El rey justo de la cárcel del infierno

Publicado: 31 enero 2014 en José Luis Sanz
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Los colombianos tienen la llave de su celda y cuando alguien, toc, toc, golpea la gruesa puerta metálica, escrutan por una mirilla antes de dejarlo entrar a su refugio de paredes blancas, cocina propia, dos habitaciones y cuarto de baño privado con suelo y paredes de azulejos celestes. Hace solo un año, estos 25 metros cuadrados eran un comedor abandonado y abierto a una de las calles principales del penal de San Pedro Sula, Honduras. Ahora, una familia con negocios en Medellín lo ha convertido en su búnker de lujo en el núcleo mismo de esta cárcel mísera. Y no lo hubieran podido hacer sin el permiso de Chepe, el preso que reina en esta penitenciaría y que lleva 40 minutos sentado frente a mi en una silla de plástico, presumiendo de su cárcel.

Chepe habla con soltura y cecea como un amigo entrañable. Trata de convencerme de que al resto de presos él les pide, como un buen pastor, que se aparten “de esas vainas”, de la delincuencia.

—Porque la delincuencia a mí solo me dejó cárcel, heridas, enemigos.
—Hablame de tus heridas —le he dicho.

Porque José Cardozo, Chepe, es joven y se podría decir que guapo, pero tiene la cara cortada por un costurón que le baja de la oreja derecha hasta la comisura del labio y le dibuja una descomunal media sonrisa. Y también tiene la mano derecha salpicada de cicatrices con forma de estrella. Y le falta entero el dedo medio de la mano izquierda.

Chepe se levanta la camiseta y descubre una enorme cicatriz vertical en su vientre, debajo del ombligo.

—Afuera, cuando anduve en cosas ilícitas, en una balacera con la Policía tuvimos un inconveniente.

El inconveniente fue liarse a tiros con un vehículo policial y sus ocupantes, pensando que eran miembros de una banda enemiga. “Remitimos contra ellos, y ellos también contra nosotros”, dice. Le tuvieron que operar la vejiga. A sus 27 años, Chepe es un catálogo de cirugías.

—Pero esta del cachete fue un accidente en motocicleta. Y estas de la mano. Y este dedo fue con una sierra trompo para madera, de pequeño.

Y cuenta la historia de un niño pobre que por años labró la tierra con su padre. Maíz, frijoles, tomate, zanahoria, rábano, coco, de todo. Al terminar, se recuesta hacia atrás en la silla como la gente que no teme ni oculta nada. Todos los presos de San Pedro Sula dicen de él que es un rey bueno, generoso, justo, que tras imponerse por la fuerza trajo la paz. Que desde que llegó él, no ha habido asesinatos en este penal que antes era una mesa de carnicero.

***

En las cárceles de Honduras es fácil perder la noción de lo normal. Hace un par de años vi cómo dos pandilleros del Barrio 18 entraban en su sector de la penitenciaría de Támara, cerca de Tegucigalpa, con un enorme cerdo vivo sujeto con una cuerda. Cuando pregunté por el animal, un custodio me explicó que los pandilleros tenían permiso para terminar de criarlo y después convertirlo en filetes y embutido. “¿Con qué cuchillo?”, le pregunté con sorna, sabedor de que todos dentro de ese sector escondían, como mínimo, un machete, cuando no un arma de fuego. Con una seriedad casi convincente, el custodio me explicó que los familiares solían traerles animales vivos y, para sacrificarlos, los presos pedían prestado a la dirección un cuchillo, que después devolvían.

Fiel a esa pantomima representada por internos y autoridades penitenciarias, la cárcel de San Pedro Sula es, vista desde fuera, un sucio muro de hormigón que finge albergar una cárcel. Pero dentro, sobre lo que edificó el Estado, los internos han levantado un pequeño pueblo con su propia ley de mercado, sus historias secretas, sus gentes trabajadoras, sus tradiciones y sus caciques que desbordan lo gubernamental.

No es una metáfora. A lo largo de los años, con madera o cemento, y con la tolerancia o rendición de las autoridades, los presos han construido nuevas celdas, ventanas, escaleras, segundos pisos y nuevos muros que acabaron con cualquier atisbo de estructura regular. Resulta difícil distinguir la edificación original de sus añadidos. La cárcel es hoy una espiral de callejuelas en las que en cada rincón golpetean talleres de hamacas o zapatos, mesas de apuestas, cafetines, carnicerías, fruterías, barberías, una joyería —en la que un preso funde plata, diseña joyas y compravende oro—, o una iglesia de techos altos y amplitud extraordinaria para este lugar abigarrado, en el que deberían habitar 800 presos y se soportan todos los días cerca de 2,500.

A simple vista, en las partes más concurridas del penal, parece que ni siquiera queda espacio para las celdas, que se esconden tras puertas cerradas o entre los toldos de colores de los puestos de venta.

El cuerpo central de la cárcel lo ocupan los paisas o no pandilleros, aunque hay tres sectores segregados y mucho más pequeños para presos de la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y para pandilleros retirados. El sector principal incluye además un módulo de mujeres, que durante el día comparten patios y actividades con los hombres, y recibe durante el día a decenas de madres, esposas e hijas de internos que tienen permiso para trabajar en los negocios que los presos han montado intramuros.

El reguetón y las rancheras de diferentes comedores se funden en los pasillos con las alabanzas del templo evangélico, y la algarabía de hombres y mujeres yendo y viniendo, serrando, pintando, comiendo, maquilla en cierto grado el abandono de las instalaciones. A pesar del suelo encharcado por las aguas sucias que escapan de los infinitos lavaderos y cocinas repartidos por el penal, la humedad tiene cierto olor jabonoso a novedad y limpieza.

