El cura que hizo la opción por los gays, la política y su propio hijo

Publicado: 1 diciembre 2013 en Juan D’Alessandro
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13 abril, 2013

El padre Nicolás Alessio ya no vive detrás de la capilla en la que dio misa por veintiséis años. Estoy parado frente a su nuevo hogar: una casa blanca, de tejas rojas, con una verja de madera que separa la calle de un jardín sin flores. Hace diez minutos que toqué el timbre, pero oscurece y nadie atiende. Hay luz dentro de la casa, y alguien se mueve. Cruzo la verja y espío por una ventana: desparramados por el piso del living, hay muchos juguetes.

Juguetes de colores.

Tengo que disimular cuando por una puerta que no había notado antes sale un hombre bajo que me encuentra adentro de su propiedad, abre los brazos y dice hola, pasá, bienvenido. Me deja entrar en una cocina pequeña y luminosa donde hay una mesa, seis sillas y una olla calentándose sobre una hornalla. Viste jeans gastados, zapatillas marrones y una chomba celeste de mangas cortas, que se arremanga por sobre los hombros mientras dice que me siente, que va a cocinar, si no me molesta, porque está por venir Mariela. Dice Mariela y sus ojos negros resplandecen como los de un adolescente, aunque tiene cincuenta y tres años y el cabello totalmente gris, lacio, con mechones que caen sobre los ojos negros mientras se lava las manos y las seca con un repasador inmaculado.

Toma un cuchillo con el que pela, corta, pica unas cebollas y va contando que hace un mes está como en trance. El aceite crepita. Nació mi hijo y desde entonces no sé qué me pasa, es la alegría total, estoy en trance, dice, mientras inclina la tabla y con el cuchillo barre la cebolla hasta que los daditos caen en el aceite hirviendo. Se agacha con solemnidad, apoya una rodilla en el suelo y cierra los ojos un instante, hasta que recuerda dónde está lo que busca: abre una puertita, revuelve objetos bajo la mesada y emerge con una botella de vino, y yo lo miro revolver la salsa y –quizá porque está todo vestido de celeste o por la parsimonia con la que derrama el vino tinto en la olla– sigo viendo a un cura, a un hombre que habla de su hijo pero que sigue siendo cura, aunque la Iglesia católica lo haya expulsado de sus filas por decir que el matrimonio entre homosexuales estaba bien, muy bien.

***

El pasado 11 de abril de 2013, el Arzobispado de Córdoba difundió un documento en el que se daba a conocer que “el señor José Nicolás Alessio ha sido penado con la dimisión del estado clerical. Por ello ha perdido automáticamente los derechos propios del estado clerical y permanece excluido de todo el ejercicio del sagrado ministerio”

“Más de 30 años al servicio del pueblo de Dios no ha significado nada para la Iglesia católica. Bastó que opinara distinto al Arzobispado para me echaran. En lo personal no me afecta en nada, porque seguiré compartiendo los sacramentos como hasta ahora. A los fieles no les importan estas decisiones oficiales”, dijo en declaraciones al diario cordobés La Voz del Interior. Fiel a su estilo, anunció: “Si hago un bautismo o un casamiento me lo tendrán que reconocer, porque no pueden borrar lo que soy: un sacerdote. Por más que a un médico lo despiden, sigue siendo médico”.

Dante Simón, vicario judicial del Arzobispado, le dijo al mismo medio que Alessio fue penado por “impartir el sacramento del matrimonio en forma contraria a lo que dice la doctrina católica. Concretamente, por haber casado a parejas del mismo sexo o divorciadas”.

***

Fotos.

Un casamiento con dos novias y ningún novio, y, detrás del altar, un cura católico apostólico romano.

El mismo cura católico apostólico romano, ya de cabello gris, en otra foto, uniendo a dos hombres en sagrado matrimonio.

Otra vez el cura, pero 15 años más joven, siendo arrastrado por dos policías durante una enardecida manifestación de trabajadores.

El cura a la intemperie, con barba, abrigado con un poncho rojo y una boina de lana, parado sobre la caja de un camioncito en el que improvisaron un altar, dando misa en una plaza llena de gente.

El cura en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis.

Sonriendo.

