El general

Publicado: 23 enero 2013 en Luis Felipe Gamarra
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Lo siguen llamando general. A pesar de haber dejado para siempre el traje de comando que lo hizo célebre en los reportajes de televisión, cuando solía aparecer en la selva a la caza de narcotraficantes y terroristas, en la cárcel, todos le recuerdan su perdida condición castrense. No es para menos. Nicolás de Bari Hermoza Ríos tiene un récord que mantendrá imbatible hasta la tumba: siete años al frente del Comando General del Ejército, más tiempo que ningún otro militar en el Perú. Entre 1992 y 1998, sólo Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos tuvieron más poder que él. Aquéllos fueron años maravillosos: una época en la que Hermoza Ríos era un temible general en traje de comando. Ahora, a siete años de haber dejado su uniforme, es sólo un hombre enfermo que camina en ropa interior por el estrecho corredor que une las celdas del ala B del pabellón de observación para reos primarios de San Jorge, un penal de mínima seguridad ubicado en el centro de Lima, en donde están recluidos los peces gordos de la red montesinista. Visto así, movilizando pesadamente su inmensa envoltura de piel, parece un enorme paquidermo cansado: un cuello casi inexistente queda cubierto por sus cachetes flácidos, encima de esos hombros que siempre fueron demasiado caídos para pertenecer a un señor de la guerra. Esa tarde de primavera, el general caminaba hasta la mesa –al pie de su celda–   para esperar la hora del almuerzo.

—Nosotros concebimos una nueva estrategia para terminar con el terrorismo de Sendero Luminoso –me dijo el día que finalmente decidí acercarme, después de haberlo observado durante meses sentado en esa mesa de madera que lleva inscritas, en tinta indeleble, las iniciales de su nombre. La primera vez que lo vi fue por televisión, el 21 abril de 1993. Yo era apenas un adolescente, el día que Hermoza, como Comandante General de las Fuerzas Armadas, se montó sobre la torre de un tanque, escoltado por un ejército de soldados, para cruzar las principales avenidas de Lima con dirección al Congreso. Un pequeño grupo de parlamentarios acababa de recibir un sobre anónimo con un mapa y restos humanos calcinados. Un año antes, el 18 de julio de 1992, un comando clandestino de soldados del ejército entró a la universidad La Cantuta y detuvo a nueve alumnos y un catedrático. Nunca más se supo de ellos.

—¿Por qué no mejor investigan el derecho de nuestros soldados mutilados e inválidos, en vez de perder el tiempo en acusaciones sin sustento? –preguntó el general Hermoza a los congresistas que investigaban el caso La Cantuta, un día antes de ejecutar aquella aparatosa demostración de poder: tal como dijo la prensa en ese entonces[1], Hermoza acorraló las principales avenidas con sus tanques, como si se tratara de un golpe de Estado, en lo que las primeras planas denominaron el “tanquetazo” del general Hermoza. Los tanques se quedaron dos días consecutivos en las calles, emplazando su fuerza motorizada cerca del Congreso. Jorge Camet Dickmann, entonces Ministro de Economía, se encontraba en Nueva York, en un intento por negociar la reinserción financiera del Perú tras el golpe fujimorista del 5 de abril de 1992. Camet, tras las críticas de los banqueros norteamericanos por el “tanquetazo”, tuvo que regresar de Estados Unidos con las manos vacías[2]. Esa noche, Fujimori condenó el gesto del general a través de un mensaje televisivo para la nación. Sin embargo, horas más tarde, un comunicado firmado por el Alto Mando de las Fuerzas Armadas respaldando la actitud del general Hermoza, acompañado por otro desfile de tanques en las principales unidades del Ejército, lo hicieron retroceder: Fujimori, por la noche del día 22, criticó al Congreso, tildándolo de inoportuno por investigar a los militares que combaten el terrorismo y el narcotráfico. Ése era el Hermoza que yo recordaba.

Ahora, en la cárcel, no queda rastro de aquel imponente general que iba impregnado de todas las medallas con las que un soldado pudo haber soñado: la Cruz Peruana al Mérito Militar en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Gran Oficial y Gran Cruz; la Orden Militar Francisco Bolognesi en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Cruz y Gran Cruz; la Medalla Académica del Ejército y dos condecoraciones al mérito de los ejércitos de Chile y Bolivia; la insignia de la Escuela de Blindados, de alumno del Centro Académico de Altos Estudios Militares, de diplomado en la Escuela Superior de Guerra del Ejército y de Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; la Medalla Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres en el Grado de Honor, “por haber formulado la estrategia militar y llevar a cabo con éxito la conducción de las Fuerzas Especiales en la Operación Chavín de Huántar”, tal como dictó el 22 de diciembre de 1997 la resolución que firmó el mismo general con su puño[3].

—Quienes tuvimos la responsabilidad de participar en la pacificación tenemos la obligación de dejar constancia de nuestros actos –me dijo con entusiasmo, al ver que le llevaba un ejemplar de su libro Filosofía de un soldado. Observó la carátula, en la que luce su traje de gala, lleno de medallas hasta la boca del estómago–. Te he visto varias veces con el libro –me dijo casi con ternura, antes de estirar su brazo para estrechar el libro con sus dedos regordetes como los de un carnicero.

Aquella primavera del año 2004, en la cárcel de San Jorge, observé al general como si se tratara de un animal enjaulado. Lo vi comer, dormir, leer y caminar, pero nunca me atreví a conversarle: no ha declarado nada desde que entró en la prisión, el 5 de abril del año 2001, irónicamente, nueve años después de haber ordenado que el Ejército tomara por asalto las principales entidades del Estado para convertir a Fujimori en un presidente de facto. Faltaban sólo dos semanas para que comenzara la etapa oral de su proceso por el delito de peculado, en el momento que decidí acercarme con su libro en la mano. No se negó, pero tampoco dejó que le preguntara nada. Ejecutó un interminable monólogo en el que justificó sus actos y apenas pude interrumpirle para decir:

—General, si todo lo que usted dice fue así, entonces… ¿qué ocurrió?

El general me hizo notar que el sonido de la campana anunciaba el final de las visitas. Me prometió que volveríamos a conversar pero eso nunca sucedió. Lo busqué una semana después y me cerró la puerta de su celda. No lo volví a ver.

Su tono era napoleónico, de aquellos generales que sólo saben de victorias, pero durante la conversación ocultó otras proezas menos honrosas: 21.155.173 dólares distribuidos en seis cuentas a nombre suyo y de su familia en el banco privado Edmond de Rothschild, en Ginebra, y en el Union Bank of Switzerland, en Lugano. El general habló en esa forma en la que ciertos militares se refieren a la paz alcanzada en pos de una sociedad mejor. Acaso era una mañana demasiado tranquila para recordarlo, pero Hermoza prefirió olvidar los detalles de su obra pacifista: según los testimonios que obran en manos de jueces, procuradores y fiscales, él alentó la existencia del grupo Colina, el temido escuadrón de la muerte conformado por militares, liderado, en la más alta de las instancias, por el ex presidente Alberto Fujimori, en su calidad de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Este grupo se creó en 1991, con el objetivo capturar líderes terroristas. Pero terminó encabezando la guerra sucia en contra de los principales opositores del gobierno de Fujimori. Se sabe, por las investigaciones realizadas tras la caída de la dictadura, que el grupo Colina torturó, ultimó y desapareció a más de 41 personas. Crímenes que quedaron impregnados con olor a kerosene, el combustible con el que los aparatos de seguridad del Estado de las dictaduras más salvajes se deshacerse de sus víctimas.

Durante el verano del año 2001 la dictadura de Fujimori se desmoronó y las principales cabezas de su régimen comenzaron a rodar por los pasillos del Poder Judicial. El general Víctor Malca Villanueva, Ministro de Defensa desde 1991 hasta 1996, con una orden de arresto sobre su pellejo, huyó al extranjero. El general Julio Salazar Monroe, Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional desde 1991 hasta 1998, cumplía entonces con una prolongada orden de arresto domiciliario[4]. Y, mientras otros 78 militares que trabajaron para la dictadura eran investigados por diversos delitos de corrupción, Nicolás Hermoza todavía disfrutaba de las comodidades que goza un general retirado: un chequeo semanal en el Hospital Central Militar, natación en el Club Social de Miraflores y footing en el Círculo Militar. Fue el invitado estrella en la inauguración de un parque y ocupó un palco de honor durante la ceremonia de toma de mando del general Walter Chacón Málaga co

mo el primer Comandante General del Ejército que no era digitado por Montesinos[5]. Sin embargo, su situación se precipitó ese mismo verano. El 19 de enero de 2001, Vaticano, apelativo del capo peruano de la droga Demetrio Chávez Peñaherrera, repitió lo que ningún fiscal se atrevía a investigar en la época en la que Montesinos controlaba los aparatos de inteligencia del Estado: Montesinos, así como el general Hermoza, le cobraron cupos para que militares acantonados en la selva cocalera del Alto Huallaga lo dejaran traficar pasta básica de cocaína con absoluta libertad[6]. Vaticano, quien aseguraba que mientras otros narcotraficantes eran iglesias, parroquias y capillas, él era ‘El Vaticano’, fue el principal abastecedor del Cártel de Medellín entre 1990 y 1992, cuando algunos soldados peruanos acostumbraban transportar cocaína en helicópteros del Ejército, tal como se sabe hoy por el testimonio de diversos oficiales. A Nicolás Hermoza lo procesaron por narcotráfico y pisó la cárcel de San Jorge en abril de 2001. El 24 de ese mismo mes, mientras estaba preso junto con otros seis ex comandantes generales de las Fuerzas Armadas, lo acusaron por corrupción de funcionarios, enriquecimiento ilícito y peculado, por las millonarias cuentas que le encontró la Oficina Federal de Justicia de Suiza, en Europa. Un año después, el 22 de mayo de 2002, lo acusaron de homicidio, tortura y desaparición, por el asesinato de 38 personas, eliminadas por el grupo Colina.

