La muerte de la Siguanaba

Publicado: 26 marzo 2014 en Daniel Valencia Caravantes
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Ella despertó sin hacer mucho ruido, recogió su cabello enmarañado y lo domó con una cola. Era la última hora de una cotidiana oscurana disfrazada en la fecha del 16 de septiembre. El día anterior, el 15, el país entero estuvo de fiesta. Por el espacio aéreo que envuelve a la capital del país zumbaron los Arava militares; y, en el suelo, sobre una larga calle, retumbaron tres millares de botas negras e igual número de ojos serios. Los camiones-tanque, las camionetas humvee, los caballos y jinetes, fueron aplaudidos por una capital que se rindió, como lo ha hecho desde siempre, a una marcha que culminó en el estadio “Mágico” González, un coliseo en el que unas 30 mil almas, incluida la del presidente Mauricio Funes Cartagena, aplaudieron las destrezas guerreras del ejército salvadoreño, espléndido en un aniversario más de la independencia patria. Pero lejos de la capital, de las marchas, de las “bandas de paz” y de las banderitas blanquiazules ondeadas por los estudiantes; en una casita de dos cuartos que gobierna la cumbre de una ladera de una de las montañas del norte de Morazán, ella pasó su último día en esta tierra atendiendo a unos familiares que la visitaron desde muy lejos. Aquello fue una despedida. En la madrugada del lunes 16, arrastró las sandalias hacia la penumbra, encendió un fogón en la cocina, abrió una puerta de metal y salió al patio. Afuera no había nadie. El aire estaba fresco y aunque ya alumbraban algunas lámparas, solo algunos gallos merodeaban por los alrededores.

Su hijo más pequeño se levantó poco después, se acostó en la hamaca que domina la salita principal de la casa y escudriñó un cuaderno. Esa semana arrancaba exámenes de penúltimo periodo del primer año de bachillerato. Debajo de esa hamaca, en la que él se mecía mientras revisaba sus notas, todos los días, desde que el sol se encendía, hasta que se apagaba, siempre había un huacal pequeño y hondo lleno con ceniza. Ella le ofreció desayuno pero él solo aceptó café. Se lo sirvió, y ella salió de nuevo al patio. Desde el otro lado de la pared, él escuchaba cómo su madre jalaba agua desde el fondo de una vieja y honda pila y la vertía catarata contra algunos platos sucios, hasta que aquellos ruidos se desvanecieron por completo cuando él se sumergió en los misterios de unas páginas que rebalsaban letras y números.

A las 5:30 de la mañana, Anacleta Márquez, de 99 años, escuchó un ruido y eso la despertó.

—¿Está bien tu mamá? —preguntó a su nieto—. Creo que le ha pasado algo —presintió la anciana.

***

Un contingente de soldados avanza, sin levantar mucho polvo, hacia los caseríos del cantón Cerro Pando. Al primero que llegan es a El Barrial, formado por una colección de casitas mínimas, muy pobres. Los soldados queman las casas, y mientras las queman recomiendan a los campesinos que todavía no han huido a los montes para que lo hagan. “Los que vienen no van a perdonar”, les advierten.

Más tarde llegan “los que vienen”. A las 8 de la mañana inicia la masacre, y “los que vienen” son soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl. Desde hacía cuatro días en el municipio de Meanguera, en Morazán, se habían escuchado la detonación de bombas y granadas, el traqueteo de metralletas y los disparos secos de las pistolas. Por los aires zumbaban helicópteros, y por las tardes, de entre las montañas, nacían potentes columnas de humo que arañaban el cielo. Para cuando “los que vienen” llegan a Cerro Pando, soldados del Destacamento Militar No. 4, de San Francisco Gotera, de la Tercera Brigada de Infantería de San Miguel y del Batallón Atlacatl, ya han ejecutado a centeneras de campesinos en los poblados de El Mozote, y otros siete asentamientos más. Niños fueron la mitad de las víctimas.