El lugar es el símbolo perfecto de la falta de institucionalidad del sistema penitenciario de Honduras, abandonado presupuestariamente a su suerte y encomendado las últimas décadas a una Policía Nacional corrupta, acostumbrada a compensar con violencia arbitraria su falta de autoridad, porque no gobierna, en realidad, ni las calles ni esta cárcel.

***

La comisionada de Derechos Humanos que me ha facilitado el acceso al penal recorre el recinto anotando testimonios de abusos, olvidos administrativos y supuestas injusticias en un intento frágil por contagiar de orden y justicia esta cárcel. Es una abogada de más de 50 años, delgada y de voz maternal, que cree en su trabajo y lo ejecuta como quien achica agua a cubetazos de un bote agujereado: sin detenerse a medir sus posibilidades de éxito.

En el dormitorio de mujeres registra el caso de una mujer de 61 años que acaba de reingresar a la cárcel después de varios meses recibiendo el beneficio de casa por cárcel. Es diabética, y un pie ulcerado le impidió cumplir con la rutina semanal de firmar en el juzgado. Cuando por fin pudo acudir, la esperaban con una orden de captura. Ahora ocupa una de las camas bajas en este galerón para 70 reclusas.

—Como no aplicamos lo que dijo Couture sino lo que dijo Justiniano… —reflexiona en voz alta la abogada, en un ejercicio que no encaja con el lugar ni la escena—. Couture decía que cuando entra en conflicto la justicia con el derecho debes luchar por la justicia. ¡Eso decía Eduardo J. Couture! Pero Justiniano decía “Dura Lex Sed Lex” —y señala, sonriendo, a la pared del barracón, en la que hay pintado un enorme escudo del sistema penitenciario, que incluye esa leyenda. Y traduce— Dura es la ley pero es la ley.

El subdirector del penal, el oficial Escalón, un policía fibroso de unos 45 años, con maneras militares, acompaña testimonialmente nuestro recorrido simulando protegernos. Ha escuchado el comentario y pregunta desconcertado por el autor de esa frase extraña que él mismo tiene bordada en el hombro del uniforme:

—¿Quién decía eso?
—Justiniano.
—Justiniano… ¿y de qué nacionalidad era?
—Italiano. Bueno, romano. ¡Eran duros, los romanos!

También los hondureños deben creerse duros, pienso, por haber sido implacables con una anciana enferma que no fue a firmar su expediente una semana. En noviembre pasado Honduras eligió como presidente de la República a Juan Orlando Hernández, que ha prometido reforzar la presencia del ejército en las calles para combatir el crimen y que tiene como uno de sus hombres de confianza a Óscar Álvarez, el ministro de Seguridad que impulsó la Mano Dura el el país a inicios de los 2000 y bajo cuyo mandato murieron casi 200 presos quemados en esta misma cárcel y en la de El Porvenir, en La Ceiba. “Haremos lo que tengamos que hacer para combatir la delincuencia”, ha dicho el nuevo presidente, inflexible en apariencia, rígido como los lomos de una vieja enciclopedia con tapas nuevas.

A unos 20 metros del módulo de mujeres, ajenas a la amenaza de una nueva era de Mano Dura, Pirigüey y Bonita, las dos cabras de uno de los dueños de un taller de hamacas, se pasean entre seis mesas de billar en las que presos sin camisa apuestan el tiempo y unos pocos lempiras bajo el humo de cigarros y rodeados de mirones. Cerca de las mesas de billar, los estantes de una enorme pulpería ofrecen desde azúcar o chocolate hasta una infinidad de latas de maíz, chícharos u hongos en conserva. En este penal hay quien tiene dinero y no se conforma con la dieta de subsistencia que ofrece el Estado, a base de arroz, frijoles y espagueti. Para ellos hay en este pequeño supermercado incluso boquitas importadas, un dólar más caros que las nacionales.

—Se supone que la cárcel es represión, porque tú has cometido un delito, pero aquí hay mucha flexibilidad —dice El Italiano, un interno que frecuenta la pulpería—. Y al haber tanta flexibilidad la gente está más tranquila. Por ejemplo, el hecho de que los internos tengamos acceso a esto —y muestra un smartphone—, da a todo el penal una tranquilidad enorme.

—Tú tienes internet en ese teléfono.
—Claro. Pero hay también quien no puede pagar comodidades, quien no tiene nada y se lanza al vicio para mitigar el hambre, la soledad…

El Italiano lleva tres años encarcelado y conoce con detalle el negocio de la compraventa de favores en este lugar. Dice que llegó a San Pedro Sula hace cinco años cansado de la falta de oportunidades en Europa y que trataba de exportar palmeras decorativas cuando “los españoles” -así los llama- le ofrecieron llevar un dinero a Colombia. Los periódicos del día de su detención le muestran con bigote y dicen que entre él y sus tres cómplices llevaban adheridos al cuerpo más de un millón y medio de dólares.

El Italiano está condenado a 11 años de prisión y es de los que se pueden permitir privilegios. El mayor de ellos es ocupar una pequeña celda semiprivada con paredes de madera que solo comparte con otro preso y por la que pagó 2 mil dólares al llegar a la cárcel. Aquel pago, hecho a las autoridades oficiales del penal, pero que requirió el visto bueno previo del líder de los internos, le da también derecho a tener, hasta el día en que cumpla su pena, un cuarto de baño completamente equipado que solo comparte con otras tres personas, y un pequeño pasillo de dos metros en el que colocó una cinta andadora para hacer ejercicio. El Italiano habla a diario por skype con su familia y responde su correo electrónico desde una laptop colocada a la vista sobre un pequeño escritorio en su celda. Son los lujos, dice, de lo que él llama “la clase media de la cárcel”. Los verdaderos privilegiados llegan a pagar entre 5 mil y 7 mil dólares por vivir en minisuites completamente privadas, más amplias, mucho mejor acondicionadas.

