Fantasmas de Tánger

Publicado: 6 marzo 2014 en Edgardo Cozarinsky
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SI hubiese ido a Tánger en busca de un pintoresco dépaysement nada me habría devuelto más bruscamente a mi propia tierra firma que Paul Bowles, al preguntarme en nuestro primer encuentro, en un castellano perfecto, qué era de de Adolfo Bioy Casares. Gran admirador de La invención de Morel, sobre todo de Plan de evasión, Bowles que ha dejado gradualmente de interesarse en el presente “en la medida en que puede hacerlo alguien que aún no ha muerto”, recuerda que a principios de la guerra, durante una visita a Victoria Ocampo en el Waldorf Astoria de Nueva York, la formidable anfitriona le había arrojado sobre las rodillas un ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, publicado por Sur meses antes, con un perentorio “¡Léalo!”.

Fue así como conoció a Borges, como empezó a familiarizarse con los escritores argentinos. Me cuenta la historia del epígrafe de Mallea que puso a The Sheltering Sky, cómo el escritor argentino no lo reconoció y Bowles mismo no pudo encontrar su fuente cuando más tarde la buscó. “La memoria suele hacernos jugadas como ésta”, comentó, arrugando tal vez en un guiño algunos de los innumerables pliegues de piel bronceada que rodean sus ojos clarísimos, luminosos. Es un día de primavera, pero en la chimenea del cuarto vecino arden leños y él, con una bata de lana sobre el pijama, me recibe sin dejar su lecho, cubierto con dos frazadas.

Bowles detesta que le pregunten por qué “eligió” vivir en Tánger. Tal vez la tácita respuesta sea parte de esa aceptación resignada de la fatalidad que tanto lo emparenta con una sensibilidad islámica. Si lo hostigan, repite que “los males de la sociedad industrial” llegan más lentamente y con mucho atraso a ese rincón del norte de Africa. Pero también admite que le gusta pensar que vive en una tierra donde la brujería es una realidad cotidiana, en la que el veneno circula como mensaje de amor o de odio entre los individuos, en la que los duendes -los djinn del folklore magrebí- explican tanta cosa que “los norteamericanos de mi generación, con sus supersticiones científicas, llamaban bacilos y los jóvenes de hace treinta años bautizaron malas ondas”. Sonríe al evocar esos vaivenes de la ideología cotidiana.

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En la opaca, rastrera verdad de los documentos, Tánger fue una “zona internacional” entre 1922 y 1956. En 1912 el Kaiser había visitado ese puerto, destinado al comercio por su posición en el extremo atlántico del estrecho de Gibraltar. En la orilla de enfrente, en el peñón, los ingleses se inquietaron. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial, intrigaron para que ese punto estratégicamente valioso quedara neutralizado. El estatuto de la zona internacional completó la dominación colonial sobre el territorio marroquí: el sur ya era protectorado francés, el norte protectorado español; la ciudad, gobernada por una junta donde estaban representadas las principales potencias marítimas de la época, debía asegurar la libre circulación por el Estrecho.

El corolario de esas maniobras mercantiles fue imprevisible. Se abrió la puerta a todos los fantasmas. Puerto franco, Tánger se convirtió en una zona extra territorial con un mínimo de leyes, sin impuestos, donde el oro y las divisas entraban y salían libremente: más aún, donde lejos del control de sociedades más rígidas las extravagancias de la conducta suscitaban una sonrisa divertida pero ninguna censura moralista. El kif y otras variantes indígenas del cannabis, las preparaciones opiáceas que las farmacias de otras latitudes retaceaban, sobre todo la tradicional bisexualidad de los jóvenes, convirtieron a la zona internacional en un limbo donde Jean Genet y William Burroughs, entre cientos de europeos y norteamericanos menos prestigiosos, pudieron vivir las fantasías que, en aquellos tiempos, en otras latitudes, los habrían llevado entre rejas.

