Los derrotados de Morrison

Publicado: 25 septiembre 2012 en Alejo Gómez Jacobo
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Ramón Ferrari estaba por almorzar cuando le clavaron cinco puñaladas. En la cocina pegada al almacén donde estaba el cadáver, la Policía encontró un vaso con terma light y un tenedor pinchado en un tomate. Le habían prohibido el azúcar por una diabetes repentina. El primer cuchillazo fue mortal y el hombre de 68 años no tuvo posibilidad de evitar los cuatro siguientes. Su yerno, Daniel, halló el cuerpo en una pieza del almacén que hacía de lavadero. María Teresa llegó detrás y gritó: el grito inmediato de una mujer que perdía 36 años de casada para debutar como viuda.

Demasiado para un lugar como Morrison: restar uno de sus 3.242 habitantes es algo que hace ruido y llama la atención de la gente. Unas 100 personas fueron hasta el almacén para ver si era verdad que habían matado al “Chichito” Ferrari.

Una trabajadora social del pueblo dirá luego que en esa siesta de diciembre de 2011 se cometió “algo así como el tercer crimen en Morrison en 60 años”. Estadísticas con metal filoso.

Nada de esto se imaginaba Claudia Ferrari mientras aceleraba la moto y rezaba por su padre.

Nada de esto se imaginaba Carmen de los Milagros Nievas mientras mezclaba la cal y calculaba la cantidad de ladrillos para terminar la casa de la que sería expulsada.

Un poco de esto, tal vez, se imaginaba allá, cerca del río, el asesino, que a sus 17 años había aprendido a clavar el cuchillo pero no a esconder la evidencia.

El calor de diciembre pudría las cosas.

***

Lo foráneo, alguna vez, fue lo local.

Morrison (como quien dice: sudeste de la provincia de Córdoba / mucha soja, mucho maíz / alguna que otra inundación que empobrece la soja y el maíz / mayoría italiana y una plaza con una crucifixión de 15 metros de altura que parece advertencia) fue una ofrenda a lo que venía de afuera. Morrison se llama Morrison por Charles Morrison.

Vélez Sársfield, autor del Código Civil argentino, había bautizado al conglomerado con el nombre de Zuviría en homenaje al ministro de Justicia que participó de la construcción del primer tramo del ferrocarril que llevaría a Rosario. Pero a los ingleses qué puede importarles nuestro Código Civil. En 1907 murió en Londres el director de los ferrocarriles en la Argentina, Charles Morrison, y la colectividad británica le dijo al presidente José Figueroa Alcorta que para qué llamar a ese pueblo Zuviría si podía llamarlo Morrison. Entonces sí, lo foráneo fue lo local y pasemos a lo siguiente.

Lo siguiente es esto: el sinsentido. La historia de un país se fosiliza cuando intenta explicar –justificar- la práctica cotidiana de hacer de comer sin plata.

Porque el asesino de Ramón Ferrari es eso: una secuela tardía de aquella promesa de pampa fértil que un siglo atrás pobló de colonias las aldeas de la provincia. Sobre este adolescente se sabe poco y ese poco no lo favorece: hijo de un padre muerto y de una madre con muchos hijos, correntino, abandono, migración, trabajador golondrina. Un extraño en un pueblo pequeño. Un elemento de riesgo, diría un analista de seguridad.

Podría haber ocurrido que el hombre que contrató a este muchacho tuviera campos a trabajar en otro sector que no fuera Morrison. Podría haber ocurrido que sí estuvieran en Morrison, pero alejados del comercio de Ramón Ferrari. Podría haber ocurrido que estuvieran cerca del comercio, pero que el adolescente tuviese una contención que no le permitiera perder la cabeza por un sándwich de miga o unas alpargatas. Podría haber ocurrido que el trabajador no fuera golondrina por obligación, pero eso sería potencializar demasiado.

