Dos familias y un crimen

Publicado: 29 septiembre 2013 en Dante Leguizamón
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Marco Bradaschia bajó del taxi agitado. El frío mantenía la calle vacía esa madrugada de julio. Pagó y antes de golpear la puerta miró a los costados para asegurarse de que no lo siguieran. Estaba histérico. Eran las tres de la mañana del 23 de julio de 2011.

Dentro de la casa, Bárbara se sobresaltó al escuchar que tocaban. Cuando estuvo segura de que era él, lo dejó pasar. Vivían separados, pero nunca habían dejado de quererse y pensaban volver a juntarse. Al verlo tan nervioso sólo se le ocurrió abrazarlo. Él apenas si tenía fuerzas para alzar los brazos, temblaba.

—Julio, mi hermano, se echó un mocazo.

Dijo Marco, mientras se sentaba agarrándose la cabeza y tomaba aire antes de volver a hablar:

—Le batió la cana al Choncho Rodríguez.

Bárbara conocía la historia del enfrentamiento entre los Bradaschia y los Rodríguez, pero no entendía bien ese nuevo capítulo. Le pidió que se explicase. Él tenía los ojos húmedos de bronca y de miedo.

—Como a la una fueron a casa dos policías y arreglaron con el Julio, estaban de civil. Les dio seiscientos pesos para que lo ajusten y le roben la merca y plata al Choncho. Después se fue al baile y me quedé solo.

—¿Tu hermano arregló con la cana? ¿Lo denunció al Choncho Rodríguez?
—¡No! Qué lo va a denunciar. Lo batió. Lo entregó mal. Les dio plata para que vinieran a hacer un allanamiento trucho. Después se fue al Sargento (Cabral) al baile de la Mona.

Marco explicó la traición. La disputa por la esquina donde Julio César Bradaschia y Héctor Ramón Rodríguez vendían droga estaba llegando a su punto más alto. Intuía con razón que alguien iba a salir herido.

El Mariano

Para llegar a barrio Mariano Fragueiro hay que tomar el bulevar Los Andes y seguir rumbo al norte (a la par de las vías). A ambos lados se pueden ver barrios que parecen asentamientos y asentamientos que parecen barrios.

Los Paraísos, Sargento Cabral y El Naylon son los más fáciles de diferenciar hasta que el bulevar se divide en dos calles. Después lo conveniente es seguir por la calle Mackay Gordon, que continúa paralela a la vía y pasa junto a barrio Hipólito Yrigoyen, Villa La Lonja, Villa 4 de Agosto y el Marqués Anexo.

La historia que terminó con la muerte de Marco Bradaschia hace pocos meses tiene su origen en la disputa por el control de una esquina.

Una esquina de Mariano Fragueiro donde integrantes de dos familias se disputaban el control de la venta de cocaína. Una esquina donde ocurrió un crimen y donde hoy todo parece estar muerto. La esquina de Mackay Gordon y Juan de Escolar.

Menudeo

En el barrio todos sabían que la cancha de bochas era un quiosco. La Policía también.

Bastaba ir un rato a la zona para entender todo. Se juntaban allí y parecía que tomaban algo charlando sentados en el banquito de cemento hasta que llegaba un comprador. Entonces, vendían. La mercancía no estaba en los bolsillos de los chicos, se guardaba en una vieja casilla de bloques ubicada a pocos metros del banco, en el mismo predio, detrás de una puerta de madera color azul.

Si alguien en auto, moto o caminando se detenía solo hacía falta que hiciera el pedido. Entonces uno de los chicos buscaba la cocaína y se la entregaba. Otro ‒nunca el mismo‒ se encargaba de juntar la plata y entregársela a quien manejaba el negocio.

Las bochas no existían desde hacía mucho tiempo, ni siquiera como señuelo. Lo único que giraba allí eran los gramos de polvo envueltos en papel glasé.

Como el jefe del emprendimiento vivía a unos treinta metros del predio (sobre la calle Juan de Escolar, en medianera con la casa de la esquina que pertenecía a la familia Bradaschia) podía darse el lujo de coordinar los trabajos desde el living de su casa. Cerca de los cincuenta años y con varias causas en su espalda, ese era un lujo merecido.

Llamarlos narcos sería una locura, eran vendedores, transas, narcomenudistas. Últimos eslabones de una cadena. Partes fundamentales para el funcionamiento del negocio, pero alejados de las superestructuras del narcotráfico.

El regreso

En enero pasado Julio César Bradaschia, de 26 años, regresó al barrio. No volvía de viaje, retornaba de la cárcel tras cumplir parte de una condena por robo calificado. Lo primero que encontró al llegar fue la vieja canchita de bochas frente a su ventana y desde allí se convirtió en testigo privilegiado del próspero negocio de Héctor Ramón “el Choncho” Rodríguez.

