicio?
―¡Ajá! Y veía que era rápido, así como cualquier rato llegaba lo chulo. Iban carros a empeñarlos, me empezó a llamar más la atención. Ora sí que casi no veía que los que se la llevaban por la derecha casi no les veía nada. Los veía a patín.
―¿Qué piensas de ti mismo?
―Yo soy un güey al que le vale verga, pa’ pronto. Me da igual… Ora sí que legalicen la pinche droga. Que ya no haya tanta pinche tira. Quiero ser un pinche narco chido. Que ya no me vuelvan a agarrar. Quiero fama, como el puto del Chapo.
―¿Te gustaría que hubiera un narcocorrido que hablara de El Pepino?
―Que dijera que me balaceaba con la tira, que tenía suerte, que traía unas viejas y pistolas con cachas de oro y con mi nombre grabado.
―¿Cómo te gustaría morir?
―A balazos con la tira. Nunca dejarme agarrar.
―¿Cómo sería tu tumba?
―De oro blanco, ¿no? Y que en vez de que la raza esté llorando, que se esté dando un toque. Chupando y cotorreando.

Enloquecidos

Óscar Galicia conoce San Fernando desde hace más de 20 años. Entraba ahí de la mano de su padre, un trabajador del taller de máquinas de costura de la vieja Correccional.

No hay definiciones simples, advierte Galicia, psicólogo e investigador de la Universidad Iberoamericana. Hace un apunte. No sólo los chavos pobres son violentos.

Los científicos encontraron jóvenes agresivos en las clases media y alta. Muchachos sin privaciones ni violencia intrafamiliar. Sin padres convictos ni madres prostitutas. “Simplemente eran ‘malos’. Punto”, resume.

Los neurólogos encontraron que algo funcionaba de manera diferente en la zona prefrontal de su corteza cerebral, el sitio donde se deposita el control de los impulsos y, en palabras del especialista, “nos hace propiamente humanos”.

“Cuando hay algún tipo de lesión ahí tenemos falla en la empatía y en las capacidades sociales, como seguir reglas, decir la verdad o sentir lástima”.

Pero sí es una constante que, cuando concurren la pobreza y este funcionamiento diferente del cerebro, se tiene un joven violento al extremo.

―¿Por qué somos violentos?
―Tienes familias violentas y una sociedad violenta porque hay una serie de sujetos muy infelices. El Estado es responsable de procurar el bienestar de sus ciudadanos y no cumple.

El olvido en que se tiene a los jóvenes y la falta de políticas sociales es criminal.

―¿Hasta qué punto son culpables estos chavos violentos, que delinquen?
―Hay que pensar si no estamos tratando con una persona enferma y, si al final, son sujetos imputables.
―¿Qué pronóstico tienen?
―Muy malo.
―¿Los perdimos?
―Sí. A estos jóvenes ya los perdimos. Platicaba con algunos de ellos y me dijeron: “Cuando salga de aquí, regresaré a mi barrio y me querrán matar. Tendré que matar a alguien. Y así nos acabaremos. Así acabó mi hermano y mi primo. Así yo he acabado con los hermanos o los primos de alguien más, ¿y qué otra nos queda?”.

Como si en verdad no existiera otra posibilidad. Lo que ocurre es que no les damos otras posibilidades.

Ángeles y demonios

Cuando lo detuvieron, en agosto de 2007, los policías judiciales no entendían la broma. Era, aún es, un niño de 1.53 metros y menos de 50 kilos, cabello lacio casi a rape y un flequillo en la frente que muestra el contorno del crecimiento de un cabello afro.

¿Cómo que ese niño era el terror de la Ciudad de México?

No había engaño. Ese era el matón que puso en jaque a la policía capitalina. Su apodo hace referencia a su tamaño: El Pequeño. En realidad el sobrenombre es otro, pero ha sido cambiado a petición de él, aunque su talla sí es pequeña. Apenas a los ocho o nueve años se curtió en los laberintos de su barrio, El Hoyo, oficialmente la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa.

Delgado, pequeño, con largas y lacias pestañas sobre ojos siempre somnolientos. La nariz diminuta y la boca marcada por los dientes frontales. Los hombros son angostos y las pantorrillas delgadas en extremo. No deja de bostezar. La mañana que habla de su vida no calza los Nike Michael Jordan de rigor. Los cambió durante una semana con un compañero por unos Adidas blancos con las tres franjas rojas. “Casi no robaba. Andábamos en otro rollo, andábamos matando”.