A otros, ese microcosmos cosmopolita les permitió construirse un reino imaginario para sus veleidades de ficción. David Herbert era el segundo hijo del duque de Pembroke, por lo tanto sin derecho al título ni a la herencia familia. En los años 30 llegó a Tánger con Cecil Beaton y muy pronto se instaló en una casa más fantasiosa que sólida, más colorida que señorial, en medio de un parque de la vieja Montaña; desde allí urdió sus redes hasta convertirse en el árbitro social de la vida elegante tangerina. Hoy su mayordomo ha heredado la residencia y la alquila a turistas recomendados por la pintora escocesa Marguerite McBey o por el profesor John McPhillips, dos lazos vivos con la leyenda de la zona internacional; en su tarjeta se lee, más grande que su propio nombre, former owner: the Honorable David Herbert. Cuentan que este “segundo hijo” (expresión que eligió como título de sus memorias), condenado a vivir de su ingenio, no se desplazaba sin llevar en el bolsillo etiquetas autoadhesivas con su nombre. Si el anfitrión de turno lo dejaba solo un instante, pegaba una de esas etiquetas bajo la silla o la mesa más valiosa de la casa; más tarde, cuando el dueño era atropellado por un taxi o asesinado por un gigoló, llamaba a los herederos para comunicarles que el difunto “le había prometido” el mueble en cuestión. Al hallar su nombre en una etiqueta envejecida, se lo entregaban, halagados como suele estarlo la clase media cuando la aristocracia la pone a su servicio.

En otro extremo, Barbara Hutton, heredera de la fortuna de las tiendas Woolworth (las originales five and dime stores) -millones que siete maridos sucesivos, el actor Cary Grant incluido, no lograron agotar-, llegó a Tánger en la segunda posguerra mundial y se inventó una residencia, Sidi Hosni, a partir de siete casas de la Casbah. Walter Harris, arquitecto inglés, aristócrata expulsado de la Corte por sus indiscreciones, las comunicó y decoró hasta componer el miliunanochesco palacio de esa monarca de café-society. El alcohol y el aburrimiento la sometieron como a otros el sexo o el juego. Padecía de hipotermia y le regalaba joyas y pieles a la mujer del doctor Little, que era hipertérmica, para que le calentara la cama media hora todas las noches. Al final de su vida no caminaba más, se hacía llevar en brazos, y explicaba que era “demasiado rica como para caminar”. Ningún museo, ninguna fundación perpetúa su nombre. Apenas si, poco después de su muerte, un pequeño bazar (¿justo regreso a las fuentes?), improvisado ante su casa, intentó durante unos meses aprovechar su nombre para atraer a los turistas que pasaban por allí.

Pero el destino cosmopolita de la ciudad, sólidamente asentado sobre todo tráfico y comercio, databa de mucho antes. Ya en el siglo XIX las caravanas que llegaban del desierto depositaban su cargamento en el patio de los locales, tan modestos como cualquier otra casa de la Medina, de los bancos Abensur y Pariente. En 1956, cuando el status internacional de la ciudad fue abolido un año después de la independencia de Marruecos, esos mismos bancos ya habían trasladado hacia Gibraltar el “oro de Tánger”, acumulado durante la Segunda Guerra Mundial, celosamente conservado en la posguerra, cuando las economías dirigidas de Europa occidental, por no hablar de lo regímenes del Este, hicieron apreciar particularmente ese refugio cercano y discreto.

Larbi Yacoubi me cuenta que, en el subsuelo de una casa hoy cerrada, en pleno centro de Tánger, sobre la plaza de Faro, operaba una fundición donde hasta los años 50 se hacían lingotes con cuanta joya o moneda llevaba el público. Jovencito, al visitar esa reliquia de otra era, encontró en el piso una moneda con la cruz esvástica. La única explicación es que los ingleses, amenazados por las falsas libras que los nazis acuñaban en Berlín, habían decidido replicar con falsos Reichsmark made in Tánger.

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La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente, de la Medina o de la ciudad “moderna”. A lo lejos, el puerto una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvilias, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico… Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional.

