Pescadores en pausa

Publicado: 12 octubre 2013 en Camila Salazar
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A pesar de lo que tenían pronosticado todos terminaron trabajando allá donde la vista se pierde, flotando a diario en esa línea horizontal e infinita que divide el agua del cielo. La razón, dicen los pescadores, son muchas razones a la vez, porque si en algo coinciden, es en que la única certeza cuando se vive en la costa es que cuando el agua llega, también se va.

Los papeles oficiales dicen que son 2.158 los que pescan en el Golfo de Nicoya, la axila entre Puntarenas y Guanacaste, ahí donde se muere el Tempisque. Las estimaciones elevan la cifra a 5.000, entre los ayudantes y los que sin permiso se lanzan al agua.

Son pescadores, (muchos) hombres y unas pocas mujeres que trabajan sin uniforme, descalzos, con una jornada que es un vaivén al ritmo de las olas. Así viven, de lo que el mar les traiga o más bien de lo que logren sacarle a punta de redes. Esto es todo el año menos tres meses, 90 días que se llaman veda.

Veda es un periodo que establece el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca) para que se reproduzcan las especies y así proteger el recurso marino. Veda es que no se puede salir a pescar, que el Golfo no permite pangas, que las redes están prohibidas. Es, como dice Baudilio Barrantes, un pescador de bigote fino, quedarse en la casa regando las matas con la panga anclada en la arena.

Este año, la veda llegó el primero de julio y se va hasta el 30 de setiembre. Mientras tanto, la vida en la orilla cambia un poco, no demasiado. Porque la prohibición a fin de cuentas está en un papel, y el papel sobre agua, se deshace.

***

La primera impresión es que los pescadores tienen la piel tostada, que el sol les fue haciendo un cascarón moreno y duro sobre el cuerpo. Pero después, cuando hablo con un rubio blanco y un flaco lechoso, la primera impresión se vuelve tan solo una posibilidad.

Algunos llegaron a la costa hace muchos años, otros nacieron ahí en Puntarenas o en el resto de pueblos que bordean el Golfo.

—Tengo 34 años de vivir en Puntarenas, cuando llegué trabajé seis meses en construcción y de ahí conocí a unos amigos que me dijeron que por qué no iba a pescar. Yo les decía: ¿Cómo es eso? ¡yo soy de San José! –cuenta William Carrión, de pelo blanco y cejas desafiantes, que ahora es vicepresidente de la Asociación de Pescadores Pangueros Artesanales de Puntarenas (Asopapu).

Tirarse al mar fue nada más cuestión de tiempo. William (y el resto) aprendió a leer la luna y la marea, que en esas aguas se pescaba corvina y camarón, que se zarpaba muchas veces de madrugada y que con la pesca artesanal se trabaja hoy para comer mañana.

La dinámica para salir es simple: se alista la panga con hielo y gasolina (que cuesta entre 20 mil y 80 mil colones) y se echa el trasmallo (red) o alguna otra herramienta para pescar. La marea les dice cuándo salir y una vez adentro, la jornada depende de lo que dure el hielo, que pueden ser horas o hasta días. Al regreso, venden la captura, recogen la plata, vuelven a la casa con los hijos, la mujer y las cuentas.

—Vamos y venimos todos los días de 4 de la tarde a 7 de la mañana. Pescamos en la noche. Yo me he ido de marea cuatro días y no he sacado ni el alisto (hielo y gasolina). Hay meses muy buenos y otros muy malos –repite Marvin Moreno, un flaco de nariz perfilada y bigote militar, sentado en la terraza de su casa en Costa de Pájaros.

Así pasan los días. Sin embargo, estos días son diferentes. William y Marvin no salen a pescar desde hace mes y medio. La veda los tiene en casa. Y para hombres acostumbrados al movimiento del mar, la tierra puede ser revoltosa.

***

Desde 1985 el Golfo de Nicoya se cierra por tres meses. Un decreto ejecutivo es el encargado de dictar las reglas del juego e Incopesca es el árbitro. Básicamente hay dos equipos, ambos de pescadores con licencia: los que dicen sí a la veda y los que le dan la espalda.

Los que dicen que sí, apagan los motores de las lanchas y aplican para recibir un subsidio a cargo del Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas) de ¢140.000 mensuales a cambio de 40 horas de trabajo comunal. Eso sí, no pueden tener ningún otro empleo ni ingreso complementario.

“El que no quiera acoger la veda, tiene que reportar al Departamento de Protección y tiene que pescar fuera de la zona de veda”, explica Jorge López, jefe del Departamento de extensión y capacitación de Incopesca.

En el juego también participan los pescadores sin papeles, pero esos no pueden solicitar el empujón económico del Estado.

Entre tanto jugador, las reglas se diluyen y todos hacen uso del único comodín que tienen: el instinto de supervivencia.

