En honor del pirata

Publicado: 21 agosto 2013 en Cristian Valencia
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La última vez que se vio estaba en Cartagena y contaba 34 años. Era Yamal un hombre grande y corpulento, apuesto como una estampa de turcos conquistadores, con un diente de tigre de Bengala colgado al cuello, de pelo largo y piel aceituna, descamisado, pantalones bombachos y cimitarra al cinto. Se paseaba por Cartagena como un personaje de las mil y una noches, de esos que roban princesas y atesoran joyas. Llegó al Corralito de Piedra en un día soleado de 1995 procedente de Curazao. Parado en el bauprés de un velero azul de velas hinchadas, timoneado por alguien recién conocido en las Antillas. Un tal capitán Morgan, inglés que nada sabía sobre barcos y huía de sus familiares porque querían meterlo en un ancianato.

Morgan y Yamal, en un velero, llegando a Cartagena, con la mirada ansiosa de marinos viejos, fueron sin duda los personajes más increíbles que hayan arribado a puerto alguno. Y esto, sabiendo que a los puertos pueden llegar cíclopes y se atienden con la misma naturalidad que a un boticario recién desembarcado de un trasatlántico. Pero no era posible que un piloto de la Real Fuerza Aérea de Inglaterra, setentón y curtido por el sol caribe, se acercara en compañía de un antiguo traficante de chinos a Cartagena. Porque esa fue una de las profesiones de Yamal: llevaba chinos desde Macao hasta Port Essington, pequeño puerto en el oeste canadiense, desde donde podrían llegar con relativa facilidad a Edmonton o Calgary. Cobraba por chino la suma de tres mil dólares con todo incluido: salida furtiva, alojamiento en el barco, comida, y entrada directa en el país desarrollado. Eso hizo durante algún tiempo hasta que su sangre turca le fue volteando el compás y su GPS (Geographical Position System) lo enviara directo hacia las huracanadas aguas del Caribe.

Yamal y Morgan arribaron al Club Náutico del barrio Manga en Cartagena. Hicieron la transacción para amarrarse al muelle con el dueño, un marino australiano que años atrás había decidido quemar las naves en esa bahía y formar hogar con una india momposina de nombre Candelaria, mujer de muchas cumbias, poseedora de toda la dignidad de los Xinúes. Morgan desembarcó con ese aire de haber llegado a Itaca y fue directo al bar. Una linda nativa lo atendió primero con una sonrisa y luego con una cerveza helada. Morgan le propuso matrimonio de inmediato. Y Wendy se contoneó, le blanqueó los ojos, sonrió, relució su piel morena y le prometió pensarlo. El viejo capitán inglés bebió lo que pudo en esa tarde sin mostrar ningún interés por salir a conocer esa ciudad que prometía bacanales.

Yamal sí estaba sediento de tierra después de los cuatro días de dura navegación que habían puesto distancia con su confinamiento en una cárcel de Curazao. Allí había conocido a Morgan. Nadie supo nunca qué clase de delitos había cometido cada uno por separado, pero ese fue el cruce de caminos que los juntó. Luego de conversar animosamente y de un par de tragos triples del licor local, mandados con apuro pendenciero en la barra, Yamal se largó a las calles con la intención de encontrar lo que esa ciudad le tenía preparado. Salió del club Náutico recién bañado, oliendo a pachulí. A pie, como mandan los cánones del viajero, puso rumbo a la ciudad vieja. Quién sabe qué clase de epifanías tuvo al entrar por la torre del reloj y ver esa cambada de mestizos bisneros y negras hermosas que se saludan con la temeraria cortesía de estamos vivos, compañero. Lo cierto es que apareció a las tres de la mañana con dos chicas y varias botellas de ron a despertar al viejito Morgan para incitarlo a la parranda. De alguna parte de su velero sacó instrumentos musicales raros que interpretó ante el asombro de sus vecinos. Bebió lo que pudo con la resistencia de Sandokán y se fumó toda la yerba comprada a algún jíbaro de la Calle de la Media Luna, y se inhaló lo que los diarios internacionales le habían vaticinado. Morgan lo siguió a regañadientes más por las caderas de la negra Tomasa1 que por simpatía hacia su compañero de quien ya tenía quejas de convivencia en altamar. Si Morgan estaba loco por la vida, Yamal lo estaba triplemente de por vida.