***

Durante veintiséis años, Alessio organizó una procesión que llegó a ser la más convocante de la ciudad de Córdoba: cada siete de agosto, por el día de San Cayetano –el patrono de su capilla–, las calles de Altamira, una barriada humilde del sudeste cordobés, se inundaban de gente que pedía paz, pan y trabajo. La procesión desembocaba en la plaza del barrio, frente a la capilla, donde se improvisaba un altar en la caja de un camioncito: parado ahí, el cura barbudo, abrigado a veces con un poncho y una boina de lana, celebraba la misa.

Así lo vi por primera vez, el siete de agosto de 2009, cuando tuve que cubrir la celebración para el diario en el que trabajo. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la plaza, tiñendo de anaranjado a los ocho mil fieles que rodeaban el camioncito. Con los brazos abiertos, mirando al cielo, el padre Alessio propuso:

—Viva San Cayetano.

—¡Viva! –respondió la multitud que colmaba la plaza.

—¡Viva el mártir Enrique Angelelli!

—¡Viva!

—¡VIVA LA DIGNIDAD DE LOS TRABAJADORES! –gritó, y los vecinos contestaron con el puño en alto y voz quebrada, y a mi lado un viejo con la piel curtida y la ropa gastada no pudo contener el llanto.

Es sus sermones, Alessio criticaba al Vaticano y honraba a Enrique Angelelli, obispo asesinado por la última dictadura militar, el cuatro de agosto de 1976. Eran misas distintas a las que se escuchan en la mayoría de las iglesias de Córdoba.

—¡Escandalizás a los más pobres cuando decís estas cosas contra el Papa, contra la Iglesia! –le enrostró una vez el hombre que comanda hoy el Arzobispado de Córdoba. Pero Alessio, en realidad, escandalizaba a los católicos más encopetados. Y lo hizo de nuevo en junio de 2010, cuando fue invitado a la marcha por la Igualdad Jurídica y Social, que desembocó en la Plaza de la Intendencia, situada en el centro de Córdoba. Ahí, parado en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis, el padre Alessio pidió perdón.

—Quiero pedir perdón porque pertenezco a una institución que no termina de convertirse al evangelio de Jesús. A un Jesús que jamás condenó la homosexualidad, jamás condenó el matrimonio homosexual y que, por el contrario, condenó a los soberbios, a los poderosos y a los que discriminaban. Quiero pedir perdón por esta institución que es muy dura para juzgar a los que están fuera y muy hipócrita para juzgar a los que están dentro.

Al anochecer, en el instante en que el cura dijo “hipócrita”, se alzó entre el tumulto de la Plaza una ovación muy diferente al rugido de las hinchadas de fútbol: fue un alarido agudo, como el ulular de una autobomba –gritaron “wuuuuu” y aplaudieron.

El discurso puede verse en Youtube bajo el título “Patético: sacerdote católico defiende matrimonio homosexual defiende matrimonio homosexual”.

Detrás de Alessio, un grupo de activistas aplaude y entre ellos, Martín Apaz, un estudiante de sociología que con 26 años se convirtió en el referente de la lucha por los derechos igualitarios en Córdoba.

—Reclamábamos una cuestión de derechos cívicos –cuenta Apaz–, pero entendimos que la cuestión religiosa se iba a colar y por eso lo invitamos. Dio un discurso muy emocionante, dijo que la homosexualidad es un don de Dios. Eso es lo mismo que decirnos que éramos parte de la riqueza de la humanidad, no parte de lo malo. Él pensaba diferente y era un estorbo. Vamos a estar siempre agradecidos con Alessio, por su solidaridad en una lucha histórica, por tomar un posicionamiento tan fuerte y tan público.