El ejército combatía a la guerrilla en Morazán. O al menos eso declaraba el alto mando de aquella época a la prensa. El ejército iba a desmontar a la Radio Venceremos, creada a inicios de 1981, o al menos esa era la segunda justificación. Pero la verdad fue otra, y el ejército salvadoreño combatía contra campesinos desarmados, hombres, mujeres, ancianos, niños y niñas. Los militares concluyeron extrajudicialmente que toda esa gente era subersiva, y que por esa razón merecían la muerte. No había defensa legal ni poder de convencimiento en los ruegos de las víctimas. La orden se cumplía sin objeciones. Los llantos de los niños solo hacían más dramáticas las escenas. En uno de los caseríos hubo un tío que vio cómo le volaban la cabeza a su sobrina, que lloraba y pedía clemencia; en otro, una mujer escuchó los últimos ruegos de sus hijos antes de que los mataran. Los niños clamaban su nombre: “¡mamita Rufina, nos están matando!”, decían. Así, campesinos pobres convertidos en soldados asesinaron a otros campesinos pobres que vivían en un territorio dominado por dos bandos. Porque en Cerro Pando, como en casi todos los caseríos del norte de Morazán, así como algunas familias tenían vínculos de sangre con la guerrilla; otras también los tenían con el ejército.

En Cerro Pando, por ejemplo, vivió alguna vez un soldado formado en el destacamento de San Francisco Gotera que se llamaba Domingo Tobar. Meses antes de la masacre, luego de los ruegos de sus primos, él decidió convertirse en guerrillero. En ese mismo cantón, a otros que no se dejaron convencer, la misma guerrilla se encargó de matarlos. “Ajusticiarlos”, era el eufemismo que usaban los guerrilleros. Durante la masacre, ninguna de esas conexiones y desconexiones importaba porque la guerra atacaba sin sentido, como un perro loco y rabioso.

La comunidad estaba compuesta, en su gran mayoría, de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara. Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban. Domingo Tobar, el exsoldado y guerrillero, perdió a toda su familia en esa masacre. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, y cuenta la historia con la importancia que le da un narrador a una historia que ya lo tiene aburrido. Lo ha contado 32 años. Mientras narra, él da los últimos retoques a una pila que está levantando en medio del patio de su casa. Se detiene para cerciorarse de que su obra está perfecta. Se seca el sudor de la frente. Se sacude el cemento pegado en las manos. Todo su diminuto cuerpo está empapado en sudor. Se sienta en una silla. Y es hasta entonces cuando se conmueve de sí mismo. Lo que más le duele es que 32 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de su hija no encontró rastros entre los cuerpos carbonizados o devorados por los animales, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 32 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

Él no es el único que ha cargado con una pena más grande que todas sus alegrías conquistadas en la posguerra. Él tiene una vecina. Y muchos alguna vez la llamaron “la Siguanaba”.

***

Ella corre, despavorida, y huye. Huye de la masacre. Atrás van quedando los gritos, las balas, el fuego y el humo. Atrás quedan 141 amigos, vecinos, familiares. Asesinados todos en Cerro Pando. Por eso ella corre, y corre, y brinca entre los matorrales, fundiéndose con la espesura del bosque. A cada brinco va desprendiéndose de su humanidad, en cada metro conquistado deja de ser ella y se convierte en otra cosa. Corre, huye, se salva y se transforma.

Para cuando ella se siente segura, está consciente de que lo peor está por venir. Pero se resiste a creerlo, y sigue corriendo, más rápido, y mientras corre, sigue apretando con fuerza el bulto inerte que carga en los brazos.

Ambos, ella y el bulto, están empapados en sudor y sangre. Finalmente, al pie de un árbol, en un lugar que solo ella conoce, deposita a su hija. La había nombrado Ana Maribel. La había visto llegar hasta un año y medio de vida y ahora Ana Maribel lo que tiene es un cráneo destrozado por una bala que las persiguió y las alcanzó.

La madre quizá grita, quizá llora, quizá se vuelve loca. Ella quizá verbaliza las últimas palabras que pronunciará durante mucho tiempo. Entierra a la niña. Al pie de aquel árbol, en medio de la espesura del bosque. Y entonces vienen las primeras noches negras, y tras de ellas, los terribles primeros días.

A la niña la desenterraron unas fieras que empezaron a comérsela. A la niña hay que enterrarla de nuevo, lo más hondo y más profundo que puedan excavar unas desgastadas uñas.

A la niña la desenterraron de nuevo. De la niña quedó solo el recuerdo.

***

Cuando vaga por los montes, entre la maleza, en los ríos o en lo profundo de las quebradas, ella se esconde de la humanidad. Cualquier ruido son sus verdugos, así que decide convertirse en un fantasma que se asoma a los ríos por las noches y en una cueva se refugia de los días. Come cangrejos y chacalines, con suerte pescados crudos o secados al sol; de las matas de las huertas arranca guineos verdes.

