Las obsesiones de un trabajador del tenis

Publicado: 26 febrero 2013 en Federico Bianchini
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El 2 de febrero de 2008, Juan “Pico” Mónaco estaba en su mejor momento. Catorce en el ranking mundial, venía con un envión imparable. Pero ese partido, la final de dobles del ATP de Viña del Mar, cada vez se ponía más difícil. Jugaba con Máximo González, contra José Acasuso y Sebastián Prieto. Iban perdiendo 6-1, 3-0, cuando fue a buscar una pelota al fondo. Pisó el cajón de unos de los jueces de línea y se esguinzó el tobillo izquierdo. Quedó tirado sobre el polvo de ladrillo. Con la bronca entre los dientes y la conciencia de que su puesto en el ranking caería sin freno.

Se perdió la final en Chile y la primera ronda de la Copa Davisfrente a Gran Bretaña.

Terminó el año en el puesto 46.

Pero pudo reponerse.

***

Mónaco está sentado en una mesa para cuatro en este bar de esquina en Palermo. Lleva una campera de sponsor, roja con tiras blancas, chaleco y pantalón negro. Parece incómodo frente a la mesa, chica, sostenida sobre patas cruzadas, de madera filosa.

Antes de empezar la nota, me dice que su entrenador no me va a aclarar las respuestas que me dio por mail. Que los dos saben que eran un poco generales, no tan específicas, pero que hay cosas que quieren mantener en reserva. No pueden abrir tanto el juego, porque su trabajo depende de eso. “Es parte de la estrategia”, dice y pregunta cómo va a seguir el cuestionario. Y entonces sí, las preguntas y las respuestas.

Cuando Mónaco sale a la cancha está solo. Frente al oponente, red de por medio, es él con su raqueta, las muñequeras, la vincha, la ropa y nadie más. La soledad del tenista promedio. Sin embargo, durante la semana trabaja con un entrenador físico, uno técnico, dos médicos, dos kinesiólogos y un manager. Ningún psicólogo.

Mónaco trata de priorizar lo humano sobre lo deportivo. “No es como en el fútbol que ves al entrenador una vez por día: yo desayuno con mi equipo, almuerzo con ellos, ceno y comparto el hotel”.

A Ignacio Menchón, su coach físico, lo conoce desde chico, fueron al mismo colegio y los padres son amigos. A Gustavo Marcaccio, su coach técnico, desde la adolescencia.

Saber que ellos confían en su laburo, que no están con él por la plata lo deja tranquilo. Saber que si mañana le va mal y alguien les hace una buena oferta no le van a decir: fue un gusto, pero hasta acá llegamos.

—El tenis es un juego psicológico: estar bien afuera de la cancha hace que uno pueda rendir mejor adentro —dice.

***

Mónaco es fachero, famoso, tiene plata (según el diario BAE en diez años ganó unos US$ 4,7 millones), no para de entrenar, está todo trabado, y de vez en cuando aparece en la tapa de alguna revista de moda con alguna novia, Luisana Lopilato, Zaira Nara, aunque a él, lo que más le preocupa es el tenis. Lo que lo obsesiona, lo que piensa cada noche antes de dormir, es cómo hacer para mejorar, para precisar detalles en el saque o la volea.

Como si siguiera un dogma, por día, como mínimo, toma cuatro litros de agua, duerme ocho horas, consume cuatro mil calorías. Se levanta a las 8, desayuna cereales, tostadas con queso, café con leche, jugos, fruta y huevos. A las 9.30, al gimnasio. Ciento veinte minutos en los que busca desarrollar potencia en los brazos, estabilidad en la cintura; reacción y velocidad en las piernas.

Almuerza carbohidratos: papa, arroz, pastas. Duerme siesta. Dos horas de tenis, una hora de fisioterapia. Merienda batidos proteicos, algún sándwich de queso, come frutas y frutos secos. Descansa. Cena carne, pescado o pollo que acompaña con carbohidratos. De postre, flan, o dulce, o una fruta. Y a dormir.

Al día siguiente, si no juega, lo mismo.

Es autoexigente dentro y fuera de la cancha. Se obsesiona con las comidas, con el descanso. Tiene 28 años y sabe que, a esta edad, no puede regalar un centímetro. Quiere estar bien físicamente: su táctica de juego depende de eso.

—No soy un jugador supertalentoso. No tengo un juego muy agresivo ni un saque muy potente, tampoco soy especialista en canchas rápidas. Baso mi estrategia en el diálogo. Soy un jugador de ritmo que gana puntos a partir de la tercera o cuarta pelota, que va desgastando todo el tiempo y cuando el otro baja, sigue ahí —dice antes de morder el sándwich de queso.

La perseverancia, el pensamiento único y constante, no es algo de los últimos tiempos. A los 8 ó 9 años, Mónaco se entrenaba todos los días. En Tandil. En invierno, con  cero grados, con las canchas llenas de escarcha.

