Buscando un porro en Río

Publicado: 2 mayo 2013 en Franco Pastura
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Existe la falsa idea de que en Brasil todo es alegría. La imagen del carnaval de Río de Janeiro, las garotas en la playa de Ipanema, el fútbol festivo en blanco y negro de la verde-amarela liderada por Pelé y ahora el fútbol eléctrico de Neymar e, incluso, la sonrisa barbuda de Lula da Silva han construido y cimentado el mito. Quien dice alegría, quiere, en el fondo, decir también descontrol, laisse faire. Pero las cosas no son tan sencillas, nunca lo son.

Cuando un par de años atrás me mudé a Río, casi todas las charlas telefónicas con amigos en Buenos Aires terminaban así:

—¡Qué bueno gordo! ¡Ahora ya tenemos casa donde parar cuando vayamos de vacaciones a Río!

Y lo que sonaba a chiste era en realidad una amenaza que se fue cumpliendo poco a poco.

Los primeros en llegar fueron Juan y Mariano. En las charlas previas Juan ya me había consultado, con bastante anticipación e interés, si se podía conseguir “algo rico” para fumar. Algo rico en esta parte del mundo se dice macona. Entonces no sabía lo que hoy sé sobre esta ciudad. Con la impunidad que da la ignorancia le respondí que seguro algo íbamos a encontrar.

Ni bien llegaron mis invitados, nos pusimos en marcha. Arrancamos para el barrio de Lapa. Pegado al centro histórico de Río, Lapa es la zona más de moda de la ciudad, con numerosos bares, restaurantes, hoteles, boliches, casas de espectáculos, teatros. Lapa fue el barrio de la bohemia por excelencia en distintos momentos de la historia carioca. Ya en los años veinte era el lugar preferido tanto de Noel Rosa, uno de los mayores creadores de música popular brasileña, como de Madame Satã, un transformista que hacía shows en los cabarés de aquellos años y aterrorizaba las calles con su violencia antológica. Con el paso del tiempo el ámbito predilecto de los bohemios cayó en decadencia y durante décadas fue un peligroso territorio de malandras.

Hace poco más de diez años Lapa volvió a ser aquel lugar que solía ser: visita casi obligatoria para turistas y lugar de encuentro para lugareños.

Por la tarde mientras pasábamos el rato en la playa en Copacabana habíamos constatado olor a porro. Lo mismo horas después en el parque de Flamengo, de regreso a casa. Por la noche, en las calles de Lapa, el mismo perfume. La ansiedad de Juan iba en aumento, tanta como para atrevernos a ponernos en manos de mi por entonces pobre portugués.

―¿Será que acá podremos conseguir algo? ―preguntó Juan.
―Seguro ―respondí, sonando más confiado que lo que en realidad estaba de tener éxito en la búsqueda.
―¡Bien! ¡Porque todos están fumando menos nosotros!

Entramos en uno de los boliches, un antiguo caserón art decó de tres pisos. Pedimos algo para tomar y nos quedamos en la barra de la planta baja. Dejamos pasar un tiempo prudente. Entonces entramos en confianza con un cliente del lugar que estaba sentado cerca de nosotros y, haciéndonos los superados, después de admitir que éramos turistas ―o casi―, le preguntamos dónde podíamos comprar marihuana.

―Dieron con la persona indicada.

A la distancia no sé si es eso lo que dijo exactamente, pero fue lo que entendimos.

―¿Seguro? Buenísimo ―nos salió casi a coro―. ¿Cómo hacemos?
―Acá no.

Nos dijo que lo encontráramos en la calle.

Ya en la vereda preguntó:

―¿Cuánto quieren comprar?
―Para un par de días ―respondimos.
―Voy a ver cuánto les consigo ―dijo.

Antes de irse nos señaló la esquina donde debíamos esperarlo. Apareció pocos minutos después en un auto que manejaba otro tipo. Se bajó y se levantó la remera, mostrándonos un arma que llevaba en la cintura y, sin decir nada, solo con el gesto, nos mandó subir al auto. Ya con el vehículo en movimiento se identificaron como policías, mostrando una identificación difícil de ver, y nos informaron que estaban deteniéndonos. Nuestro miedo ―por lo que sabíamos de la policía brasileña― era mayor que nuestro esfuerzo por explicarles, en nuestro portuñol básico, que éramos turistas, que no habíamos hecho nada, que no tenían pruebas y un largo etcétera de excusas que sabíamos inútiles de antemano. Nos pasearon un buen rato por la noche carioca y en el recorrido pasamos varias veces por la puerta de una comisaría.

―Acá van a pasar la noche ―era lo que entendíamos. O tal vez fuera lo que nos decían―. Y se van a tener que fumar unos cuantos cigarros de carne, putitos.