Poco a poco la camisa desaparece a jirones; el pelo se la hace una compleja maraña.

Íngrima, se comporta como si fuera un animal. Y es así durante 28 largos meses, casi dos años y medio, hasta que una noche ella se acerca a la misma ribera de siempre, para buscar comida, y huye despavorida cuando escucha la presencia de unos hombres armados.

Ella cree que esos son los mismos verdugos que acabaron con su hija. Ella no sabe que ellos también le tienen miedo.

***

La guerrilla nunca se fue de La Guacamaya. En Meanguera, Morazán, ese cantón fue uno de sus principales bastiones. Ni siquiera la masacre ocurrida en octubre de 1980, un año antes de la masacre de El Mozote, ahuyentó a los combatientes, que establecieron en La Guacamaya una de sus comandancias.

Desde ese cantón, ubicado entre montañas, peinaban toda la zona las patrullas guerrilleras, que bajaban hasta El Mozote o patrullaban cerca de las riberas del Río Sapo. Cuando en diciembre de 1981 ocurrió el operativo que terminó en masacre, los guerrilleros se dispersaron, pero para enero de 1982, tras la salida del ejército, ya habían recuperado la zona, y para 1984 controlaban el puesto de Arambala, el más cercano a El Mozote y al resto de caseríos masacrados.

En uno de los patrullajes a la orilla del río, un guerrillero divisó un bulto, una sombra, un espectro.

—¡Es una mujer! –dijo.

—¿Cómo lo sabes? –preguntó otro.

—¡Le vi las tetas!

Muchos de los combatientes, campesinos la mayoría, echaron a reír. Pero otros abrieron grandes los ojos. Todos ellos compartían en su memoria un relato ancestral, un mito contado de generación en generación, conocido desde El Salvador hasta Costa Rica, que habla de una mujer hermosa que se pasea por las riberas de los ríos, desnuda, y que atrae a los hombres para luego jugarlos, espantarlos, porque en realidad se transforma en un monstruo, con largos senos colgantes y uñas largas, con el pelo enmarañado, y un rostro horrible, como de bruja.

La Siguanaba se llama ese espanto. Según la leyenda era una india muy hermosa que fue castigada por los dioses. La india le fue infiel a su pareja y abandonaba a su hijo, Cipitío, en sus escapes. Entonces los dioses la maldijeron, y la convirtieron en un espejismo que vagaba por la tierra, penando a su hijo, y engañando a los hombres como mujer bonita, para luego volverlos locos con su cara de bruja.

La supuesta aparición de la Siguanaba se esparció rápido por los campamentos del norte de Morazán, y de ser una burla entre las tertulias pasó a ser un tema serio, de miedo. Nadie quería ir al río Sapo. Pero el país estaba en guerra, y la guerra exigía conductas de combatientes serios. Así que se armó una expedición para capturar al espanto.

“Corría el bulto y corrían más ellos, hasta que, al fin, entre las ramazones, lo alcanzaron. Sí, era una mujer. Pero una mujer espantosa. Tenía todo el pelo enmarañado y larguísimo, la cara tierrosa, con unos harapos sucios que apenas cubrían aquel saco de huesos”, escribió el periodista José Ignacio López Vigil, para el libro Las mil y un historias de Radio Venceremos.

La guerra, esa perra rabiosa que mordió a El Salvador durante 12 años, desapareció a los vivos, masacró a los vivos, convirtió a los familiares de todos los muertos en menos que un espanto, fantasmas errantes en busca de huesos, y fue capaz también de hacer que un mito cobrara vida. Que cobrara vida en ella, en aquella mujer que lo había sufrido todo 28 meses atrás.

—¿Eres de esta vida o de la otra? —le preguntaban. Pero ella no contestaba palabra. Sólo los miraba con un par de ojos desorbitados.