***

José Nicolás Alessio nació en 1958, en Córdoba, y vivió su infancia en Argüello, al noroeste de la ciudad. Sus padres –José Alessio, músico, y Silvia Vaca, ama de casa y reina de su jardín– eran católicos conservadores y así criaron a sus once hijos. La fe, la música y la política iban a marcar sus vidas: los tres mayores –José Raimundo, José Nicolás y José Mario– entraron al seminario: Mario dejó a los pocos meses para estudiar sociología, Raimundo abandonó los hábitos de grande y Nicolás, finalmente, fue expulsado. Otro hermano, José Luis, también dedicó su vida a la fe, pero en otra Iglesia: es pastor evangelista. Dos hermanas, Silvia y Cecilia, son cantantes líricas. José Emilio es definido por Nicolás como “el enojado”; furibundo con él por diferencias políticas, Emilio no pierde oportunidad para defenestrar a su hermano y acusarlo de “abandonar sus convicciones a cambio de un sueldito”. Faltan cuatro: Juan José Pablo, “en el cielo”; Filomena, abogada; Francisco, “el benjamín”. Y por último, Ángela Alessio, “la Gela”: comunicadora social y docente, lesbiana y madre por inseminación artificial, compinche de Nicolás: la mujer que a fuerza de cotidianeidad lo ayudó a entender que los homosexuales son personas como todos, con los mismos valores, las mismas necesidades y los mismos sufrimientos.

—La “Gela” me obligó a dar una respuesta teórica a este tema –reconoce Nicolás Alessio–. La experiencia de Gela me demostraba, contra toda biblioteca, que eso (la homosexualidad) era absolutamente natural. Llamalo extraño, diferente, es otra cosa: pero es natural. Si son personas que pueden amar ¡y lo que necesita un pibe para crecer es amor.

—A los pobres se los quiere, se los trata bien –le repetía mamá Silvia a Nicolás, cuando él tenía la edad de los niños, y él encuentra en las palabras de su madre el origen de su camino y el resumen perfecto de la Iglesia tercermundista. A su padre, dice, le debe las pasiones que iban a marcarlo: la religión y la política. Católico ferviente y militante de la resistencia peronista, José Alessio conoció la cárcel cuando en Argentina no se podía pronunciar el nombre de Perón.

Alessio no habla mucho acerca de sus padres. Quiere protegerlos, porque son muy mayores y las vidas de sus hijos –él, expulsado de la Iglesia; y Gela, lesbiana y madre por inseminación artificial– les afecta.

—Mis viejos son conservadores desde lo ideológico, sí. Pero han tenido la capacidad de entender, para ellos, lo que es la “limitación humana”. Dicen “bueno, nuestros hijos son un desastre, pero el amor es el bien más grande y en algún momento nos irá a perdonar porque ellos se van a arrepentir”, entonces ese discurso les permite vivir una relación de afecto con los hijos, en donde lo ideológico no jode tanto.

***

De La Inmaculada, su colegio secundario, Nicolás recuerda cuando subió a una de las habitaciones de los religiosos más jóvenes: desorden, libros abiertos, mate preparado; fotos del Che, de Mahatma Gandhi, de Martin Luther King.

Promediaba la década del setenta cuando comenzó a sentir que su vocación política se podría encauzar con más fuerza en la vocación religiosa. Entonces, el tío Luis –tan católica era la familia que hasta tenía un representante en el Vaticano: Luis Alessio, el tío Luis, colaborador del Papa Pablo VI– le presentó a Carlos Ñáñez.

A los dieciocho años, Alessio estaba enamorado de una chica y no sabía qué hacer. Se preguntaba cuál sería “la voluntad de Dios”. Para responder esa pregunta existen los directores espirituales.

—Ellos te ayudan a ver, sentir, descubrir, imaginar la voluntad de Dios. Y eso fue así con Ñáñez. Me decía que “Dios quiere más a los que elige para el sacerdocio, porque los ve como a su hijo Jesús”. ¿Cómo no sentirme ungido, dispuesto a todo, con semejante afirmación? Terminó de convencerme.

El seminario duró seis años, Alessio se ordenó sacerdote a fines de 1981. Ñáñez respaldó a Nicolás cada vez que su vocación flaqueaba, cada vez que el sentimiento hacia una mujer le hacía dudar. Y, según Alessio, lo mantuvo alejado de los documentos que hablaban de justicia social, pueblo, liberación. Sobre todo, le advirtió que no debía tener contacto con los curas “peligrosos”, los que se reunían a confabular en el grupo Enrique Angelelli.

Treinta y cinco años más tarde, en marzo de 2011, como arzobispo de Córdoba, Náñez firmó la sanción at divinis que expulsó a Nicolás de la institución. Él lo hizo entrar, él lo echó.

A través de su secretario personal, el arzobispo declinó un pedido de audiencia para conversar sobre Alessio.