—La respetamos pero tenemos que comernos las uñas –dice Marvin y se ríe resignado. Es 6 de agosto y el Imas no le ha depositado la plata de julio.
—¿Y cómo han hecho?
—Ahí tenemos que jugárnosla como podamos, con el poco de ahorros, irla estirando y pellizcándola.

Al lado de Marvin, Daniel Rodríguez, un hombre empacado y grueso se escurre el calor húmedo de la frente. Cruza las manos y asiente mirando a Marvin, porque también está en las mismas.

—Los últimos meses de pesca fueron muy malos, entonces he tenido que pedir plata. La ayuda la estoy esperando para pagarle a esa gente, aunque no me quede nada a mí.

Y es que William tiene 10 hijos, Marvin dos, Baudilio uno en el colegio. La luz y el teléfono vencen el 15 y el agua el 18. Daniel paga 75 mil en recibos y comen seis en la casa. Y todos dicen que la plata no alcanza, que no es justo y refunfuñan contra Incopesca y se callan y a un lado suena el mar.

Si se ponen a hacer cuentas en estos meses el saldo es negativo. Fuera de la veda las ganancias de un pescador pueden ir de los ¢200.000 (o menos) al mes hasta los ¢600.000, cuando el mar se pone generoso.

Entonces en este periodo, a falta de plata, muchos se lanzan al agua. Lo dicen los pescadores y el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG).

“Se da esto, por poca presencia policial. Entonces la gente aprovecha para ir a pescar así. Y muchos se han abstenido de no ir, pero al ver que fulano va, cada vez más gente va ingresando”, recrimina Marvin desde su casa.

Si nadie los detiene es buen negocio.

—Estaban pagando la corvina a ¢1.800, antes de la veda y ahora puede andar en ¢2.500 el kilo. El camarón estaba a ¢7.000 mil el kilo, ahorita está entre ¢8.000 y ¢9.000 –cuenta Marvin.

Pero, si se encuentran con una patrulla les puede salir caro. Las sanciones van desde suspensión de días de pesca, cancelación de la licencia, hasta multas de 10 a 40 salarios base, según el artículo 141 de la Ley de Pesca.

—Si usted sale con la panga ya, ¿cuál es la probabilidad de que lo agarren? –le pregunto a William Carrión.
—Cero. Termina siendo una cuestión moral que en el pescador cuesta mucho que exista –confiesa mientras ve por la ventana.

Para Miguel Madrigal, director del SNG, un hombre de voz grave y desafiante, la situación es un poco diferente.

“En el mes hemos metido como 1.020 horas de patrullaje. La estrategia ha sido quebrar mareas, salir al agua antes de que la gente pueda salir a pescar. Sí siguen pescando, pero en menor escala”, explica.

Junto a los operativos en el mar se sumó en tierra la Fuerza Pública, Senasa, Incopesca y el Minaet. Incopesca dice que hay tres embarcaciones disponibles, el SNG dice que no puede decir cuántas tienen.

Por miedo, Agustín Valdés, con voz de gárgara, decidió quedarse en la orilla.

“Llevamos a un mes y uno oye que están pescando aquí adentro, pero yo no me la juego. Es arriesgar mi equipo y a mí mismo, porque lo llevan a uno a la fiscalía y le decomisan el equipo, y me meten preso. Ahorita prefiero quedarme aquí pintando. No es mucho ese subsidio pero de algo sirve, para el que no tiene vicios. Mi doña vende vigorones en la playa, las güilas también tienen otro puestito ahí, los sábados le ayudan a la mama. Entre todos nos acomoamos bien”, explica con una brocha de pintura en la mano y se levanta para seguir con los trabajos comunales.

***

Para Popo no hay veda. Es rubio de pies anchos y está alistando a Popotito Jota para zarpar en la tarde a pescar siete días fuera del Golfo.

—¿Por qué no acogió la veda?
—Porque me sirve un poquito mejor, esa ayuda es muy poquita, tengo un güila en el colegio y una en el kínder –dice en seco con palabras tropezadas.

Popotito Jota es una panga de unos cuatro metros de largo, que según Popo se defiende en altamar porque tiene nevera y techo. Ahí, él y su ayudante, van a dormir una semana, en una caseta estrecha con dos tablas de madera, una espuma y una batería para electricidad. Ya tiene listo el hielo, el agua, la bolsa de arroz y un cepillo de dientes que cuelga de un cable en el techo.

—Nos vamos siete días porque ahora en siete días se pesca lo que antes pescábamos en dos.

Hace calor dentro de la caseta, hierve el puerto y Popotito Jota se balancea sobre el agua. Hace calor y solo han pasado quince minutos.

—¿Le gusta pescar?
—No es que le guste a uno es que qué le queda, sin pescar no hacemos nada – sentencia.

***

Costa de Pájaros queda a media hora del centro de Puntarenas. Es una calle que serpentea bordeando la costa con casitas regadas a los lados. Es un pueblo donde el mar llega turbio y donde en la playa no hay bikinis.