Los Podría y los Hubiera son tiempos que no existen. Y sujetarse a eso es una pérdida de tiempo para un adolescente que tuvo que ganarse el plato metiendo mano en la cosecha. Como sea, el hombre que lo contrató conocía en el pueblo a Carmen de los Milagros Nievas, madre de Diego, Estefanía, Alexander y Wanda (+), abuela de Delfina. Una familia de sangre gitana que, como todo gitano auténtico, había nacido en La Carlota pero sabía lo que era no quedarse quieta.

Esa vez llevaba ocho años en Morrison, y qué mejor que pedirle a la Mili Nievas si podía recibirlo un mes en su casa. Qué mejor que un foráneo para otros foráneos. Comenzaba lo que, para muchos morrisenses, sería una alianza peligrosa que justificaría la expulsión de Carmen de los Milagros Nievas del pueblo a cambio de no agredir a su familia.

***

―Así que vos querés que te cuente de la noche que nos echaron a patadas de nuestra propia casa.

La frase tiene peso dramático, pero puede ser engañosa. Estefanía la suelta con una naturalidad que confunde: su voz mantiene la misma vibración leve cuando dice Querés que te alcance un mate o Querés que te cuente de la noche que nos echaron a patadas o Sabés que creo que el correntino también me iba a apuñalar a mí.

Por las ventanas se cuela una mañana agradable de mayo de 2012, pero en la cocina pelada de los Nievas hace frío. Y eso que es pequeña: sentarse en la mesa implica chocar con las piernas del otro. En este caso, con Estefanía y sus pantuflas lanudas de recién levantada. Mastica un criollo, cuenta que está desocupada pero que no dejará el secundario para adultos, dice No Delfi, dejalo al señor, cuando su pequeña Delfina se sujeta en las piernas del extraño y le manotea la lapicera. Estefanía tiene el pelo corto, ondulado, y una cara alegre que tendrá recaídas en tramos del relato.

No fue fácil encontrar a Milagros y su familia; el primer rastro era lo que había dicho a los periodistas el intendente de Morrison, Jorge Cura: “La mujer reflexionó y decidió irse. Tuvimos una reunión en la que comprendió que su situación había llegado a un límite y la convivencia no iba a ser la más adecuada. No es una resolución mía. Lo que yo quería hacerle entender era que su familia corría ciertos riesgos; si estaba dispuesta a asumirlos, que retornara a su hogar. Ella dijo que no le quedaba otra que irse. Veremos socialmente cómo la vamos a ayudar”.

El segundo rastro llevó a Bell Ville, 15 kilómetros al sureste de Morrison, pero se perdía fácilmente entre sus más de 33.281 habitantes. El tercero –el definitivo– lo dio la voz de una vecina oculta detrás de persianas: “Ah, sí. Ustedes buscan a esa gente que es de afuera. Fíjense en esa casa de rejas negras”.

Y en esa casa de rejas negras estamos sentados con Estefanía. Milagros aún no llegó y cuando llegue dirá A mí me amenazaron y me echaron de la casa que hice con mis manos solamente porque alojé a alguien que terminó siendo un asesino y sin embargo me condenaron socialmente.

Pero hasta que llegue, el relato pasa por su hija:

―Yo empecé a sospechar de este chico cuando se apareció con un pan dulce para tomar el mate. ¿De dónde sacó plata para comprar un pan dulce? Y ni hablar cuando se compró un jean, ahí le hice un chiste muy arriesgado. Le dije “che, no lo habrás matado vos al viejo Ferrari, ¿no?”. Pero él jamás nos faltaba el respeto, nunca. Era comedido, educado. Por eso yo no entiendo cómo hizo eso, pero hay quienes comentan que Ferrari lo trataba mal.

Dice Estefanía que el adolescente acordó parar un mes en su casa hasta tanto consiguiera otro techo, pero pasaron dos, tres, cuatro meses y seguía ahí. Poco antes del quinto, hablaron con él y le pidieron que se fuera. Si algo no sobraba en casa de los Nievas, era espacio y comida. El adolescente dijo Bueno mañana me voy, y al día siguiente faltaban él y la cuchilla de 40 centímetros de la cocina.