Los guerrilleros la llevaron al campamento. Y se la presentaron a Eduardo, un médico mexicano que dirigía la clínica de la guerrilla. Él había entrado a Morazán después de una larga y clandestina marcha desde México, que arrancó en los primeros días de enero de 1981. En Tegucigalpa, Honduras, Eduardo tuvo una larga y solitaria estancia, mientras se concretaba el plan para ingresarlo a El Salvador. Él llegó al campamento de La Guacamaya a las 8 de la mañana del 9 de febrero de 1981, 10 meses antes de la masacre de El Mozote. Así lo escribió en su diario. Viajó ocho horas en jeep desde Tegucigalpa hacia un punto muerto; y caminó desde “las 20:00” hasta las “8:00” el resto del trayecto entre las veredas de las montañas. “Me faltaba el aire de manera extraordinaria”, describió. “Vomité, y después de un tiempo comenzaron a dolerme las rodillas”.

Antes de entrar a El Salvador, de los compas que le ayudaron a cruzar la frontera aprendió vocablos salvadoreños. “Enriquezca su vocabulario: guaro (aguardiente de maíz); alentado (mejorado, aliviado, sano); cipote (niño pequeño); guinda (huida)…”.

Cuando a Eduardo le llevaron a la Siguanaba, él rápido le dijo a los compas:

—Esta es una mujer humana.

—Es la Cochina, doctor.

—Cochina sí que está, la pobrecita. Báñenla. Frótenla bien.

—¿Alguna medicina, doctor?

—Comida —dijo Eduardo—. Solo eso.

Y llevaron a aquella infeliz a la pila. La bañaron, la vistieron, la peinaron. Después, fue como un milagro: apareció una muchacha jovencita y linda. Escuálida, pero muy linda. Le ofrecieron cafecito y frijoles. Y entonces ella balbuceó sus guindas.

El 24 de julio de 1984, Santiago, uno de los fundadores de la Radio Venceremos, conoció a la famosa Siguanaba. Ella le dijo su verdadero nombre y le contó su historia.

—¿Usted la vio cuando la capturaron? –pregunto a Santiago, hoy director del Museo de la Palabra y la Imagen.

—No. Ya la habían atendido cuando la entrevisté.

—¿Qué es lo que más recuerda de aquel momento?

—Recuerdo algo que me dijo que me conmovió mucho.

—¿La muerte de su hija?

—No, pero claro que eso también era fuerte. Recuerdo que me contó cómo le costó luchar, durante varios días, recogiendo ramas secas para avivar la llama de una fogata que se había formado gracias a un rayo que cayó sobre un árbol.

—¿Cuánto tiempo la habrá mantenido?

—Días… no recuerdo. Pero sí recuerdo que se la apagó una lluvia, y cuando me lo contó me lo dijo con una profunda tristeza. Esa mujer sufrió mucho.

El día que la conoció, en su diario, Santiago escribió:

“Era una mujer, con tal desnutrición, que tenía la piel pegada a los huesos. Al principio solo emitía gruñidos… Ha sido traída a nuestra clínica de Arambala donde se está recuperando. Quizá con el tiempo logre borrar del alma los traumas y los miedos que Domingo Monterrosa y la ‘guerra de baja intensidad’ dejaron incubados en la mente de esta humilde campesina salvadoreña”.

***

Ella fue enviada a los campamentos de refugiados en Colomoncagua, Honduras, y allá se reencontró con su madre, Anacleta, que ya la daba por perdida. Aprendió a hacer sombreros.

Retornó a El Salvador, y junto a su madre se instaló en la comunidad Segundo Montes. Intentó rehacer su vida, amó de nuevo y tuvo dos hijos: Juan y Mario. Terminó la guerra y vivieron la posguerra en una pequeña casa, de dos cuartos. Pero una herida nunca le cicatrizó. Y su trauma no solo le alborotó los pensamientos, sino que también le afectó físicamente. Nunca más recuperó el habla de manera fluida. Dicen que hablaba como una niña que está aprendiendo el idioma, con palabras entrecortadas. Quedito.

En la comunidad trabajó de cocinera y de niñera en una guardería.

El estigma de la Siguanaba, aquella figura fantasmal que hizo temblar a los compas, la acompañó por siempre.

Denuncian sus hijos que en su lugar de trabajo era objeto de burlas y humillaciones. Que eso a ella le afectaba mucho; y que esas humillaciones y el recuerdo de su pasado, últimamente, le habían hecho padecer de los nervios.

Trabajaba de 5 de la mañana a 6 de la tarde. Nunca convivió con sus hijos más allá de la cotidianidad básica: alimentarlos en la mañana, a la hora del almuerzo y en la cena. Pero nunca permitió que les faltara nada. Lo dicen ellos, orgullosos de su madre. Ella, que les dio estudio, alimentación y abrigo con un sueldo de 68 dólares mensuales.

