La matachilangos y sus cómplices

Publicado: 11 enero 2014 en Oscar Balderas
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Cuando Alan F entró a la Sala de urgencias había muy poco que hacer por él. Llegó encorvado, con sus 175 centímetros de altura doblados hacia adelante por el dolor, los ojos extraviados y las manos aferradas a su playera de los Pumas, a la altura del abdomen, desde donde corría sangre a borbotones que llegaban hasta su rodilla.

Había logrado lo que parecía más difícil: con el estómago perforado tomó el Pointer negro de su papá, un electricista sesentón con problemas cardiacos, y condujo de madrugada 9.8 kilómetros a toda velocidad desde la colonia Guerrero, en el centro de la ciudad, hasta el Hospital General de Xoco, en el sur, famoso por atender los casos más graves de traumatismos en la capital. Estacionó el auto en una zona para ambulancias, abrió la puerta y, dando tumbos, llegó hasta los brazos de la enfermera Anita C.

«Me… dispa…ra…ron… ayúdeme, por favor», alcanzó a decir Alan, de 22 años. Había dejado en el asiento del coche más de litro y medio de sangre mezclada con tequila y cerveza.

Anita hizo esas preguntas rutinarias que hacen instintivamente las enfermeras: «¿Estás bien? ¿Qué te pasó?». Alan solamente pudo mascullar –mientras estaba acostado en la camilla y recortaban a la mitad su playera favorita con unas tijeras– que había conocido a una chica durante una fiesta. Envalentonado por varios “fondos” de tequila, habló con ella toda la noche, hasta que un ex novio violento se cruzó en el camino.

Ebrios, discutieron hasta que los celos explotaron en la mente de la ex pareja y sacó de la chamarra una pistola. ¡Bang, bang! Ni siquiera apuntó a través de la mirilla; nada más cortó cartucho y disparó contra el abdomen del pretendiente, a quien instantáneamente se le abrieron dos boquetes en el intestino. La fiesta había terminado.

Alan estuvo cinco minutos en el quirófano, hasta que convulsionó a causa de la sangre derramada por esos orificios.

«Decláralo, ya valió madres. Venía muy mal», le pidió el médico a Anita. «Paciente masculino, 22 años, choque hipovolémico, muerto a las 03:21 horas del martes 16 de mayo de 2012».

La enfermera miró hacia las entrañas de Alan y usó sus dedos como pinzas. Sacó el proyectil y lo colocó bajo la luz. Con la experiencia que le da la guardia nocturna en la Sala de urgencias miró el casquillo con ojos de experta en balística. «Otra 9 milímetros… y apenas es el segundo muerto de esta semana».

El protagonismo de la 9mm

«Desde hace unos cinco años, esta pistola salta en más de la mitad de nuestras investigaciones», revela Raúl Peralta, comandante en jefe de la Policía de Investigación de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Este hombre de mirada recia y cuerpo de jugador de futbol americano fue elegido para encabezar esta agrupación de más de 4 mil policías, quienes todos los días conviven con la matachilangos.

Cuando se reporta un asalto con “clave 51” (muerto), es muy probable que encuentren un casquillo suyo; cuando hay que levantar un cuerpo, una bala suya; cuando se halla un encajuelado, una desaparecida, un hombre que retiró miles de pesos del cajero y no llegó a casa, o una balacera, ahí está. Aparece constantemente en los expedientes del Servicio Médico Forense.

«Se ha vuelto común que encontremos la 9 milímetros en las investigaciones. Durante un tiempo, hace muchos años, lo usual eran los revólveres, pero ahora es ésta. No es el término correcto, pero es como si se hubiera puesto de moda», dice Peralta.

¿Cómo se consigue en territorio chilango?

Ir a casa de “El Col” es tan peligroso como toparse con la matachilangos. Hay que llegar al Metro Peñón Viejo y caminar 20 minutos dentro de la zona más olvidada de Iztapalapa. Cada tramo recorrido empeora el paisaje de cascajo, montones de basura, perros callejeros y negocios cerrados a causa de la extorsión de imitadores del crimen organizado; cada paso de un foráneo en las colonias Lomas de Santa Cruz, Ejército de Oriente y Peñón Viejo es celosamente vigilando por un “halcón”, un niño o joven que desde las azoteas de casas de ladrillo gris alerta sobre la llegada de un intruso.

Pero no hay otra forma de llegar a La Joya, mejor conocida como “El Hoyo”, una de las colonias más violentas de la ciudad.

Pocos, muy pocos policías entran a este lugar, por lo que muchas investigaciones de homicidio, secuestro o delincuencia organizada se las traga El Hoyo.

–¿Qué buscas, mi’jo? –pregunta El Col, un joven de unos 20 años apodado así luego de sobrevivir a una batalla campal en su callejón que lo dejó, dicen, como “coladera”.