Durante sus años de gloria, Hermoza, ordenó incrementar el presupuesto de las Fuerzas Armadas, malversó fondos destinados a las zonas de emergencia e impulsó leyes que blindaron a los militares de cualquier acusación de violación de los derechos humanos. Negoció con el poder ejecutivo la designación de numerosas autoridades públicas e incluyó a su hermano en la lista parlamentaria del presidente Fujimori. Arrasó con las tradiciones castrenses, trastornó las jerarquías militares y pasó al retiro a los generales más destacados de las Fuerzas Armadas. Frustró la carrera de muchos oficiales honestos y los reemplazó por mediocres militares adictos al régimen. Ordenó que le colocaran todas las medallas del Ejército y se nombró a sí mismo Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres, con el grado de Honor, por la operación ‘Chavín de Huántar’, un rescate perfecto que nunca comandó. Abrió cuentas en el extranjero con el dinero que robaba, colocó una decena de propiedades inmobiliarias a nombre de testaferros y sobornó a coroneles y generales para que se quedaran con la boca cerrada. Se enriqueció a costa de millonarias comisiones por compras de armamento obsoleto y llevó a cabo planes de seguimiento, interceptación telefónica y amedrentamiento contra todos los opositores del gobierno. La revista Debate, que año tras año publicaba la lista de los hombres más poderosos del Perú, ubicó durante cinco años consecutivos al general Hermoza dentro de los tres primeros lugares, al lado de Fujimori y Montesinos. Actualmente, tiene 74 años y lo más probable es que nunca salga de prisión. Tiene veinticinco kilos de sobrepeso, recita poemas de César Vallejo, confecciona tarjetas navideñas con papel reciclado y come muchas hojuelas de salvado con leche descremada. Aunque haya sido el general más poderoso en toda la historia militar del Perú[7], su biografía jamás será registrada por ninguna reseña militar. En el sitio web del Ejército, que recoge la relación de los últimos comandantes generales, su nombre no aparece, como si los años transcurridos durante su hora nunca hubieran existido.

***

—Mi declaración se va a ajustar a la estricta verdad y realidad, tal como he tratado de demostrar durante todo mi proceso. Lo he repetido muchas veces y lo volveré a decir cuanto sea necesario: todos los fondos que recibí fueron recibidos de manera ilícita, de fondos públicos que consistían en excedentes de los presupuestos asignados a diversas áreas de la institución militar. Los montos mensuales, o bimensuales, me eran entregados por los oficiales de Economía del Ejército. Los montos eran aproximados y variables: 60.000 dólares del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; 30.000 dólares de la Oficina de Economía del Ejército; 50.000 dólares del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército; y 10.000 dólares del Servicio de Intendencia del Ejército. Además, de las cantidades que he mencionado, también quiero declarar que por cada uno de los cuatro procesos electorales[8], desde 1992 hasta 1998, recibí 800.000 dólares. Sí, reconozco que soy culpable de los delitos que se me imputan –le dijo Hermoza a los magistrados.

Habían transcurrido cuatro años desde su última aparición pública. Aquella fría mañana del 15 de noviembre de 2004 comenzó la primera de todas sus audiencias por el delito de peculado. Había reemplazado el uniforme militar por un conservador traje gris con corbata crema. Sus escasos cabellos blancos, peinados sin agua ni fijador, lo convertían en un hombre prematuramente senil. Sus enormes orejas puntiagudas, sin el peso de su característica boina negra, parecían dos gigantescas antenas parabólicas carcomidas por el óxido. Su voz transmitía ira y contundencia. La sinceridad con la que parecía pronunciar cada una de sus palabras transformó la solemnidad en una mezcla de vergüenza y decepción. En la sala no hubo ningún rastro del temible militar que una vez marchó siete años consecutivos al frente de los institutos armados. Pero nadie parecía recordarlo.

Hermoza, además de confesar con detalle sus delitos, narró cómo nombró a cada general y coronel que participó dentro de su red. Esa mañana, antes de que comenzaran los interrogatorios, me crucé con tres de sus colaboradores. En una de las bancas de cemento, en la antesala de la corte, estaban sentados y vestidos sin sus uniformes los generales Marcelino Zevallos Málaga y Jesús Rejas Olivares, junto con el coronel César Luis Abt Torres, secretario personal de Nicolás Hermoza durante los años que duró su poder. Esperaban la orden de los vocales para pasar a declarar.

—Nosotros tenemos que decir la verdad –murmuró Zevallos Málaga.
—Chino –le dijo Zevallos a Rejas–, no pueden jodernos por obedecer órdenes. ¡Carajo!, somos militares. ¿Qué chucha esperan de nosotros?

La campana sonó y los tres militares se tomaron de las manos. Se las apretaron con fuerza, como los actores antes de entrar a escena. Nicolás Hermoza los esperaba sentado, acompañado por el resto de sus cómplices: esposa, dos hijos, dos hijastros y seis testaferros. En uno de los recesos, conversé con el coronel Abt Torres, el hombre del general Hermoza.

—¿Pensó que pasaría todo esto? –le pregunté.
—A ese hombre que está ahí yo nunca lo he conocido –respondió.
—¿A qué se refiere? –insistí.
—Hermoza fue un hombre de honor, éste que está aquí es un ladrón cualquiera  –dijo con profundo malestar–. Siempre creí que fue un militar honesto, con él hice toda mi carrera –concluyó el coronel antes de volver a la sala.

Podrían haber parecido las palabras de un hombre extremadamente leal. Sin embargo, hasta hoy día, muchos de los militares con los que conversé aún se sorprenden al saber que Nicolás Hermoza está procesado por corrupción, asesinato y narcotráfico. Para los oficiales de su época, fue un ejemplo de militar disciplinado. Hermoza fue el primer Comandante General que visitó cada uno de los cuarteles del Ejército a lo largo de los 24 departamentos del Perú. Como si se tratara de Papá Noel, Hermoza aterrizaba en los aparatosos helicópteros MI-17 con enormes bolsas de chocolates, medicinas y caramelos para repartirlos entre la tropa de cada base. Para ellos, la carne de cañón, era como ver al Señor de los cielos descender desde las alturas. Se enfrentó repetidas veces a Fujimori y Montesinos para defender a los militares acusados por violaciones a los derechos humanos y no dudó en amenazarlos con la salida de sus tanques. Trotaba por la pista junto con los comandos y le gustaba aparecer en televisión ejecutando dolorosas planchas con el puño. La prensa dijo que Hermoza era “el otro presidente” y eso llenó de orgullo a siete generaciones de militares. Sin embargo, ahora, años más tarde, acepta sin ningún tipo de escrúpulo sus delitos y reseña con detalle cómo llevó a cabo cada una de sus ilícitas operaciones.

***

El 28 de julio de 1990 Fujimori, tras haberse hecho de la banda presidencial, cesó al Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General de la Marina de Guerra, vicealmirante Alfonso Panizo Zariquiey, junto con otros once jefes de la Armada. Montesinos, convertido en el principal asesor en temas de seguridad y defensa del presidente, le dijo a Fujimori, entonces un novato en asuntos castrenses, con informes falsos de inteligencia, que la Armada preparaba un golpe en su contra. Meses más tarde, Montesinos hizo lo mismo con el ejército, no sin antes quitarse de encima algunas piedras del zapato. El pretexto: otro golpe de Estado, esta vez, orquestado desde los cuarteles. Y Fujimori, nuevamente, lo creyó. El 7 de noviembre de 1990, durante el 73° aniversario de la Revolución de Octubre en la embajada de la (entonces) Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Fujimori afirmó que hubo un intento de golpe que finalmente fracasó. A día siguiente, por recomendación de Montesinos, destituyó al entonces Comandante General del Ejército, general Jorge Zegarra Delgado, y lo reemplazó con el entonces Inspector General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, número tres en la línea de comando, un sumiso militar sin ascendencia[9]. El cargo le correspondía, por tradición y jerarquía, al número dos del ejército, Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Juan Fernández Dávila, pero su rechazo al ex capitán del Ejército lo colocó en la mira del ex asesor de inteligencia: Montesinos filtró a la prensa documentos que vincularon al general Fernández con un sonado caso de corrupción. Fujimori optó por pasarlo al retiro. A partir del 1 de enero de 1991, Fujimori empezó su mandato renovando el Alto Mando del Ejército: el general Nicolás Hermoza Ríos, entonces Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe), fue nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército. El general Luis Palomino Rodríguez, entonces Comandante General de la 5ª División de Infantería de la Selva, fue nombrado Inspector General del Ejército. Esa misma fecha, en reemplazo del general Hermoza, el general José Pastor Vives se hizo de la jefatura del Cologe.