Ella tampoco desatendió a su madre, Anacleta, la anciana de 99 años que ya no puede moverse, y que vive vencida por la flema y la tos. Por eso, debajo de la hamaca en la que la ponen a descansar, ella siempre ponía un huacal relleno de ceniza. Para que la anciana escupiera ahí las flemas, que encima del huacal formaban grumos grises.

Muy pocas veces habló ella de su historia, aunque a su casa siempre llegaban extraños que se iban satisfechos con el placer de haberla conocido. De cerciorarse de la realidad de aquel mito.

***

Dice Juan, 24 años, su hijo mayor, que extraña mucho a su madre. Le duele no tenerla consigo. Le duele descubrir que para cuando su hijo nazca, en febrero próximo, su madre ya no estará ahí.

Ella nació un 4 de febrero del 58 y con Juan cruzaban los dedos para que el niño naciera en la misma fecha.

Juan es pequeño, muy pequeño. Tiene 24 años pero parece un jovencito de 16. Estamos sentados en el portal de su casa. Anacleta descansa en la hamaca y al fondo hay un altar con la foto de la madre de Juan. Nos acompaña Mario, el hermano menor de Juan. Mario parece estar hecho para el baloncesto. Es callado, quizá como lo era su madre.

Han pasado 32 años desde la masacre en El Mozote y otros siete poblados. Y por más que se siga celebrando la paz –un paz pactada entre los bandos en conflicto, pero que no pidió opinión a las víctimas inocentes- en todo El Salvador hay gente que vive marcada. Por lo que hizo, por lo que vio o sufrió. Quien diga que esto no es cierto quizá estaría pecando de mentiroso. Basta con platicar con estos jóvenes, que crecieron en la posguerra, para comprobarlo. A ellos, la guerra que terminó 22 años atrás, ahora los has marcado.

Le pregunto a los hermanos qué piensan de este círculo vicioso. De este trauma que no se cierra. Juan dice, con rabia:

“¡A mi cólera de me da! Por esa masacre que se dio, mi mamá estuvo perdida todo ese tiempo. ¡Le mataron a mi hermana! ¡Porque esa criatura que cargaba en brazos era mi hermana! Por todo ese problema… ¡Ella nunca recibió ayuda! Por decir algo: un sicólogo, alguien que la escuchara, que le ayudara a superar todo ese problema. Tal vez así se hubiera mejorado… porque ella sí quedó dañada por esa masacre. Le afectó mucho, fue como una presión que cargó todo este tiempo. Una presión que le hizo hacer eso…”

***

Anacleta ha escuchado un ruido y sospecha que a su hija le ha ocurrido algo.

Anacleta está inquieta y angustiada. No puede moverse, y desde el pequeño dormitorio le habla a su nieto, que estudia recostado en la hamaca.

Mario le responde a su abuela que no pasa nada, que su mamá está lavando los platos en el patio, pero es hasta entonces, cuando ya ha salido del sopor en el que lo tenían los números y las letras de su cuaderno, cuando repara en que allá afuera solo hay un profundo silencio.

Mario se baja de la hamaca, da dos pasos hacia la cocina y es entonces cuando la encuentra flotando en el aire al otro lado de la puerta. Ella quizá ya no aguantaba vivir sin paz. Quién sabe. Lo cierto es que antes de morir, sus ojos apuntaron hacia los cerros en los que se perdió una joven llamada Andrea Márquez.

***

Miércoles 15 de enero de 2014. Mañana se cumplirán cuatro meses desde su muerte. He logrado hacer contacto con Eduardo, el médico que hace 30 años la atendió luego de que los compas la capturaron cerca del río. Me ha escrito esta mañana, desde algún lugar de México: “Lamento mucho la muerte de la compañera. Las heridas de la guerra están mucho más profundas y guardadas de lo que imaginamos. Sus efectos seguramente han cambiado la vida de muchos de nosotros, aunque creamos que salimos ilesos y estamos ´normales’. Algunos tal vez logren sobreponerse a aquellas, pero en el caso de la compañera, un efecto tardío, como una metástasis oculta de aquel terrible cáncer de la guerra y sus crueldades, terminó llevando su vida”.

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