Pero toda esa puesta en escena nos dejó claro que no querían ―o no podían― detenernos. Nosotros sabíamos que no nos iban a dejar bajar si no hacíamos una contribución voluntaria a la institución que tan dignamente representaban.

―Seguro podemos arreglar esto de alguna manera ―solté finalmente en mi media lengua, comprendida por todos los chantas del universo.
―Por supuesto.

Hicimos una vaquita entre los tres y les dejamos todo lo que teníamos. Nos bajaron en la primera esquina amenazándonos para que no miremos hacia atrás mientras ellos se alejaban. Obedecimos. Volvimos a casa a pie. Jodidos. Asustados. Y sin porro.

***

Cuando tiempo después Jorge llegó de visita, yo ya conocía a Lucio, un simpático minorista que compra su paquete de medio kilo de cannabis por internet a una florista de la ciudad de Curitiba al sur del país y que lo recibe puntualmente en su casa, cortesía de Correios da República Federativa do Brasil. Cuando Jorge y yo decidimos que queríamos fumar, llamé a Lucio, con tan mala suerte que lo encontramos fuera de la ciudad. Lucio, que trabaja para la guardia civil, se encontraba en algún tipo de misión en São Paulo y debía estar volado porque a mi pregunta de dónde podríamos conseguir algo respondió:

―Andá hasta mi casa y pedile un poco a mi madre.
―¿Te parece Lucio? Veo qué hago. Cualquier cosa te aviso.

Ganas no me faltaban, pero tuve que pensarlo un poco porque la mamá de Lucio es, digamos, algo particular.

Dona Maria Augusta es docente de Historia del Arte y restauradora. Durante los terribles años de la dictadura brasileña, junto con su marido, militar de izquierda, utilizaron sus conexiones para ayudar a escapar del país a gran cantidad de militantes contra la dictadura, casi todos docentes y alumnos de la universidad donde la señora daba clases. Todo ese valioso y riesgoso trabajo lo hacía en medio de una nube de porro.

A mí me gusta el porro, pero sin exagerar. Lucio y su mamá exageran. Mucho. Una tarde en su casa, cuando llevábamos horas de charla sobre historia del arte, política, restauración de antigüedades, militancia, resistencia contra la dictadura y porro continuo nos sorprendió un ruido apagado, suave, como de algo que cae blandamente. Dona Maria Augusta tiene por mascota un papagayo de pecho rojo, muy común en la costa del país desde Salvador da Bahia hasta Río Grande do Sul. El bicho de estimación compartió con nosotros las largas horas de bate-papo y porro, y no lo soportó. Cayó. Cuando Dona Maria Augusta constató que el animalito no estaba muerto sino desmayado y nos lo comunicó, a mí se me escapó una risita. Después de un buen rato, tuvimos que esforzarnos para dejar la risa de lado y llamar al veterinario para ver cómo reanimábamos al pobre bicho. La señora tuvo que llamar un taxi para que los lleve ―a ella y al papagayo― hasta la veterinaria donde atenderían al intoxicado.

Así que, ante la perspectiva de colocar al borde de la muerte por segunda vez a un excelso ejemplar de una especie en peligro de extinción, optamos por el plan B.

***

El periodista brasileño Tim Lopes trabajaba para la poderosa Rede Globo. En 2002 intentó desentrañar algunos aspectos del submundo del tráfico y las ramificaciones que lo unen a la policía y al poder político. Tim Lopes desapareció el dos de junio de 2002 y unos pocos restos de huesos de su cuerpo carbonizado fueron encontrados en un cementerio clandestino el cinco de julio de ese año. Se comprobó que era él por un examen de ADN. Tanto él como su productora habían denunciado amenazas de muerte recibidas en el transcurso de sus investigaciones y ni la policía ni la justicia hicieron nada al respecto. Las investigaciones las estaban realizando en la Vila Cruzeiro del Complexo do Alemã, en la zona norte de la ciudad de Río. La noche que el periodista desapareció llevaba una cámara oculta para hacer imágenes dentro de un baile funk organizado por los traficantes de la zona. Tim Lopes había recibido información de que en aquellos bailes se vendían drogas abiertamente, y ese era el tema de su actual reportaje. Una investigación anterior de Lopes, de 2001, sobre la venta de drogas en otras favelas, había dejado muy enojados a los traficantes. Cuando lo vieron en el baile, los jefes del Comando Vermelho que controlaban ese territorio decidieron en el momento su ejecución. La autopsia sobre los restos encontrados determinó que murió en las primeras veinticuatro horas posteriores a su desaparición.