En los primeros días del año, Pastor Vives ordenó una auditoría sobre todas las compras hechas por su predecesor. La contraloría del Cologe determinó que los archivos respecto a las compras hechas en 1990 estaban incompletos[10]. El 17 de febrero de 1991, el general Pastor le solicitó al general Palomino Rodríguez, a través de un memorando, que Inspectoría echara sus narices sobre los contratos suscritos por Hermoza en 1990. Semanas más tarde, el 15 de marzo, antes de que lograran investigar al general Hermoza, el Comandante General ordenó que Pastor y Palomino fueran removidos de sus cargos. Pastor fue destacado a la selva como nuevo Comandante General de la 5ª Región Militar y Palomino viajó a Israel con la extraña misión de llegar a Kuwait, en plena Guerra del Golfo Pérsico, para recoger sus impresiones del conflicto armado entre Irak y los Estados Unidos. Paradójicamente, eran los dos únicos personajes que podrían haber detenido al hombre que meses más tarde se convertiría en el hombre de uniforme más poderoso del Perú.

***

Un año antes, en 1 de enero de 1990, Fujimori soñaba con ser presidente, montado sobre timón el timón de un pequeño tractor color amarillo. Entonces, el general Nicolás Hermoza acababa de ser nombrado Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe). Su misión incluía, además de cumplir con el abastecimiento de las principales necesidades del Ejército, suscribir contratos con las empresas que se encargarían de proveer de material de guerra a lo largo del año. Durante ese periodo, el representante de una desconocida empresa israelí ganó todos los concursos, contratos y licitaciones con el Ejército. Su dueño: James Eliot Stone Cohen, un comerciante judío que parecía haber nacido con la estrella de David sobre la frente. Hermoza, durante los primeros meses de 1990, gracias a los tratos que firmó con Stone por la venta de 100 camiones Command Car, 1.730 fusiles de asalto Galil, 5.340 municiones calibre, 70.000 equipos de campaña para soldados[11] y 10.000 equipos de campaña para la División de Fuerzas de Especiales (DIFE), acumuló una incipiente pero prometedora fortuna. Amparándose en el secreto militar, Hermoza convocó licitaciones sin concurso público y autorizó compras sin la aprobación de la Contraloría General de la República. Por cada licitación en favor de Stone, el general Hermoza cobró entre el ocho y diez por ciento del valor total de los contratos[12]. Para asegurarse de que sus negocios con el israelí se prolongaran más allá de 1990, ordenó estandarizar el material de guerra para tropa: todo tenía que ser israelí, desde los pasadores de los borceguíes hasta la punta de las bayonetas. El resultado: su primer depósito en el extranjero, hecho el 1 de noviembre de 1990, a nombre suyo y de su familia. A partir de 1992, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, contrató al resto de la gavilla de Stone: los traficantes de armas Tzvi Sudit Wassermann, Moshe Rothschild Chassin, Jean Devrout Van Beckhoven y Enrique Benavides Morales, para equipar los institutos armados de granadas, pistolas, metralletas y fusiles, hasta helicópteros y aviones de combate. Bajo los seudónimos de ‘Fernanda’, ‘Sipán’ y ‘Pachacútec’, Hermoza depositó en Ginebra, en el Edmond de Rothschild, el dinero que los traficantes le iban consignando. El 11 de julio de 1995, durante su retorno de la República Popular de China, el general Hermoza hizo una escala en Nueva York en donde Stone Cohen lo esperaba con una sorpresa: un maletín de cuero con 400.000 dólares, listos para ser depositados en el Union Bank of Switzerland Corporation of New York. De regreso, en Lima, sin hacer mayores comentarios, Hermoza les solicitó a sus dos hijos y su esposa que firmaran los documentos que los acreditarían como propietarios de las cuentas[13].

Un mes después, en agosto de 1995, el general Hermoza, en el despacho de su casa, le ordenó a su familia que se quedara con la boca cerrada.

—Si esto se sabe, todos podemos ir presos –les dijo, tal como recordó Nicolás Hermoza Quiroz, el hijo menor del general, el día que le tocó ser interrogado por la sala que juzgó los delitos de su padre.

Con el aval de su familia, Hermoza aperturó tres cuentas bancarias más en Nueva York a nombre de Nanda Ltd., Atenea Inc. y Pegaso S.A. Dos años después, en 1997, los operadores bancarios del general Hermoza, Carlos Valderrama y Ernesto Strickler, transfirieron el dinero de Nueva York a una sucursal en Lugano: 6.231.343 dólares. En 1999, los tres depósitos hechos en el Edmond de Rothschild se transformaron en The Creston Trust, The Garden Trust y The Arcadia Trust: 14 923.849 dólares.

En febrero de 2001, la Comisión Waisman, la misma que investigó todos los crímenes cometidos por la dictadura de Fujimori, interrogó al general Hermoza por presuntos delitos de corrupción: se declaró inocente. Sin embargo, el 11 de abril, encarcelado por una acusación de narcotráfico, la Oficina Federal de Justicia y la Policía de Suiza, bajo la batuta de la fiscal del IV Cantón de Zurich Cornelia Cova, hallaron los depósitos hechos por Hermoza en el Edmond de Rothschild. El 18 de abril ordenaron el bloqueo de sus cuentas, así como el levantamiento de su reserva tributaria. Esa misma semana lo procesaron por delito de peculado. Su familia huyó al extranjero: su esposa y su hija a Miami y su hijo a Santiago de Chile. El 9 de mayo del mismo año, la Embajada de Suiza en Lima informó sobre depósitos hechos en el Union Bank of Switzarland. Hermoza, sin ninguna salida, confesó. Días más tarde, su familia retornó para entregarse a la justicia. El general Hermoza, desde 1990 hasta 1998, le cobró cerca de 9.500.000 dólares a los traficantes de armas y le robó a las Fuerzas Armadas cerca de 2.160.000 cada año. Stone Cohen fue capturado en Miami en abril de 2004 y llegó extraditado al Perú. Se acogió a la colaboración eficaz, estatus que le brindó ciertos privilegios a cambio de información. Está preso junto con el general Hermoza en el penal San Jorge, a sólo unas celdas de distancia. Durante el proceso por peculado, la defensa del general solicitó a Stone como testigo. A pesar de que lo había traicionado, se trataba de un testimonio bastante útil: Stone podía corroborar que la fortuna del general era producto de la codicia y no del narcotráfico, delito que podría haberlo encerrarlo por el resto de su vida. Hermoza, tras haber declarado, se convirtió en el colaborador eficaz 002, el segundo de la red montesinista que puso su pellejo a disposición de la Justicia, después de Matilde Pinchi Pinchi, conocido en los archivos del Poder Judicial como la colaboradora eficaz 001. Durante los años noventa, a partir de 1993, Stone empezaría a traficar armas directamente para Vladimiro Montesinos, así como Sudit, Rothschild, Devrout y Benavides. Si existe una persona que le enseñó al ex asesor de Fujimori el arte de administrar el lucrativo ejercicio de traficar armas en el mercado negro de Europa del Este, ese hombre sin temor a equivocarme fue el general Hermoza.

***

La fatalidad se deshizo de sus obstáculos. El general Nicolás Hermoza nunca tuvo la primera opción para llegar hasta la Comandancia General del Ejército. Tal como dictaba la Ley de Situación Militar del Ejército, antes de Fujimori llegara al poder, los generales que componían el alto mando, cesados tras haber cumplido 35 años de servicio, daban paso a la próxima generación de generales. Así, a partir de 1992, le correspondía a la 60° promoción ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan, egresada en 1958 de la Escuela Militar de Chorrillos, ocupar los cargos más importantes en el escalafón. El general Hermoza era parte de esa promoción, pero, por encima de él, existían otros siete oficiales que podrían haber alcanzado el grado más alto al que aspira un general. Wilfredo Mori Orzo fue Espada de Honor de su promoción[14], pero la masacre de 69 campesinos en un poblado de los Andes[15], mientras ocupaba el cargo de Jefe de la Zona de Seguridad Nº 5, en Ayacucho, lo obligó a pedir su retiro en 1985. Juan Alvarado Trujillo, número dos de su promoción, perdió la vida en 1979, en un intento por rescatar a sus hijos de la furia del río Amazonas. Jorge García Castro, número tres, sólo llegó a coronel. Jorge Rabanal Portilla, General de Caballería, ocupó la cuarta posición, pero el brutal develamiento de un motín de presos por terrorismo en el penal El Frontón, mientras él se desempeñaba como Comandante en Jefe de la Guardia Civil del Perú, en junio de 1986, descalificó para siempre su carrera. Carlos Porteros Vega, quinto, sólo llegó a coronel. Juan Ponce de León, sexto cadete de su promoción, se limitó a ascender a comandante. Hugo Chau Busanich, Comandante de Artillería, ocupó la séptima posición. Sin embargo, un accidente automovilístico lo relegó del resto de sus compañeros: en julio de 1982, el automóvil que manejaba Víctor Malca Villanueva, compañero de Chau y más tarde Ministro de Defensa del régimen de Fujimori, se despistó mientras iban por la carretera Panamericana. Malca quedó ileso pero Chau perdió parte de la vista. La octava posición era de Nicolás Hermoza Ríos, un tímido cadete que no ganó ninguna medalla durante los años que estuvo en el equipo de atletismo de la Escuela Militar de Chorrillos. Fue corredor de fondo, pero una artritis en la rodilla no le permitió destacar en los deportes. Se operó la rodilla en 1998, con el dinero que, según él manifestó en su proceso, le robó al ejército.