El quiosco ‒la cancha de bochas‒ estaba justo frente a su casa, que se ubica exactamente en la esquina que forman las calles Mackay Gordon (a la altura del 4750) y Juan de Escolar (al 900).

La llegada de Julio produjo varios cambios. El primero fue que Bárbara, la mujer de Marco, que había vivido siete años en ese lugar, decidió irse y llevarse sus dos hijos. No tenía ningún interés en vivir en la misma casa con el ex preso y menos en meterse en los problemas que se veían venir. El segundo, que Julio César decidió disputar la esquina que era de Rodríguez.

Prontuarios

Cuando atiende el jefe se muestra dispuesto. Tiene orden de aportar información. Sin embargo, lo que parece sencillo puede resultar imposible. Conseguir los antecedentes de una persona no es simplemente escribir su nombre en una computadora, implica también saber cómo lo escribieron otros policías. El oficial aprieta las teclas: “B-r-a-d-a-s-c-h-i-a” y “Enter”. La computadora parece pensar unos minutos y anuncia: sin resultados.

El oficial levanta las cejas y hace una mueca con la boca.

—¿Ese es el nombre? ¿Seguro? No aparece, eh.

Dice pero sabe que hay que seguir probando. El nombre más fácil puede extraviarse en ese laberinto que es la ortografía de los policías. Por ejemplo, Sajen, el apellido del famoso violador serial, estaba escrito en ese sistema con “zeta” en lugar de “ese” y con “ge” o “ye” en lugar de “jota”. Los que lo registraron también variaron en la letra con la que terminaba el apellido. Algunos usaban correctamente la “ene”, pero otros ponían “eme” o recurrían a dos de esas letras juntas. Las combinaciones eran infinitas.

—Fijate de nuevo. Probá sin la “a” del final. Poné Bradaschi.
—A ver… Mmmm, no che, nada.
—¿Y con la “ese” o la “ce” solas?
—A ver…, no. Tampoco.
—¿No lo habrán escrito con “ve” corta, no?
—¡Nooo! No pueden ser tan brutos. Será posible que siempre haya que perder una hora porque estos animales no saben escribir.

Dice el jefe y se enoja más aún cuando Bradaschia aparece escrito así: Vradaschia.

El padre de los Bradaschia se llamaba Pablo Carlos y nació el 7 de mayo de 1953, pero murió a los 42 años el 23 de febrero de 1996. Su final se produjo cuando con otros tres hombres intentaron asaltar un obrador donde se construía el CPC de avenida Colón. El golpe fue frustrado por dos policías que fallecieron, pero también murieron Bradaschia y dos de sus cómplices.

Los hijos varones de ese hombre figuran en la lista con antecedentes por robos calificados y también en causas vinculadas a la ley de drogas.

Algo similar ocurre con los Rodríguez, que en realidad tienen edades más cercanas a la del padre de los Bradaschia que a las de los hijos. Igual sus nombres se repiten en casos de robos calificados, drogas, asaltos, etcétera.

En ninguno de los prontuarios figuran como amigos de policías. Eso no se registra. Los Bradaschia eran investigados por la División Drogas Peligrosas, pero no los Rodríguez.

Tucumanos

Desde hace tiempo en la zona se habla mucho de dos fantasmas, aunque algunos afirman que en lugar de dos, son cuatro. Se trata de Los Tucumanos. Son personas sin nombre que manejan parte de las tensiones en la zona que va desde Villa El Naylon a Juan B. Justo, incluido Mariano Fragueiro.

Los Tucumanos no solo serían distribuidores de cocaína ‒además de cocinarla‒, sino que también acostumbran a repartir armas a cualquiera que se las pide. Se dice que el revolver calibre 32 que tenía Marco Bradaschia cuando fue a visitar a Bárbara se lo habían dado ellos y que también fueron ellos los que le ofrecieron a Julio Bradaschia el soporte (y la droga) necesarios para enfrentarse a Rodríguez y disputarle la esquina.

Los Tucumanos son también los que dicen tener vínculos con policías de la comisaría cuarta y de la séptima de cuyas patrullas podrían haber salido los efectivos que esa noche fueron a allanar (en realidad a robar) a la casa de los Rodríguez después de recibir seiscientos pesos de Julio Bradaschia.

Curiosamente cuando se le pregunta a los policías de Córdoba por Los Tucumanos, resulta que nadie escuchó hablar de ellos. Resulta extraño entonces que en el barrio se los acuse de tantas cosas. Resulta extraño que una de las dos postas policiales instaladas en la zona conocida como El Pueblito esté justo al frente de donde se dice que viven los fantasmas. Tan extraño como el hecho de que todo el barrio haya visto que la madrugada del 23 de julio hubo un allanamiento en la casa de los Rodríguez y no exista ningún papel en ningún lugar donde ese operativo haya quedado registrado.

