Te hacés sufi y el mundo se te pone en contra

Publicado: 2 marzo 2013 en Cicco
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No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un derviche –o sufi, como gustes llamarlo–. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. No hay nada de este mundo que lo haga sentir satisfecho. Pueden venir a ofrecerle el paraíso: riqueza, ríos de vino y vírgenes dispuestas a atenderlo y él dirá: “Mejor no”. No busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

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Parece que el término sufi viene de lana -“suf”- la ropa que visten los primeros místicos del Islam. Pero aún los expertos no se ponen de acuerdo. Hay quienes rastrean el origen en la palabra pureza –safa–, o en los compañeros de banco –ashab-i suffa– del Profeta Muhammad –paz y bendiciones– quienes habían dejado todo atrás para estar junto a él y pasaban sus días esperándolo sentados junto a la mezquita.

En su mayoría, los primeros sufis son pobrísimos –de ahí también el término derviche y fakir–, y el estado de muchos de ellos es tan elevado que a veces no pueden completar las oraciones rituales sin caer al suelo en éxtasis. Los viajeros occidentales los ven y piensan que están locos o endemoniados o que algo raro les pasa.

“El sufismo consiste en no poseer nada”, lo define uno de los primeros derviches en el siglo X, “y en no dejarse poseer por nada”.

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Una vez que te vestís como derviche, te transformas en derviche. Es automático. Las mujeres dejan de mirarte. La gente que antes te tenía en alta estima ahora piensa que no le llegas ni a los talones. Antes calificabas para muchas cosas, ahora no. Con el tiempo, entendés por qué los maestros insisten tanto en que te vistas como ellos. Su ropa te limpia del polvo de este mundo. Y te prepara para tu encuentro con el Amado.

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Te hacés derviche y el mundo en seguida se pone en tu contra. Tus padres no te entienden, tus amigos no te entienden, tus hijos no te entienden.¿El trabajo? Trabajás lo justo y necesario. El mundo ve cómo le das la espalda y lo abandonás. Es natural que se sienta herido.

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Si sos derviche tenés una práctica diaria. Cuando recién empezás recitás el dikr –el recuerdo de Dios- de los iniciados: pronunciás 1500 Allah, y otros nombres divinos. Cuando sentís que podés asimilar más repeticiones, pasás al dikr de los preparados, y allí descubrís que de los 5000 Allah que repetís, mitad son con la lengua y la otra mitad, te indican, se pronuncian con el corazón. “¿Con el corazón?” te preguntás. Y es ahí cuando las cosas se ponen interesantes.

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Un siglo atrás, un maestro derviche envía a un luchador a pegarle a tres de sus discípulos. El primero aprieta los puños y se contiene de devolver el golpe. El segundo lo acepta, resignado. Y el tercero, un viejito, agradece. “Estos son los tres niveles de mis discípulos”, explica el maestro. “El primero sabe que todo viene de mí pero aún se resiste. El segundo lo acepta pero no encuentra lección alguna en ello. El tercero, sabe que todo, bueno o malo, es parte de mis regalos a él”.

De eso trata el camino del sufi: rendirse a la voluntad de Dios. Para los derviches, el pinchazo es la vacuna que tal vez te salve la vida.

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En 1986, un hombre planta en el país la semilla de la orden de Sufi Naqshbandi, a la que pertenecés. Es un psiquiatra de Mar del Plata llamado Eduardo Rocatti. Rocatti dirige un grupo de Gurdjieff –el maestro ruso que aplica el esoterismo oriental a la psicología moderna-. En el grupo hay maestros de escuela, albañiles, odontólogos, biólogos, kiosqueros. Le va tan bien que si prendés la tele local, ves sus anuncios en los cortes.