A la mañana siguiente, qué decir, al medio día siguiente despertó Yamal desnudo sobre la cubierta, atado en un abrazo canicular a la Julieta de la noche anterior, a medio cubrir ella con una vaporosa tela egipcia de las que usaba Yamal para compartimentar su barco. Ese fue el primer escándalo en la marina, porque allí no sólo llegan piratas sino que acuden también las damiselas de la alta sociedad local, hijas o esposas de ejecutivos con yate. Y Yamal, dando por sentado que esa tierra era suya, se desperezó en cubierta como Dios lo trajo al mundo y le hizo una venia al sol acompañada de palabras en su idioma. Una actitud que no tardó en llegar a las oficinas del australiano, que lo llamó al orden en un tono conciliador pero claro. “Aquí no se puede hacer eso, Yamal”, le dijo en su inglés particular, sin pasarse de tono, por si la sospecha de que era un turco excéntrico lleno de dólares resultaba ser cierta.

Una semana después ya todos en la marina estaban enterados de la capacidad adquisitiva de los nuevos inquilinos del muelle, porque Morgan oficiaba de mecánico de motores diesel de cuanta embarcación le diera trabajo. Y el dinero ganado lo gastaba invariablemente en cigarrillos Pielroja y cervezas compradas en la barra del club para seguir endulzando la oreja mestiza de Wendy. Eso era lo único que deseaba Morgan, casarse con una mestiza hermosa y vivir de cualquier cosa. Lejos de sus hijas, que le habían perdido el rastro en Curazao, cuando intentaron hacerlo regresar a Inglaterra prometiéndole la tranquilidad de un hogar geriátrico con canchas de críquet. “Imposible”, decía Morgan cuando recordaba el futuro que le tenían preparado, mientras le pegaba profundas caladas a su cigarro sin filtro. No sobra decir que Wendy sí quería casarse con un extranjero pero para llevar una vida de extranjera, en otro país, de esposa de un rubio con yate, dándose la gran vida en un mar azul con camisita guayabera, pero no deseaba casarse para seguir de lo mismo, cocinándole y haciéndole el amor a un inglés viejo con apellido de pirata, borracho y fumador.

Yamal pagó el primer mes del muelle en dólares. Doscientos cincuenta, con derecho a luz y agua. Pero al vencerse el segundo caminó con determinación hacia la oficina de Olafo (así le dicen algunos al australiano), y se metió allí con una botella de ron. Para discutir de negocios”, dijo. Salieron a eso de las Cuatro de la tarde con síntomas de algún mareo y una buena amistad de por medio. A la mañana siguiente, con ayuda de algunos advenedizos que esperaban propina, Yamal desmontó la vela mayor y la génova, y las vio partir para siempre en una carretilla empujada por los fortachones brazos del hermano de Candelaria, estibador bien pago encargado también de bucear los muertos y los cabos para las maniobras de atraque. En eso consistió el negocio de la tarde pasada con Olafo: ocho meses de muellaje a cambio de los trapos del Sanri. Y con ello también quedó al descubierto una de las tantas maneras que tenía el turco para sobrevivir. No era del tipo de personas que se aferraban a las cosas porque sabía, y esto se le notaba en la mirada, que siempre tendría un barco para navegar, uno para vivir, uno para negociar, uno para amar, uno para traficar. En su vida siempre habría un barco. Y siempre lo había tenido, como dan fe las diferentes versiones de su lugar de origen, atravesadas todas por historias del mar. Algunos decían que Yamal les había dicho que había nacido en un humilde hogar de pescadores muy cerca de Ankara, a orillas del río Kizilimak, y que tardó mucho en llegar a conocer la vastedad del océano. Otros dicen que dijo, que eso era falso porque fue arrojado por su madre en un cesto de basura en el populoso puerto de Trebisonda, recogido por una familia de gitanos que lo llevaron a recorrer Armenia, Georgia y Azerbaiján hasta que, harto de pasar trabajos, emigró a Odessa en busca de oportunidades. Pero la más probable es que fue niño en Istambul y que a muy temprana edad ya estaba surcando los mares en pesqueros griegos con quienes comerció hasta que pudo hacerse a su propio barco aceitunero.