Desenlace

Después de que Marco le contó cómo estaban las cosas, Bárbara lo invitó a quedarse a dormir. Le dijo que si tenía miedo no tenía que regresar. Él aceptó y se tiró en la cama pero después de treinta minutos se levantó:

—Me voy, gorda, porque me van a robar todo.

Le dijo a Bárbara.

La comunicación entre la pareja se restableció a las siete de la mañana. Él mandó un mensaje de texto: “Gorda, venite para acá, necesito que estés conmigo. Necesito compañía”, le escribió. Eso despertó la ira de su mujer que respondió: “Qué querés, que me maten a mí. Dejame de molestar que estoy durmiendo”.

A las catorce Marco la llamó por teléfono y le contó cómo estaban las cosas: “Estuve hablando con el Choncho y la Trevi (la mujer de Julio Rodríguez), tratando de parar la bronca, pero está todo para la mierda. Empezaron a venir los hermanos de los Rodríguez y eso pasa cuando va a haber quilombo. Me voy a ir de acá, gorda. Me voy a alquilar una pensión. Te corto porque están peleando el Choncho y el Julio”.

Fue lo último que Bárbara le escuchó decir.

Esa pelea fue una lluvia de amenazas entre Julio Bradaschia y Héctor Rodríguez.

Los tiros

Cerca de las dieciséis de ese 23 de julio, Julio Bradaschia (quien no había parado de beber después de regresar del baile), su hermana Alma Carolina, Marco y una amiga de la familia, Soledad Silvina Sánchez, estaban en la casa de la esquina frente a la cancha de bochas cuando vieron entrar a los Rodríguez armados. Héctor, Raúl y Nancy.

—¿A ver qué tan pícaro sos?

Le dijo Héctor Rodríguez a Julio Bradaschia mientras le pegaba unas patadas. Cuando Julio quiso oponerse, los dos varones Rodríguez sacaron armas calibre 22 y le apuntaron. Entonces se escuchó clara la voz de Nancy Rodríguez:

—¡Tirale, tirale! ¡Matalo, Matalo!

Fue cuando Marco Bradaschia reaccionó en busca de ese destino que tan aterrado lo tenía. Sacó su revólver calibre 32 y funcionó como un llamador para que otras armas se apuntaran hacia él. Como pudo se tiró detrás de una mesa, pero dos balas lo hirieron. Otro proyectil fue a dar a la pierna de Julio, su hermano.

Fuga y captura

Bárbara y sus dos hijos no llegaron a ver vivo a Marco, que murió en el Hospital de Urgencias. Tenía veinticinco años.

Tras el incidente, el fiscal libró órdenes de arresto contra los tres hermanos Rodríguez, pero cuando fueron a buscarlos estos habían desaparecido. Dos de ellos (Raúl, a quien le dicen Fachi, y Nancy) lograron ser detenidos en Colonia Tirolesa tiempo después.

El fiscal Marcelo Hidalgo reconstruyó la disputa y los imputó como coautores de homicidio agravado. Héctor Rodríguez esta prófugo.

Hoy

Tiene unos cincuenta y cinco años y está sentado en la mesa del living de su casa, sobre la calle Avellaneda al 4500, a cuarenta metros de la casa de Los Rodríguez y cincuenta de la cancha de bochas. Soporta el calor de la siesta en cuero y con la puerta abierta. Sale a la vereda y atiende con gesto amable hasta que escucha la pregunta.

—Estamos haciendo un trabajo sobre el caso del chico Marco Bradaschia, que mataron acá, en la esquina.
—¡No! Pero yo no estaba ese día ‒reacciona, echándose para atrás y mintiendo‒. No vivía acá.
—En una de esas se acordaba, porque fue en julio.
—Sí, sí, pero yo recién llegaba al barrio. Justo ese sábado no estaba.

Unas casas más allá, una mujer que barre la vereda escucha la pregunta y se mete adentro con evidente miedo. Da el portazo con la puerta de chapa y, antes de cerrar el postigo color amarillo, moviendo la cabeza a ambos lados, dice:

—No. No estaba ese día.

Lo mismo repite el hombre de la casa de al lado. Justo ese día no estaba en el barrio porque había ido a “dar una vuelta”. Otro hombre, que tiene una remera verde y está sentado en una moto, es el más claro:

—Sabés qué, ese día en el barrio no estábamos ninguno. Nadie vio nada —dice, y se va en la moto, mirando hacia los costados.

La casa de los Bradaschia está cerrada. La de los Rodríguez también. Nadie vive en ninguna de las dos. La cancha de bochas parece un cementerio.

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