Como un siglo atrás, cuando Gurdjieff recibe iniciación de los sufis Naqshbandis, Rocatti decide buscar un maestro vivo por cuenta propia. En 1985 vuela a Konya, Turquia, donde conoce a un vendedor de alfombras, discípulo de un maestro Mevlevi, la orden sufi fundada por Rumi, que lo impresiona. Rocatti le pide conocer a su maestro. “Mi maestro”, le advierte, “no es para vos. El tuyo vive en Chipre. Su nombre es Mawlana Sheik Nazim”.

Al año siguiente, Rocatti conoce a Mawlana, se maravilla, se islamiza y recibe el nombre Abdul Nur. A su regreso, celebra dikrs –encuentros donde se recuerda a Dios a través de sus nombres divinos- e inicia a decenas de personas, autorizado por su maestro.

Al cabo de un tiempo, Abdul Nur se aleja de la orden y se va a vivir a Tucumán. A los discípulos los invita a irse con él. Van casi todos. Quedan un puñado de Naqshbandis en pie en la Argentina que pueden contarse con los dedos de una mano: entre ellos Ahmad y Hamida, un matrimonio de biólogos. Ante el desconcierto de quedar solos, escriben una carta a Mawlana pidiéndole indicaciones. La respuesta llega. “No hay motivos para la confusión, pues no los hay en el corazón al cual ustedes están conectados”, les dice. “Un verdadero guía es aquel que conduce a la gente fuera de toda confusión”.

Hamida viaja 20 veces a visitar a su maestro, traduce y edita doce libros con sus charlas. Mawlana dice que la siente como de la famila.Y los pocos derviches de fines de los ‘80, nunca más vuelven a sentirse solos.

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A los sufis, les encanta dar cifras. Así que, con los años, vas apuntando un puñado que te llaman la atención: En toda época, conviven 124.000 santos. El Sagrado Corán contiene 600.000 letras y un santo puede sacar de cada una de ellas 12.000 significados. Cada movimiento de Mawlana, esconde 1200 secretos y cuando uno besa su mano, entran en su corazón 12.000 conocimientos.

Los derviches te dan cifras abrumadoras. Tus cálculos mentales no pueden abarcarlas y entran en cortocircuito. El camino del sufi es, te dicen, como sumergirse en el océano. No hay tiempo para detenerse a contar las gotas.

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De los más de dos mil naqshbandis que existen en la Argentina, algunos son públicos y llevan ropa tradicional, a la que llamamos sunna –gorro, pantalones bombines y camisa de mangas largas- y hay otros naqshbandis de placard que jamás reconocerías por la calle. Aún conservan trabajos en atención al público, en empresas, en inmobiliarias que los obligan a mantener las apariencias ante el mundo. Se dice que la recompensa por reproducir un solo hábito del Profeta, en estos tiempos, equivale a cien personas que entregan su vida por Dios. A gran dificultad, gran gratificación.

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Conocés en un seminario a Shahabuddin, sheik de Glew, barba blanca ensortijada, rostro resplandeciente como piedra milenaria, el gesto de alguien que vivió muchas vidas, y uno de los hermanos más antiguos de la orden Naqhsbandi. Su nombre significa meteoro: el modo que emplea Dios para destruir demonios. Estar cerca de Shaha, es recibir parte de ese impacto celestial.

Un día, le preguntás qué se siente ser derviche. “Uno no viene acá a aprender nada. Lo que hace es dejar los malos hábitos para conectarse a una realidad más elevada. Estoy en este camino hace más de 20 años”, te dice, “y se pone cada vez mejor”.

Lo visitas a Shaha a Glew donde reúne a 50 derviches en una casa sin cartel alguno. Cinco años atrás levanta, a pedido de Mawlana, el maqam del Grand Sheik Abdullah, la extensión espiritual de su tumba: una forma de acercar su presencia. Desde que termina el maqam, el barrio se aquieta. El aguantadero de la cuadra se vende y se mudan nuevos vecinos. Nadie vuelve a escuchar música a todo volumen. “El maqam”, dice Shaha, “irradia luz espiritual continua”.