Mientras que a Mario Sencebe Huarcaya, capitán del equipo, le llamaron “el tren de Chorrillos”, a Nicolás Hermoza le apodaron ‘”la vieja” por su extraña manera de caminar: era un poco jorobado y sus pies formaban una escuadra, como los patos. Era corto de palabra y pasaba más horas con sus libros que con el resto de cadetes. También lo llamaron “filósofo”, pero su hábito nunca lo llevó a destacar en los estudios. Declamaba poesías en público y cantaba en los días festivos. Era humilde y silencioso. A finales de 1991, uno de los menos indicados –ya había recibido sobornos por la venta de armas– para ejercer el cargo tenía las cartas echadas sobre la mesa. Para Montesinos era el hombre que había estado esperando: corrupto y sumiso, esa mezcla de sujetos que le gustaba tener cerca. El 8 de noviembre de 1991, la Cámara de Senadores, con mayoría fujimorsta, aprobó la Ley del Sistema de Defensa Nacional, que modificó la Ley Orgánica del Ejército. A partir de esa fecha, el Presidente tenía la facultad de elegir entre los tres comandantes generales al director del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Ese mismo día también se aprobó la nueva Ley de Situación Militar, que fijó nuevos límites de edad para los generales que desempeñaban cargos estratégicos dentro de la cúpula militar. El objetivo de Fujimori era reservarse el derecho de elegir a los generales que lo acompañarían en su aventura golpística: el general Hermoza debería haber pasado al retiro a finales de 1991, fecha en la que cumplía 35 años portando el uniforme castrense… pero Montesinos tenía planes para él.

Aquella fecha, Hermoza, entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, número dos en la cadena de mando, estaba preocupado. No era un general influyente y, hasta ese momento, no formaba parte del círculo de Montesinos. El 15 de diciembre de 1991, Hermoza llamó a la Junta Interamericana de Defensa, y se comunicó con un amigo suyo: el representante del Perú en Washington, el general de Infantería Jaime Salinas Sedó, entonces uno de los generales más influyentes y destacados del ejército.

—Jaime –le dijo Nicolás Hermoza–, sé que te han ofrecido el Ministerio de Defensa. Sólo te pido que respetes mi antigüedad –recordó Salinas entrevistado por la revista Caretas en 1993. Hermoza y Salinas eran amigos desde que trabajaron juntos como asesores del entonces Comandante General del Ejército, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos, en 1981. Aquella mañana, Hermoza escuchó que Montesinos le propuso a Salinas, tal como lo hizo en 1990, la cartera de Defensa y, por lo tanto, podía convertirse en una figura importante a la hora de elegir a los próximos comandantes generales de las tres armas.
—Nico –le contestó Salinas–, ése es un ofrecimiento muy reservado y sería mejor que, por el momento, lo mantengamos así. En todo caso, todavía no he tomado una decisión.

Tres días después, el 18 de diciembre, todo se precipitó. Montesinos le ordenó al entonces Comandante General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, que firmara 45 resoluciones de pase al retiro en blanco. Los nombres, le dijo Montesinos, los agregaría más tarde junto con el Presidente. Villanueva advirtió que Montesinos pretendía deshacerse de varios destacados generales y se negó a suscribir los documentos. Había obedecido todas las órdenes de Montesinos, pero pasar al retiro a los más influyentes oficiales podría haberle merecido el repudio de toda la institución. Ese mismo día, por la tarde, Fujimori destituyó al general Villanueva y lo destacó a la agregaduría militar del Perú en España, un cargo para generales de menor jerarquía[16]. Mientras tanto, Montesinos organizó una reunión en la casa de un viejo conocido, un comandante retirado del Ejército desde 1975: Jorge Whittembury Rebaza, el mismo con el que Montesinos compartió celda, en 1976, cuando fue acusado de vender información a la CIA. Hasta la casa, ubicada en el próspero distrito de Las Casuarinas, llegó el Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Nicolás Hermoza Ríos, junto con el entonces Jefe de Contabilidad de la Oficina de Economía del Ejército, general Enrique Causo Calderón.

—El Ejército atraviesa una grave crisis de insubordinación. General Hermoza, necesito su respaldo –le dijo Montesinos, con ese tono solemne con el que se dirigía a los militares.
—Soy un hombre de principios, estoy subordinado a la Constitución –le respondió Hermoza, tal como recordó uno de sus colaboradores con los que conversé.

Montesinos le ofreció la Comandancia General del Ejército y Nicolás Hermoza aceptó con una sonrisa. Por la tarde, se encontraron en el Cuartel General del Ejército, el enorme edificio en forma de T al que todos llaman Pentagonito. Para no despertar sospechas, Nicolás Hermoza se ocultó dentro de la maletera del carro del general Causo, aplastando su masa corporal contra el aro de una llanta de repuesto. En el sótano del edificio, en presencia de otros altos oficiales, la propuesta se hizo oficial. Tras bambalinas, el Ejército tenía nuevo comandante.

Lo primero que hizo Nicolás Hermoza, reconocido como Comandante General del Ejército el 19 de diciembre de 1991, exactamente un día antes de cumplir 57 años, fue firmar el cese de los cinco generales que podrían haber ocupado la Comandancia General del Ejército durante los próximos cuatro años: Salinas Sedó, entonces amigo suyo, que se enteró estando en Washington; Palomino Rodríguez[17], en Francia; y los generales Víctor Obando Salas y Luis Soriano Morgan, en Lima[18]. El caso de Pastor Vives[19] fue diferente. Nicolás Hermoza viajó hasta la 5ª Región Militar, en la selva, para comunicárselo personalmente.

—¿Quién mierda te has creído para hacer esto? –le gritó Pastor a Hermoza.
—Son órdenes del Presidente –le contestó sin dar más explicaciones. Los oficiales acantonados en la base militar de Iquitos le dijeron al general Pastor que se levantarían en contra del general Hermoza como muestra de protesta, pero Pastor aceptó su destino  e hizo retroceder a sus oficiales.
—Hermoza cometió el peor acto de cobardía y sumisión –me comentó el general Pastor mientras conversábamos en su despacho, una mañana de 2004, rodeados por miniaturas militares de cobre y porcelana[20]–. Se sometió al poder de Montesinos a costa de nuestras carreras –me dijo Pastir un hombre bajo pero ancho, con fisonomía de pesista jubilado. De no ser por Hermoza, Pastor podría haber sido Comandante General del Ejército en 1994.

El 1 de enero de 1992, Hermoza fue nombrado Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y más tarde Jefe del Comando Operativo del Frente Interno (COFI), encargado de la lucha contra la subversión y el narcotráfico. El 3 de abril de 1992, en la casa del mismo  general Hermoza, el ex presidente Alberto Fujimori, acompañado por Montesinos, convocó al alto mando de las Fuerzas Armadas, integrado por el Ministro de Defensa, Víctor Malca Villanueva, el Ministro del Interior, Juan Briones Dávila, el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Pedro Valdivia Dueñas, el Jefe Nominal del Servicio de Inteligencia Nacional, Julio Salazar Monroe, el Comandante General de la Fuerza Aérea del Perú, general Arnaldo Velarde Ramírez, el Comandante General de la Marina de Guerra del Perú, almirante Alfredo Arnais Ambrosiani, así como por el Director General de la Policía Nacional, Víctor Cubas y Escobedo; para dictar las directrices del golpe de Estado del 5 de abril. Esa misma tarde, el general Hermoza manifestó que iban a ejecutarse detenciones contra los principales opositores del régimen. Por la mañana del 4 de abril de 1992, Hermoza se reunió con los comandantes generales de las cinco regiones militares. El 5 de abril de 1992, el general Hermoza ordenó que tanques y soldados tomaran por asalto el Parlamento, el Poder Judicial y los principales medios de comunicación. Sentado en la sala de su despacho, junto con los propietarios de los canales televisivos más importantes[21], Hermoza encendió su televisor para oír el mensaje del presidente Fujimori, convertido en el último dictador del siglo pasado: “disolver, disolver, disolver”, se le escuchó decir por el televisor aquella noche. Hermoza, el joven cadete que pasó inadvertido durante toda su carrera, se transformó de pronto en el tercer hombre más poderoso del país. Ese mismo año, cumplía 35 años de servicio y debería haber sido cesado por límite de edad, pero el dispositivo legal, implementado por la dupla Fujimori-Montesinos, le otorgó la oportunidad de quedarse con el poder absoluto por tiempo ilimitado. Con el paso de los años, ese poder engordó de manera desmesurada, como la dupla jamás imaginó. La revista , uno de los pocos medios independientes que quedaban, publicó en 1993 una carátula con la cara de Fujimori partida como trozos de un vidrio reventado: “Quien con militares se acuesta, golpeado amanece”, decía la revista en su primera página. Era evidente que desde 1994 existían dos bandos en las Fuerzas Armadas: los ‘hermocistas’ y los ‘montesinistas’. Pero el amor llegó a su fin el 22 de abril de 1997, el día que un grupo de comandos rescataron a 72 rehenes de la Embajada de Japón en Lima.

***

Ninguna persona lo notó, pero su hijastra lo llamó “tío”. Roxana Cecilia Ríos Quiroz había compartido el mismo techo que el general Hermoza hasta los 16 años, fecha en la que se casó con un hombre mayor por haber quedado embarazada, el mismo con el que tuvo su primer hijo y su primera decepción. Aquel hombre la abandonó y tuvo que valerse sola para mantener a su pequeño. Pese a sus necesidades, juró nunca más regresar a la casa de su padrastro, quien, como sostuvo Roxana durante la audiencia, nunca la trató con el cariño que merece la hija de la mujer que se ama. Pero el vínculo que existía entre Roxana Cecilia y el general iba más allá de compartir el mismo techo. Roxana Cecilia era hija del técnico de primera Máximo Ríos Lozano, primo hermano del general Hermoza por parte de madre. Juana Luisa Quiroz Bocanegra, esposa del general Hermoza, convivió con el padre de Roxana Cecilia hasta que esta lo dejó por el joven capitán del Ejército que entonces era Nicolás Hermoza Ríos en 1962, cuando Roxana Cecilia era una bebé de dos años.