Ese dinero, junto al impuesto ilegal que las autoridades del centro cobran a quienes desean tener un negocio en el interior, sirve en teoría para complementar el presupuesto general del penal, siempre corto para pagar los salarios administrativos y dar alimentación a los presos. Ese dinero, que no está sometido a ningún control oficial, señala también el cauce por el que se pueden comprar otros favores. Si tienes los contactos indicados, en la cárcel de San Pedro Sula puedes hacer incluso que tu familia, si ha viajado desde lejos para visitarte, se quede unos días o varias semanas contigo en el penal, en una especie de extrañas vacaciones.

—Tener a las mujeres, a los niños… eso da tranquilidad —confirma El Italiano—. Esto es un pueblo pequeño en el que los internos saben que no pueden salir, pero tienen acceso a todo.
—¿A todo?
—A todo, todo, todo, todo.

En la pulpería, del estante de la derecha cuelgan perfectamente alineadas media docena de brocas para taladro eléctrico, todavía en sus envoltorios, y algunos martillos. Un poco más arriba, un serrucho para metal sin estrenar se vende a quien lo quiera por 130 lempiras, poco más de 6 dólares. Como explica El Italiano, las autoridades de la cárcel de San Pedro Sula tienen un concepto muy flexible de la seguridad en el penal:

—Está la Policía, están los directores de los centros penales, pero aquí dentro existe lo que ellos llaman “la autoridad civil”, que son los coordinadores generales. Y todo es como con Dostoievski: Crimen y Castigo. Los internos saben cómo controlar a los propios internos.
—A golpes.
—A palos, sí, y a patadas también. Tú robas y te ponen en el piso, te agarran a patadas y te meten en una celda aparte. Y eso es ahora, con Chepe, porque antes si robabas mucho y se cansaban de ti aparecías ahorcado. Y si te ponías muy bravo… —El Italiano se pasa la mano por el cuello como si fuera un cuchillo—. En tres años he visto más de 40 muertos, y ni una sola investigación. Aquí te matan, te desaparecen, y lo único que dicen las autoridades es “hubo un motín entre internos”. Y le dan tu cuerpo a tu familia en una bolsita amarilla.

San Pedro Sula es la ciudad con más alta tasa de homicidios del mundo. Un enclave industrial y comercial que presume de ser capital económica de Honduras y al mismo tiempo es el centro neuronal del narcotráfico en el noroeste de un país casi en desgobierno. Mientras los políticos se acusan unos a otros de ser narcos, los jefes nacionales de Policía, que no escapan al torrente de acusaciones y sospechas, se suceden como las estaciones en un relevo inútil.

En ese contexto, las cárceles han encontrado su propia forma de gobernarse y sería absurdo pretender que lo hicieran en un idioma diferente al que el país en su totalidad habla extramuros. Las cárceles hondureñas, como lo hacen las calles, se autorregulan con violencia. Son las armas las que otorgan un poder efectivo y medieval. Y desde marzo de 2012, en San Pedro Sula, ese poder lo tiene Chepe. Lo obtuvo tras decapitar al anterior coordinador general de la cárcel.

***

Mientras esperamos en la celda-apartamento de los colombianos, Ángela, la madre de la familia, una mujer voluptuosa hasta el exceso por obra y gracia de un cirujano plástico, nos sirve café y cuenta por pedazos su captura, la arbitrariedad de la Policía, la injusticia que, asegura, se está cometiendo con ella, su esposo, su hija Tati y con el esposo de su hija. Viajaban de la paradisiaca isla de Roatán a La Ceiba, ciudad cabecera del caribe hondureño, y les detuvieron y llevaron a juicio por llevar un total de 23 mil dólares en efectivo entre seis personas. Ninguno superaba la cota de 10 mil que se obliga a declarar en los aeropuertos, y además estaban en un vuelo interno varios días después de haber entrado al país, pero de nada les sirvió protestar con acento colombiano. “¡¿Usted sabe cuánto cuesta una semana de buceo en Roatán?!”, le dijo Tati al policía que le preguntó por qué viajaba con tanto dinero.

Tal vez aquel policía y el resto de los asignados al caso nunca habían buceado entre los corales de Roatán, o quizá percibieron en el relato de los colombianos los mismos silencios extraños que yo encuentro cuando le pregunto a la chica el nombre completo de su padre o el del pueblo en la región de Antioquia, Colombia, en el que la familia dice tener negocios de ganadería. El caso es que creyeron que mentían. Dejaron ir a la abuela y al hermano pequeño de la familia, y acusaron a los otros cuatro de lavado de divisas.

La puerta se abre sin aviso previo y antes de que aparezca Chepe lo hacen un niño de apenas dos años y una niña de cinco. Son sus hijos. Viven fuera de Honduras —“por seguridad”, dirá más tarde su padre, “tengo demasiados enemigos”— y están pasando unos días de visita en el penal. Se lanzan a jugar en el suelo mientras Chepe saluda como un candidato sin prisa. Se sienta en una silla de plástico con la espalda contra la pared, acepta el café que amablemente le ofrecen las colombianas, y se lanza al grano. Sin sonreír:

—Bueno, ustedes dirán por dónde empezamos.

Los líderes carcelarios suelen ser hombres-sombra que no quieren ser vistos y ante visitas incómodas o intrascendentes se parapetan detrás de un hombre-fachada. Me habían advertido: “Te presentarán a Noé como representante de los presos, pero el que manda es Chepe”. Fueron la casualidad y las colombianas los que acabaron por ponerme enfrente al hombre al que buscaba. A pesar de que cumple prisión por robo agravado, y no por delitos ligados al narcotráfico, Chepe, que se lleva bien con todos y dice tratar a todos por igual, tiene una llamativa cercanía con los internos acusados o condenados por lavado de dinero.