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Todo derviche es un esmerado consejero. Muchos de ellos han pasado vidas tan duras como la tuya: hablan desde la experiencia. “La religión”, dice el Profeta –paz y bendiciones-, “es consejo”. El Islam no es exclusivo de las mezquitas. Se lo llama din: una forma de vida. Hay un camino seguido por Muhammad, que el derviche busca seguir al pie de la letra: lo imita para ir al baño, comer, tener pareja o dormir. La gente piensa que una pauta de conducta es un castigo. Pero si estás dentro, sabes que es una bendición. Si la sigues, el fuego de este mundo no te tocará.

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En cuatro años, ves a más de 20 familias de derviches dejar la capital, siguiendo el consejo del Mawlana de llevar una vida sencilla fuera de las grandes ciudades. Parte el sheikh y su familia de Buenos Aires a Tandil. Se va Yakub con su esposa y su bebé a La Consulta en Mendoza donde hay otras 25 familias de sufis. A Yakub lo visitabas al departamento de sus suegros en Belgrano para que te enseñara las oraciones en árabe. El que no se va, es porque aún no termina su casa. Si un hermano no tiene dinero para construir, se asegura un lote en alguna comuna Naqshbandi. Hay derviches que deciden hacer las valijas y dejar su vieja vida atrás aún sin conocer a Mawlana en persona. Te preguntás: si eso no es estar enamorado, qué es.

Cómo te transformás en sufi

El primer sufi que conocés en tu vida se llama Suleyman, es fotógrafo, estudia psicología y vive, seis años atrás, en una casita en zona norte. Es, para entonces, el sheikh de Buenos Aires. Lo encontrás luminoso, como si tuviera un spot sobre la cabeza.

Con el tiempo te enterás de la historia de Suleyman. En 1994, se interesa por la meditación y viaja por África, Malasia, Tailandia, e India. Vive en ashrams y conoce a gurúes varios. Tres años más tarde, asiste en Buenos Aires a una charla sobre sufismo dada por un sheikh de Alemania, que lo impulsa a viajar a Chipre a conocer al maestro del sheikh. “Es difícil transmitir la impresión que provoca un maestro como Mawlana”, te cuenta hoy. “El estado espiritual que transmite su presencia basta para demostrar su condición de maestro. Gracias a él, descubrí la espiritualidad en la vida cotidiana. Dejé de buscar por agua, y me dediqué a aprender a nadar.”

Una primavera, Suleyman te recibe en su casa. Tiene plantas de tomate y rosales en el fondo. Llevas facturas pero su familia ya tiene preparada la merienda. Como nunca has visto a un sufi en tu vida, hablas mucho y preguntas mucho. Hasta que él te frena. “Estás lleno de palabras”, te advierte. “¿Cómo podés vivir así?”

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Llegás a la puerta del sufismo desahuciado. Probás con el budismo zen, con el control mental, con la alquimia, con el budismo tibetano y descubrís que, cuando las papas queman, nada de eso te saca del horno. Probás hacer carrera en la vida y descubrís que todos los que han llegado al lugar que aspirás están más perdidos que vos. Golpeaste cada puerta que te ofrece el mundo y en ninguna hallaste nada. Los sufis te ofrecen las llaves del último cerrojo. Detrás, el dueño de casa, espera.

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Cuando le preguntás a Suleyman sobre las reuniones derviches de los jueves, donde se juntan a repetir los nombres divinos, lo único que dice es: “Cuando vengas, vas a pensar que estamos todos locos”.

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Todos los sufis respetan los pilares del islam: no asociar nada ni nadie a Dios, practicar las cinco oraciones, pagar el zakat –el 2,5% de los ahorros anuales a los pobres-, el ayuno del mes de ramadán y, en la medida de las posibilidades, hacer la peregrinación a Meca, la casa de Allah.