En 1993, Roxana Cecilia no tenía casa propia y apenas ganaba para poder rentar un pequeño apartamento. Estaba desesperada. Entonces no sabía nada de la vida del general Hermoza, hasta que lo vio por televisión, convertido en el hombre poderoso del régimen de Fujimori. Llamó a su madre para pedirle que el general Hermoza le prestara dinero para poder sobrevivir. Hermoza le hizo llegar 30.000 dólares. Con ese monto se compró una casa en el distrito de Surquillo, una zona de clase media. Meses más tarde, el general le alcanzó otros 19.000 dólares y con eso Roxana Cecilia se compró un vehículo del año. En 1996, el general le entregó la última partida: 114.000 dólares. Roxana Cecilia compró dos casas más. Puso una cebichería y rentó una de sus propiedades.

—Yo sabía que el dinero era de procedencia ilícita. Sabía que era Comandante General, pero no podría haber ganado tanto dinero como para dármelo de esa manera –dijo Roxana Cecilia a los magistrados durante el proceso oral por peculado. El fiscal preguntó por qué aceptó entonces si sospechaba que se trataba de dinero ilícito
—Acepté porque consideré que era una compensación por las cosas que me hizo vivir –confesó Roxana Cecilia entre lágrimas. No explicó qué cosas le hizo vivir el general, pero preguntárselo habría sido en vano: aquel capítulo lo tenía cerrado como un libro que se echa a una pira. La acusaron por delito de encubrimiento. La Fiscalía solicitó cinco años de cárcel. Tiene 48 años. Es casi evidente que la mayoría de ellos han sido un péndulo entre malos y peores. Se casó hace unos años. Tuvo otro hijo. Intenta, como dijo ella, reconstruir su vida. El día que leyeron su condena la absolvieron de todos los delitos.
—Estoy decidido a pagar por mis delitos –dijo el general tras haber oído la declaración de Roxana–. Al haber involucrado a mi esposa e hijos en los ilícitos cometidos, lo hice pensando en asegurarles su futuro, ya que estaba sujeto a muchos riesgos, pues he volado más de mil horas en helicóptero, estaba sujeto a accidentes en cualquier momento, como le ocurrió a otros oficiales, por lo que indebidamente involucré a mi familia, utilizándolos. Mi esposa y mis hijos conocían lo que iba a depositar, pero ninguno sabía el origen de la fuente de recursos indebidos. Estoy arrepentido de haber involucrado a mis hijos y, sobre todo, a mi mujer. Ella tiene setenta años –dijo Hermoza sin referirse en ningún momento a Roxana ni a Lorenzo Arturo, su hermano, un sujeto ocho años mayor que ella que fue procesado por los mismos delitos. También quedó absuelto.

Traté de comunicarme con Máximo Ríos Lozano, pero una voz femenina en el teléfono me dijo que este falleció en 2003. Entre militares existen códigos tácitos que no necesitan estar inscritos en ningún reglamento. Es parte del ser militar, parte de la sustancia. Una de esas consignas dice que quitarle la mujer a un compañero de armas es peor que una aberración. Muchos de los militares con los que conversé me aseguraron incluso que uno podría ser expulsado de la institución por ese motivo: para ellos es como quitarle la mujer a un hermano. Sin embargo, más grave aún, es arrebatarle el amor a un soldado de menor grado, tal como lo hizo Nicolás con su primo Máximo, con el que lo unía un lazo sanguíneo. Un ex Comandante General del Ejército, discípulo del general Hermoza, calificó la actitud del general Hermoza como una abominación. “En el ejército existen muchas cosas que podemos perdonar. Muchos han hecho fortunas robando, todos lo sabemos, pero no existen palabras para clasificar este tipo de conductas. Es sencillamente abominable”, afirmó.

***

Si Nicolás Hermoza quiso meterse en problemas, se topó con las personas indicadas. Entre 1985 y 1986, ascendido de coronel a general de brigada, Nicolás Hermoza Ríos viajó con su familia a Trujillo, en la costa norte del Perú, para ejercer la Comandancia General de la 32° División de Infantería del Ejército. Allí comenzó a labrar su fortuna. En la 32° División de Infantería, ubicada en Trujillo, capital del departamento La Libertad, que se llamó Ciudad Bolívar tras la independencia del Perú, Hermoza trabajó con los que más tarde formarían parte de su red. El entonces capitán Miguel Ángel Gómez Rodríguez era Jefe de la Compañía de Intendencia de Trujillo y tenía a su cargo el manejo de la economía del cuartel. El entonces coronel César Saucedo Sánchez fue Inspector General en Trujillo en 1985 y Jefe del Estado Mayor en 1986. El coronel Marco Rodríguez Huertas fue Jefe de Estado Mayor de Trujillo en 1985 e Inspector General en 1986. El entonces coronel Róger Burgos León fue Jefe del Comando de Logística de Trujillo.

—Todo comenzó en Trujillo –me dijo Evaristo Castillo Aste[22], un mayor retirado del Ejército que camina por la calle con unos enormes lentes oscuros. Es un hombre alto, de músculos anchos, con aspecto de galán de novelas mexicanas. En 1985 era capitán y fue destacado a la 32° División de Infantería de Trujillo como Jefe del Servicio de Asuntos Sicosociales (SAS).
—Yo llegué a Trujillo para hacer inteligencia, pero con Hermoza como jefe del cuartel, me dediqué a perder mi tiempo.

Desde que llegó, Hermoza le encomendó fabricar una lista con el nombre de los generales de división que ocupaban, hasta ese momento, los cargos más importantes en el Ejército. La lista elaborada por el jefe del SAS incluyó, además, los nombres de las esposas de cada militar.

—Hermoza era un gran pendejo. Yo podría decir que lo ayudé a robar, sin recibir un centavo. Fui su alcahuete –me confesó Castillo mientras conversábamos en un café del centro de Lima. Hace doce años que no viste un uniforme pero, como la mayoría de militares, le gusta que lo llamen por su grado: mayor.

Castillo, durante los dos años que trabajó con el general Hermoza, organizó recorridos turísticos para las esposas de los generales más importantes, alrededor de los museos, los hoteles, las discotecas, las playas, los centros arqueológicos y los restaurantes. Además de ser el guía de cada una de esas visitas, tenía que bailar con ellas cuando se les antojaba visitar una peña.

—La plata para los paseos salía del presupuesto que manejaba Gómez. Burgos ponía los jeeps por orden de Saucedo y Rodríguez –me dijo Castillo.
—¿Qué tenían que ver esas atenciones con sus generales con el desvío de fondos del presupuesto de la base en Trujillo? –le pregunté al mayor Castillo.
—Para que no lo jodieran. En la lista que yo hice tenía anotados los días de los cumpleaños de los generales y sus esposas. A las mujeres, Hermoza les regalaba perfumes y, a los esposos, maletines de cuero o licores carísimos. Los tenía a todos comprados. Nadie se metía con él.

Años más tarde, en 1990, Miguel Ángel Gómez Rodríguez trabajó junto con Hermoza en el Cologe como Jefe de la Sección de Adquisiciones del Departamento Administrativo del Cuartel General del Ejército. En 1992, Hermoza lo nombró Jefe del Departamento de Economía del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército, cargo que ocupó hasta 1998. Era, por decir lo menos, su cajero particular desde 1984.

—Cuando él me solicitaba dinero para viajar a las zonas de emergencia, yo se lo entregaba y nunca me devolvía lo que sobraba. En 1993 yo le llevaba el dinero a su oficina en sobres de manila y él los guardada en su cajón. Sacaba una parte y me la daba. Él decía: “para que lo administres tú”. Y siempre quedamos así. Si había un saldo de 25.000 dólares, me decía que yo “administrara” 5.000 y que él “administraría” los otros 20.000. Administrar era como decir “agárratelo para ti, guárdatelo y no pidas más” –dijo Gómez Rodríguez ante una corte penal en junio del año 2001. Hoy está preso. Lo condenaron a ocho años de cárcel.

César Saucedo Sánchez se desempeñó más tarde como Ministro del Interior, Ministro de Defensa, Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General del Ejército. Se le descubrió una cuenta con tres millones de dólares y varias propiedades a nombre de sus hijas. Está preso y sus tres hijas, testaferras suyas en varios inmuebles, viven a salto de mata, con inapelables órdenes de captura.

Marco Rodríguez Huertas fue Presidente de la Caja de Pensión Militar Policial, la entidad financiera de los militares jubilados que durante la dictadura de Fujimori dilapidó 274 millones de dólares de sus fondos de pensiones. Está preso con una condena de cinco años por delante.

El general Róger Burgos León alcanzó la jefatura del Cologe en el año 2000.

—El Cologe era la instancia encargada de efectuar todas las compras que requería el Ejército, pero como algunos temas no pasaban porque ya eran demasiado desvergonzados, se buscó otro canal más simple y se creó el “Cologito” –dijo Burgos ante una corte penal en noviembre del año 2001. En el verano de 1995, mientras soldados peruanos se enfrentaban al Ejército de Ecuador durante la guerra de El Cenepa, el Cologito, a cargo del general Renzo Rejas Olivares –procesado junto con Hermoza por peculado– gastó, según la información que manejan los juzgados, 40 millones de dólares en armamento que nunca llegó a las manos de los soldados.