Igual daba para todos que Yamal hubiera sido lo que decía en su versátil forma de comunicarse. No hablaba buen español, ciertamente, pero entendía a la perfección los ademanes e interjecciones de los costeños más barriobajeros de Cartagena. Y se hacía entender por ellos en una mezcla de griego, turco, francés, catalán, portugués, italiano y español. Y en todos los idiomas las palabrotas eran las primeras que sonaban sin importar si su interlocutor era un capitán holandés o su novia Julieta. Groserías que irritaban a Morgan hasta obligarlo a usar la palabra shit. Palabra que jamás decía en público y se la guardaba para sus abluciones matutinas en las duchas del muelle: servicio que Olafo muy cortésmente no le había suprimido amén de su mala situación económica y de que Yamal lo hubiera corrido del Sanri por anciano decrépito, disociador y agua fiestas.

El viejo capitán de aviación sí hablaba mal de Yamal a sus espaldas. No lo consideraba un buen hombre y en muchas ocasiones trató de enemistarlo con los dueños del muelle. Pero Yamal tenía un don difícil de opacar. Así como escandalizaba a la gente de bien “amuellada” en la marina, propasándose en bacanales a bordo del Sauri, igual los podía encantar con su simpatía de cirquero traga fuegos, sus melodías musicales y su gruesa voz gritando palabras de otros tiempos. Tenía un aparatico de shawarma y con él hacía las delicias de los comensales cuando le daba la gana. Preparaba el cordero con especias de ultramar y lo enrollaba con suma paciencia en el eje del asador. Y luego, mientras bailaba y se emborrachaba, hacía una suerte con dos cuchillos, trenzándolos en el aire en figuras marciales, y cortaba delicadas lonjas para cada uno. Nadie podría resistir el número de Yamal y su asador medioriental. No quedaba menos que abandonarse a los devaneos del turco y dejarse encantar el oído con esas melodías que en segundos transformaban esa marina caribeña sobre la bahía de Cartagena en un rústico estadero sobre el mar Egeo, de esos con cabezas de toro ensartadas en la pared, donde mujeres de piel aceituna se abandonan a los placeres paganos. Porque Yamal era Odiseo y Circe y las sirenas y el Cíclope al mismo tiempo. No tardaron estas hecatombes en hacerse famosas en Manga, barrio cartagenero notable por sus construcciones moriscas, con solares inmaculados que alguna vez fueron calabozo de princesas raptadas por una horda de moros bullangueros, presas de amor en este mar lejano, y comenzaron a llegar las ninfas de sociedad al club Náutico a instalarse en las sillas del bar para amansar los calores tropicales bajo la techumbre de paja, con el recóndito cometido de admirar y ojalá conocer a ese macho altanero que desatendía con vitalidad las frágiles normas de comportamiento en sociedad.