Después de cumplir 14, se fue siete meses a entrenarse a Miami. Luego, se mudó a Barcelona, donde se formó como tenista profesional. En España vivió cuatro años. Dejó a su familia, sus amigos, pasó las Navidades solo, se perdió la adolescencia, las fiestas de quince de sus compañeras de colegio, todos sus cumpleaños. Dice, fue un sacrificio muy grande. Hubo momentos, a los 15 ó 16 años, cuando empezaba a jugar profesionalmente y perdía casi todos los partidos, en los que dudaba.

—¿Y si me vuelvo? ¿Y si me pongo a estudiar y hago la vida que hacen mis amigos que la pasan infernal? Pero cada vez, me inclinaba por el sacrificio, por seguir y  luchar: ¡Vamos que podemos! ¡Vamos que podemos!

Casi no queda sándwich.

Ya jugó 400 partidos de ATP. Y a veces, después de alguno muy duro, los siente. En la muñeca, el hombro, las caderas, la espalda. Pero hay que seguir. Para mejorar hay que seguir. Y Mónaco sabe que es un jugador que se acelera muy rápido. Si quiere superarse tiene que luchar, sobre todo, contra la ansiedad. Contra eso se entrena.

—Si por ejemplo hay que pegarle con derecha cruzada durante veinticinco minutos. Bueno, hacerlo a conciencia. Sin mirar para otro lado, pensando en la técnica, pensando sólo en corregir —toma un trago de café con leche y sigue, enérgico—. Por ahí te pasan cosas por la cabeza, te distraés: uh, salgo de acá, tengo la nota de hoy a la tarde, las fotos, apenas termino me tengo que bañar. Estoy en la Argentina quiero ir a ver a mis viejos, la cabeza se dispara y es ahí donde decís: enfocate. Dale, volvé. Dale, volvé. Todo el tiempo pensar en ir a por más.

***

¿Qué es ir a por más? ¿Por qué alguien pierde toda su vida tratando de pegarle mejor a una pelota, de correr más rápido, de tirar una bola de metal más lejos?  ¿Por qué una persona que nada sin parar durante ocho horas y media para algunos es un héroe?

¿Qué hay más allá de la plata, de la fama, del reconocimiento?

¿La obsesión del deportista es algo sano? ¿O son enfermos: obsesivos socialmente aceptados?

Cuando uno le pregunta a un deportista de alto rendimiento por qué hace lo que hace, la respuesta suele ser “qué buena pregunta”. Luego, algunos segundos de silencio. Y después sí: “Porque me gusta”. “Porque no podría hacer otra cosa”. “Porque me pone contento”. “Es difícil de explicar, pero cuando hago esto siento que estoy en lo mío”.

¿La repetición como una búsqueda de orden?

¿Mejorar para llegar a qué?

¿Para ganar algo?

¿Para ser mejor?

¿Repetir por repetir?

¿O repetir para no pensar?

***

El 17 de abril de 2012, cuatro años después de aquella lesión, Mónaco había recuperado su mejor puesto en el ranking: de nuevo era el número catorce del mundo. Se sentía en el mejor momento de su carrera. Había hecho semifinales del Masters en Miami, había perdido con el mejor del mundo, Novak Djokovic, por 6-0 y 7-6( 5). Venía embalado. Jugaba contra el holandés Robin Haase, en Montecarlo, la primera ronda del Masters 1000. Iban 5-7, 6-0, 3-1 y Mónaco, vestido de naranja furioso, devolvió la pelota y pisó mal, pisó con la cara externa del pie derecho y oyó el ruido de una soga al romperse, tac, y cayó y desde el piso gritó que no podía creerlo. No quería tocarse. Pensaba que se había roto el talón de Aquiles. Pensaba que, de nuevo, una vez más, cuando estaba subiendo en el ranking, venía esta lesión. Pensaba que iba a perder todo el año y se agarraba la cabeza y gritaba: no puedo creerlo, no.

Después de revisarlo, el médico le dijo que era una torcedura tobillo. Sólo una torcedura de tobillo. Se relajó tanto que quiso seguir. Djokovic sacó. Mónaco no tuvo reacción, le costaba pisar.

—Dos veces estuviste número 14 en el ranking y las dos veces te lesionaste. ¿Cómo interpretás eso?
—Hay dos formas de ver las cosas: deprimirse y decir “qué mala leche tengo” y pensar en la mala suerte y en un montón de cosas. O pensar que las cosas pasan por algo, que hay que seguir adelante. Que si me lesioné hoy, esta noche me voy a mentalizar para que la recuperación sea lo más rápido posible.

Al día siguiente, los médicos le dijeron que con ejercicios y kinesiología, podía volver en seis semanas. Que quizás, con suerte, llegaba a Roland Garros.

Y él que se había matado para estar, de nuevo, top 15, pensó que le había costado tres años volver a su mejor ranking.

Pensó: en cuatro semanas vuelvo.

Y en cuatro semanas, volvió.