Durante esa guerra, a principios de 1995, el general Hermoza acostumbró llegar junto con las cámaras de televisión a lo que él denominó el “teatro de operaciones”. Mostraba mapas, caminaba junto con la tropa y le daba órdenes a sus coroneles y generales delante de la prensa. Cuando las luces de las cámaras se apagaban, el general partía de regreso a Lima. Meses antes, en noviembre de 1994, el general Vladimiro López Trigoso, Jefe de la 5ª. División de Infantería de la Selva, ubicada al borde de la frontera con Ecuador, le informó al general Hermoza que el conflicto armado era inminente: tanto, que existían dos bases ecuatorianas dentro del Perú. Hermoza nunca le escuchó. A mediados de 1995, tras el cese del fuego, López Trigoso publicó una carta, entonces de manera anónima, en la revista Caretas. Allí denunció los atropellos cometidos por el alto mando del Ejército: “Gastamos combustible de los helicópteros en paseos para los reporteros. Las botas de los soldados se parten y deben caminar descalzos por la selva equipados con armamentos muchas veces inservibles”, escribió López en una misiva que hasta la fecha le aflige reconocer.

—El primer helicóptero peruano que cayó durante la guerra era de transporte. Eso fue un error fatal. A la cabeza del convoy debería haber estado un helicóptero de combate MI-26, con radar antimisiles, pero no fue posible, porque a unos reporteros se les antojó viajar ahí. Nos ordenaron que les demos todas las facilidades a los periodistas, cosa que nunca debí permitir. La delantera la tomó el MI-7, sin equipo de radar, y cayó derribado. Los reporteros grabaron los precisos instantes en los que el helicóptero de transporte explotó en el aire –me dijo López Trigoso, muchos años después de la guerra, en la clínica privada en la que trabaja[23].

Hermoza destituyó a López Trigoso de su cargo y lo trasladó a Lima para ejercer un puesto administrativo. En su reemplazo, se creó la 6ª Región Militar, a cargo del general Luis Pérez Documet, un oscuro general vinculado con el asesinato de decenas de estudiantes en la Universidad de Huancayo, así como con la masacre de La Cantuta como jefe de la División de Fuerzas Especiales que controlaban las universidades en Lima. Durante la guerra, Hermoza se mantuvo refrescado por el aire acondicionado de su despacho, en el sexto piso del Pentagonito.

—En esa época él escuchaba unos discos que le mandamos a grabar con Rejas Olivares para que se relajara. Había música de guitarra, de valses y boleros, sin voz, como para que el general, que le gustaba cantar, pusiera la suya –me dijo una tarde de 2004 el general Gustavo Bobbio Rosas, secretario personal de Hermoza en 1995[24].

Evaristo Castillo le cargó las maletas al general Hermoza durante dos años consecutivos. Se hizo amigo de su hijo y llevaba de paseo a su esposa cada vez que sus amigas llegaban a Trujillo. El general Hermoza jamás imaginó que, años más tarde, Castillo, como testigo del Estado en uno de los casos más importantes de narcotráfico, pasaría de ser su ex colaborador a uno de sus principales y más eficaces verdugos.

***

Nicolás Hermoza nació el 20 de diciembre de 1934, a la hora en la que el sol se pone sobre el polvo que baña el distrito de Callería como una fina sábana de modorra y olvido, en la provincia de Coronel Portillo, Pucallpa, departamento de Ucayali. Su padre, Federico Hermoza Costa, lo inscribió con el nombre de Nicolás de Vari –años más tarde lo cambió por Bari– Hermoza Ríos, cuatro días después de su nacimiento. Su madre fue Miguelina Ríos de Hermoza. Tuvo cuatro hermanos con los que más tarde se mudó a Chimbote, un puerto del Pacífico al norte de Lima, invadido por un casi irrespirable olor a pescado, en donde un bisoño Nicolás estudió la secundaria en la Gran Unidad Escolar San Pedro. Allí, alentado por su madre, decidió que estaba hecho para la vida militar. El general postuló en 1954 ala Escuela Militar de Chorrillos, donde ingresan todos aquellos que desean hacerse oficiales del Ejército, junto con otros 84 jóvenes más. Egresó de allí 1 de enero de 1958 como subteniente de Infantería. Su promoción se llamó ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan’, nombré que llevó hasta la muerte un joven oficial que perdió la vida junto con Francisco Bolognesi durante la batalla de Arica. En 1973, como mayor, formó parte del equipo de asesores del Primer Ministro del Gobierno Revolucionario del general Juan Velasco Alvarado, general Edgardo Mercado Jarrín. Allí trabajó junto con el capitán Vladimiro Montesinos Torres y con Rafael Merino Bartet, un analista que acompañó a Montesinos durante los oscuros años noventa. En 1978, como coronel, fue Director de la Escuela de Infantería del Ejército. En 1981, junto con los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó y Luis Soriano Morgan, integró el equipo de asesores del que sería Comandante General del Ejército en 1983, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos. De 1982 a 1983 fue agregado militar en Ecuador. En 1984 hizo su curso de Defensa Nacional en el Centro de Altos Estudios Militares, requisito indispensable para ascender al grado de general de brigada. En 1985 tenía 27 años como militar y, según la Ley, contaba con el tiempo preciso para ascender a general de brigada, tal como lo hizo. Sin embargo, un edicto especial, emitido ese año, permitió que otros tres oficiales, dos años más jóvenes que Hermoza, ascendieran al mismo grado: los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó, Luis Palomino Rodríguez y José Pastor Vives, por su notable desempeño como militares.

—Él nunca nos perdonará por eso. Nosotros éramos mejores en todos los aspectos, no sólo en el de la disciplina y el honor. Éramos más pintones (ahora estamos un poco viejos), sabíamos cortejar a una dama y bailábamos muy bien. Hermoza era todo lo contrario, él no tenía gracia para nada, sólo servía para pasarle franela a los generales influyentes que pudieran ayudarlo en su ascenso –me dijo Luis Soriano Morgan, uno de los generales que Nicolás Hermoza echó del ejército[25].

El 13 de noviembre de 1992, ocho meses después de que Fujimori, Hermoza y Montesinos, disolvieran el Congreso y clausuraran el Poder Judicial, Soriano Morgan, Salinas Sedó y Pastor Vives, junto con otros 25 militares más, intentaron derrocar a Fujimori con lo que la prensa denominó ‘el contragolpe’.

—Yo pensé que con Hermoza, mi amigo, como Jefe del Ejército, tendríamos el apoyo de todos los institutos armados. Jamás me imaginé que con él en el poder nos pasaría todo lo que nos pasó –recordó Soriano el día que conversamos en el jardín de su casa, una tarde de abril de 2004. El contragolpe nunca prosperó. Un infidente los delató. Fueron detenidos y encarcelados en el penal Castro Castro, una cárcel construida exclusivamente para terroristas. El general Alberto Arciniegas Huby, entonces Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, ordenó que los militares del ‘13 de noviembre’ –como se les reconoce hasta la fecha– se trasladaran a una cárcel militar. Consideró, como muchos un grupo de ex comandantes generales que llegaron a firmar un acta, que retenerlos en un penal para terroristas era inaceptable. Pero Nicolás Hermoza rechazó la orden. Echó a Arciniegas del Ejército y ordenó que torturaran a los militares encabezados por Salinas. Hermoza, que nunca supo cortejar una chica, se vengó como los malos de una película de James Bond.

***

Hermoza nunca lo pudo mirar a los ojos, salvo hasta el final, cuando usó la manga de su casaca para secarse las lágrimas. El mayor Evaristo Castillo Aste, el mismo que cargó sus maletas durante 1985, en Trujillo, y soportó los engreimientos de ‘Juanita’, la esposa del general, se había convertido desde 1993 en su más infatigable cazador. En septiembre de 1991 el decreto supremo 137 subordinó la actividad policial en materia de subversión y narcotráfico a los Comandos Político-Militares de las denominadas zonas de emergencia. La legislación aplicada por Fujimori le quitó el poder a la Policía Antinarcóticos para dárselo al general Hermoza como Jefe del Comando Operativo del Frente Interno. En 1992 Castillo fue destacado a la selva como Jefe de Operaciones Antisubversivas en el Cuartel General del Destacamento Leoncio Prado, en Tarapoto, la base del entonces Frente Político Militar del Alto Huallaga, a cargo del general Eduardo Bellido Mora. Su misión era organizar operativos antinarcóticos conjuntos con la Drug Enforcement Administration (DEA), en los que se atestaban duros golpes contra las principales firmas de narcos del Huallaga. Sin embargo, sus narices llegaron demasiado lejos. En febrero de 1993, Hermoza lo separó del Ejército bajo los cargos de desobediencia e insulto al superior. Su delito: haber escrito un informe en el señaló los nombres de los militares que participaban en el lucrativo negocio de la coca, colocando al general Bellido Mora a la cabeza de todos. Castillo, una vez lejos de la institución, apareció repetidas veces por televisión acusando a los generales Hermoza y Bellido de cobrarle cupos a Vaticano por transportar cocaína en helicópteros. Castillo fue perseguido y tuvo que buscar asilo político en España. En febrero del año 2001, con Fujimori y Montesinos lejos del poder, retornó. Prestó su declaración ante la Justicia y su testimonió permitió abrir el expediente 28-2001, en el que se acusa a Montesinos y Hermoza de cometer los delitos de narcotráfico y lavado de dinero.