Es Soledad una mujer de cincuenta y largos años, gerente de una agencia de viajes en el barrio Bocagrande. Le había tocado sufrir una tragedia en los Estados Unidos, cuando se fue de la mano de su enamorado gringo con la ilusión de formar un hogar estable en un país sin problemas. Lo cierto fue que apenas llegó a suelo ‘americano’ el mozuelo destapó un as de oros que se había guardado hábilmente en la manga. Era casado, y todo lo que ofrecía era un modesto apartamento, al que acudiría una vez a la semana. Su trabajo sería de concubina escondida, latina en celo, sedienta de sexo, cosa que hizo a cabalidad durante el mes que soportó su dignidad. Se devolvió para Colombia con el vientre cargado de un niño que jamás conoció la tragedia de su madre ni a su padre. En esas condiciones la encontró Yamal. Aunque de eso hubiera pasado mucho tiempo, Soledad tenía en sus ojos dos lágrimas atrapadas de por vida. Trabaron amistad sin recato y más de una tarde la pasó el turco en su compañía, en el pequeño departamento junto al club. Al principio Soledad se dio a la tarea de rememorar y sufrir, pero con el paso de los días el encantamiento de Yamal y sus cuidados de hombre de un sólo día fueron surtiendo efecto. Comenzó a sonreír con soltura, a vestirse de flores y a divertirse con poco, como lo hacía Yamal. Ella insiste en que no hubo amoríos de por medio, pero que Yamal la sacó de una pena de tantos años y le enseñó a no sentirse avergonzada por el mal pasado.

Yamal tenía la palabra perfecta para cada una de sus admiradoras. Era capaz de seducir a la mujer barbuda convenciéndola de su original belleza, y pasearse con ella de la mano como si estuviera junto a la más hermosa que hubiera conocido. En esto era sincero. Cuando salía con Julieta, una mujer con tan pocas carnes que apenas le cubrían los huesos, no soportaba que nadie (fuera policía, banquero o vendedor de pescado) la mirara. Y si lo hacían sacaba su cimitarra y amenazaba con todos los idiomas para defender el honor de su doncella. Le fue fiel mientras duraron de novios, así le gritara a veces, en momentos de iracundia. “muñeca maldita”, como si fuera el alcahuete de un burdel de baja estofa. Pero Julieta fue cayendo en desgracia en la medida en que aumentaron sus excesos junto al turco. Si bien se consideraba una mujer rumbera y criada en la calle desde muy chica, no aguantó la marcha de Yamal y con los días su mirada se fue perdiendo en un vaho narcótico del que sólo salía para seguir bebiendo y fumando lo que se le pusiera enfrente. Yamal, por el contrario, se hacía más fuerte cada día y es muy probable que ya viviera en el delirio cuando decidió echar a su muñeca maldita para siempre. Cayó en una especie de depresión sedienta que agotó las arcas en rones primero, aguardiente después, alcohol etílico con colombiana más tarde, y cuando ya no le quedaba ni para el chirrinche, se comenzó a beber las lociones de los barcos vecinos.

Del Sanri ya no quedaba nada que valiera la pena. Quedó convertido en una tina flotante llena de telas colorinches, una vez vendido lo último que lo identificaba como velero: el mástil, la cruceta y la botavara. Lo demás había salido de acuerdo con sus necesidades, como si se tratara de un banco acuático que, fuera como fuere, caminaba hacia la quiebra. Vendió la rosa, el timón de viento y el automático, el GPS, la sonda electrónica, el radio de VHF y el SSB, los backstays, los stay, los obenques, las jarcias, la roldana, las pastecas, los tres winches, las escotas y cabos, el spinaker, el barbotín del ancla, el ancla, las cornamusas, la nevera, dos baterías, el alternador, las bombas de achique, la pipa de gas y la estufa, dos lavamanos, los únicos tres mamparos, la mesa, todas las cartas de navegación, la herramienta, el generador, el zodiac con su motorcito de quince caballos, un juego de remos, siete salvavidas, tres juegos de bengalas y chalecos de seguridad. Las luces de navegación se las encimó a los que compraron el mástil.