En el Masters 1000, en Roma. Con todo. Y aunque no pudo (4-6, 6-2 y 6-3), estuvo a punto de ganarle a Djokovic, al número uno del mundo.

***

El año se le hace largo. Empieza la pretemporada en diciembre y el circuito en enero; recién se relaja a mediados de noviembre.

—No es fácil con tanta exigencia en la cabeza estar motivado todo el tiempo. Uno sufre pequeños altibajos, por eso es bueno tener un grupo humano al lado que te mantenga en órbita: ni tan eufórico cuando te va bien, ni tan abajo cuando te va mal.

A medida que se hacen conocidos, la presión sobre los tenistas aumenta. Al llegar al puesto treinta, el público, los periodistas, ellos mismos, quieren estar en el quince. Y, luego, seguir subiendo. Pero Mónaco se traza objetivos a corto plazo, no tan difíciles de alcanzar, que pueda cumplir de a poco.

—Sé que si me entreno muy duro y tengo esa obsesión por mejorar pequeños detalles, como el saque, la derecha y el revés y gano puntos, el ranking va a venir solo.

A la noche, después de un partido, mira series norteamericanas: Mad men, Lost o Six feet under. En una semana puede ver treinta capítulos. No chatea. Chatear lo desenfoca. Si está en China y habla con amigos o familiares que le cuentan lo que están haciendo, se acuerda, extraña y se va a dormir triste. Por eso, mira series, o alguna película.

Y al acostarse, después de cerrar los ojos, antes de quedarse dormido, trata de visualizar el partido del día siguiente, piensa cómo va a ser, si va a haber algún punto largo, o revisa el entrenamiento.

Su vida, dice, pasa ciento por ciento por el tenis. No puede dejar nada librado al azar.

Su vida, dice, no tiene sorpresas. Se rige por un estricto cronograma: el primero de octubre va a estar en Japón (Rakuten Japan Open), el siete en Shangai (Rolex Masters), el lunes 22 en Valencia (Open 500); la semana siguiente en París (BNP Paribas Masters).

Y durante los partidos tiene costumbres, rituales, que lo ayudan a concentrarse, a no pensar en otra cosa que no sea cómo pegarle a la pelota para que vaya adonde él quiera dirigirla.

Cuando saca, pica la pelota de seis a trece veces. Se enfoca en el número y, en ese momento, no piensa en absolutamente nada más que en la técnica del saque.

Y antes de devolver, mira para abajo dos segundos, y luego sí al oponente.

Cuando toma agua o alguna bebida energizante, siempre: dos tragos. No importa cuánta sed tenga. Dos tragos. Así, va a estar hidratado. No sabe si hacer esto está bien o está mal, pero lo deja tranquilo.

Y tres o cuatro minutos antes de los partidos necesita estar solo. Música y pensamiento. Catupecu Machu: bien arriba, mucha energía; o U2 o, si está triste, una cumbia: Gilda o Los Totora, para seguir el ritmo.

Y siempre, desde aquella vez de la lesión en Chile, un diálogo interno. El rosario en el pecho, el mismo pedido.

— Terminar sano. No me importa el resultado, jugar bien o jugar mal no me importa, pero quiero terminar sano, es lo único que pido: terminar sano el partido.
—En tu equipo no hay psicólogos, ¿no?
—No. Somos muchos y no me parece bueno meter más gente. Tengo un entrenador, un preparador físico y un equipo médico, amigos, que son los mejores psicólogos que pueden existir. Si tengo alguna inquietud, prefiero hablarla con ellos. Hay muchísima confianza y me van a decir la verdad de lo que está pasando. Si me ven bien o me ven mal.

Hoy, una vez más, Mónaco está catorce del mundo. Viene embalado. Y aunque sabe que los Juegos Olímpicos son en Wimbledon y que en césped no ha tenido muy buenos resultados, está tranquilo. No podría calcular porcentualmente sus posibilidades de ganar una medalla. Eso depende de muchos factores, dice. Puede jugar el mejor partido de su vida y perder en primera ronda o jugar más o menos y ganar. Sabe que si hace las cosas bien, los resultados llegan.

No por nada hoy está donde está. Número catorce del mundo.

A París fue 27 veces. No conoce el Louvre, no conoce Notre Dame, no dio una vuelta en barco por el Sena. Subió una sola vez a la Torre Eiffel. Suele enfocarse en los partidos, en descansar, bajar la adrenalina en el hotel, no tiene tiempo para paseos.

La mesa, las patas cruzadas de madera.

— Si alguien me pregunta si conocí París. No, la verdad es que no lo conozco. ¿Roland Garrós? Sí, de punta a punta. ¿Los aeropuertos? Todos. La concha de tu madre, que…

Pone cara de dolor, se agarra la rodilla.

—Ay, boludo, me hice mierda… Me corté… Me pegué con la punta.

Agarra una servilleta, y se agacha, se acaricia la pierna. Deja la servilleta en la mesa. En el papel blanco, la mancha de sangre.

—Dale, no pasa nada. ¿Qué te estaba diciendo?

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