El 17 de octubre del año 2004, Hermoza fue sometido a una confrontación con el mayor Castillo. Hermoza estaba vestido con un buzo y una casaca deportiva. Lucía sereno, se trataba de un simple cotejo de testimonios, como muchos otros que ya había soportado a lo largo de sus tres procesos. Castillo llegó temprano. Su rostro denotaba impaciencia. Quería ver el rostro del general, el mismo que no veía desde muchos años atrás. Se sentaron uno en frente del otro, con un micrófono a la altura de sus mandíbulas. El mayor Castillo fue el primero en jalar del gatillo.

—¡¿Cómo que no sabe de narcotráfico, si usted ha sido Comandante General del Ejército?! –le imputó al general Hermoza.
—Mis actividades eran las de mantener el equilibrio estratégico que existía entre Sendero Luminoso y las fuerzas del orden, desde la ciudad de Lima. Eso no me permitía ver sino el grave problema del país –le contestó Hermoza.
—Oiga, general, aquí no hemos venido para hablar de estrategias. Estamos hablando de droga, de cocaína, del apoyo de las bases del Ejército al narcotráfico. No se haga usted al estratega. Hablamos de droga, y de droga hemos venido a hablar –le interrumpió Castillo–. ¿Acaso usted vivía en un globo? Usted era el rey del Ejército; usted hizo que burros con zapatos se hicieran generales para comandar al Ejército –Castillo estaba de pie, alzando la voz con energía. No había visto al general en 13 años, desde el día en que lo echaron de la institución. La fiscal le ordenó que se sentara y Castillo, que no escuchaba hace mucho una orden, acató con serenidad.
—¿Usted ha viajado en 1991 al Frente del Alto Huallaga? –preguntó la fiscal.
—Mis funciones como Jefe de Estado Mayor no me permitían viajar –contestó Hermoza.
—Mentira –dijo Castillo–. Yo lo he visto en tres oportunidades en la base de Punta Arenas, con el general Bellido, en Sion, Bellavista y Tabalosos. ¿Acaso, general, usted negará que no viajó a Tarapoto, en 1991, para felicitar el desempeño de los comandos, en donde le reconoció méritos al teniente Rafael Franco de la Cuba, una batea andante de 100 kilos de peso, para que ascendiera en 1992 a capitán? –Castillo le recordó que el capitán Franco de la Cuba, un obeso militar, apodado ‘Capulina’ por su parecido al cómico mejicano, según las declaraciones hechas por Vaticano, era el contacto entre Montesinos y su cártel de la droga.
—No me acuerdo, los oficiales me dieron cuenta de casos aislados de militares y narcotraficantes, pero todos fueron sancionados – contestó el general Hermoza.
—Yo le mostré al general el informe número 013-92, con 56 hojas y sus anexos, que detallaba la participación de los militares y la coca. Los soldados protegían las pistas clandestinas de Vaticano como si se tratara de comisarías. Por esos informes fui víctima de represalias. En 1993, el Servicio de Inteligencia Nacional interrumpió la tranquilidad de la casa de mi madre para llevarse todos los documentos –le dijo Castillo, que se puso otra vez de pie. Parecía un gallo de pelea, agitando sus brazos con frenesí.
—General, ¿por qué firmó mi baja? Usted sabía que yo era un mayor eficiente. ¿No le sorprendió ver mi nombre ahí? Mi padre se ha conocido con usted, él fue un héroe de la lucha contra la guerrilla del sesenta, hemos trabajado juntos en Trujillo… usted nunca me apoyó –le espetó Castillo.

Hermoza, hasta ese momento, sólo miraba la cara de la fiscal. Sin embargo, en el último embate, miró al mayor Castillo directo a sus ojos. El general apretó sus labios y contestó:

—Mis asesores me dieron un papel y yo lo firmé.
—Tú has sido una decepción para nosotros –le dijo Castillo con pena–. En el Ejército siempre decíamos “cuando llegue Nicola, cuando llegue Nicola”, pensando que contigo las cosas iban a ser diferentes.

Los ojos del general Hermoza se llenaron de lágrimas. El general Castillo se sentó. La sala concluyó la diligencia. Castillo le dijo “pobre hombre” y se colocó sus enormes lentes oscuros. Hermoza caminó hasta los dos policías que tenían que llevarlo de regreso a su celda. Se apoderó de sus brazos y, como los hombres que terminan una maratón, se colgó de ellos para llegar hasta el carro que lo trasladaría hasta el penal San Jorge.

***

Filosofía de un soldado se tituló su primer libro. Lecciones de este siglo llegó en 1996, con un prólogo hecho por Vladimiro Montesinos[26]. En 1998 publicó Filosofía de un soldado II, que, como los anteriores, recogía los sus discursos hechos por el general en decenas de festividades castrenses. La recopilación la hizo el entonces coronel Alejandro Álvarez Pedroza, entonces asesor legal de la Comandancia General del Ejército, que se encargó diligentemente de tomar nota de cada palabra que salía del general Hermoza: “es el testimonio de una posición político militar excepcionalmente filosófica y profundamente intelectual, cuyo mensaje nos hace sentir la misma pasión, entendimiento de las cosas, sentimiento y hasta las mismas experienciasTenemos una gran satisfacción por l profundidad magistral de su mensaje”, escribió Álvarez Pedroza en uno de los libros a cerca del contenido de los mismos. El ex teniente Carlos Aquilino Portella, uno de los testigos principales de la matanza de La Cantuta, ha señalado en el proceso que se le sigue al ex presidente Fujimori, que Álvarez Pedroza le entregó 30.000 dólares para que se quedara con la boca cerrada. La orden vino, evidentemente, del general Hermoza.  Pero el libro más celebre de todos se llamó Operación Chavín de Huantar (1997), que narra los detalles del asalto y rescate en la casa del Embajador de Japón en Lima. El 17 de diciembre de 1996, el fragor de la dinamita paralizó a los 659 invitados de Morihisa Aoki, entonces embajador de Japón en Lima, reunidos en su residencia por el natalicio del Emperador. El MRTA se apoderó de la casa durante cuatro largos meses, hasta que el 22 de abril de 1997, 140 comandos armados con fusiles, pistolas y granadas, ejecutaron una de las operaciones de rescate más reconocidas por los aparatos de seguridad del Estado: con el uso de túneles subterráneos, tal como las galerías encontradas en el subsuelo del “castillo” de la cultura precolombina Chapín, comandos penetraron la casa del embajador, rescatando a los últimos 71 rehenes que permanecían secuestrados. Los 14 terroristas fueron masacrados, dos comandos perdieron la vida y un rehén falleció camino al hospital. Después de eso se produjo la pugna por la autoría de la operación: Hermoza y Fujimori se enfrentaron por la gloria. Para Montesinos, había llegado la hora del general Hermoza, que ya entonces había acumulado mucho poder dentro de las Fuerzas Armadas. Una leyenda que circula entre militares señala que un día el influyente ex general Edgardo Mercado Jarrín buscó en su despacho Hermoza, por encargo de Montesinos, para sugerirle que dejara el Ejército. Como respuesta, el general Hermoza habría sacado un arma de su cajón, y, luego de colocarla sobre su escritorio, le habría contestado: “a ver, que venga y me lo diga él”.

Aprovechando la pugna Fujimori–Hermoza, Montesinos le dijo al primero que sólo él era la cabeza del operativo y que Hermoza era un subordinado, tal como lo dijo Fujimori en una entrevista en la que Montesinos y él vestían el mismo terno con la misma corbata, como un acto circense –más surrealista que grotesco– de siameses. Por otro lado, le recomendó al general Hermoza, tal como se desprende de un vídeo propalado por la televisión, que redactara un libro sobre el rescate, como el hombre que encabezó la acción armada. El general Hermoza, con un lapicero y una libreta de notas, como si se tratara de un reportero a la caza de una exclusiva, entrevistó a los comandos mientras recorría los pasajes secretos debajo de la Embajada.

—¿Puedo poner eso en mi libro? –preguntaba Hermoza a los oficiales.

Era evidente que no tenía idea del plan de rescate y que nunca había conversado con los comandos que redujeron a los miembros del MRTA[27]. El libro se publicó meses más tarde. Fujimori, en el relato de Nicolás Hermoza, era un simple personaje de reparto.

—¿Va a leer el libro? –le preguntó una periodista del diario El Comercio al entonces presidente Alberto Fujimori, semanas después de la presentación del libro del general Hermoza.
—No, ¿para qué? –contestó Fujimori con desdén.
—Para saber si hay algo que no se ajuste a la verdad –replicó la periodista.
—No creo que tenga tiempo –dijo Fujimori.
—¿Por alguna razón en especial? –insistió la periodista.
—Conozco perfectamente el desarrollo de la operación, fui yo quien la diseñó. El general no participó en las reuniones en las que se diseñó la estrategia de la operación militar.
—¿Con quién evaluó la situación? –le preguntaron a Fujimori.
—Mi hijo Kenyi –el menor de todos sus hijos, con entonces 12 años de edad– me acompañó hasta el SIN y junto con Montesinos evaluamos la situación.

La guerra entre Fujimori y el general Hermoza había sido declarada.