Cuando se enteró de que había sido sancionado, en marzo de 2011, el padre Nicolás Alessio me dijo:

—Me importa tres rábanos.

Estaba atrincherado en su capilla de siempre, en Altamira, y desde ahí disparaba titulares para los diarios nacionales e internacionales: “Es evidente que en esta Iglesia disentir es pecado” (Clarín); “Ellos no tienen atado a Dios” (Página 12); “La Iglesia tolera a los violadores en sus filas, pero no a quien piense diferente” (El Mundo de España). En boca de un cura, frases que circulan en forma corriente se volvían singulares, extrañas, y causaban –según quién lo oyera– admiración, indignación o pasmo.

Tres meses antes de que Argentina se convirtiera en el primer país de América Latina en legalizar el matrimonio igualitario, en julio de 2010, difundió un documento redactado por él y firmado por un grupo de quince curas rebeldes: decían que la unión civil entre personas del mismo sexo “no tendría que ofender a nadie, y por el contrario, debería ser motivo de alegría que esas personas tradicionalmente discriminadas, ofendidas, estigmatizadas y obligadas a vivir ocultando sus más profundos sentimientos puedan sentirse amparadas por una ley que les reconozca su derecho al amor y a la familia”.

No tendría que ofender a nadie, dijo, pero ofendieron el documento y las innumerables veces que lo ratificó en diarios y programas de tele y de radio del país y del mundo.

“Recemos por el padre Alessio, para que salga de esta ruta que lo va a llevar directo al Infierno”, pedían los católicos más conservadores desde Página Católica, Panorama Católico y Argentinos Alerta, algunos de los tantos portales que santifican la web, en los que el cordobés aparece como “el cura homosexual” o simplemente como “ese cura miserable”. La presión del ala dura del catolicismo no dejó de aumentar y, al fin, Ñáñez inició un juicio canónico contra Alessio, que acabó en su condena en marzo de 2011 por “desobediencia y rechazo pertinaz de la doctrina”. Aunque la sanción que le aplicaron no se denomine expulsión y tenga un nombre más bondadoso –at divinis–, lo dejaron sin su sueldo de cura y con la terminante prohibición de dar misa, oír confesiones o celebrar casamientos.

—Lo voy a seguir haciendo, porque el ministerio es un don para la gente y no algo que controlen los obispos. Si alguien me pide que lo case lo voy a hacer.

Iba a enterarme que usaba la palabra “alguien” en su acepción primera: “persona existente sin indicación de género”. Porque inmediatamente agregó:

—Es la cuarta boda gay que bendigo. No está ni permitido ni nada, está fuera de ese círculo cerrado que es la institución. Pero es correcto. Me llaman y voy.

Caminábamos por el interior de la capilla San Cayetano, Alessio respondía pausado mientras iba mostrándome el altar de madera, los bancos oscuros y los pasillos de la pequeña capilla en la que dio misa durante un cuarto de siglo.

La que tenía que abandonar.

***

El arzobispo no quiso recibirme, pero sí lo hizo el Vicario General de la provincia, Horacio Álvarez, la mano derecha de Ñáñez, el hombre que le ayuda en el gobierno de la diócesis. Su oficina –un escritorio de madera oscura, tres puertas, una biblioteca– es tan sobria y prolija como él: sweater azul marino, camisa celeste y clergyman, el típico cuellito blanco. Álvarez hizo el seminario con Alessio; jugaron al fútbol, estudiaron y compartieron techo durante seis años. Fueron amigos, pero las inclinaciones personales los distanciaron.

—Si Nicolás manifestaba efervescencia combativa en el seminario, yo no me di cuenta. En barrio Altamira, una barriada popular con un montón de realidades durísimas, el Nico hizo una opción muy clara de meterse y trabajar con ellos. Acompañando a la gente estuvo en escenarios conflictivos, pero yo no me animo a decir que el Nico fuera conflictivo.

—¿Y qué pasó?

—Siempre fue un sacerdote un poco personalista en sus opciones. Presumo que fue tomando decisiones que tenían que ver con su proyecto de vida, y me parece que en estos últimos años sentía que esto no es para él.

—¿Qué le parece la defensa que hizo del matrimonio igualitario?

El vicario piensa bien antes de responder, es un hombre cauto.