―Cuando mataron a Ferrari, ese chico ya no vivía más en mi casa desde hacía 15 días. Nosotros la ligamos de arriba. Nos acusaron de resguardarlo, de estar involucrados, y si no fuera por nosotros quizá nunca lo hubieran atrapado. Porque fue mi mamá la que lo entregó. El chico le dio plata a mi mamá para que le comprara un bolso y le contó que esa misma noche tenía que irse del pueblo. Al rato nos presentamos en la comisaría.

La reconstrucción policial expone esto:

No hubo movimientos extraños la noche del 15 de diciembre, noche del crimen.

Los colectiveros y taxistas coincidieron en no haber llevado ninguna cara diferente.

El homicida seguía en el pueblo y cerca del río se encontró un cuchillo con sangre.

Un sospechoso, menor de edad, domiciliado cerca de la despensa de Avellaneda y Mitre, tenía en su bolso ropa manchada con sangre, mercadería que habría sido de Ferrari y dos bolsas con 250 pesos en monedas.

Fue arrestado en la mañana del 16 e imputado por homicidio calificado.

―Mi mamá identificó el cuchillo porque fue carnicera ocho años y sabe de esas cosas. Nosotros lo presionamos al chico, le preguntamos “¿fuiste vos?”, y él se puso colorado y se tapó la cara con una mano. No quería que lo viéramos llorar. Qué sé yo si disimulaba, pero para mí que se le cruzó hacernos algo a nosotros también. Te digo más: la noche que lo mataron a Ferrari, vino a casa muy nervioso y se bañó con detergente.

La puerta se abre y entra Milagros Nievas. No es para menos que mire con recelo al periodista: un pasado reciente augura que debe estar harta de tener extraños en la casa.

***

Literalmente, un desconocido.

La muerte de Ferrari a manos de ese desconocido fue un sacudón violento al panal del pueblo. La gente asomó de a poco y la rabia se transmitió de boca en boca. El 19 de diciembre, 500 personas –el 15 por ciento del pueblo– marcharon a la comisaría dispuestas a clavar el aguijón.

Parece que se lo clavaron ellos mismos, porque tenían la sangre envenenada cuando gritaron Que la Nievas se vaya del pueblo o por nuestros hijos que quemamos todo.

La acusaban de ser una puta. La puta del pueblo que ofrecía su consuelo a los delincuentes golondrina, como ese mocosito correntino que “frecuentaba a esa mujer” para dormirse en su falda de madre.

Diría luego la Curia de Morrison:

―En lugares pequeños se confunden las cosas. El comerciante era un hombre honrado, trabajador, pero la mujer expulsada fue un chivo expiatorio y la gente de la marcha no quería entender de razones.

Diría luego el Jorge Cura de Morrison:

―Decían que no querían tenerla en el barrio, que era un ejemplo indigno para los hijos. Que su vivienda era frecuentada por hombres de otros lugares y que era difícil convivir con ella.

Diría luego el comisario mayor Luis Perafán:

―Este reclamo social fue desmedido y tuvo matices que no estuvieron dentro de la legalidad, como exigir que fuera excluida del pueblo una habitante. Si bien en su casa se encontraron pertenencias del homicida, la mujer aportó pruebas fundamentales para esclarecer el hecho. Y una cosa más: nunca se acreditó que fuera prostituta. Y si lo hizo, fue en la intimidad de su hogar.

María Magdalena o no, los manifestantes pidieron su cabeza. Mejor dicho, su lejanía. Que es a lo que se refería esa vecina que protestó porque el Intendente “le brindó a esa mujer un terreno, materiales y luz gratis, mientras otros que quieren formar una familia no tienen acceso a nada”.