***

Nicolás Hermoza admiró al general Augusto Pinochet y quizá, por ese alto grado de empatía, quiso, algún día, llegar a ser como él. El 18 de septiembre de 1995, el ex dictador chileno, entonces Comandante en Jefe del Ejército, responsable de la desaparición 3.197 personas durante los 17 años que duró su gobierno, invitó al general Hermoza a Santiago para conmemorar el día de la Independencia de Chile y, un día después, el Día de las Glorias del Ejército de Chile. Hasta ese día, ningún militar peruano había concurrido a esa ceremonia militar, en la que los militares chilenos celebran, entre otras cosas, la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico. Nicolás Hermoza, después de 114 años, era el primer militar peruano en asistir a esta ceremonia. El parque Capitán General Bernardo O’Higgins Riquelme estaba colmado de uniformados. Hermoza, desde lo alto de un palco, veía el espectáculo junto a otros militares vestidos de gala. Pinochet, a escasos metros suyos, contaba entonces 80 años y aún se mantenía firme en el cargo de Comandante en Jefe de su Ejército. Nicolás Hermoza, entonces con 61, pudo haber pensado que todavía le quedaban muchos años por delante. Sin embargo, sólo tres años después, el 20 agosto de 1998, Hermoza fue cesado fríamente por Fujimori. Aquella mañana, el general llegó hasta la antigua Casa de Pizarro, en donde queda el Palacio de Gobierno, para una reunión del Sistema Nacional de Defensa. Dos soldados peruanos acababan de perder la vida por culpa de minas ecuatorianas, dentro de la frontera peruana, y pensó que la conversación giraría en torno a la desactivación de las minas antipersonales. Pero un mal presentimiento recorrió su inmenso organismo al ver que el Comandante General de la Armada y el de la Fuerza Aérea, así como todos los jefes de las cinco regiones militares del Ejército, lo esperaban en el salón dorado con un comunicado por delante.

—General –le dijo Fujimori– queremos darle las gracias por los valiosos servicios prestados a la patria.

Hermoza, de un momento a otro, acababa de ser destituido. En el camino ya había intentado comunicarse telefónicamente con sus generales, pero ninguno de ellos le contestó. Todos estaban presentes mientras le daban la noticia. Le acababan de dar un golpe inesperado. Las unidades blindadas de la Infantería de la Armada rodeaban Palacio ante cualquier tentación del general Hermoza. Montesinos, tras bambalinas, estaba con el general César Saucedo Sánchez, amigo del general Hermoza desde que trabajaron en Trujillo, corrigiendo los últimos detalles de su discurso. Saucedo reemplazaría a Hermoza en esa misma ceremonia.

—Quisiera darles a todos ustedes mis mejores votos, porque yo veo que el problema no es que yo me quede aquí, porque no hay una maniobra política ni militar en esto. Préstenle atención a su general –fue la última orden del militar.

El Presidente lo tomó gentilmente del brazo y se lo llevó hasta la puerta de salida. Allí lo dejó sin despedirse, sin himnos ni ceremonias. Hermoza caminó solo hasta la salida de Palacio, mientras un contingente de niños y turistas, amontonados sobre las rejas de seguridad, esperaba ver el disciplinado cambio de guardia. El general caminó por el patio principal hasta una bandera y se despidió de ella besando la tela de la que estaba hecha. Tomó su coche y dio su último paseo en vehículo oficial. Los hombres del general fueron cesados o destacados fuera del país. Fujimori nombró al general Saucedo Sánchez como nuevo Comandante General del Ejército. Un año más tarde, en 1999, Montesinos sacó a Saucedo y lo reemplazó con el general José Villanueva Ruesta, miembro de su promoción en el Ejército. Montesinos, con Villanueva, hizo lo que nunca podría haber hecho con Hermoza en el poder: obligó a generales y coroneles de las Fuerzas Armadas a que firmaran un acta de sujeción al régimen de Fujimori. Por ese hecho, cinco ex comandantes generales cumplen una condena de ocho años en el penal de San Jorge[28].

El general Hermoza fue condenado el 16 de mayo del año 2005 a ocho años de prisión por el delito de peculado. Aún le esperan dos condenas más por homicidio y narcotráfico, ambos penados con 35 años de prisión. A Pinochet, ese mismo año, se le descubrieron 24 millones de dólares en el extranjero, tres más que al general Hermoza. Para los que todavía se aferraban a esa  imagen de militar duro pero honesto, se trató de un golpe a su fidelidad.

Pablo Loayza Morales, amigo íntimo del general Hermoza desde que eran cadetes, me dijo que cuando todos sus procesos terminen y se demuestre su inocencia –cree Loayza–, el general Hermoza tomará una pistola y se pegará un tiro en la sien[29].

—Tiene un alto sentido de la moral. Cuando su familia salga librada de todo, recién podrá morir en paz.

Según la última Ley de Situación Militar, aprobada hace varios meses, Hermoza debería volver a vestirse con su uniforme, una vez que reciba la última de sus sentencias, para que se le arranquen públicamente todas las medallas y condecoraciones que acumuló durante sus años de poder. Para un militar, me lo han repetido mucho durante esta investigación, es preferible perder la vida antes que el honor. Con Hermoza Ríos, la hora de los generales parece haber llegado a su fin.


[1] El Comercio, 23 de abril de 1993. El 26 de abril del mismo año, la revista Sí tituló su la portada: El otro Presidente.

[2] Revista Sí, 26 de abril de 1993.

[3] Revista Caretas, 12 de julio de 2001.

[4] El pasado 8 de abril de 2007 Salazar fue condenado a 35 años de prisión por el crimen de La Cantuta.

[5] 28 de octubre de 2000.

[6] Vaticano ya lo había dicho en 1996 ante un tribunal, pero nunca pudo ratificarlo porque lo torturaron con electricidad.

[7] Ocupó, durante seis años y ocho meses la Comandancia General del Ejército, la presidencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, así como la jefatura del desaparecido Comando Operativo del Frente Interno (COFI).

[8] Procesos electorales de 1993 y 1995.

[9] Fernando Rospigliosi, Montesinos y las Fuerzas Armadas, IEP (2000)

[10] Entrevista al ex general José Pastor Vives.

[11] Incluye mochila, cinturón, correaje, portaarmamento, cantimplora y portabrújula.

[12] Testimonio del general Hermoza ante el juzgado anticorrupción.

[13] Expediente 45-2001. El Estado contra Nicolás Hermoza Ríos.

[14] El General de Infantería Wilfredo Mori Orzo ocupó el primer lugar de una promoción compuesta por 87 cadetes.

[15] El 14 de agosto de 1985, una patrulla de militares arrasó el poblado de Accomarca, quitándole la vida a 69 campesinos inocentes, entre los que se encontraban 23 niños menores de ocho años. El caso Accomarca aún no termina. El 29 de marzo de 2007 capturaron al ex comandante EP Telmo Hurtado, sindicado como el principal autor de la masacre de Accomarca.

[16] La agregaduría de España suele estar ocupada por generales de brigada. Villanueva era un general de división y un nombramiento como ése significaba una ofensa para su rango.

[17] El general que ocupó la Inspectoría General del Ejército que no pudo llegar a investigarlo.

[18] Ambos generales fueron los que participaron, con Salinas Sedó, de lo que se conoce como “el contragolpe”.

[19] El general que lo relevó en el Cologe y que descubrió sus tratos con los traficantes de armas.

[20] Entrevista a José Pastor Vives.

[21] En el número 1715 de la revista Caretas, el crítico Fernando Vivas reseña que se juntaron en el Pentagonito Manuel Delgado Parker (Panamericana Televisión), Nicanor Gonzáles Urrutia (América Televisión) y Mendel Winter Zuzunaga (Frecuencia Latina).

[22] Entrevista a Evaristo Castillo Aste.

[23] Entrevista a Vladimiro López Trigoso.

[24] Entrevista a Gustavo Bobbio Rosas.

[25] Entrevista a Luis Solano Morgan.

[26] Vladimiro Montesinos: “Personalmente le digo al señor General del Ejército Nicolás Hermoza Ríos, con toda subordinación, porque nunca dejé de ser soldado, ¡a sus órdenes mi General!”.

[27] Reportaje propalado por Panorama en diciembre de 2002.

[28] Elesván Bello Vásquez ex Comandante de la FAP; César Saucedo Sánchez, ex Comandante General del Ejército;  Antonio Ibárcena Amico, ex Comandante General de la Marina; Humberto Rosas Bonucelli, ex Comandante General de la Marina; y Fernando Dianderas Ottone, ex Comandante General de la Policía

[29] Entrevista a Pablo Loayza Morales.

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comentarios
  1. Ya me he reunido con el autor y le he hecho notar lo falso de su aseveración “En esa época él escuchaba unos discos que le mandamos a grabar con Rejas Olivares para que se relajara. Había música de guitarra, de valses y boleros, sin voz, como para que el general, que le gustaba cantar, pusiera la suya –me dijo una tarde de 2004 el general Gustavo Bobbio Rosas, secretario personal de Hermoza en 1995[24].”. NUNCA GRABE NI MANDÉ GRABAR NADA PARA HERMOSA, TAMPOCO FUI SU SECRETARIO PERSONAL. EN 1995 FUI DIRECTOR DE LA ESCUELA DE INGENIERÍA DEL EJÉRCITO COMO BIEN SABE TODO OFICIAL DE INGENIERÍA DE ESA ÉPOCA.

  2. Hugo Martinez Ramirez dice:

    Cuanta corrupciön durante el gobierno Fujimorista,rodeado solo de gente corrupta y falta de escrupulos.Todos deberian de cumplir cadena perpetua por haber echo tanto daño al païs.

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