—Yo creo que el Nico mira la cuestión del matrimonio igualitario más o menos como lo expresó, creo que es una mirada convencida la de él. Ahora, todo el armado de largarlo públicamente, con las cosas que dijo sobre el obispo, me da la impresión que fue para armar capital político aprovechando el escenario de los medios.

—Pegarle al obispo suma.

—Debe sumar capital y debe restar capital. Lo veremos un tiempo después. Yo no estoy tan seguro que haya sumado tanto.

Al finalizar el seminario, Nicolás se hizo amigo de un profesor, Victor Acha, quien lo llevó a conocer a los miembros del temido grupo Angelelli, o como les decían en el seminario: los curas peligrosos, tercermundistas, los mensajeros del Demonio. Entre ellos, Guillermo “Quito” Mariani, quien en 2004 iba a publicar Sin Tapujos, libro en el que narra sus amoríos juveniles, las frustraciones que le provocaba el celibato y hasta un fugaz encuentro homosexual.

“El Quito es mi maestro”, repite Alessio, seguro de que Mariani hablará maravillas de él.

—Nico dice que yo soy su maestro, pero la verdad es que durante mucho tiempo pidió que respaldáramos a Ñáñez. Siempre le tuvo afecto y guardó una relación amistosa con él. Hasta ahora –dice Mariani sentado en un sillón en su casa, en Argüello. Por encima de sus palabras se escucha el canto –el griterío– de una docena de pájaros que desde el living no se ven, pero que deben cantar en jaulitas tan prolijas como todo lo demás en esta casa. Mariani tiene ochenta y cinco años, es un sacerdote jubilado de sonrisa franca y ojos celestes, acuosos, quien no hace mucho, en una entrevista con Clarín, se definió como un “león herbívoro”.

—Ñáñez no mira a los ojos. Se tiene miedo a sí mismo y tiene miedo a perder el poder. La derecha lo condena, los obispos lo tienen calificado como un izquierdoso –explica Mariani, que ve amenazado por el arzobispo su último grupo de pertenencia, el grupo Angelelli, porque la jerarquía de Córdoba viene reemplazando en las parroquias a los curas tercermundistas por sacerdotes ortodoxos.

—Ahora somos ocho los miembros del grupo Angelelli, pero tenemos como quince simpatizantes –dice, con los ojos bien abiertos, expandiendo los brazos, y se ríe. Pero se pone serio de golpe al recordar que Alessio, uno de los miembros más combativos, pidió un año sabático para dedicarse a la política. En ese momento estaba trabajando en la campaña de Luis Juez, senador nacional por Córdoba y exintendente de la capital provincial, quien en 2011 perdió la elección para gobernador. Alessio, en ese momento y ahora, vive de lo que gana como asesor del bloque de legisladores nacionales del Frente Cívico.

—Lo siento como una pérdida. Ya lo he palpado en algunas posiciones que él tenía muy claras y que ya no están claras, porque la política exige ceder. La sinceridad de Nico puede verse envuelta con todo eso que se le va exigiendo. Yo creo que el poder, despacito, despacito, siempre corrompe.

Mariani, por primera vez durante la entrevista, baja la cabeza y mira hacia el suelo. Dice que formó a Nicolás en la defensa de los derechos humanos, y dice también que juntos padecieron “la anormalidad que la Iglesia provoca con sus decretos referidos a la sexualidad”. Sufrieron por las exclusiones de sacerdotes y teólogos destacados, y por los embates de la jerarquía contra la Teología de la Liberación.

—Lo veo poco. Sigue siendo mi gran amigo, pero no quiero enterarme mucho de lo que está haciendo en política. Y además, tengo miedo de que vayamos a ser utilizados por el Nico, usados como grupo de pertenencia y como cómplices en esta campaña política.

—¿A qué se refiere?

—Vos viniste a verme porque él te dijo que yo soy su maestro, ¿no? La semana pasada vinieron unos chicos de Canal Encuentro, están haciendo un documental sobre su vida, y la entrevista había sido provocada porque Nico les dijo que yo era su maestro. ¿Entendés?

Está empezando a pensar como político.