Los vecinos protestones suelen ser muy crueles. Está el horrorizado sin pruebas fácticas: “Escuché muchos comentarios de que en la casa de esa mujer funcionaba un prostíbulo. Pedimos que la saquen del pueblo”. Está el de la visión distorsionada: “No lo vemos como un hecho discriminatorio, sino de inseguridad. Queremos que la Policía actúe con gente que viene de afuera”. Es raro que falte el acusatorio penal: “El asesino era cliente de la mujer. Ella es cómplice del crimen”.

Y están, claro, los que apoyaban a Milagros Nievas, pero quién iba a tener el coraje de enfrentarse a un espectáculo que llevó a Morrison a las tapas provinciales:

Hacen que una mujer se vaya del pueblo (La Voz del Interior)

Piden el destierro de una prostituta (El diario de Villa María)

Quieren expulsar a una prostituta porque atrae a delincuentes (Cadena3)

Y el intendente Cura cedió, no fuera a ser cosa que.

―Esta mujer recibía hombres en su vivienda y este asesino era una de esas personas. La situación ha provocado una preocupación muy grande en los vecinos ya que desarrolla su actividad en horas que no son las más prudentes. No era convencerla, sino hacerle ver la realidad. En la marcha agarraron a su hijo y si la Policía no intervenía, no sé si no lo mataban. Yo no quería echarla, pero de ahora en más su vida no iba a gozar de tranquilidad.

Dos días después, la marcha se repitió y hubo aplausos cuando se confirmó que la familia Nievas ya no pertenecía a Morrison. Eso sí: antes de dispersarse, reclamaron un registro de los trabajadores rurales que llegan a esa zona de la pampa pudiente.

No fuera a ser que esas 1.500 golondrinas que, según la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre), recaen por año en Córdoba se obsesionaran con el maíz de Morrison.

***

No le gustaban las fotografías, pero en un asado lo engancharon justo y no le quedó otra que sonreír. Ramón Ferrari emana esa impresión muda que tienen las imágenes de hombres muertos.

Es la fotografía que su hija Claudia acaba de traer de una habitación. La mira un rato y se enorgullece:

―¿Viste que soy igual a mi papá? No hay manera de pifiarle. Más parecida, imposible.

Se parecen tanto que  bastaría con describir a uno para darse una idea de los dos. Caras angulares, gringas. Miradas pujantes. Perseverantes a la italiana; es decir, tozudos.

Son las seis de la tarde en Morrison y el tamaño de ese cielo de franjas crema asustaría a un hombre urbano por la ausencia de construcciones que lo oculten.

Ausencia es sobre lo que se está hablando en esta casa. El último diálogo entre un padre y su hija:

―Fue el día que lo mataron. Fui temprano hasta el almacén y lo vi parado sobre una escalerita, acomodando los estantes. Le pregunté si estaba de repositor y me dijo que no sabía qué era eso. Es el que acomoda la mercadería, papá, le dije. Rió. Le gustaba reír.

En realidad, el último diálogo fue a mediodía. Claudia llamó a su madre y la atendió su padre. Se dijeron nimiedades y ella recuerda que él rió. Ramón estaba solo porque su esposa y su yerno habían viajado a Villa María a comprar en mayoristas. Faltaban dos horas para la siesta y no había siesta que Ramón no durmiera.

“Chichito” Ferrari y su esposa, María Teresa, se conocieron hace 37 años en un colectivo que iba de Bell Ville a Morrison. Bastaron 15 kilómetros de camino para que él, que por entonces se la pasaba manejando camiones, tuviera éxito con esa veinteañera que desde niña limpiaba casas de campo.

Nació Claudia, nació Hugo. Ramón siguió con sus camiones a lo loco y en 2001 largó todo para poner la despensa. Fea época para confiar en la economía nacional. Hizo malabares con los números y salió adelante. María Teresa lo acompañó detrás del mostrador dos meses antes del crimen, nunca con la sospecha de que terminaría por heredar ese lugar.