La mañana del 4 de febrero de 1996 un grupo de hombres pertenecientes a extranjería del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) arribaron al club en siniestra redada. Se acercarían a todos los veleros para verificar que los permisos de Capitanía de Puerto estuvieran vigentes. Los extranjeros que se enteraron con anterioridad se habían desamarrado del muelle y se encaminaban hacia Puerto Obaldía en Panamá con la intención de regresar con un nuevo zarpe que les posibilitara tres meses de extensión a su regreso. Morgan intentó salir en distintos barcos sin éxito alguno y a la hora de la pesquisa se había logrado esconder en las sentinas del Dragón, velero vecino del Sanri. Salió al anochecer con claros síntomas de lumbago, porque nadie le avisó que la redada había terminado cuando los detectives encontraron a un hombre descamisado que les amenazó con unas cimitarras mientras cantaba y gritaba consignas en otro idioma. Se llevaron a Yamal preso y delirante, luego de un feroz combate de palabras, y de que algunos marineros amigos del turco lo convencieron de bajar las armas y entregarse a la autoridad. “Me voy a quejar a mi consulado”, gritó, mientras salía por el pantalán de la marina, dueño de una seguridad espeluznante. En el club todos quedaron preocupados porque sabían que mientras Yamal encarara los policías de esa manera llevaba todas las de perder y que, en el mejor de los casos, sería deportado luego de una tremenda paliza. Pero nadie estaba dispuesto a presentarse en el DAS a interceder por Yamal, no fuera a ser que los vincularan de alguna manera con un extraño caso policiaco internacional, posible en la medida en que todos conocían la incalculable capacidad que tenía Yamal para meterse en problemas.

El único que realmente se preocupó por la suerte del turco fue Julio César, una especie de asistente esporádico que a veces le llevaba encargos que traía de las Ollas del Corralito. Joven caleño, de unos 27 años, su conexión con la realidad había colapsado en una nebulosa de marihuana mucho tiempo atrás. Era lo que se dice un marigüanista profesional y sin duda un existencialero también. Cuando se enteró del arresto de Yamal pidió una bicicleta prestada y salió con premura de estafeta hacia las dependencias del DAS. En la marina la ocurrencia de Julio César divirtió a todo el mundo, al imaginar la cara del comandante de guardia cuando se presentara el único acudiente de Yamal, lleno de argumentos extrañamente legales, recitados con el fervor de un político de izquierda. Hubo apuestas de por medio. La mayoría se inclinaba a pensar que Julio César sería arrestado antes de pronunciar la primera palabra. Había otros, los más pocos, que consideraban al defensor tan absurdo como el defendido, y que por eso mismo bien podrían salirse con la suya. A las once de la noche regresó Julio César con su mirada segura de ojos bien abiertos y se fue directo hacia el Sanri para sacar la maquinita de shawarma. Yamal lo había mandado por ella. Muchos se sorprendieron y le preguntaron si se había visto con el turco. “Claro”, dijo Julio César, y no dijo más, dando a entender que sus habilidades de abogado de oficio no eran cualquier pendejada. La hipótesis que se barajó en esa ocasión fue que tratarían de cambiar ese objeto por la libertad. Pero Julio César también cargó la bicicleta con todos los instrumentos musicales, de tal suerte que cuando partió su imagen no daba para pensar que pudiera recorrer más de dos cuadras sin ser detenido por alguna autoridad. Y es que parecía una mezcla del flautista de Hammelin con un bufón medieval montado en una absurda y tercermundista máquina del tiempo.

Y al otro día, cuando la situación de Yamal y Julio César no pasaba de ser un rumor lejano, aparecieron en la marina los dos juntos, montados en la bicicleta con todos sus cacharros, cortando todavía retazos de rancheras y vallenatos, manifestaciones tardías de una gloriosa noche de farra. Hubo aplausos más aterrados que sinceros, acallados súbitamente con un gesto obispal de Yamal.

—La vida… —dijo, mientras destapaba una botella de aguardiente Tapa Roja del Tolima—es una belleza.

Luego apuró un trago y le ofreció uno a Julio César sin que nadie musitara nada. Y aunque todos creían que hacían silencio para escuchar las anécdotas de los dos, lo cierto es que el turco inspiraba respeto cuando hinchaba sus pulmones, así fuera con aguardiente.