—Y eso me duele. Pero yo lo quiero mucho, es como un hijo. Nico no miente, no hace esto porque no tenga otro trabajo: está convencido de que el compromiso con los partidos políticos significa una colaboración para el mejoramiento social. Pero creo que se va a decepcionar dentro de una Legislatura llena de buitres. La militancia del Nico fuera de los partidos políticos sería mucho mejor.

***

—¿Te molesta que haga la comida mientras hablamos? Está por venir Mariela.

Me recibe a mediados de mayo de 2011 en su nuevo hogar: una casa con jardín que comparte con la mujer que ama en un barrio de clase media, en la zona sudoeste de la ciudad, lejos de la parroquia de Altamira. El hombre que fue cura lleva una chomba azul gastada, jeans sueltos, ceñidos en la cintura con un cinto de cuero blanco, y zapatillas marrones. Mientras habla, en la cocina, comienza a pelar unas cebollas sobre una tabla de madera.

—Mirá, el salto a la trinchera política conlleva todos esos riesgos que señala El Quito y muchos más: ambigüedades, quedás salpicado, es jodido. Vos estás acá –con el dedo señala una circunferencia en el piso, a su alrededor– siendo cura y tenés un ochenta por ciento de opinión a favor; te pusiste acá –da un saltito hacia la izquierda– y tenés un ochenta por ciento de opinión en contra, o dudando. Eso es porque la política está desprestigiada. Vos te parás en el terreno político y de entrada piensan que tenés algún interés sucio, mezquino, económico, o lo que fuere. O sea, entrás perdiendo.

Alessio pica la cebolla sin mirar lo que hace el cuchillo, pensando en lo que dice. Vivía solo en la capilla: está cocinando de memoria. No toca el ajo, lo clava en la tabla con el tenedor y lo pela con el cuchillo mientras dice:

—Es mucho más cómodo estar fuera de la política, porque desde ahí juzgás a todos. Es un poco como la actitud que tiene la Iglesia, se para en el cielo incontaminada, impoluta, y desde ahí juzga. Pero las transformaciones más eficaces se hacen con leyes y con decisiones políticas. —Se sube las mangas cortas de su chomba hasta dejarlas arriba de sus hombros y agrega–: Yo pasé muchos años diciendo cómo tendrían que ser las cosas, ahora me siento convocado a hacerlas.

—¿Y por qué con Luis Juez?

Descorcha un vino tinto. Creo que va a invitarme una copa, pero tira un chorro del vino en la olla y vuelve a poner el corcho. Me sirve un vaso de agua.

—Yo no soy personalista, no digo Juez es lo máximo, Juez es Dios, no, no. Luis tiene sus virtudes y sus limitaciones. Tiene astucia política, es pícaro y es honesto, es honesto en serio, no es macana. Bueno, es ambiguo ideológicamente viste, que sé yo…

—Bastante ambiguo.

—Yo apuesto a su proyecto: una fuerza nueva que pudiera tomar lo mejor del peronismo, lo mejor de los radicales, de los socialistas, lo mejor de la izquierda y vamos para adelante; entonces, en ese sentido, deseo profundamente que gane.

Alessio confiesa que Juez le pidió que lo acompañara en su eventual gobierno, pero no le dijo el cargo que iba a ocupar.

Juez perdió las elecciones. Alessio continúa con la militancia en el Proyecto Sur.

En la capilla, de noche, se imaginaba viejo y solo, rodeado quizá de alguno de sus hermanos en un asilo de curas.

—Era una imagen muy fea. Una vez conocí un asilo para curas, tiene mucho de inhumanidad. Esta locura del celibato es una aberración que no se sostiene más. Te hace vivir con los fantasmas de la culpa, de no poder ser nunca natural, no poder dejar aflorar tus sentimientos como corresponde. Se te escapan por otro lado y no sabés qué hacer.

En la capilla, de noche, cuando todos fieles se iban, él quedaba solo. Y pensaba qué lindo sería compartir la vida.

—Yo me acuerdo que disfrutaba de un paisaje, de un campamento o de un viaje y decía: “Cómo no compartir esto con alguien, más íntimamente”. Esa cuestión si me quemaba la cabeza.