Reducir la vida de un hombre a un manojo de líneas suena irrespetuoso.

―Pero es que no sé qué contarte de nosotros. Somos gente de laburo, de remarla toda la vida. Gente que trató de hacer las cosas de manera decente y que lógicamente, con todo lo que pasó, le teme a los desconocidos que vienen de afuera. Mi papá era un simple comerciante y no sé qué pudo haber pasado para que lo atacaran así. No sé si discutió con ese chico, si lo atacaron por sorpresa, no sé. Lo que sí sé es lo que me contó mi mamá: desde tres días antes del ataque, ese chico vino siempre al almacén a preguntar por unas alpargatas. Para mí que algo tramaba.

Claudia llenaba la pileta para el cumpleaños de 15 de la hija de su marido cuando la llamaron para decirle que su papá había tenido un problema y no estaba bien. Ella rezó todo el camino al almacén para que no fuera la diabetes.

Después sucedió el combo de marchas y expulsiones.

―Ya sé que me vas a preguntar por lo que pasó con esa señora. Te puedo decir que nosotros participamos de las marchas para exigir justicia y seguridad, pero que no las organizamos. Yo no quiero culpar a nadie, pero tenés que entender que sospechemos de ciertas personas. ¿Importa si yo quería que ella se fuera del pueblo? Esa señora está en su derecho de volver porque supuestamente no hay nada que la involucre. Me da igual; al que yo más quería ya no lo tengo conmigo. Por donde se mire, los que perdimos fuimos nosotros.

Sólo una vez se cruzaron Claudia y Milagros desde el crimen: fue en la comisaría, y Milagros estaba entregando al sospechoso.

*

Otra vez, esa incomodidad de la fotografía de un muerto. Para colmo, de un angelito de 6 meses. Wanda sale de blanco. Wanda está enterrada en Morrison. Me pregunto si a Wanda la habrá matado una inyección errónea, como insiste Milagros Nievas cuando ningunea a los médicos que diagnosticaron la muerte súbita.

―Después de seis años, me enteré de la verdad. Mi beba tenía fiebre y me la mató un médico que se equivocó de inyección. Al día siguiente cambió de color y dejó de respirar. Y yo corriendo desesperada por todo Morrison, pidiendo un médico a los gritos mientras el hijo de puta de mi marido jugaba a las bochas en Ballesteros.
―¿Cómo te enteraste de todo eso?
―No importa. A lo que voy es que me iba a dormir todas las noches al cementerio hasta que me di cuenta de que mis otros hijos seguían vivos y comencé a buscar una terapia. Me anoté en un curso de albañilería y así fue como armé a mano mi propia casa. Yo tendría que haber nacido hombre, vos sabés.
―¿Sola la armaste?
―Sola. Bah, con ayuda de mis hijos, de algunos vecinos… Pero sí, sola. Cuando tuve el terreno, me agaché y dibujé con la mano cómo quería que fuera mi casa. Y mirá que tuve que remarla, en seis meses me robaron 3.800 ladrillos y pasé noches enteras durmiendo en la obra en construcción para cuidar los materiales. En la oscuridad éramos yo, el campo y una velita.
―¿Tenías trabajo?
―Ahora no tengo. Estamos cagados de hambre, sin plata y discriminados. Pero hice de todo: en Morrison tuve bar, tuve pool, tuve tiendas, fui carnicera, cosí pelotas en Bell Ville. Pero mi Wanda tenía un leve retraso mental y vendí todo para un tratamiento que le íbamos a hacer en Italia. Antes de que sigamos, decime, ¿para qué va a servir esta nota que estás haciendo?
―No lo sé… Supongo que para que se conozca tu versión de las cosas.
―Ajá.

Los Nievas y los Ferrari tienen algo en común: la derrota. Si a la historia la escriben los que ganan, ésta es una historia imposible de escribir.