Nació un 17 de diciembre en una pequeña aldea a dos o tres kilómetros de San Pedro y estudió hasta segundo de secundaria. Tenía 18 años cuando entró por primera vez a este penal en 2005 y desde entonces apenas ha vivido fuera de él. En 2009 volvió a saborear las calles, pero no llegó a completar dos años en libertad. El 16 de abril de 2011 regresó y lleva casi tres años a la espera de juicio, viviendo, dice, de la carpintería. No le creo en eso, pero sí es irónico pensar que, técnicamente, el rey armado que gobierna el penal de la ciudad más peligrosa del mundo sea todavía, y hasta que un juez diga lo contrario, un inocente, aunque puede que sea solo una cuestión de estadística: el 49.5 % de los presos de Honduras aún no han sido condenados.

—Empieza por contarnos cómo lograste calmar este penal. San Pedro Sula tiene una trayectoria de violencia enorme —le digo.
—Bien exagerada. Pero este es un cambio que se vino dando por necesidad.

No lo cuenta solo Chepe. Lo dice todo al que le preguntes: Mario Henríquez, el anterior coordinador general de la cárcel de San Pedro Sula, era un maldito entre malditos, que extorsionaba a los internos que tienen negocios y que retenía parte de la manteca y el arroz que entrega el Estado para los presos y la vendía por su cuenta a los comedores privados aunque eso significara recortar la ración de comida a los internos más pobres. Suyos y de los suyos eran la mayoría de negocios ilegales del penal, y trataba de ir haciéndose, poco a poco, por la fuerza, con los legales. La brutalidad de sus castigos roza la leyenda. Colgaba de las manos a los condenados por su justicia arbitraria, y les levantaba la piel a latigazos mientras su perro les mordía los pies. El penal entero rezaba por la venida de un salvador.

—Se degeneró eso, se desató una ola de violencia porque la gente ya no acataba órdenes de nadie. Desde ahí fue que nosotros tomamos la decisión de poner un orden específico, ¿verdad? —se aplaude Chepe—. Una norma bien establecida, de que no hay necesidad de llegar a un acto de violencia, ni pequeña ni grande.
—¿Quiénes son “nosotros”?
—Nos referimos a un pequeño grupo de gente que, unos 15 o 20, nos pusimos a pensar coherentemente que era necesario poner orden, control. Y entonces hicimos lo que tuvimos que hacer, tomamos las medidas que teníamos que tomar.
—¿Recuerdas el día en que las cosas cambiaron?
—Mire, específicamente no podría decirle “este fue el día que cambiaron las cosas”, porque hubo diferentes problemas… Hablando en el diálogo que hablamos nosotros aquí: hubo diferentes revueltas. Y hubo bajas, pérdidas humanas invaluables. Mire, es una historia muy larga…

***

Las historias carcelarias son siempre largas e intrincadas. Se tejen día a día, mirada a mirada, con malos comentarios, peleas postergadas y muchas horas de conversaciones susurrantes en las celdas. Luego, pum, un estallido, un machetazo, zas, o una cadencia de disparos que casi nunca se comprenden desde el otro lado de los portones, del lado de las autoridades, y que en los periódicos son parte de una masacre inexplicable. Para el mundo exterior, las muertes en una cárcel son como un rayo que corta un árbol, impredecibles y sin sentido.

La masacre que coronó a Chepe, sin embargo, comenzó a gestarse el día en que un líder brutal llamado Lázaro Francisco Brevé quedó libre y un hombre más brutal aun, Mario Henríquez, le sucedió al frente del penal. Hubo avisos, muertes previas, fumarolas por las que el penal liberó presión pero que auguraban más muertes. Una de esas fumarolas se levantó una tarde de febrero de 2012. Mario y su gente violaron a la visita de un preso de la celda 12 y durante toda esa noche la cárcel fue un campo de batalla. Fue la primera vez que Chepe intentó hacerse con el penal. Desde el exterior se escuchaban, cada pocos minutos, disparos, y en los callejones del sector paisa se desató una cacería esquina a esquina. Cuando amaneció y las autoridades lograron calmar los ánimos encontraron muerto a Luisito, el coordinador de la 12. Mario siguió en su puesto.

Un mes después, el 29 de marzo, sobrevino la erupción. Ese día hubo 14 muertos, asesinados a bala o a machete. A Mario, en venganza por sus propias formas, Chepe y los suyos le colgaron, le sacaron el corazón y se lo dieron a comer a su perro. Después mataron al perro. La cabeza del antiguo coordinador terminó sobre un tejado y el cuerpo de sus acólitos calcinados bajo una montaña de colchones en el patio del penal. La Policía, consciente de que asistía a una guerra por un territorio que no es suyo, solo se atrevió a entrar al recinto cuando los nuevos líderes paisas autorizaron la retirada de los cadáveres. Así se construyó la paz en el penal de San Pedro Sula.

Menos de dos años después de ajusticiar salvajemente al antiguo coordinador, Chepe se ha ganado el aplauso del resto de internos y de las autoridades porque ha puesto en marcha planes médicos y porque obliga a otros presos a ir a la escuela. Cada preso aporta dos lempiras semanales para sufragar las medicinas de los más pobres del penal o de sus familiares en el exterior. Desafiando lo absurdo, en un país en el que pocos tienen seguridad social, ir a la cárcel en San Pedro Sula te garantiza seguro médico. Además, cada preso paga los domingos una cuota, el “rolo”, para la limpieza de su celda y de las áreas comunes. En las celdas normales esa cuota es de cinco lempiras, pero los que tienen privilegios y celdas privadas pagan 10 o hasta 50 lempiras semanales. Con ese dinero, los presos que limpian los cuartos y letrinas reciben un pequeño salario.