Pero no todos los musulmanes son sufis. De hecho, creen que tener maestro es asociar alguien a Dios, la transgresión más severa en este camino. Los derviches, sin embargo, lo ven distinto. “Al que no tiene guía”, dice Mawlana Sheikh Nazim, “lo guía su propio ego”. “Seguir un camino espiritual sin un maestro”, lo escuchás decir al Sheikh Burhanuddin “es someterse a una cirugía sin anestesia”. “Sin un maestro”, dice Sheikh Hisham, “sos un loser”.

El islam moderno, politizado y cargado de petrodólares que uno ve en los medios, toma su conocimiento del papel. El sufismo, la fuente original, al conocimiento le pone el cuerpo.

El maestro y los sheikhs

Mawlana Sheikh Nazim es 40º maestro de la cadena Naqshbandi que se remonta sin quebrarse al profeta Muhammad –paz y bendiciones-. A Sheikh Nazim lo llaman el sultán de los santos. Dueño del trono de la guía. Revividor de la Ley Divina. La lista sube y sube.

Ves sus discursos en vivo en la web y te llama la atención como ese viejito amoroso de 90 años tiene bajo el manto tanto poder divino acumulado. Encontrás un mapa con sus centros en el mundo señalados con un ícono. Parece el tablero de TEG de alguien que ha ganado la partida.

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Te enterás –porque te cuentan hermanos y porque leés- de la epopeya que ha sido la vida de Mawlana: nieto de un sheik de la orden Qadiri, descendiente del místico y poeta Rumi y del Profeta –paz y bendiciones-, de niño jamás se lo ve discutir. Aún no cumple 10 y los vecinos se acercan a pedirle consejo. Estudia ingeniería química en la Universidad de Estambul. Su hermano médico muere en la guerra y la pérdida lo marca. En tiempos de veda religiosa en Turquía, Mawlana hace el llamado a la oración desde el minarete de la mezquita y lo encarcelan muchas, pero muchas veces. Acumula 114 casos en su contra. El equivalente a 100 años de prisión. Sus abogados le advierten que no lo haga más. “No puedo”, les dice, “la gente debe escuchar el llamado a la oración”. Cuando parece que transitará el resto de su vida entre rejas, asume un presidente en Turquía cuyo primer decreto es abrir las mezquitas y legalizar el llamado a la oración. El prontuario de Mawlana, por arte de magia, se esfuma.

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“En cada tiempo, sólo hay un sufi. Y ese sufi en esta época es Mawlana. Los demás, somos todos aprendices”, te confiesa Muyiddin, sheikh de La Plata, a quien visitás en su stand de la feria de artesanos de la ciudad. “Ser musulmán no es un papel ni un bautismo”, te dice, “es un estado espiritual”.

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El legado de los maestros es demasiado grande. Sus prácticas, vistas desde hoy, parecen titánicas. Hay sheiks que se cuelgan cabeza abajo en pozos de agua para recitar el Corán. Santas que duermen en el suelo con un ladrillo de almohada y que hacen la peregrinación a Meca poniendo la frente en tierra a cada paso. A seis meses de casarse, el grandsheikh Abdullah, a pedido de su maestro, se retira durante cinco años en reclusión a una cueva. Más que imitarlos, sólo te queda sentirte un poco avergonzado y agradecer que te tomen en cuenta.

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Una vez al año, te visitan los representantes de tu maestro: los sheikhs. A cada sheikh lo envuelve un perfume característico.

Cuando hablas con Hassan Dyck, que gira por el mundo con sus conciertos de música sagrada, se hace tan pequeño que tenés la impresión de que se inclina a tus pies. Con cada cosa que le contás, Hassan hace un silencio respetuoso, maravillado. Tu ego se siente el más sabio del mundo. Estás ante ese hombre sabio y él se limita a escucharte con la mayor atención. Ése es su perfume. Y esa es su trampa. El sheikh se transforma en corderito para mostrarte el lobo que llevás dentro.