—Les presento al vicecónsul de Turquía, señores —dijo mientras señalaba con su mano abierta a Julio César, que a su vez hizo una venia diplomática de lo más acertada y se ubicó junto a Yamal como si estuviera a punto de ser condecorado en su primer día de trabajo.

La noticia de verdad dejó impávidos a todos los asistentes, mucho más cuando se enteraron de que era un proyecto serio y que iban a exigir al Ministerio de Relaciones Exteriores colombiano un Consulado de Turquía en Cartagena.

—Y ahora ¡A celebrar que la vida es corta!—gritó con un fajo de billetes en la mano que tiró sobre la barra—. One drink for me and for all my .friends.

Luego se supo que Yamal había hecho su show de encanta serpientes en medio de las cobras, y que cuando ya era libre, a eso de las cuatro de la mañana, lo convencieron con dinero para que continuara divirtiéndolos. Hubo chicas y rones y música y cordero gracias a Yamal, el único hombre capaz de convertir un arresto en una dicha y un calabozo en un burdel.

Y Julio César, que tan perdido estaba antes del encuentro con el turco, quedó mucho peor después del nombramiento. Un Sancho Panza de corazón que no necesitó de muchas pruebas para convencerse de la hidalguía de su señor, despojado de su trono con la misma rapidez con que lo había obtenido gracias a la habilidad verbal de Carlos Mayolo, director de cine que vacacionaba por allí, que lo apodó como El Viciocónsul de Turquía.

A todas estas, Morgan había recibido un telegrama de sus hijas, avisándole que en menos de dos semanas llegarían por él para que disfrutara de las bondades del primer mundo. Y culpó a Yamal de esa infidencia. Sólo estaba esperando el momento oportuno para cantarle la tabla en un lenguaje soez que jamás había utilizado con otra persona. Sus días de gloria estaban contados, a no ser que la promesa hecha por unos marinos holandeses resultara cierta. Por ahora se encontraban recorriendo Colombia por tierra pero a su regreso enrumbarían hacia la isla de Cuba con la intención de hacer un documental sobre la situación. Y allí, querido capitán Morgan, le habían dicho, usted encontrará con facilidad la mujer de sus sueños.

Muchos dicen que la buena estrella del turco desapareció cuando, en un enfrentamiento de palabras con Morgan, perdió los estribos y le dio una tunda que casi acaba con el viejo.

Desde ese momento la rueda de la fortuna le mostró su amarga cara. No tenía dinero ni forma de conseguirlo, su alcoholismo tocaba los límites, le daba el síndrome de abstinencia. Tomaba alcohol etílico de farmacia y no comía nada. Hasta que la situación lo obligó a pararse junto a una pizzería donde lo conocían a media cuadra del muelle y pedir monedas a cambio canciones. Los dueños del negocio recogían los sobrados de los almuerzos corrientes y se los entregaban para que comiera en el traspatio, junto a un enorme mango centenario. Y cuando caminaba por las calles, una bandada de mariamulatas, pájaro símbolo de la ciudad, lo sobrevolaban, lo asediaban, se le mandaban encima graznando con fiereza, como si de su peor enemigo se tratara. Yamal las enfrentaba con valentía, sacaba su cimitarra y se defendía mientras les gritaba improperios. Les cantaba, las retaba a duelo y deliraba por las calle como cualquier demente escapado de un frenocomio. Entretanto los lugareños comenzaron a desconfiar del turco, lo dejaron de saludar. Se cambiaban de acera y evitaban a toda costa el roce con ese personaje. Todo porque un agüero popular reza que cuando las mariamulatas se ensañan contra alguien es seguro que tiene pactos o deudas con el diablo. Y así las cosas, Yamal se fue quedando solo.

Cuando ya nadie daba cinco centavos por el turco, apareció de nuevo en el muelle, se dirigió a la oficina de Olafo y canceló los meses que adeudaba. Después fue al bar y pagó con dólares una botella de whisky. Hizo una llamada desde la barra, sonriente. Colgó el auricular y se dio cuenta de que había por lo menos ocho bocas abiertas mirándolo de soslayo.