Chepe presume de sus políticas sociales. Cuando a mediados de 2013 la gente de la Pastoral Penitenciaria le dijo que iba a cerrar su programa educativo en la cárcel porque solo tenían 36 alumnos y necesitaban un mínimo de 70, él reunió a toda la población y les amenazó con no firmarles cartas de buena conducta si no le mostraban antes un certificado de estudios.

—El que no tenía escuela, que mostrara un certificado de escuela; el que había cursado escuela, un certificado de colegio; el que tenía colegio, de computación o inglés…
—¿Pero qué es eso de la carta de buena conducta?
—Ah, le explico. Se le firma al interno cuando se va, siendo uno testigo de que el interno ha trabajado y se ha rehabilitado. Para que le sirva para la salida. Si no, le cuesta salir…
—Espera. Aclárame eso: ¿los certificados de buena conducta los haces tú?
—Actas de conducta. Es un papeleo que pide el juez para ver si cada uno se ha rehabilitado, si ha hecho algo que por lo menos beneficie salir afuera.

Los certificados de estudio los da la Pastoral Penitenciaria en nombre de una escuela de extramuros, la Leonel Zepeda, y no dicen que el estudiante ha estado en el penal. A los que se matriculan, Chepe les exime de pagar el rolo, para motivarlos, y cada vez que se gradúan les da un kit de aseo. En la cárcel de San Pedro Sula hay una política de incentivos para el estudio y la libertad se busca con un certificado de buena conducta firmado por un hombre que descabezó a otro preso. En el programa educativo ahora hay 140 matriculados.

El Flaco es un paria, un drogadicto marginado en la escala social interna de la cárcel. Hace maltallados barcos de madera que mete en botellas vacías, adornos feos que no imagino quién puede querer comprar, pero que él trata de vender por cien lempiras cada uno. El negocio no le va bien. Aun así, tiene los ojos encendidos por la última dosis de lo que sea que se mete en el cuerpo. Es salvadoreño, y al verme en un pasillo del penal me ametralla con palabras:

—¿Usted es de El Salvador? Necesito ayuda, acá a los salvadoreños quieren matarnos, quemarnos vivos, no hay derechos humanos acá, me estoy quedando loco, necesito salir, se ven cosas que no deben de verse y todo el mundo se queda callado, los policías se prestan para hacer cosas, tengo dos costillas quebradas y 18 puntadas en una nalga, de una paliza que me dieron y vomitaba sangre…
—A ver, tranquilo. ¿Por qué fue la paliza?
—Me acusaron de andar robando acá adentro, y era otra persona, no fui yo, pero cuando investigaron el asunto ya me habían golpeado.
—¿Lo ordenó Chepe?
—No, Chepito no, un señor que estaba antes, Brevé se llamaba. Es que aquí han pasado muchas etapas… Y el que vino después, Mario, no nos daba de comer. La comida él prefería dársela a los cerdos.
—¿Es cierto que colgaba a gente y castigaba con latigazos?
—Colgaba a gente hasta de los testículos. Yo pasé una etapa que me torturaron, me ataban y me subían los brazos así, por atrás. Por eso tengo rotas dos costillas.

El Flaco quiere dinero. “Sé muchas cosas de lo que pasa aquí”, me dice. “Pero necesito unos pesitos”. Lleva nueve años aquí. Una vida entera. Nueve vidas de gato. Decenas de motines, miles de días en los que tuvo suerte. Dice que espera volver a las calles en marzo.

—¿Y eso ya no pasa, lo de los golpes?
—Ya no, ahora hay amor y paz, Chepito se ha portado lo máximo, buena onda, me operaron del apéndice y él me ayudó bastante… Pero no me puedo confiar, así comienza todo siempre, porque cuando todo está calmado la Policía se confía y todos los coordinadores vuelven a lo mismo.

***

Los hijos de Chepe le interrumpen con sus juegos y él, sin levantarse, entreabre la puerta y llama a uno de sus guardaespaldas. Desde el exterior llega el sonido de una sierra eléctrica. El taller de carpintería de Chepe está justo enfrente de la celda-apartamento de los colombianos y cada vez que se abre y cierra la puerta, un chirrido agudo invade esta casa burbuja.

—Quédese pendiente de los niños usted. Lléveles por ahí —le dice a un hombre alto, vestido como un cantante de reguetón y que cumple el tópico del guarura que lleva gafas de sol.

Las anfitrionas, madre e hija, orgullosas de que esta entrevista sea prueba irrefutable de su alta posición en el sistema de castas carcelario, nos ofrecen más café y regresan a una posición de guardianas-sirvientas, de pie apenas a metro y medio de nosotros, atentas a la conversación. Sus maridos regresaron hace unos minutos de jugar al fútbol, sudados, jadeantes, y nos saludaron con desinterés, como si la presencia de Chepe fuera habitual, y se encerraron en uno de los cuartos a ver más fútbol por televisión.

—Si yo vengo y solo porque soy más malo o más grande que usted le pego un puñetazo en la cara… Al jodido que haga eso lo llevan castigado y lo golpean a él. Es una regla de antigüedad que no ha cambiado. Si alguien golpea, lo golpean.

Le he preguntado a Chepe por su ley, por las normas de disciplina con que mantiene el penal en orden, así que cuando dice “lo golpean” quiere decir “mi gente lo golpea”. El subdirector Escalón admite que son los líderes de los presos, la “autoridad civil”, los que determinan a qué hora se levanta y acuesta cada interno, sus horarios de ducha y comida, las cantidades del rancho, quién tiene derecho o no a participar en actividades formativas o talleres profesionales, quién es confinado en una celda de aislamiento y por cuánto tiempo, qué castigo se impone para cada falta. El director del penal, los hombres uniformados que representan esa ficción llamada Constitución, solo intervienen cuando no hay más remedio, cuando los disturbios se prolongan el tiempo suficiente como para que lleguen las cámaras de televisión. No hay cómo evitar una muerte aislada. Probablemente no interesa evitarla.