Cada primavera, llega también el sheikh Burhanuddin Herrmann. Buena parte de tus hermanos del camino, se han iniciado gracias a él. Si el sufismo fuera una casa, Burhanuddin sería el recepcionista. Los derviches alientan a amigos, compañeros de trabajo y a su familia a que se apunten a sus talleres. Y luego se sientan a ver el espectáculo: en pocas preguntas Burhanuddin encuentra la fisura en sus vidas y les coloca el taladro. Mitad del taller, uno la pasa haciendo ejercicios de auto observación, y la otra mitad, viendo al sheikh aplastar el ego de los asistentes como un racimo de uvas. Al día siguiente, puedes observar cómo el hollejo de todas esas uvas aplastadas empiezan a destilar su propio vino.

Hassan te alienta a ver. Burhanuddin te da un sacudón. Hassan muestra tu reflejo. Y Burhanuddin te parte el espejo.

Dos perfumes. El mismo perfumero.

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Nunca vas a escuchar hablar de si un sheikh es más poderoso que otro. En este camino, te dicen que los milagros son la menstruación de los santos. Nada para sentirse orgulloso. Sólo dirán, a lo sumo, si tal o cual sheik está mejor o peor conectado.

En el sufismo a la conexión se la llama rabbita. Es por eso que, cuando ves a un sheikh antes de hablar, lo escuchás pedir ayuda, pedir permiso y por último, vaciarse para captar la señal del maestro. Jamás prepara lo que va a decir. La mente prepara. El corazón improvisa. Lo escuchás al sheikh Ahmad en Buenos Aires comparar al derviche con un globo aerostático: “Nuestra tarea es descargar esas bolsas de arena que, como el globo a gas, impiden elevarnos”. Una vez, en Mar del Plata, lo ves a Ahmad en silencio esperando concretar la rabbita con su maestro. Pasa un buen tiempo, hasta que anuncia: “No baja nada”. Y no habla. Su honestidad te llena de confianza.

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Febrero del 2011, junto a 80 derviches festejás el cumpleaños de Sheik Hisham, en su primera visita a la Argentina. El representante de Mawlana en Occidente, inicia en el sufismo al campeón de boxeo Muhammad Alí, se reúne con reyes y príncipes, y preside una fundación islámica en los Estados Unidos. En los festejos del Sheik, hay tres percusionistas y dos giradores. Somos decenas de derviches saltando y sudando a mares, repitiendo la primera parte del testimonio de fe islámica: “No hay más Dios que Dios”, con el dedo índice en alto. No hay alcohol. Nadie quiere seducir a nadie. Jamás imaginarías que algo tan sencillo puede hacerte tan feliz.

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Un día, Mawlana da un discurso y te fijás atentamente en el tasbig, su rosario de cuentas, con el cual cada derviche lleva registro de las repeticiones de los nombres divinos que pronuncia por día. Algunos lo llaman “el lazo de la mente”: pues mientras uno cuenta los nombres, la mente se contrae y algo dentro tuyo se expande.

Como Mawlana tiene su tasbig cubierto con la pierna, casi no lo ves. Tal vez, pensás, tenga un tasbih blanco como perla de mar, cargado de poder. O un tasbih color del ámbar, exótico y sugestivo. Cuando Mawlana lo deja al descubierto y podés quitarte la duda, descubrís que es exactamente igual al tuyo.

La transformación

Te lleva dos años armar con cierta corrección el turbante. Se recomienda cruzarlo delante y sujetarlo por detrás dándole una vuelta como quien anuda una corbata. Cuanto más extensa es la tela, más alta la dignidad. Ese honor, lo quieras o no, se refleja. Un hermano derviche con cuatro años en el camino, te cuenta que cuando usó turbante en el aeropuerto de Estambul la gente le besaba las manos.

Del mismo modo que la corona representa en los reyes la apertura al cielo, el gorro en punta que sostiene el turbante, te enterás, es una antena a la divinidad. La tela del turbante se emplea, en el entierro, para envolver el cuerpo del derviche. Llevar turbante es estar listo para morir.