Como sabe todo aquel que haya visto alguna película brasilera reciente, en las favelas acecha otro peligro. Lo explica de manera estupenda el periodista Zuenir Ventura en su libro Cidade partida. Además de los traficantes existen las milicias, por lo menos ―según afirma el autor― desde la década del cincuenta. Las milicias no solo controlan algunos de los morros y favelas, aquellos donde consiguen derrotar a los traficantes, sino que también ejecutan a todos los que obstaculizan su accionar. Por lo general periodistas escrupulosos, policías honestos (que los hay) y jueces del lado de la ley. En agosto de 2011, la jueza Patricia Acioli, que había enviado a prisión a un grupo de milicianos responsables de al menos cien asesinatos, fue acribillada en la puerta de su casa delante de sus hijos. Entre los acusados del asesinato de la jueza se encuentran una serie de policías militares de alto rango. Las milicias no se andan con tonterías. Eso sí, cuidan su negocio. Las clases medias y los turistas suelen correr mejor suerte. Somos clientes. Y al cliente, ya se sabe, se le mima y trata con respeto.

***

Pese a que solo el diez por ciento de la superficie construida de Río de Janeiro está ocupada por favelas, viva donde uno viva siempre tendrá una a mano. Yo vivo cerca de la Tavares Bastos, que fue una de las primeras en ser pacificadas por la policía y por eso es una de las más usadas en el cine de los últimos años. Ofrece el escenario natural deseado y la conveniente seguridad de una zona ocupada por la policía militar.

Una vez superado el miedo inicial, Jorge y yo nos vestimos como el común de los habitantes del barrio que íbamos a visitar ―bermudas estampadas, ojotas de dedo y remera― y comenzamos a subir. Lo del camuflaje fue inútil. Parecía que teníamos un cartel cada uno en la frente que decía con letras luminosas: “turistas”.

La calle Tavares Bastos, que le da nombre a la favela, comienza, en su continua subida, como un barrio común y corriente. Sus primeros pobladores llegaron en el siglo XVIII y todavía sobreviven algunos caserones ―la mayoría en decadencia― de la época en que ese barrio era una de las zonas elegantes de la ciudad. La vista que se tiene desde allí de la Baía de Guanabara es envidiable. Después de unos quinientos metros de calle en ascenso, en la parte más alta del morro, termina el barrio de clase media y comienza abruptamente la favela. Cuando pusimos un pie en la favela, una señora mayor que estaba parada en medio de la calle nos preguntó:

―¿Buscan algo?
―No. Nada en particular.
―Pero ustedes no son de aquí.
―No, tiene razón. Pero solo estamos conociendo el barrio. Nos hablaron de un albergue muy lindo que hay por acá.
―Ah. Sí, el albergue ―dijo la mujer con cara de no creernos nada―. Si precisan alguna otra cosa, derecho por este callejón, casa sesenta y seis. Es a la izquierda, una casa pintada de verde.

No nos quedó más remedio que agradecer y obedecer la directiva. Igual, para no mostrar desesperación, en el camino paramos en un boteco, uno de los tradicionales barcitos de paso, y pedimos unas caipirinhas. Las saboreamos con calma y recién después seguimos nuestro camino. Llegados a destino, el trámite fue de lo más sencillo. Además el precio resultaba más que aceptable: por cincuenta reales nos llevamos unos veinticinco gramos. Joya.

***

Cuando uno se asoma a Casa-Grande & Senzala, de Gilberto Freyre, el principal tratado de sociología de Brasil, descubre que la maconha fue introducida en el entonces territorio colonial brasileño por los esclavos africanos, que empezaron a llegar a mediados del siglo XVI a la costa de Bahia y que en el siglo XIX ya habían extendido su uso como erva sagrada por todo el litoral, incluido Río. En la novela O Xangô de Baker Street del escritor y estrella de la televisión Jô Soares, donde narra cómo Sherlock Holmes cambia la cocaína por la marihuana en el Río de Janeiro de finales del Imperio, allá por 1886, se afirma que el mismísimo Dom Pedro II, el magnánimo último emperador de Brasil, la cultivaba en su propio jardín. Tanto no he sido capaz de comprobar, pero que desde 1560 en adelante se fuma baseado por estas latitudes está debidamente documentado.

Juan y Mariano volvieron a visitarme una vez más con las mismas ganas de fumar. Junto con ellos vinieron, también de vacaciones, Leo y Germán, que se hospedaron en un hostel a dos cuadras de casa. La fecha elegida esta vez para la visita fue carnaval. No tardó mucho en aparecer el tema recurrente en nuestra conversación.

―Esta vez va a ser más sencillo ―les anuncié, entusiasmado con mi progreso.
―Bárbaro. Casi que estábamos decididos a no seguir intentándolo ―comentó Juan y la carcajada de todos se extendió un buen rato.
―¿Cuándo podemos ir a buscar? ―preguntaron casi al unísono Leo y Germán.
―Ahora de noche no es prudente ―informé―. Mañana podemos subir.