—Si uno mata a alguien aquí, ya como están establecidas hoy las cosas, si uno mata a otra persona, la misma población lo mata a él. Sin necesidad de que yo diga que sí o que no —explica Chepe, reconvertido de golpe en Pilatos.
—Ojo por ojo.
—Es una regla que se estableció entre toda la población. Si alguien rompe la paz que hay y jode a alguien, mata a alguien, ahí mismo se lo acaban a él también. Como les digo, yo siempre veo que la gente, a veces, en algunas cosas, toma sus decisiones, porque ellos también son la población y ellos también tienen mando.

La suerte de un ladrón, la vida de un homicida común, descansan en la voluntad popular porque no desafían a una autoridad que tiene por natural matar. O la de un pandillero, porque la ley de Chepe llega hasta donde termina el sector de los paisas y no responde de los muertos tatuados. Y su justicia tampoco persigue la venta de droga o el sicariato en la medida en que no desafíen a quien reina. En eso, el régimen de Chepe y el de la Policía hondureña se parecen demasiado.

—Yo lo que le digo a la gente que trabaja ilícitamente en su cuestión, tal vez de drogas, es que no me vayan a generar problemas —dice Chepe—. Pero uno no puede cerrar las puertas a muchas cosas…
—No hay cárcel sin drogas, dicen.
—Mire: una vez, hace ya tiempo, había pleitos a cada rato. Que uno le pegaba un leñazo al otro, que rayones con cuchillo… Y un día ingresó el director del penal, que yo creo que ya lo mataron, un tal García Méndez, y dijo: “¿Bueno, qué es lo que está pasando, que a cada rato hay heridos?” En este tiempo aquí estaban revueltos los paisas con los retirados de la 18 y de la MS-13, y brincó un jodido todo manchado: “Mire, jefe”, le dijo, “el problema es que aquí no tenemos marihuana, y nosotros sin la marihuana no podemos vivir”. “Esa es toda la bravura de la gente”, le dijo, jaja. “¿De verdad ustedes están…?” “Sí, jefe” “Vaya pues, pasen ahí…” Y el director les dejó meter al penal como dos libras. ¡Uy, hombre! ¡Una felicidad todos! ¡Hubo como varios días que no hubo problemas en el penal! Ja ja ja.

***

Chepe es solo un heredero más de la tradición de violencia y corrupción del penal de San Pedro Sula, en el que han muerto calcinados, asfixiados, desangrados, ahorcados o desmembrados más de 200 internos en los últimos 10 años. Es un heredero astuto, dotado por igual para la brutalidad y la sutileza, pero al fin y al cabo un nombre más en la historia. Una vieja serie de artículos de La Prensa, uno de los principales periódicos de la ciudad, recoge el testimonio de antiguos presos de esta cárcel, que aceptaron describir las redes de corrupción, tráfico de drogas y sicariato de las que participaron o que vieron operar durante su encierro. Aunque sus historias datan de 2006, justo el año en en que Francisco Brevé se hizo cargo del penal, el relato es atemporal: sobornos que permitían fugas, pagos desde fuera para asesinar a enemigos dentro de los muros, y constantes luchas entre bandas de paisas por el control del penal y sus mercados de droga.

El de San Pedro Sula siempre fue un penal paisa. El 17 de mayo de 2004, en pleno fervor de la política policial antipandillas del presidente Ricardo Maduro, en plena Mano Dura, un cortocircuito provocó un incendio en el sector de la Mara Salvatrucha y los custodios mantuvieron los candados cerrados hasta que se quemaron vivos o asfixiaron 107 pandilleros. Tampoco llamó nadie a los bomberos, que tardaron hora y media en llegar. Ese día los paisas entendieron que incluso un Estado tan cruel con sus reos como el hondureño odia más a unos presos que a otros. A diferencia de lo sucedido en El Salvador o Guatemala, el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha nunca han logrado que se les asigne penales propios y sus miembros cumplen pena en sectores minoritarios de cárceles controladas por presos comunes.

Eso, sin embargo, no ha evitado que los penales, vencidos por el hacinamiento y la corrupción, acumulen una tasa de homicidios muy superior a la del resto del país. Por eso Chepe es valioso. Porque con sus hombres y las armas de sua hombres logra administrar lo que al Estado le estalla en las manos. En los 21 meses que lleva al frente del penal ha conseguido, incluso, que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha se sometan a su régimen y no crucen las fronteras de sus sectores. El brazo de la justicia de Chepe no llega hasta los módulos de las pandillas y el de los retirados, pero los tres grupos saben que si causan problemas en territorio paisa sufrirán su ira.

A finales de 2012 una parte de los paisas le empezaron a pedir a Chepe sangre de pandillero. En Honduras hace años que buena parte de la población, incluidos la mayoría de funcionarios, considera la ejecución de un pandillero un acto limpio de justicia. Los internos de la cárcel de San Pedro Sula comparten esa idea y querían deshacerse de sus 18, sacarlos del penal vivos o muertos. Chepe no quiso ser líder de esa escabechina y, para buscar una solución que no le costara el respeto de los suyos, pidió ayuda al hombre que lo media todo y lo trata de pacificar todo en San Pedro Sula: el obispo Rómulo Emiliani, un cura panameño de voz ronca que lleva 12 años tratando con pandillas y buceando en las cárceles de Honduras. Emiliani fue testigo del primer encuentro del rey paisa con Flash, Termita y el resto de líderes dieciocheros en el penal de San Pedro.