―Milagros, te lo tengo que preguntar: algunos en Morrison dicen que eras prostituta y que eso generaba en el barrio un clima difícil de convivencia…
―¡Jajaja! Ojalá hubiera sido prostituta, así tendría con qué comer. No es mi problema lo que cada uno haga con su intimidad puertas adentro. Sí es mi problema que a mi familia la echen de su casa y duerma una semana en una comisaría. ¿Pasaste una semana entera en una comisaría?
―No.
―No teníamos ni para bañarnos. Lo nuestro fue una condena social.

La fotógrafa levanta la cámara y Milagros dice Ni si te ocurra sacarme, por favor, no ves que estoy horrible. Esperá que al menos me pinte un poco, soy otra persona cuando me arreglo. Coqueta.

Ese cigarrillo contrasta demasiado con sus uñas verdosas. Milagros tiene una cara áspera, callejera, que no se condice con una mujer de 39 años. Pelo acostumbrado a tinturas y ojos enérgicos que pueden adivinar lo que uno está pensando, lo que siente en ese momento.

―Yo puedo adivinar lo que vos estás pensando, lo que sentís en este momento. Es un poder que heredé de mi mamá, y que ella heredó de mi abuela india, y que yo le transmití a Estefi y ella a Delfina. Cosas de gitanos.

Cosas de gitanos: escucharlos, sí, pero mejor no preguntarles demasiado. No vaya a ser que adivinen que me acabo de poner nervioso.

Repasando, entonces: Milagros trabajó de todo, Milagros tiene tres hijos de tres padres, Milagros tiene una hija muerta enterrada en el lugar del que la echaron, Milagros construyó su casa para aprender a convivir con la cotidianidad de tener una hija muerta. Falta la anécdota con la que podría escribirse una historia paralela. Concretamente:

―Cuando era nena, mis padres me vendieron a una familia de gitanos que me casó con mi primer marido y a los 12 años quedé embarazada de Diego, que hoy tiene 27. Eso sí, a los cuatro meses de embarazo lo eché a patadas de la casa porque lo encontré en la cama con una prima.

Cada cual hace su juego en el juguemos a culpar al otro. La gente marchó para pedir la expulsión y el intendente Cura resolvió el problema de la manera más fácil. Dice Milagros que esa noche los sacaron de su casa descalzos, en pijama, y les dijeron que debían irse rápido de Morrison porque podían matarlos.

―Así, tal cual suena. Apenas pudimos manotear algunas cosas y en un patrullero nos llevaron hasta la comisaría de Bell Ville. Al otro día, Jorge Cura nos pidió que por nuestra seguridad no volviéramos, pero nos prometió ayuda.
―¿Pudieron al menos regresar a buscar sus cosas?
―Un policía se quedó de custodia para que no atacaran nuestra casa, así que algo rescatamos. Pero igual allá queda mucho todavía, son muchos años de vivir en un lugar para salir corriendo a otro.
―¿Qué pensás de todo lo que pasó?
―¿Y qué te parece a vos que pienso? Un día estoy en mi casa, juntando ladrillos para armar una piecita donde poner un maxiquiosco, y al otro me toca dormir toda una semana con la misma ropa y pasar la Navidad en una comisaría. Así estamos, sin nada.

Se comprende, pues, que Milagros diga que si ella quiere vuelve sin problemas a Morrison pero que ni loca lo hará porque muchos son falsos y egoístas. La casa se puso en venta y punto. Hasta que saquen buen precio y consigan otro lugar, la Municipalidad de Morrison se encarga del alquiler en Bell Ville.

Pero ojo, el “hasta que” no dura para siempre.

―Bueno, Milagros, me voy yendo así almorzás tranquila.
―¿Almorzar qué cosa? Si te digo que no tengo nada.

***

La tierra es importante. Cada tanto, María Teresa Ferrari y Milagros Nievas se cruzan en el cementerio de Morrison.

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