David Herbert y Barbara Hutton fueron sólo las efigies más visibles de una época en que “Orejas alertas” Dean, barman del hotel El Minzah, espiaba simultáneamente para alemanes e ingleses; así pudo, después de la guerra, abrir su propio bar e iniciar una tercera carrera como proxeneta para visitantes distinguidos. En que una tal Phyllis de la Paille coleccionaba en su residencia de la Nueva Montaña animales exóticos en libertad; un buen día, al quejarse de que ya nadie aceptaba sus invitaciones, Truman Capote le explicó que en su casa el olor a excrementos era demasiado fuerte; sorprendida, Madame de la Paille prometió encadenar los monos a los grifos del cuarto de baño…

En que un joven lord desheredado se jactaba de haber hecho chantaje al Vaticano con la amenaza de difundir su liaison con un arzobispo húngaro; nadie supo nunca si el relato era verídico, pero el relator terminó como representante en Tánger de un banco de la Santa Sede, hasta ser a su vez desplumado por un jovencito malagueño, hoy maduro y opulento anticuario muy fotografiado por las revistas de decoración…

En que un tal Topié Mimara, estudiante croata de historia del arte que pasó la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, al llegar a Austria en 1945 como intérprete del Ejército Rojo, se vio confiar el inventario de un depósito de obras de arte robadas por el Tercer Reich. Tras consignar sólo dos tercios de los objetos hallados, se incautó en medio de la noche de un camión, lo llenó con el tercio restante y gracias a salvoconductos inverificables en la confusión de aquellos meses logró llegar a Trieste y embarcarse con su tesoro rumbo a Tánger. Allí murió hace un lustro, en un piso alto del edificio Méditerranée; cada año llevaba a Gibraltar un par de telas y las vendía a Sotheby`s, “para ir tirando”…

En que Jean Genet, al ver al borde de las lágrimas, humillado por dos turistas suecas, a un policía que intentaba vender billetes para una rifa, lo llamó, le compró el talonario entero y exclamó “¡Cómo no amar un país donde un policía es capaz de llorar!” Hoy Genet está enterrado en Larrache, a 80 kilómetros al sur de Tánger, sobre el Atlántico; los azares póstumos suelen ser irónicos: para esa tumba no musulmana había un solo cementerio posible en la ciudad y era el del ejército colonial español.

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Los fantasmas de Tánger existen, como el peligro o la Gracia, para quienes creen en ellos, para quienes llegan alimentados por la literatura que esos fantasmas han cultivado, que en torno a ellos aún proliferan. Otra humanidad, agreste, nada divertida, se agita por la ciudad. Como en Nueva York y en Buenos Aires, busca ropa o comida en los tachos de basura. Cuando ven pasar un Mercedes o un BMW saben que lo conduce alguien “que está en la menta”, es decir en el tráfico de haschich, que otros llaman “exportaciones no tradicionales”, aunque se trate del cultivo más tradicional del Rif.

Yunes tiene trece años y viene del Sur, pero no de una ciudad invadida por el turismo elegante, como Marrakesh, ni de una meta del turismo de masa, como Agadir. Desde muy chico, oyó decir en su pueblo que, de Tánger, parten embarcaciones clandestinas que depositan a diez, veinte personas en algún lugar de la costa española. (¡España! Esa parcela de la comunidad europea, de la sociedad de consumo donde -enseña la televisión española, que se capta en todo el país- con sólo asistir a un programa de juegos puede ganarse el automóvil, el departamento, las sumas de dinero que de este lado del Estrecho son símbolo de riqueza…) En Tánger, Yunes trabaja como lavaplatos en distintos cafés, vende cigarrillos de contrabando; cuando su madre se prostituye en algún hotel de la Medina duerme bajo los puestos del mercado o tal vez no rehuse la invitación de algún europeo sonriente, generoso, tanto más amable que los patrones que lo explotan en el trabajo cotidiano. Cuando tenga reunida la inimaginable cantidad de dirham, podrá cruzar el Estrecho en una “patera”. Rezará para que no lo larguen, como les ha ocurrido a otros, en algún punto desconocido de la costa marroquí, para que al avistar la costa española no lo arrojen al agua con un “de aquí puedes llegar a nado”. El nunca ha oído hablar de Bowles, de Burroughs, de Genet. Para él, Tánger es sólo un punto de partida

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