La reunión fue en el patio de acceso al penal, enfrente mismo del despacho del director. Chepe acudió solo. Los pandilleros en grupo y armados hasta los dientes. En los penales, los dieciocheros hondureños visten como lo hacían en los 70 y 80 los pandilleros de Los Ángeles, y aquel día bajo sus camisas de cuadros, anchas, sueltas fuera del pantalón y abrochadas en el cuello, se entreveían las formas y los cañones de pistolas y de fusiles AK-47. También el líder paisa iba armado, con una pistola y con una granada por si la escena se desesperaba. Y se sentía más fuerte que sus adversarios. “La onda, Flash, es que si quisiéramos perjudicarlos a ustedes toda esta gente paisa se los come. Sólo les digo ʻtírenseles amorʼ, y ustedes van a matar a un montón, no lo niego, pero ellos se los van a comer a todos”, le dijo al que tenía enfrente. Y los dieciocheros se midieron, pensaron, y con Chepe acordaron evitar cualquier provocación, limitarse a su propio sector y gobierno, tratar de pasar inadvertidos, conscientes de que en Honduras el gran crimen organizado vuela más alto que las pandillas, y es paisa.

Emiliani, que antes y después de aquello ha visto cómo administra Chepe su destreza para amenazar, habla bien de él:

―No vamos a discutir si eso está bien o mal, pero ha mantenido la paz y tiene un control muy efectivo ―dice.
―Tienen la autoridad que la supuesta autoridad no tiene.
―Sí, ellos tienen la autoridad que la autoridad ha ido perdiendo. La Policía puede poner orden en el penal, claro, pero eso implicaría entrar con soldados y matar a un montón de gente.

Para que eso no ocurra, Emiliani dice que Chepe y la dirección del penal han llegado a un equilibrio no firmado que evita por partes iguales los motines y la injerencia del Estado en los asuntos de los internos. Un pacto similar al que alcanzó el líder paisa con la 18, o al que ya había forjado con la Mara Salvatrucha unos meses antes.

En septiembre de 2012 cayó preso en San Pedro Sula un empresario de transporte conocido como Cheno: Arsenio Rodríguez García. Chepe dice que nada más entrar a la cárcel Cheno buscó su protección porque temía que la MS-13 le castigara por dejar de pagar el impuesto de guerra ahora que estaba en desgracia, y que él se sintió llamado a ayudarle porque el hombre no tenía nada, ni dinero, ni buses ya, ni casa, porque todo se lo había quitado la Fiscalía. Echar una mano a Cheno era, casi, una obra de caridad. Cuenta Chepe que volaron mensajes de un sector a otro y se concertó una reunión en las oficinas de la guardia, junto al despacho del director del penal. Y cuenta que una vez allí amenazó a Marcos, el representante de la Salvatrucha: “Colabóreme con esto, hermano, porque yo le voy a estipular una cosa bien clara: si a este señor le llega a pasar algo acá adentro, o a la esposa o a los hijos de él afuera, yo los voy a perder a todos ustedes”. Y les hizo ver que no era justo cobrarle a Cheno ahora en las malas cuando él, en las buenas, les había ayudado a ellos pagándoles renta y quién sabe qué más. “Más bien colabórenle con algo, que este hombre está jodido”, dice que les dijo.

Al día siguiente, en una oficina de la guardia, el representante de la Mara Salvatrucha entregó a Chepe una bolsa negra con 100 mil lempiras -unos 5 mil dólares- en efectivo, para Cheno Rodríguez García. Y dice que a él le dio otros 10 mil lempiras, como gesto de buena voluntad. Desde entonces, la MS-13 incluso le ha ayudado a comprar una silla de ruedas para un enfermo paisa y participa de vez en cuando en los fondos comunes para pagar alguna operación o medicina. De eso presume Chepe.

Escuchándole, uno creería que el rey del penal de San Pedro Sula se jugó la vida por un preso anónimo y que la MS-13 se le hizo dócil por arte de magia. Lo que Chepe no dice, entre otras cosas, es que Arsenio Rodríguez era en San Pedro Sula mucho más que un antiguo motorista convertido en empresario de buses. La Fiscalía hondureña lo investigaba desde 2007 por enriquecimiento ilícito, había ordenado su captura en 2010 y le incautó 12 viviendas, tres terrenos, una discoteca, tres buses, siete taxis e igual número de vehículos particulares.

Cuando la Policía se presentó en su casa, Cheno la recibió a disparos. Para la anécdota queda que el personaje por el cual los paisas y la MS-13 pensaron que valía la pena negociar la paz en la cárcel, tenía en su jardín un venado cola blanca.

―¿Quién era Chepe antes de ser coordinador? ―le pregunto a Emiliani.
―No figuraba. Pero ya había estado antes en la cárcel y era un poder detrás del trono, como de segunda categoría. Y sube y se mantiene en el poder con mucha elegancia, digamos, en un contexto difícil. Gracias a él en el penal no hay muertos.
―Siempre tuvo cierto poder entonces.
―No tengo mucho detalle, pero no era un nadie, claro. La gente lo respeta, la gente le tiene confianza y hace muchas cosas positivas. Es un hombre fiable, que hace el bien a su manera.

***

A mediados de octubre, una muchacha llegó al portón principal del penal de San Pedro Sula a preguntar por Chepe. Estaba nerviosa y solo eso decía: quiero ver a Chepe.