–Un “fierro”. Necesito una 9 milímetros.

–Ah, chingá, ¿y para qué la necesitas tú?

–Tengo un asunto pendiente.

–Yo te lo resuelvo –presume el traficante de armas y desnuda su hombro derecho para mostrar un tatuaje de la Santa Muerte-. No fallo: o los mato o los dejo locos.

–No, gracias. Es un asunto de honor, tengo que hacerlo yo.

–Ah, pues en ese caso… ¡mamá, tráeme mi bote!- grita sin levantarse de un sillón roto en medio de una sala precaria, que contrasta con sus tenis de más de 6 mil pesos.

Por una habitación de paredes color menta sale la mamá de “El Col” con bote de latón. Es idéntica a su hijo: ambos extremadamente delgados, piel morena, ojos saltones y ojerosos, de estatura promedio y voz pastosa. La diferencia son unos 20 años. El hijo sólo lanza un gruñido, señal de que la casa casa ubicada en el centro del barrio debe quedar sola para que la negociación siga.

–Nomás hago esto porque eres compa de mi compa- dice y mira a mi acompañante, amigo de un primo político suyo. Enseguida, se incorpora y quita la tapa.

Lo que muestra es un arsenal de matachilangos suficientes para que una banda extermine una calle entera. Ocho 9 milímetros, unos 40 cartuchos y un paquete de paños para lentes para borrar las huellas digitales. Y un carrujo de mota. Todo en un bote con el Hombre Araña dibujado a tres tintas.

–El business está así: estos son mis fierros 9. Si te gusta uno, la compras en caliente. Si la quieres modificada, te la cromo, le pongo otro cañón, le mejoro la mira o lo que quieras. Están “limpias” (no registradas) y con el número (de serie) raspado. Si la compras ahorita, te la dejo en 7 (mil) varos, pero si la modifico, pues se puede ir hasta 14 (mil), pero quedan chingonas y la tienes en unos dos días. Te llevas a tu encargo con un tiro – promete.

–¿De dónde son los fierros?

–Esto vale madres.

–Bueno, sólo mejórale la mira, no soy muy bueno con la puntería.

–9 (mil) varos.

–Va.

–Dame un adelanto ahorita.

–No traigo, te dijeron que venía a ver.

–Chale… nomás porque eres compa de mi compa. Bueno, ya las viste, tú dices, pero si le compras a otro cabrón estreno la mira contigo.

–No te preocupes, el trato es contigo “Col”.

–Bueno, entonces sácate a la chingada hasta que traigas dinero. Aquí nada de mirones –dice el sicario, quien inmediatamente cierra el bote y abre la puerta de su casa.

Se despide con un gesto frío. “El Col” está molesto, por lo que no nos acompañará hasta la salida del “Hoyo”. Sólo nos muestra con la mirada el camino para salir de la zona peligrosísima, pasar a la peligrosa y al Metro. Y nos recuerda una regla no escrita del tráfico de armas: tu “dealer” es siempre tu “dealer”. Quebrantar esa regla es motivo de muerte. «Si se paran, me los cargo. Sólo me compran a mi o salen en una caja», advierte.

Llegar hasta andén toma 20 largos minutos. Hay que sortear los ofrecimientos de más armas, marihuana y una moto recién robada, pero no hay paradas ni para atarse las agujetas. Sólo hasta que el boleto entra en el torniquete lanzamos un suspiro de alivio.

De haber llevado el dinero, se habría concretado la compra de una 9 milímetros en menos de 10 minutos. Nadie hubiera impedido que la matachilangos viajara en una mochila por la ciudad. Ni siquiera el policía que, recargado en una máquina detectora de metales a la entrada de la estación, está distraído leyendo la nota roja del día.

Para cruzar el Bravo

Brincar una pistola 9 milímetros de México a Estados Unidos vía terrestre puede ser una misión que conduzca a la cárcel, aunque en sentido inverso es relativamente sencillo: sólo hay que esconderla, como se ocultan unas cervezas debajo del asiento, y mostrar calma al momento de llegar a suelo mexicano.

Los más meticulosos pueden meterla en una maleta en la cajuela o en algún compartimento secreto entre la suspensión y las llantas. Hacer más es una exageración.

«Traficar armas realmente no es muy difícil porque hay muy poca vigilancia del norte al sur. Ni México ni Estados Unidos se han dedicado mucho a investigar el tráfico del norte al sur. Empieza a haber, pero no es muy común», asegura Eric Olson, director adjunto del Instituto México en el Centro Woodrow Wilson.

Para este experto en tráfico de armas, la llegada de armas de fuego a México es una fuga “hormiga” de cifras inexactas, pero con un crecimiento cada vez mayor debido a la demanda del crimen organizado, que necesita más fierros largos y cortos. Y se consiguen básicamente de cuatro formas.