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Te volvés derviche y rezás en un mundo sin significado. Adorás a Dios en un mundo sin Dios. En un planeta fragmentado, creés que todo está sujeto a Uno. En un mundo vacío, sentís que todo tiene un contenido secreto. Desde afuera, parece que hubieras perdido la chaveta. Desde adentro, descubrís que hiciste contacto divino.

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Para que el sheikh te tome en serio, debés pensar al menos cuatro veces al día en tu muerte. Eso te familiariza con tu condición de viajero. Le quita dramatismo al morir.

Cuando muere la madre de un girador derviche en la Argentina, un sufi se acerca para darle sus condolencias. El derviche, inmutable, le dice: “¿Querés un pañuelito descartable?”

En el sufismo, se dice, hay que morir antes de morir. Es el camino de los pájaros: por un lado te preparás para dejar el nido, por otro, te concentrás en aprender a volar.

Practicás el recuerdo de la muerte cada vez que vas a dormir. Te despedís mentalmente de tus hijos, de tu pareja, de tus amigos. Hacés un balance y pensás en qué estado terminás tu vida. La gimnasia de soltar todo cada noche te ayuda a descubrir que, cuando llegue el momento, no habrá de donde agarrarse. Si no trabajás por descubrir tu destino final habrás malgastado tu vida. Si aún no localizaste la salida de emergencia, cuando llegue el fuego te vas a dar contra las paredes.

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Has visto lo lindo que recitan algunos hermanos, y el impacto que tiene la lectura del Corán en el corazón –históricamente, el Profeta enviaba a recitadores a transmitirlo a los pueblos, la versión escrita se difundió más tarde-, así que decidís aprender árabe. Has buscado leer una traducción al español pero el libro se ha cerrado como un puño. El Corán, te dicen, es una soga entre el cielo y la tierra. Escalarla con la razón, es como treparla con los pies. Basta con recitarla desde el corazón y en su idioma original, tal como descendió de los cielos, para aferrarte a ella. Y esperar a que, desde arriba, alguien se apiade y te haga subir.

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Ali Salim es artesano y vive con su hijo en un conventillo de La Boca. Se conecta con los Naqshbandis en un viaje a Pakistán donde estudia islam en la universidad y luego se inicia en la orden en 1993. Durante dos años, vas a su casa a tomar clases de árabe. Habla de Perón, de Leopoldo Marechal y de Cristina Kirchner, todo en clave sufi. Un día, le preguntás si nunca separa espiritualidad de política. “¿Por qué? ¿vos ves doble? Si todo es uno.” Ali es el primero en decirte que cuando recuerda a Dios, el corazón le duele. “El corazón está roto porque se ha separado de Dios”, te cuenta. “Cuando no se le da al corazón amor verdadero, el hombre lo hace amar cualquier cosa. No importa si es un partido político o Boca. El corazón ama lo que le pongan delante”.

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Pasado un tiempo en el camino, descubrís que ya no queda nada para demostrarle al mundo. Ves secar uno tras otros tus sueños al sol. La gimnasia del corazón le ha quitado combustible a tus delirios de grandeza. Tus preocupaciones van cayendo como hojas en otoño. Toda la salvia la has concentrado bajo tierra, en la raíz. Tu parte anónima, íntima y humilde, capaz de encontrar la verdadera fuente de agua.

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Mientras escribís este artículo, te llama un hermano para proponerte tirarse con otros derviches en paracaídas y recordar a Dios en caída libre. Pensás: es un riesgo. Has escuchado un puñado de historias de gente a la que no se le abrió el paracaídas a tiempo. Un campeón de salto cayó desde tan alto que hizo un agujero en el campo. Además, tenés hijos. Odiás la altura. Tirarse es caro y la adrenalina nunca fue lo tuyo. Pero lo consultas con tu corazón y le decís: “Hagámoslo”.