En las cárceles hondureñas no hace falta estar inscrito en ninguna lista ni tener un vínculo especial con un interno para entrar de visita. Dar un nombre y un número de celda o módulo bastan para que un policía que no conoce a sus prisioneros, ni sabe quién o qué eres tú, anote tus datos en un gastado libro de registro y, sin levantar la vista del papel, te deje entrar al país de los de adentro. La muchacha ni siquiera necesitó eso. En el penal de San pedro Sula, Chepe no necesita apellido ni tiene celda fija. Estuvo en la 2A, después quiso estar en la 22. Hoy duerme “buscando más tranquilidad y estar un poco más seguro, también para beneficio de todos”, en un cuarto privado que se mandó construir en la zona de visita conyugal. En la puerta de ese cuarto estaba cuando uno de sus coordinadores llegó con la muchacha que le buscaba.

—Mire, Chepito, que viene esta muchacha ahí de la guardia. Lo anda buscando.
—¿Y qué pasó?
—Es que mire —le dijo ella—, a mi mamá nosotros la trajimos desde Tegucigalpa y la tenemos internada en el hospital Mario Catarino, y necesito 900 lempiras para hacerle estos exámenes, porque si no, de puro gusto la fui a traer…
—¿Y a quién viene a visitar usted? ¿Tiene algún pariente usted aquí?
—No, usted, si yo me vine para acá porque me dijeron afuera que fuera al centro penal, que ahí me podían ayudar…

Las historias de quien llega al penal en busca de trabajo, protección o un simple plato de comida gratis, están en cada pasillo de la cárcel de San Pedro Sula. “Aquí afuera la gente es tan pobre que hasta viene a comer a la cárcel”, me dijo una interna. Días después de la entrevista con Chepe, mientras esperaba a alguien junto a los muros del penal, un activista de Derechos Humanos señaló a la densa columna de mujeres que esperaban ser revisadas para entrar a visita y me desafió con una frase que pretendía ser un enigma:

—Un tercio de esas mujeres vienen a visitar a alguien.

Aunque llevábamos parados más de una hora bajo el calor, volví a escrutar con la mirada a aquel grupo heterogéneo. Faldas largas y faldas cortísimas, rostros casi siempre maquillados, enormes bolsas llenas de comida casera, algunas chicas jóvenes vestidas como para ir a una discoteca…

—¿Y el resto?
—Algunas vienen a comprar mercadería de la que fabrican los internos para venderla afuera. Las hay que se prostituyen. Y muchas vienen a probar suerte.
—¿Cómo que a probar suerte?
—Sí, a ver si conocen a alguien y se acompañan.
—Eso no tiene sentido…
—Claro que lo tiene. En las comunidades de las que vienen estas mujeres, tener un novio o un marido que está dentro del penal las coloca en otra posición, no solo económica, sino sobre todo de seguridad.

En el San Pedro Sula que no se esconde bajo el aire acondicionado de los centros comerciales, la cárcel es un corazón poderoso que igual bombea muerte que dinero o protección. En las comunidades más pobres, a las que pertenecían los 107 pandilleros muertos en el incendio de 2004 y en las que crecieron la mayoría de internos de este mísero penal para hondureños sin suerte, la cárcel forma parte de la vida y las rutinas. Y tiene para bien y para mal voz y voto sobre el futuro inmediato de los supuestos hombres y mujeres libres.

Cuando Chepe entró a su cuarto, salió con unos cuantos billetes gastados que sumaban 900 lempiras y se los dio a esa muchacha que casi lloraba. Hizo algo parecido a lo que en la calle se considera justicia. A la leyenda de la cárcel en la que las cosas funcionan y los pobres tienen un rey ladrón con la cara cortada, que es más justo que los políticos y más honesto que la Policía de Honduras, le nació otro capítulo.

***

Ya fuera de la celda de los colombianos, paseo con Chepe hasta topar con un gran cajón de madera en mitad de un callejón. Tiene alrededor de un metro y medio de alto, dos ventanas de cristal y una puertecita con candado. Me sorprende descubrir que esta especie de casita de muñecas gigante tiene aire acondicionado en un lateral, y más aun ver asomarse a las ventanas a dos huskies siberianos.

—Son míos —ataja Chepe cuando le pregunto por los perros, y les abre la puerta para que salgan. Se llaman Gol y Sissi.

Cuando los perros, después de juguetear con las caricias de su amo, se lanzan a correr por el callejón y se pierden por una esquina, tomo conciencia de que el penal entero es la celda, el jardín, la finca de Chepe. Aun así, los tiempos de paz tienen en la cárcel la consistencia de una figura de origami, y por eso pasea por sus dominios rodeado siempre de 10 hombres fornidos, de vestir pulcro y, es un secreto a voces en la cárcel, armados con algo más que cuchillos. Si le pasara algo, probablemente volverían los tiempos de zozobra y de lucha por el poder. O si le trasladaran. O si saliera libre, porque en teoría este año Chepe debería ir por fin a juicio.

—¿Crees que te van a declarar inocente?
—Siendo realistas, tengo todos los problemas encima. Si voy hoy, sería solo a que me sentencien. Pero estoy agarrado del mero todopoderoso y creo que Él me va a sacar libre cuando yo esté preparado.
—¿Cómo?
—Es que mire, yo puedo arreglar ahorita mismo mi situación jurídica y salir libre, ¿me entiende? Porque se puede. Se puede apelar a errores en la captura, o hasta la misma Policía se puede robar las evidencias, y si no le ponen evidencia a uno, ¿cómo le van a comprobar el delito? Pero yo es que antes de salir estoy dejando que Dios me transforme.
—Y si sales, ¿qué va a pasar acá dentro?
—Mucha gente tiene miedo a eso. Hasta el mismo director y el subdirector me dicen que no les gusta que les hable de eso.

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comentarios
  1. Erika dice:

    Hola, sólo quería decirte que me encantó tu crónica, el manejo de la información y la combinación con tu narrativa me impactó, excelente trabajo, espero un día escribir tan bien como lo haces.

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