―¿Cómo mataban?
―Cuando era por dinero les poníamos unos cinco tiros. La mayoría de veces los agarrábamos saliendo de sus cocheras. ¡Pum! A quemarropa, de frente. ¡Pum, pum! Cuando era el poderío del barrio tirábamos hasta 30 balazos.
―¿Quién los contrataba?
―Un ruco de mi barrio. Está en una cárcel del Estado de México. Mató a un comandante de la policía y lo mandaron para allá.
―¿Por cuántos homicidios estás?
―Tenía 14 averiguaciones, pero creo que nada más están comprobados cuatro o cinco.
―¿Y cuántos asesinatos fueron?
―Unos 18 o 19. Había meses que hacíamos dos. Luego nada. Variaba. No todo fue bueno. A mi hermano lo levantaron, lo picaron y lo aventaron de un carro. Fue en 2006. Sentí un madrazo en el pecho. Lloré. Lloré de impotencia, porque no hallaba cómo sacármela rápido y vengarlo.
―¿Quién lo mató?
―La banda de Los Ojos Rojos. Fueron dos hermanos y el chido de la banda, pero sólo pude matar al chido y a uno de los hermanos. El otro se me desapareció. No los torturamos. Ya no pudimos. Tanta fue nuestra saña y coraje que lo hicimos rápido. ¡Pum, pum! ¡La .40! Les dimos como 60 balazos. Los matamos y les prendimos fuego.
―¿Qué sentías?
―Que había hecho lo que tenía que hacer, sacarme la de mi hermano. La vez que sentí feo, fue la primera vez que maté a alguien. ¿Qué sentía? Miedo de que me agarraran. Pero cuando maté al primero y vi que no pasó nada, me daba igual. La vez que matamos a una chava en una balacera, fue la única vez que soñé feo. Pero lo que pasara, me daba igual. Como quiera que sea, de los hombres dices pues que anda de culero y había veces que nos hacían matar a mujeres por culpa de sus güeyes. Haz de cuenta que tú tienes pedos y nos mandan a matar a tu esposa. Ahí decíamos ¡chale!
―¿A quiénes matabas?
―La mayoría de veces era entre la mafia. A mí me mandaba la mafia a matar más mafia. Gente de en medio. A ellos les daban indicaciones y a nosotros nos mandaban para hacer el trabajo.
―¿Eres un sicario?
―A mí mandaba la mafia a matar más mafia.
―¿Qué mafia?
―Era gente de en medio y era cuando queríamos. A veces teníamos planes de irnos de vacaciones. Yo tenía un Jetta cuarta generación azul marino. Traía sus rines y su equipito, su quemacocos. Estaba bonito. Me latía andar en las motos de pista. Yo traía una VCR 900. Estaba pesada, me tenía que parar con las puntitas de los pies.
―¿Qué arma traías?
―Siempre usaba una nueve milímetros de 15 tiros Smith and Wesson. Potentes y cromadas. Las comprábamos a un viejo que se dedicaba a eso. Las vendía en cajas, nuevas. Yo tenía una escopeta calibre 12, una metralleta Mendoza nueve, una .45 y una .22. Éramos muy respetadillos, desde chicos no se metían con nosotros.
―¿A qué edad comenzaste?
―Desde los 11 años vendí vicio. Después robé carros. Luego vimos que ahí (en el asesinato) había más dinero y nos cambiamos.
―¿Secuestraron?
―A un empresario por avenida Chapultepec. Se llamaba Raúl quién sabe qué. Pagaron cuatro millones de pesos. Le pegamos, pero no le cortamos dedos ni nada, porque él y su familia siempre cooperaron. El segundo fue a uno que vendía vicio, nos dieron 800 mil pesos. Otro fue el hijo de La Ma Baker. Lo tuvimos tres semanas y nos dieron un millón 200 mil pesos.
―¿Y qué hacían con el dinero?
―Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

El Pequeño adora el reguetón. El del portorriqueño Tego Calderón –hombre nacido pobre y enriquecido por cantar sobre el racismo y la miseria urbana– por encima de todos.

“Canta cosas reales, lo que cada día ocurre en el barrio”: Los maté… (estribillo con arreglo de ovejas balando) / Sí, señor… / Y si vuelvo a nacer/ yo los vuelvo a matar…

***

El Pequeño tiene tatuado el antebrazo derecho con las manos de Cristo reunidas en oración y atravesadas por clavos: “Perdóname Dios mío por lo que he hecho”.

Reza a veces. Reza a San Judas Tadeo, el de las causas difíciles, al que se busca en la desesperación.

―¿Te ha ayudado Judas?
―Sí, me libró una vez por un secuestro y extorsión. Me agarró la policía. Le dimos 80 mil pesos a mi licenciado para pagar una jueza del Consejo Tutelar. No hallaron pruebas. Otra vez me detuvieron con una pistola y también salí. O cuando vendía piedra, me agarraron dos que tres veces con vicio. Sí, San Juditas Tadeo me ha ayudado.
―¿Y tu papá?
―Nunca he andado con mi papá. Él también es carnero. Él también anda de cabrón. Mi jefe ha estado preso en el Reclusorio Oriente, en el Sur, creo en el Norte y dos veces en el Bordo de Xochiaca. Roba joyería y cajeros. El Pequeño pertenece a una familia en la que son comunes los asaltantes y extorsionadores del transporte público en Iztapalapa. Uno de sus primos, al que se le atribuye el asesinato de un policía judicial, es secuestrador y trabajó con la mítica Ma Baker.

Ma Baker era la propietaria de una arena de lucha libre en Ciudad Neza y durante años controló el narcomenudeo en el oriente del Valle de México. Su organización era protegida por jueces federales, policías municipales y judiciales del Estado de México y agentes de la PGR. Se le responsabilizó del asesinato de tres empleados de gobierno.

Y a un hijo de la Ma Baker secuestró El Pequeño.

―¿Es fácil matar? ¿Es fácil secuestrar?
―Cuando tienes la gente todo es fácil. Todo se hace fácil cuando te proporcionan las cosas. Para mí todo se me ha hecho fácil. Pero a veces he llevado la de perder, pero así es esto.
―¿Te arrepientes de algo?
―Pues no. No me arrepiento más que de no haber puesto trucha a mi hermano. Si lo hubiera puesto más al tiro, hubiéramos evitado estas cosas. Pero así es esto. No siempre voy a ganar.

El Pequeño bosteza. Camina a su sección, la primera del tercer patio. Va sin playera y muestra otro tatuaje. Le cubre casi toda la espalda: de un lado, el ala de un ángel; del otro, la de un demonio.

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