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Un día, al terminar la oración de la madrugada, te quedás sobre la alfombra repitiendo los nombres divinos de Dios como quien golpea una puerta. Los nombres son 99 y el secreto de su vibración es uno de los grandes tesoros de los derviches. Lo hiciste muchas veces a lo largo de los años, pero por primera vez estás decidido a repetirlo el tiempo que sea necesario. Entonces, alguien responde. Alguien abre. Lo que sucede es muy parecido a la primera vez que hiciste el amor: te sentís colmado y absorbido. Pero esta vez, no amás algo. Ni alguien. Simplemente, amás. Besás el aire, embriagado y transformado, y decís: “Estabas ahí, ahora me doy cuenta”.

Cuando le contás tu experiencia al sheikh, te palmea la espalda. “Viste”, te dice, “esto funciona”.

El viaje al corazón del maestro

Volás hasta Chipre, a conocer en persona a Mawlana Sheikh Nazim. Si no lo ves con tus propios ojos, te cuesta creer.

En el aeropuerto, te recoge un derviche que lleva y trae visitas a la casa del maestro en Lefke, al otro lado de la isla. Tenés equipaje grande y pesado, pero el derviche se limita a acompañarte al coche y abrir el baúl. Cada cual es dueño de su mochila.

El chofer chupa granos de café, conduce por calles oscuras y dormidas a la madrugada mientras escucha alabanzas al Profeta en la radio. En un momento, cambia el dial y suena “Otro día en el paraíso”, una balada de Phil Collins donde habla de cómo, comparado con toda la gente que sufre en la calle, uno prácticamente vive en el paraíso. “Esta letra”, afirma el chofer con la cabeza, “tiene una sabiduría tremenda”.

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En casa de Mawlana, saludás a derviches italianos, españoles, rusos, coreanos, indios, pakistaníes, ingleses, rumanos. Todos llegan hasta aquí enamorados de tu mismo maestro, arrastrados por su mismo perfume. Conocés a sastres turcos. A ex soldados. A académicos británicos que viajan hasta aquí a hacer una tesis sobre el poder curativo de los derviches. Tenés la impresión de que la casa de Mawlana, es el epicentro del mundo.

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En Chipre, a cargo del trabajo voluntario, está un hermano llamado Ali. Siempre lo encontrás sudado y sonriente, los zapatos más gastados y llenos de polvo que viste en tu vida. Él dirige la oración del mediodía en medio de un campo de naranjas, y como no tiene donde apoyar la cabeza, saca algo del bolsillo y la apoya ahí: un fixture del mundial. “Los mafiosos serían extraordinarios derviches”, dice Ali en un descanso, bajo los árboles. “Ellos no discuten. Obedecen. En este camino, uno cumple y después en esa orden está el secreto oculto del maestro”.

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En el islam, a los padres se los honra. El paraíso, te dicen los sheikhs, está a los pies de la madre. Imaginá que tus padres nunca fueron muy espirituales. Creen sólo en lo que pueden ver. Nunca te llevan a misa. Menos aún te alientan en tomar la comunión. Imaginá que el mayor consejo que te repite tu mamá es: “Comé más. Estás muy flaco”. En Lefke, en casa de Mawlana, luego de la oración del viernes, te aferrás a su bastón y recibís de él la iniciación. Te emocionás. Tu corazón se abre como si le hubieran quitado el corcho. Ahora entendés lo que es amar a un maestro.

Mawlana recibe a todos y el último día te da la bienvenida en el living. Antes de partir de regreso, esperás un consejo mágico que te cambie la vida. Sentado en un sofá, toma tu mano, sonríe amorosamente como lo haría tu abuelo y te dice: “Estás como mi bastón de delgado. Tenés que comer más”. Y te manda nuevamente a los pies de mamá.

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comentarios
  1. Damian dice:

    Excelente. Grande Cicco!!

  2. manuel a Espinosa dice:

    E X C E L E N T E…..!

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