“Señor pescador, por favor elimine adecuadamente los desechos de pescado”, dicen rótulos como de Parque Nacional.

Hay unas cantinas, un mini super, muchas iglesias. Hay una plaza y recibidoras de pescado. Hay monte sin podar, bicicletas y un olor salado y pegajoso. No hay fábricas ni comercio aparte del pez muerto.

—Yo estudié mecánica de precisión pero aquí en todo este circuito usté no va a encontrar un taller de’sos. Entonces yai tengo que pescar porque tengo que mantener la familia –dice Baudilio Barrantes, con hablar pausado y cuidadoso. Ya cruzó los cincuentas y tiene la piel color tierra seca.

Recuerda que sus primeros años de pesca fueron buenos. “Al principio la gente se iba a las cantinas y no compraban una cerveza, compraban una caja, es que era una exageración la cantidad de corvina y camarón que se pescaba”.

Pero ya no.

“Lo peor es que cuando preguntan en la escuela ¿qué quieren ser cuando sean grandes? Dicen: quiero ser pescador como papi. Todos dicen eso”, se ríe Daniel, al lado.

Baudilio continúa. “Uno piensa en los hijos, hoy usted está pescando los últimos pescados del Golfo y su hijo cuando vaya a pescar no va a agarrar nada, entonces mejor que se busque un trabajo en tierra y así tal vez pueda vivir mejor que uno”.

El problema es que en tierra no hay mucho qué hacer y en el mar el recurso se agota.

El informe del resultado de la veda de 2012, realizado por Incopesca, determinó que en la mayoría de pueblos pesqueros se están usando artes de pesca ilegales lo que hace que, aún después de la veda, la mayoría de corvina y camarón capturados sea juvenil, lo cual afecta los ciclos de reproducción.

“No somos biólogos, pero sabemos que el recurso está bajando”, asegura Marvin.

—Yo ando como 1.000 metros de red –confiesa Olger, de ojos vidriosos y turbios y señala con unas manos cuyos dedos gravitan hacia la palma.
—¿Por qué anda más de lo permitido (600 metros)?
—Muchacha porque usted con 600 metros no trae pero ni pa’ pagar un galón de gasolina. Es una gran necesidad –reprocha enfatizando la obviedad.

En San José, Viviana Gutierrez, gerente de incidencia política de la organización MarViva me trata de explicar los porqués. “Muchos de los que están dedicados a la pesca tienen una situación socioeconómica muy difícil, no hay fuentes de empleo, y lo que tienen a mano y lo más fácil es la pesca (…). Si no atendemos el tema social lo que estamos haciendo es que todo el mundo agota el recurso, la parte ambiental. Cada vez hay menos producto pesquero e irresponsablemente manejado”, explica.

Cuando un pez cae en una red abre la boca y nada, nada con la red entre la cara, empuja y forcejea. Al lado, otros peces hacen los mismo, mueven cola y aleta para salir. Batallan solos y se raspan los cuerpos. La vida de los pescadores es algo así: cada quien lucha por su lado para mantenerse a flote.

***

Hace 16 años, un día estaba haciendo viento, mucho, y nadie salía a pescar. Ese día Daniel dijo que no salir era una mariconada y se montó con dos hijos pequeños en la panga. Ese día, por la isla San Lucas, el mar era un campo de suspiros blancos y la lancha se elevaba. Con la panga en vertical, Daniel le decía a los hijos que se subieran a la punta, pero caían por el motor. Ese día Daniel le dijo a Dios que no volvía al mar y lloraba porque se le ahogaban los hijos. Ese día se calmó el viento y Daniel llegó a la orilla y se fue a volar machete lejos del mar por cinco años. Hace diez años Daniel volvió a Costa de Pájaros.

Las palabras de Agustín, otro pescador, son sabias: “La muerte está en todo lado, pero ahí afuera uno se juega el pellejo”.

***

Marvin tiene su lancha sin motor parqueada en la arena. Le toca sacarle el agua sucia y empozada para prevenir el dengue. En la playa, un hombre arregla una red larga, la teje con cuidado y técnica. Otros limpian calles, pintan o recogen basura para cumplir con las horas del trabajo comunal.

Pero todos ellos tienen muy claro que esto es temporal, aunque no niegan que los tres meses pasan lento.

El primero de octubre se acaba la espera y los pescadores van a poder echar las redes otra vez al agua. Van a volver a la rutina poco estructurada a la que están acostumbrados, a pescar nadie sabe cuánto, nadie sabe si con tormenta o con viento. Y aunque ellos lo miran de frente todos los días y creen descifrar su espuma y corrientes, del mar nadie sabe mucho.

En español la palabra mar es de género ambiguo: el mar, la mar. Tiene sentido porque puede ser tosco y fuerte, ser dócil y suave, ser letal, ser amarga, ser generoso. A fin de cuentas, puede ser hombre, mujer, puede ser muchas cosas, tantas cosas, todas las cosas, menos una: el mar, la mar, nunca será tierra firme.

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