Los cuatro concordaron. Pero la excursión esta vez no fue fructífera. Nos informaron que estaba complicado, que ese día no tenían y que había que esperar un poco, tal vez un par de días. Volvimos de manos vacías. Pensé que esperarían, pero no. Leo y Germán, que estaban un poco más ansiosos que el resto, a su regreso al hostel encararon a uno de los empleados del lugar que hablaba español y le preguntaron, sin dar muchas vueltas, cómo podían conseguir porro esa misma noche. El pibe, sin pestañear, a su vez les preguntó:

―¿Cuánto quieren?

Leo, que ya tenía la tabla de precios que yo le había anticipado, respondió:

―Veinticinco gramos―, y le puso en la mano un billete de cincuenta reales.

En no mucho más que una hora el joven carioca volvió con la encomienda. Y se ganó una buena propina, claro.

Al día siguiente el programa era ir a un bloco. Los blocos son el carnaval popular. Fuera del Sambódromo y del carnaval oficial de las carrozas, las reinas, las baterías súper organizadas y la televisión. Allí están esas inmensas mareas humanas que, en algunos casos, llegan al millón de personas: gente que baila en las calles y bebe desde muy temprano a la mañana hasta el atardecer. Llegamos al que habíamos elegido, en el barrio de Botafogo, cerca del Cristo Redentor, antes de mediodía. En medio de la multitud, mezclado con el olor a orina, el humo de los puestos de comida y el sudor, se percibía nítido el perfume a faso. En minutos pasamos a ser parte de la banda descontrolada.

Al anochecer, ya más relajados, después de comer algo en el barcito de la esquina de casa, partimos todos en metro hacia Lapa. Juan y Mariano no estaban muy entusiasmados, Lapa no les traía buenos recuerdos. Pero los tranquilicé con el argumento de que mi año vivido en la ciudad, no había sido en vano.

―Es cuestión de conocer el lugar justo ―dije, haciéndome el conocedor.
―La vez anterior también estaba todo bien y casi terminamos en cana ―respondió Mariano.
―Bueno, pero ahora vas a ver que es diferente.

Bajamos en la estación Cinelandia y caminamos los doscientos metros que nos separaban de nuestro destino. La principal característica arquitectónica de Lapa son sus Arcos. Son su tarjeta postal. Los Arcos son un antiguo acueducto construido durante el período colonial y considerado la mayor obra que queda en pie de aquel período en la ciudad, y hoy sirve, en su parte superior, de vía para el paso del bondinho, un simpático tranvía utilizado tanto por turistas como por los vecinos del barrio. Atravesando los Arcos, al nivel de la calle, se entra en la zona más frecuentada y agitada del barrio. Y ahí está el secreto. No hay que seguir por allí.

―Acá doblamos ―anuncié parado en el Largo da Lapa, antes de cruzar los Arcos.
―¿No cruzamos? ¿La mayoría va para allá?
―No. Acá hay que doblar a la izquierda.

Y eso hicimos. Y en mi nuevo rol de guía turístico, fui informando:

―Tomamos por esta calle que se llama Joaquim Silva. Ahora tenemos que caminar unos ciento y pocos metros hasta que lleguemos a la escalera multicolor, la escalera que sube al morro de Santa Teresa. Ese es el lugar que buscamos.

Avanzamos. Mucha gente por la calle. Mucho Bob Marley a todo volumen. También hay gran cantidad de bares, restaurantes, hoteles. Igual que del otro lado de los Arcos, pero con una pequeña diferencia.

El aroma nos fue guiando. Al llegar al pie de la escalera, después de ser abordados por media docena de chicos harapientos que nos pedían unas monedas para comer un salgadinho, nos esperaba una imagen alucinada. Todo el mundo fumando porro: algunos solos y otros en grupos, los lugareños junto a los turistas, los jóvenes mezclados con los que no lo eran tanto, los ricos y los pobres; como en una moderna Babel, pero a la inversa. La policía daba vueltas por el lugar pero no molestaba. Y todos creímos entonces ―solo por ese rato― que estábamos en una Cidade maravilhosa.

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comentarios
  1. Sasha Cash dice:

    El aroma nos fue guiando. Al llegar al pie de la escalera, después de ser abordados por media docena de chicos harapientos que nos pedían unas monedas para comer un salgadinho, nos esperaba una imagen alucinada. Todo el mundo fumando porro: algunos solos y otros en grupos, los lugareños junto a los turistas, los jóvenes mezclados con los que no lo eran tanto, los ricos y los pobres; como en una moderna Babel, pero a la inversa. La policía daba vueltas por el lugar pero no molestaba. Y todos creímos entonces ―solo por ese rato― que estábamos en una Cidade maravilhosa.

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