—Los negocios —dijo.

Antes del anochecer, el rumor era que unos tipos le habían entregado 20.000 dólares para que alistara el Sanri y se dispusiera a viajar a Curazao. Un marinero lo vio conversando con la gente de una camioneta roja, con vidrios polarizados, estacionada en un rumbeadero cercano al club de Pesca. Con eso bastó para que Yamal se ganara de nuevo el respeto de todos y se llenara de asistentes que le traían cosas desde el Corralito. Gastaba en dólares a mano suelta. Pagaba los taxis con billetes de 20 y le dejaba el cambio al chofer. Hacia bacanales en el Sanri, donde los vicios y las mujeres estaban a pedir de boca. A veces salía con Julio Cesar rumbo al mercado de Bazurto a comprar provisiones que luego regalaba a familias desconocidas de barrios populares. Había vuelto más poderoso, con ganas de comerse el mundo a dentelladas.

Dos meses después llegaron al muelle unos hombres que se bajaron de una camioneta roja, con vidrios polarizados. Se instalaron en el bar y se hicieron servir whisky. Llevaban un casete de música ranchera que cantaron a voz en cuello mientras se emborrachaban. Yamal llegó a las cinco de la tarde. Venía acompañado de dos mulatas caderonas.

—Caballeros —gritó cuando los vio. Les hizo señas a las chicas para que lo esperaran en el barco y se sentó a tomar whisky con ellos. Cantaron rancheras, bailaron vallenatos, echaron chistes gruesos. Y antes del anochecer se marcharon. Yamal iba con ellos. Estaba sobrio, según dicen.
—Negocios –dijo, cuando se dirigía a la camioneta. Eso fue en los últimos días del mes de septiembre del año de 1997 y jamás se volvió a saber de Yamal en el muelle. A los seis meses la marina colombiana se llevó el Sanri y lo amarraron a la base naval durante dos años. Luego se supo que lo remataron como chatarra.

Morgan logró viajar a Cuba y casarse con una linda cubana. Se separó pronto y continuó un incierto itinerario hasta Grenada, desde donde escribió una carta en la que agradecía las atenciones y contaba de los sitios donde estuvo después de Colombia: Panamá, Ecuador, Venezuela, Trinidad, Tobago y Saint George. El Vicecónsul vagó por el muelle durante unos meses, hasta que se convenció de la desaparición de Yamal, Procónsul de Turquía, y se marchó a Popayán. Wendy se ennovió con un gringo de yate, pero en una salida al Tayrona, cuando atravesaban el cabo de la Aguja, una mareta los lanzó contra las piedras y el barco se hundió. Por suerte se salvaron, aunque se acabó el noviazgo. Hoy vive feliz en Estados Unidos con otro.

En Agosto de l998 Soledad se acercó a una mesa de marineros que departían al son de unas cervezas en la pizzería.

—¿Alguno de ustedes sabe idiomas? –preguntó.
—¿Qué idioma? —preguntó uno de ellos.
—Muchos –dijo ella—. Para que me ayude a traducir esto.

Desdobló un papel y lo puso sobre la mesa. Eran seis líneas escritas en todos los idiomas que dejaban entrever a un hombre en problemas en la isla de Saint George. Lo único que se entendía con claridad era “cien dólares please”. Uno de ellos miró el papel de arriba abajo y murmuró.

—Eso parece escrito por Yamal.
—¿Tu lo conociste? —preguntó Soledad con entusiasmo mientras tomaba asiento.

Y esa noche brindaron muchas veces por la memoria del pirata, recordando cada momento de su vida en Cartagena, como queriendo alimentarse de toda esa vitalidad que se le escapaba por los poros a Yamal.

Uno de los marinos era yo.

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comentarios
  1. Reblogueó esto en Santiago Pérez Malvidoy comentado:
    Un excelente ejemplo de cómo la realidad supera la ficción y de saber contarlo. Para disfrutar de la lectura.

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