«Hay muchas maneras de traficar un arma. Vamos a decir que una de las principales es que un individuo compra un arma en Estados Unidos. Puede hacerlo de dos formas: primero va a una tienda certificada, con derecho o permiso de vender armas», comenta.

Este primera forma es sencilla, ya que los locales que venden pistolas con licencia de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos (ATF por sus siglas en inglés) establecen pocos requisitos para la adquisición de una. Acaso documentos para comprobar que el cliente no ha ido a prisión por crímenes violentos, tiene antecedentes de violencia doméstica o tiene un problema mental. Y no hay límite de compras de armas.

«(Segunda) si yo no tengo derecho porque soy criminal, soy traficante de drogas conectado con Los Zetas y voy a presentar mis documentos, se van a dar cuenta enseguida y no me van a vender. Entonces lo que hago es voy con alguien, cualquier persona, una joven, la novia de un amigo, un amigo, “oiga, háganme el favor, aquí van 2 mil dólares, vaya usted a comprar esta arma”. Cuando me la entregue yo le pago 200, 300, 400 dólares», cuenta.

Esta forma también es legal, pues el uso de prestanombres para hacerse de un arma no es un delito explícito en las leyes americanas, así que alguien puede buscar más de 20 compradores a su nombre y hacerse de un pequeño arsenal legal para sus clientes mexicanos… sin que conste su nombre antes las autoridades.

«Es menos que venderle un auto al vecino. (Si vendo un auto) el vecino tiene que ir a registrarlo a la autoridad, pero si yo le vendo una 9 milímetros al vecino, no tiene ninguna obligación de ir a registrarse. Hasta ese punto llega. Ni los requisitos de un auto», asegura.

La tercera es el robo a tiendas, almacenes personales, casas de coleccionistas y, en el menor de los casos, hasta la misma policía; la cuarta es el envío del arma desarmada, en partes, y así pasa la frontera sin problemas, incluso declarándola a los agentes aduanales.

Pero quienes no quieren alertar a las autoridades mexicanas, sólo deben tener un arma en sus manos, ponerla en su auto bajo el asiento, amarrarla a la suspensión, ocultarla en una llanta y listo: llegan a las ciudades fronterizas del norte y las entregan a otros traficantes o cárteles de la droga, que se encargarán de hacerlas circular dentro del país. Es fácil y, en gran medida, porque según Olson, hay una ley contra el tráfico ilegal en Estados Unidos, pero no existe alguna ley federal contra el tráfico de armas.

Así que las armas se pasan con menos restricciones que un auto. Principalmente, trafican con armas largas como AR15 o AK47 -o “cuerno de chivo”- y sus variables, pero entre las armas cortas la 9 mm de las que más demanda tiene: se esconde fácilmente y es muy confiable, ya que casi no se encasquilla, lo que representa una ventaja para la rapidez que se requiere para cometer un ilícito.

«Para uso como arma de un delito como asesinar, asaltar, es un arma de mucha demanda por su fácil “ocultamiento” y su confiabilidad», afirma el experto.

De ese modo, la matachilangos nace en Estados Unidos, cruza la frontera a México sin nombre y apellido, baja hasta la ciudad de México y llega a manos de los delincuentes, quienes las usan o revenden. Un negocio redondo que deja en el mundo más de 45 mil millones de dólares al año.

«Trajeron a un herido»

Tres días después de la muerte de Alan, llegó Mario Yáñez a la Sala de Urgencias del Hospital General de Xoco. A diferencia de Alan, él ni siquiera podía hablar, mucho menos llegar caminando, o dando tumbos, al hospital. Lo habían recogido en la banqueta, inconsciente, con un tiro que entró por el hombro y salió por la espalda, aferrado a su cartera que defendió de un par de asaltantes.

Lo encontraron unos vecinos de la colonia Xoco, tendido frente al número 13 del Callejón Xocotitla, a donde presuntamente lo habían llevado para quitarle sus cosas fuera de la vista de una cámara de videovigilancia. Pero el profesionista de 27 años se defendió, arañó, forcejeó y cuando estaba a punto de huir, la matachilangos le tronó la vena subclavia, lo que ocasionó que la yugular quedara sin flujo de sangre.

«Anita, trajeron a un herido», avisó el médico de guardia. La enfermera salió a apresurada para bajarlo del auto de un vecino. Colocó la camilla y recibió en sus brazos a Mario, ya con la corbata floja.

Ni siquiera llegó al quirófano. A la mitad del pasillo, Mario murió. Dejó una niña de dos años y un matrimonio de 24 meses en su casa de la colonia Del Valle.

«Paciente masculino, muerto a las 00:28 horas del viernes 19 de mayo de 2012», murmuró Anita. Luego, carraspeó la garganta y dijo esa otra frase que ya se dice mucho en los hospitales y cuarteles de policía.

«Por una 9 milímetros».

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