En su juventud, siendo el flamante párroco de Altamira, le tocó coordinar un campamento espiritual con los fieles de su comunidad. No se acuerda bien dónde fue ni cuántos años tenía entonces. Pero nunca va a olvidarse de esto: atardecía y se había quedado dormido sobre el pasto mientras una chica del grupo juvenil lo consolaba por una pelea reciente. Los labios temblorosos de la adolescente lo despertaron.

—Mocosa de mierda, pensé. Una nena era, 14 años. ¡Qué atrevida!

Alessio se seca las manos con un repasador, mira hacia arriba, sonríe, se muerde los labios. Hasta que acepta:

—Fue re-loco, re-loco. Fue fantástico.

El beso quedó como una anécdota. Por varios años fueron solo párroco y chica de grupo juvenil. Después, iniciaron una larga relación secreta. Pero Altamira era chico y ya había que contarlo.

—Lo empezamos a blanquear con la familia de ella, y la madre no entendía cómo, por qué. Pero había mucho afecto, mucho respeto. Y los padres se convencen cuando ven que los hijos están bien. “Estos jóvenes son tan modernos”, decía mi suegra.

—¿Ñáñez lo sabía?

—Ñáñez sabía, porque yo creo que estas cosas siempre se saben. Por eso cuando me quiso apurar con el tema, le dije que el ochenta por ciento de los curas de Córdoba tienen pareja. “A mí no me consta”, respondió. Bueno, entonces te doy nombres, le dije. “No, no, dejá”. No quería ni hablar del tema. Pero es así.

La vida de Alessio está polarizada entre la religión y la política, pasiones que lo arrastran, muchas veces, en direcciones contrapuestas. O al menos eso le ocurría antes de que entrara en trance.

—Todavía no termino de caer, es como que entré en trance. Mariela había perdido varios embarazos, espontáneamente. Pero a los meses que yo le dije chau a la estructura, cuando empezó esto del juicio canónico, ella me dijo “creo que estoy embarazada”. Fue todo junto: la ruptura con el clero, el embarazo y la vocación política.

Si era nena, el bebé se iba a llamar Cielo. Si era varón, él quería ponerle Nicolás, como el padre, “por tradición”. Pero las mujeres de la familia le impidieron “ese anacronismo”.

Cuando nació su primogénito, por primera vez en su vida, el padre Nicolás Alessio encontró la perfecta confluencia de sus dos pasiones:

—De pronto se me ocurrió el nombre Simón y me gustó. En el ambiente de la política decimos que es por Simón Bolivar. Y en los ambientes religiosos decimos que es por Simón Pedro, el padre de la Iglesia: y así, mi viejo está muy contento.

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comentarios
  1. Diego Molano Canti dice:

    esta muy bien la crónica y de resaltar y aplaudir el hecho de tratar temas tan contemporáneos e importantes, ademas de los soportes como el vídeo de youtube que vale mucho la pena analizar

  2. Luis Ramírez dice:

    Un sacerdote después de 25 años de servicio a una institución es despedido cuando su edad no le da muchas oportunidades de empleabilidad. Si fuera una relación laboral tendría un seguro sa salud y una posibilidad de pensión de retiro. ¿Qué pasa con el religioso que es retirado por las razones del protagonista de esta historia?

  3. Marcelo Dante dice:

    Me encantó. Muy noble.

  4. Angeles Pucheta Radice dice:

    Siempre te veia Nicolas, cuando venias a la parroquia de Horacio, acá en Alberdi, y siempre que ofreciste tu omilia, me gustaba, yo vengo de familia de religiosos, y se que un cura Jamas deja de serlo, por eso va mi respeto y admiración, por eso te apoyo por honesto,y te voy a votar porque necesitamos gente como vos, con amor a los otros , al projimo como nos enseño Jesus.un abrazo desde siempre y para siempre.

  5. Mi nombre es José Nicolás, como el protagonista de esta historia. Como él, también ejercí el sacerdocio. Soy ecuatoriano y estuve en el clero por 13 años. Ahora soy periodista y docente universitario. Decidí salir por ser sincero conmigo mismo y los demás. Estoy casado desde hace dos años con Ana Cristina; tenemos un bebé de año y medio. Se llama Bruno Isaac; Bruno por Giordano Bruno, teólogo rebelde perseguido por la inquisición; e Isaac porque Dios en él me ha sonreído. Sería tan interesante conversar y compartir con este (ex)colega…

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